Tiempo de comunicaciones rotas

Tiempo de comunicaciones rotas

viernes, 29 de junio de 2018

MALDITO ESCALÓN.- MICRORRELATO DE ÁNGEL SILVELO



Ese maldito escalón fue el culpable de su cojera, por eso no le extrañó que, cuando por fin llegó adonde habían quedado, ella no estuviera esperándole. Él intentó convencerla de que su tardanza estaba más que justificada, pero ella hizo oídos sordos a sus alegaciones. «Falso cojo y mal abogado eres tú, que argumentas tu infinita ausencia por un maldito escalón», le espetó ella en la cara. A lo que añadió: «como mujer versada en leyes que soy no me creo los planteamientos de tu autoproclamado derecho de réplica y rectificación, porque tú eres tan vulgar como todos aquellos letrados que hacen desaparecer fortunas en los paraísos fiscales. Enclaves en los que tú te has creído el Ulises de las leyes, a pesar de que ni fuiste Rey ni propietario de isla alguna. Eso sí, en algo te pareces a él, porque a pesar de que yo no sea Penélope te di un hijo al que llamé Telémaco».

Microrrelato de Ángel Silvelo

jueves, 28 de junio de 2018

MANUAL DE REMEDIOS LITERARIOS.- Un artículo de Manu de Ordoñana, Ana Merino y Ane Mayoz


