Tiempo de comunicaciones rotas

Tiempo de comunicaciones rotas

domingo, 29 de marzo de 2020

MANUEL VILAS, ORDESA: LA NOTORIEDAD DE LOS DÍAS EN LOS QUE CREÍMOS QUE NO FUIMOS FELICES



Afrontar la muerte desde la verdad. Esa que permanece escondida en un baúl de nuestra memoria. Y abrirla. Abrirla para darle luz y quitarle el polvo. A cada capa de polvo que le quitamos extraemos el desarraigo, la soledad, la infancia y, sobre todo, la notoriedad de los días en los que creímos que no fuimos felices. Ahítos de felicidad nos convertimos en exploradores de los rayos de sol en nuestro fragmentario pasado. Como si, en realidad, se nos hubiese proporcionado la oportunidad de revivir nuestra vida desde el vacío que supone la orfandad, la desavenencia y el rechazo. Todas ellas armas del estrato familiar y social que nos ha acompañado a lo largo de la vida. Ese parón en seco nos produce una sensación de vértigo y sobrexcitación que nos lleva a elevar el tono de nuestros sentimientos, y encontrar en las sombras que los poseen, esa luz que antes nunca vimos. Y, que ahora, con tan solo abrir la tapa de ese baúl del tiempo, los redescubrimos con un manto de luz que nos ayuda a enfrentarnos a esa verdad que es solo nuestra, aunque con ella también destapemos la de toda una generación de generaciones que recorren la vida pública, cultural y política de la España de los últimos cincuenta años. Españas de Seat Seiscientos, lavavajillas, segundas residencias. Y montañas. Montañas como Ordesa que, en el caso de la novela de Manuel Vilas, es el testigo justiciero del paso del tiempo. Por lo inalterable. Y aterrador que se nos presenta su colosal magnitud ante nuestra insignificante existencia. Existencia diminuta como una hormiga y, que sin embargo, retrata los hechos más inconfesables de toda un vida. Ese repaso post-alcohólico de la vida y su verdad que realiza Manuel Vilas en Ordesa es comparable al que hace Scott Fitzgerald en El Crack-Up, en el que comparte con Vilas ese retrato de la grieta interior que nada más que uno conoce. Y la exploración de la herida que ésta provoca. Una herida muy próxima al vacío. Ese estado mental en el que se aborda el suicidio y la náusea moral.



Afín a ese destierro de la existencia, la narrativa de Vilas es un exponente patrio de la huida y la búsqueda de la felicidad presente en la novela norteamericana de la segunda mitad del s. XX en adelante, como por ejemplo ya ocurre En el camino de Jack Kerouac. La valentía irreverente de Charles Bukowski en cualquiera de sus relatos autobiográficos. O en las novelas de John Fante. Todos ellos ejemplos de la revisitación de la auto-ficción al servicio de la ficción nómada y sin más anclajes que el de la realidad. Una realidad poseída por la determinación, el dolor y el miedo que supone revisitar nuestras propias heridas. Ya cicatrizadas, pero siempre visibles, como las pinceladas finales de un cuadro. Materia e ilusión. Descenso y esperanza. Música y danza. Una música reconvertida en la gran Historia de la Música universal a través de los nombres con los que Vilas rebautiza a sus seres queridos. Música de músicas. De múltiples ritmos y frecuencias. De ritmos altos y melodías interminables, igual que la canción de nuestra propia vida. Vida exigua, anónima y perdida por los anaqueles del tiempo. Música que a su autor le sirve para afrontar la búsqueda de la felicidad tras la muerte de sus progenitores. Y la orfandad que ésta lleva consigo. Una búsqueda de egoísmo y rabia que indaga en descifrar el silencio reinante en un pasado teñido de penumbras. Un silencio que necesita de la aceptación de lo que uno fue y de en lo que se ha convertido. Ordesa es una historia universal del ser humano que necesita reconstruirse  a sí misma con la voz de la lujuria presente en nuestro día a día. Días de derrotas y victorias. Anhelos y decepciones. Ruptura y esperanza. Espacios en los que esculpimos la notoriedad de los días en los que creímos que no fuimos felices.



Ángel Silvelo Gabriel.

sábado, 21 de marzo de 2020

JOHN KEATS, ODA AL OTOÑO: EL DEBATE POÉTICO ENTRE REALIDAD Y DESEO, VIDA Y MUERTE, VIGILIA Y SUEÑO



¿Qué es ser poeta? Incertidumbre y misterio se entremezclan como un rasguño y su herida en las ventanas de su alma. La sangre brota del interior y se derrama para ser contemplada, igual que un anhelo que busca convertirse en realidad. Todo parte de un deseo que nos ronda la cabeza y necesita salir de ella. ¿Qué es ser poeta?, me diréis... quizá todo se reduzca al debate poético entre realidad y deseo, vida y muerte, vigilia y sueño. Keats, en el devenir de su proceso poético, adivinó el camino que más tarde le llevaría a la transformación de la vida y el sueño, a lo que él llamó capacidad negativa; un espacio que no ocupa lugar, pero que es el edén al que todo poeta aspira.



