Tiempo de comunicaciones rotas

Tiempo de comunicaciones rotas

jueves, 30 de enero de 2020

JESÚS MARCHAMALO, DELIBES EN BICICLETA: UNA VIDA SOBRE DOS RUEDAS



Austero en el gesto. Generoso en el esfuerzo. Íntimo en las pasiones. Afable en lo personal. Delibes, bajo la lupa de Jesús Marchamalo, es un hombre en bicicleta. Desde los seis años, cuando aprendió a montar en ella. Hasta después de su muerte, cuando su familia, en pleno, le recuerda cada verano en esa épica y nostálgica carrera de cien kilómetros que separa Sedano de Molledo de Portolín. Una distancia que él recorrió en su juventud por amor. Sin otro pretexto que el de sentir cerca a Ángeles, su fiel compañera. Delibes en bicicleta es el librito anual en el que Nórdica Libros nos presenta el retrato de un escritor/a de la mano de Jesús Marchamalo y Antonio Santos y que, en esta ocasión, quiere resaltar el centenario del nacimiento del escritor vallisoletano. Un tándem, el formado por el escritor y el ilustrador, al que también podíamos subir a un velocípedo de dos plazas y dos ruedas. En ese movimiento circular, intrínseco a la rueda, es en el que se desenvuelve este entrañable y genial retrato de uno de los grandes escritores españoles. Un escritor que hizo de sus silencios la forma de estar en la vida, y tras la que se resguardó del frío de Castilla y de los cafés de Madrid. Casi anónimo en lo personal. Fue universal en lo literario, pues fue capaz de traspasar las barreras naturales de la meseta para convertirse en el autor más leído de su época. Época de luces y sombras que él se encargó de sortear subido a una bicicleta. Bicicleta en forma de diario: El Norte de Castilla. Bicicleta como terreno de juegos hasta que le preguntó a su padre cómo se paraba aquella máquina a la que se había subido antes de la hora de comer. Bicicleta de amor que marchó tras la búsqueda de Ángeles un verano en el que todavía no estaban casados. Bicicleta de soledades y cánticos...

                                                  

Las anécdotas que conforman este retrato son tan universales como la obra del propio autor, pero en ningún caso, están narradas y puntuadas como lo hace Marchamalo —no en vano es el comisario del Año Delibes—, pues sus comas, su ritmo de adjetivos y su visión entrañable de este escritor universal, adaptan la forma circular de una rueda que siempre te embelesa. Una rueda que trata de acercarse al hombre con el vigor propio de quien lo retrata. A esa parte más invisible del personaje es a la que nos acercamos en Delibes en bicicleta. Un hombre subido a las dos ruedas y rodeado de contornos verdes y cipreses en la portada de este librito que, en su interior, se transforman en blanquinegros en sus diferentes retratos. Un Delibes convertido en persona única, cercana y jovial de la mano de Jesús Marchamalo y Antonio Santos —que, con sus ilustraciones nos da muestra de un Delibes a la fuga en bici o motocicleta. O más sereno con un retrato cigarro en boca—. Ilustraciones que nos hablan de la fugacidad de la vida y la permanencia de las sensaciones y los recuerdos cuando éstos quedan plasmados en una lámina a modo de testigo directo de una época.



Delibes en bicicleta es un eficaz instrumento con el que acercarse a Miguel. El cazador. El fumador. El incansable caminante que no hacía ascos a una partida de cartas ni a esas cuartillas que le cortaban del papel sobrante de las bobinas de un periódico del que acabó siendo su director. Su semblanza como persona y su valor como escritor quedan certificados en esa imagen de los reyes eméritos acercándose a su casa tras ser galardonado con el premio Vocento a los Valores Humanos, cuando ya estaba enfermo. Hombre de fidelidades, desprendido de envidias y generoso en el esfuerzo en la búsqueda sin cuartel de esa alma humana que él encontró con frecuencia en personajes olvidados dentro del mundo rural a los que él hizo grandes y universales. Únicos y entrañables, pues no en vano, como dijo el propio Delibes cuando recibió el Premio Cervantes: convivieron con él durante muchos años. Generosidad infinita que supo trasladar a su familia y a su entorno. Y a todos aquellos que se acercaron a su vida y a su obra, como es el caso de Jesús Marchamalo, Premio Nacional de Periodismo Miguel Delibes en el año 1999 y, por ende, gran conocedor de la vida y obra del vallisoletano, que esta vez nos ha dejado un certero retrato de un Delibes en bicicleta, dueño y señor del destino de los más desamparados.     



