Tiempo de comunicaciones rotas

Tiempo de comunicaciones rotas

viernes, 30 de marzo de 2018

LA VIDA OCULTA.- Un artículo de Manu de Ordoñana, Ana Merino y Ane Mayoz


No se puede hablar de literatura sin hablar de la vida. Y no se debe confundir la vida con la literatura, aunque es casi imposible deslindar la vida de la literatura. Aseveración de la escritora y académica Soledad Puértolas (Zaragoza, 1947) en La vida oculta, XXI Premio Anagrama de ensayo de 1993. Hasta ese año, solo había publicado una pequeña parte de su obra narrativa, pero aun así plantea con rotundidad su experiencia literaria. Resulta una obra muy amena y en la que tenemos la posibilidad de descubrir a esta mujer cuya vida gira en torno a la escritura, y que habla de ambas de una manera honesta, sincera, reflexiva… utilizando insistentemente las preguntas retóricas.
Convencida de que no hay un método para escribir, ni para vivir, ni para conciliar lo uno con lo otro, manifiesta que el escritor no cuenta cosas de su vida, sino cosas de la vida de los demás, siendo estos demás casi siempre imaginarios, o él viviendo otra vida, o viviendo de otro modo la vida. Y es que hay que percatarse de que la realidad ya está hecha y de que lo literario todavía no existe, pero que puede llegar a existir. Debe quedar claro que lograr la verosimilitud no está en relación directa con la veracidad de la historia, sino con la necesidad de distanciamiento del escritor. Según su opinión, se escribe sobre la realidad vivida por un impulso de venganza o por un deseo de homenaje.
Por eso, el escritor es la persona que no se contenta solo con vivir. Lo que pretende es inventar una vida distinta sobre el papel. Al igual que todo lector, el escritor, cuando lee, busca la amistad íntima y segura de la persona que escribió esas páginas en las que inevitablemente se deslizó algún fallo. Busca la compañía, el apoyo, la complicidad y el estímulo de ese espíritu afín que anida en la obra maestra, en la escena perfecta, en el personaje verdadero. Además, el escritor, que ambiciona conmocionar al lector no puede vivir fuera de su época. No se trata de si el mundo cabe o no cabe en las páginas de un libro, sino de que esas páginas del libro creen un mundo. Las grandes novelas interesan por la visión del mundo que transmiten; los libros que dejan huella presentan un modo de vida, una manera de mirar las cosas. Al final, la concepción de la vida que tiene el escritor se refleja en sus obras de ficción.
Piensa que, en el lenguaje, las palabras están cargadas de un mensaje moral y que por eso nos preocupan tanto; que el lenguaje ha sido el instrumento más relevante para la interpretación y dominio del mundo, y, por lo tanto, quien escribe una novela está interpretando ese mundo. Pero no cree que la literatura siempre dé respuestas. Puede que se escriba y se lea para no dejar que la pregunta cese y, al hacerlo, autor y lectores no hagan sino responder a un plan general. Se escribe y se lee como si fuera parte de nuestro destino, como si estuviéramos obligados a construir un mundo fuera del que tenemos. Todas las historias que el hombre inventa nos comunican la incertidumbre de nuestra condición. Este tipo de reflexiones inunda el libro.
Ella comenzó primero a escribir relatos. Confiesa que, teniendo en cuenta su incapacidad para contar cuentos, le resultó muy grato descubrir que era capaz de inventárselos silenciosamente en el papel. Es consciente de que la necesidad de fabulación, propia del hombre, es un oficio viejo, pero también nuevo: cada vez que un contador de cuentos toma la palabra el mundo parte de cero y su auditorio se instala en la ignorancia para, al ir escuchando, ir aprendiendo, ir entendiendo. La meta del cuento es alcanzar la inmortalidad. En razón de su brevedad, de su necesaria concisión, el cuento tiene un centro y su final es tanto una conclusión como una invitación a volverlo a empezar.
Hasta casi los treinta años no llegó su primera novela. Con ella quería comunicar sus confusos sentimientos creyendo que eran originales. Al revisarla dos años después, comprendió que más que la expresión de su mundo interno, necesitaba crear un mundo coherente y real, verosímil, así como unos personajes con su propia identidad. A partir de entonces, en cada novela que ha escrito, se ha planteado un problema nuevo, un reto distinto.
Mientras escribe corrige algo, pero es de las personas que prefieren escribir, avanzar y no volver atrás hasta que no ha puesto el primer punto final. Una vez que la novela está acabada, publicarla significa abandonarla a su suerte. Opina que es fundamental ser conscientes de que será leída y juzgada por personas conocidas y amadas, por personas conocidas y hostiles, por personas absolutamente desconocidas. Y puede que el libro no encuentre muchos lectores. Pero el escritor siempre debe creer que ha hecho un hallazgo importante y que por eso lo ha ofrecido a los demás.
A pesar de que, en esta época, ya declara que no ha encontrado una fórmula para escribir una novela, se aventura a definirla como una cadena de pensamientos que trata del hombre, de su forma atinada o no de vivir. Por esta misma razón cree que la novela sí es susceptible de ser analizada, mientras que es imposible desentrañar la fórmula mediante la que se ha escrito, porque no existe esa fórmula, se trata de música. La condición primordial de la novela es salir del mundo real, crear otro, pero si no atrapa la atención del lector, es letra muerta. Por eso solo una buena novela consigue sacarnos de este mundo. Y para eso el escritor debe eliminar lo superfluo y concentrarse en lo esencial. En esa decisión, de qué decir, qué omitir, en ese ejercicio de elección está el secreto de una buena novela.
Por medio de sus palabras califica su quehacer, recuerda ese momento en que tomó consciencia de lo que hacía sentada en una cafetería y mirando: Esa necesidad de observar, de detener el tiempo… así supe que mi trabajo, mis trayectos, mis obligaciones y responsabilidades eran ocio. Así como mi vocación, mi afición eran ocio.
Además de escribir, en una ocasión formó parte de un jurado. Experiencia inolvidable pues reconoce la enorme dificultad que supone el juicio equilibrado, razonable y estimulante que en varias ocasiones hubiera pedido para ella. Estaba segura de que no iba a encontrar al artista no porque no existiera sino porque, como sucede cuando se comparan unas cosas con otras, su mente se había enturbiado. Y entendió por qué se emiten tantos juicios equivocados o desacertados, por qué se clasifica mal una novela o por qué muchas veces tarda en valorarse una obra. Se percató de que es muy difícil tener criterio en materias tan delicadas, de que los gustos literarios son un asunto totalmente personal y de que, desgraciadamente, todavía no se ha inventado la forma de medir la calidad de una novela. Es tajante: el escritor no puede fiarse de nadie; no puede creer de verdad en los elogios ni aceptar totalmente las críticas.
En este ensayo, nos hace partícipes de sus gustos literarios; profundiza tanto en las obras como en la forma de escribir de muchos artistas relevantes de la literatura universal. Son análisis singulares, nos enseña otro prisma. Como muestra hemos escogido la obra el Quijote y el escritor Baroja.
Quijote: es en sus páginas donde se contienen todos los enigmas de la humanidad; el permanente juego con la realidad y la ficción, el cuestionamiento de la cordura y la locura, el entendimiento íntimo entre los hombres, las redes de complicidad y simpatía que se tienden entre ellos… Por todo esto, en este libro lo más importante es la idea; parece concebido para ser fundamentalmente abstracto, pero, al darnos muchos detalles de algunos aspectos de la vida, rompe los moldes de la abstracción para crear la más inverosímil realidad. El equilibrio del que parte es tan inestable, que se sostiene sobre el increíble castellano de Cervantes, sobre el fluir de las frases encabalgadas con una complejidad y naturalidad desconocidas hasta el momento y convertidas, a partir de entonces, en modelo de lengua.
Baroja: sus novelas se definen como fragmentos de novelas más que como narraciones acabadas y redondas. El autor está tan presente en ellas que es su personalidad la que se impone y seduce al lector, que finalmente deja de preguntarse si sus novelas son o no perfectas, y se abandona a la lectura. Sus personajes hablan mucho, sobre la vida, las mujeres, las teorías políticas y filosóficas en boga; buscan ideas, expresan ideas; persiguen una filosofía que les ayude a explicar sus vidas. Y como es él son sus personajes: individualistas, fatalistas, envueltos en una tristeza abstracta y vaga, perseguidos por el fantasma de la catástrofe sentimental. Pero, a pesar del irremediable pesimismo, sus novelas son portadoras de vida.
Para ella asistir a la Feria del libro no deja de ser un ejercicio de humildad: Situarse detrás de los libros y saber que el fruto de tu obsesión y de tu esfuerzo, de tus desvelos y de tu inspiración, de tu desasosiego y de tus íntimas satisfacciones no es sino un producto más de los muchos que el curioso o distraído paseante puede escoger y finalmente comprar. Eso es el libro, un producto ni siquiera imprescindible y que, una vez utilizado, leído, puede quedar abandonado.
Acabemos, cómo no, con otra interesante reflexión de Soledad Puertas que: Escribir es difícil, pero la vida lo es más. Nadie sabe cómo vivir, tampoco el novelista, pero describe e inventa la vida.
Un artículo de Manu de Ordoñana, Ana Merino y Ane Mayoz

