lunes, 24 de noviembre de 2025

TEATRO TRIBUEÑE, LA GAVIOTA DE ANTÓN CHÉJOV DIRIGIDA POR IRINA KOUBERSKAYA: LA VERDAD DEL ARTE SOBRE LAS EMOCIONES

 


El margen de libertad creativa, por un lado, y de juicio de una época que va en contra de lo establecido, por otro, tan presentes en esta obra de teatro fueron, quizá, dos de los inconvenientes que llevaron al fracaso a su primera representación en el Teatro Aleksandrinski de San Petersburgo el 17 de octubre de 1896, donde llegó a ser abucheada por los espectadores. Un hecho que marcó tanto a Antón Chéjov como para no querer volver a escribir ninguna obra dramática más, lo que no ocurriría gracias a que Konstantin Stanislavski la dirigió en el Teatro de Arte de Moscú dos años más tarde y la reconvirtió en un clamoroso éxito. Una colaboración —Chéjov-Stanislavski— que se prolongó en el resto de la producción dramática de Chéjov y dio luz a nuevos conceptos dentro del arte de la dramaturgia como fueron la cuarta pared, el subtexto, o el realismo psicológico. Este teatro singular que representa La gaviota sobre ese otro gran teatro general que lo envuelve todo y que es el mundo, se nos presenta como una gran esfera cerrada en la que se desenvuelve la verdad del arte sobre las emociones. Emociones que van de la esperanza al desarraigo. De la vanidad al fracaso. O del amor a la tristeza. Emociones que sirven de excusa al gran escritor ruso para proponernos un viaje que se inicia en la decadencia del naturalismo y llega hasta un simbolismo que muchos años más tarde reinterpretarán grandes autores dramáticos como Samuel Beckett. En este sentido, Chéjov nos muestra a un coro de personajes que se relacionan entre sí a través de un ballet de palabras y movimientos con los que nos muestra de una forma, en apariencia superficial, sus sentimientos a través de sus pasiones o decepciones. Sentimientos tras los que se sumergen las sombras que se llevan tras de sí cada vez que entran y salen del escenario. Siendo esa aparente falta de claridad a la que implora Chéjov para que el espectador se planteé aquello que no se ve o se toca, pero sí se siente. La trama de esta obra, como las del resto de sus obras de teatro, se sustenta en los subtextos con los que juega el autor para, desde la vanidad unas veces (tan presente en los personajes de Irina y Trigorin), o la desesperación otras (véase a Treplev y Nina) hacer de sus dramas un gran teatro del mundo que, por otra parte, ya está presente en el Hamlet de Shakespeare y al que Irina y Trigorin hacen referencia en esta obra. La gaviota es múltiple no sólo en el gran elenco de sus personajes, sino también porque aborda otros muchos temas relacionados con la condición humana como es, por ejemplo, la insatisfacción del artista capaz por sí sola de llevarle al suicidio cuando ésta se precipita por el abismo del fracaso. Un fracaso con grandes matices existenciales en el personaje de Treplev que no sólo debe hacer frente a su soledad y aislamiento en la inmensidad del campo ruso, sino que también tiene que lidiar con la ausencia y el banal éxito de su madre. Treplev reclama amor y comprensión, pero nadie sabe dárselo, ni siquiera la joven Nina, víctima de sí misma y su equivocada percepción del éxito. En ellos dos, el arte sobre el arte, y el teatro en el teatro, se fusionan en un largo y trágico romance como pocas veces tendremos la ocasión de experimentarlo en directo. 

Irina Kouberskaya nos demuestra, una vez más, su profundo conocimiento sobre la obra de Chéjov, y su capacidad de análisis e inteligencia a la hora de versionar y dirigir los grandes clásicos del teatro. En esta ocasión, ha depositado su mirada hacia la compleja obra La gaviota, tan difícil de representar, y que tan bien ha sabido solventar al llevarla a las tablas con sus característicos toques de realismo mágico (las olas del lago en forma de grandes plásticos transparentes) y de matices apenas perceptibles para el espectador, pero tan importantes para levantar una obra teatral como esta, y que nos vienen dados por esa luz unidireccional que ejerce como faro en la penumbra en la que se desenvuelven los personajes, o a través de ese espacio sonoro tan sutil y característico de sus montajes. Irina Kouberskaya se reinventa a sí misma cada vez que asume el reto de representar una nueva obra que se convierte en única bajo su mirada. En La gaviota, según sus propias palabras, ha querido dar un margen de esperanza a los jóvenes que se ven desesperados por la falta de oportunidades y la supremacía que la sociedad actual expresa, y nos impone, a través de esa maldición que es la agonía de la prisa y la falta de un espacio para la reflexión. Un estudio del alma humana a la que Chéjov también da una última oportunidad, tal y como nos refleja Iréne Nèmirovsky en la La vida de Chéjov, donde asistimos, de una forma escrupulosa y seductora a los hechos más importantes de la biografía del «más humano de los hombres» como lo define la escritora ucraniana. En esa plasmación de las diferentes etapas por las que atraviesa la singular existencia de este médico, siempre preocupado por sus semejantes más desfavorecidos —una labor que antepuso a la de su faceta de escritor—, asistimos al retrato de un hombre tímido y sin embargo pasional, alegre con los suyos y sin embargo pesimista con su enfermedad, generoso con los demás y sin embargo pulcro con su forma de expresar sus sentimientos al gran público. Incomprendido. Adelantado a su tiempo. Siempre visionario de esa otra realidad que se sumerge bajo las aguas de la vida, Chéjov fue el representante de un mundo en descomposición; un mundo que aún tardará muchos años en recomponerse, si acaso alguna vez lo ha hecho. Un mundo que, en su caso, representa el arte que se alza sobre la vida. La propia y la ajena. Matices, todos ellos presentes en la adaptación que Irina Kouberskaya ha hecho suyos en esta magnífica versión de La gaviota, que se puede ver y disfrutar en el Teatro Tribueñe de Madrid. Una gaviota que primero representa la libertad y luego la dependencia, en una muestra más de la verdad del arte sobre las emociones. 