AL OTOÑO



I

Estación de neblinas y fértil abundancia,

compañera del sol maduro y fecundante,

con quien conspiras para calmar y honrar con frutos

las vides que rodean los aleros de paja

y cargar con manzanas los árboles musgosos

del caserío, henchir de sazón todo fruto,

hinchar la calabaza, llenar las avellanas

de una dulce semilla, y hacer brotar más flores

y más flores tardías para que las abejas

piensen que no se acaban las cálidas jornadas,

pues rebosó el estío sus celdas pegajosas.



II

¿Quién no te ha visto a veces rodeada de riquezas?

A menudo el que busca por fuera puede hallarte

sentada ociosamente en medio de un granero,

agitado el cabello con viento de la trilla;

o, embriagada de aroma de las adormideras,

durmiendo sobre un surco segado a medias, mientras

tu hoz exime al resto de hileras con sus flores;

y mantienes erguida la cabeza cargada,

como una espigadora cuando cruza un arroyo;

o al lado de un lagar de sidra, hora tras hora,

observas con paciencia los últimos fluidos.



III

¿En dónde están los cantos de Primavera? ¡Ay! ¿Dónde?

No pienses más en ellos, tú ya tienes tu música,

cuando cirros florecen el día moribundo

y tiñen de violeta los campos de rastrojos;

y en coro plañidero se quejan los mosquitos

en los sauces del río, alzándose o hundiéndose

al ritmo en que la brisa se aviva o se consume;

y balan los corderos con fuerza en las colinas,

canta el grillo en el seto, y con agudo trino

el petirrojo silba desde el rincón del huerto;

y en el cielo reunidas gorjean golondrinas.

Ángel Silvelo Gabriel.

lunes, 16 de marzo de 2020

SAMANTA SCHWEBLIN, DISTANCIA DE RESCATE: UN MODERNO PROMETEO QUE NO SURGE DEL AMOR SINO DEL MIEDO



Dar vida a la muerte. Trazar las coordenadas de una nueva vida con el afán de saltarnos la mayor de las desgracias. Y ser capaces de transformar el destino que nos había sido dado para convertirlo en el de otro. El de aquel que nunca sospechamos que existía y, mucho menos, que fuese el culpable de todo. De esa nueva vida no escrita ni sentida. Desde que Mary Shelley dio vida a su Frankenstein o el moderno Prometeo han sido muchos los que han intentado resucitar a ese otro que uno mismo no sabe que se encuentra dentro de sus entrañas. En este sentido, si obviamos el caso de Mary Shelley, los efectos literarios y los recursos de la ficción que han hecho el esfuerzo imposible de llegar a diseñar la inmortalidad de una forma épica, pero también insatisfactoria, han sido infructuosos. Anodinos, a veces. Por poco creíble. O insulsos. En Distancia de rescate, Samanta Schweblin, de algún modo, recrea esa necesidad de ser otro dentro de uno mismo con la intención de revelar con otros ojos y otros miedos el abismo de la vida que surge del pánico que nos persigue día a día. El terror a perder aquello que más queremos es una fuente inagotable de inseguridades que nos van destruyendo poco a poco sin que seamos capaces de parar el desastre que ese monstruo interior nos produce en nuestro universo. Universo que, en Distancia de rescate, se sostiene a través del diálogo entre Amanda y David. David, el niño que nace de la transformación más primitiva del universo y que pone en jaque a Amanta, la madre de Nina y el personaje adulto que sucumbe al empuje y la determinación de un niño con el poder de los gusanos. Unos gusanos que representan el poder de la destrucción y la muerte. A medio camino entre la distopía, la ciencia ficción y las novelas de terror, Samanta Schweblin da a luz a una nouvelle en la que reinterpreta de una forma más profunda, si cabe, esos universos de tensión con grandes dosis de terror que capitanean a sus relatos, y que en Distancia de rescate, no acaban de romper como en éstos, sino que más bien se conforman con un sinfín de putos suspensivos cada vez que finaliza una de esas escenas o instantáneas de incertidumbre que dan paso a un nuevo episodio de esta historia de soledades y miedos, por otra parte, muy bien retratados en la inmensidad de unos campos de soja, las piletas que lo destruyen todo y esos caballos que dejan de ser lo que son. La pulsión estática de los sentidos es otra de las características de esta obra, de alguna forma inconclusa e indeterminada a la vez que, sin embargo, trata de forzarnos los sentidos y la imaginación a medida que avanzamos en su lectura. Territorios cenagosos e indeterminados que nos obligan a admitir todo lo extraño que hay en el mundo. Un mundo extraño y extrasensorial, pues el poder de los personajes nos llevan desde el silencio a la fatalidad, mediante una serie de recursos que transitan en una sobrecogedora caja de resonancias y repeticiones, a veces; y en la inmediatez de lo inexplicable que desemboca en las figuras tan inertes como ciertas del terror que nuestra mente es capaz de reproducir ante lo desconocido, en otras.



