Tiempo de comunicaciones rotas

Tiempo de comunicaciones rotas

jueves, 30 de junio de 2016

ESTILO RICO, ESTILO POBRE. UN ARTÍCULO DE MANU DE ORDOÑANA, ANA MERINO Y ANE MAYOZ


Este es el título de un libro que ha sido todo un hallazgo. Nos ha abierto los ojos y nos ha hecho estar alerta ante lo que leemos y escuchamos. Cada vez que nos ponemos a redactar un artículo, ¡miedo nos da! escribir cualquier frase. Ojalá todas nuestras palabras sean las adecuadas para hacer un pequeño resumen de lo que contiene. Está dirigido a esas personas que realmente se preocupan por la forma de expresión, por escribir sin muletillas, con las palabras exactas y necesarias.

El español no es la lengua materna de Luis Magrinyá (Palma de Mallorca, 1960) y esa distancia que mantiene de observador y aprendiz le ha valido para darse cuenta de todos los errores que se cometen. Filólogo, traductor, trabajó en la RAE y es escritor de varios libros de cuentos y de una novela.

El contenido de este libro rompe varios estigmas: por un lado, desconfiar, en la justa medida, de los diccionarios, ya que no siempre dan fe de las condiciones de vida de las palabras, de su construcción, de sus relaciones…, ya que no siempre son del todo iluminadores y tampoco recogen todas las variantes de la lengua que, como todo ser vivo, cambia constantemente. Y por el otro, ratificar que la lengua es el instrumento de la literatura, lo que a veces no es tan obvio. En todas las artes y oficios se exigen conocimiento y dominio del medio con que se trabaja, de ahí que pensar la lengua es la primera condición del escritor.

En el estilo rico, la riqueza, la variedad, la belleza, la funcionalidad, la intensidad… serán los nobles objetivos a alcanzar, pero no siempre se acierta con ellos. En el estilo pobre, el tema principal es la falta de atención, de reflexión. La polisemia, las palabras comodín… habrá que evitarlas. Todo esto se da por el desconocimiento de las posibilidades de la lengua.

El trabajo de documentación realizado por el autor es inmenso, amplio y muy diverso, aparecen múltiples ejemplos extraídos de novelistas, políticos, periodistas, incluso de la telebasura. Resultan inesperados los ejemplos de muchas plumas autóctonas y de muchos laureados literatos.

Cuando indica la mala utilización de un verbo o de una expresión, alude a su procedencia. Y cuando ésta es el inglés reafirma su gran influencia y lo perjudicial que ha sido, aunque no se le puede culpar de todo. Si para decir que uno es “honesto” en vez de “honrado” o “sincero” no hace falta saber inglés (honest), para sufrir un “trauma” no hace falta tampoco tener ni la más remota idea de quién era Freud.

Vamos a ver varios aspectos que se comentan en el libro y que a nuestro juicio ilustran muy bien el trabajo del autor:
En ocasiones para evitar la repetición se utilizan palabras nada acertadas para lo que se quiere decir y, otras veces, las palabras repetidas no tienen el mismo significado. A los que aspiran a tener un “buen estilo” les han inculcado que la repetición deriva en una prosa pobre y cansina. Pero no todos los sinónimos valen como sustitutos; aunque tengan el mismo significado, no siempre se corresponden en el plano material de las palabras. Por ejemplo, tener miedo, no es intercambiable por poseer miedo. Aquí vemos claramente que hay ciertas expresiones fijas que no se pueden alterar, pero que por no repetir se alteran y el resultado resulta ambiguo y poco adecuado. No olvidemos que uno de los requisitos de un buen estilo es el uso de combinaciones estereotipadas.

Todos los sinónimos no siempre son equivalentes, su significado varía en función del contexto. Además, es conveniente ser selectivos, moderados y precisos, para no caer en desaciertos como: Haz que le siga uno de tus hombres de confianza, aseveró contundente; Bastante tiempo ha vivido usted gratis, rebuznó el administrador. Se tiende a confundir la disponibilidad con la sinonimia. Se ha sustituido el verbo decir creyendo que el estilo será más “rico” y “expresivo”; en cambio, el resultado es que se antepone la profusión a la exactitud.

Algunos verbos se convierten en comodínes porque se ponen de moda, usurpan el lugar a los otros y se termina por abusar de ellos. El uso repetido de verbos como “provocar” y “usar” revela una actitud muy desagradecida ante las posibilidades de la lengua, que se ven así tan pobremente aplanadas como desperdiciadas.

En cuanto al léxico penal, se tiende a vincular las metáforas a los delitos y casi nadie se da cuenta de ello. Así, por ejemplo, cuando no aparece “cometer” suplantado vulgarmente por el omnipresente “realizar”, nos sentimos autorizados a reclamar su presencia: …incluida la capacidad para realizar asesinatos. Asimismo, para el DRAE, “perpetrar” sigue siendo solo “cometer, consumar un delito o culpa grave”, pero para muchos escritores se perpetran obras artísticas: Sin embargo, ¿qué necesidad tenía de perpetrar una novela?, El destino (…) no me dejó en paz hasta que perpetré un cuento póstumo.

Hay cierta teoría que define el lenguaje literario como el que más se aparta de la norma y relaciona el estilo con presencia y sonoridad. Mucha gente aplicada en “escribir bien” se lo ha creído: si algo suena raro, complicado, si no es lo que uno diría todos los días entonces es que tiene que ser “literario”. Que una palabra sea de uso frecuente no significa que sea un coloquialismo ni una vulgaridad. Parece que se rigen por esta máxima: para qué va uno a tener estilo si no se va a notar.

Fijémonos en que a veces, “todo” sobra y alguna vez falta. Todo lo que sabía era que quería matar a alguien, ¿y si se omite la palabra “todo”? El hombre explota al hombre y eso es todo. También podríamos omitir esta muletilla porque no aporta nada al sentido de la frase.

Las preposiciones son elementos de unión a tener en cuenta en el estilo. No siempre se utilizan de forma adecuada conforme a su significado. Podrá presentar cierto interés hacia las artes en general, lo normal es que “interés” se asocie, en este caso, con “por”.