Ángel Silvelo Gabriel.

miércoles, 19 de noviembre de 2025

LOS DOMINGOS, DIRIGIDA POR ALAUDA RUIZ DE AZÚA: LA FE QUE LUCHA CONTRA LA LIBERTAD DE ELECCIÓN

 



Hoy que todos los jóvenes quieren ser influencers sin importarles lo que significa esa palabra ni lo que van a hacer para llegar a serlo, surgen contrapuntos como el que se nos plantea en la película ganadora de la Palma de Oro del Festival de San Sebastián, Los domingos, donde su directora, Alauda Ruiz de Azúa, nos levanta la mirada para mostrarnos la fe que lucha contra la libertad de elección. Una fe que no tiene explicación, como la de aquellos que quieren ser influencers por el simple motivo de serlo sin ser conscientes de que para ello tendrán que generar algún tipo de contenido, o no, en sus vídeos. Esta circunstancia no es algo que le afecte a la protagonista de la película Ainara (Blanca Soroa) porque ella de alguna forma ya tiene el camino abierto: la oración, la meta de llegar y entregarse a Dios, y un convento de clausura donde seguir la senda para logarlo). Lo que unos y otros, sin embargo, no llegan a entender es la cualidad de intangible que posee la fe. La fe ni se ve ni se toca y, por tanto, no admite explicación o disculpa. En esa libertad de lección, acertada o no, hay mucho de crítica a la sociedad actual, porque nada nos da más miedo hoy en día que expresarnos en libertad, no vaya a ser… En este sentido, Ruiz de Azúa lucha por encontrar un equilibrio en tan inusual decisión y, para ello, se balancea entre la aceptación, la indiferencia y el rechazo a dicha decisión por parte del entorno y de todos los miembros de la familia de Ainara, pues todo ellos se muestran ciegos ante la evidencia. Un círculo familiar no exento de ninguna cualidad formal que todos expresan según sus intereses en la comida que los reúne cada domingo, aunque no todos hallan asistido a misa ese día. 

Los domingos es una película de la que no se sale indemne tras su proyección, porque ni los planteamientos más extremos del padre, tía o abuela de la protagonista, ni la desnudez y franqueza de las monjas —sobre todo de la madre superiora—; ni la de ese rostro lleno de una prístina beatitud que encarna Blanca Soroa —pues por si sola llena la pantalla—, no dejan indiferente al espectador que, a buen seguro, se preguntará a que viene ahora plantearse este tipo de cosas si ya nadie quiere ser ni monja ni cura. Aquí, es donde la dirección de la película se centra muy bien en la cercanía de unos ojos y un rostro que con los que el guion va derribando los múltiples obstáculos a los que se enfrenta la protagonista y llevarla hasta un final que no por esperado nos resulte apacible. En este sentido, a través de los numerosos primeros planos de Ainara con los que cuenta el film se consigue distorsionar el ruido que se genera a su alrededor e intenta hacerla dudar de sí misma. Sin embargo, con ello, Ruiz de Azúa consigue poner el foco en lo de verdad importante: la fe que lucha contra la libertad de elección. Y lo hace más allá de ideologías y comportamientos plagados de prejuicios. Como dice Antoine de Saint-Exupéry en El Principito: «He aquí mi secreto, que no puede ser más simple: solo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible a los ojos.» 

Ángel Silvelo Gabriel.

lunes, 17 de noviembre de 2025

NADADORA, MAÑANA Y SIEMPRE: EL MEJOR INDIE POP GALLEGO ESTÁ DE VUELTA

 


