Tiempo de comunicaciones rotas

Tiempo de comunicaciones rotas

miércoles, 31 de enero de 2018

TEATRO TRIBUEÑE: PROGRAMACIÓN DE FEBRERO

TEATRO TRIBUEÑE

TEATRO DE REPERTORIO
 
Tres fuertes voces... la voz de la muerte, la voz del amor y la voz del aire.

– Federico García Lorca –
 
 
 
 
 
 
FINES DE SEMANA DE MUSICAL
 
 
TRIBU DE POETAS DE ESTE MES
 

domingo, 28 de enero de 2018

EL MAGO.- MICRORRELATO DE ÁNGEL SILVELO


 
Soy un reo que busca su absolución, aunque más que un deseo sea un sueño difícil de cumplir. He sido abandonado por un abogado incompetente, de esos que sólo piensan en entelequias como Europa y su nuevo Cuerpo de Abogados. ¿Para cuándo fijarán un nuevo señalamiento para mi caso? Voy camino de un seguro destierro, y tú todavía me preguntas por qué, y si mereció la pena salvar tu honor y acabar de una vez por todas con esa señal que llevabas dentro de ti y a la vista de los demás. Ya no hay cicatrices porque pasaron los tiempos de las afrentas. Ahora sólo me quedan el miedo y esa soledad que se apodera de mí cada vez que te recuerdo. Ahora sólo te pido que me concedas parte de tus poderes y me conviertas en un mago capaz de cambiar un cubo en el que acabar encerrado por un leguleyo que sea capaz de devolverme a tu lado.
Microrrelato de Ángel Silvelo Gabriel

 

sábado, 27 de enero de 2018

ROLAND BARTHES.- LA INTERPRETACIÓN LITERARIA. Un Artículo de Manu de Ordoñana, Ana Merino y Ane Mayoz

 
A la figura humana de Roland Barthes (1915-1980) se le han adherido múltiples adjetivos: crítico, ensayista, filósofo, músico, escritor… y semiólogo. En esta última faceta, revolucionó la crítica literaria de su época, situando al lector en una posición de privilegio para interpretar el texto de manera diferente a la intención que tuvo el autor al escribirlo. José Miguel Marinas ha publicado un ensayo en el que analiza dos de las obras de Barthes: El placer del texto (1972) y La lección inaugural (1977), que nos ha servido para escribir este artículo, limitado a sus impresiones relacionadas con la escritura y la lectura, cuya lectura resultará ardua por la profundidad de sus definiciones innovadoras.
 
Barthes expone que la literatura son letras que hay que juntar, que hay que ir leyendo para que el mundo cambie, para que a cada uno de nosotros le pase algo. Que engloba todas las ciencias, y, en consecuencia, muchos saberes. Por ejemplo, en la novela de Robinson Crusoe, existe un saber histórico, geográfico, social, botánico, antropológico… es pues verdaderamente enciclopédica. Por esto, reúne el sentido de la tarea titánica y hermosa de quien decide imitar la vida (mimesis), repartir el saber (mathesis) y crear sentido (semiosis).
Es curioso cómo califica de creadores tanto al lector como al crítico, que lo define como a un lector más avisado; aunque matiza que la figura del autor, una vez terminada su obra, importa poco, que siempre se encuentra atrapado en la guerra de las ficciones, como si fuera un comodín.
 
Para él escribir es una tarea de exploración de lo no dicho, es un continuo ir y venir, del corazón de lo íntimo a los asuntos de la polis. La escritura no es un sistema secundario de signos. Y lo demuestra en el grado cero de la escritura (su primer libro), esto es, en los textos donde campea el lenguaje oral y se muestra todo en su conjunto: la escritura, la gestualidad, el habla…
 
La escritura para él no es ni la lengua, común a todos, ni el estilo, particular de cada uno, sino la forma que, deliberadamente, el escritor elige. Lengua y estilo pertenecen al orden natural; en cambio, la escritura pertenece al orden electivo y ella sola compromete y significa. Cabe una ética de la escritura, está en ella; por esto, los materiales con los que trabaja quien escribe y quien lee son muy delicados, son fragmentos de mundos y troquelan a quien lee y a quien escribe. Defiende la escritura como práctica activa frente a los discursos arrogantes propios de la política, la ciencia… Está convencido de que únicamente la literatura puede corregir la distancia que hay entre la ciencia, que es basta, y la vida, que es sutil.
 
