Tiempo de comunicaciones rotas

Tiempo de comunicaciones rotas

domingo, 30 de octubre de 2016

EL CIUDADANO ILUSTRE, DE GASTÓN DUPRAT Y MARIANO COHN: ATRAPADO EN LA FRONTERA QUE DIVIDE LA REALIDAD DE LOS SUEÑOS



La realidad es tan subjetiva como la ficción, pues admite tantas reinterpretaciones como ojos la ven. La necesidad de reconstruir ese caos le lleva al escritor a levantar un mundo: el propio. Un mundo en el que todo fluya tal y como él lo entiende, aunque ese fluir sea el mayor de los caos imaginables. Sin embargo, fuera de los límites de ese universo propio del autor, en demasiadas ocasiones, se comete el error de querer ver los rasgos del artista más allá del hecho creador en sí mismo. A esa locura que no admite explicaciones es a la que se enfrenta un inconmensurable Óscar Martínez, tanto en sus irrenunciables posiciones bizantinas entorno a la literatura y su obra, como en sus debilidades más de andar por casa, lo que de una forma irresoluble e inesperada le lleva a estar atrapado en la frontera que divide la realidad de los sueños, porque qué difícil es hacerle entender a los demás, que la minúscula línea de transita entre la realidad propia —la del autor—, y la de la ficción, no es algo sobre lo que haya que discutir una y otra vez, pues la obra y la literatura son otra cosa, quizá, la contemplación de un amanecer tras otro sin otro mérito que el de atesorar ese sentimiento que nos produce poder seguir viviendo. Una vida, que en el caso del protagonista de El ciudadano ilustre, se vuelve pesadilla, pues la imaginación ajena también es cruel con la realidad propia. Aquí, el reflejo de una vida en apariencia exitosa, se retuerce con la tiranía del paso del tiempo que, una y otra vez, se muestra impasible respecto de aquello que nunca llegamos a admitir. En este sentido, la visión que los demás perciben del éxito es tan desastrosa y errónea que aquel que la sufre nunca llegará a entender que, al menos en la literatura, está fomentada en largas horas de aislamiento y en ese desajuste que el escritor manifiesta respecto del mundo que le ha tocado vivir. De ahí, proceden las obsesiones creativas y los fuertes caracteres de muchos escritores que pasan su vida en busca de la obra perfecta. De esa perfección no hallada, también habla esta sarcástica película argentina que lleva camino de convertirse en el hallazgo fílmico del año allende de sus fronteras, por el número de premios que va acumulando.



El ciudadano ilustre es una visión ácida sobre el ser humano y los límites que éste tiene a la hora de aceptar la realidad y su propia vida, pues los ciudadanos de Salta —un pueblo perdido a 700 kilómetros al sur de Buenos Aires— son un magnífico ejemplo de las múltiples interpretaciones y reinterpretaciones que admite la realidad. Una realidad adversa que no entiende de éxitos ajenos y de posiciones contrarias a las suyas. Así, del humor caustico inicial de su protagonista —atentos a la solemnidad con la que renuncia a todo tipo de actos y agasajos—, el Premio Nobel de Literatura, Daniel Mantovani, interpretado por un Óscar Martínez que, sin duda, es una gran elección, pues él solo mantiene el pulso narrativo y fílmico de toda la película con una solvencia extraordinaria, pasamos a esa visión sarcástica del hijo pródigo que regresa a su pueblo —magnífica la secuencia en la que Mantovani le narra un cuento al conductor que le va a recoger al aeropuerto—, hasta llegar a una progresiva oscuridad que deviene en tintes de cien negro, tan negro como las nulas capacidades de la reinterpretación de una realidad que los propios salteños no quieren admitir, pues en ocasiones, también, la frontera que divide el amor y el odio es demasiado fina como para no andarla violando de una forma constante.



El ciudadano ilustre es una película ágil, sarcástica, impulsiva, excesiva a veces en las reacciones un tanto pueblerinas de los salteños, pero también es una película que nos proporciona buenos momentos de humor, de contemplación de las verdades y mentiras entorno al hecho creativo y literario, pero también, es una película que se presta a ese juego en el que podemos caer atrapados en la frontera que divide la realidad de los sueños.



Ángel Silvelo Gabriel.

EL SECRETO DE SUS OJOS.- MICRORRELATO DE ÁNGEL SILVELO



Siempre la recordaré mirando a la gran pantalla, la cabeza en alto, como queriendo adueñarse del espacio, y su mirada fija en el infinito. Compartíamos las tardes de los miércoles mientras devorábamos películas de serie B en el cine de mi barrio. Ella se sentaba dos butacas más allá de mi sitio favorito, y yo la miraba con disimulo. Pasábamos la tarde visionando imágenes de pistoleros, aventuras y detectives. Lo hacíamos con ansiedad, como si ese fuera nuestro último deseo. Yo buscaba su mirada en la oscuridad de la sala, pero ella nunca dejaba de prestar atención a la pantalla de cinemascope.

            Una de aquellas tardes, me di cuenta de que ella protagonizaba alguna de esas películas. Entonces, pasó a ser mi musa del celuloide y mi sirena del patio de butacas. En el descanso yo salía al hall, mientras ella permanecía inmóvil en su asiento, seguramente ensimismada en sus grandes recuerdos. A pesar de su lejanía, yo no paraba de mirarla, pero ella era ajena a mis continuas atenciones. Entre película y película, se ponía unas gafas negras de sol, lo que me impedía ver sus ojos, pero a mí no me importaba porque su figura desprendía el brillo que sólo poseen las grandes estrellas. Yo la miraba, pero no podía tocarla. Con el paso del tiempo, mi devoción se convirtió en anhelo, un sentimiento que me hacía sentir el más desgraciado de los seres humanos, porque yo sólo quería que ella me perteneciera más allá de mis sueños y de mi incontrolado deseo adolescente.

            Consulté su biografía, lo hice en una enciclopedia de las gordas, de esas que se dividen en muchos tomos. Cuando encontré su nombre, me asaltó un sentimiento de tristeza, las diez líneas que ocupaban la reseña no la hacían justicia; en el lateral, había una pequeña fotografía en la que apenas se la distinguía. Cerré el tomo de la enciclopedia y me juré no volver a aquella infame biblioteca. Entonces no me di cuenta, pero esa fotografía fue la primera señal de un falso final. Poco tiempo después se acabaron las sesiones dobles de los miércoles. Cerraron aquella antigua sala de cine de barrio, y con ello, colapsaron mis ansias adolescentes de imaginación, aventuras y deseo, alejándome para siempre de mi anhelada musa. Sin embargo, el incontrolable azar que rige nuestras vidas nos dio una nueva oportunidad. Una tarde, en la que fui a ver a un amigo al centro de la ciudad, me la encontré bajando las escaleras del edificio. Iba acompañada, llevaba puestas sus gafas negras de sol, y en su mano derecha portaba un bastón de invidente. El corazón me dio un vuelco y me resistí a creer lo que había visto, porque nunca imaginé ese final para el secreto de sus ojos.
Microrrelato de Ángel Silvelo Gabriel 

miércoles, 26 de octubre de 2016

CUATRO IDEAS PARA DESMITIFICAR EL BLOQUEO DEL ESCRITOR. Por Natalia Martínez, profesora de Escritura Creativa en Sinjania


Si escribes, seguro que en algún momento habrás sufrido ese síndrome de todos conocido: el bloqueo del escritor. Hasta ayer todo marchaba, estabas trabajando en tu novela y la historia fluía sin esfuerzo. Pero hoy ni una palabra brota de ti y todas las ideas parecen haberse esfumado de tu cabeza, como si te las hubieran borrado.

