domingo, 21 de febrero de 2021

DIARIO DE UN NÁUFRAGO (XXXVII) —200 ANIVERSARIO DE LA MUERTE DEL POETA BRITÁNICO JOHN KEATS—: EPÍLOGO, EL DESTINO DE SUS DESEOS #JohnKeats200aniversario



 «Apartado, a lo lejos, en gigante ignorancia,

me llegan noticias tuyas, y de las Cícladas,

como el que se sienta a la orilla del mar y quizás

anhela visitar los profundos corales de los delfines.

¡Y tú que eras ciego! Y entonces Júpiter rasgó el velo

para que vieras el Cielo y dejarte vivir,

y Neptuno te hizo un refugio de espuma,

y Pan hizo cantar para ti a sus enjambres del bosque;

sí, en las orillas de las tinieblas hay luz,

y los abismos muestran selvas por descubrir,

y hay en la medianoche una mañana en ciernes,

y hay una triple visión en la sutil ceguera.

Esto fue lo que viste, como en cierta ocasión sucedió

a Diana, la Reina de la Tierra, y el Cielo, y el Infierno.»

Poema A Homero, de John Keats

 ¿Qué será de nosotros cuando hayamos muerto? Nuestro cuerpo, nuestra vida, nuestros recuerdos… todo quedará en manos de los nuestros, que serán los encargados de cumplir con el designio de nuestros deseos.

¿Qué cabe en la mente de un poeta que sabe que se está muriendo? No es fácil responder a esta pregunta, y mucho menos cuando el protagonista es uno de los principales poetas británicos del Romanticismo, y menos aun cuando su poesía, tan exuberante como imaginativa, solo es atemperada por la melancolía. John Keats, el hombre que siempre andaba con un libro en el bolsillo (tal y como lo describía Cortázar), falleció a las veintitrés horas del 23 de febrero de 1821. Lo hizo en calma, y acompañado de su inseparable y buen amigo Joseph Severn. Este describe su muerte en una carta que escribió cuatro días más tarde.

«Roma, 27 de febrero de 1821

Ya no existe; murió con la más perfecta tranquilidad… parecía entrar en el sueño. El día 23, hacia las cuatro, la cercanía de su muerte se manifestó. Severn… yo… le­vántame… me estoy muriendo… moriré fácilmente… no te asustes… sé firme… y da gracias a Dios porque esto ha llegado…Lo levanté en mis brazos. La flema parecía hervir en su garganta, y fue en aumento hasta las once, en que él fue deslizándose gradualmente hacia la muerte, tan silencioso que todavía creí que estaba durmiendo. Me es imposible decir nada más ahora. Estoy deshecho por cuatro noches en vela, sin dormir desde entonces, y mi pobre Keats muerto. Hace tres días que abrieron su cuerpo; los pulmones faltaban por completo. Los médicos no alcanzaban a imaginarse cómo pudo vivir estos dos meses. El lunes acompañé su querido cuerpo a la tumba, junto con muchos ingleses. Todos se preocupan mucho por mí; debo haber tenido un fuerte acceso de fiebre. Ahora estoy mejor, pero aun totalmente impedido.

La policía ha estado aquí. Los muebles, las paredes, el piso, todo debe ser destruido y cambiado, pero el doctor Clark atiende a todo.

Con mis propias manos puse las cartas en su ataúd.

Esta sale con el primer correo. De lo contrario algunos de mis amables amigos hubiesen escrito antes.»

Keats no murió solo en Roma porque, además de la lealtad y compañía de Severn y el auxilio espiritual de su poesía, también contó con la ayuda y los cuidados del doctor James Clark, que lo trató con mimo y devoción, pues además de conocer su historia era un devoto de la poesía, y él fue quien cumplió con una de las últimas voluntades del poeta e hizo que su sepultura fuera cubierta de margaritas, como una muestra más de su amor por la naturaleza y el esteticismo que siempre tiene un valor moral. Ese yo lírico, presente en la Oda a un ruiseñor, y que se eleva entre los árboles y compara la eternidad de la naturaleza y la trascendencia de los ideales con la fugacidad del mundo físico, le acompañó hasta el final. Esa fugacidad de la que Keats intenta alejarse, contraponiéndole su ansia de eternidad, es un deseo que sin duda a día de hoy podemos expresar que consiguió a través de sus poesías y sus cartas (de gran valor literario), cumpliendo de esta forma parte de ese anhelo, y alejando de sí la maldición que le persiguió a lo largo de su corta existencia. En este sentido, las circunstancias personales que rodearon a su vida, y en concreto los tres últimos meses de sufrimiento que abarcan este libro, hacen de su relato un hecho heroico en sí mismo. Dicen los entendidos que nunca es en vano el dolor del artista ante el proceso creador, pero en Keats, además, nos enfrentamos al dolor físico que poco a poco apaga la vida del artista que, sin fuerzas, lo deja todo en manos del destino. Aciago devenir, triste y miserable, pues hasta las condiciones económicas que albergaron sus últimos días entre los vivos fueron lamentables, pero que gracias a ese otro gran héroe llamado Joseph Severn el corazón derrotado de Keats no conoció, pues su sola sospecha hubiese sido suficiente para acelerar su amargo final.

Quizá, después de todo, el alma del poeta haya encontrado en algún momento el reconocimiento que tan esquivo se le mostró en vida, pues tal y como recoge Julio Cortázar al final de su libro Imagen de John Keats: «Él había murmurado un día: “Pienso que después de mi muerte estaré entre los poetas ingleses”. Cincuenta años más tarde será Matthew Arnold quien confirme el alba: “Está. Está con Shakespeare”», tal y como fue su deseo.

El cuerpo de John Keats descansa en el cementerio protestante de Roma, detrás de la pirámide de Cayo Cestio. Un lugar que Lord Houghton define así en su libro Vida y cartas de John Keats: «...uno de los más hermosos lugares donde pueda reposarse la mirada y el corazón de los hombres. Es un declive lleno de césped, entre las ruinas de las murallas de Honorio correspondientes a la ciudad reducida, y dominada por la tumba piramidal que Petrarca atribuyó a Remo, pero que la verdad arqueológica ha adscrito al nombre más humilde de Cayo Cestio, tribuno del pueblo, solo recordado por su sepulcro».

Pero no queda ahí la nómina de ilustres que le dedicaron un póstumo reconocimiento, ya que Shelley también lo hizo en el poemario Adonais: «Ve a Roma… a la vez el Paraíso, / la tumba, la ciudad y el desierto; / donde sus ruinas como destruidas montañas se alzan,…» e incluso describió la sensación que le transmitió el camposanto: «el cementerio es un espacio abierto entre las ruinas, y en invierno lo cubren violetas y margaritas que se mezclan con las frescas hierbas. Es un lugar tan hermoso que lo hacen a uno enamorarse de la muerte, al pensar que podría estar enterrado en sitio tan hermoso». Un deseo que el poeta vio cumplido apenas un año más tarde cuando falleció víctima de un naufragio, y que, según cuenta la leyenda, llevaba un libro de poemas de Keats en el bolsillo. Ahora descansa al lado de Keats y de Severn, que tampoco pudo evitar describir las sensaciones que le producía ese lugar, y así lo hace en una carta que escribió a Mr. Haslam diez semanas después del óbito de Keats: «anduve por allí hace pocos días, y vi que las margaritas la han cubierto ya enteramente. Es uno de los lugares retirados más hermosos de Roma. No se encontraría un sitio semejante en Inglaterra. Lo visito con una deliciosa melancolía que alivia mi tristeza. Cuando me acuerdo del largo tiempo en que ni un solo día estuvo Keats libre de agitación y tormento tanto del alma como del cuerpo, y que ahora yace en reposo con las flores que tanto deseaba sobre él, sin otro sonido en el aire que el de las esquilas de unas pocas ovejas y cabras, me siento realmente agradecido de que esté aquí, y me acuerdo de cuán ardientemente rogaba porque sus sufrimientos llegaran a su fin y pudiera alejarse de un mundo donde ya ni un solo ápice de alivio quedaba para él».

Sin embargo, su deseo de pasar desapercibido incluso después de su muerte solo fue cumplido a medias por sus amigos, ya que tanto Joseph Severn como Charles Brown, en contra de su voluntad, pero con la firmeza que les daba la lealtad hacia un amigo, hicieron esculpir una lira griega con cuatro de sus ocho cuerdas, como símbolo del genio poético que la muerte truncó antes de haber llegado a su madurez. Debajo de ella, puede leerse la inscripción: «Esta tumba / contiene todo cuanto era mortal / de un / JOVEN POETA INGLÉS, / quien, / en su lecho de muerte, / en la amargura de su corazón, / a merced de sus enemigos, / quiso / que se grabaran en su lápida estas palabras: / Aquí yace Uno / cuyo Nombre estaba escrito en el Agua / 24 de febrero de 1821».

A unos metros a la izquierda, en la tapia del cementerio, hay un medallón con su efigie y unos versos en los que se lee en acróstico su apellido. Tras estos singulares signos de su paso entre los vivos, tenemos la dicha de que aún nos quedan sus poemas, donde su voz se alza majestuosa entre los muertos, en un espacio de mirada interior donde no existe el tiempo ni el silencio. 

