jueves, 27 de abril de 2023

RAFAEL PEÑAS CRUZ, KEATS NOW: LA PURIFICACIÓN DE LA IMAGINACIÓN A DÍA DE HOY

 


¿Qué sentido tiene en la actualidad reivindicar la poesía de un poeta muerto hace más de doscientos años? ¿Cabe quizá la esperanza de que, la melancolía inalcanzable de su obra, nos lleve a ese lugar donde la incertidumbre y el misterio coronan a la vida? La inteligencia artificial (IA) nos amenaza con la tiranía de una tecnología que socava nuestra imaginación y la posibilidad de explorar algo tan genuino y humano como es la libertad. ¿Merece la pena vivir sin libertad? ¿Sin un verso como éste: la belleza es verdad, la verdad belleza, eso es todo lo que sabes de este mundo, y todo lo que necesitas saber? Keats, de nuevo, se levanta desde su tumba sin nombre del cementerio acatólico de Roma para decirnos que la naturaleza es superior a la máquina. A esa revolución industrial a la que él se enfrentó cuando ensalzó al hombre del Renacimiento. El hombre como centro de un mundo pleno de sensaciones: «¡Ah, por una vida de Sensaciones más que de Pensamientos», dejó dicho y enmarcado. Ahí, es donde nace su capacidad negativa como posibilidad de pérdida de la identidad real y de convivencia con el misterio. Y ese corolario es el que rescata Rafael Peñas Cruz en esta traducción de sus poemas y odas al que ha denominado como Keats now. Keats, como fuente de un conocimiento que se rebela contra un mundo únicamente gobernado por la razón. Un mundo que también se puede explicar a través de la imaginación, la sensación y la emoción. 

Rafael Peñas Cruz ha traducido y editado, de nuevo, en una edición bilingüe en inglés y español casi todos los poemas de su último de poemario, Lamia, Isabella, La víspera de Santa Inés y otros poemas (1820), a los que habría que añadir La Belle Dame Sans Merci, y el que cierra el libro: Al descubrir por primera vez el Homero de Chapman. Y, la excusa para hacerlo, no es otra que celebrar el bicentenario de su muerte en 1821, año en el que no se publicó este libro por el COVID, una enfermedad infecciosa como la que padeció el poeta —tisis— y que acabó con su vida en Roma el 23 de febrero de 1821 (a pesar de que en su tumbar aparezca como fecha del óbito el día 24, un error propiciado por la burocracia italiana y la hora de la muerte del poeta). Y que, además, como es el expreso deseo del traductor y editor también quiere que sirva de homenaje a la hermana pequeña del poeta, Fanny Keats, que adoptó el nombre de Fanny Llanos tras contraer matrimonio con el exiliado español Valentín Llanos, lo que nos sirve de perfecta excusa para entablar la conexión española con el poeta inglés. Una conexión que, en la actualidad, tiene como máximo representante y adalid de su obra a Guillermo Paradinas Brockmann, auténtico guardián del legado español de Fanny Keats, y de todo aquello que se publica entorno a la familia en cualquier parte del mundo. Una labor que, de una forma incomprensible, no está reconocida como se merece. 

Leer a Keats es volver a la esencia del ser humano. A contemplar la belleza: «Algo bello es un goce eterno» —como nos recuerda el primer verso de su poema épico Endymion—, y hacer de ella una defensa del alma humana. Aquella que todavía permanece pura. En completa conexión con una naturaleza que le permita llegar a experimentar «un rapto espiritual activo en todo el universo... este estado supremo lo entiende el poeta como una “eterización” de la naturaleza, el viejo éter del que tantos poetas antiguos hablaron y que ahora Keats utiliza como representación de su propio concepto de poesía» (en palabras de Alejandro Valero, traductor de la obra de Keats), porque como nos dice Rafael Peñas Cruz en el prólogo de Keats now: «La poesía de Keats quiere hacernos conscientes de los males que nos aquejan, pero lo hace sin sermonear y sin usar construcciones manidas. La sensualidad física de sus imágenes es una representación de lo que él cree necesario para encontrar nuestra verdad… Es una poesía que utiliza la fuerza de la imaginación no como escape de los males del mundo, sino como compromiso con él, a fin de configurarlo como un lugar mejor, más justo, más hermoso y más veraz, ofreciéndonos la posibilidad de redención por medio de esa belleza». En este sentido, tal es el poder intrínseco de los versos del poeta que, como nos apunta el propio Peñas en el apartado Notas del traductor: «Traducir implica una afinidad electiva entre la voz del poeta original y la del traductor. Así, siento que no fui sólo yo quien eligió traducir estos poemas, sino que fue el mismo Keats quien me eligió a mí… un largo proceso de conocimiento e identificación, una lenta concordancia de mi alma con la del gran poeta romántico». Una extraña sensación de ingravidez que hemos sentido muchos de los que no hemos acercado a la vida y obra del poeta romántico. Lo que, sin duda, es una forma de explicar la traslación de la obra poética de Keats al momento actual, lleno de incertidumbres como el que él vivió y, que desgraciadamente, la tuberculosis no le dejó acabar de plasmar. Él pidió diez años para culminar su obra poética, y sólo le fueron concedidos cinco (1814-1819) desde la aparición de su primer libro, Poems, hasta la cumbre que representan en la lírica inglesa sus Odas. Una interrupción que está remarcada en el epitafio de su lápida: «Aquí yace Uno, cuyo nombre está escrito en el agua». 