Los fenómenos de sintaxis léxica, es decir, la relación que establecen unas palabras concretas al combinarse o no con otras, son algo enrevesados. A veces, sí que se puede elegir entre dos o tres preposiciones, actitud con, ante o frente a, pero otras veces esas combinaciones no son las propias: su lealtad era para con su familia, no hacia Sadam. En este ejemplo vemos lo que no hay que hacer, pues la palabra “lealtad” está asociada únicamente a la preposición “a”. El periodista recogió los documentos (…) y fue a meterlos bajo el sofá. ¿Seguro que no los meterá “debajo del sofá”? Rochelle estaba ante el ordenador. No, realmente estaría “delante del ordenador”.

Los hiperónimos (palabras de significado muy amplio, genéricos) no se pueden usar en todos los contextos. Cuando es necesario concretar, hagámoslo; normalmente se lee en la biblioteca, no leemos en el lugar. “Lugar”, “mueble”… serían hiperónimos. El camino del estilista está plagado de obstáculos. Las escenas de las novelas suelen ocurrir en alguna parte y esa parte hay que nombrarla. Evitemos: Llevaba una ropa con un escote pronunciado. Una descripción detallada no puede contener un genérico.

A la hora de traducir, se hace muy visible la diferencia fundamental que existe entre lo que es propio de una lengua y de sus mecanismos convencionales y lo que es propio de un tipo de estilo literario o de un autor en concreto. Cuando, en español, decimos de alguien que tiene el pelo «color caoba» no hacemos más que repetir, a pesar de la exquisitez cromática de tal combinación, un uso lingüístico; si dijéramos, en cambio, qué sé yo, que el pelo es de «color marta cibelina», se trataría de una aportación estilística personal. Este ejemplo es evidente y, al mismo tiempo, didáctico. Los apuros empiezan cuando los límites no están tan claros, o cuando creemos que podemos hacer usos estilísticos de meros usos lingüísticos.

En definitiva, este libro alude al gusto por la escritura. Merece la pena acudir a él, recapacitar antes de escribir, dedicar tiempo a pensar la lengua. Es importante saber elegir y atreverse a romper con lo esperable. Una máxima a tener en cuenta es que el estilo consiste precisamente en la identificación de lo prescindible.

Hay que tener presente que la lengua ofrece un repertorio estupendo de posibilidades y el estilo posiblemente consiste en conocerlas, distinguir las reales de las imaginadas o supuestas y hacer, después, una elección. No hablamos de que haya que hacer filigranas, sino, simplemente, de explorar la variedad sin perder la naturalidad.

Artículo de Manu de Ordoñana, Ana Merino y Ane Mayoz

miércoles, 29 de junio de 2016

VIVIAN MAIER EN LA FUNDACIÓN CANAL DE MADRID: LA CUALIDAD DEL ANONIMATO



Vivian Maier, la anónima fotógrafa de la calle, realizó más del cien mil fotografías a lo largo de su vida; FOTOGRAFÍAS que jamás enseñó a nadie. Esa íntima necesidad de la ausencia colectiva, la ensalzan, sin ella quererlo ni saberlo, a los altares de aquellos que hacen de sus pasiones la forma oculta de seguir viviendo. Ese doble plano entre vida pública y vida privada, entre sueño y deseo, ficción y realidad, revierte en el caso de Maier en una suerte de instantáneas que recogen la vida, así, sin más. Vidas oscuras, vidas anónimas, vidas cortadas, a las que ella da luz y protagonismo. Los personajes de muchas de sus fotografías son el símbolo mayúsculo de esas voces sin voz que pueblan las calles de las grandes ciudades de todo el mundo, pero son, también, la transfiguración de un deseo, porque la cualidad del anonimato que tan bien representa Vivian Maier se difumina cuando se autorretrata o roba esos primeros planos a las personas que hace partícipes de su obsesión. Nada se resiste a su mirada, pues su objetivo deambula con soltura tanto por las mudas arquitecturas como por las poses de aquellos que han perdido el miedo a su cámara, acortando de esta manera la distancia de las historias de la calle que tanto le gustaba fotografiar, pues si algo destaca de sus retratos, es la solemnidad que le proporciona a las clases más populares donde, de una forma inteligente, nos provoca admiración, al saber apreciar la belleza de una simple mirada; mirada que, por cierto, nos narra una vida.

Testigo de una época y notaria de los cambios que se van produciendo a lo largo de las décadas en los EE.UU., Maier nos proporciona, quizá sin proponérselo, la medida justa de aquello que denominamos como progreso, aunque en este saco, sea bajo una mirada más sociológica y no tanto tecnológica (que también). Gracias a ella disponemos de una gran arsenal fotográfico de cómo eran y cómo se manifestaban los menos favorecidos que, a lo largo de sus múltiples instantáneas, nos recuerdan el valor de las pequeñas cosas, pues esa es, sin duda, una de las característica de las fotografías de Vivian Maier: la majestuosidad de lo cotidiano, porque a buen seguro, no hay nada más apabullante que una sonrisa, un beso o la verdadera dimensión de un gesto de contrariedad o sorpresa, donde la naturalidad y lo espontáneo juegan un papel primordial.

La exposición que nos ofrece la Fundación Canal hasta el próximo 16 de agosto en Madrid, bajo el estricto nombre de Street photographer, está divida en diferentes espacio teñidos de múltiples colores que abarcan campos temáticos como: la infancia, retratos, formalismos, escenas de calle, autorretratos, fotografías en color y algunos vídeos, en los que la espontaneidad de las escenas se hace en ocasiones enternecedora, cuando no nos arranca un gesto de sorpresa, por lo que esas imágenes tienen de documento ilustrativo de una época ya difuminada por el paso del tiempo. Del mismo, modo, la sección dedicada a las fotografías en color, nos muestran a una Vivian Maier más libre a la hora de elegir sus objetivos, pues la ligereza de su cámara fotográfica ya le permite prescindir del trípode a la hora de captar tanto a sus anónimos héroes como a las arquitecturas que le llamaban la atención.

En definitiva, gracias a la cualidad del anonimato de Vivian Maier, hoy podemos disfrutar de un impresionante mundo fotográfico, en el que somos conscientes de cual fue su distancia como artista respecto de las historias de la calle.