En esta ocasión os traemos la panacea literaria: el libro perfecto para regalar y regalarse, el que debe estar siempre a mano, el que da gusto consultar porque nos va a ayudar a aliviar todos nuestros males y el que es un placer para la vista por la edición tan cuidada que presenta, así por fuera como por dentro. Se trata de la obra escrita por Ella Berthoud (pintora inglesa) y Susan Elderkin (novelista inglesa, 1968) Manual de Remedios literarios (2013). Y si el título no lo deja del todo claro, en la misma portada, se añade el subtítulo: Cómo curarnos con libros. Nos lo ofrece la editorial Siruela desde 2017, año en que lo editó en español gracias a la traducción y edición de Clara Ministral.
Presenta la forma de un diccionario, además no le falta, al final, el índice de entradas y el de las obras citadas. De esta manera, su formato ayuda a encontrar cuanto antes lo que se requiere. En realidad, es una obra que nos guía hacia otros libros que a su vez nos ayudarán a aliviar todo tipo de dolencias, tanto físicas, como psíquicas. Sorprende leer esto, lo mismo que sorprende leer el abanico de aflicciones recogidas en él.
Desde un simple catarro, unas anginas, apendicitis, hasta gripe, atrofia mental, estreñimiento, y su contrario, la diarrea… Aunque también aparecen la baja estatura, el pelearse con tu mejor amigo, la pérdida de un brazo, la falta de empatía, el sentirse atrapado por los hijos, la falta de sentido del humor, el sentimiento de culpa, el gastar demasiado dinero o el no tenerlo, los problemas sexuales (el exceso, la falta, la obsesión por él), el odiar tu nariz, el complejo napoleónico… Todo tiene una simple solución, basta con adquirir el libro adecuado y leerlo, penetrar en su historia.
Por ejemplo, para el conflicto que supone la adolescencia se sugiere la tan conocida El guardián entre el centeno de J.D. Salinger, pero si esa ya está leída, no hay problema, porque otra opción puede ser la obra de Denton Welch, En la juventud está el placer y, si el asunto persiste, proponen una lista de diez títulos más. El famoso libro Ensayo sobre la ceguera de José Saramago puede leerse para evitar el miedo al compromiso. Pero si lo que se quiere es mitigar el miedo a volar recomiendan estos dos títulos: Vuelo nocturno de Antoine de Saint-Exupéry y a Carlos Ruiz Zafón con La sombra del viento.
Puede que el problema que nos afecta esté relacionado con no tener casa, en ese caso la lectura con la que se puede uno aliviar será A cualquier otro lugar de Mona Simpson o Una casa para el señor Biswas de V. S. Naipaul. Pero si lo que nos quita el sueño es la alergia al polen su remedio está en sumergirse en Veinte mil leguas de viaje submarino (Julio Verne). También han pensado en quienes no llevan bien su calvicie, por eso proponen la novela de Patricia Cornwell, La mosca de la muerte.
No cabe duda de que muchos más necesitan este libro. Y es que estamos seguros de que no se ha olvidado de nadie, puesto que hay remedio para quien sea un culo inquieto, para quien se haya golpeado el dedo gordo del pie, para los que sufren de tinnitus (zumbido constante en los oídos), para los que tienen la presión para tener o no hijos…
Igualmente, para quienes necesitan reír, llorar. Y aunque sabemos que es necesario manifestar ambas emociones, no todos reímos y lloramos con lo mismo, por eso, aconsejan las diez mejores novelas para sacar toda esa tristeza acumulada y otras tantas para que aflore la sonrisa y la carcajada. En este amplio surtido será difícil que cada uno de nosotros no encuentre la horma de su zapato.
Tampoco faltan las diez mejores novelas para quedarse en la cama por el síndrome premenstrual, ni las lecturas eficaces para ahogar los ronquidos, ni para uno de los males de nuestra sociedad: la falta de empatía. Ni para la agorafobia, la atrofia mental…
La edad quizá sea el tema que a más gente preocupa. Por eso, presentan listados de las diez mejores novelas para cada década, desde cuarenta y tantos, hasta noventa y tantos. Pero no acaba aquí, también los que hayan cumplido cien o más años tienen qué leer relacionado con ellos.
La extensísima lista de títulos que aparece en el libro (comenzaron con 700 libros, pero tuvieron que reducir a 500) recoge la literatura de muy diferentes épocas y de distintas nacionalidades. Y entre todos ellos no podía faltar nuestro Quijote; lo que extraña no es que aparezca, sino para lo que sirve según las autoras. Están convencidas de que “te sacudirá con la descarga eléctrica del contraste” por lo que es eficaz contra el aletargamiento físico y mental. Otros autores españoles cuyos libros tienen un efecto beneficioso son Belén Gopegui, Manuel Puig, Eduardo Mendoza…
Además, presenta cada diez, veinte páginas, depende, unas normas o consejos relacionados con la lectura; también se pueden ver como contrariedades afines a los libros: la amnesia lectora, el agobio de libros que hay en el mundo y sobre todo el que puede tener cada uno en su casa, el bombo mediático de ciertos libros, la compra compulsiva de libros, ese cargo de conciencia por dedicarle demasiadas horas al día a la lectura, el arte de releer, el saber rechazar los mamotretos, el miedo a empezar un libro, el querer aficionar a la pareja (bien sea hombre o mujer) a leer, etc., etc.
Es un libro directo, se dirige al lector continuamente como si estuviéramos en la consulta escuchando lo que necesitamos. Y es que este volumen recoge la actividad de biblioterapia que las dos autoras realizan en una tienda de Londres.
Todo comenzó cuando se conocieron en la Universidad de Cambridge. Allí, en el momento en que una de ellas estaba triste, compungida por una decepción amorosa o perdida ante la vida, la otra le recomendaba un libro para que se repusiera. Pero este remedio les vino bien a las dos porque ambas eran unas acérrimas lectoras, y de esta forma afrontaron todos los baches de la vida. Cultivaron la idea y floreció diez años más tarde gracias a la tienda llamada literalmente la Escuela de la vida, fundada en 2008 por Alain de Botton (1969) escritor, filósofo y vlogger (persona con un video blog) suizo.
La idea de hacer terapia con los libros, ser “médicos de libros” como dicen ellas, aunque parece original y novedosa, no lo es; ya en Platón se puede ver el germen. Y es que la lectura proporciona al lector, a veces, la posibilidad de evadirse de su realidad y, otras veces, la facultad de verse reflejado en el personaje, en lo que es y en lo que le ocurre.
El funcionamiento es el siguiente. El paciente rellena un cuestionario sobre su persona, su forma de vivir y de afrontar la vida, así como sobre el vínculo que tiene con la lectura. Después en la consulta, cara a cara conversan, discuten con él y, tras el diagnóstico, llega la receta donde le indican el libro o libros adecuados para aliviar su mal.
Se podría llegar a varias conclusiones. Por un lado, que hay muchos consejos a dar a quien quiere leer y por otro, que todo está reflejado en la literatura, puesto que se ha escrito sobre todos los temas. Y, principalmente, que la lectura es un bálsamo para nuestro organismo.
Lo dicho, este singular libro nos proporciona salud y entretenimiento, que no es poco.
Un artículo de Manu de Ordoñana, Ana Merino y Ane Mayoz.

martes, 26 de junio de 2018

ÁNGEL SILVELO GANA EL 2º PREMIO DEL IV CONCURSO DE RELATOS CORTOS DEL CENTRO ASOCIADO DE LA UNED DE CIUDAD REAL EN VALDEPEÑAS


El Centro Asociado de la UNED de Ciudad Real en Valdepeñas convoca el IV Concurso de Relatos Cortos en esta ocasión bajo el título “Frankestein”, dado que este año se cumplen 200 años de la publicación de la famosa obra de Mary Shelley.
Esta iniciativa persigue fomentar la creación literaria desde el especial punto de vista que suponen los relatos, que permiten recoger de una forma breve todos los elementos de una buena historia y con ella proporcionar a los lectores espacios de cultura y entretenimiento originales e intensos. Una iniciativa que ya va por su cuarta edición y que sirve también en el seno de la UNED para que todos los miembros de su amplia comunidad educativa se aproximen en estas fechas cercanas al Día de Libro al mundo de la literatura.
Los trabajos deberán ser originales e inéditos, redactados en castellano, en formato Word, letra Times New Roman, cuerpo 12, interlineado 1,5 y una extensión como máximo de cinco folios por una cara. Se establecen dos premios que consistirán en un cheque en metálico de 300 euros para el ganador y otro de 200 euros para el finalista.