Ángel Silvelo Gabriel

miércoles, 19 de abril de 2023

STEFAN ZWEIG, POESÍA COMPLETA: VERSOS NACIDOS DE LA PASIÓN POR EL LENGUAJE


 

Amor y deseo unidos por la melancolía de lo no poseído. Ensoñaciones del cuerpo que no conocemos. De la virtud que nunca allanaremos. Del impulso de llegar a amar por encima del miedo. A nosotros. A lo desconocido. Al otro. Estos versos nacidos de la pasión por el lenguaje, que no de la experiencia, son con los que Stefan Zweig comenzó su carrera literaria. Poemas sumergidos en el oxímoron que en sí mismo supone la evocación de la nostalgia hacia aquello que aún no se ha vivido. El amor. El sexo. La pasión sin resolver. Pasión anhelada. Encriptada. Y resuelta muchas veces mediante metáforas que envuelven a la naturaleza en un embelesamiento de lujuria léxica que no carnal. Una pasión que, además, se desplaza junto a versos de auto conocimiento. Una silueta de formas sin resolver, que es la de la que se que compone su primer poemario, Cuerdas de cristal, que como muy bien nos apunta Gonzalo Torné en el prólogo: «...la clave parece estar en esa cuerda de plata con la que el poeta se refiere a su propia sensibilidad, rasgada por los embates de la experiencia mundana y por los sueños oníricos. De cada encuentro, un roce; y de cada roce un canto.», tal y como sucede en el poema Nocturno: «Mira, la noche tiene cuerdas de plata/ tensas sobre los sueños de la siembra,/ suaves y temblorosos sones se deslizan/ sobre el aliento de la tranquila campiña/ hacia lejanos y radiantes horizontes.» Aquí, la poesía inicial de Zweig representa a un vehículo con el que llegar al deseo. Tierno. Jovial. E inocente, por su falta de belleza y un simbolismo que se recrea en la nostalgia de lo no vivido, lo que nos traslada al mundo de los sueños, y a ese mundo de ayer que caracteriza  a esta primera obra poética del escritor austriaco. Muchos de los versos de Cuerdas de plata expresan la vitalidad o cadencia juvenil del éxtasis por la vida. Un leitmotiv que Zweig expresa mediante las figuras del nuevo día, la llegada de la primavera, o la noche preñada de múltiples posibilidades como expresa en el poema Ahora sé…: «Ahora sé quien teje en mis noches/ esa dichosa luz,/ pues el esplendor de ese rostro de ensueño/ no revela sino tu amado semblante,/ que las bendice de forma tan sencilla y profunda/ que dejan de ser noches y se llenan de sol.» 

Algo parecido es lo que ocurre en Las coronas tempranas, un poemario fechado en 1906, cuando Stefan Zweig cuenta con la edad de veinticinco años, y en el que ahonda en la necesidad de satisfacer el éxtasis del amor carnal que, en su caso, sólo se traduce en palabras. En este sentido, la necesidad de satisfacer el más íntimo de los instintos está caracterizado por el freno que ejerce una sociedad cerrada como la vienesa, donde el ambiente claustrofóbico y angustioso de un gran número de sus poemas son el elemento represor de la libertad individual. Y cuyo mejor ejemplo sería el poema titulado como La noche de la gracia. Una ronda de sonetos en la que asistimos a un extenso e intenso trance amatorio desde su inicio insinuante hasta su ingenuo final, de nuevo varado en imágenes donde la naturaleza recobra el protagonismo: «II. Entonces la abandonó: “No voy a seducirte./ Sé solo mía cuando ya lo seas del todo./ No quiero aceptar ni uno solo de tus regalos./ Dame tan sólo lo que ya me pertenecía.  […] VI. En esta noche, no obstante, se le dio la gracia/ de percibir el mundo como por vez primera./ En senderos resplandecientes atisbó las estrellas,/ barcos a la deriva en la antesala del cielo… Y como un niño que al mundo despierta,/ tomó de estas gentiles manos de muchacha/ un resplandor renovado que siempre fue suyo.» 

En Nuevos viajes, publicado en 1924, aunque el amor y su éxtasis carnal sigue siendo tratado por el escritor austriaco, su mirada se vuelve más amplia y de cierta forma lo abandona, para llegar a situaciones o temáticas más afines a aquellas por las que ha pasado la historia de la literatura, como son: la lucha por la libertad y contra los nacionalismo, por ejemplo. Un fanatismo que recrea con gran realismo, crudeza y acierto en el poema titulado El mártir. Aquí su poesía ya no es una prolongación del Romanticismo: «En silencio se van colocando,/ todo está inmóvil, la piedra los fulmina./ El teniente lee la sentencia./ Muerte por traición. Con pólvora y plomo./ ¡Muerte! Como un disparo/ la palabra golpea sus corazones.» Aquí ese mundo de ayer que tan bien representa la sociedad vienesa del principios del s.XX deja de existir y da paso a un mundo atroz, cuya violencia no entiende de barreras. Un mundo alejado de ese otro que Zweig soñó en su juventud. Un mundo apegado a la pasión por un lenguaje encadenado a la melancolía de aquello que no llegó a ser. 

Ángel Silvelo Gabriel.

miércoles, 5 de abril de 2023

MANUEL MOYA, PESSOA, EL HOMBRE DE LOS SUEÑOS: UNA EPOPEYA SOBRE LA POSIBILIDAD DE LO IMPOSIBLE

 


¿De qué estamos hechos? De cuerpo y alma. De opacidades y sombras. De realidades y sueños. De miradas y sus reflejos. Y, a pesar de todo, ¿qué somos?, quizá sólo seamos el polvo que se lleva el viento, o la soledad que nuestra muerte deja en nuestros seres queridos. ¿A quién cabe la destreza de avanzar por la difusa línea que marca la imposibilidad de lo posible y transformarla en una epopeya sobre la posibilidad de lo imposible? Quizá a nadie. Quizá a unos elegidos. Quizá a esos dioses perdidos que muy de cuando en cuando se convierten en hombres de carne y hueso. ¿Qué fue Pessoa entonces, el hombre de los sueños, o un sueño escondido bajo un mapa de sensaciones? Bajo esta geografía donde siempre hay una batalla que ganar, aunque siempre se pierda, transita esta extraordinaria e inigualable biografía de Manuel Moya sobre Fernando Pessoa. Un mundo de mundos en el que escritor onubense emplea el espacio geográfico y biográfico de Pessoa y su querida Lisboa: «Lisboa con sus calles de varios colores», para crear una literatura de alto nivel y acercarnos la figura del hombre de los sueños. Y lo hace con una prosa trazada con un estilo limpio, directo y universal dotado de las virtudes de una metaliteratura con la que consigue encumbrar al biografiado a la categoría de mito. Desde su nacimiento el 13 de junio de 1888 en Largo de Sâo Carlos —frente al teatro del mismo nombre donde comenzó su particular teatro de voces mientras escuchaba a una niña tocar el piano, y donde fue feliz hasta la muerte de su padre— hasta su muerte el 30 de noviembre de 1935 en la clínica de Sâo Luís dos Franceses a poco más de un kilómetro del lugar donde vino al mundo, Manuel Moya recorre con una pulcra exactitud, llena de certezas, el retrato completo de un personaje sumergido hasta este momento en las falsas creencias o inexactitudes que rodearon a su vida. Una vida, bien es cierto, llena de lagunas que, sin embargo, en El hombre de los sueños, van cayendo una tras otra hasta dibujarnos con total claridad la vida y la obra de un Pessoa, si no distinto, sí más cercano, pues el estudio, el trabajo y la mirada de Moya nos ayudan a vislumbrar las sombras que teníamos del poeta portugués con un extenso y detallado recorrido por su vida y su obra, lo que da como resultado el retrato completo de una de las figuras literarias más importantes del s.XX. Gracias a Moya derribamos esos falsos axiomas que pendían de un Pessoa mucho más pegado a la vida cotidiana de lo que siempre se nos había hecho saber, o con una trayectoria de publicaciones mucho más extensa a lo largo del tiempo de la que siempre se ha alardeado. Y, con ello, conseguimos situar mucho mejor su obra en el espacio-tiempo en el que vivió. Un espacio-tiempo que va más allá de su leyenda posterior. En este sentido, la vida de Pessoa también es retratada desde las turbulencias políticas que registran muy bien la época tan convulsa en la que le tocó vivir, y que además, nos proporcionan otro de sus elementos vitales más característicos: la contradicción. Una contradicción cimentada a través de sus paradojas, únicas e inigualables, como única e inigualable fue su renuncia a la vida y al amor en pos de su obra literaria, tal y como le confesó por carta a Ophelia el 29 de noviembre de 1920: «Mi destino pertenece a otra Ley […] y está cada vez más supeditado a la obediencia a Maestros que no condescienden ni perdonan». 