Segmenta la escritura, alude a la frase y al texto. Define la frase como algo acabado. Aunque según Chomsky, en teoría, la frase es infinita, la práctica obliga siempre a terminar la frase. El profesor es alguien que termina sus frases. El político entrevistado se preocupa por imaginar un final a su frase. El escritor no expresa su pensamiento, su pasión o su imaginación mediante frases, sino que piensa frases. El placer de la frase es muy cultural, no deja de ser un objeto excepcional, infinitamente renovable.
 
En cuanto al texto, le gusta porque es un espacio raro del lenguaje en el que toda “escena” está ausente. No es nunca un “diálogo”, en el sentido de que no corre ningún riesgo de simulación, ninguna rivalidad de idiolectos; resulta una especie de islote en el seno de la relación humana, manifiesta la naturaleza asocial del placer (solo el ocio es social) y hace entrever la verdad escandalosa del gozo. Concluye alegando que un texto es una clave para interpretar y cambiar la cerrazón de la cultura.
 
En la escena del texto, no hay bambalinas: no hay detrás del texto alguien activo (el escritor), ni delante alguien pasivo (el lector), no hay un sujeto y un objeto. El texto es la lista abierta de las señales del lenguaje, tiene una forma humana, es un anagrama de nuestro cuerpo erótico. Por lo tanto,el placer del texto sería irreductible a su funcionamiento gramatical, como el placer del cuerpo es irreductible a la necesidad fisiológica. El placer del texto es ese momento en que mi cuerpo comienza a seguir sus propias ideas. No es forzosamente un placer de tipo triunfante, heroico.
 
El escritor de placer está obsesionado con la letra, como lo están todos los que aman el lenguaje, por eso es posible hablar de textos de placer. La crítica se ejerce siempre sobre textos de placer, nunca sobre textos de gozo. Con el escritor de gozo, comienza el texto imposible; ese texto está fuera del placer y fuera de la crítica.
 
Todo el mundo puede testimoniar que el placer del texto no es seguro pues nada nos dice que el mismo texto nos gustará por segunda vez. El placer se disgrega por el humor, el hábito, la circunstancia… es un placer precario. El gozo del texto no es precario, es precoz. Todo se realiza de una vez y este arrebato es evidente. Ni el texto de placer relata forzosamente placeres, ni el texto de gozo narra un gozo.
 
El texto de placer es el que contenta, da euforia. Proviene de la cultura y está ligado a una práctica confortable de la lectura. El placer es siempre decepcionado, reducido en provecho de los valores nobles: la Verdad, la Muerte, el Progreso, la Alegría… su rival victorioso es el Deseo. Se nos habla del Deseo, pero nunca del placer. Los libros llamados “eróticos” representan más que la escena erótica, porque se hace hincapié en su presentación, en su preparación, por eso resultan “excitantes”. Cuando la escena llega, en cambio, hay decepción. Tendrían que calificarse más bien como libros del Deseo, no del Placer. Se pretende hacer del texto un objeto de placer como cualquier otro. El placer del texto es una reivindicación dirigida con la separación del texto, pues lo que el texto dice a través de la particularidad de su nombre es la ubicuidad del placer, la atopia del gozo. Curiosamente, el placer es individual, pero no personal. Cuando intenta “analizar” un texto placentero es su “individuo”, su cuerpo de gozo el que reencuentra. Y ese cuerpo de gozo es también su sujeto histórico.
 
