Tiempo de comunicaciones rotas

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lunes, 13 de junio de 2016

FERNANDO PESSOA, 13 DE JUNIO DE 2016: LOS PRIMEROS 128 AÑOS DEL PORTUGUÉS MÁS UNIVERSAL



Navegar es preciso, pues no se nos debería de olvidar que todo es un sueño, como aquel en el que se sumerge el que sólo crea. «Vivir no es necesario, lo que es necesario es crear». Pessoa, al menos, no se mintió a sí mismo cuando renunció en gran medida a esa otra vida: la real que, para él, no tenía sentido. Sólo trabajaba dos días a la semana como traductor, o como él mismo acotó en una nota autobiográfica: «corresponsal extranjero de casas comerciales», dedicando el resto de los días a escribir, lo que hacía sumido en un caos… Pessoa fue un hombre entregado a sus sentimientos más profundos y a ese último deber intelectual que gobernaba su vida: «tengo el deber de encerrarme en la casa de mi espíritu y trabajar cuanto pueda y en todo cuanto pueda para el progreso de la civilización y el ensanchamiento de la conciencia de la humanidad». Nada, por tanto, distrajo a su espíritu de ese deber último que fue la literatura. No en vano su último texto decía: «no sé lo que traerá el mañana…»


 


Hoy, cuando se cumplen 128 años de su nacimiento en el cuarto izquierda del número 4 del Largo de San Carlos, frente a la Ópera de Lisboa, quizá no quepa un mejor homenaje que abrir al azar su majestuoso y magistral El libro del desasosiego. Y, al hacerlo, esto es lo que nos encontramos: «306


Intervalo doloroso

Todo me cansa, hasta lo que no me cansa. Mi alegría es tan dolorosa como mi dolor.

Ojalá fuese un niño que echa barcos de papel en el estanque de una quinta con un dosel-rústico de entrelazamientos de emparrado que pone ajedreces de luz y sombra verde en los reflejos sombríos de la poca agua.

Entre mí y la vida hay un cristal tenue. Por más claramente que vea y comprenda la vida, no puedo tocarla.»



Lo que nos lleva a plantearnos que soñar aquello que quisimos ser y no fuimos, o reinterpretar el sueño de aquellos a quienes admiramos a través de alguno de los sucesos más importantes de sus vidas, quizá, sea el único camino posible para llegar hasta nuestros sueños. Tal vez así, nos demostremos a nosotros mismos, y a los demás, que hay una vida más allá de aquella que acaba en la efeméride de nuestro fallecimiento. Eso fue lo que hizo Fernando Pessoa, dando vida a un nuevo género literario: el de la narrativa onírica a partir de los sueños de otro, lo que sin duda, fue, y es, una facultad distinta de ser otro dentro de la literatura. Una posibilidad que ha ido más allá de la capacidad oral de la transmisión de los recuerdos, pues esa es una de las características principales de las fotos fijas que componen cada momento concreto de nuestras vidas. Así, Pessoa, cuando un mes y medio antes de su muerte le dijo a su amigo y primer biógrafo, Joao Gaspar Simoes: «Nunca he sentido nostalgia de la infancia; nunca he sentido nostalgia de nada. Soy, por índole y en el sentido literal de la palabra, futurista… Tengo del pasado tan sólo la nostalgia de personas idas a las que he amado; pero no es una nostalgia del tiempo en que las amé, sino de ellas; las querría vivas hoy, y con la edad que hoy tendrían si hasta hoy hubiesen vivido» nos está hablando, entre otras cosas, de esa relatividad que nos posee desde que nacemos: de la relatividad del tiempo pero no la de los sueños y los sentimientos. En este sentido, Pessoa, aparte de no hablar nunca mal de nadie, tampoco posó de intelectual, y fue desdeñoso de la fama por considerarla «cosa de actrices y productos farmacéuticos… convencido de que “la superioridad no se disfraza de payaso”». «La búsqueda de la gloria en la vida de Pessoa fue siempre un acto de renuncia en favor de su obra». Sin duda, esa defensa a ultranza de su anonimato en el poeta lusitano, se contradice hoy en día con la falsa notoriedad de las redes sociales que buscan la trascendencia de lo efímero de una forma tan incesante como innecesaria. Ya no existe ese misterio en el que se resguardan las cosas más importantes de la vida: la belleza, el amor, la búsqueda de la verdad…, y que Pessoa indagó a través de sus heterónimos, «conformando un verdadero debate sobre los grandes temas del pensamiento y de la poesía del siglo pasado: la soledad, la conciencia, “la importancia misteriosa de existir”». Pessoa siempre tuvo una innata inclinación hacia lo misterioso; una cualidad de su personalidad que más adelante le trasladaría hasta la astrología, el ocultismo, el misticismo y la masonería. Nunca se conformó con aquello que veía ni con lo que ya estaba hecho. Esa búsqueda, sin duda, le hizo descubrir su drama en gente, porque a través de la literatura fue la forma que él encontró de estar vivo, tal y como dejó plasmado con apenas veinte años: «el primer alimento literario de mi infancia fueron los numerosos relatos de misterio y horribles aventuras. A los libros que se suelen llamar infantiles y tratan de experiencias emocionantes nunca les presté atención. Nunca me identifiqué con la vida saludable y natural. No me fascinaba lo probable sino lo imposible, y no lo imposible por grado, sino por naturaleza.