El hombre de los sueños es una aventura. Un viaje. Una encrucijada de fechas y vidas. De falsas creencias e inexactitudes que dan paso a un horizonte limpio de prejuicios y lleno de sensaciones. En este libro-mundo cabe todo. Un pormenorizado análisis de las obras del poeta lusitano. Un estudio y clasificación de los diferentes ismos que aparecieron a lo largo de su vida y en los que participó el autor de Mensagem: saudosismo, paulismo, decadentismo, interseccionismo..., o a los que dio luz. Una luz y una vida que se siempre transitó en la frontera entre sueño y realidad, porque esa fue la dualidad que marcó su vida: lo deseado y lo conseguido, tal y como nos recuerda su amigo António Cobeira: «Lo natural existía en función de lo sobrenatural, a lo que estaba indisolublemente unido por una interminable cadena de vacilaciones. Fernando Pessoa no era tanto un filósofo como un sutil discriminador de detalles, un observador de líneas recónditas, un pionero de caminos altos, astrólogo o alquimista, mago o divino, perdido en la luz meridiana del siglo». De esa necesidad por encontrar su propio yo nacen sus múltiples heterónimos; una lista que Moya nos apunta con gran detalle a lo largo del libro, en el que realiza un pormenorizado estudio de los tres más importantes: Alberto Caeiro, Ricardo Reis y Álvaro Campos, cada uno de  ellos con vida y voz propia. Heterónimos mediante los que Pessoa armonizó el drama em gente que le acompañó toda su vida —un estado mental que como nos apunta Moya esboza la influencia de Shakespeare, al que por cierto, consideraba como un igual—. Ellos nacen en su noche triunfal del 8 de marzo de 1914, aunque como muy bien nos sugiere Moya ésta pudo producirse en un período de tiempo más extenso y no tan acotado. Para trasmitir la importancia que los heterónimos tuvieron en la original obra del poeta portugués, el escritor onubense nos apunta lo siguiente: «Caiero va a cambiar el sentir y el pensar de su hacedor. Sin él, Pessoa sería un poeta sin mundo propio, sin revelación. Caeiro es el maestro, el mástil, la cantera de la que construir su edificio.» 

Pessoa extenso. Inaccesible. Poliédrico. Contradictorio. Monárquico y liberal. Pessoa, el todo y la nada. La fortaleza del sueño y la debilidad de la vida real. Amor y vida. Poesía y muerte. Todo cabe en él y nada parece real, pues todo se nos antoja producto de un sueño. Orpheu, Su relación con Mário Sá-Carneiro. El nacimiento de sus tres heterónimos más importantes. Su ajetreada vida social hasta la muerte del amigo Sá-Carneiro que lo lleva a un profundo aislamiento. El deterioro de la madre y su posterior muerte. Ophelia. Magde... En esta extensa e imprescindible biografía-ensayo, su autor también nos proporciona una buena muestra de las múltiples publicaciones, sobre todo en revistas, que Pessoa realizó a lo largo de los años, desde la inicial A Águia, pasando por la mítica Orpheu, o las posteriores Presença o Contemporânea, por poner algunos ejemplos, son las muestras más visibles de una obra diseminada en el tiempo y en la precariedad de los soportes que la sustentaron, si exceptuamos Mensagem o el Libro del desasosiego. En casi todas ellas, sin embargo, hay un elemento unificador: su faceta polemista, que se inicia ya en A Águia: «...esa vocación polemista que desde los artículos de A Águia lo persigue. Recordemos la agria polémica de Campos en la caída del tranvía de Afonso Costa, en 1915; el violento “Ultimátum”, también de Campos, en Portugal Futurista, a finales de 1916; los artículos en Acçâo, en 1920. Lo seguirá haciendo con la publicación Interregno, en 1928, y con la polémica acerca de las sectas secretas, en 1935.» 

Una vida, la de Pessoa, que experimenta una vertiginosa cuesta abajo tras la muerte de la madre, que no así su obra literaria, muy intensa en los últimos años, en los que prefirió seguir escribiendo a organizar lo ya escrito y almacenado en su famoso arcón. Gracias a ese ímpetu tardío vio la luz Mensagem, aunque fuese tras la polémica que rodeó a la concesión del Premio Antero de Quental 1934 en su categoría de poema. Tras esa penúltima polémica, Pessoa se sabe y se reconoce al final del camino. Un trecho que Manuel Moya nos vuelve a hacer visible de una forma portentosa y muy literaria, como ya hizo en su inolvidable Lluvia oblicua, una magnífica novela en la que recrea los últimos días del portugués. Días gobernados por las sombras, y una vida que ha dado paso a una fama póstuma que no deja de crecer día tras día.                                        

Pessoa y sus múltiples voces. Pessoa y su profunda materialización del alma. Alma diseccionada en realidad y sueño. El hombre de los sueños, como muy bien se titula esta biografía-ensayo, se nos presenta como una epopeya sobre la posibilidad de lo imposible. Y, quizá, su heterónimo Ricardo Reis, supo expresarlo como ningún otro: «Para ser grande, sé entero: nada/ tuyo exageres o excluyas. /Sé todo en cada cosa. Pon cuanto eres/ en lo mínimo que hagas/ Por eso la luna brilla toda/ en cada lago, porque alta vive.» 

