Tiempo de comunicaciones rotas

Tiempo de comunicaciones rotas

lunes, 21 de agosto de 2017

VALÉRIE MRÉJEN, SELVA NEGRA: EL TRAVELLING DE LAS INESPERADAS SOLEDADES


 
No hay mayor soledad que la que nos acoge en la muerte, o quizá sí, aquella que nos acompaña cuando nacemos antes de caer en brazos de nuestra madre. La muerte es ese espejo oscuro que debemos atravesar solos, a veces, en la cercanía de nuestros familiares; y en otras ocasiones, lejos de todo aquello que nos resulta cotidiano o cercano. En este sentido, Valérie Mréjen, nos muestra en su nouvelle Selva negra, las mil y una formas que hay de llegar a ese momento de oscuridad o de viaje a ese otro lugar que nadie conoce salvo cuando deja este mundo. Selva negra es igual a una película llena de pequeñas historias que van y vuelven como un boomerang que recoge instantes de una vida —a veces hasta de dos o tres—, y que en su aparente frialdad, sin embargo buscan la necesidad de lo fragmentario en la determinación del final de cada uno de los múltiples protagonistas de este travelling de inesperadas soledades, muchas de ellas escogidas de los relatos cercanos que los allegados a la narradora le han contado y, en otras ocasiones, a la propia auto-ficción de Mréjen, en la que fantasea con el reencuentro a lo largo del tiempo y de su vida con su madre, fallecida cuando la autora era todavía una adolescente. Estas shorts cups literarias deben mucho a la faceta de video artista y de cineasta de Mréjen, pues se nos presentan en su vertiente literaria como microcosmos que en sí mismos no pasan de la mera anécdota, para en su globalización, afianzarse como un cuerpo sólido de lo efímero que resulta la vida y su fragilidad ante las desgracias, el destino o las casualidades no buscadas. También hay cabida para el suicidio en este multigrama de soledades abruptas, de hecho, el nombre de la nouvelle hace referencia al famoso bosque llamado Aokigahara o Mar negro de árboles, donde en el año 1960 el escritor japonés Seicho Matsumoto situó el suicido de su protagonista Kuroi Jukai (Selva negra), siendo este lugar, a partir de entonces, un espacio al que acuden muchos japoneses para quitarse la vida. 

Selva negra es un conjunto de microrrelatos en forma de pequeños espejos negros que nos muestran, por un lado, la capacidad narrativa de la autora puesta al servicio de un nuevo lenguaje muy cercano a la concepción narrativa norteamericana, en el que lo espontáneo e instantáneo nos lleva a ese borde del abismo inesperado ante el que no sabemos qué hacer, pues todo es nuevo y distinto, tanto en la forma como en el fondo; y por otro, es una especie de alegoría que nos advierte de la soledad con la que conducimos nuestras vidas, enrocadas en lo unipersonal o single, cuando en verdad, esa será la verdadera prueba a superar en nuestro propio final. Nada es perenne en el tiempo, si acaso, el recuerdo que los demás tengan de uno mismo y, que a su vez, también será víctima de su propio paso del tiempo. 

En una sociedad donde el verdadero rey del tiempo es el instante, la muerte se convierte en una de sus múltiples posibilidades, atraída, sin duda, por el devenir de los tiempos. Nada escapa a la sociedad de la tecnología, donde todo cambia en un segundo y nada vuelve a ser como antes, tal y como sucede con la propia muerte y, más ahora, donde se ha instalado la espantosa e imperiosa necesidad de reivindicar el pensamiento único a través de masacres masivas que no contemporizan ni con la razón ni con la vida, sino con el espanto de la barbarie que acelera nuestro encuentro con las inesperadas soledades llenas de espejos negros. 

Ángel Silvelo Gabriel. 

jueves, 17 de agosto de 2017

EL TRENCILLA.- MICRORRELATO DE ÁNGEL SIVELO


 
Mi perro me lleva a la carrera. Está especialmente contumaz y tira de mí hasta que llegamos a la estación de tren. Me obliga a entrar en el vestíbulo. Se para y observa. Si la policía lo viera, no dudaría en incluirlo en su nómina. No sé por qué me ha traído hasta aquí, pero mi olfato de leguleyo me dice que algo va a ocurrir y empiezo a establecer la estrategia de nuestra defensa. De pronto, comienza a andar detrás de un señor con chaqueta azul, al que identifico sin dificultad. Le sigue, pero no le ladra. Espera a que abandone el vestíbulo, sabedor de nuestro exiguo éxito si el altercado se produce en un espacio público. Su arbitraje fue nefasto y él no se lo perdona. No me cuesta identificarme con su nuevo forofismo, y por eso, cuando se abalanza sobre él pidiéndole explicaciones, sólo pienso en la cara del juez cuando sepa la verdadera razón de la querella. En el fondo, me siento aliviado, pues sólo le enseñé a leer la página de deportes de los periódicos que llevaba todos los días a casa de mis padres.
Microrrelato de Ángel Silvelo Gabriel