lunes, 25 de junio de 2018

LEONARDO VALENCIA, MONEDA AL AIRE: TEMPORALIDAD Y RUPTURA SOBRE LA NOVELA, LOS CRÍTICOS Y SUS DISCAPACIDADES



A la novela como al teatro siempre le han asaltado los temores de la crisis continua que, sin embargo, nunca terminan de rematarla. Muchos son los que vaticinaron el fin de la novela tal y como la conocemos hoy, pero ese formato, con su capacidad de metamorfosis a lo largo del tiempo, ha pervivido a todas los malos augurios hasta el momento, así como, a modas, mensajes mesiánicos y detractores de uno y otro bando de dicha contienda. No es de extrañar, por tanto, que que Leonardo Valencia en su ensayo literario acerca de la novela y la crítica titulado, Moneda al aire (sobre la novela y la crítica), nos la muestre como una suerte de suertes, es decir, como si el corpus de la novela en sí mismo fuese el resultado de un azar. Azar caprichoso y pendenciero —como se nos apunta— a la vez que que temporal y rupturista. La novela y su desarrollo a lo largo del tiempo le llevan a Valencia a formularse, al menos, estas preguntas: «¿Cómo se lee una novela? Y ¿Es necesario justificar el disfrute de una novela? Es más: ¿La manera de leer novelas depende de cómo se disfrutan?» Y, para ello, al autor inicia su relato con Stevens, el protagonista de Los restos del día de Kazuo Ishiguro y su reticencias hacia que la señorita Kenton averigüe que novela lee, sin por ello, inferir en por qué lo hace. Esa necesidad de intimidad entre lector y novela, y cuáles son los impulsos que llevan a cada persona a elegir uno u otro autor o una u otra novela, están presentes desde el inicio de las narraciones en sí, cuando una vez superados los muros de los conventos y monasterios llegan al resto de la sociedad. Una vez superado este escollo, la novela se sitúa como un objeto dañino que proporciona malos pensamientos y deseos como nos apunta Leonardo Valencia y, así, nos lleva a plantearnos su diferencia entre frívola y perniciosa. Matices aparte, el interés inherente a este ensayo literario reside en la minuciosa argumentación plagada de ejemplos y conceptos inherentes a la novela y a los diferentes avatares a la que la misma se ha ido enfrentando en el transcurrir de los años: desde Cervantes, pasando por los autores románticos alemanes, y acabar en el siglo XX con Milan Kundera o Haruki Murakami. En este sentido, Leonardo Valencia nos resalta la prevalencia de la novela y su capacidad de influir en la sociedad a través no sólo de los autores, sino también de la otra pieza angular de la misma: los lectores, por mucho que la misma no sea un todo en el sentido de que no pueda ser abarcada en una lectura por su dimensión, lo que más allá de disminuirla, la acrecienta, al conseguir con ello traspasar la barrera de la temporalidad diaria para situárnosla en en el día a día de la vida y la multiplicidad de los matices que los lectores sostienen con sus propias experiencias vitales, lo que la convierten no en un espejo, sino en un perfecto caleidoscopio que nos permite tener múltiples interpretaciones, lo que nos conduce a su enriquecimiento como tal.



El otro lado que se nos presenta, o se nos hace posible a la hora de lanzar esa moneda al aire, es el de los críticos. Una cara o una cruz, según se mire en la que Leonardo Valencia también se fija en este ensayo a través de la forma de ver y ser vista la novela por los profesionales de la crítica cultural. Con valentía, el autor nos presenta alguno de los males que acechan a los periodistas culturales que, sobre todo, en los últimos tiempos, han convertido al objeto de la crítica en algo subjetivo, impersonal y muy superficial, en detrimento del análisis profundo y comparativo de aquello que se lee y, que permita acercar a los lectores, una visión más rigurosa de la novela analizada. Este campo de minas en el que prolifera el buenismo sin más, es el principal culpable del descrédito actual de una profesión más preocupada de su sempiterna presencia en las redes sociales; un nuevo espacio que se distingue por su capacidad de acaparar el instante a través de la polémica, y alejado del análisis certero y veraz de aquello sobre lo que se opina. No en vano, tal y como nos apunta Leonardo Valencia al final de este ensayo: «Los grandes críticos destacan los elementos diferenciales en una obra más que eliminarlos para someterla a una línea de sentido global. Evitan así la instrumentalización que procede como barrido excluyente o poda para no tener que decirle al lector: usted tiene que elegir entre cara o cruz.

