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viernes, 20 de marzo de 2026

HAMMERSHØI, EL OJO QUE ESCUCHA EN EL MUSEO THYSSEN BORNEMISZA: LA MAGIA DE LO QUE NO SE VE


 

Hay muchas formas de retratar la realidad y lo que la rodea. El juego de la luz sobre el objeto es una de ellas. Luz que ejerce como una anfitriona que nos muestra lo que, en este caso, el pintor quiere que veamos. A través de ella, Hammershøi intenta seducir al espectador mediante una combinación de velos y transparencias con los que dota a sus composiciones pictóricas de una armonía intrigante. En ellas, primero está el cuadro en sí y, tras esa matérica evidencia, se halla la magia de lo que no se ve, pues esa es la sensación más potente que nos queda tras contemplar sus cuadros, en los que a veces, la nebulosa de sus composiciones sobre un fondo gris claro contrasta con las vestimentas negras de sus retratados —un magnífico juego de contrastes entre claroscuros—; y otras, dotando a sus obras de una narrativa en la que seducción que poseen tanto los objetos que pinta como las personas que llenan los espacios vacíos de las estancias donde son situadas, logran transmitirnos una sensación de misterio e intriga que nos invita a pensar quién o quiénes estuvieron en las escenas donde sólo hay objetos, o por qué están allí, o de dónde vienen o a dónde van en los cuadros donde salen personas, muchas veces de espaldas, lo que contribuye aún más a la percepción del misterio y la intriga que evocan. Para hallar ese punto de inexactitud entre el asombro y la proximidad, el pintor danés se alejó de las corrientes simbolistas, el expresionismo y los inicios del cubismo, lo que de algún modo hizo que tras su muerte decayera en el olvido hasta su recuperación en los años ochenta. Primero en Dinamarca, y luego fuera de ella. 

En la exposición El ojo que escucha que se exhibe en el Museo Thyssen Bornemisza en su sede de Madrid, asistimos al equilibrio de unas composiciones armoniosas donde el pintor danés, en su faceta de director de escena, amplifica la plasticidad de sus cuadros de interiores mediante puertas abiertas que posibilitan y facilitan el paso de la luz, o a través de la materialidad de los rayos del sol que se proyectan en las habitaciones cuando colonizan la seductora transparencia de unas ventanas que ejercen de testigos mudos de aquello que contribuyen a iluminar. Ambos, son sólo dos ejemplos de la capacidad que tiene la luz con la que Hammershøi dota a sus cuadros y difumina los objetos sobre los que se posa —una característica pictórica que intensifican sus pinceladas cortas— y que nos hablan de esa posibilidad, o más bien necesidad, de búsqueda de la huidiza luz en la fría Copenhague donde las tonalidades del mar y el cielo se fusionan a la hora de crear imágenes y vidas en las que el ojo que escucha explora la magia de lo que no se ve. 

En su faceta más existencial, El ojo que escucha, nos muestra personajes que, al no delatar sus emociones con sus gestos, consolidan la relación que el silencio tiene con sus obras. Un silencio que no resulta anodino, sino que trabaja su relación con aquello que se nos quiere transmitir, y que, en esta ocasión, busca auxilio en la conjunción del color blanco y sus distintas tonalidades que van desde el crudo más pálido al brillo más intenso como si se tratasen de una partitura musical que explora una melodía de notas similares, pero no iguales. Y de ahí, surgen un equilibrio y una armonía a los que siempre podremos acudir como mejor opción a la hora de abandonar por un pequeño espacio de tiempo el ruidoso mundo que nos rodea. Un mundo despojado de la calma plástica que posee la pintura metafórica de Hammershøi. 

Ángel Silvelo Gabriel.

lunes, 10 de febrero de 2025

SAKIKO NOMURA, EXPOSICIÓN FOTOGRÁFICA “TIERNA ES LA NOCHE” EN LA FUNDACIÓN MAPFRE: EL MUNDO A TRAVÉS DE LAS SOMBRAS

 



Caminar con paso decidido entre sombras. Por universos que nacen de un instinto felino capaz por sí solo de dar vida a lo inimaginable por incierto. Un casi negro sobre negro. O, quizá, la exploración del sueño sobre la realidad. Ahí, donde las formas pierden sus límites y adentramos en la vulnerabilidad del mundo sensible. Un territorio donde las percepciones no precisan de lo empírico, y sí de lo onírico. De esa fuerza brutal de lo indeciso e inesperado surgen las naturalezas apenas adivinadas, los cuerpos desnudos difuminados en la oscuridad, o las flores sobre un intenso fondo negro que la fotógrafa japonesa Sakiko Nomura expone en la Fundación Mapfre de Madrid. Una primera y gran retrospectiva de la artista nipona que nos muestra su gran habilidad a la hora de mostrarnos los universos ocultos que se nos hacen presentes sin que nosotros, en una primera instancia, seamos capaces de adivinar. De esa ambivalencia entre la luz y la oscuridad surgen mundos que nos abren puertas hacia nuevos territorios donde se dan la mano el hiperrealismo fotográfico de sus grandes flores e intensos colores que se nos aparecen como retratos no humanos de vida y solemnidad, pues solemne es la apuesta que se nos muestra delante de nuestros ojos; hasta sus cuerpos desnudos cargados de un erotismo y una sensualidad explícita. De esa primigenia forma de mirar el mundo tan presente en su obra, Sakiko Nomura se revuelve sobre sí misma para deleitarnos con espacios inertes y cotidianos de unas naturalezas muertas compuestas de árboles que nacen de la noche más oscura, como si fueran unos mágicos fuegos artificiales que se nos aparecen sin pedirlo en modo de mágica sorpresa, pues deambulan por un alambre difuso entre lo visto y lo sorprendente. Aquí es donde podríamos decir que sus fotografías nos relatan escenarios propios de las películas de David Lynch, con personajes agazapados en la noche, como es por ejemplo la instantánea del elefante manteniendo el equilibrio, y que nos sugieren la percepción de lo onírico de una forma directa. Oscuridades y sombras que nos narran un mundo subversivo como es el que transcurre en las horas en las que el mundo duerme, salvo nuestro inconsciente. 

Tierna es la noche también es un viaje literario a lo largo de los cuerpos desnudos de hombres (sobre todo) que se enfrentan a camas de sábanas blancas, en contrapunto con la tez más oscura de sus modelos. Hombres-modelo en los que se percibe la búsqueda de la empatía del espectador en un juego de atracción y escapismo cuando el retrato se pierde en la densa oscuridad de una noche que se desdeña como fruto del deseo. Imágenes que también nos muestran la amplitud del deseo en los cuerpos entrelazados en los que, en este caso, se nos priva de la visualización de los rostros, para dejarlo todo en mano de la imaginación del espectador. Aquí es donde la artista japonesa rinde homenaje al escritor norteamericano Francis Scott Fitzgerald, y donde nos revela, de alguna forma, la fascinación por esa primera opulencia que más tarde se apaga hasta caer en un pleno declive. Esa búsqueda inicial del deseo a través de cuerpos jóvenes y atractivos es en algún sentido tierna, a la vez que provocadora, por lo que tiene de invasiva en nuestros sentidos, por tratarse de imágenes que tienen tanta fuerza que nos invitan a imaginar y a completar lo que se nos muestra: el mundo a través de las sombras.  

Ángel Silvelo Gabriel.

lunes, 11 de noviembre de 2024

JAUME PLENSA, MATERIA INTERIOR EN LA FUNDACIÓN TELEFÓNICA: LA LUZ QUE NACE DE LA OSCURIDAD

 


¿De qué estamos hechos? ¿Cuál es la materia de la que partimos hasta convertirnos en personas de carne y hueso? ¿Primero es la idea y a continuación llega su ejecución práctica? Todo es materia oscura en el demiurgo del que procedemos. Materia interior de la que parte el deseo hasta convertirse en algo tangible. La luz que nace de la oscuridad. Y, a partir de ahí, poder llegar a afrontar la relación que une al yo con los otros. Pues somos seres humanos que existimos a través del otro. De esa colectividad nacen las ideas, las palabras y la especie. Como nos dice el propio Jaume Plensa, a propósito de la presentación de la exposición de quince de sus obras en la Fundación Telefónica bajo el título de Materia Interior: «Yo creo que todo nace de la oscuridad, por tanto, aquí podía hablar de ello» Y lo hace partiendo de una fotografía mural de su estudio titulada Paisaje de Jaume Plensa a modo de salón de máquinas que traduce lo intangible en tangible, la idea en formas y espacios tridimensionales engendrados para establecer una relación directa entre obra y espectador. Las obras de Plensa están pensadas para ser sentidas, acariciadas, contempladas y analizadas con la magnitud infinita de los deseos. Anhelantes, sugerentes, conmovedoras o retadoras se manifiestan ante nuestra vista como un juego: el de los sentidos como, por ejemplo, las que parten desde el hueco interior de las figuras femeninas de alambre donde sus rostros reflejan un contenido no sólo expresivo, sino también conceptual por lo que tienen de accesibles en sí mismas. De esa confrontación interior-exterior es desde donde logran conformar un todo presidido por el binomio belleza y sueño. «Mi obra quiere que cada persona se refleje en ella y mire a su interior. El arte tiene que ser este catalizador que nos permita crear una seguridad en nosotros mismos y nos permita hablar de ideas, de vibraciones. Vivimos en un momento de ruido que muchas veces no nos permite esos momentos de silencio. El arte tiene que ofrecer un mensaje de esperanza y positividad, de volver a creer que el ser humano somos más que esta violencia actual». 

