lunes, 23 de febrero de 2026

JOHN KEATS: 205 ANIVERSARIO DEL EPITAFIO “AQUÍ YACE UNO CUYO NOMBRE FUE ESCRITO EN EL AGUA”

 


Su cuerpo se fue apagando poco a poco desde su llegada a la ciudad de Roma. Unos días antes de su muerte, el malogrado poeta británico le transmitió a Joseph Severn, su fiel amigo y cuidador hasta el final, el famoso epitafio que está grabado en la lápida junto a una lira a la que le faltan la mitad de sus cuerdas como símbolo de su aciago destino. En la novela, Los últimos pasos de John Keats, ese instante se recoge así: «Le confieso a Severn algunos de mis pensamientos, justo aquellos que conjugan una parte de mis sepulcrales deseos... y todo se diluye de nuevo, como si mis palabras fuesen la melodía de un delicioso sueño. Me quedo en silencio, pero el sigilo de la noche y el frío viento de este duro invierno me acercan el sonido del agua cual cascada arrebatadora. Y tengo una premonición, porque ya sé lo que significa esa triste melodía. Sin necesidad de incorporarme, escucho el monótono gorgoteo de los chorros teñidos de violeta de la triste Barcaccia hundida sobre tierra firme. Y, en la oscura quietud que reina en la soledad de la noche de la Piazza di Spagna, le digo a Severn que se pare a escuchar, y mientras me hace caso, le formulo un nuevo deseo: Severn, quiero que en mi lápida se grabe la siguiente inscripción, “Yace aquí uno cuyo nombre fue escrito en el agua”. Y, añado: poema misterioso que nadie escribirá; imagen sepulcral que en sí misma, es mi sola paz presente.» 

Hoy, 23 de febrero de 2026, se cumplen 205 años de su muerte, y ese epitafio —uno de los más hermosos que existen— preside su tumba. Una sentencia que no puede estar más alejada de la realidad, porque a pesar de que murió pobre, olvidado y lejos de su tierra natal con el paso del tiempo su figura y, sobre todo, su obra, le han hecho eterno como sólo pueden serlo los más grandes. Su poesía redescubierta por los críticos ingleses 50 años después de su muerte fue ensalzada a la altura de la obra literaria de Shakespeare. Y ahí sigue, en esa cima inalcanzable, hasta nuestros días. Keats no tuvo una vida sencilla, siempre presidida por la enfermedad, en concreto por la tuberculosis, la causa de su muerte y la de su madre y hermano pequeño. Desde su llegada a Roma apenas salió de la Casina Rossa situada en el número 26 de la Plaza de España. En esa cárcel con barrotes de oro que para él representaba la Ciudad Eterna mientras pudo andar se acercaba con Severn al Caffé Greco donde charlaban de literatura y fantaseaban diciéndose que allí también estuvieron sentados en sus sillas de terciopelo rojo Byron y Shelley cuando pasaban por Roma; o también allí, aislado del mundo, Keats establecía sus diferencias compositivas con Wordsworth y Coleridge y recordaba su proximidad al misterio de las composiciones de Shakespeare. Después, sólo quedó el miedo a abrir las cartas que le llegaban desde Londres de su amada Fanny Brawne y el dolor que éstas y su enfermedad le debilitaban su alma y su cuerpo. Un dolor acompañado de los sangrados que vertía por su boca procedentes de sus desgastados pulmones. El doctor Clark, que le asistió hasta su muerte, no daba crédito a la resistencia que la naturaleza del poeta mostraba al avance de la tuberculosis, quizá fuese por su juventud (pues falleció con apenas 25 años cumplidos) o por su sempiterno deseo de trascender más allá de su vida, los que ejercieron el milagro ante tanta adversidad. En aquellos días finales: «…en esta errática soledad romana, mi único consuelo se encuentra en las largas y armoniosas lecturas de Severn. Yo le reclamo los clásicos, pero en ocasiones, nos tenemos que conformar con algunos ejemplares de periódicos ingleses que todavía nos hacen llegar. Sin embargo, pienso que, ya ni el deseo de poder escuchar un poco de buena literatura me resulta concedido, pues entre mis peticiones se hallaban los libros de Platón, Madame Dacier o El progreso del peregrino de John Bunyman y no pude satisfacer ninguna de ellas, menos mal, que Severn encontró en la biblioteca algunas novelas de Miss Edgeworth, y para mi sorpresa, me leyó algunos capítulos de El Quijote de Cervantes. Aunque es verdad, que no todo es negativo en este camino lleno de piedras por el que transitamos. En él, también hay pequeños tesoros escondidos que de vez en cuando encontramos. Para Severn y para mí, uno de esos tesoros hoy nos ha llegado de la mano de un libro cargado de esperanzas. ¿Por qué no pueden ocurrir cosas hermosas en el fango de las desgracias? Esta noche, antes de que me acogiera el primer sueño, Severn me estuvo leyendo algunos pasajes de The Rule and Exercise of Holy Dying, de Jeremy Taylor, que se encontraba dentro del volumen de sus obras que él encontró por casualidad en la biblioteca. Su lectura fue como el mejor de los bálsamos, pues apaciguó la desazón de mi cuerpo hasta llevarme al letargo más profundo. Dulce devocionario que me transmitió la bondad que últimamente sólo había encontrado en la belleza de la ciudad de Roma. Me sentí como si de nuevo hubiese abandonado mi cuerpo en una rápida ascensión a los cielos. Nadie había allí a dónde llegué. Nada más reinaba el silencio.» 