            Lo importante no es elegir un lado u otro», quizá, porque no hay una única solución o planteamiento que nos induzca a pensar en cuál es la mejor cara de la misma moneda o, que todo, está presente en la temporalidad y ruptura de la novela, los críticos y sus discapacidades. 

 

Ángel Silvelo Gabriel. 

domingo, 24 de junio de 2018

CRÓNICA DEL CONCIERTO DE VESTUSTA MORLA EN LA CAJA MÁGICA, GIRA MISMO SITIO, DISTINTO LUGAR: MÚSICA 3.0 PARA CORAZONES DIGITALES



Todo era parecido a estar subido a una nave espacial y observar el mundo desde el cielo. Abajo, las hogueras de la noche de San Juan desprendían destellos luminosos que purificaban los males acumulados durante todo un año, en una especie de rito religioso y satánico a la vez. Entre tanta señal en forma de llama, una luz resplandecía por sí sola con una fuerza única, pues fusionaba lo musical con lo lúdico, lo eterno con lo efímero y lo ceremonioso con lo cotidiano. Y allá, a lo lejos, en un planeta llamado Tierra, 38.000 personas se hacían un harakiri con todos los elementos de una fiesta sagrada perdida en las telarañas del tiempo. Purificándose de su día a día mientras desprendían estrellas de felicidad con sus teléfonos móviles, los allí congregados iban moviéndose al vaivén que les indicaban unos madrileños, de nombre Vetusta Morla que, como sumos sacerdotes imprimían fuerza y sosiego, poesía y tecnología, paz y felicidad…, bañada con música 3.0 para corazones digitales que no paraban de vibrar a través de una pequeñas cajas mágicas que ejercían de testigos de aquello que estaban viviendo. Desde que comenzó a sonar la canción homónima del último trabajo del grupo de tres Cantos: Mismo sitio, distinto lugar, la intensidad del frontman Pucho, y la profesionalidad y elegancia del resto del grupo: Juanma, Guillermo, Jorge, Álvaro y El Indio, consiguieron arrebatar y destruir cada uno de los males que pudieran acechar a los asistentes. Con un sonido limpio y potente, y una puesta en escena cuya infografía es para guardar en el mejor rincón de nuestros recuerdos, las canciones y sensaciones se fueron acumulando a lo largo de las dos horas del concierto en un sinfín de estímulos imparables que nos incitaban a viajar junto a Vetusta Morla en esa nave espacial a las nos invitaron a subirnos. Desde ese espacio que está a varios metros de la firmeza de la corteza terrestre fue desde donde asistimos a la carga destructiva de todo aquello que nos duele para, por fin, llevarnos hasta ese edén luminoso e infinito en el que todos encontramos la paz que tantas veces perseguimos.



Más allá de los problemas que se produjeron a la hora de gestionar la entrada de las 38.000 personas allí concentradas, y hacer efectiva su ubicación en la inmensa explanada de la Caja Mágica, a lo largo del setlist propuesto por Vestusta Morla hubo espacio para la reivindicación, como por ejemplo, cuando Pucho, antes de sonar A la deriva, hizo una defensa de las personas que van a ser juzgadas por ayudar en las tareas de salvamento de los migrantes procedentes de los conflictos bélicos existentes. Sin entrar o salir en la oportunidad o no de apuntarse más tantos ante sus seguidores, en este caso ideológicos, estos cortes —hasta el número de tres— fueron usados por el grupo para pausar un poco la intensidad de un concierto vibrante y único como pocos y, que supuso, la gran apuesta y un récord de asistencia para un grupo —todavía denominado como indie— que sigue derribando barreras disco tras disco, año tras año, reto tras reto. Un grupo al que los nuevos periodistas del asunto musical comparan con los primeros Coldplay, o como no, con Radiohead, su perenne estación de llegada.



Mismo Sitio, distinto lugar, era la excusa y la gira que nos llevó a asistir a uno de esos conciertos míticos celebrados en la ciudad de Madrid, como en el año 1987 fue el del grupo irlandés U2 en el Estadio Santiago Bernabéu, pero como quedó demostrado ayer entre tanto triunfalismo, la poesía rota y arrítmica de las grandes y exquisitas letras del grupo, tan presentes en su último trabajo, todavía no han calado entre sus fans de la misma forma que sus anteriores composiciones siempre coreadas al cielo con gran capacidad sonora en forma de gritos y, como suele ocurrir, los temas elevados a la categoría de himnos de su anteriores álbumes fueron esa chispa que rompía una y otra el límite de energía y exaltación que iba in crescendo a cada tema. Copenhagen con sus teléfonos móviles grabando al aire en la ribera del río Manzanares —ayer exenta de mosquitos a su paso por el barrio de San Fermín— Maldita dulzura o Fuego —sólo por poner tres ejemplos—, consiguieron aunar música y alma en una perfecta combinación que tardará mucho tiempo en ser olvidada por todos aquellos que ayer se dieron cita en este concierto donde la música 3.0 para corazones digitales se hizo un hueco perenne en los recuerdos, el alma y las sensaciones de los allí congregados, pues el secreto de la música que nos proponen Vetusta Morla es ese: ser un caleidoscopio de sensaciones.

