jueves, 30 de enero de 2020

JESÚS MARCHAMALO, DELIBES EN BICICLETA: UNA VIDA SOBRE DOS RUEDAS



Austero en el gesto. Generoso en el esfuerzo. Íntimo en las pasiones. Afable en lo personal. Delibes, bajo la lupa de Jesús Marchamalo, es un hombre en bicicleta. Desde los seis años, cuando aprendió a montar en ella. Hasta después de su muerte, cuando su familia, en pleno, le recuerda cada verano en esa épica y nostálgica carrera de cien kilómetros que separa Sedano de Molledo de Portolín. Una distancia que él recorrió en su juventud por amor. Sin otro pretexto que el de sentir cerca a Ángeles, su fiel compañera. Delibes en bicicleta es el librito anual en el que Nórdica Libros nos presenta el retrato de un escritor/a de la mano de Jesús Marchamalo y Antonio Santos y que, en esta ocasión, quiere resaltar el centenario del nacimiento del escritor vallisoletano. Un tándem, el formado por el escritor y el ilustrador, al que también podíamos subir a un velocípedo de dos plazas y dos ruedas. En ese movimiento circular, intrínseco a la rueda, es en el que se desenvuelve este entrañable y genial retrato de uno de los grandes escritores españoles. Un escritor que hizo de sus silencios la forma de estar en la vida, y tras la que se resguardó del frío de Castilla y de los cafés de Madrid. Casi anónimo en lo personal. Fue universal en lo literario, pues fue capaz de traspasar las barreras naturales de la meseta para convertirse en el autor más leído de su época. Época de luces y sombras que él se encargó de sortear subido a una bicicleta. Bicicleta en forma de diario: El Norte de Castilla. Bicicleta como terreno de juegos hasta que le preguntó a su padre cómo se paraba aquella máquina a la que se había subido antes de la hora de comer. Bicicleta de amor que marchó tras la búsqueda de Ángeles un verano en el que todavía no estaban casados. Bicicleta de soledades y cánticos...

                                                  

Las anécdotas que conforman este retrato son tan universales como la obra del propio autor, pero en ningún caso, están narradas y puntuadas como lo hace Marchamalo —no en vano es el comisario del Año Delibes—, pues sus comas, su ritmo de adjetivos y su visión entrañable de este escritor universal, adaptan la forma circular de una rueda que siempre te embelesa. Una rueda que trata de acercarse al hombre con el vigor propio de quien lo retrata. A esa parte más invisible del personaje es a la que nos acercamos en Delibes en bicicleta. Un hombre subido a las dos ruedas y rodeado de contornos verdes y cipreses en la portada de este librito que, en su interior, se transforman en blanquinegros en sus diferentes retratos. Un Delibes convertido en persona única, cercana y jovial de la mano de Jesús Marchamalo y Antonio Santos —que, con sus ilustraciones nos da muestra de un Delibes a la fuga en bici o motocicleta. O más sereno con un retrato cigarro en boca—. Ilustraciones que nos hablan de la fugacidad de la vida y la permanencia de las sensaciones y los recuerdos cuando éstos quedan plasmados en una lámina a modo de testigo directo de una época.



Delibes en bicicleta es un eficaz instrumento con el que acercarse a Miguel. El cazador. El fumador. El incansable caminante que no hacía ascos a una partida de cartas ni a esas cuartillas que le cortaban del papel sobrante de las bobinas de un periódico del que acabó siendo su director. Su semblanza como persona y su valor como escritor quedan certificados en esa imagen de los reyes eméritos acercándose a su casa tras ser galardonado con el premio Vocento a los Valores Humanos, cuando ya estaba enfermo. Hombre de fidelidades, desprendido de envidias y generoso en el esfuerzo en la búsqueda sin cuartel de esa alma humana que él encontró con frecuencia en personajes olvidados dentro del mundo rural a los que él hizo grandes y universales. Únicos y entrañables, pues no en vano, como dijo el propio Delibes cuando recibió el Premio Cervantes: convivieron con él durante muchos años. Generosidad infinita que supo trasladar a su familia y a su entorno. Y a todos aquellos que se acercaron a su vida y a su obra, como es el caso de Jesús Marchamalo, Premio Nacional de Periodismo Miguel Delibes en el año 1999 y, por ende, gran conocedor de la vida y obra del vallisoletano, que esta vez nos ha dejado un certero retrato de un Delibes en bicicleta, dueño y señor del destino de los más desamparados.     



Ángel Silvelo Gabriel.

martes, 28 de enero de 2020

ALEJANDRO MORELLÓN, CABALLO SEA LA NOCHE: LA INMATERIALIDAD DE LAS PALABRAS


Atrapado en la inmaterialidad de las palabras. En la bruma de los recuerdos. Asfixiado por el dolor que conlleva no poder reivindicar aquello que nos hizo daño. Aislado del mundo que transcurre tras la puerta de nuestra casa por el abismo de los sentimientos que nos provoca el dolor de la muerte y el amor. Acantilados de paredes inexploradas que, al ser descubiertas, lo transforman todo en un delirio del todo y la nada. Reubicarse en ese espacio que no es de nadie, porque es un espacio único. Un espacio nuestro que solo uno mismo puede ocupar y que representa al delirio donde la enfermedad de la noche se hace sangre y fuego. Poesía y recuerdos. Canibalismo y sometimiento. Tras todas huellas tan intensas como poéticas es por las que transcurre esta novela corta de Alejandro Morellón que, sin embargo, juega a ser grande. Tan grande como seamos capaces de albergar en nuestro universo. La cadencia, el riesgo y la apuesta por desarrollar una voz nueva dentro del panorama literaria español hace de Caballo sea la noche una propuesta inigualable, por lo transparente y directa que nos resulta. Por ese riesgo que transmite ya desde la primera frase, y que no hace más que crecer a cada palabra, a cada frase, a cada golpe de coma que nos somete a un ritmo endiablado, mágico, poético y brumoso. Un ritmo salvaje que muy pocas veces podremos leer. Espectáculo inmenso este viaje a lo largo de la enfermedad de la noche que, como una epidemia, nos traspasa los sentidos y nos provoca perplejidad y emoción por la capacidad de transmitirnos imágenes y emociones. Miedos y reproches. Lujuria y tormento. El gran secreto de esta novela es el de lograr someternos a sus reglas, a ese ritmo endiablado de una narración continua y constante que busca y encuentra para cada palabra su lugar exacto y preciso, tal y como los críticos ensalzaban el estilo de Truman Capote. En Caballo sea la noche no falta ni sobra nada, y esa maestría en su estilo alcanza cotas muy altas en el primer y el quinto capítulo donde su lectura nos convierte en un elemento más de la narración. Elemento onírico, etéreo y poético. Altivo y desgarrador. Lírico y místico, que nos provoca una ensoñación que nos empotra, junto a Alan, dentro de ese cuarto de lavadora, de ese salón donde la madre se siente atada a las fotografías del pasado, o de ese pasillo que nunca se acaba.