Un silencio que, antes de que se convirtiera en piedra, aún fue quebrado por sus póstumos anhelos: «…antes de que el don del lenguaje me abandone, quiero pedirle mis últimos deseos a Severn: en la quietud y fría soledad de mi ataúd, deseo que me acompañen las cartas de Fanny y mi hermana, y un mechón de pelo de ésta. Y mi último capricho… mi último capricho será que las margaritas crezcan sobre mi tumba, cual manto que acoja a mi sueño eterno… Me he vuelto a quedar dormido y, al abrir los ojos, lo primero que observo son unas flores encima de mi cabeza. La fiebre no me deja ver y sentir otra cosa, y ni siquiera sé si Severn está a mi lado, pero llevado por una fe ciega hacia aquello que veo, exclamo: “¡siento crecer las flores sobre mí!”». Cinco días después fallecía al lado de su inseparable amigo. 

¿Qué cabe en la mente de un poeta que sabe que se está muriendo? No es fácil responder a esta pregunta y, mucho menos, cuando el protagonista es uno de los principales poetas británicos del Romanticismo y, menos aún, cuando su poesía, tan exuberante como imaginativa, sólo es atemperada por la melancolía. John Keats, el hombre que siempre andaba con un libro en el bolsillo (tal y como lo describió Cortázar), falleció a las veintitrés horas del veintitrés de febrero de mil ochocientos veinte uno. Lo hizo en calma, y acompañado de su inseparable y buen amigo Joseph Severn. Éste describe su muerte en una carta que escribió cuatro días más tarde, el 27 de febrero de 1821: «Ya no existe; murió en la más perfecta tranquilidad… parecía entrar en el sueño. El día veintitrés, hacia las cuatro, la cercanía de su muerte se manifestó. “Severn… yo… levántame… me estoy muriendo… moriré fácilmente… no te asustes… sé firme… y da gracias a Dios porque esto ha llegado…” Lo levanté en mis brazos. La flema parecía hervir en su garganta, y fue en aumento hasta las once, en que él fue deslizándose gradualmente hacia la muerte, tan silencioso que todavía creí que estaba durmiendo. Me es imposible decir nada más ahora. Estoy deshecho por cuatro noches en vela, sin dormir desde entonces, y mi pobre Keats muerto. Hace tres días que abrieron su cuerpo; los pulmones faltaban por completo. Los médicos no alcanzaban a imaginarse cómo pudo vivir estos dos meses. El lunes acompañé su querido cuerpo a la tumba, junto con muchos ingleses. Todos se preocupan mucho por mí; debo haber tenido un fuerte acceso de fiebre. Ahora estoy mejor, pero aún, totalmente impedido.