Sabes lo que sucede: estás bloqueado. Y lo sabes porque te han hablado del bloqueo desde que comenzaste a escribir. De alguna manera, lo del bloqueo del escritor es una especie de profecía autocumplida, sabías que un día llegaría y, al final, acaba por llegar. Pues tenemos buenas noticias para ti. El bloqueo del escritor no existe.

Es un mito, como el de la inspiración o el del talento innato. Algo que se supone que les pasa a los escritores, algo en lo que nos gusta creer porque, cuando nos sucede, nos sentimos escritores de verdad. Si estamos bloqueados, estamos desempeñando bien nuestro papel de creadores, encajamos en el rol. Así que aunque el bloqueo sea una contrariedad, todo va bien. Es como si un tenista solo se reconociera tenista cuando desarrolla epicondilitis (codo de tenista). O el oficinista solo se supiera oficinista cuando sufre el síndrome del túnel carpiano.

Pero mientras que esas enfermedades son reales, el bloqueo del escritor no lo es. Ahora mismo estarás echándote las manos a la cabeza y diciendo «¿Cómo que el bloqueo del escritor no es real? ¿Y los miles de escritores que lo sufren, qué?» Tranquilo, en realidad lo que sucede es que llamamos bloqueo del escritor a algo que no es tal. Usamos un nombre genérico para camuflar ciertos problemas de escritura y no tener que enfrentarnos a ellos. Vamos a verlo.

El bloqueo forma parte del proceso de escritura
En el fondo, el bloqueo del escritor no es más que una parte más del proceso creativo. Una parte del proceso de escritura a la que todo escritor debería acostumbrarse y saber cómo gestionar. Simplemente, tu cerebro se está tomando el tiempo que necesita para crear, para resolver problemas con la trama, para profundizar en la motivación de los personajes, etc.

Una novela no surge de la nada. Detrás de ella hay un enorme esfuerzo intelectual y creativo, y ese esfuerzo requiere su tiempo. Tienes que dártelo. No percibas el bloqueo como un problema, sino como una oportunidad. De él van a salir cosas buenas, solo es que tu cerebro se toma su tiempo en materializarlas. Lo que sucede es que el escritor, cuando se percibe bloqueado, entra en pánico. Precisamente por todo lo que ha oído contar sobre el bloqueo, por todas esas novelas y películas donde aparece un escritor que se dio a la bebida porque ya no podía escribir y al que su mujer acaba abandonando; por todo eso, el escritor se deja llevar por la ansiedad.

En el fondo, lo que pasa es que tienes miedo de que ese bloqueo sea algo permanente que te impida volver a escribir. Pero eso no suele suceder. Para gestionar esa ansiedad, puedes hacer varias cosas:
1.- Hacer otra cosa: no te empecines y cambia de actividad. Puedes dejar de escribir durante dos o tres días y aprovechar ese tiempo para hacer deporte, pasear o salir con tus amigos.
2.- Leer: al sumergirte en otras historias encontrarás formas de resolver los escollos de la que tú estás escribiendo. Leer es el mejor curso de escritura que puedes hacer.
3.- Practicar la escritura libre: la escritura libre consiste en escribir de forma ininterrumpida durante un periodo de tiempo prefijado, sin un tema preestablecido y sin prestar atención a la ortografía y la gramática. Pruébala y te sorprenderán sus resultados.
En secreto, mientras haces alguna de estas cosas, tu cerebro seguirá trabajando en tu historia y, voilà, enseguida tu historia te llamará con fuerza de nuevo.

No te has preparado bien
Ya hemos dicho que el bloqueo del escritor forma parte del propio proceso de escritura, pero también es verdad que con un buen trabajo previo de planificación es muy difícil que llegue a darse. Muchas veces lo que esconde el bloqueo es la falta de una adecuada preparación. Muchos escritores se ponen a escribir sin trazar un plan previo. Confían en que la historia se desarrolle sola, en que ella les irá guiando. La realidad es que eso no suele suceder, sobre todo en el caso de los escritores noveles.

Es vital que crees una estructura previa para tus historias, donde tengas claro sus tres fases básicas (planteamiento, desarrollo y desenlace), así como cuál es el conflicto al que se enfrenta el protagonista. Con esas ideas claras, te resultará más fácil avanzar sin detenerte. Sobre todo es muy importante saber cómo va a finalizar tu historia. El final es la estrella polar que te guiará. Si lo tienes claro, sabrás en todo momento hacia dónde tienes que conducir la historia si pierdes el camino.

Otras veces el bloqueo del escritor lo que trasluce es una falta de preparación más profunda. No es que no te hayas tomado el tiempo de crear un esbozo de su historia, es que desconoces los recursos y las técnicas que debes emplear para llevarla a cabo. Es como si quisieras construir una casa sin saber cómo hacer los cimientos o levantar un muro. Puedes dibujar los planos de la casa en un papel, pero cuando tengas que empezar a edificar te quedarás parado. Por suerte hoy en día tienes a tu alcance cientos de webs, libros y cursos de escritura que pueden suplir esa carencia.

Pero, ojo, porque a menudo el bloqueo esconde otros problemas. Puede ser que, simplemente, lo pongas como excusa para no ponerte a escribir y dedicarte a otras cosas menos exigentes. Lo mejor es que te crees una rutina de trabajo y trates de ceñirte a ella. Escribe incluso aunque no tengas ganas y no dejes que la idea de bloqueo te paralice.

Has perdido la conexión con la historia
También puede ocurrir que pierdas la conexión con la historia. No es que estés bloqueado, es que simplemente la historia que estabas escribiendo ha dejado de interesarte. A veces este problema se relaciona con el del punto anterior y simplemente se trata de que no lo estás desarrollando bien. Has perdido el hilo por falta de trabajo previo o por falta de los conocimientos precisos para escribir bien una buena historia. Si eso es lo que te sucede, ya sabes cómo solucionarlo.

Pero si lo que pasa es que la historia ha dejado de parecerte interesante tienes que asumirlo. En ocasiones esa idea que nos parecía tan fascinante acaba por demostrarnos que no lo es. No hay forma de construir con ella una novela que pueda interesar a un lector. En ese caso lo mejor es que la dejes en barbecho y empieces con otra. Dejar pasar el tiempo ayuda, porque nos da una nueva perspectiva y nos permite continuar sin problemas.