domingo, 25 de marzo de 2018

LA DISTANCIA.- MICRORRELATO DE ÁNGEL SILVELO



Miraba una y otra vez cómo pasaba el tren. Cansado, levantó la mirada de la maqueta que albergaba a su tren viajero y, desde la parte externa del escaparate, supo que esa era la distancia que separaba a sus miedos de la realidad, porque desde el día que ella le dejó, vagaba perdido, buscando un destino que los volviera a unir de nuevo.
Microrrelato de Ángel Silvelo Gabriel

viernes, 23 de marzo de 2018

REMEDIOS ZAFRA, EL ENTUSIASMO: CRÓNICA DEL FRACASO Y CAÍDA DE LOS ENTUSIASTAS



A medio camino entre un diario cibernético aderezado con tintes metálicos y un manifiesto político contra la precariedad laboral, nos enfrentamos a la crónica del fracaso y caída de los entusiastas (así denominados por la autora de este ensayo). Y lo hacemos bajo la tenaz mirada de alguien que conoce muy bien el terreno que pisa, pues con su acertada dialéctica, nos muestra una de las cloacas del mundo en el que vivimos: la simbiosis perfecta que conforma la precariedad y el trabajo creativo de la era digital. Remedios Zafra (ganadora por este libro del Premio Anagrama de Ensayo 2017) vuelca su mirada sobre un mundo altamente tecnificado como es el actual, y lo hace, avanzando sobre él con la potencia de un lenguaje material y matérico que nos posibilita tocar las palabras con las que escribe, pues se trata de un lenguaje repleto de términos que se refieren a máquinas y conceptos que sintetizan la arqueología digital en la que nos desenvolvemos y nos deposita en esa dicotomía que nos fracciona entre usar frente a ser usados. De tal forma lo consigue que, la licuosidad de las emociones observadas y experimentadas a través de las pantallas de nuestros artilugios informáticos, no nos libra de los males presentes en nuestras vidas por mucho que estemos altamente tecnificados. Zafra nos apunta que: «hoy el tiempo es un bien escaso, tan repleto de trabajos y tareas burocráticas y tecnológicas que apenas aparece a pequeños intervalos pequeños, difíciles para la concentración que precisa ejercitar, formar y practicar eso que punza.» Esa falta de tiempo para poder pensar y repensarnos es una de las causas y de las cadenas a las que estamos encadenados en el siglo XXI, donde todavía más si cabe, somos prisioneros de los grandes números, quizá, porque esa es una de las premisas del mundo hiperconectado en el que vivimos; unos grandes números que son con los que se alimentan las grandes empresas que delinean nuestras vidas a través de las pantallas de una forma aséptica y purificada sin que lleguemos a ser conscientes de los niveles de penetración que las mismas procesan en nuestras conciencias, cada vez más transitadas por imágenes que por palabras. Como nos recalca la autora de El entusiasmo: «lo mucho prevalece sobre lo poco» y en esa necesidad de la urgencia lo más palpable es que la atención está en riesgo. Cuanto menos atención le prestemos a los mensajes que nos son enviados hasta el infinito más fácilmente seremos manipulados, pues nuestros estímulos se mostrarán más placenteros a la hora de ser inducidos hacia ese punto de no retorno que se producirá bajo la cúpula de la soledad e íntima oscuridad que nos acoge cuando creemos observar el mundo a través de una pantalla sin ser conscientes de que sólo somos un peón de la gran partida de ajedrez que se juega más allá de nuestros dominios. Nunca el ser humano ha sido menos dueño de sí mismo y sus acciones que en la actualidad, cuando sin embargo todos creemos justo lo contrario, pues nos vemos como dominadores de esa parcela internáutica de la que somos un protagonista más. Película masiva y universal que, por no ser, no es ni material sino ciber-real. Como muy bien nos apunta en este sentido Remedios Zafra: «… la vida pública nunca dice la verdad y las personas se esconden necesariamente detrás de su perfiles, que suelen resaltar los pequeños éxitos». Esa ávida necesidad de la MENTIRA nos permite subvencionar una parte de nuestra cruda realidad con unas dosis de ficción con las que nos auto engañamos al creernos que no dejan huellas más allá de nuestro micro-ciber-espacio. 


El entusiasmo de Remedios Zafra, entre otras muchas consideraciones, es la crónica íntima y personal de Sibila (un personaje con el que la autora proporciona a su obra de unas mayores dosis de realidad y cercanía a sus ideas). La crónica del fracaso y caída de los entusiastas a los que se alude en este ensayo de una forma permanente, como si ese concepto fuera el leitmotiv que camina por una cuerda floja entre la realidad y el deseo, es el testimonio mudo y el reflejo de una época: la digital. Una época que condena al individuo frente a la máquina y le aleja de sí mismo. No vivimos en soledad sino en sociedad, y explorar esa frontera es una de las propuestas que surgen a lo largo de las páginas de este ensayo que lucha por encontrar una luz que nos proporcione la esperanza suficiente para seguir nuestro camino. ¿Qué es mejor ser frutera o filósofa?, se pregunta Remedios Zafra. ¿Existe la posibilidad de fusionar ambas? Quizá sí, si llamamos Filosofía a nuestra frutería e insertamos citas que nos hagan pensar entre los kilos de fruta que sirvamos a nuestros potenciales clientes. Así, la lucha por salir hacia adelante, lleva a la autora a formular no sin razón y con unas buenas dosis de crítica, su atención hacia ese hombre fotocopiado al que se refiere cuando critica la zafiedad académica presente en la universidad española. Tanto es así que la autora nos plantea la imposibilidad del cambio: «… los cambios precisan transformaciones de los agentes que hacen la academia o de sus maneras de pensar. Y no es fácil cambiar para quienes ostentan el poder porque ya lo tienen.» A lo que nos contrapone un rayo de luz: «El poder del arte radica en el poder de movilizar “íntimamente” nuestra imaginación y nuestros deseos». Imaginación y deseos que también aborda cuando explora su incidencia en la vida digital de los entusiastas, esos seres recluidos en pequeñas habitaciones alejadas de la realidad material del otro y de su cuerpo, de la cercanía y el roce, y que se encuentran esclavizadas por la eterna espera por mucho que el amor cibernético sea vivido con la misma intensidad que el carnal. Todo es aparentemente material en la vida del entusiasta, salvo la posibilidad de disfrutar de un simple abrazo. 


Remedios Zafra no se arremeda frente al mundo y lanza sus ideas sobre la precariedad del trabajo creativo en la era digital a la que hace referencia en el título de este ensayo, y se muestra más beligerante, si cabe, a la hora de hacerlo desde un punto de vista feminista con el que trata de romper ese visible cordón umbilical que une a las mujeres con una cultura feminizada por el escaso valor del empleo y su precariedad.   


Ángel Silvelo Gabriel. 

miércoles, 21 de marzo de 2018

DÍA MUNDIAL DE LA POESÍA: LISBON REVISITED DE FERNANDO PESSOA A TRAVÉS DE SU HETERÓNIMO ÁLVARO DE CAMPOS



«Otra vez vuelvo a verte,

pavorosamente perdida ciudad de mi infancia…

Ciudad triste y alegre, otra vez sueño aquí…

¿Yo? ¿Pero soy el mismo que aquí viví y volví,

sí, y que aquí volví a volver y volver,

y que volví a volver aquí aún, todavía?