Caballo sea la noche es un Equus español donde el psiquiatra y el adolescente devienen en un padre y un hijo que, en esta ocasión, se exorcizan el uno al otro a través de las reglas que impone la enfermedad de la noche. Una noche que el hijo transforma en un descomunal caballo blanco que lo puede todo. Una noche que es la partícipe de aquello que no se puede contar por el dolor que nos causa. Un dolor que se hace verbo mediante la inmaterialidad de las palabras. Palabras que se ahogan en la voz interior de un hijo que busca romper ese silencio mediante los vericuetos de una vida a los que quiere dar una salida sin ser consciente de la verdad. La suya. La propia. La única verdad. Y enfrente de él la voz la madre, que escupe las palabras al exterior por más que no las pronuncie y solo las piense. Un duelo de voces que se ejecutan a lo largo de cinco largas frases separadas entre comas, puntos y coma o dos puntos que copian el estilo del escritor polaco  Jerzy Andrzejewski, lo que no le quita ni un ápice de complejidad y virtuosismo a este tenso y bien elaborado juego de frases capaces de mantener un ritmo y una tensión únicos.



Hay brumas y brumas. Y las de Caballo sea la noche son de esas donde el pasado se enfrenta al presente. Brumas que se comportan como un gran agujero negro. Infinito. Inclasificable. Atroz. Brumas que, quizá, sean lo más parecido a esa incertidumbre que no puedes identificar con el paso del tiempo o los recuerdos. En esa nebulosa, donde la nada lo es todo, solo cabe continuar. A tientas. Con miedo. Sin aparentes certezas. En esa vuelta hacia atrás. Hacia lo que fuimos, solo te asiste el corazón. El corazón es el único que no miente cuando se acelera y te tiembla la voz. Un corazón como esos zarpazos de vida manchados de sangre y muerte perdidos en el agujero negro del mundo que marca nuestro tiempo y nuestras vidas. Vidas entregadas a la inmaterialidad de las palabras.


Ángel Silvelo Gabriel.

lunes, 13 de enero de 2020

1917, DE SAM MENDES: EL ÁRBOL QUE CRECE SOLO EN LA LLANURA



Hay una extraña belleza en el dolor que nos hace ver la vida como un maravilloso campo sembrado de flores antes de tener que adentrarnos en el averno de la tragedia y la muerte. Allí donde el cielo azul y el verde de las praderas se transforman en un herrumbroso gris sin más matices que el color negro. Entonces es cuando surge el verdadero valor del héroe. Aquel que es capaz de transformar la tragedia en esperanza, el más incierto de los futuros en un plausible presente ausente del escarnio de la sangre y la muerte. Y ese camino que se debe cruzar para lograrlo es un camino de soledad, incertidumbre y, sobre todo, pánico, pues el pánico es el que nos devuelve a sentirnos humanos en las desgracias, los contratiempos y las catástrofes. Ese camino, también, es un camino de múltiples deseos ante lo imposible, de exploración de sueños que buscan la supervivencia por encima de todo, pero también, la lealtad firme y rotunda de la misión encomendada, el deber cumplido y la visualización de los seres sobre los que poder derramar nuestras lágrimas, tal y como hace un árbol que crece solo en la llanura. En la intemperie. A la vista de los demás. Y con el único consuelo de sus raíces. En este sentido, Sam Mendes en 1917, crea un universo único e impactante de claroscuros a la forma que Caravaggio hizo en sus cuadros, donde la luz se proyecta sobre el protagonista y las sombras recrean aquello que hace posible que dirijamos nuestra mirada hacia él. Aquí es donde no se nos debería olvidar que el héroe, no sería tal, sin la ayuda de todos aquellos que le rodean, amparan o estimulan. Un estímulo que, en 1917 no solo procede de ese infinito, perpetuo y magistral plano secuencia en el que está filmado, sino también en la portentosa fotografía de Roger Deakins que nos transporta a un lugar inesperado por lo bello que se nos muestra en unas ocasiones y lo terrible que nos parece en otras; y el guion que el propio Mendes ha escrito junto a Krysty Wilson-Cairns, y en el que resalta sobremanera aquello de que lo menos es más. Un juego, el de los claroscuros, que funciona como una balanza que se vence a uno y otro lado con la fuerza de los sentimientos más puros y primarios del ser humano. En esa proximidad a la esencia de la vida es en donde 1917 es única e imprescindible, y donde reta en su concepción y ejecución al término de obra maestra. Y, por tanto, resulta muy difícil de entender por qué los grandes estudios cinematográficos no hacen una mayor apuesta por este tipo de películas que son las que en verdad permanecerán en nuestra memoria a lo largo del tiempo. Como decía el poeta británico John Keats en su famoso poema Oda a una urna griega: «La belleza es verdad; la verdad, belleza. Esto es todo lo que sabes sobre la tierra, y todo lo que necesitas saber». Un axioma infinito e inmutable a lo largo del tiempo.



La otra gran virtud de 1917 es volver a enfrentarnos a esa perenne soledad a la que todos nos vemos avocados a lo largo de nuestras vidas, y lo hace con la majestuosidad de una gran película de aventuras, donde lo que menos importa es como acabe, por más que creamos que lo hará bien, pues lo más importante de esta genuina película bélica que, en ocasiones nos retrotrae al film de Stanley Kubrick, Senderos de gloria, es todo aquello que ocurre antes de llegar a su escena final; un camino, el recorrido por 1917 lleno de vida y muerte, horror y belleza, esperanza y decepción, que nos va llevando de la mano a lo largo de dos horas con la maestría de aquel que nos muestra el horror de la guerra y la infinita magnitud de su destrucción, pero también el verdadero valor del amor y la esperanza como pocas veces veremos en una sala de cine. En este sentido, el gran acierto de Sam Mendes es arriesgar por una película cuyo rodaje implicaba un salto al vacío sin red y una apuesta impagable por aquello, que si sale bien, te encumbrará hacia la gloria. De ahí su valor y su éxito, porque en esta ocasión el saltador cayó de pie e ileso sobre un gran campo de margaritas. Un campo donde un árbol crece solo en la llanura a modo de mejor metáfora con la que el cineasta se sirve para ilustrarnos acerca del verdadero sentido de la vida: el amor a los tuyos.



 

Ángel Silvelo Gabriel.

jueves, 9 de enero de 2020

JAIME GIL DE BIEDMA Y BARCELONA: UN IDILIO TRÁGICO Y POÉTICAMENTE SALVAJE.



Cuando las primeras luces del alba todavía no se adivinan por el horizonte más lejano del Mediterráneo, Jaime Gil de Biedma regresa a su casa, y lo hace atrapado por esa soledad que la madurez ya no le permite volcar en un papel en forma de poema. No es la ausencia de los demás la causante de esa sensación, sino ese manto que recubre a sus días y le hace sentirse como un extraño dentro de sí mismo. Un limbo existencial que se asemeja demasiado a esa triste dualidad que le acoge desde que tenía tres años y que no le deja vivir en paz. Esa desazón que, desde ese día, le condenó a estar solo. Ese vivir a secas que, al caer la noche, ha intentado desahogar en las alcantarillas de la vida, donde nada ni nadie podían encontrarle, ni siquiera él a sí mismo. Ahí es donde ha forjado, a golpe de yunque y de pasiones desatendidas, esa leyenda que comenzó cuando dijo eso de: "yo prefiero ser poema y no poeta", para que de esa forma, pueda más lo que el poema dice que lo que el poeta escribe. Y mientras esto piensa, Jaime Gil de Biedma se encuentra con la sinuosidad del tiempo reconvertida en regresos cargados de despedidas, y todas, en la mayoría de las ocasiones, tienen un mismo denominador común: Barcelona. De ahí, que en esa geografía de la huida no esté del todo solo, pues su domicilio de la calle Aragón primero, o esa esporádica visita al Barrio Chino en una noche de San Juan, cuando apenas había dejado de ser un niño, después, también son parte de esa otra vida, aquella que Barcelona le ha obsequiado plena de sonidos, aromas y costumbres burguesas de las que siempre ha querido escapar. Esa doble vida que acababa a las ocho de la tarde, y que desde casi siempre, le ha acompañado como una amante a quien no se le ha pedido que nos rinda pleitesía. Es entonces, cuando de esa lejanía surge un idilio trágico y poéticamente salvaje, pues aquello que no se transforma en pasión carnal desaforada deviene en amor platónico; ese amor en el que los deseos son una especie de sueño que se resiste a acabar. En esa deriva infinita es en la que el poeta descansa del hombre: “Eran las noches incurables y la calentura./ Las altas noches de estudiante solo/ y el libro intempestivo/ junto al balcón abierto de par en par (la calle recién regada desaparecía/ abajo, entre el follaje iluminado)/ sin un alma que llevar a la boca”. (Extracto del poema Noches del mes de junio). Aquí es donde la cordial y segura pluma del día, cambia, y se convierte en la intempestiva pluma que rasga las hojas de una libreta que le acompaña durante la vigilia de la noche, a la que él acompaña de un cigarrillo y un vaso de whisky con hielo. Siempre pensó que vivir era tan importante para un creador como su propia obra, por eso, nunca se cansó de vivir intensamente, porque como decía Heráclito: el tiempo es ese niño que mueve los peones. Aunque eso fue antes y no ahora que, al quitarse la gabardina de vuelta a casa, se le antoja que es como esa última estancia de paso que deja su cuerpo desnudo al descubierto, por más que este se refugie bajo un traje de chaqueta sin corbata. Es la desnudez que le acoge a aquel que ya siente cerca el final, y que sabe que todo lo ha dicho, bien lo sabe él. Solo contra el tiempo, eso es todo.