Ángel Silvelo Gabriel.

miércoles, 22 de marzo de 2023

EXPOSICIÓN DE JUAN MUÑOZ, TODO LO QUE VEO ME SOBREVIVIRÁ: LA DIFERENCIA ENTRE MIRAR Y SER OBSERVADO



Por mucho que nos miremos en un espejo la percepción de la vida que transcurre tras él nos está vetada de antemano, casi tanto como el reflejo que de nosotros mismos nos es devuelto. A pesar de ello, día a día luchamos contra esa volatilidad nuestra como ente físico que transita entre realidad y ficción a modo de mensaje onírico; un espacio indefinido que nos persigue por mucho que intentemos obviarlo. Ahí, es donde el artista juega consigo mismo y con nuestros sentidos cuando trata de burlar al paso del tiempo y, a través de su obra, emite un falso reflejo de la inmortalidad que no existe. Como muy bien dejó dicho la poeta rusa Anna Ajmátova: «Todo lo que veo me sobrevivirá». Una cita que Juan Muñoz dejó escrita en su último libro de notas, previo a su mítica exposición en la Sala de Turbinas de la Tate Modern de Londres en el año 2001. Todo es fugaz, sí, lo que sin embargo no nos exime para, entretanto, tratar de engañar a la perversidad que se esconde tras el trasunto de nuestros días. Un espacio-tiempo gobernado por unas normas que buscan la diferencia existente entre el mirar y el ser observado, o entre el ser y el deber ser. Una confrontación parecida a lo que establecemos cuando nos miramos en un espejo sin ser conscientes de lo que en verdad ocurre al otro lado del mismo, o incluso detrás de nosotros. Ese espacio que se transforma en bidimensional (delante-detrás) es en el que se refugia la obra de Juan Muñoz para entablar una serie de axiomas que van desde el concepto del silencio como no respuesta, —y que él ha indagado a través del teatro—, al concepto de la espera como deseo —lo que nos muestra mediante sus obras cuando éstas parecen un foto fija a punto de moverse—. De este modo, sus esculturas y composiciones se convierten en refugios de tiempo y deseo, de miradas y silencios, de reflejos y sinuosidades, donde la soledad del ser humano abarca y abraza cada una de sus propuestas. Propuestas que en ocasiones se abalanzan sobre ese mundo en miniatura que nos propone el artista madrileño. Un universo a menor escala que le permite a Muñoz jugar con la sensación de supremacía del artista sobre el espectador, y por ende, de lo creado sobre lo observado. 

La exposición de la sala Alcalá, 31 de Madrid, que se podrá ver hasta el próximo 11 de junio, es también una muestra de la fusión entre obra y espacio; un binomio que en este caso funciona a la perfección y dota a las esculturas y piezas expuestas de un nuevo protagonismo. Esta armonía que nace tanto de la elección de las obras como de su ubicación, le permite al visitante disfrutar mucho mejor de ellas, porque llega a convertirse en un elemento más de la exposición. Es a través de estos nuevos espacios abiertos, que interactúan entre el observador y las esculturas, donde se crea un juego cargado de adivinanzas y sus múltiples matices de un modo directo. Cuerpo y alma de un mismo relato que nos habla de la soledad que nos cobija y de esa gran mentira que nos convierte en autómatas cuando intentamos escapar de la realidad, como si estuviésemos condenados a no poder salir de nuestros cuerpos (normalizados en sus vestimentas, disminuidos en sus presencias físicas, sarcásticos en sus rasgos expresivos o implacables en sus posturas ante el otro). Cuerpo y alma de un mismo relato que también nos advierte de la diferencia existente entre el autómata y el humano, y sobre todo, entre mirar y ser observado. 

Ángel Silvelo Gabriel.

domingo, 12 de marzo de 2023

BORRACHOS DE IVÁN VIRIPAEV BAJO LA DIRECCIÓN DE IRINA KOUBERSKAYA EN EL TEATRO TRIBUEÑE: LA NECESIDAD DE AMAR Y DECIR LA VERDAD BAJO EL PARAGUAS DE LA GRAN MENTIRA QUE COBIJA AL MUNDO

 


¿Qué somos? Quizá no seamos más que el polvo que se lleva el viento. Triste final de nuestro insignificante paso por la vida. Vida anónima. Llena de pretensiones falsas e inútiles. Vida donde el silencio atrapa la soledad de nuestros corazones y nos precipita sobre la mentira. Ese largo e inabarcable telón de fondo que todo lo cubre y preside en nuestro devenir existencial. Ahí es  donde la sentencia que representa la muerte se manifiesta por encima incluso del amor. Qué es una vida sin amor y sin la ilusión que nos cambia lo más profundo de nuestro ser y nos arrastra irremediablemente hacia esa felicidad efímera, pero felicidad al fin y al cabo. Borrachos, dirigida por Irina Kouberskaya, es una nueva manifestación de esa necesidad de amor y de decir la verdad que todos tenemos, aunque sea bajo la gran mentira que cobija al mundo. Esa es, quizá, nuestra mayor batalla terrenal: la de vencer a la gran mentira que nos acoge y ampara, y de ese modo, poder liberarnos de las insulsas ataduras que nos permitan llegar a ser libres. Libres de verdad. Lejos del mandato de la opulencia y la vacuidad que nos preside y gobierna. Nadie quiere cambiar, pero tampoco nadie quiere dejar de sufrir, parece decirnos el texto de Iván Viripaev, dramaturgo ruso exiliado en Polonia, pues en esta ocasión el teatro Tribueñe ha decidido poner en pie la obra de un autor vivo y contemporáneo. Un autor que busca en las entrañas de la vida mezclando la tragicomedia con la que llegar a  reírse de uno mismo, y el esperpento, como fórmula de escape y huida del día a día. Un día a día teñido de mierda, como nos expresan los quince actores de esta obra coral que de nuevo nos muestra las grandes dotes de dirección de Irina, pues sus actores bailan, se mueven y dibujan unas siluetas que se asemejan mucho a una partitura musical. Melodías con sus altos y bajos que nos llevan del espanto a la risa, y a esa sensación de incertidumbre que nos da tanto miedo. Miedo a vivir, sin más. 