Mañana y siempre el nuevo álbum de Nadadora engloba en su título la esperanza del futuro y las cicatrices del pasado. Una dicotomía que podríamos aplicar a la lírica de sus seis nuevas canciones. Arrebatadoras, en su lado más poético, por lo que tienen de sanadoras e ilustrativas de lo que es la vida y de las circunstancias que nos rodean a cada uno de nosotros a lo largo de la misma; y serenas, por la concepción de reparación que atesoran. Unas sensaciones que se manifiestan en la música y los arreglos que han elegido para seguir definiendo su trayectoria musical. Canciones que entran y salen de nuestro corazón con el riesgo que conlleva todo salto al vacío. Un riesgo del que salen victoriosos con unas guitarras alentadoras e inspiradoras de muchas imágenes que se superponen unas a otras y surgen, como un duende, tras la voz de Sara Atán, más segura que nunca en esa fragilidad que desmonta tópicos y aviva nuevas emociones. Guitarras que, además, nos dejan buena muestra de lo que fueron en composiciones como «Me llamaréis asesino» y ahora resurgen en temas como «Aparecer». De la mano de Martí Perarnau IV en la producción, y Pablo Pulido en la ingeniería de sonido, las melodías y el sonido de Mañana y siempre surcan un nuevo camino pleno de matices, limpio y conciso si se quiere, pero que tiene un resultado más que notable a la hora de ejecutar unas canciones concebidas, interpretadas y ejecutadas con el alma, pues esa podría ser su mayor y mejor definición. Canciones que han nacido para quedarse como es el primer adelanto del disco, «1997» —cómo nos llevó hasta «Septiembre no está tan lejos» tras su primera escucha—, por lo que tiene de continuidad y, a su vez, ruptura con el pasado. Un tema que nace de la melancolía de la brecha del tiempo y termina por ser una gran oda a la esperanza: «Ahora explotaremos en el cielo/ seremos un destello/ brillaremos esta noche de nuevo/ tan solo un momento/ nada más.» Cualidades que también se encuentran en «Aparecer» el segundo adelanto del grupo de O Grove; un tema en el que las guitarras se afilan y afilian a las pesadillas que nos canta Sara envolviendo a la canción en un ritmo pop intenso y dilatado que nos traslada a las nuevas sensaciones de las que hacen gala Nadadora. Una extensión musical que se sigue percibiendo en «Bailaremos», otra demostración del ritmo vivo que nos reta a revisar nuestras emociones: Bailemos, bailemos, y bailamos, y bailaremos, sobre todo, para estar más cerca el uno del otro. Amor y recuerdo. Promesa y entusiasmo, todo en uno: «Recordé cómo brillaban nuestros ojos/ Te prometí que nada iría mal/ Levantamos nuestras manos en el aire/ Todo lo podíamos alcanzar». Ritmos que nos precipitan sobre «Valiente», la joya escondida de este álbum, por emblemática, preciosa, directa y con un sonido envolvente que te atrapa desde la primera audición. Elementos todos ellos que son como un eco del inicio y final de una forma de entender la música que nos lleva por la senda de esa mañana y siempre con el que se busca reconstruir lo destruido. Grietas como la referencia que Sara Adán hace referencia al kintsugi, una técnica japonesa que tiene como filosofía la aceptación de las cicatrices y las heridas. Heridas que ya no sangran y con el paso del tiempo se asemejan a grietas; grietas que, por cierto, también están presentes en la gran ilustración del disco que ha hecho Guillermo Arias y recorren el rostro de él y el de ella como venas que antes separaron y ahora unen. 

Mañana y siempre hace referencia a la novela homónima de Jon Fosse, publicada en España por Nórdica Libros. La lectura de la misma impactó tanto en Gonzalo Abalo que tomó su nombre para titular el cuarto álbum de Nadadora que tiene en «Anillo» el quinto corte del disco; un tema que representa la mejor muestra de ese matiz lírico más acentuado de todos los tracklist del grupo gallego: «Cuando todo haya acabado/ te haré con papel un anillo blanco/ bajo el cielo más estrellado/ Me limpiaré el miedo, me quitaré el espanto». Voz y sonido aunados en una suave brisa que te roza la piel como si fuese un velo sonoro. Cadencias que siguen buscando su soporte en «Flores», la canción que cierra la vuelta de Nadadora y en la que colabora Xoel López: «Todas las flores giran/ en algún momento hacia el sol/ igual lo haré yo». 

Tras todo este gran telón de ritmos y melodías se encuentra Ernie Records que, desde Ponte Caldelas, Pontevedra, y bajo la batuta de ese gran alentador y descubridor de tantos y tantos músicos, y tantas y tantas canciones que es Josiño Carballo, nos ha hecho llegar Mañana y siempre para anunciarnos que el mejor indie pop gallego está de vuelta. 

Ángel Silvelo Gabriel.

martes, 11 de noviembre de 2025

MIRIAM REYES, CON: LA INTEMPERIE DEL AMOR Y EL OTRO

 


El cuerpo propio y el que mira. El que siente y el que observa. El que se transforma y el que se interroga. Entre ellos, una única distancia: con. Vínculo casi invisible que sirve de unión frente a lo inaudito. De ese asombro intangible, por ruinoso, nacen los interrogantes y las exequias de aquello que descubrimos y, de pronto, se nos rebela. Con el otro. Con nosotros. Con la intemperie del amor y el otro. Espacios huérfanos de incertidumbres mientras el cuerpo se abre y cierra se abre y cierra: «Si me desata su mano es para sentir mi peso/ la cosquilla sobre la madera/ el tintineo de metales al cerrarme/ y abrirme y cerrarme y abrirme.» A cada pálpito, a cada verso el universo se aproxima al éxtasis que parece que nunca llega. Los poemas, cortos e incisivos, abiertos y explícitos, declarativos y susurrantes, se van sucediendo como gotas de agua que, poco a poco, van llenando el libro, Con, donde Miriam Reyes explora de nuevo la relación del cuerpo y la palabra, del cuerpo y la mente, o del cuerpo y su negación. De ahí, nace la persona otra, aquella que interroga, escudriña, absorbe y dilapida al yo y su manifiesta perseverancia sobre lo tangencial anecdótico o periférico. Ese yo que no necesita de explicación y sí de la luz que se derrama sobre sus ojos. 