"De qué sirve, quisiera yo saber, cambiar de piso,
dejar atrás un sótano más negro
que mi reputación -y ya es decir-,
poner visillos blancos
y tomar criada,
renunciar a la vida de bohemio,
si vienes luego tú, pelmazo,
embarazoso huésped, memo vestido con mis trajes,
zángano de colmena, inútil, cacaseno,
con tus manos lavadas,
a comer en mi plato y a ensuciar la casa?

 (Extracto del poema Contra Jaime Gil de Biedma)

¿De quién despedirse y para qué?, se pregunta mientras va caminado en la voluptuosidad del cuerpo de la noche, que se desplaza sobre sus pensamientos como años atrás lo hacían sus ocasionales amantes, a los que Barcelona difuminaba como un dedo lo hace sobre el carboncillo impregnado sobre un lienzo. ¿De quién despedirse y para qué? se vuelve a preguntar, esta vez el poeta, porque si de algo está seguro es de que todo lo ha dicho y todo lo ha sentido, ya sea en el fragor de una batalla carnal o en la experimentación de los versos que un día adornaron su vida "En el calor, tras la espesura,/ vuelve el río a latir/ moteado, como un reptil./ Y en la atmósfera oscura/ bajo los árboles en flor,/ —relucientes, mojados,/ cuando a la noche nos bañábamos—/ los cuerpos de los dos". (Extracto del poema Días de Pagsanján). El amor quedó muy atrás, apenas en sus recuerdos, como una carta que, al sacarla del cajón, desprende el olor del perfume con la que un día fue rociada, eso sí, proporcionándonos ese aura de felicidad que se diluye en apenas un instante. «Días de vino y de rosas que ya no volverán», piensa. Y a medida que avanza el hombre, las Ramblas se abren paso bajo sus pies, dejando atrás el edificio de la Compañía de Tabacos del número 109 -excusa y trampa a la vez de toda una vida, la suya-, para a partir de ahí solo prestar atención a esa proximidad del mar que intuye en la brisa que le acoge poco antes del amanecer. La proximidad del mar... el mar y el agua como la metáfora que se convierte en la mejor compañera de aquello que ahora tiene como lo único cierto en este infinito paseo nocturno por sus recuerdos. "¿A qué vienes ahora,/ juventud,/ encanto descarado de la vida?/ ¿Qué te trae a la playa?/ Estábamos tranquilos los mayores/ y tú vienes a herirnos, reviviendo/ los más temibles sueños imposibles,/ tú vienes para hurgarnos las imaginaciones.

De las ondas surgida,/ toda brillos, fulgor, sensación pura/ y ondulaciones de animal latente,/ hacia la orilla avanzas/ con sonrosados pechos diminutos,/ con nalgas maliciosas lo mismo que sonrisas,/ oh diosa esbelta de tobillos gruesos,/ y con la insinuación/ (tan propiamente tuya)/ del vientre dando paso al nacimiento/ de los muslos: belleza delicada,/ precisa e indecisa,/ donde posar la frente derramando lágrimas". (Extracto del poema Himno a la juventud).

«El agua te exonerará de todos tus pecados, y el mar te cobijará como una nana sonora que solo oyen los más pequeños», se dice, para quitarle dramatismo a su final, mientras se le dibuja una sonrisa cínica de diablo en su boca, y que esta vez ahuyenta las lágrimas de sus ojos. Pero él sabe mejor que nadie que, la decadencia que le acoge, le hace sentir que hubo una vez en la que todo fue diferente, y ya sin miedo, puede decirse a sí mismo eso de: confieso que he vivido. Lo que no le impide resistirse a llegar al final, su final, a pesar de que cuando mira al horizonte es capaz de adivinar la tenue sombra del nuevo día, que ya se intuye en el silencio no declarado de los deseos rotos, por no vividos; y angulosos y enrevesados, por olvidados. Jaime Gil de Biedma todavía no quiere llegar a la orilla y aceptar que le ha llegado la hora de marcharse. «¿Dónde empezó todo?», se pregunta. Quizá en los bares de la calle Escudilleras o en la Bodega Bohemia o en el Hotel Cosmos, pero él sabe muy bien que no, porque ni siquiera su primera noche en el burdel de la calle Ríos Rosas fue el inicio de su doble vida. La necesidad de explorar su otra vida se la dio Estapé cuando le aconsejó que escribiera versos en un interminable paseo, ¡que se le parece tanto a este!, y que sin quererlo le provoca un estremecimiento. Todo se resume a esto, a la mera transformación de un cuerpo que se convierte en alma, como la vida se transmuta en poema. «Los poemas de la experiencia», se dice, sin dejar de pensar en aquella noche y en ese largo paseo desde el restaurante de la Avenida Roma hasta su casa y viceversa, y así hasta el infinito, pues esa fue la sensación que tuvo al compartir el que hasta entonces había sido su secreto. La poesía necesita de esas experiencias, bien lo sabe él ahora, de esas confesiones, después de las cuales, uno no es el mismo, pues ha dejado parte de sí en las palabras que han salido por su boca. «Palabras extrañas que no suenan igual ni significan lo mismo en el eco de nuestros pensamientos que cuando las oímos a través de nuestra boca», piensa. Empieza por los sonetos, le dijo Estapé, que son lo más jodido. Y ese fue el inicio de una parte de ese todo tan inmenso que es la otra vida, pues sus poemas empezaron a ser ese púlpito al que subirse para dirigirse a una sala vacía, porque tal y como él mismo dijo en uno de sus primeros poemas: "yo nací en la época de la pérgola y el tenis".