Borrachos se divide en escenas independientes que, sin embargo, se nutren unas a otras. Escenas que representan el amor, la mentira, el silencio o el llanto. Todas ellas tuteladas por la necesidad de salir de esa anestesia general que nos mantiene adormecidos como sociedad. Una sociedad que también necesita de ese Dios para las grandes y pequeñas cosas. Ese Dios que no vemos por muy cerca que lo sintamos. Ese Dios perpetuo que nos vigila y rige nuestras vidas sin llegar a saber por qué. De esa necesidad de salvar a nuestra propia alma surge este aullido perdido en la inmensidad de la oscuridad de la noche. Como dice el refrán: «los borrachos y los niños son los únicos que dicen la verdad», y en Borrachos, asistimos a esas toneladas de verdad que, sin embargo, se nos escapan de las manos nada más mencionarla. 

Irina Kouberskaya vuelve a dar en el clavo en la elección de esta obra de teatro que tan bien representa el alma humana en la actualidad, y no solo eso, porque nos vuelve a demostrar el gran estado de forma en su capacidad a la hora de visualizar los textos que selecciona, porque en Borrachos nos vuelve a dejar ese poso de gran directora teatral que es, transformando lo poco en mucho, y lo sencillo en magistral, para de esa forma, atrapar a todas aquellas almas sensibles que presencien este espectáculo coral y único de una compañía de repertorio extraordinaria que, en su vigésimo aniversario, nos demuestra su capacidad de sobreponerse al paso del tiempo. En este sentido, hay que hacer mención a los actores y actrices que conforman la compañía y, en concreto al elenco de Borrachos, con un David García que nos vuelve a atrapar por la gran capacidad de sus gestos, su intensa mirada y esa forma tan nítida de interpretar sobre el escenario. Su Mark, sin duda, siempre estará en nuestro recuerdo. Del mismo modo, que hay que resaltar a esa vagabunda que todo lo ve y lo oye desde el silencio; una vagabunda interpretada por Inma Barrionuevo que, cada vez más, alcanza una madurez sobre las tablas digna de mención y elogio, pues su figura en esta obra es como la luna que brilla en la noche y ejerce de espectadora silenciosa del gran drama del mundo. Una interpretación que borda a través de sus gestos de asombro, gozo o lucidez ante lo que va viendo y escuchando. El resto del elenco está a gran altura, como en las obras que han ido interpretando a lo largo de los años sobre las tablas del Teatro Tribueñe. Sin desmerecer a ninguno de ellos, hay que destacar a José Manuel Ramos en su Rudolph, que navega por la mentira y el absurdo, y al que da respuesta un estupendo Enrique Sánchez como Gustav, o a Badia Albayati con su enérgica y arrebatadora Rosa. 

Como nos dice Mark al inicio de Borrachos: «Hemos perdido la belleza… ya no hay hambre por la verdad», y esa es quizá la mayor sentencia de muerte de una sociedad que se auto-condena a su desaparición. Una sociedad que permanece en silencio ante el conocimiento estrepitoso de la verdad. Sin duda, y gracias a esta obra de teatro, podemos asistir a ese grito desesperado que busca la salida a esa mierda que nos impregna y nos diluye como seres humanos. Unas mujeres y unos hombres que, en una noche de borrachera, son conscientes de la necesidad de amar y decir la verdad, aunque lo hagan bajo el paraguas de la gran mentira que cobija al mundo.   

Ángel Silvelo Gabriel.

miércoles, 8 de marzo de 2023

LUCIAN FREUD, NUEVAS PERSPECTIVAS EN EL MUSEO THYSSEN BORNEMISZA DE MADRID: LA MELANCÓLICA Y SIMBOLISTA INTENSIDAD DE LA REALIDAD

 


El mundo puede ser tan grande como uno sea capaz de imaginar, pero también tan pequeño como uno necesite. Esa distancia entre imaginación y sentimiento es la que utilizamos las personas para sobrevivir y crearnos un universo propio donde cada uno de nosotros pone sus límites y sus reglas. Límites y reglas que, en el caso de los artistas, acaban plasmando en sus obras. Manifestaciones que surgen de la necesidad de reinterpretar lo que somos y lo que nos gustaría ser. El todo y la nada. La luz y la oscuridad. El yo y el otro. Una cadena que se va transmitiendo en eslabones que nos sirven para describir una fuerza centrípeta propia que se apodera de nuestra alma y nos define como individuos. Una fuerza que en muchas ocasiones nos mantiene unidos a un entorno muy reducido, un círculo íntimo que trazamos alrededor de nuestros sentimientos y que funciona como una membrana que nos aísla del mundo y nos identifica ante los demás. Este podría ser el caso de Lucian Freud si hacemos caso a los cuadros que se exponen en el Museo Thyssen Bornemisza de Madrid, porque podríamos redefinir el título de la misma: Nuevas perspectivas como El pintor y su entorno. Un entorno que en el caso del pintor alemán nace desde la melancólica y simbolista intensidad de la realidad. Un gran marco pictórico que él comienza acotando con unos primeros retratos de ejecución minuciosa. Retratos que comparten espacio junto a plantas y otros objetos que descontextualizan el rostro del personaje retratado. En ese difícil equilibrio que resulta de ajustar el fiel de la balanza de la vida que va de lo interior a lo exterior y a la inversa, Lucian Freud, en sus inicios, es un pintor esquivo que sin embargo poco a poco se va sumergiendo en una intensificación de la realidad que él acentúa a través de los grandes ojos, narices y bocas de sus modelos hasta llegar a convertirlos en perturbadoras y desgarradoras caricaturas de sí mismos (véase, por ejemplo: Muchacha con rosas). Ese aparente escapismo de sus inicios termina acaparando la materialidad de la carne, sobre todo, a través de pinceladas volumétricas y rígidas que se dividen entre empastadas y sueltas con las que consigue intensificar la realidad de aquello que retrata al fijar su punto de máxima atención en las miradas y las manos de los personajes que retrata, y también, en sus propios autorretratos. Una energía pictórica que a medida que avanza la exposición nos lleva hasta ese punto de melancolía y simbolismo que nos muestra en sus personajes desnudos. Retratos que nos acercan a esa otra realidad de la que siempre huimos y nos habla de la añoranza de tiempos pasados más ceñidos a la vida como éxtasis vital. De esa reflexión nace una paleta de colores marrones, anaranjados, rosáceos y anacarados con los que consigue un gran nivel de expresividad en las personas y el entorno que pinta. Un entorno, cuyo denominador común va a ser su propio estudio, como mejor forma de medir la realidad que se circunscribe a ese pequeño universo que él necesita para crear y con el que viaja hacia ese otro lugar tan amplio como su propia imaginación le permita. Este viaje de fronteras indefinidas es donde Lucian Freud se afana en crear un mundo de barbarie, perturbador y antiestético si se quiere, al que sin embargo, él en ocasiones dota de una dulzura y una sensibilidad conmovedoras (véase, por ejemplo: Doble retrato). 