¿Somos quizá esos Yo que estuve aquí o estuvieron,

serie de cuentas -entes enlazadas por un hilo- memoria,

serie de sueños míos de alguien que me es externo?



Otra vez vuelvo a verte,

El corazón un poco más remoto y el alma menos mía.



Otra vez vuelvo a verte -Lisboa y Tajo y todo-,

inútil transeúnte que soy de ti y de mí,

aquí extranjero como en todas partes,

casual en la vida al igual que en el alma,

fantasma errando por salas de recuerdos,

al rumor de ratones y de tablas que crujen

en el maldito castillo de tener que vivir…



Otra vez vuelvo a verte,

a ti, sombra que pasa entre sombras, y brilla

un momento, a una luz desconocida y fúnebre,

y penetra en la noche cual la estela de un barco se pierde

en el agua y se deja de pronto de oír…



¡Otra vez vuelvo a verte,

pero, ay, ya no me veo!

Quebró el mágico espejo en que me volvía a ver idéntico,

y en cada fatídico fragmento veo ya, solamente, solo un poco de mí,



¡tan solo un poco, sí, de ti y de mí!....»[1]



[1] Poema Lisbon revisited. PESSOA, Fernando a través de su heterónimo Álvaro de Campos. Catálogo de la exposición Pessoa / Lisboa, op. cit, p. 100.

domingo, 18 de marzo de 2018

FÚTBOL ES FÚTBOL.- MICRORRELATO DE ÁNGEL SILVELO



Siempre quise ser abogado, pero el fútbol se cruzó en mi camino como una china que se te mete en el zapato. El tumulto que tal decisión causó en mi casa sólo es comparable a perder la final de la Champions en la tanda de penaltis. Nadie entendía que prefiriese la áspera y rugosa superficie de un campo de fútbol a la suave moqueta del bufete. «Dame un argumento», me dijo mi padre. «Quiero ser famoso y ganar mucho dinero», le contesté. «Fútbol es fútbol», me respondió. «No entiendo qué quieres decir», le dije sorprendido. «Hijo, pues muy sencillo, que ahora no os basta con empezar de becarios para limpiar la escasa consistencia de vuestro expediente académico y, en vez de eso, sois como la china que nadie quiere que le toque, porque en vez de argumentos, todo lo basáis en ruidosos y escandalosos tumultos como los que veis en un campo de fútbol». «Cierto papá, fútbol es fútbol», le respondí.
Microrrelato de Ángel Silvelo Gabriel

viernes, 16 de marzo de 2018

MARY ANN CLARK BREMER, LOS ANTEPASADOS: UN VIAJE CONTRA EL OLVIDO



Mary Ann Clark Bremer se muestra en cada una de sus apariciones literarias como un espejismo que nos permite interpretar la vida y su sentido de múltiples formas y maneras. Desde su exilio personal y físico en Suiza nos moja los sentidos con palabras que desembocan en la verdad que da cobijo a la soledad y al pasado al mismo tiempo y, como en este caso, los convierte en un viaje contra el olvido, pero también, en otras ocasiones, nos proporciona la incertidumbre que acompaña a la inmensa letanía que protege a la melancolía y a los recuerdos que rodean al amor o la necesidad de amar, o simplemente al viaje como la mejor forma de llegar a conocerse a uno mismo. Atrapada en las redes del tiempo que ella misma se lanza, en esta nouvelle, Los antepasados, nos propone una suerte de diario que transita por los márgenes familiares presentes en libros o notas olvidadas en los mismos, o a través de cartas o notas que ya a nadie interesan, salvo a Mary Ann Clark Bremen, que busca en ellas las huellas de su esencia. Aunque empieza hablando de su bisabuelo, “El Ruso”, este es sólo el pretexto para abordar la tempestad de los recuerdos a través de las voces de las mujeres que la antecedieron en su árbol genealógico familiar. Y al hablar de ellas, nos habla de sí misma con la misma naturalidad que nos narra el paseo con el perro de sus vecinos a lo largo de un bosque que a Mary Ann le sirve para hacernos ver ese espejo en el que se convierte nuestra vida cuando vamos llegando al final de la misma, pero de la que todavía retenemos esas muescas de felicidad en forma de reflejos que están implícitas en el dinamismo de un animal que se siente libre para jugar y obedecer, pero también para abandonar y volver allí a donde se siente más seguro. El caprichoso destino que moldea nuestras vidas, parece decirnos la autora, no está de nuestra mano, sino más bien se encuentra enterrado en el universo de las casualidades.

Las nouvelles de la escritora neoyorquina llevan implícitas, en su brevedad, ese eco malsano que le produce al lector terminar de leer algo con lo que está disfrutando de verdad, porque ese final, entre otras cosas, supone no poder saciar ese ímpetu incontrolable de búsqueda y encuentro que atesoran su narrativa y su estilo poético. Quizá no se pueda llegar a expresar tanto con tan pocas palabras, porque sus palabras nos incitan hacia ese precipicio al que tan bien nos dirige ella para hacernos sentir la brisa en la cara o el viento en los sentidos como sólo pueden hacerlo los verdaderos magos. La caricia de la soledad que maneja como pocos, nos proporciona la necesidad de querer atrapar ese instante por donde se escapa el mundo o toda una vida, pues en pocas palabras asistimos al milagro de la creación de un mundo que creíamos que no existía: «La soledad ha acampado en derredor, ha construido su campamento en torno a mi casa. Viaja conmigo hasta cuando viajo acompañada.

