
Atravesar
sus azules, sus ocres, sus rojos teñidos de la pasión incandescente del que ve
más allá de lo que observa, porque como dijo ella: «Yo no busco, sino
encuentro». Y en ese buscar y encontrar se ha topado con las múltiples expresiones
de lo íntimo que protagonizan sus cuadros. Desde los pequeños y modestos armarios
que sólo entreabren sus puertas sin dejarnos ver su interior en un perfecto juego
entre el misterio y la curiosidad oscura, como gran metáfora de los días de la
vida que vamos desentrañando poco a poco y, a cada movimiento, tratamos de proporcionarnos
algo de luz, hasta esas terrazas solitarias que parecen buscar un sentido a su
existencia; una particularidad que Carmen Laffón les proporciona
explorando la sencillez de lo próximo; una cercanía que nos produce
deslumbramiento por su capacidad de interiorizar la pintura mediante evanescentes
pinceladas que se sumergen unas dentro de otras como paneles de seda que se tapan
pero a la vez dejan pasar la luz. Porque la luz es uno de los protagonistas de
sus creaciones: fija o tenue, y como expresión de esa última necesidad de
situarse en el mundo. Universo que también fijó su mirada en la búsqueda de una
abstracción que ella dejó de forma disimulada en sus múltiples versiones del Parque
de Doñana y sus horizontes aterciopelados por la fantasía del explorador
que va más allá de la simple mirada. Abstracciones que, por ejemplo, se inspiraron
en Rotko y en la búsqueda de la evocación de las sensaciones a
través del color y que alcanza su culmen en las series La cal y La
sal en las que el blanco se superpone al blanco y su reflejo se apodera de
la mirada de quien se detiene a contemplar los múltiples matices de algo en
principio simple, pero en el fondo bello. La sencillez de lo bello es otra de
las características de una pintora que se instala en la diatriba que evoca más
pintura que representación. Más sentimiento que formulación de ideas inocuas
por estériles.
Como
colofón final a esta estupenda exposición que nos deja una buena muestra de la
carrera artística de Laffón y, quizá, en su expresión más majestuosa y
también interesante, se exponen tres grandes trípticos en el hall principal del
Museo Thyssen-Bornemisza en los que se pueden apreciar todo lo dicho y su
maestría a la hora de crear paisajes o espacios capaces de crear atmósferas
hipnóticas y perturbadoras como es por ejemplo su estudio de las viñas en
carboncillo, pues no te dejan indiferente y te invitan a entrar en esas
expresiones de lo íntimo que tan bien creó la pintora y escultora sevillana.
Ángel Silvelo Gabriel.
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