La aniquilación de toda esperanza, por mucho poder que se posea, es otra de las visiones que el pintor alemán nos muestra en su cuadros denominados de “poder”, en los que, desde una visión más clasicista en la composición de los mismos, refleja el omnívoro paso del tiempo que experimentamos todos, cualquiera que sea nuestra condición social. Un hecho combativo contra el mundo, por su carácter irredento, que nos acerca a esa realidad de la que nunca podremos escapar. Un deterioro hecho arte y, por ende, auto-condenado a ejercer de espejo de una humanidad entregada al culto al cuerpo. De esa disfunción de la fealdad corporal y la corrupción de la belleza, podemos extraer otro de los grandes mensajes de la pintura de Lucian Freud: todo lo que nace muere, y quizá, por eso, no nos queda sino contemplar la melancólica y simbolista intensidad de la realidad de manos del pintor alemán.

Ángel Silvelo Gabriel.

viernes, 24 de febrero de 2023

RAMÓN ALCARAZ GARCÍA, EL FABULOSO ZOOLÓGICO AMBULANTE: UN CARNAVAL LITERARIO VESTIDO DE ESPERANZA




 

¿Qué hay tras la línea del horizonte que divide a la realidad de los sueños? ¿Hay esperanza más allá del impenetrable —por aburrido—, día a día que monótono consume nuestras vidas? El ser humano se caracteriza, entre otras cosas, por necesitar del poder de la esperanza. Una especie de pócima que le renueve las ganas de sentir, de ser, de hallarse a sí mismo, o de felicitarse por el mero hecho de estar vivo. La literatura lo ha llevado a cabo, por ejemplo, a través de la fábula, la parábola, el esperpento o el realismo mágico con los que establece unos parámetros narrativos distorsionados que le sirven para reinterpretar la vida, el mundo o una sociedad determinada, si bien, la narración que nos ofrece Ramón Alcaraz en El fabuloso zoológico ambulante, va más allá de los clichés literarios al uso para transformar su novela en un ejemplo de carnaval literario vestido de esperanza, en el que de una forma portentosa vuelca sus amplios conocimientos literarios y experiencia como profesor de talleres literarios, y también, como guionista. De esas dotes narrativas e interpretativas se sirve para ir componiendo una historia donde la magia es un elemento que se diluye en cada línea, y de paso, dota al texto de una fuerza inusitada. 

La ficción de Alcaraz no es evasiva, sino más bien simbólica, como el mejor de los cuentos que nos puedan narrar. Y ahí prevalece y perdura su oficio literario, del que podríamos añadir que se tata de una inteligente yuxtaposición entre el mundo real que nos define, y el mágico que anhelamos y transita entre deseos llenos de esperanza. Así, Alcaraz nos plantea el miedo al extraño, al diferente y a lo nuevo, cuando todo ello llega a un pueblo aislado y perdido en sus propios pecados. Sus personajes son los arquetipos de toda sociedad que muere embrutecida por sus inconsistentes planteamientos ideológicos que van desde las creencias religiosas, a la magia, o el poder de las falsas noticias, como un abanico reflexivo de las sociedades aisladas que son víctimas de sus propias mentiras. 

El fabuloso zoológico ambulante es, además, un trepidante viaje a través de los sentimientos humanos que nos describen y delatan como personas, donde la codicia, el ansia de poder, o la imperiosa necesidad de destacar sobre el resto van allanando la posibilidad de entendimiento entre los habitantes de San Antonio, un pequeño pueblo que se alza como un minúsculo experimento del mundo. Un mundo al que Ramón Alcaraz dota de un léxico exuberante, culto y exquisito, en el que persiste la plenitud de las palabras y términos que emplea en aras de la narración. Una narración que destaca por su pulcritud y alto ritmo narrativo, lo que provoca por un lado la rapidez de la acción, y por otro, el ansia de calmar la curiosidad del lector que, a poco que se deje llevar, caerá en los poderosos tentáculos literarios con los que escritor de Cartagena dota a su novela. Una novela que, tal y como nos confesó él mismo el día de la presentación, ha permanecido treinta años metida en el cajón, lo que nos da una buena medida de la universalidad de la literatura, y por supuesto, de lo actual que sigue resultando este experimento social-literario que nos brinda su autor como mejor manera de definirnos como sociedad, a lo que sin duda, nos ayuda la pericia literaria de Ramón Alcaraz a la hora de convertir una historia en un carnaval literario vestido de esperanza.  

