jueves, 25 de abril de 2024

JAMES SALTER, EN OTROS LUGARES: EL MUNDO EN LA PALMA DE LA MANO

 



Cuando uno lee este libro de reportajes literarios y crónicas de viajes cree tener el mundo en la palma de la mano, pues tal parece la ambición viajera del escritor norteamericano. Un James Salter que cautiva con reflexiones inesperadas o frases cortas que definen y describen en un pequeño espacio grandes momentos de la vida. Instantes que tienen el poder de fijar la mirada sobre el todo obviando a la nada. Sobre aquello que de verdad es importante sobre lo que no lo es. Y, por supuesto, de resaltarnos el punto de reflexión que atesora siempre la mirada del escritor que logra atrapar tu pensamiento. A todo ello, hay que añadir el rasgo esencial de la mayoría de las historias, viajes y peripecias que aquí se cuentan: el riesgo. Aquel que le llevó a pilotar un caza de las fuerzas aéreas norteamericanas en su juventud;  a escalar paredes verticales de un grado de dificultad extremo; o a regresar a las pistas de esquí en las que en anteriores ocasiones se había roto el brazo, la pierna o una costilla, porque como nos relata en un viaje a Japón —que hizo con su hijo y un grupo de australianos a los que no conocían y con los que recorrieron una de las islas del archipiélago nipón en bicicleta—: «De vez en cuando lloviznaba. Era una de las mañanas más bonitas de mi vida y bordeaba la costa sin prisas, sin sobresaltos. No tenía pasado ni futuro, lo había entregado todo a la carretera vacía. Abajo, en las rocas, el mar estaba claro y verde. Entre la carretera y la costa había pequeños arrozales, casas azotadas por los elementos, pueblos tranquilos. Yo cantaba mientras pedaleaba, en armonía con la tierra y el cielo» todo nace de la propia entrega que cada uno hace a su vida. Esa entrega que busca la armonía y la esencia que le acompañan en cada uno de sus viajes, ya sea por las calles de París, los castillos del Loira o el sur de Inglaterra, cuando saliendo de Londres inicia una caminata de tres días en la que, entre otros lugares y casas, llega a la de Virginia Woolf, aquella de la que partió para suicidarse. Un matiz literario que para alguien que le gusta la literatura no pasa desapercibido por mucho que Salter nos lo presente de una forma casual; un matiz con el que también adorna sus visitas a los cementerios, o que le hizo residir durante una temporada en un hotel frente al camposanto Pere Lachaise de París. 

No es extraño entonces que, después de leer y adentrarnos en esta experiencia vital y viajera que es Otros lugares, adivinemos por qué Salter tardó tanto tiempo en publicar cada nuevo libro, o simplemente se enrocara en la revisión de sus primeras novelas durante cuatro o cinco años, pues el despliegue de sus experiencias por los Alpes suizos, sus pistas de esquí, y sus hoteles y restaurantes son dignos del mejor escritor de guías de viajes. Lo que también podríamos decir de su afición al alpinismo. O ese regreso a la ciudad más antigua de Alemania, Tréveris, que en nada se parece a la que él conoció treinta años antes. Alejado de su experiencia como aviador, esta vez no deja de pisar el suelo con la firmeza del que va bien sujeto al mundo. Un periplo al que él se expone con lo justo, y ligero de equipaje, como mejor fórmula de regresar a su juventud, pues ese sin duda es uno de sus objetivos: volver a pisar la calma y el orden de los paisajes europeos, sobre todo, los franceses que una vez formaron parte de la vida soñada. Una nómina de búsqueda de sensaciones y recuerdos que también hace extensible a la literatura cuando va a aquellos lugares que sus escritores favoritos frecuentaron, como el hotel Hilltop de Tokio, el preferido de Mishima, y en el que se hospedó en multitud de ocasiones, y unos días antes de su muerte. O su visita a Tánger tras leer a Paul Bowles. Una nómina nómada que, en muchas ocasiones, realiza en solitario como mejor forma de afrontar lo nuevo con la tempestad que le rodea al ser humano cuando se enfrenta solo ante lo desconocido. Esa incertidumbre, sin duda, es una de las huellas que marcan el territorio de este libro libre en su concepción. Heterogéneo en la multiplicidad de experiencias. Y único en cuanto a su forma de ser narrado con un estilo impecable y cercano al resto de la producción literaria de este gran escritor norteamericano que necesitaba fijarse en la vida de sus amigos para crear sus personajes literarios, pues decía que la suya carecía de interés. De esa ambivalencia entre la experiencia y el deseo nace este libro que se pasea a lo largo de toda una vida, y que en un momento dado también llega a su fin, como por ejemplo lo hace el verano: «Ha llegado el final de la estación, tal vez la mejor época de todas, silencio y días perfectos. Una última hora junto al mar. Sobre la arena casi vacía, una pinza de cangrejo, dos niños con su madre, una vitola de puro, una joven desnuda. Ave.» Y tras esa cortina, los recuerdos, aquellos que sin darnos cuenta nos llevan a poseer el mundo en la palma de la mano.  