Son estos días anuncio de algo que no comprendo bien del todo. Sé que aún no se trata de mi final, pero es tiempo de acabamientos. He sentido la urgencia de subir hasta ese cuarto lleno de objetos inservibles para buscar la “memoria” de Ann, de Josephine… las mujeres heridas por la vida.

Durante un tiempo imaginé esa “vida” y sus vidas. Imaginé sus amores. No era un soldado joven el amado de mi bisabuela, lo sé; quiero decir: lo intuyo.» Y a través de esas intuiciones que ella poco a poco nos alumbra asistimos a la narración de las historias de esas mujeres heridas por la vida que, como ella, iniciaron su particular viaje contra el olvido. 

Ángel Silvelo Gabriel.

jueves, 15 de marzo de 2018

TEATRO TRIBUEÑE: PROGRAMACIÓN DE MARZO

TEATRO TRIBUEÑE
TEATRO DE REPERTORIO



PROGRAMACION MARZO

Tres fuertes voces... la voz de la muerte, la voz del amor y la voz del aire. 

– Federico García Lorca –








TRIBU DE POETAS DE ESTE MES



martes, 13 de marzo de 2018

GAITO GAZDÁNOV, EL ESPECTRO DE ALEKSANDR WOLF: LAS TRAMPAS DEL DESTINO



Gaito Gazdánov en El espectro de Aleksandr Wolf nos invita a reflexionar sobre el poder que el destino ejerce sobre nuestras vidas, y lo hace a través de un juego de espejos en los que se reflejan —entre otros— el amargo existencialismo dominado por la inhospitalidad del alma propia, el amor, la literatura, el periodismo... y París. Un incidente del pasado relacionado con la muerte —la propia y la ajena— le sirve al escritor ruso para armar una trama a medio camino entre lo filosófico y lo misterioso con matices de novela negra. Un incidente donde el protagonista se enfrenta a la soledad de la muerte y a su destino. Un incidente que ya no le abandonará jamás porque enseguida es consciente de que forma parte de las trampas del destino que se sumergen en cada una de nuestras vidas. Ese esperanzador inicio, sin embargo, se diluye en las sombras de un París casi siempre nocturno al que nos traslada el narrador para mostrarnos sus dotes como periodista todo terreno, pues tanto aborda la escritura de los obituarios como la narración de las crónicas deportivas, hasta que al final se dedica a los artículos de ámbito cultural. Ese recorrido al que nos invita Gazdánov está salpicado de ese malestar existencial que le lleva de una u otra forma a recabar siempre en la soledad y en la muerte, y en su incapacidad para ser feliz; una virtud a la que sólo llega, si acaso, por el reflejo de un rayo de luz pero, que como éste, dura un efímero instante. La aparición en la novela de la misteriosa mujer rusa Yelena Nikoláievna se convierte en una especie de esa expiación interior de la culpa a través del amor, una dualidad que el autor nunca llega alumbrar, ni tan siquiera por el camino de las confesiones íntimas. Siendo esa, quizá, una de las fallas de esta novela, que siempre se queda en un grado de incertidumbre que más allá de los interrogantes, deja insatisfecho al lector, incluso en su final sorprendente, más propio de un relato corto que de una novela y, que es precedido, de una narración con tintes de novela negra con la que se intenta dar razón de ser al desenlace.



El espectro de Aleksandr Wolf es una novela de recuerdos escrita entre 1947 y 1948, y que nos muestra en toda su amplitud esa capacidad de narrar de los escritores rusos, donde se antepone la economía verbal que se enfrenta a la gran magnitud de los escenarios que nos muestran —tanto interior como exteriormente— y que juegan con la imaginación del lector, que se acopla muy bien a lo que se le narra. Si Irène Némirovsky era una escritora rusa exiliada en París que nos narraba las llamas del alma de una forma impetuosa y profusa mediante las descripciones interiores de sus personajes, Gazdánov se nos revela como su reflejo exterior, pues dota a sus personajes de ese mismo empuje, pero en esta ocasión, sustentado por las calles y ambientes nocturnos de un París que se comporta como una sombra del protagonista y que, además, le sirve para describirnos el desarraigo de los seres que la pueblan y el estigma que ellos ejercen sobre él, no en vano, Gaito Gazdánov fue taxista nocturno en París entre 1928 y 1952.



Gaito Gazdánov pertenece, junto a Vladimir Nabókov entre otros, a la denominada como “Generación Desapercibida”, y esta novela de estepas y bares nocturnos parisinos de Montmartre es un buen ejemplo de ello, pues la gran estepa rusa da paso a esa inevitabilidad del destino que nos arrastra en nuestro día a día lejos del lugar que nos vio nacer; un azar que, en ocasiones, nos convierte en una especie de espectro que sólo se desvanece cuando somos capaces de vencer a las trampas del destino.

