martes, 3 de marzo de 2026

ENRIQUE MURILLO, PERSONAJE SECUNDARIO: LA IMPORTANCIA DE LA FIGURA DEL DIRECTOR EDITORIAL, TAN DESPRESTIGIADA EN ESPAÑA


 

Decía Vargas Llosa, en su discurso de aceptación del Premio Nobel en Estocolmo, que lo más importante que le había sucedido en la vida era aprende a leer. Sin duda, algo parecido podríamos esgrimir de las memorias de este antihéroe de la edición que es Enrique Murillo por cómo nos narra su vida entregada a la literatura. A sus ochenta años echa la vista atrás, y lo hace con la tranquilidad de aquel que no tiene nada que perder a la hora de poner en juego a su memoria y entresacar de su saco vital aquello que es más reseñable de cara al lector que se acerque a su libro. Enrique Murillo, en Personaje secundario, nos muestra las memorias editoriales de lo que podríamos denominar como la forja de un rebelde, por lo que tiene de tal la figura del director editorial en la narrativa de habla hispana, tal y como aparece en este extenso y esclarecedor libro. Casi sin quererlo, nos viene a la mente la figura del editor jefe de la editorial Charles Scribner’s Sons, Maxwell Perkins, cuando en la película, El editor de libros, de Michael Grandage lee el famoso inicio de la novela de Thomas Wolfe, El ángel que nos mira: «Una piedra, una hoja, una puerta ignota; de una piedra, una hoja, una puerta. Y de todas las caras olvidadas» para, a continuación, preguntarse: «¿Realmente mejoramos los libros o los hacemos diferentes?». Ese y otros interrogantes son los que el autor de estas memorias va abordando y muchas veces despejando a través de su experiencia profesional a su paso por Anagrama, Plaza y Janés, Planeta o Alfaguara, o como traductor de escritores como Nabokov o Capote, o como descubridor de ese long seller que es La conjura de los necios de John Kennedy Toole. Y, sobre todo, y más importante, como impulsor de lo que él mismo da en llamar como Nueva Narrativa Española y Narrativas Hispánicas, colecciones a través de las que dio a conocer a los lectores españoles la obra de escritores patrios como Javier Marías o Álvaro Pombo en Anagrama, que es donde nace la idea de sacar a la narrativa española del costumbrismo de postguerra. Una apuesta editorial por el cambio que años más tarde seguirá en Plaza y Janés con Ray Loriga o Félix Romeo, sólo por poner algunos ejemplos. Siendo ésta, sin duda, su labor más importante como editor. 

Inicia Murillo estas memorias editoriales y vitales de una forma que de algún modo nos recordó a Construyendo Babel de Hilario J. Rodríguez, por la manera de tejer poco a poco una historia cuyo hilo narrativo, aparte de vital, se sumerge no sólo en la oscura trastienda de la edición —el subtítulo que aparece en la portada del libro— sino, sobre todo, en el análisis de la narrativa contemporánea que transcurre desde los años setenta hasta nuestros días. Ahí, es donde sin duda también reside otro de los grandes logros de este libro tan ilustrativo como ameno, y rompedor de moldes y prejuicios. En este sentido, ¿cuántas veces se nos habrá dicho en la escuela, y preguntado nuestras amistades, por la perplejidad que les producía al decantarnos por leer a autores anglosajones traducidos y no a autores españoles enclavados en el costumbrismo más rancio, con el pecado que eso conllevaba a ojos de nuestros profesores de literatura del instituto y más allá? Pero, ajenos a todas esas opiniones y criterios —apostando por otro tipo de literatura y modos de narrar—, cuántas veces en autores como: Fitzgerald, Capote, McCullers, Swift, Barnes o Amis, creímos atisbar esa luz que nos incitaba a querer escribir nuestras propias historias tan alejadas del clasicismo español que tanto se adulaba en las aulas. De ahí que, tras la lectura de algunos de los capítulos de este libro, seamos capaces de alejar las dudas que tanto nos amedrentaron en el pasado, y que de repente nos reafirman en el camino que elegimos. Más allá del discurso tan manido entre ficción y realidad, o auto ficción y realidad, como nos apunta Murillo respecto de lo dicho: «En todas las literaturas, las novelas y cuentos podrían ser mejores o peores, pero en general la fuerza narrativa era patente. Aquí, en cambio, había muchos escritores, pero los narradores brillaban por su ausencia. Y lo que me gustaba era esa otra forma de encarar la escritura propia de la literatura británica, norteamericana y latinoamericana, en donde la historia es lo que empuja al escritor.» O, como también nos apunta en la cita de Bruce Chatwin, extraída de un libro de Mario Muchnik: «Tener algo que contar, tener ganas de contarlo y saber contarlo». Un reduccionismo, el de la literatura española, que en ocasiones resulta hasta escandaloso, tanto o más que algunas de las afirmaciones que se recogen en las páginas de este libro, cuando por ejemplo se cita el criterio que Herralde manejaba para publicar: «De nuevo, no obras, sino personas». Por no hablar del submundo de los suplementos culturales en el que también se convive con lo ominoso que resulta reseñar libros si tan siquiera haberlos leído, como es el caso de Rafael Conte, crítico literario en el suplemento cultural de El País, en su momento: «A veces, es cierto, hablaba sin haber leído los libros…». 