Ángel Silvelo Gabriel.

lunes, 22 de abril de 2024

UN DELICADO EQUILIBRIO DE EDWARD ALBEE BAJO LA DIRECCIÓN DE NELSON VALENTE: LA FAMILIA ES EL INFIERNO




 

«No amamos a alguien si nunca hemos amado», nos dice uno de los personajes de esta magnífica obra de teatro donde la palabra es la verdadera protagonista. Palabra como hilo conductor por el que todo fluye: el amor, la ira, el alcohol... Palabra como varita mágica que lo alumbra todo y nos anuncia lo que está por llegar y padecer. Palabra como liturgia sagrada que el ser humano nunca debería perder, y también, como sinergia con la que dotar a la vida de sentimientos. La palabra, en definitiva, como ese delicado equilibrio en el que nos movemos como trapecistas sin red que nos acoja en la caída. De ese circo de la vida nace esta obra de teatro, cuyo título, se sumerge en la trastienda que posee toda familia. Retratos del fracaso que, en la sociedad norteamericana de los sesenta y setenta, Albee retrató muy bien a nivel dramático —por ejemplo, con su celebérrima obra de teatro ¿Quién teme a Virginia Wolf? y sus inolvidables Liz Taylor y Richard Burton como protagonistas—, o John Cheever plasmó en sus relatos cortos. En uno y otro caso, el alcohol y sus consecuencias, son unos protagonistas más de las vidas de los personajes retratados y sus acciones. Esa puerta de atrás sobre la que Raymond Carver también incidió en sus famosos relatos, pues todos ellos retratan esa puerta de atrás que da paso al vacío y al descuido. Un espacio vacío en el que la aparición del desastre es el primer síntoma que deviene en el más puro egoísmo, y en ese sálvese quien pueda que nos posee en la derrota. Arthur Miller, Eugene O’Neill o Tennessee Williams a lo largo del siglo XX también nos mostraron las grietas del tormento que fagocita en el corazón de la sociedad norteamericana. Grietas a las que Albee recurre para mostrarnos la levedad de la vida y la de unos personajes a los que les cuesta mantener ese delicado equilibrio que a cada uno de ellos les permita seguir teniendo sus privilegios. Privilegios fatuos y mezquinos, si se quiere, pero privilegios, al fin y al cabo. Privilegios que, al final, devienen en demonios. Demonios que proceden de esa parte oscura que sale a la luz en la presión que nos provoca el miedo. Un miedo que se hace palabra cuando Agnes nos dice: «Nadie escucha y todo se da por hecho». De esa incomunicación emerge la disputa entre unos y otros. Sentimientos y acciones que se manifiestan igual que el universo de los territorios perdidos que Paul Auster novela en El palacio de la luna. De ahí, que Un delicado equilibrio sea la más pura manifestación de las consecuencias a donde nos llevan el hecho de no conocer los límites de aquello que no debemos hacer, por más que uno de sus personajes nos diga que: «El tiempo sucede, ya no queda nada… los huesos y el viento». De esa nada es de la que se nutre el desafío moral que rompe la amistad, el matrimonio y el amor. 

Juan Carlos Pérez de la Fuente, ahora como director del Teatro Fernán Gómez, vuelve a rescatar con acierto el teatro de verdad. Aquel que se sostiene en un buen texto y en grandes interpretaciones que nos devuelven el alma y el sigilo que se mueven en las tablas de los escenarios. En este caso, bajo la dirección de Nelson Valente apuesta por este texto con el que el dramaturgo norteamericano Edward Albee consiguió el Premio Pulitzer en el año 1967. Un texto que, tras la adaptación por parte de Alicia Borrachero y Ben Temple, nos deja entrever y disfrutar de un auténtico espectáculo teatral con mayúsculas. Todas las actrices y actores están muy bien en cada uno de sus papeles, pero sin duda, cabe destacar a una sorprendente Manuela Velasco en su papel de Claire, por su espontaneidad, jovialidad e inteligencia emocional sobre el escenario, mucho más convincente y acertada en su papel que el que Kate Reid realiza en la película homónima dirigida por Tony Richardson en el año 1973 con Katherine Hepburn en el papel de Agnes. Una Agnes que, en nuestro caso, está magníficamente interpretada por Alicia Borrachero con una gran dicción y solvencia sobre el escenario. Toda una directora de orquesta en la que se apoyan el resto del elenco. Tampoco podemos obviar la acertada elección del vestuario y la escenografía de Lua Quiroga Paúl. 