     



Ángel Silvelo Gabriel.

lunes, 18 de junio de 2018

LEVANTA LA MIRADA.- MICRORRELATO DE ÁNGEL SILVELO



Abogado del silencio. Sí, tú. Me gustaría mirarte a los ojos, pero ya no formas parte de mis irrefrenables deseos. Ahora quiero atrapar el instante, esa especie de magnitud indefinida sobre la que me abalanzo cada vez que aprieto la pantalla táctil de mi Smartphone mientras me alejo de las cuerdas del cuadrilátero que trazaste a tu alrededor cuando te parapetaste detrás de tus libros de derecho. Ya no soy capaz de soportar tus nulas respuestas envueltas en ese misterio de abogado del silencio con el que me fustigas. Yo te hablaba de amor y tú lo dejabas estar en tus largas sesiones en la Audiencia. Y me harté de esperarte, porque ya sólo quiero atrapar el instante; esa fugaz sincronía entre mente y deseo que, según tus palabras, a ti te invade cuando das por cerrado un caso y, a mí, cuando alguien me recuerda que tú no eres el que me desea. Con la parte trasera de mi conciencia abro tu último correo en el que me dices que levante la mirada: «Levanta la mirada», me dices. «La tecnología es una mera ilusión —me recuerdas— cargada de palabras como narcisismo o adulación», añades. «Levanta la mirada», pienso yo también, porque como tardes mucho en hacerlo no habrá ningún investigador a tu servicio que dé con tus libros de derecho que día tras día voy tirando al contenedor.
Microrrelato de Ángel Silvelo Gabriel

jueves, 14 de junio de 2018

ANTÓNIO LOBO ANTUNES, MEMORIA DE ELEFANTE: EL TRÁNSITO POR EL REINO DE LA SOLEDAD SIN NOMBRE A TRAVÉS DE LA NOCHE MÁS OSCURA



Tocar fondo para así poder desarrollar nuestro propio trabalenguas; soñar con aquello que no fuimos o ni tan siquiera intentamos ser; o ver el abismo con la indiferencia del que conoce el vacío que existe tras la gloria. Así se comporta el protagonista de esta novela de metáforas pictóricas, poesías sin rima y sonoridades húmedas como el sexo que nos visita a destiempo. Y, también, acurrucado en esa bola de erizo que nadie osa tocar y desde la que se obstina en buscar su ritmo —aunque éste sea lento—, o una salida a su hastío o desasosiego como diría Pessoa —por más que António Lobo Antunes reniegue del poeta portugués y su obra—, porque existe ese punto de unión entre ambos: la necesidad de búsqueda más allá de lo que la vida les proporciona y, es ahí, también, donde uno y otro han forjado su leyenda, más oscura o sucia si se quiere en Antunes, por mor del sexo, la guerra o los muertos que los conflictos bélicos propician y, que en el caso del escritor portugués del barrio de Benfica, vivió en primera persona en Angola. Pero fuera de ahí ambos se comportan como titanes a la hora de arremeter contra ese hastío del día a día que es infinito e invencible. La escritura intensa, poética, repleta de referencias pictóricas o musicales, como expresión de la sublimación del arte sin más, son las coordenadas con las que António Lobo Antunes dota a su estilo narrativo, y lo hace de una forma portentosa y nada fácil en su estructura o argumentario. En este sentido, leyendo Memoria de elefante, en algunas ocasiones, se nos han hecho presentes imágenes e intenciones de la narrativa de Ernesto Sábato, sobre todo, de su novela Sobre héroes y tumbas, pues lo que nos narran ambas, es la redención de una vida a un sueño: el de la libertad. Decía Scott Fitzgerald que: «en la noche más oscura del alma son siempre las tres de la mañana»; una frase que Lobo Antunes también emplea en Memoria de elefante, y que podríamos decir que hace suya, pues en esta novela navega por las más turbias aguas de la soledad que, poco a poco, le llevan por un viaje de un día y una noche por su barrio de Benfica —olvidado de la gloria como tantos otros— y por esos otros lugares poco frecuentados de la capital lisboeta que le sirven al novelista de asideros de la desesperación ilustrada y casi muda que nos muestra en la cercanía y la lejanía, pues esta novela está repleta de diálogos interiores que se mueven de la primera a la tercera persona respectivamente, con una soltura admirable.