Te faltan ideas
En ocasiones, el bloqueo viene no cuando estás escribiendo una novela, sino cuando has acabado y buscas tu siguiente historia. Pasan los días y no se te ocurre nada, así que empiezas a desesperarte. De inmediato una frase surge en tu cabeza: estoy bloqueado. No, lo que sucede es que no has sabido aprovechar las épocas de bonanza.

De la misma manera en que a menudo la escritura se ralentiza, otras, por el contrario, parece que no puedes dar abasto a escribir todas las ideas que se te ocurren. Pues bien, ese es el momento de trabajar para prevenir que sobrevenga un bloqueo. Cuando tengas una etapa de efervescencia creativa, invierte una fracción de tu tiempo de escritura en tomar notas y hacer esbozos con todas esas ideas que manan sin cesar. Ese también es trabajo de escritor, así que hazlo. De esta manera, cuando te quedes sin ideas tendrás un arsenal de las que echar mano. Y, mientras te pones a escribir y las desarrollas, seguro que se te ocurren más.

No te engañes
En resumen, el bloqueo del escritor lo que suele ocultar es lo que podíamos llamar la vagancia del escritor. Si no te molestas en formarte, si no te tomas el trabajo de planificar tu novela, si no inviertes tiempo en anotar y archivar las ideas que se te ocurren para nuevas historias… no te sorprendas de encontrarte bloqueado. Pero ahora ya sabes que lo del bloqueo es solo una forma de ocultarte la verdad sobre tus problemas de escritura. Y ocultar las cosas nunca es el camino para resolverlas. Por lo tanto, en lugar de quedarte parado, lamentándote porque sufres un bloqueo, ponte las pilas y empieza a trabajar.

Artículo de Natalia Martínez.

martes, 25 de octubre de 2016

NUNCA SERÉ ABOGADO.- MICRORRELATO DE ÁNGEL SILVELO




Abro la puerta de casa y me la quedo mirando con estupefacción y horror: está llena de cajas y operarios, cuadros descolgados y muebles desarmados. Sí, estamos de mudanza. De repente, veo al perro correr tras el gato. Éste lleva unos papeles en su boca, y sólo espero que no sean parte del Código Civil que mi padre deja tirado en cualquier parte. Nadie lo diría entre tanto desorden, pero mi padre es juez y mi madre una de las abogadas más prestigiosas de la ciudad. ¡Y ellos de verdad quieren que sea abogado!

Salgo al jardín en busca de un poco de paz, pero no doy crédito a lo que ven mis ojos, el perro y el gato parece que han resuelto su particular contencioso y comparten a lametazos un sorbete de limón. Me rindo, me siento en el césped y me les quedo mirando con cara de payaso mientras pienso que nunca seré abogado.

Microrrelato de Ángel Silvelo Gabriel

lunes, 24 de octubre de 2016

ELLE, DE PAUL VERHOEVEN: LA PROVOCACIÓN DEL MAL RECONVERTIDA EN UN PERVERSO SUEÑO



La sombra del mal siempre esta ahí, al acecho de la conciencia humana para no permitirla redimirse de sus pecados así sin más. Si Paul Verhoeven hubiese optado por esta vía, Elle no sería lo que es: la provocación del mal reconvertida en un perverso sueño. Sin duda, el veterano director, en su regreso a la gran pantalla después de diez años de ausencia, ha querido divertirse y, para ello, se ha permitido coger otra de las opciones en las que se bifurca el camino, aunque ésta no sea ni la más esperada ni la más convencional. Elle es un juego que el director propone a su protagonista, y que ésta, acepta como tal para deformar nuestra visión de la realidad en aras de mostrarnos otro mundo: el suyo. Un mundo de turbio pasado, violento y marcado por los demás, lo que provoca en ella la necesidad de una experimentación vital nada convencional. Aquí entran en conflicto la moral y el deseo, pero también la nula necesidad de que el bien prevalezca sobre el mal, o el orden sobre el caos, pues Elle es un universo personal y fílmico que no conoce reglas, salvo las propias, porque su director nos propone entrar en un mundo aparte, para una vez dentro, participar de él a través de la sutileza del engaño y la mordacidad de un tipo de moral a la que no estamos acostumbrados a enfrentarnos, a la que además, hay que añadir unas dosis de humor negro y de denuncia de la estructura familiar convencional que, a lo que se nos muestra, marcha a una deriva sin final feliz. En esa contraposición de luces y sombras, sospechas y sorpresas, vamos avanzando en un discurso fílmico prolongado —quizá demasiado—, del que precisa Verhoeven para mostrarnos su tesis acerca de esa doble moral que tanto nos corroe día a día. Es verdad que Isabelle Huppert está inmensa y sale victoriosa en su batalla frente a la cámara, a la que es sometida por parte de su director, a través de unos primeros planos que no dejan espacio para la mentira, o mediante intrépidos movimientos escénicos que inducen a la sorpresa, pero que tanto en un caso como en el otro, se asemejan mucho a los de un felino. Un juego de expresiones a los que la Huppert se enfrenta desde una gama de matices que van, desde la más pérfida frialdad expresiva, al más perverso y provocativo desmantelamiento del deseo que no conoce reglas.



Conviene aclarar que Elle no es una historia real sobre la violación que sufre la protagonista de la misma, Michèle LeBlanc, en el primer plano secuencia del film —perfectamente resuelto por el director, por cierto— sino un sueño, el que tuvo el director de la película, Paul Verhoeven, después de leer la novela Oh... del escritor francés Philippe Djian. Un texto, al que el holandés, a sus setenta y ocho años ha querido dotar de una personalidad y visión únicas, como únicas son la esencia de su cine y la perversión de su alma, siempre dispuesta a poner en entredicho las convenciones de la sociedad en la que vive. El peligro de esta distorsionada percepción del mundo, está en que puede transformarse en una peligrosa —por grotesca— reinterpretación de aquello que el resto tilda de convencional, pues este desenfoque de la realidad, le llevaría a precipitarse —sin derecho a una red salvavidas— por el abismo del cine de grandes efectos especiales, quizá, el último peldaño que ya subió en más de una ocasión cuando dirigía superproducciones en Hollywood.



