
La melancolía que envuelve a la
nostalgia del pasado es una fuerza centrípeta que nos obliga a dar vueltas y
vueltas sobre la incertidumbre que engendra a nuestras vidas. De esa forma
nacen las melodías de los días y sus noches que, como los ecos infinitos de las
canciones que una vez nos obsesionaron, nos susurran al oído aquello que fuimos
y ya no volveremos a ser. Y nacen igual que cuando alguien intenta atrapar la
luz, como si eso fuera posible con tan solo estirar el brazo y cerrar el puño
sin darse cuenta que el paso del tiempo es un animal salvaje, a veces herido y
otras inescrutable, porque su materia prima es la de los recuerdos que por
mucho que los hagamos presentes nunca llegarán a ser fieles a lo que vivimos
por esa intrínseca manía de nuestra memoria de ser selectiva y, sobre todo,
caprichosa. Víctor Colden en este entrañable y magnífico librito
titulado Veinticinco de hace veinticinco se atreve a confrontar
aquel año de 1988 y sus consecuencias veinticinco años después. Y, de esa
mirada hacia su pasado, surge una majestuosa narrativa del yo sin más
límite que el de la propia pericia de narrar las melodías de sus días y sus
noches de una forma muy literaria, porque como dice Julio Llamazares
en El río del olvido: «La
literatura de viajes no significa para mí más de lo que significan otras, esto
es, una forma de indagar en mis ideas y un modo de contrastarlas con la
realidad que vivo». Algo que el escritor madrileño lleva al terreno de sus
experiencias vitales de una forma sencilla y a la vez contundente, por lo bien
expuestos y narrados que están estos pequeños bocados de vida que él ha elegido
para trazar un atlas vital donde cabe la literatura y su profundo conocimiento
de la literatura clásica y, en particular, italiana, sin olvidarnos de los
autores españoles del siglo XX que nombra, o sus menciones a Proust o Borges. Un rasgo metaliterario que ejerce de
perfecto compañero de este viaje exterior e interior que es Veinticinco de hace veinticinco, en el que, además, la literatura se da la
mano con la música de Los
Secretos, Nacha Pop o Aztec Camera y su cantante-leyenda que ya es Roddy Frame. Músicas y músicos que son el perfecto aliado de la vida y su último
anhelo: el amor, porque sin duda, de esa sinergia es desde la que se construyen
las melodías de nuestros días y sus noches.
Ángel Silvelo Gabriel.