Ángel Silvelo Gabriel

martes, 28 de junio de 2016

VICENTE VALERO, LAS TRANSICIONES: ATRAVESANDO LAS PUERTAS ABIERTAS DE LA MEMORIA



Los latidos del corazón se resisten a mentirnos cada vez que aceleran su ritmo. Desbocados, nos conducen a esa pulsión en la que la vida se asemeja demasiado a una especie de penumbra, donde una vez que nos tropezamos con ella, no nos queda sino atravesarla. Esa sensación de incertidumbre que nos produce la indefinición es muy parecida a la que nos somete el pasado, pues ir hacia él, es igual que atravesar esa penumbra a través de las puertas abiertas de la memoria que, en ocasiones, nos invitan a ese inesperado: pasen y vean. Sin embargo, afrontar el pasado también es hacerlo desde la memoria serena y caprichosa, esa que acoge a la metaficción literaria, donde realidad y deseo se dan la mano y se separan a conveniencia del narrador. En este sentido, Vicente Valero en su última novela, Las transiciones, nos propone regresar a los setenta y al nacimiento de la democracia en España desde la isla de Ibiza. Una especie de brexit a la española entre la adolescencia y la juventud, el pasado y el presente, la opresión y la libertad, donde de nuevo, se nos invita a vernos tal y como somos, por más que no nos guste. El gran acierto de Valero, una vez más, es fusionar como sólo lo sabe hacer él, los tiempos narrativos y memorísticos de una forma admirable y muy cercana a la técnica de la tensión de los relatos cortos —un servidor les invita a leer el relato que en su anterior entrega, El arte de la fuga, hizo sobre Hölderlin, pues es una pieza maestra del género, en la que el poder de ficción a la hora de recrear una huida es sencillamente maravilloso—. Del mismo modo, en este caso, el narrador juega con el lector y le invita a recorrer los territorios de la memoria de una forma, en apariencia caprichosa, pero que sin embargo no tiene nada de azarosa y sí de inteligente, si bien es verdad que esa portentosa y admirable forma de contarnos la historia que engendra Las transiciones sufre un cierto desgaste o bajón después de la muerte de Franco —si exceptuamos la parte en la que recrea el incidente de Don Alfonso con el caudillo, donde Valero de nuevo se luce como narrador—, quizá, porque a Valero le resulte más difícil sustraerse de aquello que nos narra, dando pie a que la frontera entre autor y personaje se difume demasiado.



Así las cosas, Vicente Valero, en esta segunda entrega de su particular recuperación de la memoria colectiva e histórica de este país —tal y como el propio escritor mallorquín nos contó en la pasada FLM16—, se aloja sin miedo en las fronteras de su pasado y su presente, para de ese modo, repasar las grietas que las experiencias de la vida han ido dejando no sólo en él, sino también en sus amigos. La magnífica secuencia que abre esta novela, Las transiciones, y que nos traslada hasta el funeral de su amigo Ignacio ya nos habla de esa capacidad innata del mallorquín para fundir los territorios de la ficción y la no ficción sin que sepamos muy bien a qué pertenece cada extracto de la novela, pues los recuerdos caminan de la mano de una secuencia narrativa que nos sustrae de la realidad, para introducirnos en esa otra historia que de verdad nos quiere contar el escritor. Esos dos planos de superponen con unos elementos de unión muy bien traídos, igual que si fueran planos cinematográficos, y que condensan aquello que se nos quiere contar de una forma sutil y prodigiosa, invitándonos una y otra vez a seguir atravesando las puertas abiertas de la memoria.



Ángel Silvelo Gabriel.

lunes, 20 de junio de 2016

THOMAS WOLFE, UNA PUERTA QUE NUNCA ENCONTRÉ: LA LÍRICA CONFUSIÓN DE LOS ANHELOS JUVENILES



Hay mucho vacío en esa soledad que no encuentra ni respuestas ni salidas a todas las preguntas que somos capaces de formularnos, sobre todo, en nuestra juventud, cuando todavía no entendemos cómo funciona el mundo. Sin embargo, esa desdicha del explorador insatisfecho, nos llevará a terrenos que nunca imaginamos y mucho menos que seríamos capaces de vivir. De ahí, que la duda que nos corroe como el más agresivo de los óxidos, sea la mejor compañera de viaje a la hora de reivindicar la lírica confusión de los anhelos juveniles que no entienden más que de grandes ideales teñidos de libertad. Quizá, la mayor abstracción a la que se enfrenta el ser humano a lo largo de su vida, sea la de encontrar esa puerta a la que nos alude Thomas Wolfe en esta nouvelle sobre el sentimiento de soledad de un joven que necesita de respuestas más allá de las obvias pretensiones de aquellos que le rodean. Esa búsqueda de uno mismo, de las certezas que de cuando en cuando necesitamos para seguir avanzando, y de esa última e innata necesidad de recapitularnos con nuestro aciago destino, desembocan en la narrativa de Thomas Wolfe en un torrente descriptivo sin límites; un torrente descriptivo que nos arrasa y enamora a partes iguales. Poético, intenso, arrollador y, por encima de cualquier otro adjetivo, evocador, el estadounidense es capaz de hacernos sentir uno más en ese viaje en solitario a lo largo de la espesura de un hombre y de un país y que, a medida que avanza, demarca el devenir de nuestros días en un simpar juego de choque de trenes: realidad frente a deseo y, donde la arrebatadora fuerza narrativa del autor, deambula por sí misma a lo largo y ancho de la cultura estadounidense en la década de los años veinte e inicio de los treinta. Mientras Scott Fitzgerald secaba todas las botellas de champán en la metaliteraria era del jazz (hasta el crack del 29), y lo hacía sumergido en el mayor de los éxitos, Wolfe deambulaba perdido por la inmensidad de un país que, en su fuero interno, estaba condenado a revisitar los lugares más oscuros. Sólo hace falta leer ese párrafo final que cierra dos de los cuatro capítulos de este viaje a lo largo de la noche y de la vida, para darnos cuenta de la hondura y de las últimas intenciones de este joven escritor que el destino quiso que muriera de tuberculosis con apenas 38 años, y sin haber explorado su verdadero potencial como escritor: «Aquél fue un momento de los tiempos oscuros, aquél fue uno de los rostros oscuros en un extraño tiempo hecho de un millón de rostros oscuros. Y éste que viene es otro».

No obstante, Una puerta que nunca encontré no sólo se detiene en la oquedad de una nación, sino que también es capaz de revisitar a ese niño perdido, que tan señalados nos dejó tanto como escritores como lectores. Esa pequeña obra maestra y, la sombra de la pérdida del hermano, es una de esas puertas que nunca se acaban encontrando, quizá, porque la muerte nunca tenga una escapatoria satisfactoria cuando quien se va es una persona amada. Al igual que ya nos ocurrió con Especulación, aquí también caemos en esa trampa lúcida de estilo narrativo al que Wolfe nos transporta, pues es muy difícil bajarse de ese tren que nunca se para y que siempre va en busca del horizonte; un horizonte al que, sin embargo, nunca somos capaces de acercarnos por más que lo intentemos, en una nueva metáfora de la búsqueda de lo imposible que sigue manteniéndonos vivos, quizá, porque la puerta del título de esta nouvelle, sea una metáfora de la búsqueda de la libertad y del encuentro del camino adecuado.