Ángel Silvelo Gabriel

domingo, 23 de octubre de 2016

JONATHAN GALASSI, MUSA: LAS CICATRICES DEL MUNDO EDITORIAL VISTAS DESDE LA NOSTÁLGICA MIRADA DE UN EDITOR PROFESIONAL



Ya nada volverá a ser como antes. La juventud ya no se tornará ante nosotros como ese último rayo de sol que se despide tras el perfil de la montaña cada tarde ni los héroes de nuestra adolescencia podrán lograr que recuperemos el brillo que desprendían nuestros ojos a cada nuevo reto, aunque éste fuera tan sencillo como darle la mano a la chica que nos gustaba. Hay mucho de esa necesidad de recuperar las sensaciones del pasado en Musa, una elegía —como confiesa su autor— de un mundo que ya nunca más regresará. Esta novela es un largo poema lírico a la muerte de una industria editorial que ya no existe, como tampoco existe esa necesidad de leer y abordar un libro con la inocente idea de que por sí solo te va a cambiar la forma de ver el mundo o de vivir el resto de tu vida. Novela en clave (roman à clef) o de juegos mentales (jeux d’esprit) son sólo dos definiciones que los críticos y el propio autor han manejado para definir este debut literario del veterano editor Jonathan Galassi. Un debut literario que, si bien comienza con una rotunda frase: «Ésta es una historia de amor. Es sobre los buenos viejos tiempos, cuando los hombres eran hombres y las mujeres eran mujeres y los libros eran libros,…», en sus capítulos iniciales se pierde en una profusa descripción —muy al estilo de la gran novela americana— del ambiente y los personajes que después formarán parte de este historia; una historia en la que las cicatrices del mundo editorial están vistas desde la nostálgica mirada de un editor profesional. Esa minuciosidad descriptiva, sin duda, hace perder ritmo y frescura a la narración, sobre todo, si no eres capaz de visualizar la cantidad de nombres que salen a escena. No obstante, lo mejor de la novela comienza en el capítulo dedicado a la Feria del Libro de Frankfurt donde, con una sagacidad capaz de cortar de un único y certero corte el alma más pétrea, el autor nos derrumba cualquier imagen estereotipada que tengamos acerca del mundo editorial. Galassi, gran conocedor de ese ambiente, nos retrata con excelsas dotes de genialidad ese ambiente viciado de grandes, cenas, no menos importantes borracheras y tan millonarios como insulsos contratos publicitarios, de los que dos meses después sus protagonistas ni se acordarán. En este capítulo, sin duda, a todos aquellos que se dedican a escribir le supuraran las heridas, tanto aquellas que le salen cuando se encierra en sí mismo para dar vida y forma a un libro como cuando sean conscientes de esa falta de interés por el hecho literario en sí mismo que, en principio, no debería ser más que el valor de la obra literaria por sí sola. Esta ausencia de un mínimo de ética por parte de los grandes editores está muy bien reflejada y de paso la igualan a la de otros grandes sectores de la industria cultural o financiera.



Sin embargo, Musa arranca con verdadera devoción hacia el hecho literario a partir del capítulo dedicado a esa falsa diva de la literatura llamada Ida Perkins. Una poetisa de fama mundial que el autor define como «una Meryl Streep cándida, con un toque de vampiresa y una llameante cabellera roja». La visita que el protagonista de la novela, Paul Dukach —un claro álter ego de Galassi aunque éste lo niegue—, al palazzo veneciano donde vive su musa, nos retrotrae a lo que en verdad es importante dentro del mundo de la creación, porque, qué es crear sino la estela de una huida…, una huida a ninguna parte, que Galassi en boca de Ida Perkins describe así: «¿Cuándo, me pregunto, se dedican los escritores simplemente a vivir sus vidas aburridas? ¿No sabe que vivir no consiste en escribir, señor Dukach? Siempre había otras muchas cosas. Los hijos de Arnold. Las compras. La colada… ¡y los médicos! Escribir es algo que uno hace, que los dos hacíamos, debería decir, para escapar, para huir.» Una sensación anti-star-system que se remarca mucho más adelante, cuando el propio Paul se dice a sí mismo: «Había aprendido pronto en su trabajo que los auténticos escritores no habían estudiado en Yale u Oxford; procedían de todas partes —o de cualquier parte—, y la clave de su éxito era su determinación de excavar, de triunfar, por mucho obstáculos que se les pusieran por delante.» En este sentido, Jonathan Galassi lo tiene claro y en una entrevista proclama: «el escritor es el héroe del editor, siempre». Una afirmación que cada vez está más alejada de la realidad, porque no se nos debe olvidar que Musa de Jonathan Galassi son las cicatrices de un mundo editorial que ya no existe y, que además, están vistas desde la nostálgica mirada de un editor profesional.



Ángel Silvelo Gabriel.

martes, 18 de octubre de 2016

SIN TESTIGOS.- MICRORRELATO DE ÁNGEL SILVELO



—¿No crees que este asunto lo tendríamos que haber liquidado de otra forma? —le preguntó a su compañero mientras éste limpiaba las gotas de sangre del libro que estaba leyendo.
            —Ya lo sé, pero el mundo no siempre fue así, un lugar infectado de libros mal escritos.
            —¿Y bien, entonces con cuáles nos quedamos?
            —Yo creo que deberíamos tirarlos todos, pero nos viene mejor preservar los de novela negra, porque cuando lleguemos a la costa, necesitaremos un buen abogado que entienda por qué nos deshicimos de ella.
            —Sí, pues por mucho que lo intentamos, nunca comprendió lo de Poe ni lo de los hermanos Grimm.
            —Cierto.
            —Y bien, qué haremos cuando el cadáver salga a flote, porque será muy difícil convencerle al juez de que matamos a su mujer con la única excusa de que queríamos que argumentara mejor su próxima novela.
            —Antes, déjame acabar de leer el último capítulo de la anterior —le dijo, mientras con un revólver le metía dos balazos en la cabeza que de nuevo le llenaron el libro de sangre.
Microrrelato de Ángel Silvelo Gabriel

domingo, 16 de octubre de 2016

EL TECHO DE CRISTAL (ANNE & SYLVIA), EN LA NAVE 73 DE MADRID, DIRIGIDA POR CECILIA GEIJO BAJO EL TEXTO DE LAURA RUBIO GALLETERO: EN BUSCA DEL POEMA PERFECTO


Mirar el mundo desde ese punto de vista que nadie entiende, llegar a ese lugar que nadie ve, o reinterpretar el universo de los sentimientos de una forma distinta, novedosa y tan expeditiva como revolucionaria, deviene en una tumultuosa insatisfacción que, a veces, se paga con la propia vida. La valentía de aquellos que dejan este mundo por decisión propia y por sus propios medios, está forjada en la tenacidad de una lucha en la que se saben perdedores desde el principio, pero que sólo asumen como tal, cuando su espíritu atormentado se queda sin más excusas y sin fuerzas. El agotamiento físico y vital se traspone en una sombra difícil de soportar, y, que sobre todo, no aguanta el imposible equilibrio sobre la cuerda floja sobre la que se sustenta su vida. «El poema nace muerto… Los hijos se mueren y los buenos textos no», nos proclama una Anne Sexton vital y viva dentro de su íntimo tormento. Y esa la única y posible salvación: la poesía que, como deseo de perfección, es válida hasta que la propia insatisfacción la bloquea para dirigirla camino del suicido. Sin embargo, El techo de cristal (Anne & Sylvia) no es una obra de teatro acerca del suicidio, sino un inesperado y productivo encuentro entre dos almas rotas y perdidas que necesitan reencontrase en sus propios reflejos, ésos donde lo invisible se convierte en posible. Bajo un excelente texto de Laura Rubio Galletero, asistimos a través de los vaivenes del flashback a ese proceso de ida y vuelta que sólo el paso del tiempo nos permite afrontar, y desde el que poder afligirnos, reír y llorar junto a los actores que los ponen en pie: Montse Gabriel (Sylvia Plath) en la que destaca su ausencia de histrionismo a la hora de dar vida a la poetisa norteamericana, Luzia Eviza (Anne Sexton) que sobre las tablas desborda de una forma equilibrada la desmesura de Anne, e Ismael de la Hoz que da vida a varios personajes a la vez, entre ellos a Ted Hughes (el marido de Sylvia Plath), y que es el perfecto contrapunto de este viaje a la deriva, pues se convierte en testigo, juez y verdugo de esta intrahistoria.



