lunes, 18 de enero de 2010

ANGELINA O EL HONOR DE UN BRIGADIER, DE ENRIQUE JARDIEL PONCELA


Una novísima y moderna sala (teñida de un difuminado color verde que le da nombre), y que muy oportunamente Juan Carlos Pérez de la Fuente en la presentación de la obra aprovechó para pedir ante las autoridades presentes, que se cambiara el nombre por el de Jardiel Poncela, daba cobijo el pasado domingo en su última representación, a un elenco de doce actores que linterna en mano, y de una forma tan sencilla como eficaz, se presentaban ante el público, dándonos pistas de que estábamos ante una nueva y arriesgada apuesta de este genial director teatral que derrama ansias y ganas de teatro por todos los poros de su piel.

De Angelina o el honor de un brigadier se pueden decir muchas cosas, casi todas buenas, y una de ellas, que es una magnífica ocasión para que se acerquen al teatro aquellos que no son asiduos a esta rama del arte con mayúculas. Obra en verso que pone de manifiesto el genio sin límites de un autor injustamente denostado durante mucho tiempo en su país, y que arranca en muchas ocasiones una carcajada sincera y sin esfuerzo, y en otras, deja notas mayúsculas de un ingenio y una gran altura a la hora de crear diálogos y situaciones como la del Brigadier cuando intenta hallar el tiempo adecuado del verbo corroer, lo que nos hacen ver, que estamos ante un gran dominador de la lengua y el lenguaje, aupándole a ser uno de los grandes de la comedia.

Juan Carlos Pérez de la Fuente, otra vez rompe los moldes prestablecidos en su concepción de lo que hoy debe ser una obra de teatro, y lo pone de manifiesto en primer lugar, no tanto en la elección de los actores como en la de los personajes que asigna a cada uno de ellos, pues algunos son muy populares para el gran público y nos los presenta en otros registros, lo que sin duda enriquece la obra. Del mismo modo, que en la escenografía recupera las telas pintadas y soluciones sencillas como la flexible tapia de cementario, y ese guiño al autor con sendos candelabros a cada lado del escenario.
En cuanto a la interpretación, a resaltar un magnífico Jacobo Dicenta, con un monólogo al inicio de la obra en el que compara a la mujer con la ceniza de su cigarro. Escena que nos coloca en antecendentes de este gran actor, que obtiene su réplica en el Brigadier (Chete Lera) muy convincente en su papel de marido y padre deshonrado.

Angelina nos sitúa en la España de 1880, a un paso del gran desastre del 98, pero los temas que trata son universales: el honor, el amor, la pasión, la infidelidad, las relaciones de matrimonio y las relaciones padre e hija.

En definitiva, una excelente obra de teatro magníficamente dirigida.

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