Otra dimensión profunda y esencia de esta exposición es la que viene representada por el concepto del silencio y la importancia que éste tiene a la hora de desarrollar esa materia interior de la que partimos y de la que, en la sociedad actual, no hacemos más que alejarnos. Todo hoy en día genera ruido, estrés y frustración. Un frontispicio que el artista catalán explora con la serie escultórica Silence; una representación del mundo que habitamos a través de expresiones que nos invitan a la reflexión, y que son un gran espejo universal de lo que somos. Todas ellas, sin duda, son una síntesis de los temas recurrentes en la obra de Plensa: la identidad, la fragilidad de la condición humana, lo efímero, la espiritualidad el silencio, la comunicación o el lenguaje. Una fusión entre obra y espectador, que alcanza su máxima expresión en la serie titulada Glückauf?, en la que una sucesión de cortinas de letras que recrean la Declaración de los Derechos Humanos de 1948 permiten a los visitantes interactuar con ellas, igual que si de una sopa de letras interactiva se tratase, fusionando idea y materia en un único elemento, donde los sentidos del tacto y la vista se conjugan a la hora de generar nuevas ideas, y que podríamos conceptualizar como la unión entre el hombre y el conocimiento. 

Como manifestó el artista en la presentación de esta exposición que se podrá ver hasta el 4 de mayo de 2025 en la tercera planta del Espacio Fundación Telefónica, todo procede de la oscuridad, porque del cerebro nacen las ideas, de la boca nacen las palabras y en el útero se gestan los niños y las niñas, la vida. Y de esa vida parten los sueños. Sueños que se transforman en palabras, lenguaje, repetición o sonidos que tratan de acercarnos a esa materia intangible que todos poseemos: el alma. 

Ángel Silvelo Gabriel.

martes, 17 de septiembre de 2024

BILL VIOLA (1951-2024): EL ARTISTA QUE CONVIRTIÓ EL VIDEO-ARTE EN PURO SENTIMIENTO

 



En un mundo gobernado por las imágenes no cabe un mayor reto que hacer de ellas no sólo un mero escaparate de vivencias, vacuas la mayoría de ellas y sin ningún interés para el resto de la humanidad, sino una epifanía de los sentimientos humanos. Sensaciones que, en la mente y en la ejecución visual y estética que les dio Bill Viola, interpelan a la fusión del espacio que nos separa de la pantalla para convertirlo en algo mágico, pues consigue anular esa distancia hasta hacerla invisible (ficción y realidad unidas en un único plano). En esta sociedad donde todo parece estar al alcance de un click, no hay nada subversivo que ralentizar las imágenes mediante la técnica del slow film hasta convertirlas en un grito de guerra contra la frialdad y el hedonismo de la nueva sociedad woke que nos gobierna, porque no hay nada más atroz y ridículo que la yuxtaposición continua de imágenes sin más sentido que el del protagonismo no reclamado. Esa falsedad, entre otras consecuencias, es la que asesina día a día la experiencia del arte y nos hace confundir lo banal con lo auténtico que nace de la conciencia y experimentación. Herramientas que Viola exploró hasta llegar a esos espejos de lo invisible en los que se han convertido una gran parte de sus video instalaciones. De ahí la importancia que, con el paso del tiempo, las obras y vídeos del artista norteamericano tendrán en un futuro no tan lejano, porque son el mejor antídoto y el mayor legado que se nos puede dejar contra la omnipresencia de lo anodino, además de ser una barrera necesaria para evitar la catástrofe que conlleva todo arranque de exposición vital que nada tiene que ver con el arte. ¿Qué es el arte, entonces? En el caso de Bill Viola fue la expiación del mundo sensible y la posibilidad de mostrarnos cómo somos en los momentos más trascendentes de nuestras vidas. El amor, el odio, el nacimiento, la muerte, la alegría, la tristeza, o el milagro del renacimiento surgen en sus instalaciones como la conciencia de aquello que los seres humanos hemos olvidado con excesiva facilidad: la de mostrarnos tal y como somos, y no cómo queremos que los demás nos vean. Esa distancia ha sido la que el video-artista fulminó en post de una verdad incontestable: la de la realidad sin filtros, la de la lucha por la supervivencia ante la catástrofe, o la debilidad de las personas ante la fuerza de una naturaleza que en ocasiones se nos muestra tan devastadora como purificadora. Esa sensación a la hora de experimentar, mostrar e influir sobre todo aquel que se acerque a sus montajes hacen de la obra de Viola una biografía universal de lo que somos y hacia dónde nos encaminamos. Sus imágenes surgen de la necesidad de la búsqueda de ese más allá que en demasiadas ocasiones está al alcance de nuestras manos y sin embrago obviamos por pura distracción, el gran mal de la sociedad moderna. Viola nos habla en su obra de esa atención necesaria, plena y directa, a la par que sencilla, por la inmediatez de sus propuestas. Una sencillez que sólo es la excusa para adentrarnos en un universo único, por sensible y onírico, por auténtico y real, por expresivo y diferenciador. Viola nos hace viajar hacia el interior de nuestra esencia. Hacia aquello que nos moldea como personas. Hacia aquello que denominamos como alma. Un componente de nuestra personalidad que ha sido aplastado por la indigencia del falso reality en el que nos desenvolvemos. No hay nada más anodino que una sonrisa en Instagram, justo lo opuesto a lo que Viola dedicó su vida: la expiación de lo esencial, y de la materia oscura de la que estamos hechos, pues el video-artista convirtió su arte en puro sentimiento. Bill Viola ha conseguido con su obra que seamos conscientes de ese recogimiento íntimo y personal que logra sentirnos vivos y ser nosotros mismos sin tener la necesidad de exponerlo. Un recogimiento que nos lleva hasta el más puro anonimato, sin duda, la mejor herramienta a la hora de enfrentarnos a nuestros miedos y fobias. Bill Viola fue capaz de ver aquello que nadie ve. Fue el mago que nos acercó a lo que creíamos que no existía para ofrecernos la oportunidad de verlo y, sobre todo, sentirlo, porque su arte es un arte de la exaltación de los límites del ser humano a través de los sentimientos. No en vano, sus creaciones se asemejan mucho a las ventanas del alma.

Ángel Silvelo Gabriel.

lunes, 17 de junio de 2024

ERWIN OLAF, NARRATIVAS DE EMANCIPACIÓN, DESEO E INTIMIDAD: MIRARNOS A NOSOTROS PARA MIRAR AL OTRO

 


Una premisa: mirarnos a nosotros para mirar al otro. De ahí nace un juego de espejos y espejismos que nos atrae y nos rechaza. Imán y repelente que nos une y nos separa. Sinergias y sus transparencias que aluden a una forma de contar el mundo. Su exilio. La derrota. La libertad del yo. La emancipación del otro. Así, imagen tras imagen, composición tras composición surge el niño que fuimos que apunta al hombre que ahora somos. Dedo que traspasa la barrera del tiempo para llevarnos hacia el pasado desde un presente también lejano. Viaje provocador y, a la vez, mutilado por el dolor que provoca. Un dolor, del que esa distancia busca refugio en la intimidad y el deseo que nunca se apaga o se frena. El deseo por crear, por interrogarnos acerca de la inmaterialidad escondida en el infierno que alimentamos y nunca se apaga. Miradas que, como muy bien nos expresa Erwin Olaf en la exposición Narrativas de emancipación, deseo e intimidad (PHotoESPAÑA 2024, del 10 de mayo al 14 de julio en la Sala de Exposiciones del Centro Cultural Fernando Fernán Gómez de Madrid), buscan el letargo de la melancolía y la trasgresión del recuerdo con imágenes sobrecogedoras, exultantes o evanescentes. Miradas que se plasman en diálogos que resucitan nuestra capacidad de análisis a la hora de mirarnos a través del majestuoso espejo que nos ofrece el artista holandés en esta magna exposición acerca de los sentimientos humanos y los sentidos a través de los que éstos nos llegan. Sus fotografías tienen la potencia que envuelve a las míticas imágenes cinematográficas que se quedan adheridas a nuestra memoria, y a la intensidad de la evocación que nos llega a lo largo del tiempo. Imágenes y sensaciones que se yuxtaponen a los vídeos que se nos muestran en espacios oscuros que representan templos de recogimiento y veneración hacia aquello que a Erwin Olaf le sale de sus entrañas. 