Madrid, 12 de junio de 2013 

Extracto de la novela, Los últimos pasos de John Keats, de Ángel Silvelo Gabriel

jueves, 18 de febrero de 2021

DIARIO DE UN NÁUFRAGO (XXXVI) —200 ANIVERSARIO DE LA MUERTE DEL POETA BRITÁNICO JOHN KEATS—: KEATS MUERE EN LA PLACIDEZ DEL SILENCIO #JohnKeats200aniversario

 


Roma 23 de febrero de 1821.

Alrededor de las cuatro de la tarde.

 

La luz del día se apaga lentamente en mis pupilas. Abro los ojos todo lo que puedo, pero apenas veo, salvo sombras que se apoderan de mi maltrecha razón. Intento humedecer un poco mis labios, pero mi lengua solo es capaz de segregar algo de saliva con la que mojarlos. «Esta debe ser la señal que con tanto anhelo aguardo», pienso. Intento oler el aroma de la muerte, pero todavía no lo detecto. Muevo un poco la mano sobre las sábanas de mi lecho, pero no distingo su rugosidad con mi tacto. Acudo en auxilio de mi oído, pero nada oigo. Este es el certero veredicto del destino que me aguarda al final del camino. Mis sentidos han dejado de existir mientras que yo sigo aún vivo. Me da igual no ver u oler, porque aún puedo cobijarme bajo la cúpula de los recuerdos. «Estoy listo para partir, en lo que será mi viaje hacia ninguna parte», me digo. De nada sirven las metáforas a la hora de entrar en el infinito, porque allí no me harán falta las palabras. Por extraño que parezca, una gran paz interior me acompaña y, antes de que el habla también me abandone, quiero despedirme de mi gran amigo Severn. Le llamo como solo lo puede hacer un moribundo y, de la mejor manera que puedo, le digo: «Severn... yo... levántame... me estoy muriendo... moriré fácilmente... no te asustes... sé firme... y da gracias a Dios porque esto ha llegado...», y cierro definitivamente los ojos.

Me quedo sin palabras, pero no sin pensamientos. Ahora soy el poeta del silencio. ¡Muerte silente que me estás aguardando, ya estoy listo para partir! Envíame la nave que lleve mi alma al averno, pero antes, deja que me zambulla en las aguas tranquilas del lago, porque quiero concederle a mi espíritu el placer de la experiencia antes de llevarle más allá del pensamiento. Déjame disfrutar tan solo un momento, justo ese breve instante con el que consolar a mi alma antes de marchar a su definitivo destierro. Aguas profundas y misteriosas que me vais a acoger, mecedme como en los sueños, y susurradme una dulce canción cuando depositéis mi cuerpo en lo más profundo de vuestro lecho. Ya siento las olas batir contra mi demacrado cuerpo y, con su leve balanceo, tientan a la ausencia de palabras como en un fugaz recuerdo. Agua bendita y purificadora de tormentos, acógeme como al más humilde de tus siervos y graba mi nombre en la más transparente de tus esencias. Y llévame lejos, a un lugar donde pueda disfrutar del recuerdo de mis versos.

«El mar conserva eternos sus susurros a lo largo

de las orillas desoladas, y con su recia marea

inunda veinte mil cavernas, hasta que el encanto

de Hécate les deja su sombrío sonido.

A menudo encuentra su temple calmado

y durante días apenas se mueven las conchas

diminutas de allí donde al fin quedaron,

cuando se desataron los vientos de los Cielos.

Vosotros que tenéis los ojos cansados y doloridos,

alegradlos ante la inmensidad del mar;

vosotros que tenéis los oídos silenciados por el estruendo

o demasiado hartos de pesadas melodías,

sentaos junto a una vieja caverna y meditad...»

Y siento cómo se cumplen mis deseos… y dejo de ser… y dejo de existir, pues noto cómo mi alma abandona mi cuerpo. Es un instante placentero, al que no le acoge el menor de los desvelos… Todo es como el más dulce de los sueños y, sin apenas darme cuenta, entro en los confines del tortuoso silencio.

«Si firme y constante fuera yo, brillante estrella, como tú,

no viviría en brillo solitario suspendido en la noche

y observando, con párpados eternamente abiertos,

como paciente e insomne ermitaño de la Naturaleza,

las agitadas aguas en su sagrado empeño

purifican las humanas costas de la tierra,

ni miraría la suave máscara de la nieve

recién caída sobre los montes y los páramos;

no, aunque constante e inmutable,

reclinado sobre el pecho maduro de mi amada,

sintiendo por siempre su dulce vaivén,

despierto para siempre en dulce inquietud,

callado, para escuchar en silencio su dulce respirar...»

FIN

 

Extracto de la novela, Los últimos pasos de John Keats, de Ángel Silvelo Gabriel.

martes, 16 de febrero de 2021

DIARIO DE UN NÁUFRAGO (XXXV) —200 ANIVERSARIO DE LA MUERTE DEL POETA BRITÁNICO JOHN KEATS—: KEATS SOBREVUELA ROMA CONVERTIDO EN UN RUISEÑOR #JohnKeats200aniversario

 


El tiempo pasa lentamente, y acaricia cada hora, cada minuto, cada instante de mi vida, como solo lo saben hacer las manos de los amantes… pero ya nada importa. Ni el tiempo ni sus horas ni la más bella de las damas. Todo desaparece tras el tamiz continuo y perenne del tiempo, del mismo modo que la luz se fuga en las tardes lluviosas de invierno detrás de la poderosa cortina de agua que la ampara; y todo, otra vez todo se convierte en un lienzo en blanco que nada alberga, salvo la esperanza de aquello que puede llegar a ser. Eterna esperanza que cae como un torrente salvaje desde la montaña. Anhelos reconvertidos en desgracias que nos marcan las últimas jornadas. Hombre sin sueños, ni deseo. Estatua inerte de sal, pero de carne y hueso. Aún me queda una posibilidad, la última, para vencer al paso del tiempo: acabar siendo un recuerdo o un pequeño episodio en las vidas ajenas. También me puedo reconvertir en una anécdota revestida de poemas o en un libro que puede ser abierto en la encrucijada del tiempo. Mi cuerpo descansará en un agujero y mis libros lo harán confundidos en grandes o pequeños montones, en estanterías anónimas o en desvencijados baúles cargados de nostálgicos y efímeros recuerdos. ¿Existirá la posibilidad del encuentro? El enigma de la vida se burla de nosotros, porque nadie sabe qué será de uno mismo después de su propio incendio. En un lugar alejado de nuestras llamas, crecerá un solitario árbol testigo de nuestro empeño y, en él, su fruto simbolizará cada uno de nuestros deseos. Yo quiero ser urna o pájaro, otoño o primavera…, ojos de un mundo que ya no será el mío, testigo de unas vidas que ya no me pertenecen. ¡Oh Dios, quién pudiera volver a ser un lienzo en blanco!