Ángel Silvelo Gabriel.

miércoles, 8 de febrero de 2023

RICARDO ÁLAMO, RUIDO Y ECO: ACOTANDO EL MUNDO. EL PROPIO Y EL AJENO

 


¿Cuál es la última intención de aquel que escribe? Quizá sea la de atrapar el silencio, y así, destronar al ruido y al eco que nos gobiernan. Ruido y eco como símbolos de lo ajeno. De todo aquello que nos perturba y distrae, pero también de la sima de lo propio. Por inabarcable. Por profunda. Por secreta y silenciosa. Como nos apunta Jaume Plensa: «Intento fabricar silencio en una época muy ruidosa», y esa sea, tal vez, la última meta de Ricardo Álamo en Ruido y eco, un libro inclasificable por las materias que aborda y las múltiples formas de hacerlo, que están enfocadas —al menos— desde una triple vertiente: la personal a través del diario, la literaria mediante la crítica, y la ensayística con tintes filosóficos. En estas diferentes vertientes del “yo” asistimos a frases-sentencia tan certeras como esta: «Una sociedad que maximiza sus deseos es una sociedad que minimiza su realidad. O sea, una sociedad infeliz» que, entre otras cosas, es una buena forma de ir acotando el mundo. El propio y el ajeno. Si algo destaca en este libro diarístico, confesional, y crítico con la sociedad y los ciudadanos que la manipulamos y corrompemos, es su libertad. Libertad que ya viene prefijada tanto en su planteamiento como en su discurso, pues en ambos prevalecen las ventanas que nos permiten observar todo aquello que transita fuera de nuestro mundo y dejamos de percibir por falta de tiempo o mera ignorancia. Estos apuntes del día a día son los que plasma, no sin cierta dosis de humor, Ricardo Álamo página tras página. Apuntes donde lo emocional rezuma esa verdad subjetiva que acompaña a los recuerdos de nuestras vidas. Recuerdos fabricados con la tinta del que no olvida ni el qué, ni el cuándo, aunque no siempre sepa atribuirles un por qué. De esa inexactitud vital nacen los mejores momentos de nuevo libro híbrido de Newcastle Ediciones, porque como muy bien nos dice su autor: «La realidad es un misterio, y todo escritor un desenterrador de secretos». Oficio, el de desenterrador de secretos, al que se encomienda Ricardo Álamo con suma maestría y conocimiento de sí mismo y sus limitaciones, pero también de sus virtudes —que son muchas—, si nos atenemos a la capacidad que tiene de hacernos visualizar todos los reflejos de las vidas que nos acompañan y limitan, y de las que en demasiadas ocasiones apenas somos consientes de que se desarrollan a nuestro alrededor. La adolescencia, el amor, la Filosofía, el miedo, los miedos y una conciencia crítica hacia sí mismo y los demás, hacen de Ruido y eco un nuevo y acertado salto al vacío de un editor que da luz a voces que de otra forma no dejarían de ser anónimas. Javier Castro Flórez busca la excelencia en la diferencia, y de ahí su poliédrico acierto. No en vano esa es otra forma de ir acotando el mundo. El propio y el ajeno. Y para que no nos quede ninguna duda sobre ello, este singular libro se abre con una cita no menos cierta y acertada: «Pronto no serás más que ceniza o esqueleto, y un nombre (y tal vez ni siquiera eso); y el nombre, ruido y eco. (Marco Aurelio). 

Ángel Silvelo Gabriel.

domingo, 29 de enero de 2023

SECOND PRESENTA FLORES IMPOSIBLES EN MADRID DENTRO DEL INVERFEST 2023: UN VIAJE EN EL TIEMPO, EMOCIONAL Y EXQUISITO

 


Todo era como en un sueño. Un escenario oscurecido por un fondo negro del que solo se adivinaba una gran flor de color rojo y unas lámparas a modo de salón decimonónico. Y para que fuese todo más irreal, si cabe, una música ambient confeccionada ex profeso con leves notas de las canciones del grupo para tintar una espera de color rojo. Rojo-riesgo. Rojo-alerta. Rojo-sangre. ¿Cómo fundir todo eso en un mágico momento? Es difícil echar la vista atrás y no sentir el vértigo y el miedo al despertar el travelling existencial que conlleva hacer de nuevo nuestras las imágenes y los momentos que éstas protagonizaron. Algo así fue lo que anoche pudimos sentir con Second en el Inverfest 2023: un viaje en el tiempo, emocional y exquisito, porque sin duda, desde que el grupo murciano anunció que se retiraba de los escenarios un aura de dudas, incomprensión y fatiga emocional ha invadido a sus seguidores que, ayer, llenaron el Teatro Circo Price de Madrid. Y más, si cabe, cuando lo que vimos ayer sobre el escenario fue a un grupo sólido, con una madurez extraordinaria y un saber estar y modelar sus canciones sobre el escenario a prueba del paso del tiempo. Y eso fue lo que les llevó a interpretar veintiún temas que sonaron como una única melodía completa. Serena. Intensa. Fulgurante. Y, sobre todo, onírica. Siempre nos resulta muy difícil decir adiós a las personas que queremos de verdad, y este concierto fue una muestra de ello, tanto por parte del grupo como de sus seguidores. Ese hermanamiento que ocurre tan pocas veces es lo que ha hecho de Second un grupo grande. De letras. Canciones. Melodías. Ritmos. Imágenes y sueños. ¿Cuántas veces he escuchado esa frase tan manida de que Second y sus canciones forman parte de mi vida. Pues ese ha sido su poder: instalarse en lo más íntimo de un gran número de sus seguidores. Amores eternos que, de repente, se rompen. 

A pesar de todo, Los Cuatro de Murcia —cómo me recordaron Jorge y Sean a The Beatles en sus vestimentas y en sus movimientos sobre el escenario— lo dieron todo para vencer al destino aun cuando comenzasen el concierto con el tema Estado de alegre tristeza y su lapidaria frase: «Nada es para siempre», o: «Recátame pronto». Un reclamo que fue entendido por el público, ya que los llevó en volandas de principio a fin. El concierto de ayer fue una fiesta colectiva de cánticos, palmas arriba, coros y aplausos que acompañaron a la elegancia de un grupo que sonó como nunca: compacto, rítmico y envolvente. Y, todo, bajo esa luz roja que bañaba el ambiente. En ese velo del tiempo fueron sonando Mira a la gente, ¿Quién pensaba en eso?, Muévete y siente hasta llegar a uno de los momentos mágicos de la noche tras sonar una de sus mejores canciones: Nivel inexperto. Aquí, Sean Frutos, nos sorprendió a todos, incluidos técnicos de sonido, cámaras —el concierto fue grabado— y miembros de la banda, cuando nos propuso a todos reinterpretar de nuevo la canción cantada a coro por el público y acompañada por los músicos en tono más bajo para que la voz de los que allí estábamos fuese la verdadera protagonista del momento, lo que sin duda fue un gran homenaje por parte de Sean a todos sus fans que, como les está sucediendo en esta gira, están agotando todas las entradas para colgar un gran sold out en todas sus actuaciones, al menos hasta el momento. Quizá, ese instante mágico se debiera a que al inicio del tema Jorge nos preguntó: «¿Cómo estáis?», a lo que enseguida Sean prosiguió con un: «Buenas noches, Madrid. Estamos aquí celebrando toda una vida musical, la nuestra…», para seguir diciéndonos que más allá de las despedidas había que disfrutar del momento, y eso era lo que ellos querían que sucediera esa noche. Noche de nuevo teñida de rojo. Rojo-sangre, como si fuera un poema de Lorca. Tras ese inesperado giro uno se quedó con la sensación que ese tema sonaba a despedida grande. Despedida de salón de casa —porque eso fue en lo que convirtieron Second el Circo Price anoche—. DESPEDIDA GRANDE Y EN PLENITUD DE AQUELLOS QUE LO HAN DADO TODO EN SU VIDA. MÁGICO FOTOGRAMA QUE PERDURARÁ PARA SIEMPRE EN LA PELÍCULA DE NUESTRAS VIDAS. SENCILLAMANTE GENIAL. Un instante donde sobre todo, Sean, no pudo esconder su cara de felicidad por más que nada sea para siempre. 