Con surge como la sinestesia entre lo imaginado y lo culminado en una suerte de algoritmos etéreos, a los que Reyes, da la relevancia de todo lo que se superpone al mito, pues de eso se trata: de desmitificar al yo y al otro, al cuerpo y al amor que lo interroga explora y sublima. Porqué sin porqués que van hacia su propio destierro: «con o por medio de tu cuerpo/ amplío los límites de mi consciencia/ mi consciencia/ que no es materia sensible/ pero tiembla.» Consciencia que surge como un eco que persigue a la materia sensible que nos reconforte de las diferencias del otro, o de aquello que creímos ver en un principio y nos equivocamos, porque Con también es ese trayecto que va de un principio a un final como experiencia de una búsqueda que no supone renuncia, sino más bien aceptación: «Luego no termina aquí ni en lugar/ se continúa infiltrando el cuerpo/ para derribar la muralla/ se continúa trabajando el signo/ para construir lo mutuo.» Cuerpo que no acaba y se expande en pos de desarrollar algo que sea con y no sin. 

Miriam Reyes en Con, Premio Nacional de Poesía 2025, nos ofrece un juego de múltiples espejos. Habitaciones en las que surgen los reflejos de la imaginación y la realidad como un todo, y que representan el preludio de nuevos universos, imaginados unos, experimentados otros, donde materia e idea se buscan y separan en un continuum devenir de imágenes que se yuxtaponen a la intemperie del amor y el otro. 

Ángel Silvelo Gabriel.

miércoles, 5 de noviembre de 2025

MIRIAM REYES, LA EDAD INFINITA: ¿ALGUNA VEZ FUIMOS LO QUE QUISIMOS SER?

 


Transitar por el camino que separa el cuerpo de la mente y, a partir de ahí, afrontar el desdoblamiento de la propia identidad, porque ¿alguna vez fuimos lo que quisimos ser? Esa frontera entre el yo y el es la que vigila la niña que primero mira y luego se relaciona y, en la que Miriam Reyes se ha detenido para tratar de dar un sentido a la globalidad de una vida que se resiente a cada paso atrás que da. La memoria, tan selectiva y traicionera, nos vigila cuando la reivindicamos, aunque tan sólo sea como un ejercicio de supervivencia vital, único por tratarse del yo superlativo, y colectivo por lo que ese tratamiento tiene de relación con lo demás y los demás. Accidentes sentimentales, geográficos y lingüísticos manejados por el azar, porque como nos dice la autora un buen número de veces a lo largo del texto de La edad infinita: «Si pensara que todo tiene un sentido oculto y misterioso en lugar de pensar que todo puede suceder por azar, continuaría afirmando que la niña te estaba predestinada y yo lo arruiné todo». Ahí es donde el destino entre ambas se transforma en el yo de la niña y el de Venezuela. En este sentido, en esta primera incursión de Miriam Reyes en el campo de la novela, la escritora nos lleva a visitar un proceso de construcción; un proceso de construcción que va desde aquello que alguna vez fuimos hasta lo que quisimos ser. Un proceso lleno de zanjas, trampas, mentiras y miedos que nos moldean el carácter y, también, nuestro posicionamiento en un mundo en constante cambio. Un mundo que no entendemos más allá de las cuestiones básicas que tiene que ver con la supervivencia. De esa falta de adaptación surge la literatura como nuevo territorio a explorar. Un camino de autorreconocimiento y de duda que, sin embargo, nos permite seguir avanzando en el enigma que somos. Como nos dice Miriam Reyes en la novela: «la identidad está en continua transformación, no se puede entender como algo fijo», a lo que cabría añadir: ni tampoco tangible, por lo que muchas veces tiene de onírica la propia identidad que busca tanto la marginalidad como el reconocimiento sin ser consciente de su antagonismo. 

La edad infinita es un mapa de sensaciones, un espacio de ecos del pasado y Galicia: «El abuelo, sobre todo, la escuchaba. Si ella hubiera sabido que el abuelo no volvería a entender sus palabras, le hubiera preguntado tantísimas cosas que en ese momento no sabía que necesitaba saber y que ahora son un misterio insondable, una historia desvanecida. O quizá no le hubiera dado tiempo a preguntarle nada; quizá, siendo una niña tan lenta, no le hubiera servido de nada conocer el futuro». Ecos que, en el caso de Venezuela, devienen en forma de palabras nuevas: Caraota, cachapa, Cambur, Casiquiare, Cumboto, Cuyagua, Chaguaramos, chama, Chacaíto. Venezuela, cuerpo e identidad a la que la niña también pertenece: «Necesito una forma de estar donde estoy ahora sin dejar de estar en ti. Que no me faltes. Que no desaparezcas.» Un léxico que es importante porque define a la «persona en proceso de ser yo». Una niña que, a su llegada a esa tierra prometida en el año 1983, con ochos años, tiene que aprenderlo todo de nuevo. A ser y a mirar. «Una niña que está en proceso de ser yo», y se alimenta de esa nueva realidad que se abre paso ante sus ojos y crea una nueva memoria. Puntos de inflexión que se hallan marcados por la notoriedad de los mitos que se desmoronan como el bolívar y el precio del petróleo. ¿Acaso ella —la niña— fue invocada por ella —Venezuela— para ser testigo del derrumbe? 