Mientras esto deseo, la lluvia llama a mi ventana. Lo hace con suavidad, pero de una forma tentadora, detrás de una gota golpea otra, pero yo… yo prefiero refugiarme en las dobleces de mi cama que, aunque húmedas, no son el símbolo de ninguna esperanza. La lluvia llama a mi puerta cual ángel anunciador de buenas nuevas. «Aquí estoy», le digo, pero todavía no quiero ir en pos de tu música celestial. Deja de tocar tu trompeta, que tus melodías, para mí, todavía no son las de la vida eterna. Quiero quedarme aquí y soñar un nuevo sueño. ¡Por favor, concédeme este último deseo! Y algo sucede en mi cuerpo porque tu música celestial se convierte en el trino de un pájaro sediento de canto y de vuelo. Atravesar el límite del alféizar de la ventana quiero, mas solo oigo el constante picoteo del pájaro contra la cristalina bóveda de mi lúgubre féretro. Me advierte de su intención y de su presencia. ¿Me llama o es una nueva señal de la agonía que estoy padeciendo? ¡Ojalá pudiera volar cual ruiseñor por el cielo de Roma, y detener por un momento esta sensación de calor infernal que me consume! Nada ni nadie me impide luchar por salir de mi perenne letargo y, azaroso por la falta de tiempo, reto a las insalubres cadenas que me retienen postrado en el lecho de mi próximo deceso. ¿Qué importa ya salvo esto?, y, cual pájaro que está a punto de iniciar su primer vuelo, muevo mi alas arriba y abajo. «Perderme lejos de aquí, disiparme, olvidar...» No abro los ojos porque mi deseo es más intenso si lo imagino que si lo veo. Es cálido y dulce, como los sueños placenteros, «...lo que jamás entre las ramas has conocido: la fiebre, el hastío, la angustia que se siente...». Nada queda más allá de los sueños, encrucijadas de los deseos transportados en el tiempo. ¡Cuánto me hubiese gustado disfrutar de Roma! Apoderarme de sus calles y sus ecos, «...aquí donde los hombres se escuchan sus gemidos...». Arrodillarme ante el poder milenario de sus obras de arte y contemplar hipnotizado la juventud y belleza de sus esculturas, antes de que la inocencia de mi mirada cambie para siempre «...donde el temblor sacude las tristes canas que quedan...». Inocencia que solo busca la belleza, poderosa atracción que transforma la nada en arte, «...donde la juventud escuálida y marchita muere...». ¡Qué puede haber más lúgubre que el tedioso proceso que le lleva a un hombre joven a la muerte! La muerte en sí misma es bella; bella como solo lo puede ser una nueva vida. Fuerzas contrarias que todo lo pueden, inicio y final de una historia que acaba en liberación: la del alma prisionera del cuerpo que la retiene, «...donde solo pensar significa tristeza / y desesperación de ojos plomizos...». Gozar sin límites para vaciar las penas de la tristeza que las atrapa. Gozar para marchar lejos de la desesperación de nuestras miradas, y de nuestro corazón, «...y la Belleza pierde el esplendor de sus ojos / que el nuevo amor no ama más allá de mañana...». No quiero un amor terrenal y pasajero, sino la felicidad eterna que solo se encuentra impregnada en la mirada del artista que busca a la musa anhelada. Inocencia exenta de pudor como la voluptuosidad ociosa y desnuda de las ninfas que juegan despreocupadas alrededor de los dioses. Espacios alegóricos, territorios solitarios y perdidos, en los que se resguardan la melancolía más bella, la soledad más salvaje y la desgracia más inhóspita. Todas ellas cualidades impropias del hombre. Zeus, Apolo, Atenea bautizad mis sueños con la más impronta cualidad de vuestras deidades. Transformad mis deseos por volar en ágiles plumas que me ayuden a surcar los cielos de Roma, para después recogerme en vuestro seno. Y dejadme reposar a vuestro lado, en frondosos aposentos de níveos cúmulos almohadillados; lugares donde el símbolo de la gloria es eterno. ¡Quiero atravesar el cielo de Roma y vencer a la quietud que el destino me ha impuesto! Llegar hasta el otro extremo, donde no existen ni ataduras ni cadenas. ¡Llévame contigo dulce pájaro, cual sueño de juventud que quiere ser por fin libre! ¡Libérame de temores y reproches, y déjame volar a tu lado…! Este es mi último deseo antes de descansar para siempre en mi abovedado hipogeo. Me siento ligero y dispuesto, libre por fin; tan dispuesto me encuentro, que me transformo en un alado e inmaculado corcel blanco y, como tal, abandono la quietud de mi cama e inicio un lento vuelo que me lleva fuera de mi amarga estancia. Adiós espacio de muerte... adiós habitación triste y oscura, lugar de silencios y tormentos. Adiós para siempre morada de nulos recuerdos. Nada de ti quedará tras mi óbito, porque arderás como una frágil pira que no podrá defenderse de sus propios secretos. ¡Qué hermosa se ve Roma desde el cielo! Escondida tras tonos rosas y violetas, y difuminada bajo la señal de un crepúsculo donde la luz se vuelve tenue y misteriosa, y donde las siluetas, asustadas, se escapan y se pierden tras un infinito telón de sombras. Teatro impune al paso del tiempo. Escenario de eterna belleza. Al menos déjame descansar aquí, en uno de los nichos de tus múltiples fosas; en un lugar donde solo los que de verdad me quieran vengan a buscarme. No necesito luz, porque mis ojos no verán..., tampoco necesito calor, porque mi corazón no latirá. Solo deja que me mezcle con el viento de la tarde y, junto a él, mecer las hojas de los árboles... Nada era, nada soy y nada seré más allá de mis poemas. Amargo epitafio que se revela como la mejor de las metáforas de mi vida entre las tinieblas. ¡Oh Dios, concédeme la virtud de la sabia espera! Y no me dejes regodearme en la simple tristeza. Tiempos vendrán donde la dicha se convierta en pura fiesta, para equilibrar aquellos otros plagados de olvido y desavenencias. Aquí quiero reposar para siempre, entre tilos, cipreses y naranjos, lejos de los brezos y los bosques de mi querida Inglaterra; tierra de sublimes recuerdos, de deseos imposibles y entorchados momentos.

El tiempo pasa lentamente, pero ya nada importa, ni siquiera mi corazón se muestra compungido cuando desde el cielo veo a enamorados que desaparecen tras las puertas, o a jóvenes que buscan a sus amadas a la salida de los templos. La vida, ese gran teatro de sombras, de espectros que van y vienen, como góndolas que surcan canales de ida y vuelta, sin apellidos ni gloria. ¡Qué es la vida sino la más anónima de las desgracias!, la pérdida de la inocencia que nunca más podrá ser rescatada. Mi alma marcha ya suspendida del aire y no siente la humedad del agua que inunda a las calles de Roma. «El agua persigue a mis etéreos empeños», pienso, tanto como el gorgoteo de la hundida Barcaccia lo ha hecho a mis romanos suplicios. Agua, símbolo del paso del tiempo, poderosa como solo su transparente eco puede serlo. Veni, vidi, vinci, parece decirme en su lenguaje de fugaz recuerdo. En la repetición de su sonido está su más afamado secreto... A ella también debo el poema misterioso de mi sepulcral epitafio, pero ahora, quiero marchar más lejos. Ver para no tener que imaginar y darles a los ojos de mi alma algo de dicha terrenal. Inicio mi vuelo desafiando a la lluvia que se quiebra ante mí como un ligero tapiz compuesto de transparentes velos. Atravieso esa frontera imaginada que divide a la realidad de mis deseos, pero algo ocurre porque no remonto el vuelo. El destino parece decirme que el tiempo de mis aladas hazañas ha llegado a su fin. ¡Caprichoso destino que huyes lejos de mí, déjame disfrutar el final de mi dicha! Ya nada importa, salvo seguir alimentando el poder de los sueños. Acudo a la parte más onírica de mis sentidos y los recluto a todos en pos de este último deseo: volar por la ciudad de Roma. «Volar no puedo», me dicen. «Hagamos posible lo imposible», les ordeno, y, cual poeta que arma su pluma con la más sublime de las metáforas, surco el firmamento de Roma acompañado de los múltiples ecos de mis recuerdos… El Foro romano se alza radiante en la pupila de mis sueños, arrastrando victorias y temores en todo su apogeo. ¿Cuántos otros antes que yo vagaron bajo sus arcos y cúpulas, amaron y oraron tras la sombra de sus columnas y templos? Atrás todos quedaron sin dejar apenas huella de su paso por la tierra, salvo aquellos que diseñaron y esculpieron los límites de este espacio que se posa ante nuestros ojos como el mejor de sueños. En este instante, en el que apenas le quedan datos a mis recuerdos, acudo a Severn y su sabia palabra, a esos días en los que me relataba todo aquello que sus extasiados ojos aún retenían dentro de su cerebro. La Capilla Sixtina con sus majestuosos frescos, las figuras y estatuas del Campidoglio, las pinturas de Rafael o las esculturas de Miguel Ángel desterradas de su níveo mármol. Figuras a las que el artista les ha dado alma, pétrea o pictórica, pero alma al fin y al cabo, pues solo ellas tienen en sí mismas el poder del recogimiento más sincero, ese que hace temblar al espíritu más sensible de los hombres; un lugar donde solo se esconden las virtudes de los héroes. Poder milenario e infinito que traspasa la barrera del sueño y me hace sentir un escalofrío que recorre todo mi cuerpo, lo que quiere decir que todavía no estoy muerto. Antes de marcharme para siempre no quiero dejar de imaginar un último revoloteo y, con el mayor de mis anhelos, me poso sobre la cúpula del Panteón de Agripa que, poseída por un arcoíris que traspasa los límites de su bóveda, me hace atravesar su óculo y llegar a su marmóreo pavimento. Y allí me hallo, en una superficie todavía impregnada de la lluvia que procede de las nubes del cielo. Mágico lugar que, ante mis ojos, parece representar el símbolo perfecto para el final de mi sueño. Tumba milenaria, cuna perpetua del descanso silencioso de emperadores y artistas, símbolo imperial de la ciudad eterna. Estoy tan a gusto aquí adentro, que no me siento con ganas de volver a retomar el vuelo.

«El pueblo, el cementerio, el ocaso,

las nubes, los árboles, las colinas... todo parece,

aunque hermoso, frío, extraño, como en un sueño

que hace tiempo tuve y ahora vuelve de nuevo;

y el pálido y efímero verano un breve destello

parece ganado al temblor del invierno;

al calor del zafiro, sus astros nunca brillan:

todo es fría belleza; el dolor nunca cesa

para quien, como Minos, puede gozar

de la auténtica belleza, libre del mortal tinte

que en ella impregnan el orgullo enfermizo

y la imaginación falaz.»

