jueves, 31 de octubre de 2019

JOHN KEATS (LONDRES, 31 DE OCTUBRE DE 1795-ROMA, 23 DE FEBRERO DE 1821), EL POETA QUE MEJORÓ EL SONETO SHAKESPERIANO HASTA LA PERFECCIÓN: UN RECUERDO EN SU 224 CUMPLEAÑOS



Aparto la mirada de la ventana, y con ello, intento engañar al horizonte que, más inteligente que yo, me recuerda que esta vez recibí al otoño en alta mar, en un lugar y de una forma muy distintos a como siempre lo había hecho. Sin embargo, enseguida me doy cuenta de que, a pesar de todo, el otoño se presentó ante mí cargado con su característica y tenue melancolía. ¿De nuevo soy reo de la melancolía?, pero el sonido de los primeros carruajes sobre las calles de Roma me devuelve a esa realidad de la que ansío escapar. Y pienso, para darle un merecido descanso a mi alma, que en esta ocasión aunque mis ojos no contaban con el auxilio de los árboles teñidos de rojo para saborear el letargo de mis sentimientos, fueron conquistados por un mar pigmentado de azules verdosos que, a modo de aguja, tejieron mis sueños. Y lo hicieron, hasta que esa capa, con la que cubrí en vano mis temores, un día fue descubierta por Severn que, para tranquilizarme, me dijo que no perdiera el tiempo intentando imaginar árboles despeinados sin hojas, porque en mitad del océano me tenía que dedicar a diferenciar el viento suave y cálido del brusco y frío. Lejos de adivinar el designio de los consejos de Severn, mi falta de conocimientos marinos me aislaron por completo de ese gozo eólico. A pesar de todo, no desfallecí, y lo intenté de nuevo buscando en el fondo de mi memoria, y repasé los múltiples contratiempos que nos dificultaron el paso por el Canal de la Mancha como antesala del temporal que nos persiguió a lo largo y ancho de la bahía de Vizcaya, lo que me llevó a exclamar: “el agua se separó del mar”. De ahí, pasé a leer la descripción de la tormenta del Don Juan de Byron, pero en ella tampoco encontré lo que buscaba, hasta que tropecé con Homero que, en la Odisea, concebía un mundo que estaba rodeado por Océano, padre de todos los ríos, mares y pozos. «Épica odisea», pienso; una majestuosa aventura que no es la mía, pues yo no regreso a mi casa, sino que huyo de ella. «He de morir lejos de mi lúgubre Inglaterra, al lado de naranjos que difuminan las sombras con una fragancia de azahar que suaviza el olor de la muerte»>, le digo a mis pensamientos. (Extracto de la novela, Los últimos pasos de John Keats, de Ángel Silvelo Gabriel).



III

¿En dónde están los cantos de Primavera? ¡Ay! ¿Dónde?

No pienses más en ellos, tú ya tienes tu música,

cuando cirros florecen el día moribundo

y tiñen de violeta los campos de rastrojos;

y en coro plañidero se quejan los mosquitos

en los sauces del río, alzándose o hundiéndose

al ritmo en que la brisa se aviva o se consume;

y balan los corderos con fuerza en las colinas,

canta el grillo en el seto, y con agudo trino

el petirrojo silba desde el rincón del huerto;

y en el cielo reunidas gorjean golondrinas.

(John Keats, fragmento de Oda al otoño)



Ángel Silvelo Gabriel.

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