Narrativas de emancipación, deseo e intimidad posee una plasticidad única, por intensa y militante. Una plasticidad que va desde la profunda melancolía que se recoge en la tristeza, hasta la búsqueda de una soledad y un silencio que busca refugio en plena naturaleza sin olvidar la estética arriesgada y delatora de los cuerpos desnudos que se exhiben y las múltiples interpretaciones que éstos nos sugieren. A lo que habría que añadir el minucioso estudio de los rostros humanos, y la potencia que éstos nos transmiten a través de la mirada, donde sus ojos y facciones, sus encuadres y posturas nos dicen tanto o más que el propio retrato en sí. Hombres y mujeres, niños y adultos. Todos los seres humanos posibles y las diferentes razas que habitan nuestro planeta se dan cita tras la cámara de un Erwin Olaf, que los adivina y nos los muestra de una forma sencilla, pero intensamente serena y reveladora. En esa forma de mirar tan particular y única nos acerca al ser humano sin más ambages que la verdad de su objetivo y su afán por llevarnos a realizar el viaje que él ha hecho. Un viaje hecho imágenes que alcanza su lado más íntimo en la última parte de la exposición, donde el artista holandés adopta el papel de protagonista y nos ofrece una multitud mágica y directa de su propio confinamiento durante la pandemia. Instantáneas de no vida, que poco a poco se van convirtiendo en autorretratos bicolores con supremacía del blanco y negro que nos alertan de un final: el propio. Un magnífico ejemplo de cómo romper la distancia entre realidad y ficción con una propuesta basada en la valentía de mirarnos a nosotros para mirar al otro. 

Ángel Silvelo Gabriel.

lunes, 25 de marzo de 2024

EXPOSICIÓN EL REALISMO ÍNTIMO DE ISABEL QUINTANILLA EN EL MUSEO THYSSEN BORNEMISZA: LA AUTORIDAD DE LA LUZ



 

Hay algo que siempre se nos escapa en aquello que vemos. Ese reflejo que nos devuelve la luz en todo lo observado. Un reflejo que funciona como un espejo que nos divide la realidad en dos: la experimentada y la soñada. Una dualidad que nos produce un lirismo que deambula entre ausencias y presencias. La ausencia de los personajes que observan aquello que no es mostrado, y la presencia de un universo repleto de objetos. Cotidianos. Grandes. Pequeños. Desgastados. Olvidados. Un universo al que Isabel Quintanilla da protagonismo en la exposición El realismo íntimo que se exhibe en el Museo Thyssen Bornemisza de Madrid. Un realismo sublimado por la autoridad de la luz, y la realidad que surge a través de ella. Un mundo ignoto e imprevisible que pasamos por alto sin apreciar ni sus matices ni sus siluetas, y que la pintora madrileña consigue convertir en arte. Arte observado. Arte ensalzado. Arte sobre la realidad que lo cubre todo. No en vano, Isabel Quintanilla dejó dicho que: «Porque en la realidad está todo. El artista lo que hace es transformar esa realidad en otra realidad que es arte». Arte que contrapone los objetos pintados a los observadores que los contemplan. Arte que indaga en la importancia de la luz y su capacidad para mostrarnos la esencia de lo dibujado y pintado, como continuación de la naturaleza humana, porque esa es la materia prima del arte: la búsqueda de aquello que nadie ve salvo el artista que detiene el tiempo en ese instante que de fugaz se transforma en permanente. De inasequible en asequible. Y de imaginado en perceptible. 

El universo pictórico de Quintanilla es el de la proximidad y cotidianeidad de unos objetos que, de un papel secundario, ella los eleva a un papel principal. Ahí es donde sus vasos de Duralex, o sus flores son el arquetipo de una belleza innata bañada de una luz mágica, autoritaria si se quiere, por su capacidad de iluminadora de nuevos matices y vidas que nos sugieren los objetos en sí mismos. Objetos usados, abandonados y tocados por las personas que tras su anonimato reflejan el poder de todo aquello que nos rodea por simple que nos parezca. Una sencillez que se transforma antológica en el uso de ese lápiz minucioso que se muestra implacable en sus cuadros en blanco y negro, plenos de texturas y matices que nos resultan imposibles de descifrar por el cariz multiorgánico de sus sombras y reflejos. Brillos y opacidades que van y vienen, y se nos revelan ante la luz única que los acompañan. Un espacio que va del blanco al negro, y que cuando se transforma en toda una amalgama de colores, se muestra transparente por su noción de inclusivo en cada uno de los objetos que se retratan, y si no, baste observar la nitidez de las raíces de las flores inmersas en un vaso lleno de agua. Colores que se muestran implacables e intensos en sus jardines de carácter pompeyano, y de fondos terrosos, a los que se le superponen naranjos y limoneros, arbustos y plantas que conforman un esqueleto perfecto de composición y de ritmo. Un ritmo infinito en sus marinas, donde el mar Cantábrico es exhibido plagado de múltiples matices y una densidad infinita siempre alejada de la playa. Una densidad que sólo busca su esencia: el agua. 

En ese juego que la pintora establece, entre su cotidianeidad interior y exterior, surgen los espacios vacíos de sus viviendas. Donde las puertas y ventanas se convierten en la guía que nos conduce a ese más allá de las formas y colores que las acompañan. Mesas, espejos, sillas, o los objetos que yacen inertes en su estudio, son el esqueleto sobre el que se sostiene la mirada limpia e íntima de una Isabel Quintanilla que también sabe mirar al exterior, para que al igual que en sus cuadros marinos, mostrarnos las ciudades de Madrid y Roma sin más especulación que la belleza sobre la que se sostiene su elección de encuadres y su percepción sobre lo observado, donde la luz, una vez más, es la tela mágica que lo cubre todo: majestuosidad y firmeza. En un diálogo de formas y colores y, sobre todo, sensaciones, pues ese es el gran secreteo de su pintura, la capacidad que tiene de manifestarnos todo aquello que obviamos en nuestro día a día y que tenemos al alcance de nuestra mano, o más concretamente, de nuestra mirada y la posibilidad de hallar en lo observado la magia de lo que nos rodea. Quizá, porque de esa naturaleza inventada y creada por el hombre parta su esencia y su alma. 

Ángel Silvelo Gabriel.

miércoles, 22 de marzo de 2023

EXPOSICIÓN DE JUAN MUÑOZ, TODO LO QUE VEO ME SOBREVIVIRÁ: LA DIFERENCIA ENTRE MIRAR Y SER OBSERVADO



Por mucho que nos miremos en un espejo la percepción de la vida que transcurre tras él nos está vetada de antemano, casi tanto como el reflejo que de nosotros mismos nos es devuelto. A pesar de ello, día a día luchamos contra esa volatilidad nuestra como ente físico que transita entre realidad y ficción a modo de mensaje onírico; un espacio indefinido que nos persigue por mucho que intentemos obviarlo. Ahí, es donde el artista juega consigo mismo y con nuestros sentidos cuando trata de burlar al paso del tiempo y, a través de su obra, emite un falso reflejo de la inmortalidad que no existe. Como muy bien dejó dicho la poeta rusa Anna Ajmátova: «Todo lo que veo me sobrevivirá». Una cita que Juan Muñoz dejó escrita en su último libro de notas, previo a su mítica exposición en la Sala de Turbinas de la Tate Modern de Londres en el año 2001. Todo es fugaz, sí, lo que sin embargo no nos exime para, entretanto, tratar de engañar a la perversidad que se esconde tras el trasunto de nuestros días. Un espacio-tiempo gobernado por unas normas que buscan la diferencia existente entre el mirar y el ser observado, o entre el ser y el deber ser. Una confrontación parecida a lo que establecemos cuando nos miramos en un espejo sin ser conscientes de lo que en verdad ocurre al otro lado del mismo, o incluso detrás de nosotros. Ese espacio que se transforma en bidimensional (delante-detrás) es en el que se refugia la obra de Juan Muñoz para entablar una serie de axiomas que van desde el concepto del silencio como no respuesta, —y que él ha indagado a través del teatro—, al concepto de la espera como deseo —lo que nos muestra mediante sus obras cuando éstas parecen un foto fija a punto de moverse—. De este modo, sus esculturas y composiciones se convierten en refugios de tiempo y deseo, de miradas y silencios, de reflejos y sinuosidades, donde la soledad del ser humano abarca y abraza cada una de sus propuestas. Propuestas que en ocasiones se abalanzan sobre ese mundo en miniatura que nos propone el artista madrileño. Un universo a menor escala que le permite a Muñoz jugar con la sensación de supremacía del artista sobre el espectador, y por ende, de lo creado sobre lo observado. 

La exposición de la sala Alcalá, 31 de Madrid, que se podrá ver hasta el próximo 11 de junio, es también una muestra de la fusión entre obra y espacio; un binomio que en este caso funciona a la perfección y dota a las esculturas y piezas expuestas de un nuevo protagonismo. Esta armonía que nace tanto de la elección de las obras como de su ubicación, le permite al visitante disfrutar mucho mejor de ellas, porque llega a convertirse en un elemento más de la exposición. Es a través de estos nuevos espacios abiertos, que interactúan entre el observador y las esculturas, donde se crea un juego cargado de adivinanzas y sus múltiples matices de un modo directo. Cuerpo y alma de un mismo relato que nos habla de la soledad que nos cobija y de esa gran mentira que nos convierte en autómatas cuando intentamos escapar de la realidad, como si estuviésemos condenados a no poder salir de nuestros cuerpos (normalizados en sus vestimentas, disminuidos en sus presencias físicas, sarcásticos en sus rasgos expresivos o implacables en sus posturas ante el otro). Cuerpo y alma de un mismo relato que también nos advierte de la diferencia existente entre el autómata y el humano, y sobre todo, entre mirar y ser observado. 