 

Extracto de la novela, Los últimos pasos de John Keats, de Ángel Silvelo Gabriel.

domingo, 14 de febrero de 2021

DIARIO DE UN NÁUFRAGO (XXXIV) —200 ANIVERSARIO DE LA MUERTE DEL POETA BRITÁNICO JOHN KEATS—: KEATS SE DESPIDE DE FANNY #JohnKeats200aniversario


 

Vienes a buscarme cargada con todos nuestros recuerdos. No necesitas mediar palabra, y enseguida intuyo que estás dispuesta a vencer al brillo oscuro que me acoge en la noche. Hechizo mágico el que te acompaña, con el que nadie más que tú logra iluminar las entrañas de mi alma. Fanny, te veo llegar como solo lo hacen las hadas, aunque no poseas un carro alado tirado por falsas deidades. Llevas el pelo recogido y vienes engalanada con uno de tus vestidos preñado de volantes. No me dejas hablar y, en un rápido gesto, acaricias mi fría cara. Me coges de la mano con la soltura que solo poseen las diosas clásicas; diosa de mis tinieblas que, nada más tocar mi corazón con tu alma, lo curas de la enfermedad que lo atenaza. Como en los juegos de magia me levanto de la cama, y sigo tus pasos cual Lázaro resucitado, pero tú no giras el cuello para mirar el resultado de tu milagro. Sin la necesidad de verte, adivino una feliz sonrisa dibujada en tus labios. Tiras con fuerza de mí, mientras recorremos una senda en la que no hay árboles ni plantas. Corremos igual que lo hacíamos por el bosque de Hampstead, sin el compromiso de llegar a ninguna parte. Atravesamos algo que se asemeja a un campo repleto de nubes, y enseguida llegamos al lugar donde nos conocimos... y donde nos amamos sin necesidad de llegar a tocarnos. En mi sueño, hay una especie de velo gigante que nos tapa, como si nuestros votos de amor necesitasen de esa fina cúpula transparente para aislarse. Sin embargo, para nosotros no es necesario pasar por esa cuarentena, y cogidos de la mano me llevas hasta tu casa; amarga estancia que nos acogió en nuestra despedida, pero que esta vez, acude a mí bañada por el color de la esperanza. «Ya hemos llegado», me dices. «Este es tu nuevo hogar», añades. Cuando terminas de pronunciar esas palabras, cual pócima milagrosa, la fiebre que me ha acompañado a lo largo de nuestro veloz viaje desaparece, y de nuevo me encuentro como antes de que mi enfermiza tos se apoderara de mi cuerpo. No necesito preguntarte si todo lo que está ocurriendo es real, porque a mí me lo parece y, harto de estar tumbado en la cama, nuestro inesperado reencuentro se convierte en el mejor de los regalos posibles para un moribundo. Enseguida dejo de pensar en estos pequeños pormenores, y me concentro en ti y en lo que estoy viviendo. Te propongo dar un paseo bajo los árboles que ya intentan adivinar la próxima primavera y, sin dejar de sonreírme, me dices que sí. Sigues sin ponerte el sombrero, y el poder de tu mirada se convierte en un poderoso vendaval que me arrastra hasta el más profundo de los deseos. Quiero darte un beso, pero interpones tu dedo índice entre nuestros labios antes de decirme que espere, porque tienes una sorpresa para mí. Andamos entre restos de hojas secas ya pisadas que, bajo nuestros zapatos, no significan nada. Al principio, no puedo dejar de mirar hacia el suelo, porque no siento el contacto de mis pies con la solidez del terreno, pero tú sigues insistiendo en tirar de mi brazo, y esa determinación es como una señal para mí, porque a partir de ese momento me dejo llevar, como en los sueños... Nos paramos en un pequeño claro del bosque y dejas caer tu mano para abrazarme en un largo y cálido beso. Mientras me besas, intuyo que un haz de luz nos ilumina cual rayo que procede directamente del cielo. Cierro los ojos y me pierdo bajo la suavidad de tu piel. Es un instante fugaz, como los deseos, pero tan intenso y conmovedor, que siento que todo mi sufrimiento hasta llegar aquí ha merecido la pena. Dulce tributo el de mis pesadillas, que ahora sí, se están transformando en el mejor de los anhelos. Volver a besarte… y volver a tocarte es el más acertado presente que un enfermo puede recibir cuando siente que ya está a punto de partir hacia el otro lado. Tú, sin embargo, no me dejas pensar, y llenas de cálidos besos mis recuerdos. Atraviesas los lindes de mi corazón y, como no te conformas con ello, traspasas el espacio de nuestros deseos. Ataviados con nuestra sola presencia, nos desnudamos el uno frente al otro bajo la escarcha de la campiña inglesa. No sentimos frío, sino que más bien parece que flotamos sobre el suelo. «Quiero entregarme a ti», me dices, y el miedo a perderlo todo me hace guardar silencio; «el silencio de los muertos», pienso, sin atreverme a romper el designio de tus íntimos deseos. Juntos capturamos el infinito, porque no hay palabras que puedan describir la dulce transformación que estamos viviendo. Los recuerdos caen prisioneros de la pasión, y hasta nuestras promesas zaheridas por el amor se quedan sin palabras. Hacemos un largo viaje atrapados por la certeza de nuestros sentimientos. Todo es como en un sueño perfecto; tan perfecto que, por un instante, somos capaces de vulnerar nuestro equivocado destino. En ese lugar, y en ese momento, llegamos a ser felices, como solo lo pueden ser aquellos que traspasan la línea de la frontera que divide a los amantes. No nos decimos nada, pues el amor a veces no necesita de las palabras. «Eres como el mejor de mis poemas», pienso. Nada puede existir en el mundo ni en nuestras vidas que iguale este encuentro que todavía está presente en el reflejo de tu mirada. Haz de íntima felicidad, capaz de transportar nuestros deseos a la tumba eterna de los recuerdos, recuerdos imborrables que traspasarán la tiranía del paso del tiempo. Nunca podré olvidar esta mirada tuya que marca sobre mis entrañas el más profundo de los sentimientos de la vida: el amor.

Abandonamos la soledad del bosque de los enamorados, mientras acordamos firmar nuestra unión en una perpetua alianza. Corremos con premura desde el altar de los placeres hacia el resto de nuestras vidas. Todo sigue ocurriendo como en el mejor de los sueños, pues marchamos envueltos en el halo de los que desconocen el miedo. Los temores abandonan nuestros cuerpos, y la fiebre deja de ser un síntoma de enfermedad para convertirse en la dicha de los corazones recientemente conquistados. La seguridad del amor se aloja dentro de nosotros cual rocío de los placeres... cual rocío de los placeres... ¡Qué difícil es perderse en los vericuetos del amor!, pero nuestra determinación es ciega y, por ello, se convierte en poderosa. Antes de llegar al altar donde nos vamos a casar, iniciamos un leve descenso; el de aquellos que se saben condenados al más terrible de los castigos; el de la ausencia de tiempo y de vida para llegar a culminar el fin último de sus sueños.

«Mi más querido amor, dulce hogar de todos mis temores

y esperanzas y alegrías y jadeantes miserias,

esta noche, creo adivinar, tu belleza luce

una sonrisa tan deliciosa

tan brillante y tan radiante,

como cuando con ojos extasiados, doloridos y humildes,

perdidos en dulce asombro,

miro y miro.»

Todos nos están esperando. Tu madre con una dulce sonrisa, tus hermanos con un alegre brillo en sus ojos, Brown con cara de sorpresa, pero también con devoción y hasta ternura, Hunt, Haslam, Haydon y hasta Reynolds están allí presentes con un gesto de aprobación en sus rostros. Más allá de las primeras filas, intuyo a Shelley y Byron y, al fondo, detrás del grueso tronco de un árbol, adivino la mirada de Shakespeare… Artistas y poetas, musas y amadas, todos juntos en pos de nuestra alianza; una unión que será sellada con las poderosas cadenas de la poesía y los sueños.

¿Qué ocurrió más tarde? Después de jurarnos amor eterno, tu silueta se disolvió como solo ocurre en los sueños, y por más que intentaba tocarte era inútil, porque te difuminaste como únicamente lo hacen los buenos recuerdos. Buscaba un poco de compasión por tu parte, pero igual que viniste, te marchaste, dejándome de nuevo a solas con la humedad de la cama de los muertos. Fanny, allá donde vayas estaré a tu lado, escondido tras las grietas de tu existencia, velando tus sueños… Y cuando todo haya terminado, pediré un deseo, un único deseo… Y despojaré a mi alma de su perenne desconsuelo. Y el desasosiego que anidó en mis entrañas se marchará lejos, muy lejos… al otro lado de la colina, de donde nunca más volverá para atormentarme. Así ahuyentaré a ese esclavo hechizo que tanto daño me ha hecho y, de esa forma, despojaré a mi alma de los últimos restos de desgracia e infortunio que durante tanto tiempo me han subyugado. Fanny, no te sientas desgraciada. Nuestro tiempo ha sido corto, pero intenso. Y nuestro amor el mejor de los recuerdos. Todo ha merecido la pena, ¿me oyes?, todo. Incluso este breve sueño cargado de imposibles deseos. Te quiero, Fanny, como solo los locos pueden hacerlo y, entre mis cenizas, se leerá tu nombre.

 

«¡Guárdalo para mí, dulce amor! Aunque la música transpire

visiones voluptuosas en el cálido aire,

aunque nade a través del peligroso remolino de la danza,

sé como un día de abril,

sonriente y frío y alegre,

un lirio sobrio, sobrio y hermoso;

y entonces, cielos, habrá allí

un junio más cálido para mí.»