«¿Qué fue de la fiesta?», se pregunta. "Te acompañan las barras de los bares/ últimos de la noche, los chulos, las floristas,/ las calles muertas de la madrugada/ y los ascensores de luz amarilla/ cuando llegas, borracho,/ y te paras a verte en el espejo/ la cara destruida,/ con ojos todavía violentos/ que no quieres cerrar. Y si te increpo,/ te ríes, me recuerdas el pasado/ y dices que envejezco". (Extracto del poema Contra Jaime Gil de Biedma). Porque nada detesta más que sus propias arrugas, de ahí que lo que más le hubiese gustado, antes y ahora, es que su retrato envejeciera en un desván y condenar al paso del tiempo a permanecer dentro del armario del olvido. Nunca quiso envejecer ni tampoco estar solo, y sin embargo... Bien lo sabe él, la edad madura es una edad tonta donde te pasas el día angustiado, porque piensas que te vas a morir. Lo mejor de la decadencia es retrasarla, como el momento del orgasmo. ¿Gauche Divine?, ¡qué nombre más inocente!, tan atrapado por los convencionalismos burgueses que apenas si le producen una leve mueca en su boca. «La política y sus puritanismos conceptuales que no sirven para nada», piensa. En este interminable paseo por las noches de su vida, Jaime Gil de Biedma casi ha llegado frente al monumento de Colón que, con su brazo en alto, le  indica el camino que no debe coger. Y mientras piensa en aquello que dijo hace tiempo: la naturaleza evoca lo que es igual a sí mismo y la realidad es cambiante, primero arroja su gabardina al suelo y luego se quita la chaqueta que también aleja de su cuerpo. La brisa del Mediterráneo le acaricia el cuello, desprotegido por su camisa a medio abrochar, y sigue en su camino porque sabe lo que le aguarda. Y lo hace mientras piensa en su padre: "¿Qué me agradeces, padre, acompañándome/ con esa confianza/ que entre los dos ha creado tu muerte?/ No puedes darme nada. No puedo darte nada/ por eso me entiendes". (Poema, Son pláticas de familia). Después gira su cabeza a la derecha e intuye El Raval, donde tantas veces fue feliz en sábanas ajenas sin necesidad de reproches, pero gira a la izquierda y dirige sus pasos hacia la Barceloneta, porque no quiere dejar huellas de este su último recorrido por la noche de Barcelona. Y llega a la playa, a la orilla del mar, donde se desnuda despacio, mientras mira al horizonte por el que se dibuja la luz de un nuevo día en el que él ya no estará. «Solo hay una forma de vivir la poesía, y esa forma es cuando eres joven, luego ya nada importa, sino ir dejando pasar el tiempo en un lento devenir de los días, en los que muchas veces estaremos solos», piensa. Y antes de sumergirse definitivamente en el agua, se dice a sí mismo: quizá sea verdad eso de que soy el último de los románticos.

"Que la vida iba en serio

uno lo empieza a comprender más tarde

como todos los jóvenes, yo vine

a llevarme la vida por delante.

Dejar huella quería

y marcharme entre aplausos

-envejecer, morir, eran tan sólo

las dimensiones del teatro".

(Extracto del poema No volveré a ser joven)
Ángel Silvelo Gabriel

lunes, 6 de enero de 2020

MUJERCITAS, DE GRETA GERWIG: HISTORIAS DE UNA PEQUEÑA VIDA



Contar historias una y otra vez hasta darte cuenta de que la única importante es la tuya, porque allí se encuentra la esencia de la vida. Narrar lanzando la mirada hacia ti mismo y encontrar ese rayo de luz revelador que te permite ver y comprender todo aquello que antes ni veías ni comprendías. Y saber que, tras cada drama (familiar o personal), se encuentra la senda en la que deberemos de renacer de nuevo. La valentía, la plenitud de un alma joven y la incomprensión hacia un mundo hostil son herramientas indispensables y mágicas a la hora de narrar historias de una pequeña vida. Eso es, en su esencia, Mujercitas, la historia de las historias de unas jóvenes mujeres, sus vidas, y sus sentimientos, a las que la escritora Louisa May Alcott dotó del aroma inconfundible de los clásicos, pues su historia de Jo March es de esas que se transponen al paso del tiempo. En esta ocasión, su directora, Greta Gerwig, lanza una nueva pátina de barniz sobre ella, y la actualiza, con una visión más acorde a los tiempos que vivimos y que, en el caso del film, se visualiza como rayos de luz que se proyectan sobre las tinieblas de la forma de vida y pensamiento de su protagonista. En este sentido, Greta Gerwig acierta al presentarnos este clásico de la literatura y el cine al deambular sobre él pasando del presente al pasado de una forma ágil e inteligente, a modo de párrafos entrecortados dentro de los capítulos de una novela o  de flashback visuales en su película, donde sin duda, resalta Saoirse Ronan, con su expresiva y profunda mirada siempre presente ante los acontecimientos que la tocan vivir; una existencia jalonada entre la realidad y la ficción, el drama y los sueños, el deber hacia los demás y la soledad que habita dentro de sí misma. Las grandes cualidades de esta historia, y por ende de la película, es la de transitar por todos y cada uno de los sentimientos humanos de una forma muy sencilla y apegada al realismo inocente de unas jovencitas que, en su bisoñez, no renuncian a nada, sobre todo, al amor. Esa pieza mágica que hace que funcione el resto de nuestra existencia como el mejor de los mecanismos plagado de engranajes.



Mujercitas nos habla de esa necesidad de libertad intrínseca a todos los seres humanos y que, en esta película, se desarrolla a través de la mirada crítica (desde la ternura y la rebeldía) de una joven que no renuncia a reivindicar su lugar en el mundo con el ímpetu de un alma soñadora que se refleja muy bien a través de la literatura y la creación. Levantar ese devenir hostil reflejado en sus manos manchadas de tinta, sus noches sin dormir cuando escribe esta historia o sus conversaciones con el editor de la misma, son como un juego de idas y venidas, de sinergias de plegarias no atendidas con las que la protagonista, Jo March, arremete contra la desigualdad cruel y agresiva del mundo imperante (a finales del siglo XIX) sobre la mujer, y que en la película resucita mediante nuevas visiones y propuestas sobre la vida y el futuro a los que Jo ilumina, sin por ello renunciar a esa diatriba final que es la de sucumbir al amor; una derrota vital que, en este caso, no es lírica o literaria, pues en el fondo, su protagonista sale victoriosa al dar a luz a esta historia que tituló como Mujercitas; una matrioska que contiene historias de una pequeña vida.

   

Ángel Silvelo Gabriel.

sábado, 28 de diciembre de 2019

VETUSTA MORLA, FIN DE GIRA ”MISMO SITIO DISTINTO LUGAR”. WIZINK CENTER MADRID, 27 DE DICIEMBRE DE 2019: EL PODER DE LA TRANSFORMACIÓN



La búsqueda de los no lugares en un mundo cada vez más globalizado. Mostrarse distinto siendo igual. Tener esa capacidad de transformación en uno mismo para cambiarlo todo: el mundo desde uno mismo…, y con el otro. Aquel que sirve de referencia y medida del cambio. Habitar esos no lugares que antes no conocíamos y que, la burbuja del tiempo, nos proporciona al alcance de la mano, es una buena combinación de sensaciones para entronizarse en el poder de la transformación. Así se presentaron los vetustianos ayer en el Wizink Center de Madrid en la primera de sus tres citas en un fin de gira apabullante en el sonido de las guitarras y unos teclados cada vez más electrónicos; majestuosos en la soltura y el lenguaje corporal y vocal de un Pucho en plena forma que dispuso de algo más de dos horas para demostrárnoslo; y en ese rock and pop del éxito que tan bien lideran y ejecutan en su directos que, por lo demás, tienen una portentosa y cuidada puesta en escena, donde no solo las luces, sino también la infografía son una parte principal del concepto musical y visual de un grupo que lo intenta abarcar todo: el éxito y los no lugares. Allí donde la transformación es posible tanto o más que las canciones y las letras plagadas de la urgencia por llegar al final del grupo de Tres Cantos. Urgencias vitales y existenciales plasmadas en letras largas y complicadas que, sin embargo, sus seguidores se saben a pies juntillas. Poco hay que hacer para resistirse a las punzadas de sus notas musicales; unas notas musicales muy bien distribuidas entre la percusión, las cuerdas de las guitarras, los sintetizadores y las cuerdas vocales de un Pucho en estado de gracia sobre el escenario. Canciones nuevas y clásicas que ayer escuchamos versionadas para que creyéramos que no estábamos en un concierto más de Vetusta Morla.



