jueves, 5 de marzo de 2020

VICENTE VALERO, ENFERMOS ANTIGUOS: LO ENTRAÑABLE Y LO LEJANO VISTO DESDE LOS OJOS DE LA INFANCIA



Revisitar la infancia a través de la mano de la madre. Madre que nos lleva consigo al mercado, a la playa, a la escuela…, y a visitar enfermos. Esa mano que, en nuestra infancia, todo lo abarca y casi todo lo aprueba, le sirve de nexo de unión a Vicente Valero para reforzar la visión de sus vivencias en la isla de Ibiza en esos años setenta, llamados del tardo franquismo, que en una isla se encuentran como más atenuados o aletargados y, quizá, perdidos hasta que la llegada del turismo que lo alteró todo. En esa indiferencia insular asistimos a la narración, siempre limpia y equilibrada, del escritor mallorquín que, en apariencia, sin apenas quererlo, nos muestra todo aquello que rodea a un niño que está dejando de serlo. Una frontera de incertidumbre, la que separa infancia y adolescencia, que el protagonista de Enfermos antiguos intuye de la mano de su madre tras cada visita a un vecino, pariente, amigo o profesor. Una adolescencia que poco a poco se va apoderando de su mirada y de ese alma que necesita de otras respuestas a sus preguntas. La excusa a la hora de narrar los orígenes de ese niño, encuentra la excusa perfecta en el periplo y las costumbres que llevan aparejadas las enfermedades de sus mayores o compañeros de colegio. Todos ellos variopintos y singulares, y sin duda, capaces de desplegar un sinfín de matices sociales, políticos, familiares, afectivos y hasta artísticos que los asemejan a un perfecto caleidoscopio de imágenes que representan el paso hacia la edad adulta que su protagonista desglosa mediante lo entrañable y lo lejano visto desde los ojos de la infancia. Unos ojos ávidos de sorpresas y acontecimientos, como son todas aquellas anécdotas que Valero nos va desgranando a lo largo de la narración de esta novela breve cargada del simbolismo ancestral que representa la posibilidad de la muerte cuando uno está enfermo. Una condena de la que sin embargo escapa su autor con buenas dosis de humor, travesuras y esa forma tan peculiar que tiene de cerrar los capítulos de sus novelas, pues en apenas unas pocas palabras o un párrafo es capaz de dotarlos de una trascendencia y una inquietud admirables.



Vicente Valero en Enfermos antiguos vuelve a enfrentarse a su vida y, sobre todo, a su familia, como ya hiciera en la memorable Los extraños o Las transiciones. Y lo hace con la magnitud del que busca en lo más sencillo la singularidad de aquellos recuerdos que nos moldean la vida sin darnos cuenta. Esa similitud entre lo cotidiano y lo trascendente hacen de su obra un atractivo juego de sinergias que se van amoldando a esa forma tan suya de narrarnos los acontecimientos de unas vidas que son fácilmente asimilables a la de cualquiera de nosotros, pues ese es otro de los rasgos identificativos de su narrativa: la universalidad. Esa universalidad y la yuxtaposición de una cronología caprichosa, como lo son todos los recuerdos, refuerzan sin duda la genialidad de una puesta en escena identificada por su naturalidad y originalidad a la hora de plantearnos situaciones que muchos hemos vivido a lo largo de nuestras vidas y, que en palabras de Valero, alcanzan esa plenitud de la luz que es capaz de iluminarlo todo para mostrárnoslo de una forma diferente. Vidas anónimas que dejan de serlo por el valor plenipotenciario de un escritor que sabe buscar como nadie en los escondrijos de su memoria para crear obras narrativas que son piezas de un mismo conjunto y, sin embargo, particulares en sí mismas. No hay una destrucción del pasado ni una distorsión argumental ni biográfica en todas estas composiciones que lleva años publicando con la editorial Periférica, sino la de una unidad de aquel que explora la vida con una voz singular y única.



Enfermos antiguos se asemeja mucho a uno de esos licores que guardamos en casa para las ocasiones especiales y nos gusta compartir con nuestro mejores amigos. Y, así, Vicente Valero, nos muestra esa parte de su infancia restringida a la singularidad de unas costumbres y una isla que, sin duda, también pasarán a formar parte de nuestro acervo sentimental y literario, pues no en vano, esta novela es un acercamiento a lo entrañable y lo lejano visto desde los ojos de la infancia.



Ángel Silvelo Gabriel.

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