El techo de cristal es una metáfora que, alude, a las barreras invisibles a las que ven expuestas las mujeres en el ámbito profesional, pero en este caso también, sirve de guiño a la obra de Sylvia Plath, La campana de cristal, y además, es el anhelo de dos poetas que se lanzan en busca del poema perfecto. Para no faltar a la verdad, el techo de cristal es ese lugar que nadie visualizar, pero al que Sexton pone palabras: «el precio de la fama… dicen leernos cuando quieren decir follarnos». Ahí es donde reside el alma de esa rabia incontenida pero a la vez invisible de estas dos mujeres que en diversos flasback fechados en 1959 —cuando asisten al taller literario de Robert Lowell— dan rienda suelta a sus pasiones y sus miedos en el bar del hotel Ritz de Boston. Ahí, temas como: el embarazo, la menstruación, el matrimonio, el amor y cómo no, el proceso creativo, se abren uno a uno cuales pétalos de una flor en una mañana de primavera. Esa desnudez a la que se enfrentan Anne y Sylvia tiene una excusa: encontrar el poema perfecto. Un poema que Sexton siempre le pide a Plath, y que ésta no está dispuesta a mostrarle y, cuando lo hace, quizá, ya sea demasiado tarde. Adelantadas a su tiempo, ambas poetas deambulan por el mundo como lo harían dos frágiles barcos por un océano lleno de obstáculos: maridos, hijos, padres, sociedad…, y que la final de la obra deviene en una serie de confesiones de unos y otros que tratan de ajustar sus posiciones y decisiones en el tiempo. Más allá de este postrero ajuste de cuentas con el mundo, El techo de cristal es una magnífica obra de teatro que nos hace reflexionar sobre aquello que de verdad importa: las zancadillas —propias y ajenas— a las que los creadores se enfrentan a lo largo de su vida y de su obra, porque de esa lucha sin cuartel nace la obra de arte, ésa que nos ayuda a avanzar y ver el mundo de otra forma, pues sin ella, no seríamos capaces de llegar a ese punto que no somos capaces de visualizar por nosotros mismos, igual que ese invisible techo de cristal y el hallazgo del poema perfecto.  



Ángel Silvelo Gabriel

viernes, 14 de octubre de 2016

IMPRESIONISTAS Y MODERNOS DE LA PHILLIPS COLLECTION EN EL CAIXAFORUM DE MADRID: LAS MÚLTIPLES PERCEPCIONES DE LA REALIDAD



El artista se diferencia del resto por su forma de mirar el mundo y la realidad que le rodea. Y no sólo por eso, sino también por la transformación que se produce en su interior y que le lleva a reinterpretar lo que sus sentidos le dictan. Así, arte y percepción se convierten en el vehículo conductor a través del cual los artistas, ya sean éstos plásticos o no, modelan el universo que les es proporcionado por la expresividad de sus sentidos en una suerte de transformación de la realidad. Si en vez de referirnos a un único autor, unimos a muchos de ellos, tendremos un caleidoscopio compuesto por las múltiples percepciones de la realidad. Eso es lo que podemos experimentar al visitar la Phillips Collection en el Caixa Forum de Madrid, donde la selección de obras que Duncan Philips inició a principios del siglo XX, le llevó a poseer una de las mejores colecciones de arte del mundo y a abrir el museo que lleva su nombre en la ciudad de Washington en 1921. Sin embargo, en su afán recopilatorio, no sólo precisó del dinero necesario para ir comprando los cuadros, sino que también contó con el don de la oportunidad y del gusto al ir adelantándose de una forma más que reveladora al devenir de las diferentes corrientes artísticas que van desde el siglo XIX hasta mediados del XX, con una sinergia de aciertos entre obra y artista dignas de mención y alabanza. Gracias a él y a esta exposición comisariada por la conservadora de la Phillips Collection, Susan Behrends Frank, podemos contemplar y admirar las diferentes formas que la realidad ha adoptado a lo largo del tiempo bajo la mirada de los artistas que la han reinterpretado. Así, no es lo mismo acercarse a las composiciones de Ingres o Cézanne que a las de Matisse o Picasso, sólo por poner un ejemplo. Estas diferencias, sin duda, van aparejadas también a los profundos cambios políticos y sociales experimentados por el mundo en apenas un centenar de años, lo que conllevó un cambio en las costumbres y en la forma de vida. No obstante, las convulsiones y diferencias de las obras pictóricas de los diferentes artistas, no se refieren sólo a las formas, sino también a los colores y a esa simplicidad compositiva que los artistas van experimentando ante la obra de arte, como si la naturaleza misma de la expresión no necesitara de más argumentos que de una composición binaria de colores o de una distorsión total de la imagen y el color, para de esa forma, obligarnos a reinterpretar la obra de arte más allá de sí misma, en una especie de plano intelectual o filosófico que sobrepasa los límites del propio lienzo. En este sentido, expresionistas, impresionistas, cubistas, artistas abstractos y modernos, sin olvidarnos de los paisajistas del siglo XIX, se van deconstruyendo unos a otros en una rueda que, como la vida, no se para, y nos demuestra las múltiples formas de expresión que caben en el mundo del arte, en el que sin duda, destaca sobre cualquier otra característica, la posibilidad de la contemplación por la contemplación, una magnífica herramienta con la que poder llegar a la belleza, y a partir de ahí, a la esencia de la verdad, como demiurgo de la génesis que mueve y sigue transformando el mundo.



La Phillips Collection en el Caixa Forum de Madrid es una magnífica oportunidad para enfrentarnos a esa posibilidad de contemplación, y a esa capacidad que todos tenemos de reinterpretar el mundo y a nosotros mismos a través del arte, porque quizá, no halla un empeño más loable y apasionado en nuestras vidas, que el hecho mismo de apartarnos del del día a día para volcarnos sin miedo en esa necesidad —demasiadas veces oculta— que todos tenemos de buscar y atrapar la belleza, tal y como expresaba el poeta romántico inglés John Keats en uno de sus poemas: «La belleza es verdad; la verdad, belleza. Todo eso y nada más habéis de saber en la Tierra».