Personaje secundario es un viaje por las múltiples vertientes del mundo editorial que abarca las facetas de traductor, escritor, editor, director editorial y negociador sin límites que es Enrique Murillo, lo que nos permite manejar una imagen más nítida de lo que es y lo que se cuece en la trastienda de ese encerrado en sí mismo mundo editorial que es el mercado español de la literatura es sus distintas ramificaciones, cuyo caso más escandaloso, quizá, sea la anuencia que los lectores le siguen proporcionando a los cocinados premios literarios que nada tienen de limpios ni literarios, por tratarse de simple mercancía comercial exenta de toda cultura y encontrarse sumergida en el mero entretenimiento, porque como nos recuerda la escritora Jeanette Winterson: «…la literatura te da lo que no sabías que necesitabas». Una manifestación más de la post verdad en la que vive sumergida la sociedad actual, más preocupada en hacer valer sus argumentos que en tener la capacidad de levantar la cabeza y reflexionar sobre aquello que en realidad ocurre a su alrededor. 

Tampoco debemos olvidar el carácter periodístico de estas memorias cuando su autor se acerca a la polémica entre Javier Marías y Jorge Herralde acerca de la liquidación del número de ejemplares vendidos de las obras publicadas por el escritor en Anagrama. O el proceso a través del cual se gestaron las publicaciones de los libros de entrevistas con el rey emérito y la reina Sofía. O las negociaciones que se llevan a cabo cuando se busca a un autor que genere un número de ventas suficientes para amortizar la inversión de un premio con una gran dotación económica detrás. Sin olvidarnos de las múltiples reuniones a gran escala para atraer a un autor determinado a la editorial para la que en ese momento se trabaja. Experiencias escritas negro sobre blanco que van mucho más allá de la mera anécdota y sirven para completar el mapa de un mundo complejo, aunque en apariencia nos pueda parecer sencillo y que, sin duda, pone de relevancia el carácter testimonial de este libro y su fiel reflejo de una época. Sin embargo, y a pesar de la luz que emiten sus páginas, es inevitable que tras acabar su lectura nos quede una profunda sensación de tristeza y desesperanza, porque a pesar de que seamos conscientes de muchos aspectos que ya eran conocidos, cuando estos son expuestos en su conjunto, nos dibujan un panorama tan desolador que, a cualquiera que quiera escribir y ver publicada su obra, se le quitan las ganas de intentarlo por primera vez, o de volver a enfrentarse a un proceso muy alejado de la visión romántica que en teoría se le asigna a la literatura, por más que Enrique Murillo nos indique lo contrario al final de estas memorias. 

Ángel Silvelo Gabriel.

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