Ángel Silvelo Gabriel.

miércoles, 8 de marzo de 2023

LUCIAN FREUD, NUEVAS PERSPECTIVAS EN EL MUSEO THYSSEN BORNEMISZA DE MADRID: LA MELANCÓLICA Y SIMBOLISTA INTENSIDAD DE LA REALIDAD

 


El mundo puede ser tan grande como uno sea capaz de imaginar, pero también tan pequeño como uno necesite. Esa distancia entre imaginación y sentimiento es la que utilizamos las personas para sobrevivir y crearnos un universo propio donde cada uno de nosotros pone sus límites y sus reglas. Límites y reglas que, en el caso de los artistas, acaban plasmando en sus obras. Manifestaciones que surgen de la necesidad de reinterpretar lo que somos y lo que nos gustaría ser. El todo y la nada. La luz y la oscuridad. El yo y el otro. Una cadena que se va transmitiendo en eslabones que nos sirven para describir una fuerza centrípeta propia que se apodera de nuestra alma y nos define como individuos. Una fuerza que en muchas ocasiones nos mantiene unidos a un entorno muy reducido, un círculo íntimo que trazamos alrededor de nuestros sentimientos y que funciona como una membrana que nos aísla del mundo y nos identifica ante los demás. Este podría ser el caso de Lucian Freud si hacemos caso a los cuadros que se exponen en el Museo Thyssen Bornemisza de Madrid, porque podríamos redefinir el título de la misma: Nuevas perspectivas como El pintor y su entorno. Un entorno que en el caso del pintor alemán nace desde la melancólica y simbolista intensidad de la realidad. Un gran marco pictórico que él comienza acotando con unos primeros retratos de ejecución minuciosa. Retratos que comparten espacio junto a plantas y otros objetos que descontextualizan el rostro del personaje retratado. En ese difícil equilibrio que resulta de ajustar el fiel de la balanza de la vida que va de lo interior a lo exterior y a la inversa, Lucian Freud, en sus inicios, es un pintor esquivo que sin embargo poco a poco se va sumergiendo en una intensificación de la realidad que él acentúa a través de los grandes ojos, narices y bocas de sus modelos hasta llegar a convertirlos en perturbadoras y desgarradoras caricaturas de sí mismos (véase, por ejemplo: Muchacha con rosas). Ese aparente escapismo de sus inicios termina acaparando la materialidad de la carne, sobre todo, a través de pinceladas volumétricas y rígidas que se dividen entre empastadas y sueltas con las que consigue intensificar la realidad de aquello que retrata al fijar su punto de máxima atención en las miradas y las manos de los personajes que retrata, y también, en sus propios autorretratos. Una energía pictórica que a medida que avanza la exposición nos lleva hasta ese punto de melancolía y simbolismo que nos muestra en sus personajes desnudos. Retratos que nos acercan a esa otra realidad de la que siempre huimos y nos habla de la añoranza de tiempos pasados más ceñidos a la vida como éxtasis vital. De esa reflexión nace una paleta de colores marrones, anaranjados, rosáceos y anacarados con los que consigue un gran nivel de expresividad en las personas y el entorno que pinta. Un entorno, cuyo denominador común va a ser su propio estudio, como mejor forma de medir la realidad que se circunscribe a ese pequeño universo que él necesita para crear y con el que viaja hacia ese otro lugar tan amplio como su propia imaginación le permita. Este viaje de fronteras indefinidas es donde Lucian Freud se afana en crear un mundo de barbarie, perturbador y antiestético si se quiere, al que sin embargo, él en ocasiones dota de una dulzura y una sensibilidad conmovedoras (véase, por ejemplo: Doble retrato). 

La aniquilación de toda esperanza, por mucho poder que se posea, es otra de las visiones que el pintor alemán nos muestra en su cuadros denominados de “poder”, en los que, desde una visión más clasicista en la composición de los mismos, refleja el omnívoro paso del tiempo que experimentamos todos, cualquiera que sea nuestra condición social. Un hecho combativo contra el mundo, por su carácter irredento, que nos acerca a esa realidad de la que nunca podremos escapar. Un deterioro hecho arte y, por ende, auto-condenado a ejercer de espejo de una humanidad entregada al culto al cuerpo. De esa disfunción de la fealdad corporal y la corrupción de la belleza, podemos extraer otro de los grandes mensajes de la pintura de Lucian Freud: todo lo que nace muere, y quizá, por eso, no nos queda sino contemplar la melancólica y simbolista intensidad de la realidad de manos del pintor alemán.

Ángel Silvelo Gabriel.

miércoles, 18 de enero de 2023

EXPOSICIÓN “EL JAPÓN EN LOS ÁNGELES”. LOS ARCHIVOS DE AMALIA AVIA: LA ANTICIPACIÓN AL PASO DEL TIEMPO

 


La posibilidad de volver a ver lo que ya no existe es uno de los trucos de magia que nos regala la vida y el mundo del arte. La esencia de la que estamos hechos anhela aquello que fuimos por mucho que nos resulte doloroso, o incluso, cuando tan solo viene acompañado por la melancolía. Una saudade que percibimos tras la fina tela del paso del tiempo. La vida y sus momentos nos visitan entonces como un aura fugaz que nos cruza por el pensamiento y nos ilumina el corazón. Amar. Sentir. Añorar. Perder. Todo lo que existió dentro y fuera de nuestro cuerpo se nos viene encima como un aluvión de imágenes y sensaciones. Ese viaje sensorial que se expande a nuestro alrededor nos invita a transgredir la barrera del tiempo y anticiparnos —aunque sea figuradamente— al paso del tiempo. Manecilla conspiranoica de nuestra existencia porque nos obliga a viajar al pasado. Viajar es volver a sentir. Y también volver a ver. Ver a través de otros. Una opción que nos lleva a una heroica victoria sobre el tiempo, y que hemos podido hacer en la exposición “El Japón en los Ángeles. Los archivos de Amalia Avia, gracias a esta gran pintora realista que durante su dilata vida artística ha tenido la habilidad de llegar a detener el tiempo. En la magna exposición que la Comunidad de Madrid ha realizado de la pintora toledana y madrileña hasta el pasado 15 de enero en la Sala de exposiciones Alcalá, 31, hemos podido contemplar —atónitos— nuestro más reciente pasado en obras que se caracterizan por detener el tiempo en un efímero instante que, sin embargo, cuando te detienes delante de cada una de ellas, tienen la cualidad de la permanencia en el mismo y la plenitud y la fuerza del mensaje que transmiten. La capacidad de llegar a abrazar ese momento mágico es uno de sus grandes logros, pues imbuidos por su constancia, detalle y luz, caemos rendidos en ese otro camino que es el de la ensoñación de lo que una vez fuimos. Un camino en el que Amalia Avia se ha detenido con mucha intensidad en Madrid. Un Madrid atemperado por la luz. Un Madrid a medio camino entre el poblachón manchego que fue y la modernidad que se fue fraguando poco a poco hasta llegar a nuestros días. Un Madrid gris y ocre, por los colores que su mirada han querido resaltar. Una ciudad que nunca te deja indiferente porque te logra transmitir el mensaje de la extemporaneidad. No hay tiempo que haga sucumbir a sus calles, tiendas o monumentos, por mucho que los remodelen. Hay una memoria colectiva inherente a cada época, y la que pinta Amalia Avia es la de una época que se abría paso hacia la luz incierta del mañana. Un mañana que quiso ser distinto, pero que acabó siendo igual, como ocurre a lo largo de la historia del ser humano. 

“El Japón en los Ángeles” es la mejor yuxtaposición entre la pintura y su lugar en el mundo. Fiel cronista de su época que, sin embargo, en el caso de Amalia Avia comenzó con tímidas figuras humanas y cuadros relacionados con las fiestas populares o con las manifestaciones de los obreros en las calles, para desplazarse hacia el espacio más perenne de las fachadas, puertas, edificios y monumentos que, por sí solos, reflejan el retrato de una época, pues contemplarlos es adivinar cuándo transitamos por ellos, o sin darnos cuenta, cuándo nos paramos a observarlos. Estos anónimos lienzos, de esta forma, se transforman en el leitmotiv de nuestra memoria. Una memoria que en demasiadas ocasiones se limita a lo más próximo como símbolo de lo injusto que somos. De ahí que, otro de los aciertos de la obra de Amalia, sea el de abrirnos lo ojos y dar paso a esa otra memoria más colectiva, y quizá, de ahí provenga nuestra expresión de asombro cuando nos descubrimos a nosotros mismos delante de alguna de las obras que ella ha dejado plasmadas como un aguerrido guerrero —guerrera en este caso— que se superpone al paso del tiempo. 