Tras dar la vuelta al mundo con esta gira: “Mismo sitio, distinto lugar”, Madrid, una vez más, ha sido el lugar elegido para cerrarla y anunciar la próxima edición de Canciones dentro de canciones, la transformación más vital de los temas presentes en su último álbum hasta la fecha y que da título a su gira, y que también sirve para irrumpir con su música en un abarrotado Palacio de los Deportes de Madrid ansioso de ver brillar una vez más a sus héroes locales: «Hay un sitio para cada lugar, queda espacio para ti/ Es tu turno, sólo tienes que verlo/ De la oración del violín principal, al aullido del viento/ Del contrapunto al redoble crucial, todo nace en el pecho/ Hay un himno para cada final y una frase es para ti/ Es tu turno, sé que puedes hacerlo…» Un tema al que siguió Deséame suerte y El discurso del rey. Con Palmeras en la Mancha iniciaron ese mestizaje de ritmos y sonidos que van desde el rock o el pop más eléctrico a los toques de samba o música de club con un Pucho siempre dispuesto  a mostrarnos sus habilidades como frontman. En ese tobogán de ritmos y fusiones, Vetusta Morla nos invitaron a subir y bajar. Y volver a subir y bajar de una forma continua e intrépida mientras interpretaban temas como Golpe maestro, Maldita dulzura o Cuarteles de invierno, un gran medio tiempo que zarandeó al Palacio de una forma muy especial, tal y como ocurrió cuando tocaron Copenhague entre destellos rojos y azules que llenaban el escenario y convirtieron el recinto en un espacio circular donde la pista se convirtió en el escenario más multitudinario que se pueda imaginar cuando sus seguidores cantaron casi la totalidad de la letra de una forma mágica; una canción que representa, como ninguna otra, esa reivindicación de los no lugares a los que se refiere el grupo madrileño. Un éxtasis colectivo que también se trasladó a Un día en el mundo y que fue transformado en un delirium tremens con Guerra civil. Un subidón que cambió a electrónico cuando sonó La vieja escuela: «Todo el mundo necesita un "sí"/ Tres minutos de complicidad/ Una receta que alivie su dolor/ Con cuentos de verdad».



Canción tras canción. Tema tras tema, Vetusta Morla fue afianzando su liderazgo en el mapa musical nacional a nivel internacional de una forma arrolladora, atacando con firmeza y sin desmayo temas con 23 de junio, Al respirar o La deriva y que lleva a Pucho a recorrer la pista del Palacio de los Deportes (ida y vuelta desde el escenario hasta el control de sonido) mientras canta Mapas. Y así hasta llegar a la hora y cuarenta minutos que duró el grueso del concierto que acabó con el tema Saharabbey Road, después de haber escuchado Sálvese quien pueda, Valiente, Te lo digo a ti y Fiesta mayor.



Tras unos minutos de descanso, en el que el respetable pudo ver un vídeo con imágenes de su gira mundial, tocaron cuatro temas más que acabaron con un apoteósico Días raros interpretado como un arañazo y que, sin duda, llevó a los asistentes a sentir el poder de la transformación en su propia piel.



Ángel Silvelo Gabriel.

viernes, 27 de diciembre de 2019

SECOND CONCIERTO “FRACCIONES DE UN SEGUNDO” EN LA SALA SOL DE MADRID: LA MÚSICA Y SUS MÚLTIPLES RAZONES CONTRA TODO PRONÓSTICO



La burbuja del tiempo nos aísla de aquellos acontecimientos que, sin saberlo, marcan nuestras vidas de una u otra forma. Aquella canción. Aquel concierto. Aquella letra que tarareamos una mañana sin ser conscientes de lo que significa. Al final, no hay más cuentas que las que cada uno echa a su yo interior. A eso que los filósofos denominaron como alma. Alma rota. Alma partida. Alma apasionada y luminosa, también. El alma, el tiempo y sus fracciones de un segundo donde una mariposa dentro de un reloj de arena es la perfecta metáfora del inicio de algo. De una nueva vida. De miles. De imágenes y sensaciones que pocas cosas como la música logran transmitirnos una y otra vez en forma de bucle. La música y sus múltiples razones contra todo pronóstico, en definitiva o como Sean Frutos nos recordaba ayer que: «El mañana no existe» al abordar Rodamos la segunda canción de este concierto en el que Los cinco de Murcia (ahora cuatro) rendían homenaje al décimo aniversario de su disco Fracciones de un segundo; un setlist que comenzó con Conocerte, una gran canción que representa muy bien lo que antes era su gran especialidad: los medios tiempos. Sean nos recordaba que el mañana no existe y quizá, por eso, ayer lo vivido en la sala El sol de Madrid fue como un boomerang que nos llegó del pasado cargado de buenos recuerdos y sensaciones que recuperamos del frasco de la memoria que siempre nos las guarda esperando la ocasión de devolverlas a ese efímero espacio que es el presente. Un presente, sobre todo eléctrico, el que desplegó ayer Second en el primer concierto de esta mini gira que también parará en Valencia, Málaga y Granada; y que borró casi por competo la producción de Carlos Jean de hace 10 años; un tiempo en el que todo comenzó a cambiar para Second que, después de haber ganado el concurso internacional de bandas GBOB en Londres, accedieron a una gira que les llevaría por las ciudades más importantes de Reino Unido, pero que a pesar de todo, parecía que no acababa de servir para ganarse un sitio destacado en el indie español hasta que compusieron Rincón exquisito, la canción perfecta que lo cambió todo y los llevó hasta las cadenas de radio nacionales que los catapultaron hacia el éxito. Un camino que han conquistado con rotundidad a través de su último disco, Anillos y raíces, incontestable en sus propuestas y un fijo en muchos de los festivales de verano que copan la geografía española.



Atrás quedó la entrevista que le hice a Sean en el zaguán de las escaleras de la Sala El sol hace ya diez años; una entrevista donde ambos repasamos nuestra admiración por la música de The Cure o The Smiths. Un concierto que, entre otras cosas, nos deparó la versión de la canción Sin aliento del grupo malagueño Danza Invisible, como ayer disfrutamos de la versión que hicieron de Anabel Lee de Radio Futura; o donde volvimos a disfrutar de Todas las cosas con un marcado acento gospel al inicio de la misma, como diez años atrás. Lo que nos lleva a recuperar la metáfora del boomerang pues de algún modo Second, ayer, nos llevaron en una máquina del tiempo dominada por la música a ese otro tiempo donde todo estaba por ocurrir. A ellos a situarlos en la estela de una carrera musical tocada por el éxito y que destierra el nombre del grupo, y a un servidor a cambiar las reseñas musicales por la literatura. Arropados por unos incondicionales seguidores que colgaron el cartel de sold out como en el resto de los tres conciertos que les quedan, vibraron y saltaron en todos y cada uno de los temas que Los cinco de Murcia, casi fielmente, reprodujeron en el orden del disco que editaron en 2009, aunque, como todo, con algunos pequeños cambios, muy acertados por cierto, a la hora de establecer una intensa relación con el público en un pequeño local que les permitió ver, escuchar y disfrutar con los múltiples coros que se produjeron a lo largo de la velada: «Es acojonante que sepáis las letras de estas canciones», dijo un Sean emocionado. Y, al que ayer, hay que agradecer el esfuerzo realizado tras confesarnos que llevaba varios días aquejado de una bronquitis a la que presentó batalla, porque según nos dijo: «no me podía perder estos conciertos», tras lo cual gritó: «¡Vamos a celebra la vida! Después de que tocaran En el viaje y antes de que sonara Todas las cosas (una de las grandes canciones de la noche). Tras tocar Como sería (una canción que nunca tocan en directo compuesta por Fran y al que Sean tildó como la alegría de la huerta) acabó la parte principal del concierto.



