lunes, 16 de marzo de 2020

SAMANTA SCHWEBLIN, DISTANCIA DE RESCATE: UN MODERNO PROMETEO QUE NO SURGE DEL AMOR SINO DEL MIEDO



Dar vida a la muerte. Trazar las coordenadas de una nueva vida con el afán de saltarnos la mayor de las desgracias. Y ser capaces de transformar el destino que nos había sido dado para convertirlo en el de otro. El de aquel que nunca sospechamos que existía y, mucho menos, que fuese el culpable de todo. De esa nueva vida no escrita ni sentida. Desde que Mary Shelley dio vida a su Frankenstein o el moderno Prometeo han sido muchos los que han intentado resucitar a ese otro que uno mismo no sabe que se encuentra dentro de sus entrañas. En este sentido, si obviamos el caso de Mary Shelley, los efectos literarios y los recursos de la ficción que han hecho el esfuerzo imposible de llegar a diseñar la inmortalidad de una forma épica, pero también insatisfactoria, han sido infructuosos. Anodinos, a veces. Por poco creíble. O insulsos. En Distancia de rescate, Samanta Schweblin, de algún modo, recrea esa necesidad de ser otro dentro de uno mismo con la intención de revelar con otros ojos y otros miedos el abismo de la vida que surge del pánico que nos persigue día a día. El terror a perder aquello que más queremos es una fuente inagotable de inseguridades que nos van destruyendo poco a poco sin que seamos capaces de parar el desastre que ese monstruo interior nos produce en nuestro universo. Universo que, en Distancia de rescate, se sostiene a través del diálogo entre Amanda y David. David, el niño que nace de la transformación más primitiva del universo y que pone en jaque a Amanta, la madre de Nina y el personaje adulto que sucumbe al empuje y la determinación de un niño con el poder de los gusanos. Unos gusanos que representan el poder de la destrucción y la muerte. A medio camino entre la distopía, la ciencia ficción y las novelas de terror, Samanta Schweblin da a luz a una nouvelle en la que reinterpreta de una forma más profunda, si cabe, esos universos de tensión con grandes dosis de terror que capitanean a sus relatos, y que en Distancia de rescate, no acaban de romper como en éstos, sino que más bien se conforman con un sinfín de putos suspensivos cada vez que finaliza una de esas escenas o instantáneas de incertidumbre que dan paso a un nuevo episodio de esta historia de soledades y miedos, por otra parte, muy bien retratados en la inmensidad de unos campos de soja, las piletas que lo destruyen todo y esos caballos que dejan de ser lo que son. La pulsión estática de los sentidos es otra de las características de esta obra, de alguna forma inconclusa e indeterminada a la vez que, sin embargo, trata de forzarnos los sentidos y la imaginación a medida que avanzamos en su lectura. Territorios cenagosos e indeterminados que nos obligan a admitir todo lo extraño que hay en el mundo. Un mundo extraño y extrasensorial, pues el poder de los personajes nos llevan desde el silencio a la fatalidad, mediante una serie de recursos que transitan en una sobrecogedora caja de resonancias y repeticiones, a veces; y en la inmediatez de lo inexplicable que desemboca en las figuras tan inertes como ciertas del terror que nuestra mente es capaz de reproducir ante lo desconocido, en otras.



Samanta Schweblin se estrena en el mundo de la novela con esta Distancia de rescate. Una cuerda infinita e invisible que es capaz de ahorcarnos sin llegar a matarnos, y que también resurge una y otra vez de esas cenizas que necesitan de lo imposible para ser reales sin necesidad de serlo, y aunque tan solo lo consigan en la mente de los lectores que se acerquen a ella, pues el universo creado por Distancia de rescate es el de un moderno Prometeo que no surge del amor sino del miedo. El miedo a uno mismo.

                                                       

Ángel Silvelo Gabriel.

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