            La policía ha estado aquí. Los muebles, las paredes, el piso, todo debe ser destruido y cambiado, pero el doctor Clark atiende a todo.

Con mis propias manos puse las cartas en su ataúd». 

Después, llegó el reconocimiento de sus amigos, el Adonais de Shelley que, al poco tiempo, le acompañaría en el cementerio de Cayo Cestio y, sobre todo, su obra. Sus famosas odas convertidas en patrimonio cultural de la humanidad. Una muestra, donde el hombre a veces y, contra todo pronóstico, se superpone al inmenso poder del paso del tiempo. 

«Me duele el corazón y aqueja un soñoliento
torpor a mis sentidos, cual si hubiera bebido
cicuta o apurado algún fuerte narcótico
ahora mismo, y me hundiese en el Leteo:
no porque sienta envidia de tu sino feliz,
sino por excesiva ventura en tu ventura,
tú que, Dríada alada de los árboles,
en alguna maraña melodiosa
de los verdes hayales y las sombras sin cuento,
a plena voz le cantas al estío.»

(Extracto de la Oda a un ruiseñor de John Keats).


Ángel Silvelo Gabriel, autor de la novela Los últimos pasos de John Keats.

jueves, 12 de febrero de 2026

VÍCTOR COLDEN, LA CINTA VERDE: LA NECESIDAD DE AMAR Y SER AMADO

 


Hay rastros que nunca se pierden. Son caminos, en principio, anchos y paseables, que sin embargo más tarde se convierten en sendas o incluso tortuosos senderos que nos llevan hasta ese abismo que son los recuerdos. Si a ese rastro lo interpela, una y otra vez el amor, obtendremos como resultado un incierto itinerario plagado de pulsiones, deseos, aciertos y errores que a medida que pasa el tiempo buscan cobijo en nuestro interior esperando que en alguna ocasión los saquemos de nuevo a la luz. De esas sinergias se nutre Víctor Colden a la hora de retratar a los personajes de los relatos que conforman La cinta verde, cuyo espacio común es el amor, pero su condena es la necesidad de amar y ser amado. Un juego coral que nos persigue allá donde nos hallemos por mucho que queramos huir de nuestro pasado, porque las historias que se nos relatan en este libro versan sobre amores que nunca llegaron a ser lo que soñamos que fuesen. Frustraciones que devinieron en soledades gobernadas por la traición de los sentimientos, la desfachatez que representa la cotidianeidad, o la maldición del destino. Sin embargo y, a pesar de todas las contrariedades que en sí mismo atesora el amor, qué es el amor sino el motor que mueve el mundo. Esa, quizá, haya sido la fuerza última que ha impulsado al autor a revelarnos siete historias distintas entre sí, pero con el denominador común del amor y, sobre todo, el estilo narrativo, porque el escritor madrileño ha cuidado y mucho lo que tanto se descuida en la actualidad: el estilo a la hora de escribir. Según Rodrigo Fresán: «El único recurso que le queda a la literatura en una época completamente digital es el estilo. Creo que abundan los escritores que simplemente cuentan, pero no escriben». Y es en esa andadura, determinando y explorando la singularidad del estilo, donde Colden acierta de pleno. Una característica que se pone de manifiesto en el relato, Queda el río, que abre esta colección y aborda con gran acierto el ritmo narrativo a base de repeticiones, metáforas y comparaciones que dotan a esta historia de una sonoridad única, por lo bien implementadas que están en un texto que explora el amor a través del paso del tiempo y su comparación con lo efímera que es nuestra existencia: «El agua pasa, el río queda». Una riqueza léxica que de nuevo se pone de manifiesto en Camanances o Húsavík donde asistimos a la importancia que tiene crear un buen personaje y dotarle, en un corto espacio narrativo, de un amplio espectro vital que va desde el amor al desamor, o desde las dudas al cambio. 