Ángel Silvelo Gabriel.

martes, 28 de enero de 2020

ALEJANDRO MORELLÓN, CABALLO SEA LA NOCHE: LA INMATERIALIDAD DE LAS PALABRAS


Atrapado en la inmaterialidad de las palabras. En la bruma de los recuerdos. Asfixiado por el dolor que conlleva no poder reivindicar aquello que nos hizo daño. Aislado del mundo que transcurre tras la puerta de nuestra casa por el abismo de los sentimientos que nos provoca el dolor de la muerte y el amor. Acantilados de paredes inexploradas que, al ser descubiertas, lo transforman todo en un delirio del todo y la nada. Reubicarse en ese espacio que no es de nadie, porque es un espacio único. Un espacio nuestro que solo uno mismo puede ocupar y que representa al delirio donde la enfermedad de la noche se hace sangre y fuego. Poesía y recuerdos. Canibalismo y sometimiento. Tras todas huellas tan intensas como poéticas es por las que transcurre esta novela corta de Alejandro Morellón que, sin embargo, juega a ser grande. Tan grande como seamos capaces de albergar en nuestro universo. La cadencia, el riesgo y la apuesta por desarrollar una voz nueva dentro del panorama literaria español hace de Caballo sea la noche una propuesta inigualable, por lo transparente y directa que nos resulta. Por ese riesgo que transmite ya desde la primera frase, y que no hace más que crecer a cada palabra, a cada frase, a cada golpe de coma que nos somete a un ritmo endiablado, mágico, poético y brumoso. Un ritmo salvaje que muy pocas veces podremos leer. Espectáculo inmenso este viaje a lo largo de la enfermedad de la noche que, como una epidemia, nos traspasa los sentidos y nos provoca perplejidad y emoción por la capacidad de transmitirnos imágenes y emociones. Miedos y reproches. Lujuria y tormento. El gran secreto de esta novela es el de lograr someternos a sus reglas, a ese ritmo endiablado de una narración continua y constante que busca y encuentra para cada palabra su lugar exacto y preciso, tal y como los críticos ensalzaban el estilo de Truman Capote. En Caballo sea la noche no falta ni sobra nada, y esa maestría en su estilo alcanza cotas muy altas en el primer y el quinto capítulo donde su lectura nos convierte en un elemento más de la narración. Elemento onírico, etéreo y poético. Altivo y desgarrador. Lírico y místico, que nos provoca una ensoñación que nos empotra, junto a Alan, dentro de ese cuarto de lavadora, de ese salón donde la madre se siente atada a las fotografías del pasado, o de ese pasillo que nunca se acaba.



Caballo sea la noche es un Equus español donde el psiquiatra y el adolescente devienen en un padre y un hijo que, en esta ocasión, se exorcizan el uno al otro a través de las reglas que impone la enfermedad de la noche. Una noche que el hijo transforma en un descomunal caballo blanco que lo puede todo. Una noche que es la partícipe de aquello que no se puede contar por el dolor que nos causa. Un dolor que se hace verbo mediante la inmaterialidad de las palabras. Palabras que se ahogan en la voz interior de un hijo que busca romper ese silencio mediante los vericuetos de una vida a los que quiere dar una salida sin ser consciente de la verdad. La suya. La propia. La única verdad. Y enfrente de él la voz la madre, que escupe las palabras al exterior por más que no las pronuncie y solo las piense. Un duelo de voces que se ejecutan a lo largo de cinco largas frases separadas entre comas, puntos y coma o dos puntos que copian el estilo del escritor polaco  Jerzy Andrzejewski, lo que no le quita ni un ápice de complejidad y virtuosismo a este tenso y bien elaborado juego de frases capaces de mantener un ritmo y una tensión únicos.