Un delicado equilibrio es un magnífico reflejo de todo aquello que se pone en peligro cuando nos resulta imposible mantener al mismo tiempo nuestro bienestar, el de la familia y la amistad. Pues, para que no sea necesario perder el juicio, como nos apunta Agnes al inicio de la obra, todo debe girar en torno a esa excusa: evitar que la familia se hunda, por más que sea nuestro propio infierno. 

Ángel Silvelo Gabriel.

lunes, 15 de abril de 2024

LA MADRE DE FLORIAN ZELLER EN EL TEATRO PAVÓN: LA DUALIDAD DE LA AUSENCIA, LA SOLEDAD Y EL OLVIDO


 

La grieta está ahí, detrás de nosotros. Al principio no la vemos, pero poco a poco nos acecha sin que apenas nos demos cuenta de su presencia. Pero llega un momento que está tan cerca que reduce el espacio que necesitamos para vivir y hacerlo con cierta libertad. Esa grieta es la que en un momento dado nos asfixia y provoca que ya no seamos aquellos que fuimos. Somos otros. Invisibles para los demás. Extraños para nosotros mismos. Sin embargo, a la hora de echar la vista atrás no somos capaces de adivinar aquello que lo precipitó todo. La inocencia de una madre joven. El alejamiento marital de la pareja. El abandono por parte de los hijos. Sí, ¿qué fue primero la ausencia, la soledad, o el olvido? Si observamos el desarrollo de la acción que nos propone el autor de, La madre, Florian Zeller, adivinamos que ni todo es verdad ni todo es mentira. En ese juego de ambigüedades de escenas que se yuxtaponen y superponen con ligeros matices, los actores tienen que esmerarse a la hora de mostrarnos a través de su dicción esos pequeños cambios en el guion que en ocasiones no existen y por tanto se limitan al tono, a la mirada, o al juego corporal sobre el escenario. Un triunvirato donde su protagonista, Aitana Sánchez-Gijón, sale victoriosa y creíble en el tormentoso juego de palabras y afectos —o su falta— a los que se enfrenta. Si ella sí afronta y vence a esa repetitiva acción de diálogos y palabras, no podemos decir lo mismo de un texto que a medida que avanza arremete contra sí mismo, como si su misión fuese percutir contra un muro. Y de ese tira y afloja es de donde nace la dualidad. La dualidad de la ausencia, la soledad y el olvido. 

La madre, nos muestra una vez más la pigmentación que sufre nuestra vida a medida que ésta avanza. El mundo no se detiene, pero nosotros de alguna forma sí lo hacemos. Ese desfase entre el mundo y nuestra vida nos acaba llevando a una silenciosa resignación que a medida que pasa el tiempo se convierte en la abstracción de unos sentimientos a los que nadie quiere atender. De ahí que, la injusticia que supone la invisibilidad de la generosidad del día a día, se pierda en el olvido de aquellos que dan por sentado que todo está ahí para ser usado o manipulado sin esfuerzo. De esa decrepitud sentimental surge la grieta. Una fisura que poco a poco nos va comiendo por dentro y ya no sabemos cómo parar. Ahí, quizá, esté el mayor acierto del texto de La madre, porque nos trata de mostrar ese desprecio hacia las necesidades del otro de una forma muy acertada cuando combina luz, acción actoral y un margen de equívoco o doble interpretación en el texto que obliga al espectador a estar muy atento para que no se pierda. Una doblez muy contundente cuando se manifiesta en frases cortas como estas:

«—Ten cuidado.

—De qué.

—De ti misma.»

