martes, 22 de septiembre de 2026

CARMEN LAFFÓN, VARIACIONES: EXPRESIONES DE LO ÍNTIMO


 

Atravesar sus azules, sus ocres, sus rojos teñidos de la pasión incandescente del que ve más allá de lo que observa, porque como dijo ella: «Yo no busco, sino encuentro». Y en ese buscar y encontrar se ha topado con las múltiples expresiones de lo íntimo que protagonizan sus cuadros. Desde los pequeños y modestos armarios que sólo entreabren sus puertas sin dejarnos ver su interior en un perfecto juego entre el misterio y la curiosidad oscura, como gran metáfora de los días de la vida que vamos desentrañando poco a poco y, a cada movimiento, tratamos de proporcionarnos algo de luz, hasta esas terrazas solitarias que parecen buscar un sentido a su existencia; una particularidad que Carmen Laffón les proporciona explorando la sencillez de lo próximo; una cercanía que nos produce deslumbramiento por su capacidad de interiorizar la pintura mediante evanescentes pinceladas que se sumergen unas dentro de otras como paneles de seda que se tapan pero a la vez dejan pasar la luz. Porque la luz es uno de los protagonistas de sus creaciones: fija o tenue, y como expresión de esa última necesidad de situarse en el mundo. Universo que también fijó su mirada en la búsqueda de una abstracción que ella dejó de forma disimulada en sus múltiples versiones del Parque de Doñana y sus horizontes aterciopelados por la fantasía del explorador que va más allá de la simple mirada. Abstracciones que, por ejemplo, se inspiraron en Rotko y en la búsqueda de la evocación de las sensaciones a través del color y que alcanza su culmen en las series La cal y La sal en las que el blanco se superpone al blanco y su reflejo se apodera de la mirada de quien se detiene a contemplar los múltiples matices de algo en principio simple, pero en el fondo bello. La sencillez de lo bello es otra de las características de una pintora que se instala en la diatriba que evoca más pintura que representación. Más sentimiento que formulación de ideas inocuas por estériles. 

Como colofón final a esta estupenda exposición que nos deja una buena muestra de la carrera artística de Laffón y, quizá, en su expresión más majestuosa y también interesante, se exponen tres grandes trípticos en el hall principal del Museo Thyssen-Bornemisza en los que se pueden apreciar todo lo dicho y su maestría a la hora de crear paisajes o espacios capaces de crear atmósferas hipnóticas y perturbadoras como es por ejemplo su estudio de las viñas en carboncillo, pues no te dejan indiferente y te invitan a entrar en esas expresiones de lo íntimo que tan bien creó la pintora y escultora sevillana. 

Ángel Silvelo Gabriel.

VÍCTOR COLDEN, VENTICINCO DE HACE VEINTICINCO: MELODÍAS DE LOS DÍAS Y SUS NOCHES

 


La melancolía que envuelve a la nostalgia del pasado es una fuerza centrípeta que nos obliga a dar vueltas y vueltas sobre la incertidumbre que engendra a nuestras vidas. De esa forma nacen las melodías de los días y sus noches que, como los ecos infinitos de las canciones que una vez nos obsesionaron, nos susurran al oído aquello que fuimos y ya no volveremos a ser. Y nacen igual que cuando alguien intenta atrapar la luz, como si eso fuera posible con tan solo estirar el brazo y cerrar el puño sin darse cuenta que el paso del tiempo es un animal salvaje, a veces herido y otras inescrutable, porque su materia prima es la de los recuerdos que por mucho que los hagamos presentes nunca llegarán a ser fieles a lo que vivimos por esa intrínseca manía de nuestra memoria de ser selectiva y, sobre todo, caprichosa. Víctor Colden en este entrañable y magnífico librito titulado Veinticinco de hace veinticinco se atreve a confrontar aquel año de 1988 y sus consecuencias veinticinco años después. Y, de esa mirada hacia su pasado, surge una majestuosa narrativa del yo sin más límite que el de la propia pericia de narrar las melodías de sus días y sus noches de una forma muy literaria, porque como dice Julio Llamazares en El río del olvido: «La literatura de viajes no significa para mí más de lo que significan otras, esto es, una forma de indagar en mis ideas y un modo de contrastarlas con la realidad que vivo». Algo que el escritor madrileño lleva al terreno de sus experiencias vitales de una forma sencilla y a la vez contundente, por lo bien expuestos y narrados que están estos pequeños bocados de vida que él ha elegido para trazar un atlas vital donde cabe la literatura y su profundo conocimiento de la literatura clásica y, en particular, italiana, sin olvidarnos de los autores españoles del siglo XX que nombra, o sus menciones a Proust o Borges. Un rasgo metaliterario que ejerce de perfecto compañero de este viaje exterior e interior que es Veinticinco de hace veinticinco, en el que, además, la literatura se da la mano con la música de Los Secretos, Nacha Pop o Aztec Camera y su cantante-leyenda que ya es Roddy Frame. Músicas y músicos que son el perfecto aliado de la vida y su último anhelo: el amor, porque sin duda, de esa sinergia es desde la que se construyen las melodías de nuestros días y sus noches. 

Ángel Silvelo Gabriel.