Samanta Schweblin se estrena en el mundo de la novela con esta Distancia de rescate. Una cuerda infinita e invisible que es capaz de ahorcarnos sin llegar a matarnos, y que también resurge una y otra vez de esas cenizas que necesitan de lo imposible para ser reales sin necesidad de serlo, y aunque tan solo lo consigan en la mente de los lectores que se acerquen a ella, pues el universo creado por Distancia de rescate es el de un moderno Prometeo que no surge del amor sino del miedo. El miedo a uno mismo.

                                                       

Ángel Silvelo Gabriel.

martes, 10 de marzo de 2020

ALBERT CAMUS, LA MUERTE FELIZ: LA BÚSQUEDA DE LA FELICIDAD A TRAVÉS DEL SILENCIO



Afrontar la búsqueda de la felicidad tras la muerte. Del otro. Bajo la sombra del egoísmo que todavía no sabe diferenciar entre la dicha en sí misma y el silencio que la acoge. Silencio apuntalado por la paz que supone el aceptarse a uno mismo, y concluir que la felicidad no es otra cosa que disfrutar de la vida a cada instante. Como dice en la novela el viejo Zagreus, inválido e inmensamente rico: «Tener dinero es tener tiempo, puesto que el tiempo, como todas las cosas, se compra y permite buscar la felicidad». Ese tiempo que para muchos transcurre entre el trabajo y los quehaceres diarios es del que quiere huir Mersault, el protagonista de La muerte feliz, la primera novela que escribió Albert Camus entre 1936 y 1938 y que no se editó hasta 1971 dentro de Cuadernos Albert Camus I, Obras póstumas por decisión de su familia. Obra contemporánea de El reverso y el derecho, y anterior a El extranjero, en ella ya encontramos las preocupaciones que marcarán la obra del escritor argelino, entre otras, la libertad limitada del hombre en su búsqueda de la dicha. Una dicha envuelta en una profunda tristeza del hombre frente al mundo. Una dicha que explora la amargura de la belleza, como si en sí misma, ésta solo aportara sufrimiento a los hombres, tanto a la hora de la creación como en su posterior contemplación. Entonces, ¿qué es la búsqueda de la felicidad sino el viaje interior hacia el conocimiento de uno mismo? Esa, quizá, es una de las conclusiones finales de Mersault que, en su,epílogo vital solo encuentra consuelo en el silencio. En la soledad del mar. De las altas cumbres. O en la sombra de una habitación desde la que se oye le rumor de unas olas que, como un diapasón, marcan el ritmo de su corazón. Argel y su posterior huida a las ciudades y países europeos marcan el itinerario de un viaje que no es exterior, sino interior en la desesperanza que acoge al protagonista en su búsqueda de esa felicidad tan deseada y, que con el paso del tiempo, sabe que no se encuentra en el dinero sino en uno mismo: «Lo que me importa es cierta calidad de dicha. Solo puedo saborear la felicidad en la confrontación tenaz y violenta que sostiene con su contrario». Esa intención de búsqueda de aquello que se desea a través de su contrario es una impronta que está siempre presente en los pasionales protagonistas de la obra de Camus: inconformistas, taciturnos, inaccesibles y solitarios. Personajes que representan la desesperación del hombre frente a la vida que les ha tocado vivir y, por ende, frente a ese mundo inhóspito creado por el propio hombre. Un mundo contra el que Camus emplea toda su astucia y pasión a la hora de enfrentarnos a las grandes claves de la vida en las que nos posiciona. En La muerte feliz ya explora esa dicotomía entre el deseo y la realidad. Por ejemplo, no es lo mismo buscar la propia felicidad a través del dinero y las posibilidades que este nos ofrece, que ser feliz sin la necesidad de tener dinero, pues la felicidad, como tantas otras cosas, se encuentra en las virtudes o defectos que conforman nuestros ideales o sentimientos. Un juego de contrarios que en demasiadas ocasiones nos confrontan con la infelicidad de no poder conjugarlos.



La muerte feliz es un periplo a través de la búsqueda de la dicha y su silencio. Un itinerario que poco a poco nos descubre la importancia y la necesidad del silencio. Ese espacio donde poder reflexionar acerca de uno mismo y sus necesidades, destellos y oquedades que dibujan aquello que somos. El auto conocimiento al que nos somete Camus es la vía mediante la cual llegaremos a reinterpretar el absurdo que nos persigue desde que nacemos. Un absurdo que nos hace sentir y actuar de una manera determinada, y tan diferente al resto, que provoca estupor, rechazo y envidia. Pues al convertirnos en ese otro que los demás aspiran a ser, nos transformamos en un peligro para el mundo, aunque nuestra íntima necesidad solo sea la búsqueda de la felicidad a través del silencio.