Hay que destacar que no es solo lo exterior lo que se refleja con fuerza en la exposición, sino también lo interior a través de estancias, dormitorios, camas, cuartos de costura, etc., lo que nos sitúa de nuevo en el reflejo de una época que se nos fue por el balcón de los recuerdos. Recuerdos que son la mejor manifestación de la anticipación al paso del tiempo. 

Ángel Silvelo Gabriel.

domingo, 7 de agosto de 2022

ALEX KATZ EN EL MUSEO THYSSEN-BORNEMISZA: LA CONCEPCIÓN DEL COLOR SOBRE LA FORMA

 


Identificar el mundo con esa sensación de abandono que nos produce la luz, el sol, la vida. Una vida donde el color lo es todo, el epicentro de la resonancia de nuestros sueños y el objetivo último de esa concepción intelectual que transforma los niveles de expresión en arte. Arte puro. Sencillo. Arte que solo busca la perfección desde la sencillez. A través de esa primera impresión que nos transmite una paleta de colores plana, primaria y que explora los límites de las relaciones personales, el retrato clásico o la naturaleza. Ahí es donde Alex Katz, en la retrospectiva que el Museo Thyseen-Bornemisza de Madrid nos ofrece hasta el 11 de septiembre, siembra la armonía. Una falsa armonía que se esconde tras las grandes dimensiones de sus cuadros y su capacidad para obligarnos a ver más allá de sus simples formas. En esa relevancia del color es donde sus cuadros de retratos o más concretamente de grupos de personas se nos muestras unas veces como meros fotogramas de una película que se duplican sin llegar a invadir la multiplicidad de los espacios en los que personajes de esa Nueva York que él descubre junto a Ada, su mujer y sus musa, nos deja traslucir miradas que se pierden. Miradas que no buscan la conversación y se difuminan en el etéreo espacio que las rodean. Un Hopper sin la textura oscura de sus matices de colores o la exploración de la soledad individual, pues la soledad de Katz es colectiva y replicante. 

Otra de sus facetas más representativas se encuentra en los múltiples cuadros en los que inmortaliza a su musa, Ada. De lado. Boca arriba. De frente. Entre colores pasteles. Por encima de colores vivos y fuertes que se pelean unos sobre otros y contrarrestan de algún modo la serenidad con la que retrata la expresión de la gran dama norteamericana. Una forma de entender el mundo del arte que también reside en el gusto por el gran formato que él extrae de su pasión por las vallas publicitarias y las pantallas de cine, dos elementos que podríamos ubicar dentro del pop art y que en el caso de Katz son más el reclamo de nuestra atención a través de sus gigantes y sencillas formas. Toda su expresión se resguarda tras el color y su prevalencia sobre el resto de elementos pictóricos o artísticos. Y lo hace al modo de la música de jazz que él adora y utiliza mientras pinta para, mediante esa improvisación salvaje y onírica, buscar el presente. El presente que no es o deja de ser.

Ángel Silvelo Gabriel.

martes, 1 de febrero de 2022

ELOY MORALES, LA NATURALEZA DEL ARTE A TRAVÉS DEL PODER DE LA MIRADA

 


Atrapar el tiempo, la luz o la vida a través de la mirada. Reflejo íntimo e infinito del alma. Matriz del hombre y su poder de ensoñación. Viaje interpuesto entre realidad y arte. Una distancia que se aminora en cada retrato de Eloy Morales (www.eloymorales.es), tras cada capa de su pintura, en el interior de los ojos que dibuja, y en el reflejo que éstos determinan en la mirada y en la memoria de quien los mira. Observar sin otro objetivo que el del disfrutar del arte. El arte y su belleza, búsqueda y refugio que en la obra del artista madrileño se expresa mediante la naturaleza del arte a través del poder de la mirada. La naturaleza hiperrealista de sus retratos o autorretratos configuran un universo en el que perderse por el simple hecho de llegar a ese lugar que se nos propone desde el punto de vista que cada uno le conceda a su pintura. Lejos, cerca. Grande, pequeño. Cromático, monocolor. Capas del alma con las que su autor va desarrollando y haciendo crecer a sus cuadros y a ese misterioso devenir que nos proponen sus personajes que, salidos de la realidad, vuelcan todo su espíritu en el lienzo; una superficie en la que no se detienen, pues son capaces de abandonar las dos dimensiones para asentarse en el mundo tridimensional con la ayuda de los espectadores que los buscan y se detienen en sus relieves y en los mensajes claros y contundentes que reciben. La fuerza de sus rostros se alían con la melancolía y la plenitud expresiva de sus miradas. Llave mágica que nos abre el corazón y representa el resultado final de un descubrimiento personal por parte del artista que nos logra trasladar a un conocimiento del ser humano que se materializa en un recién nacido, un anciano, dos mujeres besándose, un adolescente… en los que no prima la necesidad del conjunto completo, sino la parte más ancestral y onírica de cada uno de ellos, tal y como quedó reflejado en su última exposición en la Galería Ansorena de Madrid (16 de noviembre a 17 de diciembre 2021), bajo el título  de Obra sobre papel. 

En la obra de Eloy Morales la imagen lo es todo, de ahí que su pintura se perciba por sí sola sin necesidad de más ambages que la naturaleza sensible que se desmorona sobre nuestros sentidos. A poco que uno se lo proponga cae en esa red donde el arte se convierte en belleza y misterio. Como decía John Keats: «Algo bello es un goce eterno». Pirámide de todo aquello que hace grande al hombre en su periplo vital exento de la oscuridad de la nada en la que se desarrollan buena parte de sus días. Esa ansiada plenitud, donde la luz es la protagonista de nuestra existencia, resulta más relevante cuando la podemos dar forma, algo que sin duda el artista madrileño consigue con sus composiciones pictóricas, plenas de un halo de realidad y misterio más que notables. De esa dualidad, donde la pintura que recubre sus rostros representa el arte, y el rostro sobre el que se depositan la realidad, nace lo que podríamos denominar como: la realidad, soporte del arte, donde el concepto pictórico del artista y las prodigiosas manos del artesano nos conducen a la esencia de una obra que palpita por sí sola y hace palpitar a quien se detiene en ella. 

Hay muchas dimensiones en sus propuestas artísticas, otra de ellas, sin duda, es la evanescencia de sus paisajes, animales míticos que proyectan sus relieves adheridos a esa naturaleza viva que las posee. Sus poderosos tonos verdes oscuros o difuminados, confieren a estos cuadros el poder de la relajación y también del viaje hacia su interior. No resulta difícil perderse entre sus árboles o ramas apenas sugeridos, o sobre el reflejo de un agua que parece sacada de un cuento. Esa letanía de incuestionables sensaciones arremete contra nuestros sentidos desde la elegancia que marca el ritmo de unas instantáneas que, robadas a la realidad, nos obligan a mirar el mundo desde el punto de vista que nos ofrece Eloy Morales. Unas composiciones de las que el propio autor confiesa que hay que ir un poco más allá para extraer de ellas las capas de las que están pensadas, sentidas y ejecutadas, lo que nos habla muy bien de ese significado trascendente que el artista busca a la hora de representar su obra. En este sentido, como decía Keats cuando definió su capacidad negativa: «no es sino la posibilidad de perder la identidad de la realidad para poder convivir con el misterio». Lo que, como apunta el poeta, lo aprendió de Shakespeare. 

De ese celo artístico, y de la minuciosidad plástica de su obra, hablan muy bien sus cuadernos de apuntes, que más que meros bocetos son una magnífica representación de esa energía con la que Morales se define amante de Velázquez y su obra, y que él vuelca en sus composiciones mediante un trazo rápido y limpio que deja muestras de una gran calidad. Ese dejarse llevar tan apasionado se verbaliza en conceptos y esbozos que por sí solos ya merecen el mayor de los elogios. Una materia prima exquisita y muy meritoria que no deja de sorprenderte a cada hoja que se pasa, donde sus animales: leones, monos, caballos; o rostros casi acabados o interrumpidos, por el rápido apunte que busca otra escena que representar, se hacen tan únicos como imprescindibles. Cuadernos que, por sí solos, nos hablan de una trayectoria y un camino que van hacia el hallazgo de la realidad como soporte del arte. 

Ángel Silvelo Gabriel.

jueves, 16 de diciembre de 2021

PROCESO Y EXCESO, EXPOSICIÓN DE PINTURA DE IRENE CUADRADO EN CASA DE VACAS. PARQUE DEL RETIRO DE MADRID: LA MAGIA DEL COLOR

 


De lo minúsculo a lo mayúsculo. De lo singular a lo múltiple. De la incertidumbre a la certeza. Del blanco al color. Etapas de creación y reflexión que cubren el proceso del exceso del mundo en el que vivimos y mal habitamos. Un proceso y un exceso que, Irene Cuadrado en su exposición en Casa de Vacas de Madrid, nos los plantea a través de la magia del color. Una magia que muchas veces comienza sobre fondos blancos adornados apenas con unos trazos, o unas manchas, de lo que más tarde será un macizo de capas que se superponen las unas a las otras, y cuya pigmentación nos obliga a contemplarlo todo desde la óptica de aquel que se precipita sobre un vertedero de luz y color al modo del festival hindú de los colores Holi. De esa explosión cromática nace la pasión de una propuesta maximalista que, sin embargo, busca los espacios mínimos que aún poseen algo de libertad. Espacios que representan la génesis de lo que luego será el todo: múltiple y único, delatador y apasionado, efectista y vívido. 