 

Ángel Silvelo Gabriel.

domingo, 11 de marzo de 2018

LA HOGUERA.- MICRORRELATO DE ÁNGEL SILVELO


El juez pidió que le subieran el menú del día a su despacho con ánimo de dictar sentencia lo antes posible. Pero por más vueltas que le daba al asunto, no encontraba ninguna razón para absolver al acusado de la comisión de la falta. Repasando el expediente se dio cuenta que existía una palabra clave en todo este asunto, pero no se atrevía a pronunciarla por miedo a su mujer. El tema no era baladí, porque de ello dependían sus futuras vacaciones y nada le resultaba más aburrido que iniciar un pleito en su propia casa. Entonces, ¿qué solución adoptaría? «Piensa», se dijo, pero no fue capaz de encontrar una excusa para salvar de la hoguera a la falla de su amada esposa, por más que intentó ejecutar un laudo arbitral conforme a derecho que evitara que fuera pasto de las llamas.
Microrrelato de Ángel Silvelo Gabriel.

viernes, 9 de marzo de 2018

STEFAN ZWEIG, LA DESINTOXICACIÓN MORAL DE EUROPA: LA DEVASTADORA IRRACIONALIDAD QUE LOS NACIONALISMOS EJERCIERON SOBRE EUROPA



Igual que Julio Verne se adelantó a la época en la que vivió, brindándonos la posibilidad de viajar a la luna muchos años antes de que el hombre la llegara a pisar, o por qué no, proporcionarnos la oportunidad de llegar al mismísimo centro de la Tierra, Stefan Zweig, inteligente y lúcido siempre, nos revela de una forma que, a día de hoy no puede ser más  asombrosa e iluminaria, la devastadora irracionalidad que los nacionalismos ejercieron sobre Europa, pero no sólo eso, porque mediante la lectura de sus artículos, descubrimos la esencia del observador omnisciente que todo lo ve y, además, se atreve a proponer ideas y proyectos que años más tarde se llevarán a efecto en el seno de la actual Unión Europea; una unión de Estados que, como muy bien nos apunta Zweig, deben traspasar la barrera económica para fundamentarse en una unión cultural de los pueblos de Europa que nos lleve a identificarnos los unos con los otros y, de ese modo, visualizarnos e interiorizarnos sin necesidad de emplear la fuerza de la guerra. Para ello, entre otros proyectos, nos plantea un Erasmus para jóvenes muchos años antes de su posterior puesta en práctica; un instrumento que el escritor y pensador austriaco formula como un instrumento unificador del verdadero conocimiento europeo, pues es un instrumento al servicio de las jóvenes generaciones, capaz por sí solo, de impedir futuros enfrentamientos bélicos.



La experiencia personal e intelectual de Zweig al servicio de los demás alcanza en estos artículos la dimensión de las grandes gestas, pues una gran gesta es el pulso firme y el pensamiento lúcido que el austriaco nos proporciona en su forma de ver y reinterpretar el mundo. No hay nada que escape a su análisis y, así, por ejemplo, aborda el colonialismo inglés en la India a través del atentado producido por un hindú en Londres; un incidente que a él le sirve para hablarnos y hacernos sentir el aislamiento de la nación inglesa frente al mundo, a pesar de sus muchas colonias; una premonición, quizá, del aciago presente inglés a través del Brexit, pues se trata de una nueva manifestación del nacionalismo rancio y prepotente que sólo es capaz de tirar en una sola dirección. Pero por si esto fuera poco, Stefan Zweig nos habla en “La monotonización del mundo” de una forma, preclara y muy acertada, del concepto de la globalización, y de la falta de identidad que éste conlleva. Esa homogeneización es la que borra las huellas de los pueblos y los hace más proclives al nacionalismo y al fanatismo, nos dice Zweig y, nos lo explica, con unos sencillo ejemplos que están insertados dentro de nuestros hábitos cotidianos de vida. Éstos son: el baile, la moda, el cine y la radio. A través de ellos nos alerta de que «las mentes son cada vez más parecidas por obra y gracia de los mismos intereses. De una manera inconsciente se va formando […] una extinción de lo individual que da paso al prototipo», más manipulable. El gran impulsor de todo ello, una vez más, serán los EE.UU.



La lucha del individuo frente al Estado adquiere en estos artículos, el estigma de la lucha de David contra Goliat; una insalvable diferencia a la que sin embargo Zweig aporta el don de la inteligencia y el análisis para darnos la oportunidad de salvarnos de ese yugo perenne y acosador que nos persigue a lo largo de los días. Él, tras la llegada del nazismo y la persecución que el régimen de Hitler llevó a cabo sobre los judíos, ya nos advirtió del mal que nos acechaba y, de ahí, que propusiera a Europa como el último baluarte del individualismo. Sin embargo, la solución que aportó fue la que finalmente se aplicó a sí mismo y a su mujer: la huida hacia nosotros mismos. Pues ni el todopoderoso presidente norteamericano Wilson después de la finalización de la Gran Guerra, ni la existencia de una Sociedad de Naciones fueron capaces de imprimir a los dirigentes europeos de unos instrumentos que les llevaran a plantear la paz como una forma de inclusión de los pueblos de Europa, y no como un simple resarcimiento militar, económico y territorial de los vencedores sobre los vencidos. Años más tarde, cuando acabó la Segunda Guerra Mundial, Zweig ya no pudo ver y conocer la victoria de los aliados sobre Alemania y, mucho menos, la creación de CE y, su posterior transformación en la UE. Un cambio de las políticas de los dirigentes europeos que, sin llegar a ser de ningún modo la panacea del modelo con el que soñaba Zweig, sí que han servido para cambair el panorama político del continente y adorptar parte de sus propuestas y pensamientos. Proyectos, todos ellos, cargados de una palabra en desuso en la actualidad: generosidad, pues no en vano, él sacrificó su vida en pos de su pensamiento.