La cinta verde también es un buen ejemplo de ese desencadenante de toda opresión que es la liberación, como le ocurre al protagonista de Año nuevo, un ejercicio literario de contención que acaba con un magnífico final con pompa literaria, por lo que tiene de sorprendente y efectivo a la hora de generar unas gotitas de esperanza, un bien muy escaso en el mundo que mal vivimos. Un relato que es una magnífica cuerda de transmisión hasta llegar a Año nuevo, una historia que nos recuerda a Carson MacCullers y su magnífico debut literario con El corazón es un cazador solitario. Aquí, la narración se construye a modo de puzle con pequeñas imágenes y secuencias que nos van mostrando su resultado final: poderoso y envolvente, pues consigue sumergirnos en ese mundo rico de percepciones y sensaciones plenos de una luz que genera una atmósfera que te atrapa poco a poco. En este sentido, Víctor Colden es un gran creador de atmósferas que recubren los micro mundos de unos personajes que te hacen sentir y pensar, tal y como se refleja en la historia final que lleva por título La cinta verde que, aparte de darle nombre a la publicación, resume a la perfección la necesidad de amar y ser amado.

Ángel Silvelo Gabriel.

jueves, 5 de febrero de 2026

JESÚS MARCHAMALO, TRES AMIGAS: LA IMPORTANCIA DE LOS DETALLES


 

¿Cómo podríamos abordar toda una vida en unas pocas líneas? Aquellas que no describen un obituario al uso, sino una biografía. Quizá, de ahí, es de donde surge la importancia de los detalles. Detalles como esencia y capacidad para elegir lo que se nos quedará grabado en el corazón. Jesús Marchamalo es muy consciente de ello y, en esta ocasión, acepta el reto como lo haría un trapecista al abordar un triple salto mortal. Si ya estábamos acostumbrados a su audacia e inteligencia cuando nos ha ido presentando los anteriores Marchamalines, como denomina Luis Landero a estos libritos repletos de buena literatura —Tres amigas hace el número diez—, ahora su pericia se multiplica por tres cuando nos muestra los rasgos más humanos y llamativos de tres vidas, las de Carmen Laforet, Ana María Matute y Carmen Martín Gaite, en una sucesión de datos y anécdotas que te atrapan desde el inicio, porque una vez más, Marchamalo hace presente, de una manera más que sobresaliente, su dominio de los tiempos, los adjetivos y el ritmo narrativo cuando nos deja sin apenas aliento al final de cada perfil biográfico que aborda. Hay un gran existencialista en el periodista y escritor Jesús Marchamalo, un Camus de corta longitud narrativa, pero de gran intensidad y mesura. En este sentido, Luis Landero en la presentación del martes 3 de febrero en Madrid, ya hizo referencia a la importancia de los detalles que son, en definitiva, los que desnudan y adornan al biografiado. Una referencia a lo íntimo e intransferible que, en cada una de las publicaciones de la colección que tan bien edita Nórdica, nos lleva a desear que el escritor madrileño resuma nuestras vidas en unas pocas líneas, a poder ser, antes de nuestro obituario. 

Mención aparte merecen los grabados de Antonio Santos, esta vez creados tras leer el texto de Marchamalo, cuando lo normal es que no lo haga así. Sus retratos de la madrasta de Laforet o los de Matute o Gaite son de una fuerza expresiva notable, así como, en los que ha abordado ese mundo de los detalles que nos apunta Jesús, y que Antonio ha dibujado con su marcada singularidad y destreza: los zapatos de la hija de Gaite, el ataúd de la madre de Laforet o la niña Matute jugando en la cama con muñecas y trenes de madera, son sólo tres ejemplos de ello. 

Tres amigas, de alguna forma, es el retrato de una huida, o mejor dicho de tres, pues ese sería el nexo de unión de las dos Cármenes y Ana María. Huida de unas madres controladoras, y de todo aquello que las llevó a la literatura como tabla de salvación. Tres mujeres que reivindicaron la sencillez, la pulcritud y el deseo de abandonar el espejo público como mejor forma de asentar su espacio creativo. Las tres deambularon entre premios, ausencias, pérdidas y olvidos. Un nomadismo intelectual y existencial recubierto de la pátina de las hojas en blanco que rellenaron con palabras escritas a mano, dibujos y deseos en cuadernos que hoy son los testigos de esa singladura que nos marca la necesidad de reencontrarnos. Sin prisas. A solas. En silencio. Testamentos literarios a los que podríamos anexar una palabra clave. Y, así, en Carmen Laforet sería, Nada. En Ana María Matute, Invención. Y en Carmen Martín Gaite, No. Palabras que surgen de este magnífico librito y que su autor cierra desde el impulso de la emotividad en cada una de las semblanzas de Tres amigas. Una concisión que, una vez más, hace alarde de la importancia de los detalles. 