La policromía dentro de la monocromía nos advierte del riesgo que en sí mismo conlleva generar capas de pintura en forma de tisúes, porque de esa atracción por la magia del color se crean pasos indeterminados que bien es verdad que, a medida que avanzan, se convierten en un ballet de objetos que tanto pueden atraer al espectador como hacerle desistir a la hora de buscar aquello que le falta o le sugiere la pintura que observa. Un espejismo óptico del que sin embargo se libera cuando es capaz de resolver y percibir la dimensión simbólica de los objetos que se acumulan en el lienzo. Irene Cuadrado es una adalid del orden sobre el desorden, y por qué no, del mensaje que el arte en sí mismo posee sobre el exceso. Aquí, si hay un horror vacui, es el de la intensidad del color sobre la memoria y el recuerdo que se precipitan sobre los objetos que componen sus cuadros. Recuerdos y experiencias de un mundo nuevo que es especialmente adictivo al simbolismo de las marcas con las que nos identificamos, y con los objetos de consumo que utilizamos y después desechamos. Un proceso del exceso que plasma muy bien la artista en sus obras. Un proceso del exceso en el que también tiene cabida el olvido. La máxima condena que los seres humanos aplicamos sobre lo que deja de interesarnos o simplemente de aquello a lo que ya no le prestamos atención. La atención y la intención del proceso del exceso se convierte, en este caso, en la gran bandera del consumo sobre la que vertemos nuestros fallidos deseos. 

Más allá de esta majestuosidad pictórica interpretada como la magia del color, en esta exposición también asistimos al buen hacer de la artista cuando aborda los paisajes. Esos verdes que se iluminan y decoloran por la luz del sol. Esas transparencias de las hojas que lo adornan y adivinan, juegan muy bien con nuestra capacidad de mirar. De mirar y repensar lo observado y experimentado, pues sus paisajes es lo que desprenden: vida; una vida que surge bajo los rayos de un omnipresente sol que, aparte de ser la fuente lumínica por excelencia, es la luz que hace de guía para perdernos en cada uno de los dos paisajes expuestos. Paisajes que se convierten en bosque y senda, hojarasca y madera, armonía y luz. 

En esta exposición de monocromías polícromas nos encontramos con un espacio denominado como Comienzos, y en el que sobresalen los retratos que la autora ha ido creando a lo largo de los años. Niñas, adolescentes y mujeres, que suspendidas bajo fondos pasteles, o en profundos sueños, o en miradas ancladas en un objetivo, se nos revelan con la consistencia del gesto sencillo y la profundidad de su mirada. Estáticas y balanceantes, sus mujeres-retrato son el contrapunto visual y cromático a una forma de concebir el arte como la capacidad que tiene el ser humano de llegar a repensar el proceso y el exceso como parte de un todo en el que Irene Cuadrado nos ha querido hacer llegar bajo la magia del color.  

Ángel Silvelo Gabriel.

martes, 16 de noviembre de 2021

GUILLERMO PÉREZ MASEDO, TOPOLOGÍA DE UN VERANO EN AVINYÓ: EL PODER DE LA MIRADA SOBRE EL PAISAJE

 


Hacer de la mirada un arte hasta no distinguir la realidad del sueño, la verdad de la ficción, la nube de la lluvia, el horizonte de la tierra. Y, de esa forma, desplazarnos en una línea recta que nos atraviesa el corazón, explora el mundo de lo incierto, y adivina todo aquello que es inasequible al continuo movimiento que nos condena a no expiar el poder de la mirada sobre el paisaje. De esa forma de mirar nace la obra de Guillermo Pérez Masedo (https://guillermomasedo.com) pura entelequia a la que pocas veces identificamos como arte, porque el verdadero arte es aquel que no entiende de modas y se circunscribe a la introspección e investigación que el artista abate sobre su obra. De esa particular virtud nace también el pintor, el artesano que busca la línea perfecta que une trazos y colores, fusiona imágenes e ideas, y transforma nuestros pensamientos en algo tan líquido como la belleza. Belleza construida de horizontes y campos, casas y calles, luces y sombras que, poco a poco, se pierden en la magnitud de unos universos interiores que se desatan en el anonimato del día a día, en la acrescencia del ovillo del que nos resulta imposible librarnos. Esa fuente ingrávida de sensaciones, en el caso de la pintura de Masedo, se proyecta en una paleta de colores que humanizan el verbo que el pincel es capaz de definir sobre el lienzo. Artista y obra recogidos en la extraña topología de un verano. Único por su destreza. Intenso por su intrínseco poder de comunicación. Diluido por el descubrimiento del último horizonte. Hay una gran capacidad narrativa en este cuadro que, aparte de describirnos la naturaleza del paisaje, nos abre la puerta al viaje. Un viaje con líneas de fuga que se unen en el epicentro del universo pictórico de esta obra. Un viaje exterior-interior. Sencillo y colectivo. Rural y urbano. Pop y cubista. Onírico y real como solo lo pueden ser las grandes obras de arte que, en este cuadro, son el resultado del trabajo que se esconde bajo el talento, y que en ocasiones, brilla con luz propia como sucede en esta Topología de un verano en Avinyó, porque como decía Paul Cézanne: ver es pensar. Un ver y un pensar únicos que se alzan sobre la inconmensurable montaña de lo imposible para demostrarnos cuál es el auténtico poder de una obra de arte por sí sola. 

El diálogo entre el pintor y su obra queda plasmado en el subtítulo que acompaña a este cuadro: “49 estudios para un mismo paisaje (ext int)”. Un subtítulo que en sí mismo define el poder de esta obra. Un poder que radica precisamente en eso, en la capacidad que atesora de adentrarnos en el interior a través del exterior, porque con ello logra definir la estructura de los sueños. Cabe la posibilidad de que soñar sea mentirse, pero también de que sea el camino que nos traslade a un ver y un pensar en el que existe la opción de llegar a ser otro a través del paisaje. Y, en Topología de un verano en Avinyó, cruzamos ese límite mediante la ficción que se hace perpetua en los recuerdos, o con el pincel de las sensaciones que dibuja nuestras vidas, porque quizá una de las cosas más importantes en la vida sea la de aprender a mirar. A mirar y a mirarse dentro de uno mismo, y hacerlo entre las rendijas del tiempo. Ahí es donde surge la necesidad de iniciar un viaje, el propio, aquel que nos puede llevar a las entrañas de lo desconocido, o a lo más profundo de un bosque que en apariencia lo cubre todo. Un bosque que no es un bosque cualquiera, sino el bosque de los sueños. Un lugar donde no cabe mentir y sí disfrutar del arte de la contemplación. Contemplar aquello que conforma la esencia de la que estamos hechos, y no sentir miedo a la hora de hallar la verdad de nuestros más íntimos anhelos. En ese camino hay muchas etapas, una de ellas es la de escudriñar la naturaleza del paisaje. A través del color y su recuerdo. La abstracción y el misterio. Sensaciones adheridas a una belleza tan necesaria como el aire que respiramos. Una belleza que, en Guillermo Pérez Masedo, está protagonizada por 49 estudios para un mismo paisaje. 49 estudios que van desde el inicial orden de la naturaleza hasta el desorden de la habitación en el que acaba. Un final en el que sobresalen una fotografía y el rayo de luz que entra a través de la ventana. Imágenes yuxtapuestas que fusionan una sucesión de instantes que nos hablan de las huellas de la vida. Una vida protagonizada por lo uno y lo múltiple en un maravilloso travelling que nos invita a vivir y a reinventar aquello que vemos y de lo que somos partícipes. Imágenes que nos descubren la perversidad de la mirada sobre el paso del tiempo y su analogía con el silencio que siempre nos acompaña. 

Topología de un verano en Avinyó es un único paisaje que requiere contemplarlo en silencio y, a partir de ahí, soñar. Soñar para mentirse, y a la vez, para reencontrarnos con la posibilidad de llegar a ser otro mediante el poder de la mirada sobre el paisaje. 