Hay brumas y brumas. Y las de Caballo sea la noche son de esas donde el pasado se enfrenta al presente. Brumas que se comportan como un gran agujero negro. Infinito. Inclasificable. Atroz. Brumas que, quizá, sean lo más parecido a esa incertidumbre que no puedes identificar con el paso del tiempo o los recuerdos. En esa nebulosa, donde la nada lo es todo, solo cabe continuar. A tientas. Con miedo. Sin aparentes certezas. En esa vuelta hacia atrás. Hacia lo que fuimos, solo te asiste el corazón. El corazón es el único que no miente cuando se acelera y te tiembla la voz. Un corazón como esos zarpazos de vida manchados de sangre y muerte perdidos en el agujero negro del mundo que marca nuestro tiempo y nuestras vidas. Vidas entregadas a la inmaterialidad de las palabras.


Ángel Silvelo Gabriel.

lunes, 13 de enero de 2020

1917, DE SAM MENDES: EL ÁRBOL QUE CRECE SOLO EN LA LLANURA



Hay una extraña belleza en el dolor que nos hace ver la vida como un maravilloso campo sembrado de flores antes de tener que adentrarnos en el averno de la tragedia y la muerte. Allí donde el cielo azul y el verde de las praderas se transforman en un herrumbroso gris sin más matices que el color negro. Entonces es cuando surge el verdadero valor del héroe. Aquel que es capaz de transformar la tragedia en esperanza, el más incierto de los futuros en un plausible presente ausente del escarnio de la sangre y la muerte. Y ese camino que se debe cruzar para lograrlo es un camino de soledad, incertidumbre y, sobre todo, pánico, pues el pánico es el que nos devuelve a sentirnos humanos en las desgracias, los contratiempos y las catástrofes. Ese camino, también, es un camino de múltiples deseos ante lo imposible, de exploración de sueños que buscan la supervivencia por encima de todo, pero también, la lealtad firme y rotunda de la misión encomendada, el deber cumplido y la visualización de los seres sobre los que poder derramar nuestras lágrimas, tal y como hace un árbol que crece solo en la llanura. En la intemperie. A la vista de los demás. Y con el único consuelo de sus raíces. En este sentido, Sam Mendes en 1917, crea un universo único e impactante de claroscuros a la forma que Caravaggio hizo en sus cuadros, donde la luz se proyecta sobre el protagonista y las sombras recrean aquello que hace posible que dirijamos nuestra mirada hacia él. Aquí es donde no se nos debería olvidar que el héroe, no sería tal, sin la ayuda de todos aquellos que le rodean, amparan o estimulan. Un estímulo que, en 1917 no solo procede de ese infinito, perpetuo y magistral plano secuencia en el que está filmado, sino también en la portentosa fotografía de Roger Deakins que nos transporta a un lugar inesperado por lo bello que se nos muestra en unas ocasiones y lo terrible que nos parece en otras; y el guion que el propio Mendes ha escrito junto a Krysty Wilson-Cairns, y en el que resalta sobremanera aquello de que lo menos es más. Un juego, el de los claroscuros, que funciona como una balanza que se vence a uno y otro lado con la fuerza de los sentimientos más puros y primarios del ser humano. En esa proximidad a la esencia de la vida es en donde 1917 es única e imprescindible, y donde reta en su concepción y ejecución al término de obra maestra. Y, por tanto, resulta muy difícil de entender por qué los grandes estudios cinematográficos no hacen una mayor apuesta por este tipo de películas que son las que en verdad permanecerán en nuestra memoria a lo largo del tiempo. Como decía el poeta británico John Keats en su famoso poema Oda a una urna griega: «La belleza es verdad; la verdad, belleza. Esto es todo lo que sabes sobre la tierra, y todo lo que necesitas saber». Un axioma infinito e inmutable a lo largo del tiempo.