Mi queridísima niña:

En estos días donde el horizonte se difumina con el infinito, la distancia entre nosotros se diluye como solo lo hacen los pasos al final del camino. Mi vida se acaba, pero mi necesidad de soñar contigo no se extingue con el alba de cada mañana. Ojalá pudiera romper la barrera del tiempo para vivir siempre en pasado, en una eternidad caprichosa que tuviese el don de poder ser repetida. El eco de tu voz todavía me llega a través de los recuerdos, y me deja su huella en el hueco más profundo de mi corazón, donde solo tú te depositas. Hay violines que lloran tu ausencia en cada uno de mis pensamientos, y sus cuerdas emiten llantos que rebotan una y otra vez en la parte más sensible de mi conciencia. No me arrepiento ni por un instante de que no hayas sido mía, pues, en la íntima soledad de mis sueños, hemos alcanzado el poder reservado a las estrellas, pues cada vez que unimos nuestros cuerpos se desprende un intenso rayo de luz que ilumina toda la faz de la tierra. Fanny, ya no nos diremos más te quiero, pero cada día que pase, una cascada de sensaciones llenará de gozo tu corazón que, al final, marchará por otra senda. La vida continúa y se repite, pero no para nosotros. A ti aún te quedará la posibilidad de renacer y ser otra en ti misma… a través del tiempo, y a través de los días que están por venir y que de nuevo te llenarán de gozo. Para los momentos de triste nostalgia tendrás mis poemas y, bajo los versos que un día compuse para ti y para el resto, hallarás las huellas marchitas de nuestro amor. Entonces, vigila tu llanto y piensa que, de nuevo, algún día marcharemos juntos de la mano, y que ya nunca nada ni nadie volverá a separarnos.

Eternamente tuyo,

J. Keats.

 

Extracto de la novela, Los últimos pasos de John Keats, de Ángel Silvelo Gabriel.

viernes, 12 de febrero de 2021

DIARIO DE UN NÁUFRAGO (XXXIII) —200 ANIVERSARIO DE LA MUERTE DEL POETA BRITÁNICO JOHN KEATS—: KEATS, EXCLAMA: ¡SIENTO CRECER LAS FLORES SOBRE MÍ! #JohnKeats200aniversario

 


Roma, 18 de febrero de 1821

 

La debilidad se apodera de mi cuerpo, y me hace caer en el tremendismo desangelado del miedo. Es una sensación tan distinta a todas las anteriores, que soy incapaz de hacerle frente y me dejo llevar cual rayo de luz perdido en la inmensidad del bosque. Ahora no tengo el vigor suficiente como para medir la intensidad de las tinieblas que me aprisionan, pero en un leve claro que se abre paso dentro de mi oscuro sufrimiento, pienso que hasta en eso soy afortunado, porque si no fuera por las escasas fuerzas que me quedan, no lo podría soportar, de tan certero como se muestra este último golpe. Ya no me puedo mover, y todo se resume a un abrir y cerrar de ojos hasta que me vence el sueño… A pesar de todo, en este espacio de incertidumbre, todavía recuerdo vagamente el último de mis sueños, el único placer que en estos momentos se encuentra a mi alcance. Tengo suerte, porque la naturaleza aún me acoge en su seno, como si ese en verdad fuera mi último destino. Soñé con un gran campo lleno de flores que se extendía a lo largo de una pequeña loma, tras la cual, solo se veía el cielo. No había árboles a mi alrededor que me cobijaran del sol radiante que difuminaba el reflejo de mi mirada. Iba solo y, mientras ascendía lentamente por la loma, pisaba con sumo cuidado el manto floral de la tupida alfombra que le mostraba pleitesía a mis pies. Sin embargo, no tenía una sensación placentera, sino más bien todo lo contrario, pues dentro de mí, tenía el presentimiento de que algo me estaba esperando tras la línea que el horizonte creaba con el límite más alto de la colina. Y al poco tiempo, esa señal vino a mi encuentro, y comencé a desdibujarme cual carboncillo entre amapolas y margaritas. Mi rápida transformación me llevó a dejar de ser yo mismo, y me convertí en un pesado tallo que sobresalía de la tierra. Lo más extraño de esta fugaz aventura es que no recuerdo cómo me introduje dentro de la capa vegetal que recubría el campo, pues mi memoria solo fue tangible desde el momento en que mi ser se mutó y dejó de ser hombre para brotar de nuevo a la tierra como una flor… No llegué más allá, porque me desperté de pronto, empapado en un sudor frío que bañaba todo mi cuerpo cual rocío del sufrimiento, y así me quedé, sin saber el tipo de flor en el que me convertía y sin adivinar cuál era el verdadero significado de mi sueño.

Cuando regresé al mundo de los vivos, lo primero que hice fue dar gracias a la naturaleza, inseparable compañera que solo me muestra su gratitud allá donde mi mente me lleva y que, además, siempre está dispuesta a ofrecerme la posibilidad infinita de nacer una vez más en cada primavera. Es en vano mi sueño, lo sé, pero en esta vigilia que se está tornando interminable, necesito visualizar asideros a los que agarrarme antes de tornar para siempre, porque es el miedo a partir el que me atenaza, más que el cierto final que me aguarda. Viajar hacia lo desconocido siempre ha sido una experiencia intrigante para la que los sentidos todavía no tienen una certera respuesta. Menos mal que, hasta que llegue ese instante último y definitivo, Severn seguirá a mi lado, cual vigía que me protege contra mis miedos. Su cercanía, sin duda, me ayuda a alejar de mi lado la duda y el espanto que me acogen tanto a mí como a la escasa serenidad de mi espíritu, y gracias a él aguanto, porque si no, este trance sería mucho más insoportable. En esta soledad final compartida, ahora siento algo parecido a los estertores de la muerte, pero al cabo de un tiempo compruebo que solo se trata de las flemas que anidan dentro de mi garganta, y que apenas me dejan respirar. Le hago una señal a Severn, y él me incorpora un poco hasta que soy capaz de expulsarlas en un golpe de tos. Estos repentinos accesos de ahogo son como los vaivenes que se producían dentro del barco que nos trajo hasta Roma, cuando nuestra nave fue el centro de las tormentas mientras atravesábamos el canal de la Mancha y, como entonces, zarandean mi castigado y disminuido cuerpo, haciéndole saber la cercanía del final del viaje. Esta vez no se trata de una impostura poética, sino de la certeza que reside en la naturaleza y en el interior de nuestro más íntimo instinto. En mi desesperanza, intento mostrarme todo lo tranquilo que puedo, porque el sentido de mi olfato todavía sigue sin percibir ese aroma sepulcral que me anunciará que ha llegado el momento, y de algún modo, esa sensación de espera y de ausencia compartida me hace permanecer entero dentro de la proximidad del abismo. He deseado tanto que llegara esta etapa última de mi vida que nunca pensé que el miedo se apoderaría de mí en el momento de la verdad, pero igual que cuando comenzaba a escribir un nuevo poema, esta es una sensación que mi mente no controla y que deja paso al más puro juego de los sentidos. Sin embargo, ahora yo creo que más bien es una señal de lo que me aguardará más adelante… Y como si todo estuviese escrito de antemano, al abrir los ojos de nuevo, le digo a Severn «a mi juicio el placer más intenso que he experimentado en mi vida es observar el crecimiento de las flores». Mi querido amigo me mira extrañado, y un tanto compungido, en lo que intuyo que él ha interpretado como una nueva fase de mi delirio. Pero no se trata de eso, porque mi mente aún navega tranquila en la quietud de unas aguas densas y placenteras, que sin yo quererlo, me llevan a pensar lo lejos que estoy de la capacidad negativa que tiempo atrás me posibilitaba el don de la transformación; un alteración que acudía a mí en una especie de éxtasis que me sobrecogía mientras componía mis versos. Pero ahora, no queda nada de esa intemporalidad creativa. Muy a mi pesar, me he convertido en un extraño adalid de las palabras que está exento de la habilidad de la ensoñación. «¿De qué me sirven las palabras?», me pre­gunto, si allí a donde voy no existe un lenguaje escrito, pues a buen seguro solo reinará el mundo de los sentidos que no se transmiten a través de vocablos. Por eso, antes de que el don del lenguaje me abandone, quiero pedirle mis últimos deseos a Severn: en la quietud y fría soledad de mi ataúd, deseo que me acompañen las cartas de Fanny y mi hermana, y un mechón de pelo de esta. Y mi último capricho… mi último capricho será que las margaritas crezcan sobre mi tumba, cual manto que acoja mi sueño eterno…

Me he vuelto a quedar dormido y, al abrir los ojos, lo primero que observo son unas flores encima de mi cabeza. La fiebre no me deja ver y sentir otra cosa, y ni siquiera sé si Severn está a mi lado, pero, llevado por una fe ciega hacia aquello que veo, exclamo: «¡siento crecer las flores sobre mí!»99. Inválido de cuerpo, mi inocencia todavía cree que tengo el poder suficiente para crecer debajo de la tierra, aunque solo sea en forma de tallo del que sale una flor. «Imagen perfecta del sentido de la vida», pienso.

«¿Por qué reí esta noche? No hay voz que responda,

ningún Dios ni Demonio de severa respuesta

se digna replicar desde el Cielo o Infierno.

Y enseguida a mi humano corazón me dirijo:

¡Corazón! Tú y yo estamos aquí, tristes y solos;

dime, ¿por qué reí? ¡Oh, dolor mortal!

¡Oh, Tiniebla! ¡Tiniebla! Siempre he de gemir

preguntando en vano al Cielo y al Infierno y al corazón:

¿por qué reí? Conozco el plazo de mi vida,

que extiende mi fantasía a su máxima dicha;

pero morir quisiera esta noche, y observar

las brillantes insignias de este mundo, rotas...»

