jueves, 9 de enero de 2020

JAIME GIL DE BIEDMA Y BARCELONA: UN IDILIO TRÁGICO Y POÉTICAMENTE SALVAJE.



Cuando las primeras luces del alba todavía no se adivinan por el horizonte más lejano del Mediterráneo, Jaime Gil de Biedma regresa a su casa, y lo hace atrapado por esa soledad que la madurez ya no le permite volcar en un papel en forma de poema. No es la ausencia de los demás la causante de esa sensación, sino ese manto que recubre a sus días y le hace sentirse como un extraño dentro de sí mismo. Un limbo existencial que se asemeja demasiado a esa triste dualidad que le acoge desde que tenía tres años y que no le deja vivir en paz. Esa desazón que, desde ese día, le condenó a estar solo. Ese vivir a secas que, al caer la noche, ha intentado desahogar en las alcantarillas de la vida, donde nada ni nadie podían encontrarle, ni siquiera él a sí mismo. Ahí es donde ha forjado, a golpe de yunque y de pasiones desatendidas, esa leyenda que comenzó cuando dijo eso de: "yo prefiero ser poema y no poeta", para que de esa forma, pueda más lo que el poema dice que lo que el poeta escribe. Y mientras esto piensa, Jaime Gil de Biedma se encuentra con la sinuosidad del tiempo reconvertida en regresos cargados de despedidas, y todas, en la mayoría de las ocasiones, tienen un mismo denominador común: Barcelona. De ahí, que en esa geografía de la huida no esté del todo solo, pues su domicilio de la calle Aragón primero, o esa esporádica visita al Barrio Chino en una noche de San Juan, cuando apenas había dejado de ser un niño, después, también son parte de esa otra vida, aquella que Barcelona le ha obsequiado plena de sonidos, aromas y costumbres burguesas de las que siempre ha querido escapar. Esa doble vida que acababa a las ocho de la tarde, y que desde casi siempre, le ha acompañado como una amante a quien no se le ha pedido que nos rinda pleitesía. Es entonces, cuando de esa lejanía surge un idilio trágico y poéticamente salvaje, pues aquello que no se transforma en pasión carnal desaforada deviene en amor platónico; ese amor en el que los deseos son una especie de sueño que se resiste a acabar. En esa deriva infinita es en la que el poeta descansa del hombre: “Eran las noches incurables y la calentura./ Las altas noches de estudiante solo/ y el libro intempestivo/ junto al balcón abierto de par en par (la calle recién regada desaparecía/ abajo, entre el follaje iluminado)/ sin un alma que llevar a la boca”. (Extracto del poema Noches del mes de junio). Aquí es donde la cordial y segura pluma del día, cambia, y se convierte en la intempestiva pluma que rasga las hojas de una libreta que le acompaña durante la vigilia de la noche, a la que él acompaña de un cigarrillo y un vaso de whisky con hielo. Siempre pensó que vivir era tan importante para un creador como su propia obra, por eso, nunca se cansó de vivir intensamente, porque como decía Heráclito: el tiempo es ese niño que mueve los peones. Aunque eso fue antes y no ahora que, al quitarse la gabardina de vuelta a casa, se le antoja que es como esa última estancia de paso que deja su cuerpo desnudo al descubierto, por más que este se refugie bajo un traje de chaqueta sin corbata. Es la desnudez que le acoge a aquel que ya siente cerca el final, y que sabe que todo lo ha dicho, bien lo sabe él. Solo contra el tiempo, eso es todo.

"De qué sirve, quisiera yo saber, cambiar de piso,
dejar atrás un sótano más negro
que mi reputación -y ya es decir-,
poner visillos blancos
y tomar criada,
renunciar a la vida de bohemio,
si vienes luego tú, pelmazo,
embarazoso huésped, memo vestido con mis trajes,
zángano de colmena, inútil, cacaseno,
con tus manos lavadas,
a comer en mi plato y a ensuciar la casa?

