viernes, 10 de junio de 2011

CONCIERTO DE NUDOZURDO EN LA SALA ROCKITCHEN DE MADRID: CONSTRUCTORES DE ATMÓSFERAS MARAVILLOSAMENTE ENVOLVENTES E HIPNÓTICAS.




Las sensaciones que la música de Nudozurdo te produce nada más escucharles, son una perfecta fusión de estadios sonoros que tienen la maravillosa capacidad de construir atmósferas que una y otra vez te desplazan hacia ese lado más sensitivo y oníricamente destructivo, donde poder expresar libremente esa versión hedonista y bella de la derrota, en el caso que uno sea un acérrimo aliado de esa dualidad estética y sensorial. Etiquetas aparte, ese estudiado y premeditado distanciamiento verbal entre Nudozurdo y su público (no se dirigieron a los asistentes en toda la noche) se torna en una apasionada cercanía cuando comienzan a tocar y crean sonidos plenos de una oscuridad enigmática y viajera, porque su propuesta musical se comporta como un plácido y enigmático viaje por tierras profundas, esas que no transitamos en nuestra vida normal, convirtiendo a su música en falsos espejismos que al terminar nos depositan en una nueva crónica de flashes apagados.

Esa crónica viajera, comenzó con Viaje hacia Minsk, un claro ejemplo de ecos evanescentes que se propagaban en medio de las oscuras sensaciones a las que Leopoldo Mateos (voz y guitarra) nos invitaba, y que planeaban como una intensa niebla sobre el escenario para ir a depositarse sobre el público, y que no se marcharon cuando iniciaron Golden Gotelé en una clara demostración de un sonido portentoso, ese que atesoraban las grandes bandas de principio de los años ochenta, porque como si un caleidoscopio musical se tratara, el setlist que anoche eligió Nudozurdo, se compuso de un perfecto equilibrio entre el pop español sucio y vibrante de inicios de los ochenta (una voz descarada a lo Eduardo Benavente de Parálisis Permanente, y un sonido post-punk cercano a los primeros Golpes Bajos); una buena ración del post-punk colindante con Joy División, y esa otra parcela que tan bien atesoran Nudozurdo a medio camino entre el post-rock alemán de los setenta y de las grandes bandas de inicios de los ochenta con ecos transparentes de The Edge en la guitarra de un más que sobresaliente César de Mosteyrín, pero que en Culpas Perfectas, nos retrotrajo aún más en el tiempo, llevándonos hasta un dúo de guitarras estilo The Shadows, cuando se lanzaron a perseguir ese reflejo que es capaz de desnudarnos ante una melodía que transita entre las líneas que nos dejan las marcas de guerra.

Kamikaze fue un disparo directo a la línea de flotación de nuestros sentidos, traspasando los límites de la realidad para situarnos en el terreno de los sueños. Una herida que se transformó en desgarro en Prometo Hacerte Daño, que fue el inicio de un ataque al que el público asistente respondió con aplausos y otras muestras de agradecimiento en Ha sido divertido, coreando en las primeras filas el estribillo: “lo siento, es lo único que puedo decir”. Un efecto que lejos de difuminarse se convierte en una magnífica desintegración sonora en Ganar o Perder, con una intensidad controlada, y plena de instantes perfectos (“en tus labios hay una flor”) acompañada de una progresión-regresión instrumental que nos acuna los oídos, y que sigue a flote en Prueba Error y No me Toquéis, para volverse en puro integrismo en Dosis Modernas, donde baja el ritmo pero no la intensidad, convirtiéndose en una canción donde la guitarra de César nos invita una y otra vez a seguirla con esas dosis de hipnosis profundas en las que caemos rendidos, y que se resuelven en dos de los puntos álgidos de la noche y fin del concierto, Dentro de Él (con una trepidante melodía que busca darnos aquello que nos hace falta), y El Hijo de Dios (donde siguen las coordenadas ochenteras con un intenso ritmo medio que en algunos pasajes nos llega a recordar a los Talking Heads y su mediático David Byrne en la forma de cantar la canción).

Paroxismos aparte, el bis nos atraviesa los sentidos en forma de pop, con melodías imposibles de parar, que se amparan en esa forma tan particular como espectacular de tocar la guitarra de César, que en Mil Espejos se convierte en una mágica melodía, plena de luz y que desborda los sentimientos de sus fans, que caen derrotados ante la batalla sonora que Nudozurdo les ha planteado, en una magistral secuencia de sonidos atmosféricos, envolventes y arrebatadores, que funden en Negativo con una aceleración eléctrica trepidante, lo que se convierte en un grito de guerra con el que acaba el concierto, donde la pulcritud ejecutora y constructiva de emociones, estadios e imágenes de Nudozurdo sale victoriosa.



Crónica de Ángel Silvelo Gabriel

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