El primer bis comenzó con 2502, logrando recuperar el ritmo frenético de un concierto de alto voltaje musical y que siguió recuperando canciones como Nivel inexperto (un tema que en palabras de Sean, Fran Guirao no quería incluir en Viaje iniciático y que fue ampliamente coreada por el respetable. Una versión de la canción mucho más compacta en su sonido desde que el grupo haya incorporado a dos músicos en su formación, dándole a sus melodías un mayor amplitud de matices, lo que también ocurre con Muérdeme, otro de su temas clásicos. Anillos y raíces (su último álbum) fue protagonista de la noche con canciones como Sonará en todas partes, una canción destinada a convertirse en otro de sus grandes medios tiempos, algo que fue corroborado con Invierno dulce: «Sácame de las ventanas, no me dejes observando/ sorpréndeme, no pares y llévame, fuera de una vez/ Seremos la combinación alegre y divertida/ de toda la reunión, de toda la ciudad/ saldré con mi versión amable atenta y decidida/ allí donde allá un acción, podríamos estar/ aplaudiendo y bailando nuestros mejores pasos»; una canción con pinta de himno, como ya lo son Mira a la gente y Rincón exquisito, la excusa perfecta para hacer un segundo bis y dar por terminada una fiesta que ayer nos posibilitó reunirnos entorno a la música y sus múltiples razones contra todo pronóstico.



 

Ángel Silvelo Gabriel.

viernes, 20 de diciembre de 2019

MIS MEJORES PELÍCULAS DEL AÑO 2019: DIAÓLOGOS QUE ROMPEN EL SILENCIO


1.- JOKER, UNA PELÍCULA DE TODD PHILLIPS: LA VOLUPTUOSIDAD DEL RECHAZO

Joker es una sátira desnuda y nada moralizante de la sociedad moderna y su eterna búsqueda de la felicidad. La sonrisa y su dibujo, en este largometraje, tienen destellos de locura, genialidad y rechazo. Hoy no se nos permite estar tristes, y mucho menos ser diferentes. Esta película retrata con gran maestría la dictadura del entretenimiento en la que nos desenvolvemos y sus fatídicas consecuencias. En ella se nos muestra a una sociedad hipócrita que naufraga en un ramplón buenismo que solo nos aporta destrucción y rechazo. Justo lo contrario a lo que se pretende. Esa contradicción es la culpable del histrionismo que nos embriaga con el aroma de una falsa realidad que nos permite mantenernos en el engaño permanente. El propio y el ajeno. Así, el protagonista del film (un genial Joaquin Phoenix), marcha apegado a su sonrisa de una forma enfermiza; una sonrisa que es la mejor expresión de su necesidad de salvación y, a la vez, de su disgusto con el mundo. Él quiere hacer feliz a la gente, pero no le dejan. Aquí, más que nunca, parece hacerse cierta la expresión: «cuando eres bueno resultas invisible». En este caso, su director Todd Phillips, y guionista junto a Scott Silver, nos hace hincapié en que la felicidad está sobre valorada y, quizá por ello, su mayor contradicción y más categórica expresión de la misma sea la voluptuosidad del rechazo. Un rechazo pintado de blanco y teñido de sangre y venganza. Narcisismo y crueldad. Pero también de miedo y compasión. No son gratuitas las referencias cinematográficas dentro de la película a Tiempos modernos de Charles Chaplin, o a los bailes de claqué de Fred Astaire, pues una y otra son palmarias referencias de la infelicidad y la sonrisa; de la alegría y la alevosía del poder, en una nueva manifestación del juego de la contradicción a la que nos invita su director, y que nos sumerge en la más oscura de las simas. Una y otra son una punzante metáfora de lo que somos y en lo que con el paso del tiempo llegaremos a convertirnos. Aquí director y guionista nos alertan de que no es necesario ser felices todo el tiempo, porque el ser humano también necesita explorar sentimientos como el dolor o el llanto. Entonces, ¿existe la felicidad más allá del dibujo de una sonrisa? ¿Es obligado tener esa perenne actitud ante la vida? Para responder a estas preguntas pasen y vean.



2.- PARÁSITOS DE BONG JOON-HO: LA IMPORTANCIA DE TENER UN PLAN

Parásito es aquel que vive del otro. Ya sea éste el Estado —estamento que por cierto no se analiza en esta película— o de un particular, a modo de un Robin Hood moderno sin más escrúpulos que los de copiar la mímesis del otro. En esta ocasión, ese otro es el opulento. El rico. El poderoso. O eso al menos es lo que nos muestra el director surcoreano Bong Joon-ho en Parásitos, la película con la que ha ganado este año la Palma de Oro de Festival de Cine de Cannes. Aquí la salvación no se produce a través del esfuerzo que nos puede llevar a disfrutar de una vida mejor, sino mediante la astucia a la hora de compartir aquellos bienes que ya tienen los más afortunados. De ahí, la importancia de tener un plan, como se nos recuerda en varias ocasiones a lo largo del largometraje. La importancia de tener un plan y también la pericia de traspasar la fina capa que separa al amo del siervo en un espacio compartido. Espacio de lujo y placeres que se encuentran muy a mano, tanto de unos como de otros. De ahí, que salvarse del precipicio de la pobreza se puede hacer de muchas maneras, pero en Parásitos, la dignidad, el esfuerzo o el mérito a la hora de escalar en la sociedad, son características que no se encuentran entre los componentes de la familia pobre, donde todo se deja en favor de la importancia de tener un plan. Plan rápido y sin escrúpulos. Plan sin memoria ni vergüenza. Plan abocado al fracaso y sus consecuencias. Y ahí es donde se encuentra la dura crítica hacia aquellos que creen que el éxito es algo que se posee sin esfuerzo, y sí solo a través del ingenio.



