viernes, 20 de marzo de 2026

HAMMERSHØI, EL OJO QUE ESCUCHA EN EL MUSEO THYSSEN BORNEMISZA: LA MAGIA DE LO QUE NO SE VE


 

Hay muchas formas de retratar la realidad y lo que la rodea. El juego de la luz sobre el objeto es una de ellas. Luz que ejerce como una anfitriona que nos muestra lo que, en este caso, el pintor quiere que veamos. A través de ella, Hammershøi intenta seducir al espectador mediante una combinación de velos y transparencias con los que dota a sus composiciones pictóricas de una armonía intrigante. En ellas, primero está el cuadro en sí y, tras esa matérica evidencia, se halla la magia de lo que no se ve, pues esa es la sensación más potente que nos queda tras contemplar sus cuadros, en los que a veces, la nebulosa de sus composiciones sobre un fondo gris claro contrasta con las vestimentas negras de sus retratados —un magnífico juego de contrastes entre claroscuros—; y otras, dotando a sus obras de una narrativa en la que seducción que poseen tanto los objetos que pinta como las personas que llenan los espacios vacíos de las estancias donde son situadas, logran transmitirnos una sensación de misterio e intriga que nos invita a pensar quién o quiénes estuvieron en las escenas donde sólo hay objetos, o por qué están allí, o de dónde vienen o a dónde van en los cuadros donde salen personas, muchas veces de espaldas, lo que contribuye aún más a la percepción del misterio y la intriga que evocan. Para hallar ese punto de inexactitud entre el asombro y la proximidad, el pintor danés se alejó de las corrientes simbolistas, el expresionismo y los inicios del cubismo, lo que de algún modo hizo que tras su muerte decayera en el olvido hasta su recuperación en los años ochenta. Primero en Dinamarca, y luego fuera de ella. 

En la exposición El ojo que escucha que se exhibe en el Museo Thyssen Bornemisza en su sede de Madrid, asistimos al equilibrio de unas composiciones armoniosas donde el pintor danés, en su faceta de director de escena, amplifica la plasticidad de sus cuadros de interiores mediante puertas abiertas que posibilitan y facilitan el paso de la luz, o a través de la materialidad de los rayos del sol que se proyectan en las habitaciones cuando colonizan la seductora transparencia de unas ventanas que ejercen de testigos mudos de aquello que contribuyen a iluminar. Ambos, son sólo dos ejemplos de la capacidad que tiene la luz con la que Hammershøi dota a sus cuadros y difumina los objetos sobre los que se posa —una característica pictórica que intensifican sus pinceladas cortas— y que nos hablan de esa posibilidad, o más bien necesidad, de búsqueda de la huidiza luz en la fría Copenhague donde las tonalidades del mar y el cielo se fusionan a la hora de crear imágenes y vidas en las que el ojo que escucha explora la magia de lo que no se ve. 

En su faceta más existencial, El ojo que escucha, nos muestra personajes que, al no delatar sus emociones con sus gestos, consolidan la relación que el silencio tiene con sus obras. Un silencio que no resulta anodino, sino que trabaja su relación con aquello que se nos quiere transmitir, y que, en esta ocasión, busca auxilio en la conjunción del color blanco y sus distintas tonalidades que van desde el crudo más pálido al brillo más intenso como si se tratasen de una partitura musical que explora una melodía de notas similares, pero no iguales. Y de ahí, surgen un equilibrio y una armonía a los que siempre podremos acudir como mejor opción a la hora de abandonar por un pequeño espacio de tiempo el ruidoso mundo que nos rodea. Un mundo despojado de la calma plástica que posee la pintura metafórica de Hammershøi. 

Ángel Silvelo Gabriel.

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