 

Ángel Silvelo Gabriel. 

martes, 6 de marzo de 2018

ME GUSTARÍA MIRARTE A LOS OJOS.- MICRORRELATO DE ÁNGEL SILVELO



Me gustaría mirarte a los ojos, pero ya no formas parte de mis irrefrenables deseos. Ahora quiero atrapar el instante, esa especie de magnitud indefinida sobre la que me abalanzo cada vez que aprieto la pantalla táctil de mi Smartphone. Ya no soy capaz de soportar tus dilatadas respuestas envueltas en el misterio del silencio. Yo te hablaba de amor, pero esto es otra cosa, aquí nadie espera más de lo necesario para expresar sus anhelos. Atrapar el instante, eso es lo que todos buscamos desesperadamente. Acabo de abrir tu correo, ese en el que me dices que levante la mirada: «Levanta la mirada», me dices. «La tecnología es una mera ilusión», me recuerdas, cargada de palabras como narcisismo o adulación. Mi vida es tan irreal como la tuya, que eres incapaz de derribar la barrera de un beso tardío de despedida. ¡Ay la impaciencia que a mí me atormenta y la paciencia que a ti te subyuga! Tu infranqueable intimidad devora el más irrazonable de los silencios. Sí, yo te digo que el amor romántico de las películas forma parte de un pasado que ya nadie recuerda, porque ahora todo se resume a un amor cibernético de lenguas oxidadas.
Microrrelato de Ángel Silvelo Gabriel.