Ángel Silvelo Gabriel

miércoles, 15 de junio de 2016

VILLA DIODATI, 16 DE JUNIO DE 2016: 200 AÑOS DESPUÉS DEL NACIMIENTO DE FRANKENSTEIN O EL MODERNO PROMETEO



Encadenarse a la libertad como expresión última de la vida, pero no a una libertad cualquiera, sino a aquella que sólo se alcanza con la muerte…, esa fue desgraciadamente, la trágica exaltación de la libertad que persiguió a una buena parte de los más álgidos representantes del movimiento romántico inglés (Byron, Shelley, Keats…) y, que en Remando al viento de Gonzalo Suárez está magníficamente retratada, porque en esta película deliberadamente literaria, la concepción estética que se nos propone alcanza inexpugnables y mágicas cuotas de delirio narrativo y estético que, como en una poesía que sólo busca la belleza en sí misma, se funde en un itinerario de ensueño al que a veces le visita la muerte. En una época donde se inician las revoluciones liberales en Europa, y donde se tiende a romper con el absolutismo y recuperar los valores esenciales de la Revolución francesa de 1789, surge el Romanticismo como movimiento que intenta recuperar la prioridad de los sentimientos y la exaltación plena de la libertad y la belleza. Esa ruptura y esa exaltación, así como, esa necesidad de búsqueda, son el escenario ideal para poner a prueba los límites humanos; límites, a los que Byron o Shelley se enfrentan sin tener miedo a la muerte. Su postura, no obstante, no es temeraria, sino todo lo contrario, pues la podríamos resumir como una forma de estar y vivir ante una sociedad que todavía no estaba preparada a esa superlativa exaltación de la vida. En este sentido, los rasgos hedonistas o de auto contemplación de los poetas románticos, son sólo falsos reflejos de la belleza que sus sentimientos y su obra buscan en la verdadera naturaleza, porque como muy bien expresó John Keats en uno de sus poemas: “la belleza es verdad; la verdad, belleza. Esto es todo lo que sabes sobre la tierra, y todo lo que necesitas saber”.



Remando al viento es un flashback narrativo, en el que Gonzalo Suárez nos propone, —a través de Mary Shelley y su viaje a las heladas aguas del Ártico—, encontrar las claves de su monstruo Prometeo, y donde asistimos a la aventura de un recuerdo que el destino se encarga de manchar de negro. Historias de terror dentro de vidas vividas como historias con destinos trágicos que, irónicamente, se dan la mano bajo el reflejo de la luz de la luna en villa Diodati, muy cerca de Ginebra y a propuesta de Byron, cuando éste propone a sus invitados crear una novela de terror. A partir de ese momento asistimos al bello encuentro con la muerte, bajo el símbolo de la belleza mezclada con tempestades, monstruos que sólo ven aquellos que van a morir y aguas subterráneas o en libertad que lejos de simbolizar la pureza del alma son el vivo ejemplo de la muerte del hombre contra la naturaleza que ama. Es verdad, Mary Shelley también estuvo allí —la historia de la literatura no lo ha olvidado—, e hizo de su imaginario Prometeo un monstruo de carne y hueso dentro de sí misma. Su voz, 200 años después, todavía resuena entre nuestros recuerdos de una forma viva y nítida. Tanto es así que aún somos capaces de escucharla cuando nos dice:

Byron, la primera noche, siguiendo la propuesta de Polidori, nos hizo leer esas tenebrosas historias fantasmagóricas alemanas, traducidas al francés, que a mí no me provocaron ninguna necesidad de abordar el mal de una forma distinta a como yo le había concebido desde hacía mucho tiempo. Sin embargo, tú, Shelley, quisiste construir una historia de fantasmas como Byron, y eso fue lo que quizá, a la noche siguiente, te llevó a tener esa visión que he llegado a comprender que tú interpretaste como la confesión que le hice a mi hermanastra Claire de ese último deseo de poseer a Byron y concebir un hijo de él, ¿o quizá fue al contrario y viste a Claire pidiéndote que quería concebir un hijo tuyo?

En la segunda noche en Villa Diodati, desnudos encima de la cama, nos suspendimos en la oscura necesidad de las palabras preñadas de confesiones, y, mientras tú leías, yo me acerqué a ti para preguntarte: «¿no tienes frío..., y sueño?, realmente pareces una serpiente —No despiertes a la serpiente, no sea que/ ignore cual es el camino a seguir— ¿Qué viste en el jardín?». Y tú me contestaste: «nada de lo que veo es nada si no lo comparto contigo... estás en cada página que leo, en cada palabra que escribo, en cada pensamiento y paisaje». «¿Pero qué has visto en el jardín o no fue en el jardín?», de nuevo te acucié con mis impulsos ávidos de amor y de celos. «Mi respiración es tu respiración, pero creo que mi mirada no es tu mirada... que alguien me miraba y pensé que eras tú. Tuve miedo porque tus pensamientos no eran mis pensamientos...». Nunca quise apoderarme de lo ajeno hasta aquella noche, porque el reflejo de la luna que se apoderó de mi cuerpo días después y de tu imaginación en aquel fatídico instante, me lo hizo entender así. Aquellos días en los que no hubo verano y todo era un devenir de nubes y tormentas, se consumó dentro de nosotros la necesidad de desafiar al mundo con las palabras. Byron y tú creasteis unas historias de fantasmas que nunca fueron acabadas, y Polidori nos habló de la anécdota de una mujer que miraba por una cerradura. Excusa perfecta para retar al destino en una noche de un verano boreal. No es de extrañar que más tarde tú vieras ojos en mis pezones y no simples pechos henchidos de deseo. Un equívoco que fue suficiente contratiempo para que la otra vida, aquella que yo consideraba como propia, fuese capaz de traspasar la barrera de los vivos para crear a un ser distinto; un ser nacido de la imaginación y la inteligencia de una escritora. Un ser distinto..., ese fue mi gran error, concebir la vida más allá de mis recuerdos y no ser más astuta a la hora de preservar la que la naturaleza me concedió por tres veces. Hijos de Mary Shelley, volver del averno para decirme que estoy equivocada. Soy mala como una bruja que proporciona la muerte a aquellos que quiere. El amor a la oscuridad, el amor teñido de sombras que zigzaguean en las cuchillas de la noche..., esas hojas afiladas por el mal me atrapan y me cortan a cada momento, a cada suspiro por el que ahora se me escapa la vida. Hijos de Mary Shelley que ya no podéis volver a mí, busco vuestro perdón y compasión hacia una mala madre que no os supo proteger de la muerte. Ese fue mi castigo por querer apoderarme del fuego sagrado de la vida. Yo no soy Dios, pero quise serlo y, aunque con las palabras resucité a mi monstruo, con mis deseos no fui capaz de devolver la vida a mis hijos ni poseer el espíritu del hombre al que amé.