Si fuese posible imaginar una estética del placer textual, sería necesario incluir en ella la escritura en alta voz. Esta no es expresiva, pertenece a la significancia, es sostenida por el tono de la voz.
 
Si el escritor escribe en el placer, eso no asegura el placer de su lector. Lo tiene que buscar, se crea un espacio de gozo. La escritura es la ciencia de los gozos del lenguaje, su kamasutra. En las obras de autores como Zola, Balzac, Tolstoi, Dickens… nos saltamos partes de lectura (las descripciones, las explicaciones, las consideraciones…) buscando la figura del placer. El ritmo de lo que se lee y de lo que no se lee construye el placer de los grandes relatos. Sin embargo, el autor no puede prever esto a la hora de escribir. Si acepto juzgar un texto según el placer, no puedo permitirme decir este es bueno, este es malo. Y esto será así para mí, pero no es subjetivo es nitzscheano.
 
El texto de gozo es el que pone en situación de pérdida, desmoraliza, hace vacilar los fundamentos históricos, culturales, psicológicos del lector, pone en crisis su relación con el lenguaje. Y es que el gozo es el estallido de un sujeto desaforado.
 
Está claro que el placer no es un elemento del texto, no depende de una lógica del entendimiento y de la sensación. Entre el placer y el gozo no hay más que una diferencia de grado. De ahí que el texto de gozo no será más que el desarrollo lógico, orgánico, histórico, del texto de placer. Y todo esto porque la vanguardia no deja de ser la forma progresiva de la cultura pasada, el hoy sale del ayer. En definitiva, el placer y el gozo son fuerzas paralelas que no pueden encontrarse, hay una incomunicación entre ellas.
 
Proveniente del psicoanálisis, tenemos un miedo indirecto de fundar la oposición entre texto de placer y texto de gozo: el placer es decible, el gozo no. Y es que el gozo como tal no puede ser dicho sino entre líneas. Asimismo, define el miedo como la clandestinidad absoluta, el lenguaje delirante no es accesible a quien lo escucha nacer en él. El miedo no expulsa ni reprime ni realiza la escritura: gracias a la más inmóvil de las contradicciones, la escritura y el miedo coexisten separados.
 
Para el escritor, la lengua es el único objeto que está en relación constante con el placer. Muchas lecturas le producen placer, pero no gozo. El gozo del escritor solo puede llegar con lo nuevo absoluto, solo lo nuevo trastorna la conciencia. Lo nuevo es un valor, fundamento de toda crítica. La evaluación del mundo depende de lo oposición entre lo Antiguo y lo Nuevo. Lo Nuevo es el gozo. Excepción y regla se oponen. La regla es el abuso, la excepción es el gozo.
 
Un hombre como Barthes, que ha estudiado la obra de infinidad de escritores, confiesa su predilección por la obra de Proust; la considera su obra de referencia, el mandala de toda la cosmogonía literaria, pero esto no quiere decir que sea un especialista en este autor. Proust es lo que le llega, esto es, el intertexto: la posibilidad de vivir fuera del texto infinito, el libro hace el sentido, el sentido hace la vida.
 
Se atreve a criticar a su país. Ya en la década de los setenta dejaba claro que un francés de cada dos no lee, con lo que esto supone: la mitad de Francia se priva del placer del texto. Generalmente se deplora esta desgracia nacional desde un punto de vista humanista.
 
Como intelectual que es, se le pide que haga frente al Poder con mayúsculas, pero su lucha es contra los poderes; más complicado de lo que parece, porque el poder es perpetuo en el tiempo histórico. Se destruye y vuelve a aparecer; es el parásito de un organismo transocial, ligado a la entera historia del hombre. Desde toda la eternidad humana, el poder se inscribe en el lenguaje o en su expresión obligada: la lengua. Hablar no es comunicar, sino sujetar: toda la lengua es un régimen generalizado. En la lengua, servilismo y poder se confunden. Teniendo en cuenta todo esto, afirma que solo fuera del lenguaje puede haber libertad, puesto que el lenguaje somete y es un recinto clausurado. Y lo único que permite escuchar a la lengua fuera del poder sería la literatura. Para él la literatura es la grafía compleja de las marcas de una práctica, la práctica de escribir. Aquí estaría el texto, es decir, el tejido de significantes que constituye la obra. En el texto aflora la lengua, dentro de la lengua es donde la lengua debe ser combatida. Así se equiparan, literatura, escritura, texto.
 