 

domingo, 6 de agosto de 2017

QUERÍAMOS VOLAR.- MICRORRELATO DE ÁNGEL SILVELO


 
Queríamos volar como pájaros sin frenos, pero no sabíamos cómo batir nuestros grandes plumeros. Pedimos ayuda a las hadas, pero no fueron capaces de desentrañar el enigma de sus mágicos aleteos. Acudimos solícitas a nuestros mayores, pero no lograron entendernos. Hasta que un día, en nuestro auxilio los sombreros acudieron. Ellos nos dijeron que el deseo de volar era como enhebrar una aguja fuera del costurero. Con un simple movimiento de muñeca, despegaríamos del suelo. Con un enérgico ademán, surcaríamos los cielos. Con el énfasis de los días de gloria, hasta recorreríamos parte del firmamento; y así, en cada nueva ocasión, poseeríamos más argumentos. Entonces, una duda se apoderó de nuestros adentros. ¿Por qué nosotras nunca formamos parte de esos revuelos? Quizá porque seáis pamelas y no sombreros, nos respondieron.
Microrrelato de Ángel Silvelo Gabriel

 

sábado, 5 de agosto de 2017

WOLFGANG HERMANN, DESPEDIDA QUE NO CESA: LA MEMORIA DEL DOLOR


 
Asimilar la muerte del hijo con las herramientas que nos proporcionan las palabras y los recuerdos que, igual que una soga que se va desplazando por nuestro cuello, nos van dejando la marca del dolor. No hay excusas para la huida, pero desandar el camino del amor, la vida y las sensaciones que nos provocan la ausencia, es lo que nos va a permitir distanciarnos del dolor, la muerte y sus consecuencias. Esa especie de ruta del desamparo en la que transita el propio escritor para afrontar desde la auto-ficción la pérdida del hijo, pero también de sus sombras y gestos, lo que le permite al padre reconstruir la esencia de lo perdido para, poco a poco, visualizar ese escenario que la memoria del dolor se niega a ver una y otra vez. Desde un estilo sobrio y, en demasiadas ocasiones, falto de una intensidad lírica acorde a lo que se narra, Wolfgang Hermann nos va dando pistas de aquello que destruyó su vida, sumergiéndose para ello en la luz, el jardín y los cambios que se producen en ambos a lo largo de las estaciones. La luz está muy presente en esta nouvelle publicada por Periférica, y lo está, como demiurgo de las almas perdidas que transitan en busca de algo de amparo y felicidad, por muy exigua que ésta sea. La asimilación de los propios errores llevan al narrador a hacer todo lo posible por encontrar una respuesta, tanto a su vida como a aquella que no vivió por culpa de los otros y de sí mismo. Hay huellas invisibles que en verdad son las que nos marcan el camino, parece decirnos Hermann, y es en ese territorio de lo invisible donde deposita sus escasas certezas a la hora de redimir sus culpas y proyectar sus esperanzas: «Sólo queda el recuerdo, la memoria, el espacio interior, que nadie puede quitarme. ¿Qué nadie puede quitarme? ¿Acaso la irrupción de la catástrofe en mi vida no aplastó mi espacio interior? Vivo en el túnel de imágenes angustiosas e inmutables». Un espacio interior que Hermann doblega con la memoria del dolor. 

Despedida que no cesa es una nueva muestra de una elegía narrativa ante la pérdida de la vida en plena adolescencia; un tiempo donde el cuerpo y la mente están en plan formación, y si bien es verdad que Wolfgang Hermann la afronta con valentía, no acaba de dejarnos ese poso de lo imprescindible cuando la acabas de leer. La frialdad o el mimetismo anti lírico determinan tal aseveración, si bien es cierto que, cuando el autor se aproxima a la auténtica elegía poética, nos hace percibir la intensidad de las sensaciones que una pérdida de este tipo producen en nuestro interior, e incluso nos da un poco de luz dentro de un interior marchito y apagado: «Los záparas, una tribu indígena del Amazonas, se sientan al fuego antes de la salida del sol y se cuentan sus sueños. Sólo entonces puede comenzar el día. Si los sueños son buenos deciden ir de caza. Los záparas eran antes cien mil. Hoy quedan doscientos. Su antiquísimo idioma lo hablan cinco adultos.

Los záparas sueñan su vida antes de vivirla. ¿Será por eso por lo que están a punto de extinguirse en este mundo sin sueños.» En esas coordenadas, donde los sueños se imponen a la realidad, es donde Wolfgang Hermann sitúa su Despedida que no cesa para superar la pérdida del hijo…, y también de la vida.    