A buen seguro, el nacimiento de Frankenstein no fuese así, tal y como aquí se ha narrado, pero sí puede servirnos de muestra para revivir, una vez más, a aquellos personajes que dieron vida y, sobre todo leyenda, a la famosa noche del 16 de junio de 1816; la noche en la que se vislumbró, entre las tinieblas, la primera luz del más famoso de los monstruos de la literatura.





Ángel Silvelo Gabriel.

martes, 14 de junio de 2016

MODELO DE RESPUESTA POLAR, DOS AMIGOS: MOSTRANDO LOS RASGUÑOS DE LA OTRA VIDA



Calles sin nombre que, de repente, se convierten en una parte esencial de nuestras vidas, porque son la primera referencia cada día, justo cuando intentamos establecer un nexo de unión con el mundo. Y a partir de ahí desconectar de la senda que hacía un momento nos llevaba por la otra vida, y es justo en ese lugar que nadie conoce y que se comporta como una ciénaga de la que nadie nos puede salvar, donde de verdad estamos a gusto mostrándole a la soledad los rasguños del alma. Una soledad que es el perfecto eco para nuestros sentidos ya marchitos de tanto revés. Si te caes te tienes que levantar, y esa es la lucha que nos muestra el grupo valenciano Modelo de Respuesta Polar que, desde su lejano primer Ep de cuatro canciones (del año 2010) nos van mostrando los rasguños de la otra vida con la maestría y el saber estar que les está dando el paso del tiempo, al que han sabido acompañar de los elementos necesarios y esenciales para ir subiendo peldaño a peldaño en la dura escalera del indie español. Este Dos amigos es una buena muestra de ello, pues la práctica totalidad de las onces canciones que componen su último trabajo, son la expresión más cercana a esa perfección conceptual que persigue a Borja Mompó y al resto de componentes de MRP. La singularidad de su música se mueve muy bien en esos intensos, poéticos y arrebatadores medios tiempos pop que tan bien ejecutan, donde la armonía entre la voz de Mompó y las cuerdas de las guitarras es extraordinaria a la hora de expresar ese desgarro existencial que modelan a sus letras.



El Cd no puede empezar mejor, pues los cuatro primeros temas son extraordinarios, ya que si Momentos similares, el tema escogido como primer single, ya posee todos los elementos perturbadores de su música, Dos amigos es una especie de plan perfecto que no puedes dejar de escuchar: «Cuántas veces me has visto intentarlo  aprender de ti con todo lo que llevo». Un mecanismo de enganche que se prolonga con Umo y La juventud y el tiempo, un corte que contiene todos los ingredientes necesarios para hacerse un hueco en el planeta indie sin excusas, tanto por la expresividad de las cuerdas de las guitarras como por el brillo instrumental del resto de la banda, pues una vez que sube, sigue y sigue sin parar en su búsqueda del más allá. Un ritmo que se pausa un poco en Cosas increíbles, pero que juega con la sencillez de los sonidos directos. Algo que también nos sirve para definir Cómo crees, un corte que nos intenta atraer hacia ese abismo que nos propone el grupo, pero de una forma más tranquila, lo que no es óbice para que a mitad de recorrido rompa con toda la fuerza que es capaz de expresar MRP.



Los días es como un breve interludio antes de sumergirnos es la segunda parte más completa del disco, pues si las cuatro canciones que lo abren son magistrales, las cuatro últimas no le van a la zaga. Un fuego ya nos anuncia que los ritmos que nos pegan fuerte en el corazón han regresado para ajustar cuentas con nuestro destino. Acertadísimos teclados de este corte que nos transmite una y mil imágenes. Tema evocador por excelencia, sin duda, y que nos sumerge en otro de los grandes aciertos de este disco, pues No estoy nos hace un nuevo quiebro por si acaso no nos habíamos dado cuenta todavía de la frescura y la hondura de la propuesta musical de MRP: ¡chapeau! Que no se apague es la vuelta al arrebato y la fuerza más directa: «Que no se acabe nunca, que no se apague nunca», y no lo hace porque las notas de esta canción nos ponen en esa órbita tan perfectamente delineada por los arreglos de este gran tema, y que nos lleva como un zarpazo hasta Casi nunca, la reivindicación de un lugar destacado en la escena indie española de un grupo que canta al amor, a los amigos y los rasguños de la otra vida como nadie: «Sabes lo que sería mejor, poder cuestionarlo todo hablando de ti, que nunca me falte», pues eso, que nunca nos falten los acordes de esta gran banda.





Ángel Silvelo Gabriel

lunes, 13 de junio de 2016

FERNANDO PESSOA, 13 DE JUNIO DE 2016: LOS PRIMEROS 128 AÑOS DEL PORTUGUÉS MÁS UNIVERSAL



Navegar es preciso, pues no se nos debería de olvidar que todo es un sueño, como aquel en el que se sumerge el que sólo crea. «Vivir no es necesario, lo que es necesario es crear». Pessoa, al menos, no se mintió a sí mismo cuando renunció en gran medida a esa otra vida: la real que, para él, no tenía sentido. Sólo trabajaba dos días a la semana como traductor, o como él mismo acotó en una nota autobiográfica: «corresponsal extranjero de casas comerciales», dedicando el resto de los días a escribir, lo que hacía sumido en un caos… Pessoa fue un hombre entregado a sus sentimientos más profundos y a ese último deber intelectual que gobernaba su vida: «tengo el deber de encerrarme en la casa de mi espíritu y trabajar cuanto pueda y en todo cuanto pueda para el progreso de la civilización y el ensanchamiento de la conciencia de la humanidad». Nada, por tanto, distrajo a su espíritu de ese deber último que fue la literatura. No en vano su último texto decía: «no sé lo que traerá el mañana…»


 


Hoy, cuando se cumplen 128 años de su nacimiento en el cuarto izquierda del número 4 del Largo de San Carlos, frente a la Ópera de Lisboa, quizá no quepa un mejor homenaje que abrir al azar su majestuoso y magistral El libro del desasosiego. Y, al hacerlo, esto es lo que nos encontramos: «306


Intervalo doloroso

Todo me cansa, hasta lo que no me cansa. Mi alegría es tan dolorosa como mi dolor.