La otra gran virtud de 1917 es volver a enfrentarnos a esa perenne soledad a la que todos nos vemos avocados a lo largo de nuestras vidas, y lo hace con la majestuosidad de una gran película de aventuras, donde lo que menos importa es como acabe, por más que creamos que lo hará bien, pues lo más importante de esta genuina película bélica que, en ocasiones nos retrotrae al film de Stanley Kubrick, Senderos de gloria, es todo aquello que ocurre antes de llegar a su escena final; un camino, el recorrido por 1917 lleno de vida y muerte, horror y belleza, esperanza y decepción, que nos va llevando de la mano a lo largo de dos horas con la maestría de aquel que nos muestra el horror de la guerra y la infinita magnitud de su destrucción, pero también el verdadero valor del amor y la esperanza como pocas veces veremos en una sala de cine. En este sentido, el gran acierto de Sam Mendes es arriesgar por una película cuyo rodaje implicaba un salto al vacío sin red y una apuesta impagable por aquello, que si sale bien, te encumbrará hacia la gloria. De ahí su valor y su éxito, porque en esta ocasión el saltador cayó de pie e ileso sobre un gran campo de margaritas. Un campo donde un árbol crece solo en la llanura a modo de mejor metáfora con la que el cineasta se sirve para ilustrarnos acerca del verdadero sentido de la vida: el amor a los tuyos.



 

Ángel Silvelo Gabriel.

jueves, 9 de enero de 2020

JAIME GIL DE BIEDMA Y BARCELONA: UN IDILIO TRÁGICO Y POÉTICAMENTE SALVAJE.



Cuando las primeras luces del alba todavía no se adivinan por el horizonte más lejano del Mediterráneo, Jaime Gil de Biedma regresa a su casa, y lo hace atrapado por esa soledad que la madurez ya no le permite volcar en un papel en forma de poema. No es la ausencia de los demás la causante de esa sensación, sino ese manto que recubre a sus días y le hace sentirse como un extraño dentro de sí mismo. Un limbo existencial que se asemeja demasiado a esa triste dualidad que le acoge desde que tenía tres años y que no le deja vivir en paz. Esa desazón que, desde ese día, le condenó a estar solo. Ese vivir a secas que, al caer la noche, ha intentado desahogar en las alcantarillas de la vida, donde nada ni nadie podían encontrarle, ni siquiera él a sí mismo. Ahí es donde ha forjado, a golpe de yunque y de pasiones desatendidas, esa leyenda que comenzó cuando dijo eso de: "yo prefiero ser poema y no poeta", para que de esa forma, pueda más lo que el poema dice que lo que el poeta escribe. Y mientras esto piensa, Jaime Gil de Biedma se encuentra con la sinuosidad del tiempo reconvertida en regresos cargados de despedidas, y todas, en la mayoría de las ocasiones, tienen un mismo denominador común: Barcelona. De ahí, que en esa geografía de la huida no esté del todo solo, pues su domicilio de la calle Aragón primero, o esa esporádica visita al Barrio Chino en una noche de San Juan, cuando apenas había dejado de ser un niño, después, también son parte de esa otra vida, aquella que Barcelona le ha obsequiado plena de sonidos, aromas y costumbres burguesas de las que siempre ha querido escapar. Esa doble vida que acababa a las ocho de la tarde, y que desde casi siempre, le ha acompañado como una amante a quien no se le ha pedido que nos rinda pleitesía. Es entonces, cuando de esa lejanía surge un idilio trágico y poéticamente salvaje, pues aquello que no se transforma en pasión carnal desaforada deviene en amor platónico; ese amor en el que los deseos son una especie de sueño que se resiste a acabar. En esa deriva infinita es en la que el poeta descansa del hombre: “Eran las noches incurables y la calentura./ Las altas noches de estudiante solo/ y el libro intempestivo/ junto al balcón abierto de par en par (la calle recién regada desaparecía/ abajo, entre el follaje iluminado)/ sin un alma que llevar a la boca”. (Extracto del poema Noches del mes de junio). Aquí es donde la cordial y segura pluma del día, cambia, y se convierte en la intempestiva pluma que rasga las hojas de una libreta que le acompaña durante la vigilia de la noche, a la que él acompaña de un cigarrillo y un vaso de whisky con hielo. Siempre pensó que vivir era tan importante para un creador como su propia obra, por eso, nunca se cansó de vivir intensamente, porque como decía Heráclito: el tiempo es ese niño que mueve los peones. Aunque eso fue antes y no ahora que, al quitarse la gabardina de vuelta a casa, se le antoja que es como esa última estancia de paso que deja su cuerpo desnudo al descubierto, por más que este se refugie bajo un traje de chaqueta sin corbata. Es la desnudez que le acoge a aquel que ya siente cerca el final, y que sabe que todo lo ha dicho, bien lo sabe él. Solo contra el tiempo, eso es todo.