Ángel Silvelo Gabriel

jueves, 13 de octubre de 2016

RAFA MELERO, FUL: EL ANHELO DE LO POSIBLE



Entre las rendijas de ese brillo oscuro que desprenden los perdedores se pierden esta vez las palabras de Rafa Melero, y lo hacen a través de la monotonía de la derrota, a la que él, sin embargo, consigue sacarle grandes dosis de luz y acción a lo largo de las doscientas cuarenta y nueve páginas con las que cuenta esta novela. Ful es ágil, entretenida, desbordante en ocasiones y entrañable en otras, porque la historia que protagoniza Ful (Fulgencio) es un elixir de contrastes que no defraudará a los seguidores de su autor en particular y a los lectores de novela negra en general, aunque en este ocasión, Rafa Melero se haya ido hasta la otra orilla para darle la voz protagonista a los malos. La trama, el tempo y la concepción de la novela poseen grandes dotes fílmicas, incluso se la podría comparar —salvando la distancia del tiempo, claro— a aquellas películas del lumpen catalán de los primeros años ochenta como la dirigida por Vicente Aranda, Fanny Pelopaja. Sin embargo, como ya ocurría en las dos primeras novelas de Melero —las dedicadas a su mosso d’esquadra, Xavi Masip— hay un enorme poso social que subyace por debajo de la trama. Un poso social que, sin duda, hacen de las novelas de este escritor catalán un fiel reflejo de aquel tipo de novela negra que es un calco de la sociedad que describen y de las personas que las protagonizan. En este caso, Ful y el resto de sus amigos, incluido Pepe el Mosso son, sin lugar a dudas, el anhelo de lo posible. En este sentido, todos aquellas personas que hayan vivido en un barrio del extrarradio de una gran ciudad, se verán plenamente identificadas —más allá de las historias personales de los personajes que nos retrata en esta oportunidad Melero, en las imágenes que éste nos proporciona, pues se comportan como un teatro cuyos escenarios delatan tanto la escasez de oportunidades con las que ya nacen muchas personas como también la iniciativa equivocada de muchas de ellas, pues como nos relató el propio autor hace unos meses en la presentación de la novela en la librería Lé de Madrid: sus protagonistas son el resultado de un encadenamiento de malas decisiones. De ahí que, aparte de ser una profunda oda a la amistad entre aquellos que sí aprovecharon sus oportunidades y los que no, Ful es también la foto fija del anhelo de lo posible, porque en demasiadas ocasiones, al apelativo de imposible, sólo le faltó algo de coraje y valentía en la vida. Un coraje y una valentía que, si devienen en cobardía y dejadez, nos dejan fuera del escenario principal y nos convierten en meros espectadores de todo aquello que en verdad deseamos, porque los personajes de Ful no sólo anhelan una gran cantidad de dinero, sino también esos otros sentimientos más apegados al corazón como son: el amor, la amistad y la familia, símbolos identitarios con los que  se forja mejor y se hace más visible la propia identidad. Esa identidad que, sin embargo, marcha a la fuga tras esa estética —tan literaria como poco recomendable fuera de la literatura— de los perdedores, pues eso es Ful, el oscuro reflejo de unos perdedores que en su huida se mienten a sí mismos diciéndose que son tan pobres que nada más que necesitan dinero.



Ful también es un ejercicio de estilismo narrativo —al que ya nos tiene acostumbrados Rafa Melero en cada una de sus novelas—, el que por ejemplo, en esta ocasión, le ha llevado a distribuir la acción en capítulos cortos e intensos —seña de identidad que esta novela comparte con las anteriores—, así como, a encadenar la última frase del capítulo anterior con el título del siguiente, lo que convierte a la narración en una protagonista más de la novela, y no sólo eso, sino que la lleva a ser el testigo más fiel y metafórico de la cadena y la condena que representa en nuestras vidas el día a día. Un día a día que, en demasiadas ocasiones es el silencioso y sórdido retrato de la otra vida. Además, a este nuevo ejercicio de estilismo narrativo de Melero, hay que unirle la ambivalencia y convivencia a lo largo de los capítulos entre la tercera persona del narrador omnisciente y la primera persona en la voz de los capítulos que protagoniza Ful, proporcionando de esta forma un dinámico juego de contrastes con los que el desarrollo de la acción gana mucho enteros y no los pierde.



En definitiva, Ful es acción, adrenalina, sorpresas y suspenses —marca de la casa— y lumpen, aunque esta vez sea de barrio y de poca monta, pero Ful también es el deseo del amor, de la amistad, de una vida mejor..., en fin, el anhelo de lo posible.  

  

Ángel Silvelo Gabriel

miércoles, 12 de octubre de 2016

CONCURSO FOTOS Y LITERATURA 2016



BASES ABREVIADAS CONCURSO FOTOS Y LITERATURA 2016
http://bit.ly/fotosyliteratura

1. Envíanos entre 1 y 3 fotos de temática literaria a fotos@librosyliteratura.es. Ofreceremos un premio de 300€  a la mejor foto participante como blog literario, y otro premio de 200€ para la mejor foto participante a título personal. Además, publicaremos una selección de las mejores fotos recibidas en nuestro Anuario Libros y Literatura 2016, que editaremos próximamente.
1.a) Si participas a título personal, envíanos junto a tu(s) foto(s) tu nombre y apellidos, edad, población y país de residencia, título de la foto y una breve descripción.
1.b) Si participas como blog literario*, envíanos junto a tu(s) foto(s) tu nombre y apellidos, edad, población, país de residencia, título de la foto y una breve descripción, nombre de tu blog y la url o dirección web del mismo, donde tendrás que redactar un post copiando estas bases abreviadas y publicarlo en la página principal del mismo.
2. Tanto si participas en el concurso de fotos como si no, si publicas el siguiente banner animado en una o varias de tus redes sociales (Blog, Twitter, Instagram, Facebook, Pinterest…) con más de 100 contactos** y un enlace hacia http://bit.ly/fotosyliteratura, entrarás en el sorteo de 21 lotes de 4 libros y un curso de gramática ofrecidos por nuestros patrocinadores, con una participación por cada red social en la que nos difundas. Puedes ver los premios en http://www.librosyliteratura.es/premios-fotos-y-literatura-2016.html Solo se realizarán envíos en territorio español. Envíanos tus datos a fotos@librosyliteratura.es . Puedes descargar los banners haciendo clic sobre las imágenes.
http://www.librosyliteratura.es/wp-content/uploads/2006/10/Fotosyliteratura2016.gif
2. a) En el caso de no poder insertar imágenes del tipo .gif o que esta no se reproduzca adecuadamente, se podrán utilizar estas tres imágenes estáticas:
*: Blogs de temática principalmente relacionada con la literatura, con al menos 10 entradas publicadas y con al menos una entrada publicada antes del 1/07/2016
**: La difusión tendrá que hacerse de forma pública y abierta, para poder comprobar la realización de la misma. No se aceptarán perfiles en los que haya sospecha de datos falsos o uso de bots. Solo se obtendrá una participación por cada persona y red social, independientemente del número de publicaciones que se realicen en esa red social.
Fecha límite de participación: 30 de octubre de 2016 a las 23:59h, (hora peninsular española).