Ángel Silvelo Gabriel.

miércoles, 4 de febrero de 2026

ESTELA SANCHIS, HASTA AQUÍ TODO VA BIEN: LA MEMORIA DE LA CICATRIZ

 


¿Dónde nace el proceso creativo que más tarde se transforma en arte? ¿Cuál es la huella que nos identifica y, al mismo tiempo, significa el inicio del cambio que ni uno mismo es capaz de ver? El arte y la vida son fragmentarios porque siempre parten de una ausencia, o de ese hueco que deja aquello que cobra vida en otro lugar, quizá, en otro mundo. De ahí parte esta novela de artista que merodea el abismo que significa en sí misma la pérdida de elecciones. De todos esos noes, nace un único , aquel que nos produce la memoria de la cicatriz de la que un día partimos. En esta ocasión, la artista Estela Sanchis ha explorado su arte a través de la novela, lo que la convierte en una novelista accidental o en una artista perfomance que utiliza la palabra en pos de mostrarnos el miedo a la indiferencia que gobierna a la protagonista, álter ego de la autora. Ahí es donde ella nos conduce hasta la posibilidad de la creación y el arte como salvación de los días sin nada. De esa lucha contra el desasosiego nace una historia en tres planos: la de Estela con Jaime, la de Estela con Peter y la de Estela con Greg, donde cada una de ellas representará una misma teoría: la de llegar a traspasar los límites que cada uno de nosotros nos ponemos en nuestras relaciones personales, creativas o sexuales. Sanchis, en Hasta aquí todo va bien, dota a la figura de la mujer de un poder y una autonomía pocas veces tratados en la literatura, porque entre otros aspectos, nos presenta la violencia que protagonizan las mujeres desde otro punto de vista, pues este deja de ser un elemento pasivo para convertirse en activo, por más que sea el objetivo final del arrebato que la protagonista utiliza como instrumento narrativo y de creación. En este sentido, no nos cabe duda de que Sanchis lo hace de un modo consciente porque busca la incomodidad del lector y su complicidad cuando le invita a trasgredir la frontera de lo que conocemos como correcto. De esa premisa es de donde parte el arte que ella nos presenta como un arma colectiva y efímera, por ser éste víctima de la invocación del instante y de la interacción con el otro o los otros. Formando en su conjunto un elemento donde el dolor busca el estallido como si fuese la provocación que precede al grito. 

Hasta aquí todo va bien es una sinuosa senda que nos plantea qué es el arte y aquello que entendemos por tal, lo que lleva a Estela Sanchis a mostrarnos, por ejemplo, al artista como dueño de sus silencios y a abordar las diferencias, si estas existen, entre realidad y ficción: «En realidad, lo que ocurre es esto: las etiquetas autobiografía, autoficción o historia real activan el mecanismo del morbo. Ante ello la respuesta es siempre un mayor interés, o bien el rechazo frontal con tal de librarse de ella. Una misma historia cambia de significado en el momento en el que se relaciona el yo narrativo con su creador, sobre todo en el caso de las mujeres artistas. La ficción juega según unas reglas, pero en el momento en que se sugiere que eso ha cambiado de verdad, que quien lo cuenta es quien lo ha experimentado, aparecen los juicios.» De esa necesidad de observar y, en ocasiones, de ser observado, nace el morbo o el mecanismo trasgresor que a la protagonista la lleva a invadir el espacio del otro; una afrenta que se reconvertirá en la memoria: memoria de la cicatriz; momento íntimo en el que somos extraídos del lugar o el cuerpo al que una vez pertenecimos y que, al ser separados de él, nos convierte en algo distinto. Cap ou pas cap. ¿Te atreves? Como si al afrontar ese riesgo perdiésemos el miedo entre hacerlo o morir. 

Ángel Silvelo Gabriel.