"De qué sirve, quisiera yo saber, cambiar de piso,
dejar atrás un sótano más negro
que mi reputación -y ya es decir-,
poner visillos blancos
y tomar criada,
renunciar a la vida de bohemio,
si vienes luego tú, pelmazo,
embarazoso huésped, memo vestido con mis trajes,
zángano de colmena, inútil, cacaseno,
con tus manos lavadas,
a comer en mi plato y a ensuciar la casa?

 (Extracto del poema Contra Jaime Gil de Biedma)

¿De quién despedirse y para qué?, se pregunta mientras va caminado en la voluptuosidad del cuerpo de la noche, que se desplaza sobre sus pensamientos como años atrás lo hacían sus ocasionales amantes, a los que Barcelona difuminaba como un dedo lo hace sobre el carboncillo impregnado sobre un lienzo. ¿De quién despedirse y para qué? se vuelve a preguntar, esta vez el poeta, porque si de algo está seguro es de que todo lo ha dicho y todo lo ha sentido, ya sea en el fragor de una batalla carnal o en la experimentación de los versos que un día adornaron su vida "En el calor, tras la espesura,/ vuelve el río a latir/ moteado, como un reptil./ Y en la atmósfera oscura/ bajo los árboles en flor,/ —relucientes, mojados,/ cuando a la noche nos bañábamos—/ los cuerpos de los dos". (Extracto del poema Días de Pagsanján). El amor quedó muy atrás, apenas en sus recuerdos, como una carta que, al sacarla del cajón, desprende el olor del perfume con la que un día fue rociada, eso sí, proporcionándonos ese aura de felicidad que se diluye en apenas un instante. «Días de vino y de rosas que ya no volverán», piensa. Y a medida que avanza el hombre, las Ramblas se abren paso bajo sus pies, dejando atrás el edificio de la Compañía de Tabacos del número 109 -excusa y trampa a la vez de toda una vida, la suya-, para a partir de ahí solo prestar atención a esa proximidad del mar que intuye en la brisa que le acoge poco antes del amanecer. La proximidad del mar... el mar y el agua como la metáfora que se convierte en la mejor compañera de aquello que ahora tiene como lo único cierto en este infinito paseo nocturno por sus recuerdos. "¿A qué vienes ahora,/ juventud,/ encanto descarado de la vida?/ ¿Qué te trae a la playa?/ Estábamos tranquilos los mayores/ y tú vienes a herirnos, reviviendo/ los más temibles sueños imposibles,/ tú vienes para hurgarnos las imaginaciones.

De las ondas surgida,/ toda brillos, fulgor, sensación pura/ y ondulaciones de animal latente,/ hacia la orilla avanzas/ con sonrosados pechos diminutos,/ con nalgas maliciosas lo mismo que sonrisas,/ oh diosa esbelta de tobillos gruesos,/ y con la insinuación/ (tan propiamente tuya)/ del vientre dando paso al nacimiento/ de los muslos: belleza delicada,/ precisa e indecisa,/ donde posar la frente derramando lágrimas". (Extracto del poema Himno a la juventud).