jueves, 1 de marzo de 2018

EL SEUDÓNIMO LITERARIO. Un artículo de Manu de Ordoñana, Ana Merino y Ane Mayoz


A lo largo de la historia, muchos escritores han preferido, por diferentes motivos, utilizar un nombre falso en lugar del suyo propio.
El recurso del seudónimo masculino ha sido uno de los más utilizados a la hora de ocultar que la autora era mujer. Hace 200 años esto estaba perfectamente justificado, porque se entendía que escribir no era ni debía ser una actividad de mujeres. En el fondo lo que había era un deseo del autor, de la autora en este caso, de que se leyera su obra sin ningún tipo de prejuicio, desde una perspectiva libre y en igualdad de condiciones.
Por eso muchas escritoras tomaron la decisión de ejercer su profesión a escondidas, muchas veces, con grandes penurias. Imagen inolvidable, por increíble, es la de la inglesa Charlotte Brontë escondiendo el manuscrito de Jane Eyre, para ponerse a la tarea de pelar patatas. O la de la escritora española Rosalía de Castro quejándose de que no había momento en el que no le recordarán que tenía que dejar la pluma y dedicarse a zurcir los calcetines del marido. Y es que además de prejuicios, hay que hablar de vergüenza, discriminación, miedo, injusticia, ninguneo… palabras estas que la sociedad impuso a las mujeres por su deseo vital de expresarse con la literatura.
Pero hubo casos, como el de la gallega Emilia Pardo Bazán, que se negó a escribir con seudónimo y tuvo que sufrir la burla y el menosprecio de escritores y académicos aun siendo una de las mujeres más ilustradas que abogó por la educación de la mujer y a pesar de su posición social como descendiente de una familia noble. No está de más recordar aquí que fue rechazada para entrar en la Academia de la Lengua, al igual que Gertrudis Gómez de Avellaneda, una de las dramaturgas más importantes de la época, que se adelantó a su tiempo al reivindicar la independencia y capacidad de decisión de las mujeres y la zaragozana María Moliner, creadora de uno de los mejores diccionarios de la Lengua.
Luego encontramos a aquellos escritores que quisieron utilizar un nombre menos habitual o más original que el propio. Aquí tenemos a Mark Twain y a George Orwell. Twain es en realidad Samuel Langhorne Clemens. Debido a su oficio de navegante ─uno de los muchos que desempeñó─ tenía la tarea de anotar (to mark) la profundidad de los ríos para comprobar si eran navegables o no. Para eso utilizaba la expresión “wain” que, en el argot marinero, significa que el río tiene dos brazadas y por tanto es posible navegar por él.
En el caso de Eric Arthur Blair, antes de optar por el seudónimo definitivo consideró nombres como Kenneth Miles o H. Lewis Allways, pero finalmente se decantó por el de George en honor al patrón de Inglaterra, y por el apellido de Orwell por considerar al río Orwell en Suffolk uno de los lugares más emblemáticos del país, además de pensar que la elección de un apellido que comenzara por la letra O le daría una mejor posición a sus libros en las estanterías de ventas.
También está el caso de los narradores que tuvieron que evitar a unos padres incomprensivos. Aquí nos topamos con el chileno Pablo Neruda, que publicó su primer trabajo literario a los 13 años con su verdadero nombre, Neftalí Reyes. Su padre, trabajador de una compañía ferroviaria, desaprobaba las actividades literarias de su hijo, por lo que el joven escritor ─para evitar el malestar del padre por tener un hijo poeta─ comenzó a utilizar ese seudónimo literario, probablemente en honor al famoso escritor checo del siglo XIX Jan Neruda.
También descubrimos a Garcilaso de la Vega que, por genealogía, tuvo que llamarse Suárez de Figueroa. Fue su propio padre quien decidió cambiarle el nombre por el que hoy todos lo conocemos, ya que antes había sido utilizado por algunos ilustres antepasados de su aristócrata familia y esto le hacía socialmente más influyente.
El no querer saturar el mercado con libros escritos bajo un mismo nombre ─así podía escribir dos al año─ ha sido la excusa de Stephen King que, en los años 70 y bajo indicación de su editor, decidió publicar seis novelas bajo el nombre de Richard Bachman. Una vez que se descubrió el verdadero nombre bajo la máscara, el autor decidió matar a su alter ego, al que incluso organizó un entierro falso, y consiguió publicar una novela póstuma con su seudónimo.
Existen, además, escritores que han utilizado un nombre falso como estrategia de venta y a la vez para evitar presiones. J.K Rowling, la escritora de Harry Potter ha confesado ser la pluma que se encontraba detrás de la novela El canto del cuco, firmada bajo el nombre de Robert Galbraith. La autora ha reconocido que decidió utilizar esta falsa identidad para huir de la presión que había sentido al publicar las últimas entregas de la saga Potter. Y aquí en España nos encontramos al escritor Ángel Torres Quesada quien confesaba que lo de firmar como A. Thorkent ─juego de palabras con sus dos apellidos─ era una imposición de la editorial. Pensaban que el nombre en inglés era mucho más atractivo para los lectores de la época.