Roland Barthes es un autor que creía poco en las autorías y mucho en el continuo ejercicio de nombrar lo que nos duele, los resquicios de lo que nos ata, los sonidos de lo que aún no nos atrevemos a contar.
 
Cerramos esta pequeña incursión en su vasto mundo aludiendo a otra definición de la literatura que nos gusta. Además de lo mencionado con anterioridad, para él la literatura equivale a una apertura de territorios, en el sentido de que quien escribe y quien lee son como don Quijote, que salen para no volver.
 
Un artículo de Manu de Ordoñana, Ana Merino y Ane Mayoz

miércoles, 24 de enero de 2018

POLÍTICA SENTIMENTAL DE JAVIER VILLÁN: LA RECUPERACIÓN DE LA MEMORIA A TRAVÉS DEL AMOR


 
París. 1944. El malentendido. Albert Camus. María Casares y, entre ambos, el ruido de las bombas y la niebla del humo de los cigarrillos que fuman en silencio y convierten el escenario en un espacio irreal, por onírico. En esa intimidad donde el amor deja de ser un sentimiento para convertirse en una rebelión del individuo frente al mundo que le ha tocado vivir, Camus y Casares conversan sobre la resistencia y el teatro, la guerra y el amor, la República y Sartre en una suerte de saltos en el espacio-tiempo que intentan atraparlo todo, pues ese parece el mensaje final de esta primera incursión en las tablas del periodista Javier Villán como dramaturgo, la necesidad de crear un universo que funcione como un todo; un mundo en el que expresar el sentido y los sentimientos más universales del ser humano de la mano de un escritor y una actriz, de un dramaturgo y su musa que viven su amor a oscuras, entre el oscuro anonimato de un camerino sin flores y la fogosidad de una pasión que no sólo deviene en carnal sino que, en su detrimento, se abalanza sobre la situación política de una Europa en guerra y una España en manos de un dictador al que, el autor, combate con los ecos de la tradición española vista desde los ojos, las manos y la escritura de Lorca o desde la idea de república en su afección más patria y cañí. En Política Sentimental, Javier Villán ha incluido, con gran acierto, la magia de los sonidos a través de canciones, las sirenas que anuncian un nuevo bombardeo, o del innegable, por conmovedor, testimonio sonoro del discurso que Albert Camus pronunció cuando recibió el Premio Nobel de Literatura, lo que sin duda, agiliza el desarrollo de la obra y le proporciona un matiz de documento histórico que lo convierte en más veraz y cercano al espectador.  

El Área de Teatro de Espacio Guindalera, dirigido por la familia Pastor, fue el lugar elegido el pasado viernes diecinueve de enero para la  puesta de largo de esta obra de teatro que navega por las aguas de la recuperación de la memoria  a través del amor. David Loaysa dirige a un magnífico y portentoso Germán Torres en su réplica de un Camus apasionado, valiente y siempre dispuesto a conquistarnos a través de la esencia de su pensativa mirada que se proyecta hacia el infinito sobre los cuellos de su sempiterna gabardina. Camus como mito literario y humano, súper hombre frente a la injusticia e intelectual que no tenía miedo a sus propias fisuras. A su lado y enfrente, Sabela Hermida como María Casares intentando poseer al mago de las palabras y ejerciendo de gallega a través de un discurso plagado de referencias a su familia y a su tierra. Frente a ellos, Javier Villán, asumiendo el riesgo de proponernos una obra que busca su propia pulsión en los grandes acontecimientos externos que unen y separan a sus protagonistas, quizá, porque con ello arremete con una mayor agresividad dialéctica contra los muros de la sinrazón de la época, dejando clara —de ese modo— su postura ante los sucesos que narra. Sin embargo, Política Sentimental se aísla por momentos y, en exceso, de la narración y visualización más cercana de una relación entre dos personas que, atrapadas por sus propios fantasmas, buscaban el refugio del amor para combatirlos, como de otro modo se pone de  manifiesto en la reciente publicación de las cartas que, durante muchos años, se intercambiaron; misivas llenas de pasión, por otra parte. En este sentido, el amor a secas y despolitizado es lo que más se echa de menos en un montaje que intenta ser valiente en su propuesta, pero que sólo la afronta a través de la recuperación de la memoria, dejando de un lado al amor. 