Ángel Silvelo Gabriel.

viernes, 4 de agosto de 2017

CORTÁZAR, DE JESÚS MARCHAMALO Y MARC TORICES: UNA BIOGRAFÍA ILUSTRADA ENTRE GAULOISES Y CRONOPIOS


 
Entre gauloises y cronopios; escuelas, institutos y universidades; jardines y soledades; guerras y claroscuros; viajes y trenes; humos y leyendas. Todo ello, adornado por viñetas: grandes, pequeñas; coloridas o en blanco y negro; sugerentes o explícitas; aterradoras o esperanzadoras; limitadoras y sin límites. Así transcurre esta biografía ilustrada del escritor argentino Julio Cortázar concebida por los textos de Jesús Marchamalo y las ilustraciones de Marc Torices. Un encuentro metaliterario que se desarrolla entre el profundo conocimiento de la vida y la obra del escritor argentino por parte del periodista, y la arrebatadora imaginación del joven ilustrador. Uno y otro han sabido darle a este libro ese cariz de único que tiene desde la primera hoja, donde ya asistimos a ese universo único, vital y literario, de un Cortázar alto y desgarbado que siempre estuvo rodeado de una estela de misterio y de acciones a la contra, en ocasiones propiciadas por el despiste, y otras, por la genialidad del que vive para leer y escribir. Abarcar ese mundo tan intrincado y complejo, sin embargo, no parece que haya sido una tarea difícil para Marchamalo, pues nos distribuye esta biografía ilustrada (un magnífico documento didáctico para todos aquellos jóvenes y no tan jóvenes que se quieran adentrar en el universo literario de Cortázar) a través de capítulos, sin otro hilo argumentativo, que el del ensalzamiento de la vida y la obra del escritor argentino, al que como siempre, Marchamalo nos presenta a través de la anécdota que nunca se te olvida, el rasgo que te mantiene en vilo hasta el final, o el matiz que nunca llegarías a sospechar que el protagonista de sus libros tuviera. De nuevo, aquí, el periodista-escritor nos lleva a su terreno, con ese gran poder de la síntesis que posee y la visión del mundo literario desbordante y persuasivo que él atesora. En este sentido, no se nos ocurre un mejor maestro de ceremonias que Marchamalo para dar vida a un personaje literario. Así, en el campo de las anécdotas literarias asistimos, por ejemplo, al encuentro entre Cortázar y Borges cuando el primero aún era un perfecto desconocido, o a las traducciones de la obra de Poe, o como no, a la visita en Roma a la casa donde murió el poeta británico John Keats, a través de cuya ventana se nos sugiere un mundo lleno de libertad y belleza, lo que le llevó a escribir un ensayo que, él nunca quiso que se publicara, sobre el poeta: Imagen de John Keats. 

No obstante, todo lo dicho carecería de un sentido pleno si no fuera por las magníficas ilustraciones de un Marc Torices en estado de gracia, pues gracias a sus dibujos, asistimos sin darnos cuenta a las múltiples transformaciones que él nos propone sobre Cortázar. Un Cortázar, a veces gigante, y otras doblado en su gigantismo para entrar dentro de la viñetas, pero también sugerido a través de ese humo infinito de sus gauloises, muy bien fundido con el de la locomotora como expresión de viaje, libertad y nuevas oportunidades. Cortázar bebé, Cortázar niño, Cortázar joven. Cortázar con barba y sin gafas, Cortázar con barba y gafas, nada se le resiste a este joven ilustrador que ha tardado dos años en darle vida a este hombre alto de uno noventa y tres de estatura; un hombre cargado de leyenda y contradicciones, como no podría ser de otra manera; un hombre de bicis, motos, Citroën dos caballos, o caravanas con las que recorría una autopista por el mero hecho de convertir esa ruta en un hecho literario, como hechos literarios fueran sus relaciones sentimentales o sus viajes en tren, cuando ligero de equipaje, compraba libros de bolsillo a los que iba cortando las páginas según las leía. Quizá, ahí, en esa metáfora de la literatura y el mundo, se encuentre la esencia de esta acertada biografía literaria, única por muchas razones, pues nos permite adentrarnos en un universo literario de la mano del misterio que engendran el humo de los gauloises y los cronopios, y que nos deja con ganas de más, como sólo lo hacen las cosas que merecen la pena ser vividas. 

Ángel Silvelo Gabriel. 

martes, 1 de agosto de 2017

MINOTAUROS ENDIABLADOS.- MICRORRELATO DE ÁNGEL SILVELO PUBLICADO EN BLOGSANFERMÍN 2017


—¿Sancho, tú crees que saldremos de aquesta nueva afronta con lo que me propones, porque si no conseguimos calmar los ánimos de estos bardos metidos a corredores de maitines nunca volveremos a La Mancha?
—Señor, dejémosles que sigan imbuidos en su fe, y si están decididos a correr el encierro a pesar de que usted y yo no seamos los morlacos que ellos pretenden e imaginan en sus mentes, ese es su problema y su afrenta, y no la nuestra. Por ejemplo, nunca nadie nos vio en un encierro y, sin embargo, aquí estamos, en Pamplona. ¡Dejémosles correr entonces!, y piense que si nuestro creador perdió el juicio después de mucho leer novelas de caballerías, ellos lo han hecho después de mucho orar y orar a San Fermín, y si no, míreles, no hacen sino suplicarnos que nos lancemos sobre ellos igual que Minotauros endiablados.
—Así lo haremos, pues. Súbete la cogulla tu túnica, y juntos, con nuestras lanzas apuntando al horizonte, trotemos lo más rápido que sepamos. Yo a lomos de mi Rocinante y tú encima del Rucio, para que, por una vez, no sean ellos, y sí nosotros, los que les proporcionemos un poco de luz a sus sueños.
 

Microrrelato de Ángel Silvelo