Parásitos es una película que contiene una gran crítica social sobre cómo se relacionan los estratos sociales más poderosos con los más empobrecidos. Llegando a la conclusión de que, aparte de que unos y otros mantengan la distancias de una forma continua y a veces cotidiana en espacios comunes donde el siervo sirve a su amo, ambos se parecen demasiado, pues ambos tiene el mismo objetivo. Esa libertad que proporciona el poder del dinero, en este caso, escarba en la miseria del ser humano en uno y otro bando para no dejar títere sin cabeza. Parásitos es un film que entremezcla estilos y situaciones divertidas y terribles con una naturalidad pasmosa, y sin que apenas nos asombre, pues una peculiaridad de la historia que se nos cuenta es que parece que la misma es tan real como si la estuviésemos contemplando desde una de las ventanas de nuestra casa, aunque no demos pábulo a aquello que contemplamos. Esa sensación de asombro y desasosiego se despliega con una gran dirección de actores y un ritmo visual y narrativo casi mágico a lo largo de las más de dos horas que dura el largometraje. El gran acierto del director coreano es hacernos ver las diferentes formas con las que el ser humano afronta su supervivencia dependiendo de la clase social a la que pertenezca. Una lucha donde los buenos no son tan buenos, ni los malos son tan malos. En este sentido, el propio Bong Joon-ho nos advierte que la mayor lucha por la supervivencia no se produce entre ricos y pobres, sino entre aquellos que luchan denodadamente por defender el último escalón social al que pertenecen, proporcionándonos en este film unas grandes dosis de violencia y crueldad a la hora de mostrarnos tal defensa de la miseria sin mayor dignidad que la de aplastar al otro sin más.



3.- HISTORIA DE UN MATRIMONIO DE NOAH BAUMBACH: EL MANICOMIO DEL DESAMOR

Si miramos al horizonte corremos el riesgo de ver nada más que nubes que se confunden tras una intensa bruma. Si miramos al horizonte muchas veces lo que queremos es ver ese cielo azul que creemos que nos merecemos, porque en el fondo, a través de él nace dentro de nosotros la necesidad de estar vivos. Vivos y acompañados de la persona amada, porque con ella, somo capaces de cerrar ese círculo donde no dejamos pasar al dolor y a la desesperación que se alían con el desamor. Amor y desamor. Gladiadores de la vida y del día a día que nos reta con sus espadas en todo lo alto. ¿Y qué ocurre cuando el que vence es el desamor? Que todos sabemos que, a pesar de todo, tras la espesa niebla existe el sol y su cualidad de iluminarlo todo para hacerlo distinto. Una meta, la de la luz, que Noah Baumbach concede a los protagonistas de su Historia de un matrimonio como reflejo de aquello que fue su particular historia de amor antes de mostranos la cara oculta del mismo: el manicomio del desamor. Un manicomio con sus habitaciones propias, estancias vacías y pasillos llenos de incertidumbres que nos trasladan de unas a otras sin desearlo. Habitaciones y estancias extrañas porque nunca quisimos habitarlas. Habitaciones y estancias donde la realidad y la ficción. La verdad y el deseo. Los actos y sus consecuencias, se van dando la mano tras cada escena de esta película donde las experiencias maritales fallidas salpican una y otra vez esa necesidad de destrucción antes de encontrar un poco de paz. Una paz con la que estar vivo de nuevo, pues ese proceso de catarsis en el que estar vivo tiene mucho que ver (en la película) como una salida de los infiernos o una vuelta a la vida donde, por fin, la espesa niebla que nos enturbia la mirada y el corazón deja paso a algo de paz, comprensión y sentido común. Los egos, en este caso, de un director de teatro y una actriz, se delatan tras cada mirada o cada silencio. Un silencio que de una forma inteligente Noah Baumbach ha dejado en mano de los protagonistas para darle voz a través de unos abogados buitres que son víctimas, también, de sus propios fracasos.


4.- LA FAVORITA DE YORGOS LANTHIMOS: EL AMOR Y SU PODER REFLEJADOS EN ESTANCIAS DE PENUMBRA

El camino que recorre el amor a lo largo de nuestras vidas viene escalonado por diferentes estancias de penumbra, en las que en ocasiones se cuela la luz del sol de una forma arrebatadora y, en otras, reina la oscuridad más absoluta. Como dice el propio director griego de esta película, Yorgos Lanthimos, «el poder, es la forma más descarnada del amor». Quizá, porque en esas estancias de penumbra revoloteamos cual pájaro prisionero entre paredes que nos hablan o nos recuerdan a nuestros errores o derrotas sentimentales, esas que marcan nuestra existencia más que la pérdida de una guerra, por más que uno —en este caso una—, sea la reina de Inglaterra. En este sentido, La favorita se adentra sin remilgos en el farragoso terreno del poder que para su definición total precisa del arma del amor como la mejor herramienta para llevar a cabo sus propósitos. El poder, esa droga que nunca sacia al espíritu humano, busca en esta película los escondrijos más sutiles —y en ocasiones sexuales— del Estado para conseguir sus objetivos. Bajo una narración ágil divida en ocho capítulos que dan a la historia la forma de cuento de brujas y hechizos, La favorita recorre los territorios que van desde el amor a la crueldad en forma de tragicomedia sin forzar un ápice su esencia: el amor y su poder reflejados en estancias de penumbra. Estancias de penumbra, vestuarios, fiestas y bailes que nos recuerdan de una manera sucinta a las películas del gran Peter Greenaway. La favorita es un film de época repleto de extravagancias al que sólo le falta la música compulsiva de Michael Nyman para lograr rizar el rizo. Yorgos Lanthimos, en esta ocasión, nos brinda la versión más arriesgada de una forma de entender las vicisitudes de los asuntos de Estado que, en La favorita, deambulan por los caprichos de una reina enfermiza y encerrada en un palacio que nos recuerda más a un castillo y sus mazmorras que a una estancia real de principios del siglo XVIII. La intriga, la diversión y el deseo se encuentran y confrontan bajo las miradas, siempre seductoras, de sus tres protagonistas, magníficas las tres y firmes candidatas a todos aquellos premios a los que se presente esta película. El desgarro, la huida y la soledad están extraordinariamente interpretados por una Olivia Colman perfecta e inconmensurable en el papel de reina Ana. A su lado, su consejera y amante, Lady Marlborough, interpretada por Rachel Weisz, cuya expresión de lujuria producida por el poder, resulta conmovedora por la fuerza y la ira con el que las ataca. Tras ella, Abigail, a la que da vida Emma Stone, cuyo reflejo incandescente de sus fríos ojos azules atrapa al director para filmarla cercana, y desnudarla en sus gestos y, a través de sus labios, sus ojos y los lóbulos de sus orejas —al principio desnudos y después adornados de lujosos pendientes— hasta convertirla en un caleidoscopio de emociones que van desde la inocencia a la maldad, la transparencia a la oscuridad, la cercanía a la venganza, sin duda, una explosiva mezcla de emociones y resultados.



Ángel Silvelo Gabriel.

miércoles, 18 de diciembre de 2019

HISTORIA DE UN MATRIMONIO DE NOAH BAUMBACH: EL MANICOMIO DEL DESAMOR



Si miramos al horizonte corremos el riesgo de ver nada más que nubes que se confunden tras una intensa bruma. Si miramos al horizonte muchas veces lo que queremos es ver ese cielo azul que creemos que nos merecemos, porque en el fondo, a través de él nace dentro de nosotros la necesidad de estar vivos. Vivos y acompañados de la persona amada, porque con ella, somo capaces de cerrar ese círculo donde no dejamos pasar al dolor y a la desesperación que se alían con el desamor. Amor y desamor. Gladiadores de la vida y del día a día que nos reta con sus espadas en todo lo alto. ¿Y qué ocurre cuando el que vence es el desamor? Que todos sabemos que, a pesar de todo, tras la espesa niebla existe el sol y su cualidad de iluminarlo todo para hacerlo distinto. Una meta, la de la luz, que Noah Baumbach concede a los protagonistas de su Historia de un matrimonio como reflejo de aquello que fue su particular historia de amor antes de mostranos la cara oculta del mismo: el manicomio del desamor. Un manicomio con sus habitaciones propias, estancias vacías y pasillos llenos de incertidumbres que nos trasladan de unas a otras sin desearlo. Habitaciones y estancias extrañas porque nunca quisimos habitarlas. Habitaciones y estancias donde la realidad y la ficción. La verdad y el deseo. Los actos y sus consecuencias, se van dando la mano tras cada escena de esta película donde las experiencias maritales fallidas salpican una y otra vez esa necesidad de destrucción antes de encontrar un poco de paz. Una paz con la que estar vivo de nuevo, pues ese proceso de catarsis en el que estar vivo tiene mucho que ver (en la película) como una salida de los infiernos o una vuelta a la vida donde, por fin, la espesa niebla que nos enturbia la mirada y el corazón deja paso a algo de paz, comprensión y sentido común. Los egos, en este caso, de un director de teatro y una actriz, se delatan tras cada mirada o cada silencio. Un silencio que de una forma inteligente Noah Baumbach ha dejado en mano de los protagonistas para darle voz a través de unos abogados buitres que son víctimas, también, de sus propios fracasos.