Miriam Reyes, en La edad infinita, explora y se explora. Lo hace bajo el rigor de un léxico poético, puro, conciso, evocador y, en ocasiones arrebatador, por lo que tiene de lucidez su brevedad, a la que muchas veces no le haría falta ni los signos de puntuación —como a su poesía—, porque el ritmo que marcan sus palabras es el de un diapasón único que se mueve lejos de la confesionalidad para situarse de una forma sólida en la conceptualidad de una existencia que bucea en el desdoblamiento entre el yo y el . Entre el cuerpo y la mente. Entre el pasado y el presente ——«Ahora vuelvo»—. Entre lo que alguna vez fuimos y lo quisimos ser. 

Ángel Silvelo Gabriel.

lunes, 13 de octubre de 2025

YO, CAPOTE, DIRIGIDA POR MANUEL VELASCO BAJO LA IDEA ORIGINAL DE DÁMASO CONDE: UN SUEÑO ENTRE TINIEBLAS

 


El destino nos acaba juzgando más allá de la percepción que cada uno tenemos de nosotros mismos, quizá, porque hay barreras que no nos atrevemos a atravesar y, sin embargo, el paso del tiempo derriba de una forma autoritaria, por lo que tiene de dilapidación de nuestras fantasías y anhelos. ¿Quién no ha soñado con ser famoso, una gran estrella de cine o un escritor reputado? Anhelos que rara vez se cumplen y dan paso a la estricta realidad. Anhelos que se convierten en espejos oscuros que no reflejan nuestros deseos y dejan huellas que nosotros no consideramos del todo ciertas, pero que son el resultado que nos persigue en la vida y, también, el que trasciende tras nuestra muerte, pues la huella indeleble que dejamos en el mundo no es la misma que los demás ven o, sobre todo, reinterpretan. A este gran reto se ha enfrentado Dámaso Conde al escribir e interpretar Yo, Capote. Un sueño entre tinieblas que recorre parte de las obsesiones y adicciones del genial escritor norteamericano; un ser humano que se devoró a sí mismo e incluso se ahogó en su propio vómito. De esa última noche en la vida de Truman Capote surge como un ave fénix —pleno de acierto tanto en la interpretación como en la concepción del escenario en el que se desenvuelve— el personaje escrito e interpretado por un Dámaso Conde que da vida de una forma muy convincente, a la vez que magistral, a un Capote valiente, borracho y trasgresor que, también, se auto infringe un castigo descomunal en ese delirium tremens al que asistimos a lo largo de una hora, donde el montaje y la escenografía tienen un papel fundamental e inteligente del universo que vivió y al que se enfrentó el genial escritor que definió a Jane Bowles como Cabeza de gardenia, un adjetivo que podría valer también para sí mismo, por lo que dicha planta tiene de carácter ornamental, y por representar la gracia femenina, la sutileza y el mérito artístico, todas ellas cualidades presentes en la vida y obra de ambos. 

Yo, Capote recorre algunas de las obsesiones —quizá las más importantes— del escritor y que, en la obra de teatro, vienen protagonizadas por la madre, interpretada por Macarena Gómez —a la sazón productora de este montaje— de una forma telemática a través de unas imágenes perturbadoras, deliciosamente estéticas y, sobre todo, alumbradoras del carácter de una madre que quiso que su hijo alcanzase el éxito que ella siempre deseó y por el que luchó toda su vida. Sin embargo, Truman, con su voz aflautada como de trino de un pájaro, y sus movimientos amanerados —que tan bien interpreta Dámaso— se alejaron de la imagen que su progenitora deseó de él. De ahí nace un distanciamiento y una tortura infinita que no le abandonaron nunca. En esos fantasmas que le acompañan en su última noche también tienen cabida sus famosos cisnes, que tan bien retratados salen en la serie, Feud: Capote contra los cisnes, basada en el relato La Côte Basque y que en esta ocasión se centran sobre todo en Babe Paley —alma gemela del autor—; o el ajuste de cuentas entre Perry Smith el asesino protagonista de A sangre fría, interpretado por Jorge Monje que, esta vez sí, le da contrarréplica en un escenario que ambos recorren entre hielos y copas cargadas de alcohol. De ese desfase nacen las penurias, verdades y mentiras de un personaje que en demasiadas ocasiones se confunde con la propia persona. Espejo ambivalente de una vida que, pasará a la posteridad, por ese libro de fama mundial que es A sangre fría. Sin embargo, Truman Capote es mucho más que todo eso, porque su capacidad de observación y su perfecto estilo literario lo harán figurar por encima de sus provocaciones, a veces sin sentido, pero otros con toda la intención, como uno de los grandes escritores del siglo XX y en la reivindicación de un mundo tutelado por la ambivalencia entre la genialidad y autodestrucción como elementos de un mismo juego al que podríamos definir como el de un sueño entre tinieblas. 