 

Extracto de la novela, Los últimos pasos de John Keats, de Ángel Silvelo Gabriel.

miércoles, 10 de febrero de 2021

DIARIO DE UN NÁUFRAGO (XXXII) —200 ANIVERSARIO DE LA MUERTE DEL POETA BRITÁNICO JOHN KEATS—: KEATS RECONOCE Y HOMENAJEA A SEVERN #JohnKeats200aniversario

 




Roma, 15 de febrero de 1821

 

La laxitud del tiempo adormece a mis sentidos, y se deposita sobre ellos cual latido sincopado. Ya no hay una razón válida para reparar el reloj averiado de mi vida. Todo se detiene, como un carruaje que llega a su destino. Prefiero no pensar en las consecuencias a las que tendré que hacer frente cuando se produzca un nuevo cambio en mi organismo. Mi mayor deseo ahora mismo es seguir postrado en esta cama repleta de tormentos olvidados en el transcurso de los días, y a la que solo le queda aguardar su último designio: ser mi lecho de muerte. Tras mi ausencia, no se usará para nadie más, pues servirá de alimento a las llamas de la tenebrosa hoguera que acabará con ella y con el resto del mobiliario que me acompaña. Nada, ni siquiera esta casa, será igual a como ha sido. Las huellas de nuestro paso por Roma serán borradas más pronto que tarde en una muestra más del efímero devenir por la vida terrenal de nuestros cuerpos. «No hay más eternidad para un poeta que la de sus poemas», pienso. Lejos de aquí, en los campos que sirven de sustento a nuestros pasos en la eternidad, andaremos un nuevo camino, en el que sí podremos repasar todos y cada uno de nuestros actos, y en el que también tendremos tiempo para revisar nuestras culpas y la posibilidad de redimirnos de todas ellas bajo el signo de la justicia. ¿En verdad existe la justicia en este mundo de tinieblas? Si existiera justicia en este incansable territorio de bruscas tempestades, a Severn le tendrían que recompensar con una larga vida llena de pequeños placeres y de íntimas satisfacciones. Su capacidad de aguante en estos largos meses de enfermedad y penurias ha sido infinita, y no me ha dejado solo ni de día ni de noche. Y ahora que le oigo trastear en el cuarto del fondo, siento una insoportable punzada en el centro de mi corazón. De nuevo se ha puesto a pintar, y le imagino con sus manos cargadas de pinceles y el caballete orientado hacia la luz de la calle para, de esa forma, esquivar la oscuridad de estas habitaciones. Sin embargo, la traslación de mis pensamientos hacia su persona no se traduce en imágenes que plasman sus habilidades pictóricas. Ahora que yo mismo he sido despojado de mi yo poético, no soy capaz de pensar en él como artista, sino como persona y amigo. Su inexperiencia y juventud no han sido un obstáculo para enfrentarse a la muerte, más bien todo lo contrario, pues se ha comportado como una fuente inagotable de amistad, fidelidad y sacrificio, a cada cual más admirable. Si no fuese por él y sus cuidados, ya estaría muerto. Me ha obligado a comer cuando mi estómago ya se había negado a acoger cualquier tipo de alimento y, gracias a su innata habilidad y a su prolongada tenacidad, ha logrado vencer a mi desgracia. Sin embargo, esa lealtad infinita para con mi persona se queda pequeña si la comparo con esa otra misión que mis últimos cuidados le tienen reservada, porque, cual albacea de mis instantes finales, será él quien levante acta de ellos ante mis familiares y amigos, y no me cabe duda de que dejará un fiel testamento de mis sufrimientos y deseos, porque él también será quien llevará a cabo todos los mandatos sepulcrales que transitan hacia ese lugar donde se depositarán mis últimos anhelos de trascendencia después de mi muerte. Me levanto aprovechando que la enfermera inglesa que venía a cuidarme por la mañana también se ha indispuesto y hoy no ha venido. Le he dicho a Severn que no hacía falta que dejara de pintar, y a regañadientes ha accedido a mi petición. Parece que mis pulmones esta mañana me van a dar un pequeño respiro, y pienso que quizá sea la mejoría anterior a mi óbito, porque mi estómago ya no me responde, y apenas si soy capaz de ingerir algo de alimento. Y si desafío a mi debilidad es porque me quiero despedir de esta triste y humilde morada, donde el destino me ha traído antes de alcanzar el pacto con la eternidad que me llevará lejos de cualquiera de los lugares donde he estado. Todavía recuerdo los peldaños de esta escalera como los pasos previos a la cima de una gran montaña. Huellas y contrahuellas se extendían ante mí como la más imposible de las metas que, sin embargo, he sido capaz de coronar en más de una ocasión. Llegar al rellano de esta casa es en sí mismo una gran victoria, efímera, pero una victoria al fin y al cabo. Además, arribar aquí también ha supuesto abandonar la cámara repleta de luz que gobernaba mi vida, y avanzar hacia la puerta de esa otra cámara oscura llena de silencio que, por fin, me acogerá el resto de mis días. Ya no tengo miedo a atravesarla como tiempo atrás, pues solo el pensamiento de cualquier mejoría en mi estado salud me resulta insoportable. Mi mente, cual etapa que llega a su fin, ha percibido que solo encuentra un sentido a la esperanza con la llegada de mi muerte, y ese es su último consuelo.

Mientras avanzo lentamente hasta donde se encuentra Severn, me despido de la casa; morada de modestos espacios y estancias en penumbra que, compuesta por cuatro habitaciones y un pequeño vestíbulo, para mí, se asemeja bastante a la idea que tengo del purgatorio, pues su fisonomía y su luz así me lo atestiguan. Quizá el cielo esté al otro lado de sus paredes, bajo la cúpula del templo que, escalinata arriba, y en forma de majestuosa iglesia, representa la ascensión a los Cielos… En mi parsimonioso caminar, mido uno a uno mis pasos, y reviso con esmero los rimeros de libros que se hacinan en las estanterías de la pequeña biblioteca. Tras ellos, se esconden en silencio mil y una vidas; vidas vividas y por vivir… o soñar… Lánguidos deseos que esperan recobrar el vigor que los acoge al ser de nuevo leídos. Efímeros vuelos sobre los lindes de la dulzura más bella. Alientos entrecortados por la pasión que se cobija en la noche. Palabras que resuenan bajo el contraste que se oculta tras la oscuridad y la luz…

«¡Se nos fue el día, llevándose todas sus dulzuras!

La dulce voz, los dulces labios, la suave mano, ese pecho

más suave, cálido aliento, breve susurro, tierno semitono,

ojos brillantes, silueta consumada, y talle lánguido.

Se apagó la flor, y todos sus encantos en brote,

se apagó la visión de la belleza ante mis ojos,

se apagó la forma de la belleza entre mis brazos,

se apagó la voz, la calidez, la blancura, el paraíso…

Todo se desvaneció en inoportuna víspera,

cuando el naciente día de fiesta, o la noche festiva,

de amor cubierto de aromas comienza a tejer

la trama de espesa oscuridad para oculto deleite...»

            Cuando llego cerca del umbral de la puerta del cuarto donde está Severn, oigo cómo sus ligeras manos se desplazan sobre el lienzo, y cómo sus pinceles chocan contra los frascos de cristal de sus pinturas. Al instante me arrepiento de ser capaz de alentar esa osadía mía que iba en su busca con la sana intención de interrumpirle y, tal y como he llegado hasta allí, me doy media vuelta. Lo hago en silencio, e imaginando a mi amigo por fin feliz, pues está haciendo aquello para lo que el destino le ha llamado. Y a la vez que esto pienso, siento una sana envidia, como si la llama mortecina de la creación aún reviviese dentro de mí.

 

Extracto de la novela, Los últimos pasos de John Keats, de Ángel Silvelo Gabriel.

martes, 9 de febrero de 2021

FRANCISCO UMBRAL, ANATOMÍA DE UN DANDY: EL HOMBRE, EL ESCRITOR, EL PERSONAJE


 

No hay nada más duro que dejar fija la mirada sobre los ojos del niño perdido y admitir que esa fue tu vida. ¿Y el resto? El resto fue caos y dolor. El hombre que fue Francisco Umbral se detiene en ese instante en el que mucho tiempo después supo disfrutar de la niñez que él nunca tuvo. Una niñez de pasillo vacíos y de la que ahora disfrutaba a través de otro: su hijo. De ese lirismo perturbador y mortuorio nació Rosa y mortal, una de sus mejores obras. Y la imagen de un hombre desconocido para la gran mayoría, pues esa mayoría, se perdió en el arquetipo de personaje chulesco y faltón que concibió y fomentó a conciencia con la idea —a buen seguro— de resguardar lo que en verdad importa: su intimidad. El retrato que el documental, Anatomía de un dandy, dirigido por Charlie Arnaiz y Alberto Ortega, realiza sobre este período de su vida es un devenir de ecos perdidos y habitaciones vacías en las que Umbral naufraga con una voz lejana y oscura como lo hacen los juguetes que aparecen abandonados en ellas. Un Francisco Umbral, hombre, que ya venía curtido de mortajas y olvidos. Primero el del padre, que nunca le reconoció. Un abogado de Valladolid para el que su madre trabajaba como secretaria y a la que dejó embarazada. Luego el de la madre, que falleció cuando él tenía veintidós años y, que de alguna forma, le liberó para hacer lo que de verdad quería: escribir. El hijo de Greta Garbo, la novela con la que rindió un sentido homenaje a su madre, fue el resultado de esa atroz ausencia. 

