Tiempo de comunicaciones rotas

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lunes, 22 de febrero de 2016

MI RELACIÓN CON LA COMIDA DE ÁNGÉLICA LIDDELL Y DIRIGIDA E INTERPRETADA POR ESPERANZA PEDREÑO: EL ARTE COMO HAMBRE DE LOS SENTIMIENTOS REVOLUCIONARIOS


El escenario poco a poco se va llenando de palabras dibujadas con una rabia roja de ira y con una tiza blanca que las plasma sobre el escenario como si fueran la semilla de una revolución, la que en cada obra de teatro nos propone una inconformista Angélica Liddell https://es.wikipedia.org/wiki/Ang%C3%A9lica_Liddell. Despertar, individuo y privilegio son las primeras palabras escritas que van ocupando una de las diagonales del escenario, y, también, representan el primer puñetazo sobre nuestra conciencia. Mi relación con la comida es el pretexto, tal y como nos narra Liddell en su texto, para confrontar, una vez más, a la obra de arte frente al ámbito burgués que la gobierna y la controla en nuestro país. Sus postulados son ya de sobra conocidos, y, en esta ocasión, esta obra escrita en plena época del bienestar aznariano, no deja de representar, por ello, un grito de protesta contra esa sonrisa tonta y acomodaticia con la que cada uno de los españoles se retrataba frente a su nuevo coche o su nueva casa.


Entonces, tanto o más que ahora, poco importaba que nadie pudiese pagar o hacer frente a aquello que firmaba, pues los conceptos pobreza, hambre o instinto de conservación no se conjugaban en el lenguaje coloquial de un pueblo narcotizado por el dinero. No obstante, la dramaturga no se conforma con el afán de la crítica por la crítica, sino que intenta transponerse a su propio reflejo, para de esa forma, intentar acercarse al otro. Aquí, ese otro tampoco sale muy bien parado, pues esa es una de las estrategias de la autora —hacernos sentir incómodos—. Ese sentido trágico de la existencia se refleja en frases como ésta: «los pobres odian a los que son todavía más pobres» —. Y es verdad, porque de esa maniobra, salimos jodidamente incómodos a través de una puesta en escena plena de simbolismos —manidos muchos de ellos: como el tricornio de la Guardia Civil o el póster de Marx—, pero con los que la autora juega a hacernos cómplices, por nuestro estatismo, del eterno discurso sobre la pobreza, invitándonos a tomar partido a través del HAMBRE COMO ARMA SOCIAL.

 
Este largo e intenso monólogo social nos lleva a una segunda parte del discurso en el que, Angélica Liddell, incide más si cabe, en la idea del INDIVIDUO FRENTE AL ESTADO. Esta vez, intentado involucrarnos de una forma distinta, pues lo hace aliándose con el ritmo de la poesía trágica, donde las palabras se asocian y se transforman: «no quiero ser buena», en una nueva demostración de ese paroxismo que parece decirnos de una manera sempiterna que LIDDELL ESTÁ CONTRA TODOS. En este nuevo espacio de guerra de guerrillas, la autora carga contra la Iglesia Católica y sus símbolos, pero no conforme con eso, a su vez, trata de hacer desaparecer ese estatismo intelectual o acomodaticio de los espectadores, obligando a los asistentes a ser una parte activa de la obra, con lo que parece querer decirnos que, para la catalana, en el CONCEPTO DE ESPECTÁCULO TOTAL, tal y como ella lo entiende, “UNO” PUEDE LLEGAR A SER EL “OTRO”. A partir de este momento, el discurso ético del texto nos lleva a lo que podríamos denominar como un desbocamiento ideológico que no conoce límites, para que, de esa forma, no podamos argumentar que hemos salido del teatro indemnes o sin sufrir daños: «¡ojalá mi obra fuese molesta y beneficiosa a la vez!», nos dice Liddell en una nueva manifestación de su ideario político y existencial. En este sentido, hay que decir que el discurso inseminado en esa poesía trágica antes aludida, nos hace caminar sobre un suelo donde los adoquines no son de piedra sino de cristales rotos, cuyo único objeto es unir lo bello y lo justo —la sangre unida a la vida y la muerte—, o, en un acto de resistencia, confrontar a la violencia poética frente a la violencia a secas. Aquí, la provocación deviene en un planteamiento más mayestático si cabe: EL TEATRO CONTRA EL HOMBRE o el arte como hambre de sentimientos revolucionarios.

 
Todo esto, sería inimaginable sin la desnuda, pero descarnada puesta en escena, que han ideado Esperanza Pedreño e Isidro Paterna, donde la esencia es el hueso y no la carne. Desde esa desnudez, donde la palabra es la verdadera protagonista, Esperanza Pedreño se revuelve sobre sí misma para vomitarnos, como si fuera la propia Liddell, un repertorio de necesidades físicas, escatológicas e intelectuales que, en ocasiones, compagina muy bien con unas castañuelas y un taconeo aflamencado que reclaman la esencia del arte y del ser humano. A lo que hay que unir, esa fuerza expresiva que poseen las letras pintadas con tiza blanca sobre un encerado inmenso y negro que acoge al escenario; un universo que a su vez, viene representado por un balón hinchable que va y viene, sube y baja, como si fuera ese mundo que gira con y sin nosotros de una forma perenne, y sobre el que poco podemos hacer, salvo quizá, desinflarlo para que desaparezca. Mención aparte, merece la relación de la actriz con su vestuario, pues las sensaciones de transformación y de expresión son infinitas, tanto o más que las múltiples formas que adopta Esperanza Pedreño en esta obra, donde su valentía, su decisión y fuerza actoral están fuera de toda duda, incluso, en un texto tan incendiario como éste de Angélica Liddell. 

Ángel Silvelo Gabriel.

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