Ángel Silvelo Gabriel. 

martes, 23 de enero de 2018

TRES ANUNCIOS EN LAS AFUERAS DE MARTIN McDONAGH: ATRAPADOS EN MISURI


 
Igual que animales salvajes encerrados en una jaula, los personajes de Tres anuncios en las fueras dan vueltas sobre sí mismos en una especie de aislamiento circense marcado por la ira. Los habitantes de Ebbing, la pequeña localidad del Estado de Misuri donde Martin McDonagh ha situado su última película, son un buen ejemplo del distanciamiento físico y existencial en el que nos desenvolvemos, y la manifestación más clara de la perversa silueta de la ira que, en este caso, nos es mostrada en clave tragicómica y con claros tintes teatrales. En Ebbing no existe la empatía, sino que más bien todo se limita a un soliloquio entre sordos, lo que nos traslada a una cenagosa península donde reina el egoísmo, la incomprensión y, como no, la ira. Es en este pecado capital sobre el que McDonagh (que también es el autor del guion) nos quiere llamar la atención, para de alguna forma avisarnos de nuestro gran error. Y su gran acierto es que no lo hace desde la moral más restrictiva, sino desde la ironía que se entremezcla con el drama y con la propia vida, dándole un punto de vista muy personal tanto al desarrollo de la historia como a su desenlace, sin duda, uno de los puntos fuertes del film, porque nos lleva a replantearnos desde otro punto de vista todo lo que se nos ha narrado.   

En este drama de odios y heridas destacan tanto el reparto coral (magníficos todos ellos) como los magníficos diálogos de los personajes, aunque en ocasiones pequen de estar demasiado elaborados, lo que no es óbice para que en la mayoría de las veces funcionen a la perfección, pues no en vano el director es también dramaturgo y eso se nota, desde la concepción de la trama de la historia hasta su desenvolvimiento, pasando por los encuadres de las cámaras y la elección de algunas escenas que nos hacen sentir que estamos cerca de un obra dramática teatralizada y de una película de autor que intenta dejar su sello personal y alejarse de los estrictamente comercial. A todo ello, McDonagh lo envuelve con un majestuoso entorno de árboles y montañas de verdes intensos que hacen el papel de un personaje más, pues son el perfecto contraste entre, la solemnidad de una naturaleza que asiste con gravedad y silencio a aquello que se desarrolla sobre su piel, y las disputas de los hombres y mujeres de la pequeña localidad a los que da cobijo. 

Martin McDonagh en Tres anuncios en las afueras ha querido mostrarnos que la ira sólo engendra más ira, como dice uno de los personajes del film, pero también, le ha querido dar una vuelta de tuerca a ese sinsentido en el que nos desenvolvemos, para hacernos ver lo equivocados que estamos, pues nos comportamos como autómatas que no conocen la cualidad de la empatía. Esa falta de diálogo, sin embargo, es resuelta de una manera magistral por el director angloirlandés, pues igual que al soltar un muelle éste regresa a su posición natural, los personajes de esta película regresan a ese punto de partida en el que todavía no estaban prisioneros en sus propias jaulas, por mucho que se encuentren perdidos en Ebbing, Misuri, un lugar propicio para tomarse la justicia por su mano como hace una memorable Frances MacDormand ante la ausencia de respuestas convincentes por parte de la policía local. En este sentido, McDonagh juega con nosotros al plantearnos desde el inicio que, situaciones aparentemente exentas de violencia, pueden llevarnos hasta la perversa y, en su caso, tragicómica postura de una ira que no conoce más límite que el de la muerte. No obstante, los muertos de la película son otros, a pesar de la violencia que exhalan muchas de sus escenas, porque, en el fondo, el ser humano necesita del otro y de su empatía ante el dolor, la pérdida y la ausencia por muy atrapados que estén, como en esta película, en un pueblo de mala muerte de Misuri. 