Ángel Silvelo Gabriel.

lunes, 29 de septiembre de 2025

DIQUE, NOVA GALEGA DE DANZA BAJO LA DIRECCIÓN DE ESCENA Y DRAMATURGIA DE MARTA PAZOS: EL CUERPO QUE EMERGE DE LA PIEDRA


 

El cuerpo que emerge de la piedra. Materia hecha carne y huesos. O esencia de la vida que se da de bruces con la naturaleza. De ahí procede y, a partir de ella, se transforma el universo de “las estibadoras”. Como dice la ley de la transformación de la materia del químico francés Antoine de Lavoisier: «Todo se transforma, nada se destruye». Y, así parece que sucede en Dique, una majestuosa y epopéyica puesta en escena de la construcción del Dique de la Campana de Ferrol que se llevó a cabo entre 1874 y 1879 por 200 mujeres que, primero excavaron, y luego transportaron 245.000 metros cúbicos de tierra y piedra sobre sus cabezas. Esta odisea Marta Pazos la convierte en algo único a través en un relato de danza, música y puesta en escena que nos cuenta mucho sin decir una palabra. Su concepción dramática, una vez más, aparta de nuestra mirada lo obvio para sumergirnos en un mundo distinto, por visceral, singular y trasgresor. Su concepción artística mueve nuestras cabezas hacia el terreno de la múltiple sensibilidad por lo que tiene de acaparadora de nuestros sentidos una puesta en escena que habla por sí sola y, a la que se adhiere una potente, enérgica y magnífica coreografía de Belén Martí Lluch que sabe interpretar el inabarcable espacio temporal entre lo antiguo y lo moderno, lo clásico y lo contemporáneo, dotando a sus bailarinas de un perfecto encaje con los objetos que hay en el escenario. A lo que se une la potencia de una luz —diseñada por Cristina Bolívar— que nos provoca multitud de sensaciones al unísono de la música electrónica, a veces, y con rasgos populares, otras, a través de las que Clara Aguilar derrocha enormes cantidades de ritmos y matices tan repetitivos como hipnóticos; una simbiosis perfecta a la hora de recrear un mundo mágico en el que nos sumergimos sin darnos cuenta. 

Dique y su compenetración en una cultura —la gallega— resplandecen como un faro en plena noche; noche que se funde con el tiempo y su naturaleza, y que se plasma en forma de danza y sonido, construcción visual y sonora repleta de ecos: de la danza tradicional gallega —cómo nos recuerdan en ocasiones los pasos de las bailarinas a los de la tradicional muñeira, o su manejo de las panderetas—, o de los gritos de unas mujeres que poblaron y aún pueblan la geografía gallega. Mujeres con sus cestos encima de sus cabezas en las que aún llevan la ropa a casa desde el lavadero, o la comida a los que trabajan en el campo. 

Todo ello se nos aviene en un relato sin parangón, por lo original que se nos presenta; luminoso por el devenir de unos colores que van desde el magenta y sus múltiples tonalidades, al azul celeste tan presente en Galiza, terra de meigas, que esta vez se han transformado en mujeres de carne y hueso, pues son ellas las únicas que conforman este espectáculo y crean un conxuro de ritos y leyendas. Ritos y leyendas con un lenguaje actual y atrevido, símbolo de la modernidad de una tierra donde dicen que se halla el fin del mundo. 

El elenco de las bailarinas está formado por: Alba Vázquez, Carmen Cebrián, Alba Cotelo, Estefanía Gómez, Alicia López, Laura Santamariña. María de Vicente y Lúa Cárdenas. 

Ángel Silvelo Gabriel.

miércoles, 24 de septiembre de 2025

ANGÉLICA LIDDELL, PREMIO NACIONAL DE TEATRO 2025: LA ENFANT TERRIBLE DE LA ESCENA ESPAÑOLA QUE POR FIN ES RECONOCIDA COMO SE DEBE EN SU TIERRA


 