 (Extracto del poema Contra Jaime Gil de Biedma)

¿De quién despedirse y para qué?, se pregunta mientras va caminado en la voluptuosidad del cuerpo de la noche, que se desplaza sobre sus pensamientos como años atrás lo hacían sus ocasionales amantes, a los que Barcelona difuminaba como un dedo lo hace sobre el carboncillo impregnado sobre un lienzo. ¿De quién despedirse y para qué? se vuelve a preguntar, esta vez el poeta, porque si de algo está seguro es de que todo lo ha dicho y todo lo ha sentido, ya sea en el fragor de una batalla carnal o en la experimentación de los versos que un día adornaron su vida "En el calor, tras la espesura,/ vuelve el río a latir/ moteado, como un reptil./ Y en la atmósfera oscura/ bajo los árboles en flor,/ —relucientes, mojados,/ cuando a la noche nos bañábamos—/ los cuerpos de los dos". (Extracto del poema Días de Pagsanján). El amor quedó muy atrás, apenas en sus recuerdos, como una carta que, al sacarla del cajón, desprende el olor del perfume con la que un día fue rociada, eso sí, proporcionándonos ese aura de felicidad que se diluye en apenas un instante. «Días de vino y de rosas que ya no volverán», piensa. Y a medida que avanza el hombre, las Ramblas se abren paso bajo sus pies, dejando atrás el edificio de la Compañía de Tabacos del número 109 -excusa y trampa a la vez de toda una vida, la suya-, para a partir de ahí solo prestar atención a esa proximidad del mar que intuye en la brisa que le acoge poco antes del amanecer. La proximidad del mar... el mar y el agua como la metáfora que se convierte en la mejor compañera de aquello que ahora tiene como lo único cierto en este infinito paseo nocturno por sus recuerdos. "¿A qué vienes ahora,/ juventud,/ encanto descarado de la vida?/ ¿Qué te trae a la playa?/ Estábamos tranquilos los mayores/ y tú vienes a herirnos, reviviendo/ los más temibles sueños imposibles,/ tú vienes para hurgarnos las imaginaciones.

De las ondas surgida,/ toda brillos, fulgor, sensación pura/ y ondulaciones de animal latente,/ hacia la orilla avanzas/ con sonrosados pechos diminutos,/ con nalgas maliciosas lo mismo que sonrisas,/ oh diosa esbelta de tobillos gruesos,/ y con la insinuación/ (tan propiamente tuya)/ del vientre dando paso al nacimiento/ de los muslos: belleza delicada,/ precisa e indecisa,/ donde posar la frente derramando lágrimas". (Extracto del poema Himno a la juventud).

«El agua te exonerará de todos tus pecados, y el mar te cobijará como una nana sonora que solo oyen los más pequeños», se dice, para quitarle dramatismo a su final, mientras se le dibuja una sonrisa cínica de diablo en su boca, y que esta vez ahuyenta las lágrimas de sus ojos. Pero él sabe mejor que nadie que, la decadencia que le acoge, le hace sentir que hubo una vez en la que todo fue diferente, y ya sin miedo, puede decirse a sí mismo eso de: confieso que he vivido. Lo que no le impide resistirse a llegar al final, su final, a pesar de que cuando mira al horizonte es capaz de adivinar la tenue sombra del nuevo día, que ya se intuye en el silencio no declarado de los deseos rotos, por no vividos; y angulosos y enrevesados, por olvidados. Jaime Gil de Biedma todavía no quiere llegar a la orilla y aceptar que le ha llegado la hora de marcharse. «¿Dónde empezó todo?», se pregunta. Quizá en los bares de la calle Escudilleras o en la Bodega Bohemia o en el Hotel Cosmos, pero él sabe muy bien que no, porque ni siquiera su primera noche en el burdel de la calle Ríos Rosas fue el inicio de su doble vida. La necesidad de explorar su otra vida se la dio Estapé cuando le aconsejó que escribiera versos en un interminable paseo, ¡que se le parece tanto a este!, y que sin quererlo le provoca un estremecimiento. Todo se resume a esto, a la mera transformación de un cuerpo que se convierte en alma, como la vida se transmuta en poema. «Los poemas de la experiencia», se dice, sin dejar de pensar en aquella noche y en ese largo paseo desde el restaurante de la Avenida Roma hasta su casa y viceversa, y así hasta el infinito, pues esa fue la sensación que tuvo al compartir el que hasta entonces había sido su secreto. La poesía necesita de esas experiencias, bien lo sabe él ahora, de esas confesiones, después de las cuales, uno no es el mismo, pues ha dejado parte de sí en las palabras que han salido por su boca. «Palabras extrañas que no suenan igual ni significan lo mismo en el eco de nuestros pensamientos que cuando las oímos a través de nuestra boca», piensa. Empieza por los sonetos, le dijo Estapé, que son lo más jodido. Y ese fue el inicio de una parte de ese todo tan inmenso que es la otra vida, pues sus poemas empezaron a ser ese púlpito al que subirse para dirigirse a una sala vacía, porque tal y como él mismo dijo en uno de sus primeros poemas: "yo nací en la época de la pérgola y el tenis".