Ángel Silvelo Gabriel. 

domingo, 21 de enero de 2018

EL HOMBRE LIBRO.- MICRORRELATO DE ÁNGEL SILVELO


 
Tenía la sensación de estar laminado, como si mi cuerpo fuese un libro lleno de hojas. Al incorporarme fui consciente de que algo había cambiado, pues en mi brazo derecho pude leer: «En un lugar de la Mancha». Incrédulo, giré mi cabeza a la izquierda, y leí: «de cuyo nombre no quiero acordarme». Todo me resultaba extraño, como en un sueño. Yo nunca quise tatuarme y ahora me había convertido en un hombre libro. Mi piel estaba rugosa como las hojas de papel. Mis manos habían crecido hasta convertirse en unas perfectas pastas con las que recubrir todas y cada una de las frases que decoraban mi cuerpo. Incluso mi olor era muy parecido a esa leve fragancia de tinta e imprenta que impregna a cada libro. Todo era nuevo y diferente, como cuando te enamoras por primera vez. Sin embargo, el pánico se apoderó de mí, al pensar que, en algún lugar de mi cuerpo, tendría tatuada la palabra fin.
Microrrelato de Ángel Silvelo Gabriel

miércoles, 17 de enero de 2018

JESÚS MARCHAMALO; VIRGINIA WOOLF, LAS OLAS (ILUSTRADO POR ANTONIO SANTOS): LA FAMILIA, LOS AMIGOS, LA LITERATURA Y… LAS OLAS


 
Tal y como reza la leyenda que acompaña a cada uno de los libros de Nórdica: «Pronto llegará la nieve. Se siente en el aire» y, tal y como es costumbre en los últimos años, cuando el calendario llega a su fin: «Pronto llegará un nuevo libro del tándem formado por Marchamalo y Santos». En esta ocasión, la escritora elegida ha sido Virginia Woolf. Una escritora que, como los anteriores —en palabras del escritor y periodista Jesús Marchamalo— también tiene el sesgo de rara o especial. Una virtud a la que el escritor, una vez más, ha sacado brillo y singularidad, porque este corto e intenso retrato que nos brinda sobre la famosa escritora del grupo de  Bloomsbury, es entrañable a la vez que genial, a la par que: único, sintético, luminoso, certero, lírico o sobrecogedor. No hay detalle que se escape a la mirada de Marchamalo, pues en apenas ocho folios deja una semblanza inolvidable del personaje que aborda que, como un eco, se repite dentro de nosotros una y otra vez sin tiempo para la negación. Su escritura, lírica y elíptica, es una majestuosa sucesión de imágenes que nos atrapan y nos devuelven a ese tipo de literatura hipnótica y magistral que nos deja sin aliento. No nos dejemos engañar, porque este pequeño libro: Virginia Woolf, Las olas, te invita a su lectura no sólo una vez, sino varias, por la profundidad de sus frases y palabras y, como no, por las magníficas ilustraciones de Antonio Santos que, de nuevo, nos arrastra con sus imágenes a esa Inglaterra victoriana de principios del s. XX. Magníficas son sus ilustraciones que, en ocasiones, nos recuerdan a ese desnudo intelectual presente en los cuadros metafísicos de De Chirico; o en otras nos evocan a los grandes maestros de la pintura española a través de sus imponentes retratos que nos obligan a  dejar de leer para contemplar en toda su plenitud la esencia de los gestos y los trazos —sencillos y sobrecogedores— de este artista que desnuda almas y que, a través de su dualidad: blanco-negro, proyecta la austera plenitud de la vida, ya sea ésta alegre o triste, luminosa u oscura, parca o metafórica. 