«El agua te exonerará de todos tus pecados, y el mar te cobijará como una nana sonora que solo oyen los más pequeños», se dice, para quitarle dramatismo a su final, mientras se le dibuja una sonrisa cínica de diablo en su boca, y que esta vez ahuyenta las lágrimas de sus ojos. Pero él sabe mejor que nadie que, la decadencia que le acoge, le hace sentir que hubo una vez en la que todo fue diferente, y ya sin miedo, puede decirse a sí mismo eso de: confieso que he vivido. Lo que no le impide resistirse a llegar al final, su final, a pesar de que cuando mira al horizonte es capaz de adivinar la tenue sombra del nuevo día, que ya se intuye en el silencio no declarado de los deseos rotos, por no vividos; y angulosos y enrevesados, por olvidados. Jaime Gil de Biedma todavía no quiere llegar a la orilla y aceptar que le ha llegado la hora de marcharse. «¿Dónde empezó todo?», se pregunta. Quizá en los bares de la calle Escudilleras o en la Bodega Bohemia o en el Hotel Cosmos, pero él sabe muy bien que no, porque ni siquiera su primera noche en el burdel de la calle Ríos Rosas fue el inicio de su doble vida. La necesidad de explorar su otra vida se la dio Estapé cuando le aconsejó que escribiera versos en un interminable paseo, ¡que se le parece tanto a este!, y que sin quererlo le provoca un estremecimiento. Todo se resume a esto, a la mera transformación de un cuerpo que se convierte en alma, como la vida se transmuta en poema. «Los poemas de la experiencia», se dice, sin dejar de pensar en aquella noche y en ese largo paseo desde el restaurante de la Avenida Roma hasta su casa y viceversa, y así hasta el infinito, pues esa fue la sensación que tuvo al compartir el que hasta entonces había sido su secreto. La poesía necesita de esas experiencias, bien lo sabe él ahora, de esas confesiones, después de las cuales, uno no es el mismo, pues ha dejado parte de sí en las palabras que han salido por su boca. «Palabras extrañas que no suenan igual ni significan lo mismo en el eco de nuestros pensamientos que cuando las oímos a través de nuestra boca», piensa. Empieza por los sonetos, le dijo Estapé, que son lo más jodido. Y ese fue el inicio de una parte de ese todo tan inmenso que es la otra vida, pues sus poemas empezaron a ser ese púlpito al que subirse para dirigirse a una sala vacía, porque tal y como él mismo dijo en uno de sus primeros poemas: "yo nací en la época de la pérgola y el tenis".

«¿Qué fue de la fiesta?», se pregunta. "Te acompañan las barras de los bares/ últimos de la noche, los chulos, las floristas,/ las calles muertas de la madrugada/ y los ascensores de luz amarilla/ cuando llegas, borracho,/ y te paras a verte en el espejo/ la cara destruida,/ con ojos todavía violentos/ que no quieres cerrar. Y si te increpo,/ te ríes, me recuerdas el pasado/ y dices que envejezco". (Extracto del poema Contra Jaime Gil de Biedma). Porque nada detesta más que sus propias arrugas, de ahí que lo que más le hubiese gustado, antes y ahora, es que su retrato envejeciera en un desván y condenar al paso del tiempo a permanecer dentro del armario del olvido. Nunca quiso envejecer ni tampoco estar solo, y sin embargo... Bien lo sabe él, la edad madura es una edad tonta donde te pasas el día angustiado, porque piensas que te vas a morir. Lo mejor de la decadencia es retrasarla, como el momento del orgasmo. ¿Gauche Divine?, ¡qué nombre más inocente!, tan atrapado por los convencionalismos burgueses que apenas si le producen una leve mueca en su boca. «La política y sus puritanismos conceptuales que no sirven para nada», piensa. En este interminable paseo por las noches de su vida, Jaime Gil de Biedma casi ha llegado frente al monumento de Colón que, con su brazo en alto, le  indica el camino que no debe coger. Y mientras piensa en aquello que dijo hace tiempo: la naturaleza evoca lo que es igual a sí mismo y la realidad es cambiante, primero arroja su gabardina al suelo y luego se quita la chaqueta que también aleja de su cuerpo. La brisa del Mediterráneo le acaricia el cuello, desprotegido por su camisa a medio abrochar, y sigue en su camino porque sabe lo que le aguarda. Y lo hace mientras piensa en su padre: "¿Qué me agradeces, padre, acompañándome/ con esa confianza/ que entre los dos ha creado tu muerte?/ No puedes darme nada. No puedo darte nada/ por eso me entiendes". (Poema, Son pláticas de familia). Después gira su cabeza a la derecha e intuye El Raval, donde tantas veces fue feliz en sábanas ajenas sin necesidad de reproches, pero gira a la izquierda y dirige sus pasos hacia la Barceloneta, porque no quiere dejar huellas de este su último recorrido por la noche de Barcelona. Y llega a la playa, a la orilla del mar, donde se desnuda despacio, mientras mira al horizonte por el que se dibuja la luz de un nuevo día en el que él ya no estará. «Solo hay una forma de vivir la poesía, y esa forma es cuando eres joven, luego ya nada importa, sino ir dejando pasar el tiempo en un lento devenir de los días, en los que muchas veces estaremos solos», piensa. Y antes de sumergirse definitivamente en el agua, se dice a sí mismo: quizá sea verdad eso de que soy el último de los románticos.