Ángel Silvelo Gabriel.

sábado, 30 de octubre de 2021

EXPOSICIÓN DE AD REINHARDT EN LA FUNDACIÓN JUAN MARCH DE MADRID, “EL ARTE ES EL ARTE Y TODO LO DEMÁS ES TODO LO DEMÁS: CUANDO MIRAR NO ES TAN FÁCIL COMO PARECE


 

Nadie nos enseña a mirar, como tampoco nadie nos enseña a amar o a encontrar el verdadero sentido de la vida, que para cada uno de nosotros representa nuestro particular deambular por el mundo. Quizá, si nos parásemos a observar en lo más profundo del alma humana llegaríamos a atisbar algo de luz en el universo de tinieblas en el que nos desenvolvemos. Pero quizá no sea tan sencillo, porque mirar no es tan fácil como parece. Bajo la imagen que se nos presenta día a día hay un trasfondo que apenas nos limitamos a escudriñar. Sí, por falta de tiempo. Pero también por esa falta de interés que a medida que avanzan los años nos va sepultando en la mediocridad como si fuera una lava volcánica que no para de cubrir las laderas de las que procede. Contra todo, contra todos, surge el arte como sentimiento o el arte en sí mismo. Una expresión del ser humano que, como la del artista, busca un límite, además de la complicidad de los otros para desentrañar su verdadero significado. El pintor Jordi Teixidor nos habla de esta exposición como «la pintura del límite… o como lo que no se ve es lo que hay que ver». De ahí, sin duda, nace la reinterpretación de la esencia de la que estamos hechos. De la necesidad de inmiscuirnos en las entrañas de un arte que es pura abstracción y sentimiento por descubrir y disfrutar. Los cuadros de Reinhardt necesitan de esa cómplice mirada del espectador y de la necesidad del tiempo para poco a poco introducirnos en sus múltiples capas. Capas que nos hablan de lo abstracto y lo teórico, pero también del amor y la belleza. De la vida y la muerte. De lo incógnito y del descubrimiento. Magmas de colores que se cruzan e interseccionan. Que se trasponen y suplementan. Que se funden y se confunden en unas gamas cromáticas rojas, azules que, al final de su vida, llegan al no color: el negro. 

Brumosos, esquemáticos, a veces coloridos y siempre difuminados. Cromáticos…, sus formas poco a poco se diluyen en colores que se acercan y alejan, hasta llegar a encontrar la profundidad del color negro, donde también descansan cruces e intersecciones sobre las que se deposita la verdadera naturaleza del arte: aquella que nace de la abstracción del alma. Arte despojado de palabras. Arte que se define a sí mismo y en sí mismo. Un mimetismo pictórico protagonizado por un único deseo: el de observar la nada. Una nada capaz por sí sola de despertar emociones en el espectador. «El arte es el arte…» y, quizá por ello, admirar su plasticidad y su significado sean tareas difíciles de asumir por un mundo que se precipita en la búsqueda de materiales y elementos huecos, sin esencia y sin la multiplicidad de significados que poseen las obras de arte en sí misma. El arte es el arte y no admite más alternativa que la búsqueda de la belleza que, en el caso de Ad Reinhardt y esta exposición, sea la búsqueda de lo más esencial y primitivo que pertenece al ser humano: la necesidad de formularnos una y mil preguntas para poder llegar a encontrar alguna respuesta a todo aquello que nos mueve y nos conmueve como seres sensibles. 

La exposición de la Fundación Juan March está divida en dos. Por un lado, la sala recoge la muestra plástica de este artista minimalista norteamericano que se afanó en buscar la esencia de la vida a través de sus cuadros; y, por otro, una sala donde a modo de cronología se muestra la faceta del artista como profesor, escritor e ilustrador, junto a diapositivas de contenido artístico, que utilizó como herramienta educativa en sus clases y conferencias, algunas ilustraciones en libros, revistas, periódicos, viñetas, cómics artísticos y material diverso. En definitiva, una exposición que busca la opción de la pregunta o la interrogación, para mediante la duda que nos genera, permitirnos llegar a espacios y lugares en los que antes no habíamos estado o tan siquiera pensábamos que existieran. Quizá, porque mirar no es tan fácil como parece. 

Ángel Silvelo Gabriel.

jueves, 14 de octubre de 2021

CHEMA MADOZ, CRUELDAD (EXPOSICIÓN EN EL CÍRCULO DE BELLAS ARTES DE MADRID): LA BELLEZA DE LO INSÓLITO Y LA PERPLEJIDAD QUE NOS PRODUCE EL MIEDO


 

Todo ser material o inmaterial tiene su contrario. O el reflejo que nos sorprende cuando somos capaces de verlo. Algo parecido es lo que nos muestra Chema Madoz en las 73 fotografías que, bajo el título de Crueldad, nos muestra en el Círculo de Bellas Artes de Madrid. Ese nuevo espacio creativo que nos propone, es el que transcurre entre la belleza de lo insólito y la perplejidad que nos produce el miedo. Una belleza y un miedo que nos sugieren historias de rasgos atroces o violentos que no necesitan de la sangre para su expansión en los universos oníricos en los que se encuentran instalados. Esa capacidad de sugerir la tragedia a través de una buena dosis de tintes surrealistas fija su objetivo en aquello que nos resulta atroz, arriesgado, imposible… y sus propuestas nos llegan como los cuchillos que un lanzador abate sobre el aire tratando de esquivar a su diana. Esa destreza de lo minúsculo que es capaz de convertirse en mayúsculo y universal arremete contra los sentidos del espectador en una vuelta de tuerca que busca replantearnos la vida y a nosotros mismos. La magnitud de esos territorios inhóspitos se sacuden una vez tras otra, fotografía a fotografía y dejando al espectador la capacidad de terminar por sí mismo la historia que el artista nos propone en un continuum de espacios abiertos sacudidos por la perplejidad que nos provoca el miedo.  

En Crueldad, la vida y la muerte penden de un hilo como lo hace la trampa del tiempo primero imaginada y luego plasmada en un reloj cuyas horas no existen, lo que nos permite adivinar los abismos de los que estamos construidos. Así, la fotografía de los libros olvidados como cuentas ya dispensadas, nos confrontan lo insólito y lo cotidiano, tanto o más, cuando la belleza y la crueldad que ésta engendra conforman un juego de contrarios que nos permite adivinar a un esqueleto y la máscara que lo recubre (otra de las fotografías expuestas). 

La sucesión de imágenes extraordinariamente plásticas y sugerentes siguen mediante sogas que esperan a su condenado. Violines con hojas de afeitar capaces de cortar los dedos del músico que se arriesgue a tocarlo. O una pala que busca su tumba. Todos ellas imágenes al servicio de un arte que necesita de la muerte y su vehículo para ser culminados. Objetos minúsculos que recrean la astucia e inteligencia de quien los retrata, y luego de quienes los observan. En una muestra de que la cotidianeidad acepta tantas interpretaciones como uno le quiera dar. 

Así se va abriendo camino esta muestra donde nada es lo que parece, como le ocurre a las páginas en blanco de un libro que representan a la muerte o la inadaptación de lo desconocido, tanto o más que la instantánea de los libros acuchillados en ostentosas líneas horizontales que los mutilan en aras de la perversión que representa una sola línea sobre el todo que significa el libro en sí. 

Relojes parados por su propia inercia. Orejas rodeadas de espino que nos hablan del peligro y lo imposible, ambos detenidos por el ojo del artista y la imaginación con la que los retrata. 

Muros que son cajones de nuestra existencia y esperan a ser abiertos o saltados. Hombres de pie y enganchados a su propio camino. Hombres tumbados en un banco a los que solo se les adivina como si fueran un mera línea horizontal. Cuchillos que miden su propia capacidad de matar o aparecen ya vendados como víctimas de sí mismos… 

Fotografías que en su magnificencia plástica buscan la belleza de lo insólito y la perplejidad que nos produce el miedo. 

Ángel Silvelo Gabriel.

lunes, 18 de enero de 2021

CARLOS DEL AMOR, EMOCIONARTE: EL BOSQUE DE LOS SUEÑOS

 


Mirar, mirar, y volver a mirar, parece decirnos una y otra vez el narrador que nos abre la puerta de la ficción en cada capítulo de Emocionarte. Porque, quizá, una de las cosas más importantes de la vida sea aprender a mirar. Entre las encrucijadas del tiempo. Alrededor de nuestra vida. Frente al Partenón de la verdad… Delante de un cuadro. Para, a partir de ahí, iniciar un viaje, el propio, aquel que nos puede llevar a las entrañas de lo desconocido, o a lo más profundo de un bosque que en apariencia lo cubre todo. Un bosque que no es un bosque cualquiera, sino el bosque de los sueños. Un lugar donde no cabe mentir y sí disfrutar del arte de la contemplación. Contemplar aquello que conforma la esencia de la que estamos hechos. Y no sentir miedo a la hora de hallar la verdad de nuestros más íntimos anhelos. En ese camino hay muchas etapas. Una de ellas es la de escudriñar la naturaleza de la belleza. El poeta británico John Keats dijo que: «La belleza es verdad; la verdad belleza». En nuestro caso, esa belleza es una belleza hecha arte. A través del color. El paisaje. La abstracción. El misterio… Una belleza tan necesaria como el aire que respiramos. Una belleza que nos lleva sin remedio hasta la que Carlos del Amor nos muestra en Emocionarte (La doble vida de los cuadros); un trabajo con el que ganó el Premio Espasa de Ensayo 2020. 