Suponemos que Angélica Liddell habrá dado el sí quiero al Ministro de Cultura, cuando éste, le haya comunicado que es la acreedora del Premio Nacional de Teatro 2025. Ni lo sabemos ni lo sabremos, pues encerrada en su torre de marfil apenas concede entrevistas. Nunca lee ni críticas ni reseñas de sus trabajos. Ni falta que le hace. Ella siempre está contra todo. Contra el mundo. Contra el gremio de los artistas y la cultura de su país que, a su pesar, es España. Y, también, contra sí misma y sus diablos y fantasmas. Ahí reside su alma, aislada en un sufrimiento mágico y telúrico que la posee y que ella expulsa sobre los escenarios. Nada escapa a su radar creativo. La comida, la sociedad, todo el feísmo que creamos y nos abstenemos de ver…, y la muerte. Por supuesto, la muerte: la de sus padres, la del torero, la de una religión que ya no la santifica por mucho que se acerque a ella para humillarla y a veces redimirla. Parece, que el premio viene dado a cuenta de que ha inaugurado el prestigioso Festival de Aviñón. Parece que nadie recuerda que junto a Fernando Arrabal es la dramaturga española viva más representada en todo el mundo. Parece que nadie reconoce el riesgo y la valentía con la que asume cada una de sus representaciones. Obsesivas y concéntricas si se quiere, pero únicas, por ser la única que se atreve a desmontar tabúes, prejuicios y aburguesamientos de quienes asisten a sus representaciones. Su poder de provocación es único, como único también es el grito que nos invade cada vez que nos lanza sus interminables monólogos llenos de ira. Monólogos dirigidos al personal que va a verla, y cuya última intención es la de sumir al espectador en una clara incomodidad. En este sentido, son muchos los que abandonan las salas de teatro ante tan maña falta de escrúpulos. Ella provoca, sí, y también quiere que sus heridas sean compartidas por quienes van a verla, o soportarla según se mire. 

Angélica Liddell es una aventurera de la perfomance que se regocija en el vestuario, la puesta en escena, la música y las pantallas que proyectan imágenes y palabras que convierten a sus espectáculos es tridimensionales, por acaparar estos todos y cada uno de nuestros sentidos. Su lema, en ocasiones, es el más es más a la hora de reivindicar su lugar en el mundo. Una postura que ella basa en unos postulados alejados de la normalidad diaria que nos consume. Ella es nuestra profeta. Nuestra gurú de los destierros no reclamados, y de los que también somos víctimas cuando permanecemos en silencio. Allá donde queramos ir ya ha llegado ella. Desclasada. Mancha de sangre y desvirtuada por la simbología de sus sueños. Ella sueña y nos conduce a sus pesadillas. Vestida de negro. De blanco. Desnuda, porque nada escapa a la enfant terrible de la escena española que por fin ha sido reconocida como se debe en su tierra. 

Ángel Silvelo Gabriel.

lunes, 22 de septiembre de 2025

MANUEL MOYA, FERNANDO PESSOA. LA RECONSTRUCCIÓN: LA HUMANIZACIÓN DEL MITO


 

Nada se abstrae a la vida, ni siquiera la sombra que se desplaza a nuestro alrededor como una falsa huella de lo que siempre quisimos ser y nunca fuimos. Sombra que, con el paso del tiempo, se convierte en un fantasma. Fantasma que, en ocasiones, se rebela contra el mito que nos acecha, ya sea por ignorancia, genialidad, u oscurantismo. De esa trilogía suelen surgir falsas biografías cargadas de la mitología que se apodera de esa parte más vulnerable de los seres humanos: los sueños. «Los sueños, sueños son» nos advertía Calderón de la Barca en uno de sus famosos versos. Sueños que, en el caso de Fernando Pessoa, convirtieron al hombre en mito dotándole de un duende fragmentado que no siempre se asemejaba al real. Quizá, para desmontar al mito, viene bien recordar estos versos de su poema inconcluso Navegantes antiguos: «Navegar es preciso; vivir no es preciso […] Vivir no es necesario; lo necesario es crear». Y ese axioma es el que le guio a lo largo de su existencia en un periplo vital y literario que dejó algo más de veintisiete mil quinientos documentos en un arca a modo de papelera infinita. Una ruta a la que el escritor, poeta y biógrafo de Pessoa, Manuel Moya, trata de dar luz, aunque nos parezca una misión imposible, y que visto su resultado final sin embargo no lo es: humanizar al mito. Muchas son las biografías que se han publicado del poeta portugués como muy bien se nos apunta en este magnífico ensayo biográfico, Fernando Pessoa. La reconstrucción, que tan útil y esclarecedor nos resulta a todos aquellos que, en alguna ocasión, nos hemos acercado al intrincado y siempre complejo mundo pessoano, por la multiplicidad que se desprende de la unicidad del poeta. Ahí es donde incide Moya con una extraordinaria profusión de datos biográficos, históricos y literarios, a la hora de hacer valer sus incontestables pronunciamientos y teorías sobre el Pessoa niño, hombre, poeta, escritor, articulista, o polemista. De esa multitud de espejos es de la que se nutre el escritor onubense para ofrecernos un semblante y una figura de un Pessoa más cercano, actual y real. Dando luz a las sombras que siempre le han perseguido, asistimos a un mayúsculo ejercicio de estilo literario en el que Moya va desde la anécdota al dato histórico a través de un ritmo narrativo ágil y entretenido que nos lleva de la mano por esta reconstrucción de una manera didáctica e inteligente. Un ejercicio narrativo de una exquisita pureza literaria que siempre está presente en su obra y, más si cabe, cada vez que se acerca a la vida y obra del poeta luso. 