Ya libre, voló hasta Madrid, donde forjó su carrera literaria y su leyenda de quinqui de la noche. El escritor que fue Francisco Umbral deambuló primero por el Café Gijón, para con el paso de los años y de las pensiones, tomar Madrid, su movida, a sus duquesas y actrices, y llegar hasta La Dacha, el chalet de Majadahonda donde se refugió del ruido del mundo y, en el que entre whisky y whisky, escribió más de cien libros y 135.000 artículos de prensa. Umbral fue un escritor mimado por el sistema que ganó todos los premios importantes, pero también fue el personaje que quiso dejar huella de su impronta irascible mientras él, el hombre, seguía escondido tras su sombra. Así, asistimos entre perplejos y sobrecogidos a las declaraciones sobre los aspectos más íntimos y desconocidos de su vida —el documental se centra más en su vida que en su obra—; una vida despojada de lo superfluo y de la que a medida que pasan los minutos vamos conociendo mejor, sobre todo, al hombre. Y, también, expectantes y entregados ante los múltiples guiños que el autor hace sobre la esencia de lo que él entendía como literatura. Y, cómo no, sonrientes y relajados ante la magnitud del personaje que el propio escritor vallisoletano quiso dejar de sí mismo de puertas afuera de su intimidad. Atribulado en ese barco de múltiples viajes y zozobras, el documental, Anatomía de un dandy, que trece años después de su muerte vuelve a poner a la figura de Umbral —un tanto olvidada— en la primera página de la actualidad, nos lleva a visitar esos espacios desconocidos y esos otros más manoseados que, quizá, al final, le proporcionaron más daño que beneficio, pues fuera de sus seguidores y lectores, esa es la imagen con la que se quedó el gran público de un espíritu libre y atormentado, un ser tímido y gamberro, y un narrador consciente del poder de su escritura que sin embargo se convertía en Narciso delante de un espejo al mejor estilo de un Oscar Wilde español. De esos reflejos, el escritor muestra su maestría como articulista; un campo donde ha dejado la esencia de un saber hacer como pocos han logrado alcanzar. Su estilo único, y del que han bebido tantos después, es el del reporteo callejero, el del observador universal y múltiple de una realidad propia que él buscó en las fiestas y discotecas, pero también en los barrios deprimidos y en los burdeles. Umbral es un escritor sin medida. Un dandy de Corteinglés, blazer cruzada y bufanda al cuello. Un arquetipo de escritor que ya no existe, pues su mundo también dejó de hacerlo. Un mundo de tertulias, cafés, whiskies y noches sin medida. Un escritor de universos abiertos que, sin embargo, se cierran sobre sí mismo y deambulan entre las sombras que persiguió desde su infancia. Infancia de postguerra. Juventud de pensiones baratas. Vida adulta de reconocimientos y luchas de vodevil y facturas que pagar, lo que le hizo marchar pegado al dinero y al brillo que éste desprende. Y una vejez de artículos dictados, silencios contenidos, y amigos a los que dejar impregnados el aroma de un pasado único y bien disfrutado. En ese último guiño que le lanzó a la vida, él de nuevo se cobijó en sí mismo, En esa sombra que siempre le acompañó, y en ese amor nacido de la ternura y la sencillez hacia un hijo con el que ya descansa baja un sencillo: «Con amor».    

Ángel Silvelo Gabriel.

domingo, 7 de febrero de 2021

DIARIO DE UN NÁUFRAGO (XXXI) —200 ANIVERSARIO DE LA MUERTE DEL POETA BRITÁNICO JOHN KEATS—: KEATS LE TRANSMITE A SEVERN SU FAMOSO EPITAFIO #JohnKeats200aniversario

 


Roma, 14 de febrero de 1821
 

Me acaricia una paz celestial cual doncella enamorada; es suave y tenue como un tímido beso. No viene vestida de negro o de oscuros colores; es blanca como la túnica de una diosa… y casi transparente. Se posa suavemente sobre mi atormentado rostro, al que cada día que pasa le quedan menos huellas de vida. Su tacto es tan efectivo como la más poderosa de las pócimas, y le devuelve a mi espíritu ese estado de letargo indefinido que yo todavía identifico como la sensación más parecida al sueño que me ha embriagado desde que llegué a Roma. Siempre pensé que la muerte vendría precedida de un olor determinado, que nadie más que mi instinto sabría reconocer, pero esa señal de alarma todavía no se ha producido, y dudo mucho de que acuda para avisarme que mi momento ha llegado. Más bien será el sueño eterno quien me acogerá tras uno de mis violentos accesos de tos, justo cuando mis pulmones se paren para siempre. Entonces, ya no habrá más vida que las sensaciones que acompañen a mi alma muda y penitente.

¿Por qué me acogen estos pensamientos cargados de tan dulce y amarga melancolía a la vez? Sería mucho más fácil luchar contra el destino con todas mis fuerzas cual rebelde que pierde la vida por una causa justa, pero al fin, se ha producido un gran cambio en mi mente y siento cómo la paz me acoge en su seno en un placentero viaje. A pesar de todo, el último vestigio de supervivencia que le queda a mi ser me hace seguir buscando una salida, pero ya todo es diferente para mí, y la debilidad de mi cuerpo me lleva a hacerlo de otro modo... muy cerca... en un lugar próximo a mis sueños; y lo hago iluminado por una gran serenidad que sin necesidad de convocarla se ha apoderado de mí. Esa es la diferencia más importante, la ausencia de un objetivo que no sea el del propio final. En este inmenso sosiego que me gobierna, todavía soy capaz de enfrentarme al eco perdido de mis recuerdos con la única ayuda del poder evocador que en ocasiones tiene para mí el pasado. Regreso a los días que llegué a Roma, entonces la soledad que me acompañaba se solapó, sin apenas darme cuenta, con la curiosidad recuperada de una mirada que escudriñaba cada rincón de la ciudad. En uno de esos recónditos lugares, mis atónitos ojos dieron con un volumen de las obras de Alfieri. El azar quiso que, todavía, la angustia propia de mi enfermedad permaneciera dormida a mi lado sin molestarme más de lo necesario; y, en esa tregua no pactada entre desiguales, decidí enfrentarme a la trágica búsqueda de la libertad como única forma de librarme de mi destino. Sin embargo, las palabras de Alfieri no me tenían reservado ese don que me permitiera escapar de mi desdicha bajo su halo hacia la última salida que buscaban mis temores, y a la segunda página, lo tuve que abandonar: «Sfuggir cosi me stessa, come altrui...!».

Enseguida me di cuenta de que esa tampoco era la verdadera solución, por mucho que las tragedias de Alfieri representaran para mí la manifestación más pura de la poesía y su tragedia. Incapaz como fui de encontrar una vía de escape en sus hojas, dejé el libro abierto con el deseo de que sus versos me inundaran de un rayo de esperanza, como ahora hago con mis últimas fuerzas.

«Misera me! solliero a me non resta,

Altro che il pianto, ed il pianto e delitto!

Ma, riportare alle pió interne stanza

Vo’il color mio; piú libera... Che reggio?

Carlo? Ah! si stugga: ogni mio detto sguardo

Tradi potriami on ciel! sfuggasi.»

 Fuera de ese ímpetu paciente, ya no encuentro más razones para seguir luchando. Como he dicho antes, «todo me parece un delicioso sueño». El vuelo de la mariposa llega a su fin, como en su momento lo hizo el verano que la engendró. Cada día que pasa estoy más convencido de que es mejor no recordar, sino mirar hacia adelante y adivinar en el horizonte el final de los límites de la tierra firme... y el principio del acantilado. La imagen será, por fin, bella. ¿Qué hay más bello que poder contemplar el batir de las olas sobre la arena de una playa solitaria tras la que se esconde el enigma de la vida...? Y el agua me estará esperando cual lecho infinito y purificador. El agua se encargará de limpiar las aristas de mi alma que, inocente, acudirá a la llamada de la dicha donde solo tienen cabida los poetas muertos. Allí reposaré para siempre. Ojalá lo haga en el pabellón de los más ilustres, donde deseo que Shakespeare me esté esperando para darme su bienvenida y beneplácito. A buen seguro no hablaremos, porque se nos habrá privado del don de la palabra, pero la serenidad y la paz que nos acogerán nos harán entender el sentido de nuestras mudas voces. Mi cuerpo, sin embargo, quedará depositado en el anonimato de las aguas, flotando entre peces y algas, y sin la necesidad de ser encontrado. Ese, sin duda, es el mejor ejemplo de todo aquello que en mi vida ha representado mi yo no poético. Ese otro yo, donde se han dado cita la mayor de las angustias y las desgracias. Mi cuerpo sin vida, ¿a quién le importa? Yaceré lejos de la tierra, donde no puedan crecer flores sobre mi tumba, donde nadie pueda visitarme en el cementerio, donde no quede rastro de mi nombre. ¿John Keats?, se preguntarán. John Keats nunca existió, se dirán, pues nada queda de él sobre la faz de la tierra... Imagino que al poco tiempo alguien llegará a buscar mi cuerpo para depositarlo en lo más profundo de la fosa abisal, donde nada ni nadie puedan encontrarlo. Las olas, entonces, serán el último manto de mi recuerdo, en una sublime metáfora de mi vida. ¡Cuerpo que atrapa mi necesidad de libertad, libérame de tus cadenas. Acaba pronto esta terrible pesadilla. Déjame marchar libre cual gota de agua...!Igual que si hubiera recibido un latigazo por el desenlace de mis últimos pensamientos, me arrepiento de haber llegado a cada uno de ellos. No quiero acabar así, perdido en el anonimato de las aguas más profundas. ¡Qué difícil es renunciar a un poco de eternidad!, aunque sea tan efímera como la visita de un amigo a tu tumba; un encuentro en el que ya no caben los reproches, sino la templanza de los buenos recuerdos que caminan juntos al lado de nuestra memoria. Atrás quedará la laxitud de nuestras vidas monótonas y, por encima de ellas, solo renacerán las flores que serán plantadas sobre mi lecho de muerte, como el mejor símbolo de amistad para alguien que, como yo, ha sido condenado a no ver el cielo nunca jamás. Cuando eso suceda definitivamente, mi aliento se habrá extinguido de la faz de la tierra y, para mí, ya no habrá ni más días ni más noches, y todo se convertirá en un espacio intemporal que transitará más allá de los sentidos. ¡Echaré tantas cosas de menos! Ya no volveré a ver florecer los brezos en verano, ni tampoco oiré el armonioso trinar de los pájaros al amanecer, pues la vida… seguirá tras mi muerte, y eso es lo que más siento, no poder adivinar el paso del tiempo bajo el afinado canto de los pájaros que año tras año anunciarán la llegada de la primavera. Nunca más percibiré el temeroso llanto de un niño, ni el olor a leña quemada que procede de la chimenea. Atrás quedarán también las experiencias vividas… y sus recuerdos… y el color de tu pelo… y el olor de tu piel… y la suave caricia de tus manos sobre mi cuerpo… y el deseo sofocado por mi conciencia… que se desvanecerán como el agua entre mis manos. Vida sin luz, pero también sin sufrimientos. ¿Es necesario renunciar a esa parte de mis deseos?