Ojalá fuese un niño que echa barcos de papel en el estanque de una quinta con un dosel-rústico de entrelazamientos de emparrado que pone ajedreces de luz y sombra verde en los reflejos sombríos de la poca agua.

Entre mí y la vida hay un cristal tenue. Por más claramente que vea y comprenda la vida, no puedo tocarla.»



Lo que nos lleva a plantearnos que soñar aquello que quisimos ser y no fuimos, o reinterpretar el sueño de aquellos a quienes admiramos a través de alguno de los sucesos más importantes de sus vidas, quizá, sea el único camino posible para llegar hasta nuestros sueños. Tal vez así, nos demostremos a nosotros mismos, y a los demás, que hay una vida más allá de aquella que acaba en la efeméride de nuestro fallecimiento. Eso fue lo que hizo Fernando Pessoa, dando vida a un nuevo género literario: el de la narrativa onírica a partir de los sueños de otro, lo que sin duda, fue, y es, una facultad distinta de ser otro dentro de la literatura. Una posibilidad que ha ido más allá de la capacidad oral de la transmisión de los recuerdos, pues esa es una de las características principales de las fotos fijas que componen cada momento concreto de nuestras vidas. Así, Pessoa, cuando un mes y medio antes de su muerte le dijo a su amigo y primer biógrafo, Joao Gaspar Simoes: «Nunca he sentido nostalgia de la infancia; nunca he sentido nostalgia de nada. Soy, por índole y en el sentido literal de la palabra, futurista… Tengo del pasado tan sólo la nostalgia de personas idas a las que he amado; pero no es una nostalgia del tiempo en que las amé, sino de ellas; las querría vivas hoy, y con la edad que hoy tendrían si hasta hoy hubiesen vivido» nos está hablando, entre otras cosas, de esa relatividad que nos posee desde que nacemos: de la relatividad del tiempo pero no la de los sueños y los sentimientos. En este sentido, Pessoa, aparte de no hablar nunca mal de nadie, tampoco posó de intelectual, y fue desdeñoso de la fama por considerarla «cosa de actrices y productos farmacéuticos… convencido de que “la superioridad no se disfraza de payaso”». «La búsqueda de la gloria en la vida de Pessoa fue siempre un acto de renuncia en favor de su obra». Sin duda, esa defensa a ultranza de su anonimato en el poeta lusitano, se contradice hoy en día con la falsa notoriedad de las redes sociales que buscan la trascendencia de lo efímero de una forma tan incesante como innecesaria. Ya no existe ese misterio en el que se resguardan las cosas más importantes de la vida: la belleza, el amor, la búsqueda de la verdad…, y que Pessoa indagó a través de sus heterónimos, «conformando un verdadero debate sobre los grandes temas del pensamiento y de la poesía del siglo pasado: la soledad, la conciencia, “la importancia misteriosa de existir”». Pessoa siempre tuvo una innata inclinación hacia lo misterioso; una cualidad de su personalidad que más adelante le trasladaría hasta la astrología, el ocultismo, el misticismo y la masonería. Nunca se conformó con aquello que veía ni con lo que ya estaba hecho. Esa búsqueda, sin duda, le hizo descubrir su drama en gente, porque a través de la literatura fue la forma que él encontró de estar vivo, tal y como dejó plasmado con apenas veinte años: «el primer alimento literario de mi infancia fueron los numerosos relatos de misterio y horribles aventuras. A los libros que se suelen llamar infantiles y tratan de experiencias emocionantes nunca les presté atención. Nunca me identifiqué con la vida saludable y natural. No me fascinaba lo probable sino lo imposible, y no lo imposible por grado, sino por naturaleza.

Mi infancia fue tranquila, mi educación adecuada. Pero desde que tengo conciencia de mí mismo, he percibido en mí una tendencia innata a la mistificación, a la mentira del arte. Añádase a esto un gran amor por lo espiritual, por lo misterioso, por lo oscuro, que, después de todo, no es sino una variante de ese primer rasgo de mí mismo, y mi personalidad queda completamente descubierta ante la intuición». Portentosa intención literatura y vital que, desde su infancia, se mostró indeleble al paso del tiempo y a las múltiples pasiones del ser humano, como si desde el principio, hubiese sido plenamente consciente de la existencia de esa lluvia perpetua que nos va mojando día a día en nuestro interior; lluvia eterna que nadie conoce más que cada uno de nosotros en la soledad que nos acoge cada noche..., misterio que gobierna el imperio de nuestros sentimientos y los hace únicos porque nace de los deseos.


¿De dónde procede ese misterio en Pessoa?, quizá de la soledad, aunque nunca sepamos muy bien si estamos en lo cierto, por más que el rey de la paradoja a lo largo de su vida fuera describiéndonos una ruta hacia ese aislamiento final que presidió sus días. Jornadas repartidas entre los cafés, su afición al aguardiente, su falta de dinero que, a veces, le dejaba sin comer o sin cenar y sin amigos con los que discutir. Una impermeabilidad hacia todo lo externo que se reflejó muy bien cuando dijo: «todos mis libros son obras de referencia. Sólo leo a Shakespeare para consultar la problemática de Shakespeare. Lo demás ya lo conozco. He descubierto que la lectura es una forma de soñar esclavizada. Si he de soñar, ¿por qué no soñar mis propios sueños?». Tras estas palabras, resulta más fácil descubrir la necesidad de ser muchos en uno del portugués, pero no sólo eso, sino también su portentosa imaginación e inteligencia, lo que él justificó cuando dijo: «dar a cada emoción una personalidad, a cada estado de alma un alma». Ese era el verdadero sentido de sus múltiples personalidades literarias, la necesidad de unir sentimientos y pensamientos de una forma en la que la vida se pudiera sentir de todas las maneras posibles. Una capacidad que, de un modo libre y caprichoso, se podría abatir sobre un poema: «A veces, y el sueño es triste,/ en mis deseos existe/ lejanamente un país/ donde ser feliz consiste/ solamente en ser feliz./ Se vive como se nace,/ sin querer y sin saber./ En esa ilusión de ser,/ el tiempo muere y renace/ sin que se sienta correr./ El sentir y el desear/ no existen en esa tierra./ Y no es el amor amar/ en el país donde yerra/ mi lejano divagar./ Ni se sueña ni se vive:/ es una infancia sin fin./ Y parece que revive/ ese imposible jardín/ que con suavidad recibe».