Mi infancia fue tranquila, mi educación adecuada. Pero desde que tengo conciencia de mí mismo, he percibido en mí una tendencia innata a la mistificación, a la mentira del arte. Añádase a esto un gran amor por lo espiritual, por lo misterioso, por lo oscuro, que, después de todo, no es sino una variante de ese primer rasgo de mí mismo, y mi personalidad queda completamente descubierta ante la intuición». Portentosa intención literatura y vital que, desde su infancia, se mostró indeleble al paso del tiempo y a las múltiples pasiones del ser humano, como si desde el principio, hubiese sido plenamente consciente de la existencia de esa lluvia perpetua que nos va mojando día a día en nuestro interior; lluvia eterna que nadie conoce más que cada uno de nosotros en la soledad que nos acoge cada noche..., misterio que gobierna el imperio de nuestros sentimientos y los hace únicos porque nace de los deseos.


¿De dónde procede ese misterio en Pessoa?, quizá de la soledad, aunque nunca sepamos muy bien si estamos en lo cierto, por más que el rey de la paradoja a lo largo de su vida fuera describiéndonos una ruta hacia ese aislamiento final que presidió sus días. Jornadas repartidas entre los cafés, su afición al aguardiente, su falta de dinero que, a veces, le dejaba sin comer o sin cenar y sin amigos con los que discutir. Una impermeabilidad hacia todo lo externo que se reflejó muy bien cuando dijo: «todos mis libros son obras de referencia. Sólo leo a Shakespeare para consultar la problemática de Shakespeare. Lo demás ya lo conozco. He descubierto que la lectura es una forma de soñar esclavizada. Si he de soñar, ¿por qué no soñar mis propios sueños?». Tras estas palabras, resulta más fácil descubrir la necesidad de ser muchos en uno del portugués, pero no sólo eso, sino también su portentosa imaginación e inteligencia, lo que él justificó cuando dijo: «dar a cada emoción una personalidad, a cada estado de alma un alma». Ese era el verdadero sentido de sus múltiples personalidades literarias, la necesidad de unir sentimientos y pensamientos de una forma en la que la vida se pudiera sentir de todas las maneras posibles. Una capacidad que, de un modo libre y caprichoso, se podría abatir sobre un poema: «A veces, y el sueño es triste,/ en mis deseos existe/ lejanamente un país/ donde ser feliz consiste/ solamente en ser feliz./ Se vive como se nace,/ sin querer y sin saber./ En esa ilusión de ser,/ el tiempo muere y renace/ sin que se sienta correr./ El sentir y el desear/ no existen en esa tierra./ Y no es el amor amar/ en el país donde yerra/ mi lejano divagar./ Ni se sueña ni se vive:/ es una infancia sin fin./ Y parece que revive/ ese imposible jardín/ que con suavidad recibe».


Pessoa encontró su particular saudade en las tascas, bodegas y cafés de Lisboa que, en su mayor parte, ya no existen, si exceptuamos su preferido, el Martinho da Arcada, donde todavía permanece vacía la silla en la que él acostumbraba a sentarse junto a sus gafas, o el célebre A Brasileira, plagado de turistas que, ávidos de inmortalizarse al lado del poeta, no son conscientes de que cada vez que se sientan a su lado o se hacen una fotografía junto a él, poco a poco borran las huellas de su leyenda. Unos turistas que, en su mayoría, desconocen que muy cerca de allí nació el poeta, y que también fue bautizado a pocos metros, en la Iglesia de Los Mártires del Chiado, y que casi al lado de ambas, se halla la que dicen que era la librería más antigua del mundo —la librería Bertrand en la misma Rua Garrett—, que hace de testigo de todo ese enjambre pletórico de recuerdos y melancólica nostalgia donde reposan los sueños, los propios y los ajenos. La Lisboa de Pessoa es muy distinta a aquella que él mismo describió en 1925 en una guía que tituló Lo que el turista debe ver, una suerte de redacción descriptiva que parecía una venganza de cara a alejar a todos aquellos que decidieran visitarla, porque la verdadera, la Lisboa de Pessoa, era otra, igual que su sentimiento acerca de la vida: «Hoy estoy vencido, como si supiera la verdad./ Hoy estoy lúcido, como si estuviese a punto de morirme/ y no tuviese otra fraternidad con las cosas/ que una despedida, volviéndose esta casa y este lado de la calle/ la fila de vagones de un tren, y una partida pintada/ desde dentro de mi cabeza,/ y una sacudida de mis nervios y un crujir de huesos a la ida».

Ángel Silvelo Gabriel.

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