De ahí nace esa lucha contra uno mismo y la invisibilidad ante los demás por más que reivindiquemos nuestro espacio con un llamativo vestido rojo; un estímulo que reclama la belleza de una eterna juventud que ya no nos acompaña. En este sentido, al igual que la luz juega un papel revelador en la obra de teatro con sus tonalidades blancas, amarillas, o azules que van desde el brillo intenso que expresa la exaltación de los sentimientos a la tenue textura que implica la derrota, el director juega con los colores de los vestidos de las actrices como un reflejo más de esa dualidad igual pero distinta que aparece a lo largo de toda la obra, y que incluso se traslada a los movimientos de los actores sobre el escenario —no hace falta más que fijarse en las múltiples entradas que hace Juan Carlos Vellido en el papel del marido para darnos cuenta de esa duplicidad giratoria y envolvente—. 

La madre también representa con cierta desesperación al amor. El amor que una vez fue hallado y más tarde se encuentra perdido. Amor marital que desoye las pautas del deseo, y amor fraternal que adolece de un mínimo de caridad. Y, mientras tanto, la grieta crece y crece hasta echarnos de ese lugar que un día habitamos: «Envejecerá triste y sola». Una demoledora sentencia de una senda que antes ha transitado por la dualidad de la ausencia, la soledad y el olvido. 

Ángel Silvelo Gabriel.

martes, 9 de abril de 2024

AGOTA KRISTOF, CLAUS Y LUCAS: LA CRUELDAD HUMANA GOBERNADA POR UN MUNDO EN GUERRA

 


¿Para qué sirve la literatura? Sin entrar en géneros o estilos podríamos decir que para contar historias. Historias que conforman viajes inhóspitos por inexplorados. Por ser el producto de la imaginación del autor y también del avatar accidental y fragmentario que rige su vida. Por ejemplo, y según ha manifestado ella misma, a Agota Kristof la literatura como tal no le interesaba. Quizá, de ahí devenga su estilo crudo y directo. Sin medias tintas ni ambages. Todo a favor de lo que se quiere contar. Y, quizá también, de ahí venga su forma poliédrica y concisa de narrarnos esta historia con la que expresar la crueldad humana gobernada por un mundo en guerra. Guerra de fusiles y carros de combate, y también, de vandalismo y supervivencia, sobre todo, de mucha supervivencia con la que lograr conquistar algo de libertad, aunque ésta sea imaginaria, circular y envolvente como una gran mentira a la que la autora húngara hace referencia en el título de los tres libros que componen esta trilogía, donde los recuerdos y las encrucijadas a las que se enfrentan toman el poder de una narración desnuda. De frases cortas. De estilo indirecto. De primera persona del singular. De la tercera persona. De ese falso reflejo en el que se convierte la imagen del espejo en el que nos miramos y se miran sus personajes. Espejo mutilado en la infancia desgraciada y atormentada de los perdedores. De aquellos que siempre pierden las guerras, pues los enfrentamientos bélicos se generan sólo para que aporten su cuerpo y su vida. De esta novela circular que escribe su autora en una lengua —el francés— que no es su lengua materna nace una historia sin límites —sobre todo en el primer libro— que poco a poco también busca la generosidad con el prójimo. Aquel que también está condenado a la derrota colectiva. Derrota final que en el caso de Claus y Lucas es la narración de su iniciación a la vida. Un despertar cruel. De espacios reducidos y rutinas estoicas en las que buscar algo dentro de uno mismo. Esa esencia alejada de la barbarie los gemelos la buscarán en las matemáticas, pero también en la lectura y en la escritura. Ahí es donde Agota Kristof rinde homenaje a esa intemperie del alma garabateada en un papel que es la literatura. Literatura que busca salir de los espacios reducidos a los que han sido condenados Claus y Lucas. Espacios que representan todo el mundo y toda una vida. Esa desnudez en la prosa de Kristof es la que la hace auténtica y genuina, a la par que concisa y veloz, pues encadena acciones sin resentirse del agotamiento narrativo que a veces conllevan los acontecimientos trepidantes. Esas elipsis temporales son las que mejor nos muestran la desnudez del mundo y sus consecuencias. Universos sin apelación a los sentidos o los sentimientos. Un nihilismo que tanto desconoce el amor como la verdad, pues todo se reduce al binomio: el hombre contra el resto del mundo. 