"Que la vida iba en serio

uno lo empieza a comprender más tarde

como todos los jóvenes, yo vine

a llevarme la vida por delante.

Dejar huella quería

y marcharme entre aplausos

-envejecer, morir, eran tan sólo

las dimensiones del teatro".

(Extracto del poema No volveré a ser joven)
Ángel Silvelo Gabriel

lunes, 6 de enero de 2020

MUJERCITAS, DE GRETA GERWIG: HISTORIAS DE UNA PEQUEÑA VIDA



Contar historias una y otra vez hasta darte cuenta de que la única importante es la tuya, porque allí se encuentra la esencia de la vida. Narrar lanzando la mirada hacia ti mismo y encontrar ese rayo de luz revelador que te permite ver y comprender todo aquello que antes ni veías ni comprendías. Y saber que, tras cada drama (familiar o personal), se encuentra la senda en la que deberemos de renacer de nuevo. La valentía, la plenitud de un alma joven y la incomprensión hacia un mundo hostil son herramientas indispensables y mágicas a la hora de narrar historias de una pequeña vida. Eso es, en su esencia, Mujercitas, la historia de las historias de unas jóvenes mujeres, sus vidas, y sus sentimientos, a las que la escritora Louisa May Alcott dotó del aroma inconfundible de los clásicos, pues su historia de Jo March es de esas que se transponen al paso del tiempo. En esta ocasión, su directora, Greta Gerwig, lanza una nueva pátina de barniz sobre ella, y la actualiza, con una visión más acorde a los tiempos que vivimos y que, en el caso del film, se visualiza como rayos de luz que se proyectan sobre las tinieblas de la forma de vida y pensamiento de su protagonista. En este sentido, Greta Gerwig acierta al presentarnos este clásico de la literatura y el cine al deambular sobre él pasando del presente al pasado de una forma ágil e inteligente, a modo de párrafos entrecortados dentro de los capítulos de una novela o  de flashback visuales en su película, donde sin duda, resalta Saoirse Ronan, con su expresiva y profunda mirada siempre presente ante los acontecimientos que la tocan vivir; una existencia jalonada entre la realidad y la ficción, el drama y los sueños, el deber hacia los demás y la soledad que habita dentro de sí misma. Las grandes cualidades de esta historia, y por ende de la película, es la de transitar por todos y cada uno de los sentimientos humanos de una forma muy sencilla y apegada al realismo inocente de unas jovencitas que, en su bisoñez, no renuncian a nada, sobre todo, al amor. Esa pieza mágica que hace que funcione el resto de nuestra existencia como el mejor de los mecanismos plagado de engranajes.



Mujercitas nos habla de esa necesidad de libertad intrínseca a todos los seres humanos y que, en esta película, se desarrolla a través de la mirada crítica (desde la ternura y la rebeldía) de una joven que no renuncia a reivindicar su lugar en el mundo con el ímpetu de un alma soñadora que se refleja muy bien a través de la literatura y la creación. Levantar ese devenir hostil reflejado en sus manos manchadas de tinta, sus noches sin dormir cuando escribe esta historia o sus conversaciones con el editor de la misma, son como un juego de idas y venidas, de sinergias de plegarias no atendidas con las que la protagonista, Jo March, arremete contra la desigualdad cruel y agresiva del mundo imperante (a finales del siglo XIX) sobre la mujer, y que en la película resucita mediante nuevas visiones y propuestas sobre la vida y el futuro a los que Jo ilumina, sin por ello renunciar a esa diatriba final que es la de sucumbir al amor; una derrota vital que, en este caso, no es lírica o literaria, pues en el fondo, su protagonista sale victoriosa al dar a luz a esta historia que tituló como Mujercitas; una matrioska que contiene historias de una pequeña vida.

   

Ángel Silvelo Gabriel.