EL INDICIO.- MICRORRELATO DE ÁNGEL SILVELO



Nadie entiende que abandone mi brillante carrera en la judicatura antimafia para convertirme en escritor. Escritor de qué me espetó el fiscal Gianfranco, a lo que no supe responder con un alegato convincente como siempre hacía encima de mi estrado. Menos mal, que mi auto destierro es una isla paradisíaca del océano Índico donde nadie puede encontrarme. Aquí estoy seguro de que podré ejercitar mis dotes literarias con total libertad que, para qué nos vamos a engañar, están íntimamente conectadas a mi experiencia judicial repleta de buenos y malos, policías y mafiosos, jueces y togas. De momento, la lluvia es mi fiel compañera y no me deja quitarme los calcetines y andar descalzo por la playa desierta que tengo delante de mí. Miro el océano en busca de un indicio, pero sólo veo algo que se dirige hacia mí: es una  tortuga. Me quito los calcetines y voy a cogerla, pero cuando la toco, mientras salto por los aires sólo me da tiempo a ver la cara del fiscal Gianfranco.


Microrrelato de Ángel Silvelo Gabriel

lunes, 10 de octubre de 2016

TERENCE DAVIES, HISTORIA DE UNA PASIÓN: EMILY DICKINSON CONTRA LA OSCURIDAD DEL UNIVERSO




No hay nada más inabarcable en este mundo que intentar satisfacer a la propia insatisfacción y, a través de ella, ordenar todo aquello que desaparece una vez que lo hemos conseguido, por muy nimia que sea la meta, y, con ello, tratar de calmar esa llama que no para de arder y atormentar a nuestro espíritu. Llama infinita que sólo conoce el consuelo de la creación cuando se vuelca en una hoja en blanco; un espacio, en el que, por cierto, Emily Dickinson se rebeló contra la oscuridad del universo. Un mundo, el de la Dickinson, lleno de apariencias que ella, con su innata rebeldía, trató de combatir con una obra poseída por esa inabarcable libertad que nada más produce el anonimato a lo largo de toda una vida. En ese territorio inhóspito y cruel, fue donde la soledad, el silencio, la oscuridad y un profundo sentido del significado del dolor, se fundieron para proporcionarnos una visión única del mundo del siglo XIX, un tempo en el que los poemas de la escritora norteamericana vencieron al transcurrir de los días y se proclamaron victoriosos ante el incomprensible olvido por parte de una sociedad apegada a la religión y a unas costumbres exentas de la palabra libertad. Ahí, también, fue donde la sociedad no había llegado todavía, y donde la poetisa de Amherst se manifestó con premura y bajo el símbolo de una rectitud y una honestidad sólo comparables a la búsqueda de la eternidad en el más allá por parte de su familia, lo que nos habla de un tiempo oscuro y poco proclive a la libertad de pensamiento. Todo esto es lo que logra transmitir Terence Davis en Historia de una pasión, y lo hace a través de un montaje minucioso y una puesta en escena teatral, donde la luz y la expresión de sus actores lo son todo, como si en cada gesto estuviese el enigma y la clave de una obra poética, la de Emily Dickinson que, si por algo se caracteriza, es por la rectitud y disciplina hacia sus sentimientos. Una rectitud y unos sentimientos que la conllevaron más de un problema con su familia, amigos y una sociedad que todavía no estaba preparada para talentos tan mayúsculos como el suyo, pues si alguien nos puede servir de ejemplo como un escritor dedicado a su obra, esa es Emily Dickinson que, se refugió en la casa paterna y en su protección, para cuidar su talento y escribir de noche, protegida por un silencio sólo vigilado por las melodías de las ramas de los árboles. Su meta: escribir, al menos, un poema al día, lo que sin embargo no le sirvió para que ese alma atormentada que se desnuda a través de sus poemas, no dejase de ser ignorada por una sociedad profundamente machista, en la que los valores del éxito y la creación únicamente estaban reservados para los hombres. En ese páramo de incomprensión que compartió, entre otras, con las hermanas Brönte, se refugió también Emily Dickinson. De ahí que un espíritu libre y rebelde como el suyo, trabajara su obra literaria bajo el signo de un dolor fabricado a través de las palabras y de los versos vertidos en los confines de una libertad utópica que la obligó a imaginar el amor, el sexo o las convenciones sociales y religiosas desde la transgresión de los valores de la sociedad que le tocó vivir. Condenada a ser virgen si no se casaba, y a imaginar el amor a través de los demás, aún tuvo el consuelo de encontrar algo de afecto tanto en su cuñada como en el reverendo Wadsworth. De ahí, que no nos deba extrañar que su refugio y su propio foso fuese su familia, pues una vida cuyo pilar fundamental es el espacio reservado al núcleo familiar, se desmorona cuando los miembros de la misma van desapareciendo. Y así, Emily Dickinson, comenzó a cavar su propia tumba cuando desaparecieron sus padres.



Historia de una pasión no es una película convencional al uso, pues impregnada de un desarrollo lento y minucioso, nos intenta narrar la vida interior de la poeta (de por sí, casi limitada a su propia habitación), y hoy en día ese estatismo, no es sólo incomprensible, sino que también nos introduce casi sin querer en un lenguaje dialéctico y visual más cercano al teatro que al cine. Sin embargo, con ello, se nos permite descifrar ese afán de Terence Davies por mostrarnos una vida, la de Emily Dickinson, consagrada a la contemplación del mundo a través de su obra y de su cada vez más agrio y aislado carácter. Esa similitud fílmica con en el devenir existencial de la poeta, apenas es interrumpido por una magnífica elipsis a través de un prodigioso morphing de los personajes ante la cámara, lo que nos demuestra lo efímero de nuestro paso por el mundo, pues nuestra huella es plenamente abarcable en una múltiple composición de planos que apenas duran unos segundos. Contra esa finitud fue contra la que luchó Emily Dickinson con todas sus fuerzas hasta el final. Una fuerza que en sí misma, ya está presente al inicio de la película a través de uno de sus poemas: «Por cada instante de éxtasis/ tenemos que pagar una angustia/ en afilada y temblorosa proporción/ al éxtasis». Una exposición de ida y vuelta que, de una forma más poética, y quizá, no tan sobria, pudimos ver de la mano de Ana Pastor en la obra teatral La Bella de Amherst, donde la actriz da vida, en un largo e intenso monólogo, a la poetisa, describiendo con su interpretación un universo lleno de matices sin otra ayuda que la de su propia voz. Comparaciones aparte, hay que destacar el trabajo de Cynthia Nixon en el papel de una Emily Dickinson madura, pues nos transmite una gran fuerza con la mirada y esa manera suya de dirigirse y estar frente a los demás, en una especie de combate sin final del que sólo se apartará cuando la enfermedad acabe con ella a la temprana edad de cincuenta y seis años, pues sin duda, Historia de una pasión, es la historia de Emily Dickinson contra la oscuridad del universo.