Pessoa encontró su particular saudade en las tascas, bodegas y cafés de Lisboa que, en su mayor parte, ya no existen, si exceptuamos su preferido, el Martinho da Arcada, donde todavía permanece vacía la silla en la que él acostumbraba a sentarse junto a sus gafas, o el célebre A Brasileira, plagado de turistas que, ávidos de inmortalizarse al lado del poeta, no son conscientes de que cada vez que se sientan a su lado o se hacen una fotografía junto a él, poco a poco borran las huellas de su leyenda. Unos turistas que, en su mayoría, desconocen que muy cerca de allí nació el poeta, y que también fue bautizado a pocos metros, en la Iglesia de Los Mártires del Chiado, y que casi al lado de ambas, se halla la que dicen que era la librería más antigua del mundo —la librería Bertrand en la misma Rua Garrett—, que hace de testigo de todo ese enjambre pletórico de recuerdos y melancólica nostalgia donde reposan los sueños, los propios y los ajenos. La Lisboa de Pessoa es muy distinta a aquella que él mismo describió en 1925 en una guía que tituló Lo que el turista debe ver, una suerte de redacción descriptiva que parecía una venganza de cara a alejar a todos aquellos que decidieran visitarla, porque la verdadera, la Lisboa de Pessoa, era otra, igual que su sentimiento acerca de la vida: «Hoy estoy vencido, como si supiera la verdad./ Hoy estoy lúcido, como si estuviese a punto de morirme/ y no tuviese otra fraternidad con las cosas/ que una despedida, volviéndose esta casa y este lado de la calle/ la fila de vagones de un tren, y una partida pintada/ desde dentro de mi cabeza,/ y una sacudida de mis nervios y un crujir de huesos a la ida».

Ángel Silvelo Gabriel.

UGO CORNIA, ROMA: EL VACÍO QUE CREA ESPACIO



Si uno deja la mente en blanco o hace como dice el autor de Roma: «un ejercicio físico-espiritual del vaciamiento», corre el riesgo de llegar a la nada, donde la nada es el vacío sin más. Sin embargo, en el caso de Ugo Cornia no es así, porque su vacío es un vacío que crea espacio. Él lo consigue mediante un lenguaje oral, o memorístico como le gusta llamarlo a él para diferenciarlo de la ficción autobiográfica. Sea como fuere, Ugo Cornia en su largo monólogo titulado Roma, es capaz de crear espacios, mundos y submundos que, desde la sencillez, reivindican esa otra de hacernos llegar a los grandes temas de siempre, pero de una forma natural, sin grandes palabras, pero aposentando sus argumentos en sentencias incontestables, pues no en vano él es licenciado en Filosofía. Si el gran tema de Roma es el trabajo, y la estrecha vinculación que en la sociedad occidental actual se hace del mismo respecto del desarrollo personal y ético del individuo, no es menos cierto que, alrededor de él, hay otras ramas o subtemas que salen de ese tronco inicial, y así, la importancia del universo propio, la accidentalidad del amor o la necesidad de ser uno mismo, se entrelazan en cada una de las corrientes que el autor nos propone a lo largo del texto. Es verdad, como nos hace notar Ugo Cornia, que el hombre como tal es muy pequeño en comparación con el mundo, pero no es menos cierto también, que el individuo llega a crear mundos paralelos al real que pueden ser tan extensos como uno o su imaginación sea capaz de imaginar. Esa es la fuerza literaria del estilo narrativo del escritor italiano, pues apenas sin un argumento definido ni una trama llena de efectos especiales, es capaz, sin embargo, de crear y recrearse en el vacío que crea espacio, como si de un ingeniero o arquitecto se tratase, pues igual que ellos, el escritor inventa lugares, da luz a ideas ideas o levanta construcciones que antes no existían. Esa cualidad creativa, le lleva a situaciones incluso cómicas, a las que el protagonista de esta historia intimista, siempre responde con gran vitalismo. Si no quiere trabajar no trabaja, si quiere fumar fuma a pesar de que le acarree perder el empleo, si no quiere que ninguna de sus novias le acorralen las deja…, en una clara manifestación que va más allá de la típica rebeldía, y que busca refugio en la necesidad de libertad intrínseca al ser humano, más si cabe, cuando se reflexiona acerca de lo qué es la vida de una forma nada irreverente, pero sí muy decidida a no dejarse comer el terreno por los demás.



Ugo Cornia, en Roma, consigue que nos identifiquemos enseguida con este anti-héroe sin nombre que, bajo ese manto que nos cubre día a día y nos condena al anonimato universal, es capaz de crear un mundo, el suyo, tan defectuoso como el de los demás, pero al fin y al cabo suyo, y lo hace, con una impecable manifestación de la reivindicación de la dignidad de aquel que no quiere cambiar el mundo, pero que tampoco acepta que nadie le venga a cambiar el suyo propio, pues ese es el espacio que nadie, todavía, le ha usurpado. Quizá, no quepa mayor acto de rebeldía que éste, tanto o más, como creer que en el vacío que crea espacio.


Ángel Silvelo Gabriel.

miércoles, 8 de junio de 2016

GUILLERMO DE JORGE, AFGANISTÁN DIARIO DE UN SOLDADO: LA ESENCIA DEL VALOR DE LA GLORIA RELATADA DESDE EL OTRO LADO DEL ABISMO



¿A qué sabe la muerte? La muerte sabe a metal oxidado. ¿A qué huele su hedor? Huele al sudor de las innumerables noches sin dormir al raso bajo la cúpula azul que cada día nos protege. ¿Qué valor tienen las vidas de los soldados? Tienen el valor de todos los días que uno pasa lejos de la persona amada. Así transcurre la oralidad hecha poema de este singular Afganistán Diario de un soldado, un poemario que es mucho más que un conjunto de poemas sobre la guerra y la paz, porque como muy bien nos dice su editor Lorenzo Silva en el prólogo, este es un libro necesario, a lo que cabría añadir que este es un LIBRO con mayúsculas y no sólo necesario, sino también esencial, universal y único, pues únicos e indispensables son el valor, la entereza, el riesgo y el aplomo con los que está escrito: «Deberían de dejar a las madres realizar las declaraciones de guerra entre las distintas naciones. Deberían de ser ellas quienes pusiesen el precio de las cabezas de sus hijos, si realmente tuviesen aquellos lo que verdaderamente hay que tener».