Uno de los secretos de este libro es el atrevimiento con el que su autor nos invita a pasear por ese bosque de los sueños que representan todos y cada uno de los 35 cuadros que lo componen. Unos cuadros, y sus autores, sobre los que ha creado historias de ficción que nos dibujan esa capacidad que todos tenemos de mirar. Y, que en el caso de Carlos del Amor, es mágica, lúdica, introvertida, audaz o serena, porque en cada una de ellas, crea historias dentro de la propia historia del cuadro y su autor/a, que no solo nos lo presentan, sino que lo traspasan más allá de los límites del lienzo que contemplamos para proporcionarnos esa otra virtud que cada uno de ellos atesora: la universalidad, y también, la particularidad de su belleza. La belleza infinita que cada cual reconstruirá una y mil veces o quizá olvidará abandonada en una orilla, pero que no le dejará indiferente, como no lo es la vida propia de cada una de las obras que el escritor murciano afincado en Madrid ha elegido. Obras que a él le transmiten esa esencia que las hace únicas, y por ende, nos las acerca con la barita mágica de la imaginación que se hace real por un instante. Este truco de malabarismo convierte a Emocionarte en una suerte de realidad basada en la fuerza del arte. El arte entendido como un todo. Como una forma de apuntalar el mundo sensible. Aquel  que nos hace sentirnos otro en la búsqueda de la felicidad. Ese otro que siempre anda a la huida y al que apenas conocemos. Ese otro que es nuestro particular reverso, aquel que casi siempre tapa la vida cotidiana que llevamos; una vida llena de asperezas y miedos. 

Desde la sencillez del relato, y de la mano del rigor documental, avanzamos tras los pasos del autor como si lo hiciésemos a lo largo y ancho de un museo. El museo que Carlos del Amor ha creado para nosotros. Un museo maravilloso que deambula entre sombras, silencios y secretos. Un museo gracias al que accedemos a esa doble vida de los cuadros con la naturalidad de aquel que asiste a un nuevo alumbramiento: el de la belleza en sí misma. La belleza como huella perenne de toda una vida. Una vida con la que emocionarte. Una vida en la que poder perderte en el bosque de los sueños. 

Ángel Silvelo Gabriel.

domingo, 27 de diciembre de 2020

PIET MONDRIAN Y DE STIJL EN EL MUSEO REINA SOFIA DE MADRID: LA VERDAD DEL COLOR Y LA LÍNEA

 



Hay viajes hacia el futuro que son tan sorprendentes como insospechados. Viajes marcados por la virtud de la esencia. De aquello que se convierte en fundamental cuando apenas somos capaces de adivinarlo o percibirlo. Viajes, donde lo inédito, remarca el espacio, la luz y las dos dimensiones de una forma nueva, única e intransferible. La esencia, una vez más, es sobrevivir a esa gota apenas imperceptible que, de pronto, se convierte en cascada con el paso del tiempo. Líneas negras (finas, gordas) y colores neutros que cada vez se hacen más familiares y universales: moda, publicidad, arquitectura y un inclasificable y eterno estilo reconocible nada más verlo. Si un artista tiende a esa esencia del reconocimiento ajeno, podemos decir Mondrian lo ha conseguido con creces con su abstracto geometrismo, quizá, porque en su obra hubo un momento en el que buscó con ansia la verdad del color y la línea. Una verdad que siempre obligó al artista a posicionarse más allá de cualquier movimiento. 

La exposición Modrian y De Stijl nos muestra ese camino que se inicia con sus primeros cuadros de ámbito y temática clásicas con retratos y bodegones, para pasar por esos magníficos paisajes donde las pinceladas largas de colores bien definidos y expuestos en bandas horizontales, a buen seguro serán el gran descubrimiento de esta exposición para los admiradores del pintor holandés. En esos paisajes de tonos ocres ya se pueden adivinar la estratificación de espacios, que no de colores, de sus futuros cuadros abstractos de líneas negras y colores neutros. Ese es un camino que podríamos denominar como el que va de las dos dimensiones al azul unidimensional. 

Piet Mondrian también hace escala en alguno de los ismos de principios del s. XX como el puntillismo o el cubismo que lo sitúan en el espacio-tiempo junto al resto de grandes artistas de la época. En ese término del cubismo es donde ya podemos augurar sus trabajos posteriores, a los que dotará de la búsqueda de la belleza universal; una belleza que vendrá marcada por la sencillez y la universalidad de su lenguaje pictórico. Un lenguaje anclado en la unidimensionalidad de los colores neutros: azules, rojos, amarillos, negros, verdes…, sobre un fondo blanco; un blanco roto por la especificad de aquello que representa el esquematismo y la simplicidad de lo esencial. Esa búsqueda inasequible de la belleza le llevó hasta Nueva York, donde, en su particular estudio de la estructura de la línea y el espacio, proporcionó un nuevo protagonismo al resto de los colores sobre el negro, creando una multiplicidad de líneas y espacios que transforman a sus cuadros en bidimensionales, en los que un primer plano vendría marcado por la líneas de colores, y un segundo por las líneas negras que los sustentan. La intersección de unas y otras crean de nuevo cuadros estéticamente más apacibles, y teóricamente áreas que fijan más las estructuras y las formas que éstas crean, dando un nuevo lenguaje a su esquematismo abstracto y geométrico. 

Junto a Mondrian también podremos contemplar maquetas de edificios estructurados de una forma muy parecida a sus cuadros, donde los niveles de funcionalidad son planos, como planas son las dimensiones y espacios que crean en una búsqueda de una funcionalidad geométrica y cuadrangular. En ese recorrido que se nos muestra de la corriente De Stijl también podemos ver a los diferentes pintores de un movimiento, que Mondrian, abandonó para seguir su propio camino y alejarse, por ejemplo, del elementarismo de Van Doesburg. 

Piet Mondrian y De Stijl en el Museo Reina Sofía de Madrid, es una magnífica ocasión para revisar la carrera pictórica de uno de los autores más universales del s. XX. Una oportunidad de revisitar la verdad del color  la línea. 

Ángel Silvelo Gabriel.

martes, 24 de noviembre de 2020

“EXPRESIONISMO ALEMÁN EN LA COLECCIÓN DEL BARÓN THYSSEN-BORNEMISZA”: EL ARTE CONCEBIDO DESDE UN PUNTO DE VISTA LIBERATORIO



La misión principal de cada uno de los Ismos del siglo XX en las artes plásticas fue la de romper con todo lo anterior. En una singladura que podríamos denominar como de ruptura y descubrimiento. Pasión y desmesura. Libertinaje y desafección. Así, podría decirse que el expresionismo alemán toma las riendas del destino pictórico de un país que busca un nuevo tránsito estético a través de una perspectiva cuyo primer objetivo es el de manifestar su punto de fuga libertario (en la perspectiva, el colorido, la composición), como inicio y excusa de una vida bohemia proyectada hacia la libertad. Una corriente artística que, sin embargo, se verá frustrada con la llegada del nazismo y sus nefastas consecuencias: destrucción y muerte en lo general, y confinamiento y condena en lo artístico. Más allá del espacio geográfico y temporal, no es posible sustraerse a esta rebelión de las formas y los colores. De las caras sin definir. Los espacios claustrofóbicos. El primitivismo. La tensión. La fuerza. O el dramatismo a través de sus pinceladas gruesas, matéricas e irreductibles ; unas pinceladas que marchaban ajenas a todo aquello que no llevase consigo una ruptura formal y estética de lo que hasta ese momento residía en el alma del artista, concebido éste en el expresionismo, como una corriente sin freno en la búsqueda de su particular obsesión. No obstante, ese nuevo esquematismo parte de la influencia de artistas como Gauguin o Munch, por citar solo dos ejemplos. Artistas que, con sus proposiciones, también se adelantaron a las icónicas figuras cilíndricas o volúmenes envolventes. Un esquematismo que compite con un colorido abrumador y una libertad creadora marcada por una fuerte pulsión simbólica que, en ocasiones, nos muestra su transformación hacia el cubismo. 

En el expresionismo alemán, los retratos y los paisajes dejan de ser académicos para convertirse en puntos de fuga de la realidad y, de ese modo, transformarse en verdaderas estampas oníricas dirigidas por una visión transgresora que busca la otra realidad, aquella que se encuentra en el sentimiento y no en la reproducción estética de lo visto, sino de lo sentido. Esa fuerza arrolladora es la que moldean una y otra vez los cuadros de esta exposición acerca del expresionismo alemán basada en los fondos del Museo Thyssen Bornemisza, cuya particularidad reside en una distribución no cronológica de las salas y las pinturas expuestas, sino en la relación del barón con los marchantes, artistas y cuadros que compró, lo que nos permite explorar las pinturas de una forma distinta y única. La primera pieza de su exquisita colección fue La joven pareja de Emile Nolde. Un cuadro que llamó su atención por “su audaz gama de colores y la atmósfera tan particular que emanaba de ella”. Un adquisición que representa una clara ruptura y un gesto de rebelión contra su padre y el apoyo de éste al nazismo.  

En definitiva, la exposición El expresionismo alemán en la colección del barón Thyssen-Bornemisza es una magnífica excusa para contemplar las obras de Vassily Kandinsky, Franz Marc, George Grosz, Emil Nolde, Paul Klee, Ernst Ludwig Kirchner o August Macke, entre otros, como nunca antes habían sido expuestas. Unas obras que forman parte de un arte concebido desde un punto de vista liberatorio. 

Ángel Silvelo Gabriel.