Fernando Pessoa La reconstrucción es, sin duda, a día de hoy, la mejor forma de aproximarse al enjambre de datos que persiguen a la biografía del vate luso y, de ese modo, poder ampliar y discernir la lucha entre realidad y sueño tan presente a lo largo de toda su vida y su obra. En ese debate entre lo exterior y lo interior como muy bien se nos apunta en la introducción: «En lo exterior, piensa, habita lo problemático, lo incierto, lo sucio. De lo exterior habita el desasosiego […] Para él, lo mejor del hombre está en la imaginación y en su capacidad para sentir, razonar o soñar; un sentimiento es mejor y más auténtico que un pensamiento». De ese tormentoso debate interno del que parte el poeta, este ensayo biográfico nos proporciona las coordenadas y el camino —muchas veces sinuoso y plagado de recovecos—, las luces y las sombras que se cernieron, por ejemplo, en la falsa confusión entre Bernardo Soares y el propio Pessoa en su majestuoso y fascinante Libro del desasosiego, por mucho que éste fuese un heterónimo con muchos puntos en común con el propio Pessoa; o la no menos falsa percepción de que en su noche triunfal del 8 de marzo de 1914 diera a luz a sus heterónimos más inmortales (Álvaro de Campos, Ricardo Reis y Alberto Caeiro) siendo, como es más lógico, que formaran parte de un largo proceso mental y creativo del múltiple Pessoa siempre avenido a la indeterminación y el escapismo.  

Ahora, que está a punto de cumplirse el nonagésimo aniversario de la muerte de Pessoa el próximo 30 de noviembre en el hospital de San Luis de los Franceses en Lisboa rodeado de amigos, vecinos y compañeros de trabajo somos conscientes de la importancia de su legado y del interés que todavía suscitan su vida y su obra; un interés, sin duda, acrecentado por la multiplicidad y singularidad de su devenir vital y literario circunscrito casi en su totalidad a la ciudad de Olissipo que, desde el año 1905 cuando regreso a ella desde Durban, apenas abandonó salvo en contadas ocasiones, lo que no le impidió ser un hombre de su tiempo, implicado, casi hasta el final de sus días en la vida social, política y literaria de su país, y de los convulsos tiempos que le tocaron vivir, como queda más que demostrado en Fernando Pessoa. La reconstrucción, donde Manuel Moya sale victorioso cuando nos plantea y analiza la humanización del mito.   

Ángel Silvelo Gabriel.

viernes, 19 de septiembre de 2025

SARA MESA, LA FAMILIA: DESEOS Y MENTIRAS

 


Nada es lo que parece. Los silencios, las soledades, el desarraigo y los miedos que acompañan a nuestras vidas al final tienen una marca, indeleble, que aparece a poco que la dejemos salir a la luz en nuestra memoria. Como dijo Tolstoi: «Todas las familias felices se parecen; cada familia infeliz es infeliz a su manera». Y esa frase podría ser muy bien el punto de partida desde el que surge la novela de Sara Mesa, La familia. Un inicio que, sin embargo, a ella le permite excavar en las profundidades de unos personajes basados en los deseos y las mentiras que proyectan a lo largo de sus vidas de una forma singular y única por el carácter tan personal de su escritura. La estructura fragmentaria, incluso dentro de cada capítulo, de la novela le permite a su autora llevarnos poco a poco hacia ese punto de incertidumbre y desasosiego con el que se cierran la mayoría de los capítulos, que atienden a ese elemento de sorpresa final tan característico de los relatos cortos. Ahí es donde la luz se impone a la oscuridad que se nos muestra, y donde nada es lo que parece. A través de una lectura ágil, Sara Mesa da vida a unos personajes que, tras esa primera impresión de sencillez intrascendente, van surcando corrientes subterráneas que los trasladan a ese otro mundo de sombras que los persiguen y al que la autora nos invita a descifrar desde el suspense de las historias que ella nunca cierra. Ese modelo abierto es el que nos deja imaginar y reinterpretar la esencia de sus personajes que, en ocasiones, nos viene dado por las confesiones de otro, en un juego de reflejos que a la autora le sirven para desentrañar los deseos y mentiras que les mueven. 

En La familia hay huidas que, antes o después, necesitan de un regreso al lugar del que partieron. Esa vuelta atrás es la que nos sumerge en un ambiente de intrigas y silencios que nos engancha y obliga a conocer cada vez más lo que les ocurre a unos personajes que están muy bien aspectados y definidos, pues no nos cuesta imaginarlos en las situaciones que se nos describen. Atmósferas cerradas que deambulan en la indeterminación que muchas veces nos marca el destino en nuestras vidas; una indeterminación que, aunque sea bajo la apariencia de lo casual, siempre descansa sobre las heridas que nos acompañarán hasta la muerte. Ese juego de ambivalencias, miedos, y sufrimientos ocultos le sirve a Sara Mesa, una vez más, para seguir escudriñando esos universos interiores atormentados y desasosegantes que caracterizan a muchos de los personajes de su obra literaria. Nada permanece a salvo en la mente de la escritora madrileña, como nada es para siempre, pues por muy desdichados que seamos siempre existe la posibilidad de burlar las rejas de la cárcel en la que nos encontramos para ir en busca de nuestra propia libertad, dañada, sí, pero teñida por la luz de la esperanza que de nuevo nos lleve a soñar con esa felicidad que todos perseguimos por muy manchada que ésta se encuentre del precario equilibrio ente los deseos y las mentiras. 

Ángel Silvelo Gabriel.