Le confieso a Severn algunos de mis pensamientos, justo aquellos que conjugan una parte de mis sepulcrales deseos, y todo se diluye de nuevo, como si mis palabras fuesen la melodía de un delicioso sueño. Me quedo en silencio, pero el sigilo de la noche y el frío viento de este duro invierno me acercan el sonido del agua cual cascada arrebatadora. Y tengo una premonición, porque ya sé lo que significa esa triste melodía. Sin necesidad de incorporarme, escucho el monótono gorgoteo de los chorros «teñidos de violeta» de la triste Barcaccia hundida sobre tierra firme. Y en la oscura quietud que reina en la soledad de la noche de la Piazza di Spagna, le digo a Severn que se pare a escuchar y, mientras me hace caso, le formulo un nuevo deseo: Severn, quiero que en mi lápida se grabe la siguiente inscripción, «yace aquí uno cuyo nombre fue escrito en el agua»95. Y añado: «poema misterioso que nadie escribirá; imagen sepulcral que en sí misma, es mi sola paz presente».

 

Extracto de la novela, Los últimos pasos de John Keats, de Ángel Silvelo Gabriel

miércoles, 3 de febrero de 2021

DIARIO DE UN NÁUFRAGO (XXX) —200 ANIVERSARIO DE LA MUERTE DEL POETA BRITÁNICO JOHN KEATS—: SEVERN LE LEE POR ERROR UNA CARTA DE FANNY A KEATS #JohnKeats200aniversario




Roma, 8 de febrero de 1821

Tengo miedo de atravesar los límites de la vida y que tu estela me acompañe eternamente. Ya no soporto el dolor que me producen los recuerdos de los días que permanecí a tu lado, porque ahora, solo son una causa más de mi sufrimiento. Tu sombra es permeable como la más pertinaz de las nebulosas, y se introduce en cada pequeño rincón de mi cuerpo para no dejarme descansar, pues se limita a crear dentro de mí pequeños pinchazos que prolongan mi agonía. Si mi sangre me moja el alma con gotas de muerte, tu sombra me desposee de la escasa percepción del mundo que aún me queda. «Siento morir sin haber superado ese estigma de calamidad infinita que inunda todas las sensaciones de tu presencia cerca de mí», confieso. Fanny, quizá no lo entiendas, pero aquí en Roma, yo me he dado cuenta de que tú dejaste de pertenecer al mundo de mis sentimientos el día que me fui de Hampstead. Ese día partí hacia un mundo que a ti y a mí no nos pertenece. A veces pienso que soy un huérfano de tu cariño, pero el solo hecho de pensarlo me aflige aún más. Necesito de tu amor y, sin embargo, no lo soporto. Nunca serás mía, Fanny, pero lejos de sentirme mal por ello, mi desgracia es mucho más ambiciosa, y de lo que más se lamenta es de no haber podido culminar mi amor hacia ti, como si hubiese dejado un poema sin acabar y al que cada vez que acudo me deja sin fuerzas para continuarlo. Mi sentimiento de amor se quedó refugiado a tu lado, y ahora ya no tiene sentido que lo reivindique en la soledad del lecho donde me acogerá la muerte. El anhelo de la cercanía de tu sola presencia es tan fulminante para mi espíritu que me deja sin el escaso aliento con el que todavía cuento.

Hoy Severn me ha dado por error una de tus cartas y al ver tu letra me he venido abajo. No la he podido leer, pero en uno de mis arrebatos le pedí que la colocara en mi ataúd, junto a una cartera y a una carta, también sin abrir, de mi hermana. Casi de inmediato me he arrepentido de materializar ese deseo, y le he suplicado de nuevo a Severn que no la coloque a mi lado en el ataúd, y que nada más que me acompañen el bolso de mi hermana, su carta y un rizo de su cabello. Tengo miedo, Fanny, tengo miedo a que, en ese instante, «el horror de mi pasión se prolongue más allá en el tiempo y abrir con ella las puertas del silencio»89; el silencio que me acogerá para siempre después de que haya muerto. Entonces, mi voz no será mi voz, sino su recuerdo, y en la senda del olvido quiero marchar a solas para no crear erróneas sensaciones y falsas expectativas a los que me conocieron. En ti quedará la nebulosa, en forma de fantasía, de los días que paseamos por la campiña, de tu sed de poesía y de la necesidad de rozar nuestros labios en un tímido beso. La niebla gris de Hampstead inundará de imaginarias guirnaldas los árboles del bosque, y tú solo tendrás que dejarte llevar para que la nostalgia te acoja en su seno… ¡vence a nuestro trágico destino!, y reconfórtate con el recuerdo del día que quise ser un ruiseñor y me subí a lo más alto de la copa del árbol, o aquel otro en el que nos escondíamos de la pequeña Toots para que no nos viera cogidos de la mano... o de la noche de Navidad donde me puse a bailar danzas escocesas con mi falso kilt hecho con mi servilleta... Fanny, el tiempo, que pasa sin apenas darnos cuenta, te llevará lejos de mí, y te depositará en otra tierra, donde la niebla no será gris sino blanca como la nieve, y tras la que no podrás adivinar el sentido de tus recuerdos pues estos ya serán otros, como otros serán tus pretendientes y el amor que te acogerá en el devenir de tus días, donde a poco que te dejes llevar, formarás una familia, la tuya, la propia, la que tenía que ser y no otra. Fanny, recorre las praderas del sueño que te lleven lejos de mí, al otro lado del bosque, junto a un lago en el que habrá una hermosa cabaña, y donde dentro de ella encontrarás una nueva vida en la que ya no habrá un lugar para mí. Púrpura alelí que crecerás sobre tierra fértil e infinita, donde las causas perdidas caerán en el olvido, y en la que por fin serás todo lo feliz que te mereces. ¿Entiendes ahora la razón de mi tormento? Qué fácil sería llorar y derramar mis lágrimas sobre la pureza de tus letras, pero hay algo más fuerte que la tristeza que embarga a mi espíritu, y es la posibilidad de que nunca me abandones y, al no separarte de mi lado, no llegues a ser feliz. Déjame cargar a mí con esa penosa hazaña en la que no hay una oportunidad para los finales felices, y coge tú el vuelo cual paloma que en su inocencia busca alimento lejos de su hogar. En la ampulosidad de tu alma déjame llevar a mí la cruz del desencanto que nunca me abandonará, y en esa infinita penitencia permíteme que me sumerja en las aguas más profundas del lago de las que nunca más volveré a salir. 

«A tu piedad me encomiendo, compasión; ¡amor, siempre amor!

amor de único pensamiento, leal, inerrante,

desenmascarado, que inocente se deja ver.

¡Oh, deja que te posea toda, toda, que toda seas mía!

Tu forma, tu bondad, tu dulce brío

de amor, tu beso... tus manos, tus ojos divinos,

tu pecho cálido, blanco, luminoso, a todos apetecible;

tú misma, tu alma, apiádate y dame todo;

no te guardes ni el átomo de un átomo, o moriré,

o seguiré viviendo, quizás, como tu mísero esclavo;

y en medio de tan frívola miseria, olvida

el propósito de la vida...»


¡Ciega ambición que no permite renunciar a ti, abandóname para siempre! ¡Llévame al más lejano de los destierros! ¡Borra mi presencia de la faz de la tierra, cual poeta cuya vida y su recuerdo descansan en el fondo de las aguas más oscuras!

Llamo a Severn y, casi a gritos, le digo que olvide el sentido de mi último deseo. 

Extracto de la novela, Los últimos pasos de John Keats, de Ángel Silvelo Gabriel