La parte más esencial de la vida, entendida ésta como la intrínseca necesidad de vivir en libertad, es la que se respira en cada uno de sus renglones. Aquí hay munición, pólvora, cargadores…, pero aquí no se nos cuenta cómo sale la bala disparada hacia su objetivo, sino las consecuencias derivadas que conlleva que esa bala dé en el blanco. En estos poemas no se habla de los muertos, que también, sino de las mujeres y los niños que se quedan sin padre ni marido, porque aquí, el amor es la invocación de la pureza y el salvavidas final de toda una existencia: «:/ yo/ ,/ aquí/ , /un/ hombre libre tan sólo/ preso de los hombres/ que luchan/ golpeando las puertas del infierno/, /preso/ de aquellos/ que no quisieron/ tomar la pulpa de mi sangre/ con el nombre de mis hijos/ entre los dientes/ suplicando por el fin/ de esta guerra./ hablo/ de ti, amor/, / y no de este/ mundo que ya no/ me pertenece», mientras los disparos se suceden a ritmo de palabras, versos e ideas. En este sentido, uno no deja de imaginarse a su autor, Guillermo de Jorge, libreta en mano, apuntando con su bolígrafo a esa hoja en blanco y, haciéndolo, en la soledad y el silencio de las noches afganas apenas pobladas por el aullido de los lobos o el silbido ronco de ese viento asesino que, a buen seguro, le acompañó a lo largo de su misión en un lugar que un servidor bautizó como El hogar de los vientos, o que su editor y prologuista —emulando a la película que en el año 2009 se llevó los Óscar más importantes— tilda como de tierra hostil, porque Afganistán, a día de hoy, es el lugar donde el horizonte se desdibuja por la ira de los hombres, y también, donde el autor de este diario se enfundó su pluma, cual Cervantes del s. XXI, refugiado bajo la coraza de su equipo de campaña. Y todo ello, en días donde la supervivencia cobraba su verdadero sentido y, donde la necesidad de los compañeros, era tan importante como el recuerdo cercano de los seres queridos, pues unos y otros eran los que le ayudaban a mantenerle en pie y vivo en medio de la barbarie (a alguien que sólo cree en el ser humano). Como dice muy bien Guillermo de Jorge al inicio de esta huella que ya se nos ha quedado grabada en lo más profundo de nuestra alma: «Esta no es mi historia. Esta es vuestra historia y quiero contarla», porque lo que aquí se narra es ese último vuelo al otro lado del abismo donde aún, sí, aún, cabe la remota posibilidad de volver con vida: «nosotros combatimos cara a cara contra el oponente; pactamos el lugar y el momento, decidimos el cómo y el para qué y, sin embargo, nunca hemos disparado a un hombre por la espalda, nunca hemos apuntado a vuestros hijos, nunca hemos hecho blanco a vuestros hogares: nunca; no lo necesitamos, ni nos lo plateamos, ni siquiera lo queremos». Y si todavía no nos queda clara y diáfana cuál es la última misión de la infantería española en las misiones internacionales, sirva de ejemplo este nuevo párrafo: «mantengo en la retina el reflejo de los ojos de cada uno de mis hombres; y sólo adivino ver un nuevo país, un nuevo mundo, un nuevo estado; esta es mi patria, respondo: no importa de dónde viene, no importa a dónde van, no importa su color, su origen o su sexo; sólo admitimos una sola raza: la humanidad».



A día de hoy, como en tantas otras ocasiones a lo largo de la historia de la humanidad, para morir no hace falta dejar de respirar, tan sólo es necesario viajar al infierno. Uno esos infiernos está en Afganistán, en la COP Ludhina – Sang Atesh de Kamara, en la Base Patrulla en los Altos de Geirashuri, en la Base Patrulla en COP Mesa de los Tres Reyes – Golo Jirak o en el PSB Viera de Clavijo – Qala i Naw, porque como muy bien nos dice el propio autor de estos poemas de la paz y de la guerra: «Esta es la tierra donde descansan los restos de mis muertos», porque muertos los son todos, aquellos que atacan y se defienden, o viceversa; aquellos que buscan un último sentido a sus disparos en el silencio de la noche, o aquellos que ya dan por sabida cuál es su afrenta contra el mundo; aquellos que, en definitiva, buscan la libertad: «aunque nosotros sabemos que entre aquellos que están libres, también existen dos clases de hombres: los que son libres y los que mueren por aquellos que exigen su libertad». Éste, sin duda, es uno de los pecados capitales al que se enfrentan día a día los militares españoles en la misiones internacionales a las que van a cumplir un mandato internacional: el olvido. Mientras que este país no madure y deje a un lado los falsos maniqueísmos con respecto al bien público DEFENSA, no habremos entendido nada respecto de lo qué es y qué significa en la actualidad el valor y el sentido de una institución como el ejército que, como se ha reflejado antes, es un bien público, como muy bien nos explicaron en su día en la Facultad; un bien público como la EDUCACIÓN, la SANIDAD o el FOMENTO.



Sin embargo, Afganistán Diario de un soldado, no es la reivindicación de ese bien público llamado DEFENSA, sino que va más allá de la reclamación de los ideales y las normas que rigen el noble arma de la Infantería. Guillermo de Jorge se hizo una promesa en su segunda misión internacional: relatar y retratar con los ojos del soldado y el pálpito del poeta un viaje; un viaje a un desierto con sabor a metal, el sabor de la muerte, pero además, en la esencia de esa promesa, existía también el aullido que busca el último sentido de la vida a través del amor, sin que por ello se nos olvide que dentro de él había un juramento más profundo, porque este libro representa, como pocos, la esencia del valor de la gloria relatada desde el otro lado del abismo.



Ángel Silvelo Gabriel.

martes, 7 de junio de 2016