Virginia Woolf, Las olas es una vida en sí misma, pero también, una vida en muchas otras y a la inversa, pues todas ellas confluyen en el alma trabajosa y atormentada de uno de los mitos de la literatura. Un mito que expresó sus miedos y su libertad cuando decidió poner fin a su vida: «¡Contra ti me lanzaré, entera, invicta, oh muerte!». Un extraordinario epitafio que fue esculpido en una placa que, a su vez, fue depositada entre dos olmos. En su sombra esa Ofelia trágica paró su reloj a las doce y cuarto del día en el que decidió marchar sola en busca del rugir de las olas que la mecieran y acompañaran en el letargo del sueño eterno. Un sueño eterno que nos retrotrae hasta su recuerdo. Un recuerdo que siempre irá acompañado de su familia, los amigos, la literatura y… las olas. 

Ángel Silvelo Gabriel. 

domingo, 14 de enero de 2018

COMPAÑERAS DE VIAJE.- MICRORRELATO DE ÁNGEL SILVELO


 
Cruzamos la línea roja que divide realidad y ficción en nuestro potente Ford Mustang. Empezamos pisando fuerte, porque no queríamos llegar tarde a nuestro destino, pero algo salió mal en nuestro viaje iniciático a ninguna parte y salimos despedidas de nuestra road movie como dos sirenas a las que se les ha saco precipitadamente del agua. El coche en el que nos habíamos subido se paró en mitad de la nada. Maldije nuestra mala suerte y miré a mi compañera de viaje, que hasta ese momento creí que era Louise. Me miré a mí misma, pero tampoco encontré ningún rastro de Thelma. «¿Dónde estamos?», me preguntó ella. «Creo que nos hemos equivocado de película», le respondí. Y entonces, como dos idiotas, nos bajamos del tiovivo al que nos habíamos subido.
Microrrelato de Ángel Silvelo Gabriel

domingo, 7 de enero de 2018

BAJO CONTROL.- MICRORRELATO DE ÁNGEL SILVELO


 
Un pájaro se posó en el alfeizar. Revoloteaba de un lado a otro sin tener ninguna sospecha de las dudas que me atenazaban. Mañana defendía mi último examen ante el Tribunal y, si todo salía bien, y el fallo era positivo, se abría ante mí un futuro prometedor como Abogado del Estado. Desde que nací, nunca tuve poder de elección, y mi vida se desarrolló en un planeta gobernado por mi madre. Una valiente jueza que no se permitía la más leve vacilación. Una cualidad que incluyó: mi carrera de Derecho, mi oposición, mi futura boda con María… Sin dudarlo, ella convirtió mi vida en una aburrida procesión de imágenes prefabricadas, lo que instintivamente me llevó a mirar de nuevo al pájaro revoloteador que, inquieto, parecía invitarme a seguirle. No sé cómo lo hice, pero no dudé en aceptar su tenaz invitación sin pensar que tampoco estaba preparado para volar.
Microrrelato de Ángel Silvelo Gabriel

miércoles, 3 de enero de 2018

TEATRO TRIBUEÑE: PROGRAMACIÓN ENERO 2018

TEATRO TRIBUEÑE

TEATRO DE REPERTORIO

PROGRAMACIÓN ENERO

La auténtica verdad es que en el arte dramático no hay tal cosa como una verdad única. Hay muchas. Y cada una de ellas se enfrenta a la otra, se alejan, se reflejan entre sí, se ignoran, se burlan la una de la otra, son ciegas a su mera existencia.

– Harold Pinter –
 
 
 
FINES DE SEMANA DE MUSICAL
 
 
TRIBU DE POETAS DE ESTE MES