A pesar de todo ello, y de la magnitud sin escalas que nos presenta Kristof, la narración de los tres libros presenta la dificultad de su ejecución en el tiempo (1986 a 1992), una pericia espacio-temporal a la que el lector debe enfrentarse a la hora de desentrañar el origen de una historia que a base de dar vueltas sobre sus personajes puede llevarnos a causar confusión a la hora de identificar acciones y nombres —Clara, Peter, la librería, etc— Una fragmentación argumental que la autora trata de resolver en el último de los tres libros: La gran mentira, en la que se atan cabos y argumentos, para dejarnos claro que su historia es la de toda la humanidad y el fracaso colectivo al que nos lleva todo enfrentamiento bélico. Una historia que seguro se fue fraguando en la fábrica de relojes en la que trabajó su autora, pues la economía verbal de la misma y el ritmo sin pausa con la que está ejecutada la retratan como un mecanismo de alta precisión. No en vano la crueldad humana gobernada por un mundo en guerra lo es. 

Ángel Silvelo Gabriel.

lunes, 8 de abril de 2024

DEJE QUE EL VIENTO HABLE, BAJO LA DIRECCIÓN Y DRAMATURGIA DE IRINA KOUBERSKAYA: LA MEMORIA Y EL VIAJE DE LA VIDA



¿De qué estamos hechos? De cenizas y recuerdos. De un cuerpo material que muere, y un alma inmaterial que vaga por el universo. Del eco de nuestra voz que el viento transporta a lo largo del tiempo. Sin olvidarnos del agua y la tierra como soportes del ser humano. Un ser humano que vive, siente, sufre y añora. De ahí surgen la nostalgia, la búsqueda y los recuerdos que en Deje que el viento hable se transforman en relojes que nos recuerdan la importancia del paso del tiempo, o el reconocimiento del sacrificio de una madre que posibilita al hijo hacer todo aquello a lo que ella renunció por él. De esa renuncia surge la libertad y toda una amalgama de consecuencias y deseos que deambulan en la memoria y el viaje de la vida. Esta obra de teatro es un ajuste de cuentas con los recuerdos y esa vida que nunca supimos que llegaríamos a vivir encadenados a nuestros deseos. Hay mucho de posibilidad y redención en sus dos protagonistas, personajes que deambulan entre el presente, el pasado y la sinergia de esa magia que lleva implícita esta conmovedora obra de teatro que también bebe de la comicidad y de puntuales brotes de genialidad por su trascendencia. 

De esas cenizas, recuerdos y ecos, la dramaturga Irina Kouberskaya levanta Deje que el viento hable sobre el legado poético del italiano Tonino Guerra. Un hálito poético en el que Irina nos habla de las memorias de la tierra, o lo que es lo mismo, de las memorias de nuestras vidas, lo que convierte su propuesta en una nueva demostración de ese carácter existencialista con el que ella dota a sus representaciones. Un carácter que ya estaba presente en las adaptaciones que ha hecho autores clásicos como Chéjov, García Lorca o Harold Pinter, como lo es en este caso Tonino Guerra, aunque en esta obra la mano compositiva de Irina se deja notar con mayor fuerza en el texto. A lo que sin duda hay que añadir el gran talento que profesa a la hora de dotar a todas sus adaptaciones de unas coreografías que, junto con el elemento visual de la proyección de imágenes, transforman las representaciones en un magistral espectáculo de la palabra, la danza y la imagen, lo que las convierten en una manifestación de teatro total. Una esencia que está al alcance de muy pocos. Pero por si todo esto fuera poco, una vez más, deja contrastadas sus grandes dosis de dirección de actores, pues uno cae enamorado ante un José Luis Sanz, en su papel de ángel, para recordar, tanto por su versatilidad como por su presencia: dicharachero, trascendente, divertido y cómico con mayúsculas. Al lado de una no menos trascedente y cómica Chelo Vivares siempre a una gran altura en las obras que interpreta en el Teatro Tribueñe. Del mismo modo que, una mención aparte, merecen los tres pájaros de la obra: Ana Peiró, Ana Moreno y Virginia Hernández, pues con sus sonidos guturales están sencillamente geniales, dándonos una magnífica demostración de movimiento, ritmo y mímica. 

Deje que el viento hable es un espectáculo total y con mayúsculas, donde lo divino y lo humano se dan la mano bajo el paradigma que esconde el gran secreto de la vida. Una vida plagada de voces y sentimientos que fluyen en cada uno de nosotros día a día hasta el instante del juicio final, aquel que se acerca a nosotros sin avisar, pues estamos concebidos con la esencia de lo accidental que conforman la esencia de la memoria y el viaje de vida. 

Ángel Silvelo Gabriel. 

PD: No se pierdan el final de la obra con la coreografía de unos pájaros reconvertidos en vedettes bajo la batuta sonora de la canción de Renato Carosone, Piccolissima Serenata, como mejor forma de celebrar la vida.