Memoria de elefante es un viaje a ninguna parte a través del vacío que se apodera de nuestro espíritu, o un tránsito por el reino de la soledad sin nombre a través de la noche más oscura, como nos apunta Fitzgerald —un prodigio de la autodestrucción—. Hay dolor físico y espiritual en el protagonista, con memoria de elefante, de la novela a la hora de relacionarse con el mundo y sus gentes, de ahí que se refugie en la soledad como mejor solución a esa incomunicación. Un hartazgo de estar vivo que él contrarresta con las comparaciones que hace entre sus diferentes estados de ánimo y las observaciones que expresa en general a través del arte, sobre todo mediante la pintura y sus artistas, pero también con la música o la literatura. Lobo Antunes consigue llevarnos de la mano a través de una narración que es un hilo continuo que ni se acaba ni te suelta, porque la historia nunca va hacia atrás, sino hacia adelante, hacia ese abismo que nos marra con un ritmo lento de sucesos y diálogos interiores que nos muestran el amplio universo de la soledad y la huida que ésta conlleva. António Lobo Antunes, con ello, provoca en el lector un malestar existencial que llega a reconocerse sin dificultad en este psicólogo que cura a los demás pero no a sí mismo. Una anti medicina que él se suministra en una letanía de sonoridades de gritos oscuros, donde el sexo es una parte importante de la misma, y a la que el narrador acude para dar rienda suelta a su obsesión por no poder regresar de nuevo con su mujer, de la que está profundamente enamorado. En este sentido, Memoria de elefante también es una narración de ese desamor que recorre los pensamientos y las sensaciones de este antihéroe que se regodea en la soledad como mejor excusa para expiar la culpa que lleva encima y, que como una sombra, no es capaz de dejar a un lado, ni tan siquiera cuando transita por ese reino de la soledad sin nombre a través de la noche más oscura.



Ángel Silvelo Gabriel. 

domingo, 10 de junio de 2018

PESSOA Y SU PRESENCIA EN EL MUNDO AL CUMPLIRSE EL 130 ANIVERSARIO DE SU NACIMIENTO EN LISBOA



Aquel 13 de junio de 1888 la luz iluminó a Lisboa y a sus casas de varios colores de una forma distinta, bajo las plomizas nubes de primera hora de la mañana, a las que con toda certeza acompañaban las sirenas de los barcos que surcaban el Tajo y, tras ellos, ese eco sordo de los trabajadores que acudían a sus oficinas en La Baixa o El Chiado. Aquella mañana, las campanas de la Iglesia de los Mártires en el Chiado —muy próxima al Largo de San Carlos cuatro, cuarto piso izquierdo— darían fe con su sonido de las horas y, a su vez, de esa tenue letanía que acoge a los perdedores desde su nacimiento. Aquel día nació Fernando Pessoa ajeno al eco de la música procedente del Teatro San Carlos que se encontraba al otro lado de la plaza y a las teclas del piano que tiempo después le acompañaron en su primera infancia; un sonido que, como un eco sordo, se quedó a habitar dentro de su alma, pues así lo dejó escrito años más tarde cuando recordó aquellos sonidos procedentes del piano que tocaba una niña en el piso de arriba. Él siempre quiso huir de aquel ruido que no entendía ni disfrutaba y, quizá,  de ahí proceda la primera necesidad vital del poeta de ser otro, o un peridispéctico, como le calificó el médico que le atendió en su infancia. «Era claramente un solitario —aseveró el facultativo—, un neurópata en miniatura». Sin embargo…



…El paso de los días que, desde aquel 13 de junio de 1888, se mostró implacable con su anonimato en vida, cambió de rumbo hasta convertirle en ese portugués que, si estuviera vivo, todos querrían conocer. Portugués universal, como en su momento lo fueron Luis de Camoens, Vasco de Gama, o más recientemente Amalia Rodrigues, representa como nadie el símbolo cultural de todo un país, como quedó claro en la última exposición que el Museo Reina Sofía le rindió a él y los ismos —sobre todo pictóricos— que acaecieron en Portugal a principios del siglo XX. Sin embargo, la incertidumbre del destino, en este caso se nos muestra rígida y terca, como casi siempre y, también, como el universo desnudo y abstracto al que se refería el poeta; ese universo hecho de negaciones nocturnas, lo que nos dibuja la figura de un poeta universal, portentoso e incomprendido en la mayoría de las ocasiones y en lo más profundo de su obra, aun sin completar por todos aquellos investigadores que cada cierto tiempo o día a día se acercan a ella. Poemas, escritos, un diario apócrifo, simples notas al pie de una página de periódico, o infinidad de artículos esquivan, ya sin miedo, la temeridad de la actualidad diaria para aposentarse en la senectud de lo intemporal, allí de donde nada ni nadie pueden sacarlos ni se atreven a negar, porque arremeter contra Pessoa a día de hoy es hacerlo contra todo un país: Portugal, preso como todos, de las contradicciones y devenires del destino, pues nadie podría imaginar la ejemplaridad y trascendencia de una obra incólume al paso del tiempo como es la pessoana y, como quizá, en su momento le ocurrió a Cervantes tras escribir El Quijote. Anécdotas intemporales aparte, la presencia en el mundo actual del rey de los heterónimos traspasa con mucho los bordes de los papeles sobre los que solía escribir y, como recientemente pudimos ver en Madrid, llegó a adentrarse en la pintura y en los sucesivos movimientos que se dieron en su país a lo largo de su vida. Reflejos de su omnipresencia que también están presentes en las calles de Lisboa, en lo souvenirs para turistas, o en los anuncios gigantescos que cubren las fachadas de sus grandes edificios y que hacen de reclamo turístico para todos aquellos que aparte de intentar sumergirse más allá de la saudade quieran hacerlo en las calles, en las viviendas y en la vida de un escritor que, en sus momentos de gloria anónima, no pisaba el suelo, pues se desplazaba en una especie de levitación a un palmo de las brillantes baldosas lisboetas, igual que si fuera una marioneta que pendiese de los hilos de un universo mucho más inmenso y grandioso que aquel en el que vivió y del que se rodeó en vida.