Esa sensación de felicidad ya no abandonó el Price en ningún momento. Sabedores de la magia que atesora esa efímera felicidad que a veces nos aborda, las canciones fueron sonando como un tobogán infinito. Flores imposibles, Mañana es domingo, Nueva sensación, Cúrame como siempre «una de las mejores canciones de su último disco en la que el eco de las guitarras fue inmenso—, Muérdeme o En otra dimensión fueron una catapulta hacia el éxito de una noche para recordar. Una noche en la que siguieron tocando Sonará en todas partes con su clásico «para pa pa pa papapa», El contornos de tus miedos, donde de nuevo su música planeó sobre el escenario de una forma contundente y mágica, lo que les llevó sin apenas tocar el suelo hasta la parte final del concierto de la mano de temas como NADA —otro de su pelotazo que ayer fue plasmado sobre el escenario de una forma más pausada, pero igual de intensa—, Ya no estamos para gilipolleces, Volver a esa paz o Rodamos su road-song que ayer rescataron como hacían años atrás para cerrar esta primera parte de su actuación. Una canción que ayer se convirtió en un magnífico travelling de momentos e imágenes irrepetibles. 

Comenzaron el bis con Más suerte, otro de sus, hits donde Nando Robles nos hizo una gran exhibición de lo bien que toca el bajo con Jorge Guirao y Sean Frutos de rodillas para acrecentar la capacidad onírica del concierto y Fran Guirao al fondo con su eléctrica batería, lo que les sirvió para interpretar Quiero equivocarme y después su futurista 2502 que acaban en un ritmo alto que lleva a Jorge a abandonar el escenario y desplazarse por la platea donde se cae al no ver el escalón que separa a las butacas del suelo. Tras ese impasse volvieron en un segundo bis con Rincón exquisito que, como en Nivel inexperto, fue coreada a pleno pulmón por todos los asistentes en una versión más enriquecedora, si cabe, de sonidos más maduros y atrayentes, que tras un larga y extendida versión fue el punto  y final de un concierto que acabó con una larguísima ovación de varios minutos, de un público totalmente entregado a un sueño: Second. 

Tras este viaje emocional y exquisito, solo nos queda decirles al grupo murciano que tras ese sabor a despedida que nos dejó el concierto de ayer aún nos encontraremos con ellos. Eso sí, lo haremos al otro lado del horizonte, donde las canciones nunca dejan de sonar, pues su eco es infinito, y porque como dijo John Keats en el inicio de su poema épico Endymion: «Algo bello es un goce eterno».

Ángel Silvelo Gabriel. 

Foto: África Silvelo

 

jueves, 26 de enero de 2023

MARGUERITE DURAS, NADA MÁS: EL ÚLTIMO GRITO DE UNA MÁSCARA QUE SE DESPEGA DE SU CUERPO



Antes de que Leteo se lleve por delante toda nuestra vida, nos queda una última posibilidad de intentar vencer al olvido: una de ellas es la de dejar un testimonio escrito de ese adiós. Como nos dice Marguerite Duras en Nada más: «Escribir es hablar y callar». Y ella lo hizo. Primero habló mediante el último y amargo poema de la vida que representa este libro de la soledad, la vejez, la decadencia y el amor. Un último grito de una máscara que se despega de su cuerpo. Y, después, calló. Calló para siempre cuando escribió: «Lo amo. Hasta pronto». El amor hacia su pareja ya está implícito desde el inicio, en las dedicatorias: «Para Yann. Nunca sabemos de antemano lo que escribimos. Date prisa: piensa mí». «Para Yann, mi amante de la noche». «Firmado: Marguerite Duras, la amante de ese dorado amante». El amor. El desamor. La necesidad del otro. El odio. Todo está condensado en esta recopilación de frases que se estructuran como un poema deshilachado, confuso, repetitivo y elíptico, que el propio Yann fue recopilando en un cuaderno. Días, horas y fechas que se trasponen unas a otras bajo el signo del que se sabe cerca del final, y cuyo máximo valor reside ahí, en la batalla que la mente inicia frente al cuerpo. Batalla que también es la del deseo contra la adversidad. De la añoranza del amor. De la vida que todavía huye de la muerte. Frases que recopilan y homenajean a una buena parte de su obra, tanto literaria como fílmica, y que nos sirven de huellas a la hora de seguir este último camino hacia el abismo. Un abismo ante el que Duras no se rinde y ante el que pelea aunque sea contra sí misma y su biografía. Su padre muerto cuando ella era una niña. Su madre, primero repudiada y luego añorada. Su hermano mayor, el preferido. Indochina. Sus amantes. El amor. Y Yann. Siempre Yann, su último gran vínculo con la vida: «Ven. Vente al sol, por tenue que sea». 

Nada más es un testamento que fusiona la literatura y la vida, por más que su autora diga: «Pasarte la vida escribiendo te enseña a vivir: no te salva de nada.» De ese aprendizaje Duras sabe mucho, pues su obra, como muy bien nos recuerda Valentín Roma en uno de los dos epílogos que contiene el libro: «Todas las historias de Marguerite Duras se desarrollan alrededor de una pérdida». Pérdidas que se transforman en una expedición al epicentro oscuro y demoniaco de la vida. Viaje de ausencias, descreimientos, pérdidas y amores. Singladura de una sinfonía que representa el último grito de una máscara que se desprende de su cuerpo.  

Ángel Silvelo Gabriel.