«¿Qué fue de la fiesta?», se pregunta. "Te acompañan las barras de los bares/ últimos de la noche, los chulos, las floristas,/ las calles muertas de la madrugada/ y los ascensores de luz amarilla/ cuando llegas, borracho,/ y te paras a verte en el espejo/ la cara destruida,/ con ojos todavía violentos/ que no quieres cerrar. Y si te increpo,/ te ríes, me recuerdas el pasado/ y dices que envejezco". (Extracto del poema Contra Jaime Gil de Biedma). Porque nada detesta más que sus propias arrugas, de ahí que lo que más le hubiese gustado, antes y ahora, es que su retrato envejeciera en un desván y condenar al paso del tiempo a permanecer dentro del armario del olvido. Nunca quiso envejecer ni tampoco estar solo, y sin embargo... Bien lo sabe él, la edad madura es una edad tonta donde te pasas el día angustiado, porque piensas que te vas a morir. Lo mejor de la decadencia es retrasarla, como el momento del orgasmo. ¿Gauche Divine?, ¡qué nombre más inocente!, tan atrapado por los convencionalismos burgueses que apenas si le producen una leve mueca en su boca. «La política y sus puritanismos conceptuales que no sirven para nada», piensa. En este interminable paseo por las noches de su vida, Jaime Gil de Biedma casi ha llegado frente al monumento de Colón que, con su brazo en alto, le  indica el camino que no debe coger. Y mientras piensa en aquello que dijo hace tiempo: la naturaleza evoca lo que es igual a sí mismo y la realidad es cambiante, primero arroja su gabardina al suelo y luego se quita la chaqueta que también aleja de su cuerpo. La brisa del Mediterráneo le acaricia el cuello, desprotegido por su camisa a medio abrochar, y sigue en su camino porque sabe lo que le aguarda. Y lo hace mientras piensa en su padre: "¿Qué me agradeces, padre, acompañándome/ con esa confianza/ que entre los dos ha creado tu muerte?/ No puedes darme nada. No puedo darte nada/ por eso me entiendes". (Poema, Son pláticas de familia). Después gira su cabeza a la derecha e intuye El Raval, donde tantas veces fue feliz en sábanas ajenas sin necesidad de reproches, pero gira a la izquierda y dirige sus pasos hacia la Barceloneta, porque no quiere dejar huellas de este su último recorrido por la noche de Barcelona. Y llega a la playa, a la orilla del mar, donde se desnuda despacio, mientras mira al horizonte por el que se dibuja la luz de un nuevo día en el que él ya no estará. «Solo hay una forma de vivir la poesía, y esa forma es cuando eres joven, luego ya nada importa, sino ir dejando pasar el tiempo en un lento devenir de los días, en los que muchas veces estaremos solos», piensa. Y antes de sumergirse definitivamente en el agua, se dice a sí mismo: quizá sea verdad eso de que soy el último de los románticos.

"Que la vida iba en serio

uno lo empieza a comprender más tarde

como todos los jóvenes, yo vine

a llevarme la vida por delante.

Dejar huella quería

y marcharme entre aplausos

-envejecer, morir, eran tan sólo

las dimensiones del teatro".

(Extracto del poema No volveré a ser joven)
Ángel Silvelo Gabriel

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