La vida de Fernando Pessoa es la de un perdedor —mientras vivió— de esos que llenan las páginas de las novelas épicas, históricas o románticas, pero también la de una persona que nunca se conformó con aquello que tuvo al alcance de su mano y, de ahí, que tuviera que inventarse otras vidas —heterónimos— y otros ámbitos —sus respectivas vidas y obras—, para de ese modo suplir la ausencia que para él era la esencia de su existencia. Extraño, solitario, meditabundo y gran conversador cuando la ocasión lo merecía, deambulaba casi sin descanso en el escaso espacio de un kilómetro cuadrado en el que desarrolló casi toda su vida desde que regresó de Durban. En esas calles y, sus intrahistorias, Pessoa dio vida a una multitud de personajes y desarrolló una grandiosa obra literaria que, con el paso del tiempo, ha traspasado los límites insignificantes de los días para reposar sobre la eternidad, pues eternos son su vida y su obra, muy por encima de la mediocridad rampante que nos sacude en la actualidad y, que él, de una forma no menos original esquivó, y sobre la que se superpuso a su diario e incansable desasosiego, haciéndonos creer que la búsqueda de lo imposible era la mejor metáfora de una vida que no admitía de más distracciones que las de la propia creación y la dedicación a los otros a través de la literatura. En ese terreno de noches solitarias y baldía de sueño fue donde su literatura se convirtió en el instrumento necesario para llevarnos hasta esa otra vida a la que siempre se refieren los escritores. Una soledad que, entre otras muchas renuncias, el alejó del amor, si obviamos los dos namoros que mantuvo con Ofélia Queiroz y la que al parecer sostuvo con la cuñada de su hermano pequeño, Madge Anderson, una traductora de alemán de origen escocés y que vivía en Londres y con la que mantuvo una nutrida correspondencia el año de su muerte. Según José Barreto, investigador de la Universidad de Lisboa y experto en el escritor portugués, el último poema que escribió Pessoa en inglés, una semana antes de morir, estaría dirigido a ella: «Mas o meu pobre coraçao anseia/ Por algo que está longe./ Anseia só por ti,/ anseia pelo teu beijo.»



Referencias amorosas aparte, una de las claves en la existencia de Fernando Pessoa fue su perenne nomadismo de habitación en habitación, de casa en casa, de oficina en oficina, como si con ello dispusiera una forma de viaje que le llevara lejos de sí mismo para poder adentrarse mejor en esos espacios donde sus heterónimos encontraban un mejor acomodo. Pero como la edad no es un testigo neutral de nuestra vida, Pessoa acabó su trasiego cuando recaló en la Rua Coelho da Rocha, 16 de Lisboa, en Campo de Ourique quince años antes de su muerte, al regreso de su madre de Durban y cerca de una de sus hermanas. Desde esa casa partió al hospital de San Luis de los Franceses donde falleció el 30 de noviembre de 1935 a los 47 años de edad y, desde allí, a la gloria. Primero al cementerio Dos Prazeres junto a su abuela Dionisia, y cincuenta años más tarde al claustro del Monasterio de Los Jerónimos en Belém, junto a los más ilustres portugueses.