Ángel Silvelo Gabriel

miércoles, 5 de octubre de 2016

ACADEMIA EXPRÉS PARA ABOGADOS.- MICRORRELATO DE ÁNGEL SILVELO



Era mi última oportunidad para convertirme en abogado. En mi ayuda acudió mi nuevo teléfono móvil, que me indicó el sitio correcto. En el portal había un cartel que decía: Academia exprés para abogados. Subí por una destartalada escalera al primer piso, donde me topé con un letrero que ponía: Abogados de oficio = sacrificio sin recompensa. Seguí subiendo, y en la segunda planta leí la siguiente proclama: libertad, la mejor sentencia para un criminalista. Intrigado, empecé a correr escaleras arriba, pero una enorme pancarta detuvo mi marcha: Abogadomía, la insatisfacción del litigador convulso. Vacilé antes de subir a la última planta, pero una voz me dijo: «suba, suba, suba sin miedo». Al llegar, vi a mi viejo profesor de Derecho Público que, satisfecho al verme, exclamó: ¡aleluya!, por fin un alumno que no tiene miedo a asumir los retos de la profesión, mientras que con su mano extendida me mostraba su última lección: Abogado = sentencia segura.
Microrrelato de Ángel Silvelo

lunes, 3 de octubre de 2016

NUCCIO ORDINE, LA UTILIDAD DE LO INÚTIL: LA IMPORTANCIA DE LA BÚSQUEDA DE LA BELLEZA FRENTE A LAS LEYES DEL MERCADO Y EL BENEFICIO, COMO LA ÚNICA SALIDA PARA EVITAR UN MUNDO SIN EMOCIONES



Quizá no exista en el mundo nada más inútil que la búsqueda de la belleza, porque, entre otras cosas, quizá nunca sepamos en verdad qué significa esa utopía de la que sólo entienden los sentidos. Esa incertidumbre en la que se mueve aquello que, en principio no se ve y sólo se siente, es en la que se sustenta una buena parte de la civilización que hoy conocemos, pues el sentido de la inutilidad —incluso dentro de los hallazgos tecnológicos más importantes— ha estado muy presente en todo aquello que nos han proporcionado algo de luz a lo largo de los siglos. No se nos debería olvidar que, un mundo sin emociones, es un mundo sin espacio para esa luz que sólo nos pueden proporcionar hechos tan inútiles como la persecución de esa línea del horizonte que nunca llegamos a alcanzar, o el placer de escribir o un leer un poema por el simple placer de crearlo o leerlo. Por ejemplo, ¿qué sería de nosotros si nos fuera sustraída la lectura de ese libro que, en sí mismo, es capaz de cambiarnos la vida o nuestra visión del mundo en el que vivimos; o si nos sustrajeran la intensa emoción que nos proporciona la contemplación de cualquier obra de arte que, por sí sola, logra que lleguemos a ese lugar que no tiene nombre y que nadie más que nosotros sabe que existe? Si somos de esas personas que perciben el arte en general como búsqueda, podemos decir, sin temor a equivocarnos, que no hay nada más inútil que un mundo en el que el arte no exista y no sea un espacio para la reflexión y la contemplación…, la contemplación de la belleza, sea ésta lo que sea. En este sentido, podemos seguir afirmando que, tanto la curiosidad como la duda que son intrínsecas al creador, son los motores que no se ven, pero que sí son esenciales a la hora de mover el mundo, pues generan las sinergias que cada uno de nosotros desarrollamos con nuestros sentidos y sentimientos. Un mundo sin la capacidad de la emoción es un mundo oscuro y sin luz, por muy iluminado que esté con múltiples artilugios lumínicos de diversa naturaleza. Y es quizá, por ese afán desmedido por el beneficio y la posesión, por lo que en este tiempo —más que nunca—, se nos olvida con gran facilidad que la esencia del hombre es la misma a lo largo de los siglos, pues nos seguimos emocionando por las mismas cosas. Sin temor a equivocarnos, podemos decir que, igual que nadie es capaz de escapar al miedo a la muerte, tampoco le resulta posible escabullirse del amor cuando ese sentimiento llega a su corazón. Esa capacidad natural que el ser humano tiene de emocionarse, es la que en la actualidad vamos perdiendo en pos de otro tipo de emociones mucho más programadas y que cada vez menos tienen que ver con la esencia del ser humano, pues a medida que avanzamos en una sociedad más tecnificada, nos alejamos de lo verdaderamente importante, pues si no existieran todas estas posibilidades de la emoción como formas de expresión —como por ejemplo, el de la inutilidad de la búsqueda de la belleza—, no existiría un hombre y una sociedad tal y como hoy la conocemos. Esa utilidad de lo inútil, que de una forma tan brillante reclama Nuccio Ordine en su ensayo que lleva el mismo título, es lo que aún nos mantiene vivos, pues no todo es el resultado final en el que el éxito siempre tiene un matiz de beneficio. El crear por el simple hecho de crear y el placer de la contemplación, también son, en sí mismos, valores inherentes al ser humano. La utopía en la que, cada día más, se está convirtiendo la cultura y todas las ramas de la misma, nos está llevando a un desconocimiento cada vez más amplio de lo que somos, dejándonos huérfanos de una parte esencial que también nos pertenece: la de la propia identidad.



Esta podría ser sólo una de las múltiples interpretaciones de este ensayo titulado como, La utilidad de lo inútil, en el que Nuccio Ordine, mediante la técnica de la comparación, nos somete a un pormenorizado análisis de la importancia que las enseñanzas clásicas, tan en desuso y descrédito en la actualidad, han tenido y tienen, en nuestras vidas y en la concepción global de nuestro mundo. Y lo hace dividiendo su estudio en tres partes: La útil inutilidad de la literatura, La universidad-empresa y los estudiantes-clientes y Poseer mata: «dignitas hominis», amor, verdad, para a partir de ahí, mostrarnos el estado de la cuestión mediante un laborioso estudio de múltiples textos de, por ejemplo: Kant, Ovidio, Platón, Montaigne, Ionesco, Calvino, Tocqueville, Locke, Gramsi, etc. Textos que ha ido recopilando a lo largo de veinte años, y que se corresponden con las lecturas que fue abordando en ese tiempo. Magna y ambiciosa labor, que nos proporciona un mapa muy aproximado de la utilidad de lo inútil, pues no en vano, no se nos debería de olvidar que, la importancia de la búsqueda de la belleza frente a las leyes del mercado y el beneficio, son la única salida para evitar un mundo sin emociones, o como nos dice Ordine a través de las palabras de Tocqueville: «En una sociedad utilitarista, los hombres acaban amando las “bellezas fáciles” que no requieren esfuerzo ni excesivas pérdidas de tiempo. “Les gustan los libros que se consiguen con facilidad, que se leen deprisa, que no exigen un detenido estudio para ser comprendidos”».



Ángel Silvelo Gabriel