Ángel Silvelo Gabriel.

jueves, 5 de marzo de 2020

VICENTE VALERO, ENFERMOS ANTIGUOS: LO ENTRAÑABLE Y LO LEJANO VISTO DESDE LOS OJOS DE LA INFANCIA



Revisitar la infancia a través de la mano de la madre. Madre que nos lleva consigo al mercado, a la playa, a la escuela…, y a visitar enfermos. Esa mano que, en nuestra infancia, todo lo abarca y casi todo lo aprueba, le sirve de nexo de unión a Vicente Valero para reforzar la visión de sus vivencias en la isla de Ibiza en esos años setenta, llamados del tardo franquismo, que en una isla se encuentran como más atenuados o aletargados y, quizá, perdidos hasta que la llegada del turismo que lo alteró todo. En esa indiferencia insular asistimos a la narración, siempre limpia y equilibrada, del escritor mallorquín que, en apariencia, sin apenas quererlo, nos muestra todo aquello que rodea a un niño que está dejando de serlo. Una frontera de incertidumbre, la que separa infancia y adolescencia, que el protagonista de Enfermos antiguos intuye de la mano de su madre tras cada visita a un vecino, pariente, amigo o profesor. Una adolescencia que poco a poco se va apoderando de su mirada y de ese alma que necesita de otras respuestas a sus preguntas. La excusa a la hora de narrar los orígenes de ese niño, encuentra la excusa perfecta en el periplo y las costumbres que llevan aparejadas las enfermedades de sus mayores o compañeros de colegio. Todos ellos variopintos y singulares, y sin duda, capaces de desplegar un sinfín de matices sociales, políticos, familiares, afectivos y hasta artísticos que los asemejan a un perfecto caleidoscopio de imágenes que representan el paso hacia la edad adulta que su protagonista desglosa mediante lo entrañable y lo lejano visto desde los ojos de la infancia. Unos ojos ávidos de sorpresas y acontecimientos, como son todas aquellas anécdotas que Valero nos va desgranando a lo largo de la narración de esta novela breve cargada del simbolismo ancestral que representa la posibilidad de la muerte cuando uno está enfermo. Una condena de la que sin embargo escapa su autor con buenas dosis de humor, travesuras y esa forma tan peculiar que tiene de cerrar los capítulos de sus novelas, pues en apenas unas pocas palabras o un párrafo es capaz de dotarlos de una trascendencia y una inquietud admirables.



Vicente Valero en Enfermos antiguos vuelve a enfrentarse a su vida y, sobre todo, a su familia, como ya hiciera en la memorable Los extraños o Las transiciones. Y lo hace con la magnitud del que busca en lo más sencillo la singularidad de aquellos recuerdos que nos moldean la vida sin darnos cuenta. Esa similitud entre lo cotidiano y lo trascendente hacen de su obra un atractivo juego de sinergias que se van amoldando a esa forma tan suya de narrarnos los acontecimientos de unas vidas que son fácilmente asimilables a la de cualquiera de nosotros, pues ese es otro de los rasgos identificativos de su narrativa: la universalidad. Esa universalidad y la yuxtaposición de una cronología caprichosa, como lo son todos los recuerdos, refuerzan sin duda la genialidad de una puesta en escena identificada por su naturalidad y originalidad a la hora de plantearnos situaciones que muchos hemos vivido a lo largo de nuestras vidas y, que en palabras de Valero, alcanzan esa plenitud de la luz que es capaz de iluminarlo todo para mostrárnoslo de una forma diferente. Vidas anónimas que dejan de serlo por el valor plenipotenciario de un escritor que sabe buscar como nadie en los escondrijos de su memoria para crear obras narrativas que son piezas de un mismo conjunto y, sin embargo, particulares en sí mismas. No hay una destrucción del pasado ni una distorsión argumental ni biográfica en todas estas composiciones que lleva años publicando con la editorial Periférica, sino la de una unidad de aquel que explora la vida con una voz singular y única.



Enfermos antiguos se asemeja mucho a uno de esos licores que guardamos en casa para las ocasiones especiales y nos gusta compartir con nuestro mejores amigos. Y, así, Vicente Valero, nos muestra esa parte de su infancia restringida a la singularidad de unas costumbres y una isla que, sin duda, también pasarán a formar parte de nuestro acervo sentimental y literario, pues no en vano, esta novela es un acercamiento a lo entrañable y lo lejano visto desde los ojos de la infancia.



Ángel Silvelo Gabriel.