La singularidad de Historia de un matrimonio está en la forma que se nos presenta un proceso de divorcio —por otra parte muy presente en la filmografía norteamericana—, pero que en este caso, deambula por esa normalidad aparente que se balancea entre el egoísmo y la desesperación. Algo a lo que contribuyen firmemente sus dos protagonistas, Scarlett Johansson (Nicole) y Adam Driver (Charlie), pues sus interpretaciones hacen más cercanas y reales las situaciones que representan, y que dictan las consecuencias más nefastas cuando falla lo más esencial del ser humano: el amor. Un amor y sus consecuencias que se nos revela dañino, sin sentido y agónico hasta la extenuación. De ahí, que, cuando de verdad se muere el amor, lo único que deseemos sea volver a estar vivos. O como cuando, Adam Silver, en uno de los momentos más álgidos de esta película, canta la canción Being Alive del musical Company: «Alguien que me sostenga demasiado cerca/ alguien que me haga daño demasiado profundo/ Alguien que se siente en mi silla/ Y arruinar mi sueño/ Y hacerme darme cuenta/ De estar vivo/ Estar vivo».



La dicotomía entre hombre y mujer. Director y actriz. Nueva York o Los Ángeles, engendra las situaciones de poder más marcadas de esta historia que se inician por la necesidad de recuperar la libertad por parte de Nicole, algo que no esgrime no tener en su matrimonio, pues éste está férreamente dirigido por su marido. Y que prosiguen con la impronta necesidad de comprensión por parte de Charlie.  Una comprensión que, con el transcurso de la película, se va transformando en odio, cólera e incomprensión hacia su mujer y el sistema. Una sucesión de claroscuros que determinan las vivencias de las dos ciudades donde se desarrolla la acción de esta zozobra de los sentimientos, donde la necesidad de poder disfrutar de la propia libertad será la llave que dará una salida a una relación que en apariencia —solo en apariencia— no huele a podrido. Y lo hace igual que ese personaje solitario que está de pie encima de una roca mirando hacia el horizonte. Un horizonte plagado de una intensa niebla que se confunde con las nubes que tapa y el sol que nos aguarda tras ellas. Ese horizonte que nunca alcanzaremos y que, sin embargo, nos espera como a esta historia en forma de manicomio del desamor que intenta conservar la lucidez de los buenos momentos; aquellos en los que creímos que nos enamoramos de la persona adecuada. Y lo hace igual que, si un rayo de luz, se colara entre la densa niebla, para de esa forma volver a reescribir aquella carta que todavía está dentro de sus corazones: «Lo que más me gusta de Nicole. Baila muy bien. Es una madre que juega, y juega de verdad. Hace regalos geniales. Es competitiva. Y sabe cuando presionarme…» 



 

Ángel Silvelo Gabriel.

martes, 17 de diciembre de 2019

RICHARD FORD, LAMENTO LO OCURRIDO: LA SINOPSIS DEL AMOR



Lo mejor de envejecer es echar la vista atrás y tener la honestidad de aceptar aquello que fuimos, y en lo que el paso del tiempo y nuestras decisiones han hecho de nosotros. La distancia que nos marcan los días es el mejor instrumento a la hora de clarificar nuestros sentimientos cuando los depositamos en la cesta que conforma nuestra vida. Y, entre todos esos acontecimientos o accidentes vitales que nos retratan como el mejor de los autorretratos, sobresale el amor. La sinopsis del amor que magnifica nuestros actos sin nosotros quererlo por el mero hecho de que, al final, es el verdadero y único culpable de nuestros errores. Richard Ford, en Lamento lo ocurrido, sitúa a sus protagonistas en esta tesitura a la que una situación presente, siempre azarosa, obliga a volver la vista atrás en sus vidas y en sus sueños. El azar, en estas diez narraciones cortas que conforman la última antología publicada en España por el escritor norteamericano —a modo de primicia mundial—, es un protagonista omnisciente que nos muestra la historia visible que encubre a la historia oculta y verdadera de aquello que se nos cuenta, y que el lector avezado debe adivinar. Ford nos deja amplios espacios para la exploración del transcurrir vital de sus personajes y de sus planteamientos literarios, siempre sumergidos en una cotidianeidad que cobra un exacerbado protagonismo gracias a su hábil manejo literario sobre la historias que narra en forma de relato corto, si exceptuamos el último de ellos —Perder los papeles—, por estar más cercano a una novela corta. Un relato que es la perfecta excusa para que Ford nos exponga todo aquello que nos ha querido mostrar con anterioridad. La soledad que persigue a muchos de sus personajes es un fuerte imán que necesita del contrapunto de los diálogos para resaltarlo más si cabe todavía. Una soledad autoimpuesta o accidental que cobra toda su luminosidad cuando el autor la somete al azar de aquello que nunca teníamos previsto. Una prerrogativa que obliga a sus protagonistas a detener el tiempo para ponerse a observar ese pasado que siempre pasaron por alto y que no contaron a nadie, quizá, porque no hay nada más real y sanador que confesarle nuestros secretos a un extraño que sabemos que, en un principio, no está expuesto a los prejuicios de nuestros hechos pasados.



Lamento lo ocurrido es un mosaico de encuentros, carreteras secundarias, lugares y situaciones que nos permiten acercanos a Nueva Orleans o a esos irlandeses que viven en los Estados Unidos o vuelven a Irlanda, pero también, es la perfecta sincronización entre el tiempo narrado y la importancia que el tiempo pasado sigue teniendo sobre nuestras vidas. Habitaciones de hotel que por la mañana están desposeídas de los ensueños de la noche y de uno de los amantes. Encuentros accidentales con antiguas parejas que transcurren en la actualidad de la mano de un río que desemboca en el mar y que solo es visualizado desde la lejanía que nos permite no volver a mojarnos en sus aguas. Muertes inesperadas que no siempre atraen sobre la amistad las imágenes de la cercanía o el encuentro. O la soledad de un viudo que busca en casas de temporada los ecos de su mujer dos años después de su muerte, en silencio, sin aspavientos o grandes demostraciones de dolor que, sin embargo, se ahondan con un fortuito encuentro que le precipitan sobre su pasado. Son solo algunas de las situaciones en las que Richard Ford da protagonismo al americano medio —con ascendencia irlandesa, o no— y le deja caminar sobre su vida sin más intención que la de permitirle atravesar esa barrera invisible que le separa de sí mismo. Y, quizá, no haya nada mejor y más eficiente a la hora de hacerlo que obligarle a enfrentarse a ello en solitario, a través de la sinopsis del amor.  

 

Ángel Silvelo Gabriel.