 

Ángel Silvelo Gabriel. 

martes, 5 de junio de 2018

ALBERT CAMUS, EL PRIMER HOMBRE: LA SOLEDAD QUE ACOMPAÑA A LA DIGNIDAD DE LA POBREZA



La soledad de un padre en el que fijarse, de una madre a la que mostrarle el cariño que se escondía tras sus silencios, de una abuela que no entendía ni la vitalidad ni la necesidad de crearse un mundo ajeno a la miseria y la pobreza que le rodeaba; un mundo que lo era todo con muy poco: la luz del sol, los juegos con sus amigos y la libertad de sentir el aire argelino en la cara y el agua del Mar Mediterráneo en la piel. Así fue cómo Camus encontró la solución a esa soledad que acompaña a la dignidad de la pobreza. El primer hombre que representa Camus la encontró ahí y en sí mismo, en esa fosa oscura cargada del orgullo de un espíritu libre que, sin embargo, todavía no conocía la libertad individual que acompañaba al nihilismo. Orgullo, dignidad, mar y sol fueron los elementos con los que Camus creó el universo de su infancia: estrecha en lo económico e infinita en la fuerza de los sueños. En El primer hombre, Camus se enfrenta a sí mismo, a sus raíces y al encuentro de su padre desde la convicción de que ese primer hombre que no llegó a ser su progenitor es él, cuando delante de su tumba piensa que el hombre enterrado que yace bajo tierra era más joven que él: «Y la ola de ternura y compasión de golpe que le colmó el corazón no era el movimiento del ánimo que lleva al hijo a recordar al padre desconocido, sino la piedad conmovida que un hombre formado siente ante el niño injustamente asesinado». Es en esa infinita soledad en la que Camus se pierde, a la vez, en los confines del tiempo y en la barbarie de los hombres. Ahí, una vez más, Camus está solo junto a sus temores y sus interrogantes y a su necesidad de saber y a sus recuerdos, que se enfrentan a su propia simbiosis entre alma y corazón. Porque el primer hombre, tal y como se nos apunta en la contraportada de la novela, debería ser el padre del niño, pero sin embargo es él, Jacques Cormery, álter ego de Camus y protagonista de esta historia que busca en el estímulo de la superación algo de luz. Él, sin duda, en su infancia la encontró en el cielo de Argel, en la compañía de sus amigos, y en la complicidad de sus profesores. No obstante, el narrador de esta historia nos recuerda que: «La miseria es una fortaleza sin puente levadizo», es decir, Jacques Cormery, —el propio Albert Camus—; o también que: «la guerra no es buena, porque vencer a un hombre es tan amargo como ser vencido por él». En ese vaivén, que busca en el estímulo de la convulsa contradicción de la supervivencia, es en la que se mueve Camus en El primer hombre. Una novela que él deseaba que fuese el reencuentro del hombre con el escritor, para de esa forma dejar atrás la época de sequía que le perseguía como una maldición y, de ahí, su aislamiento lejos de París y del mundo, porque él creía que así podría escarbar mejor con el corazón dentro de sus entrañas.



El primer hombre es una novela autobiográfica en la que Camus veía su proyecto literario más ambicioso; un proyecto al que quería darle la magnitud, la belleza y la fuerza de Guerra y paz de Tolstoi. No en vano ni evitó los más dolorosos recuerdos ni sus orígenes argelinos ni la comprensión hacia todos aquellos que le pusieron múltiples cortapisas, como tampoco se olvidó de esos otros que posibilitaron que siguiera sus estudios y, con ellos, llegar a forjarse un futuro; un futuro no exento de polémica en ocasiones, pero muy glorioso en otras. En El primer hombre, Camus no buscaba sólo la soledad que le guiase a lo largo de su particular epopeya vital, sino también reencontrarse a sí mismo después de ganar el Premio Nobel de Literatura y, después también, de los varapalos a los que le sometieron los más influyentes personajes de la cultura francesa por salirse de ese dogma pegado a la ortodoxia marxista apoyada por Sartre tras la Segunda Guerra Mundial. En ese sentido, Camus define como nadie en esta novela inconclusa la dignidad que debe guiar al hombre libre, y la defensa a ultranza de esa libertad.



El estilo literario de Camus en El primer hombre es sencillo y, con él, busca conmover al lector a través de la pureza de la belleza que no admite más adjetivos que los de la verdad. Aquí, el escritor argelino dota a la novela de una intensidad que, por momentos, es conmovedora dentro de la naturalidad de una prosa portentosa que busca meternos el dedo en esa yaga invisible para los demás, pero que es sangrante para nosotros mismos. Es en esa habilidad de llegar a lo más hondo del corazón humano donde radica tanto la generosidad de Camus como hombre, como la inteligencia del escritor que es capaz de dotar a la vida de una épica única y tan consistente como la mayor de las leyendas, porque desde el inicio de la novela donde se nos narra el nacimiento de Jacques Cormery como si fuera el del Niño Jesús en un pesebre de Belén, hasta al final de la misma donde nos da cuenta de la carta que le escribe a su querido profesor el Sr. Germain, Camus nos lleva de la mano por la vida sin otro adorno que el de la soledad que acompaña a la dignidad de la pobreza.

 

Ángel Silvelo Gabriel.