Luego tenemos a los que desean diferenciar su obra “seria” de otro tipo de trabajos. Este es el caso del autor de Las aventuras de Alicia en el País de las Maravillas. Con el nombre de Lewis Carroll decidió publicar sus obras literarias y con el de Charles Lutwidge Dodgson, sus escritos en el mundo de las matemáticas. En este grupo metemos también a la autora de la novela Historia de O. El alias Pauline Réage, que durante años se creyó era el seudónimo de un hombre, protegía la respetabilidad de una intelectual, Anne Desclos, amante de un consagrado editor que publicó el libro preservando el anonimato. Lo hizo tan bien que nadie se enteró hasta 1994 ─la novela se publicó en 1954─, cuando ella misma lo reveló en una entrevista.
También queremos recordar dos casos curiosos: el del autor que opta por varios seudónimos y el contrario, el de dos escritores que escriben juntos bajo uno solo. En el primero nos encontramos al célebre poeta y escritor portugués Fernando Pessoa. Los seudónimos fueron mucho más que un alias: directamente se desdobló en varias personalidades ─heterónimos─ que adquirieron realidad al adoptar un estilo propio diferente del autor original. Los tres más conocidos fueron Álvaro de Campos, Ricardo Reis y Alberto Caeiro. Un cuarto, Bernardo Soares, “autor” del Libro del desasosiego, es considerado un heterónimo a medias por no poseer una personalidad totalmente diferente de la de Pessoa y no tener fecha de “fallecimiento”, como los otros. Y en el segundo caso tenemos a Honorio Bustos Domecq, seudónimo bajo el cual Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares escribieron a dúo: Bustos era el apellido de un bisabuelo de Borges y Domecq, de uno de Bioy Casares.
Pero son los dos últimos casos que vamos a describir a continuación los que últimamente están planteando problemas a la comunidad literaria y son los que ponen en el punto de mira el tema referido a los límites necesarios o posibles que unen al autor con su obra.
El primero es el de Elena Ferrante. Sabemos, por las pocas declaraciones que ha dado Ferrante, que para escribir su saga Dos amigas se inspiró en una larga y complicada amistad que entabló en la infancia. La perspectiva narrativa centrada en el personaje de Elena y convergente con la escritora a modo de una voz autobiográfica hace que se dé una identificación entre personaje y autor. Esto es lo que Ferrante ha querido evitar manteniéndose en la sombra, así podía acercarse a lo inconfesable, sin tener que rendir cuentas a nadie. Pero el periodista italiano Claudio Gatti descubrió que tras ese seudónimo se ocultaba la traductora Anita Raja y lo hizo público sin ningún reparo.
El otro caso es el de la escritora Laura Albert quien, tras el seudónimo de J. T. Leroy, escribió una autobiografía: Sarah. La obra narra la historia sobre abusos a un menor, supuestamente inspirada en la vida real del propio Leroy. Pero se ha descubierto que esa realidad no era más que un producto de la imaginación de Laura Albert. Durante casi una década J.T. Lereoy, ese ser imaginario que ella utilizó como alter ego, consiguió engañar a la práctica totalidad del establishment literario y periodístico estadounidense. A todos les dijo que un psiquiatra le había recomendado expurgar sus demonios escribiendo y todos le apoyaron y le ayudaron a abrirse camino en la industria editorial. Ira Silverberg, su editor, junto con otros escritores, creyó estar ayudando a un joven del que habían abusado de niño, que se había prostituido, que tenía sida y que estaba superando una experiencia de violencia a través del arte. Cuando se descubrió el fraude, la autora fue acusada por la productora que compró los derechos para llevar Sarah al cine, y un tribunal federal la condenó a pagar 116.500 dólares por daños y perjuicios.
Estamos ante un pulso entre la realidad y la ficción y también ante el eterno enfrentamiento entre arte y comercio. En opinión de Ferrante, una vez escrito el libro ya no necesita a su autor. Ante una gran obra literaria el nombre que se esconde detrás de la pluma es lo que menos importa ¿Por qué mejoraría un texto el saber determinados detalles de la vida de su autor? El escritor no sabe nada de sus lectores y sus lectores no saben nada de él. La única conexión entre ambos se da en el espacio neutral de la ficción. Materia, por otro lado, de la que se nutre la Literatura.
Entonces, ¿es ético revelar la identidad de alguien que quiere mantenerse en el anonimato? ¿Quién es el principal beneficiario de ello? ¿Cuál es el límite entre el derecho a la información y el derecho a la privacidad? Hablar del seudónimo literario es sacar a la luz un tema de fondo: el saber frente al ocultar; el derecho del lector de conocer la autoría frente al derecho del escritor de esconderla. Esa es la cuestión.
Artículo de Manu de Ordoñana, Ana Merino y Anne Mayoz.