La vida es un universo de espejos que nos catapultan al pasado si nos limitamos a hacerle caso a nuestra memoria o, al futuro, si intentamos atrapar la incertidumbre que gobierna a nuestra imaginación. Luces largas que, eso sí, más tarde sólo serán catadióptricos rojos minúsculos perdidos en la silueta de la carretera de nuestra vida. Como nos dice su autor en este magnífico ensayo sobre la vida, el tiempo y el mundo: «Antes perdíamos pasados pero ganábamos futuros, ahora hemos perdido el futuro y ya no sabemos cómo regresar al pasado.» Aquí es donde aparece el cine como universo y la capacidad narrativa de su autor para, a través de las palabras, crear nuevos mundos: literarios, ensayísticos, reales, ficticios, e incluso cinematográficos. Su destreza es máxima cuando nos habla del Holocausto sin mencionarlo, recorriendo esos terrenos adyacentes de la experiencia, el relato, la confesión o el paradigma que representa la posibilidad de imaginar más allá de lo que se nos muestra. En este sentido, asistimos a un gran ejercicio literario donde la realidad se superpone a los recuerdos, y la ficción no opta por ser un ejemplo de desmemoria. En ese gran viaje de espejos y reflejos es donde se halla la expresión de Claude Lanzmann: «Entre el tiempo perdido y el tiempo recuperado está la obra de arte», pues de esa grieta temporal surge un impulso, el del efecto trasgresor del espejo sobre el tiempo, por lo que tiene éste de perturbador sobre nuestras conciencias. Sinergias demoledoras a las que Hilario J. Rodríguez brinda la posibilidad de la reflexión sobre aquello que fuimos antes de que nos abordase la barbarie. En algunos casos, él lo hace mediante ejemplos de vidas que primero se convierten en espejos, luego en recuerdos, y al final en fantasmas. Sombras que nos gobiernan sin nosotros saberlo, pero que nos trazan ese universo onírico y documental que traspasa las barreras de la lógica. En esa batalla contra el paso del tiempo y a los recuerdos que éste aún ocasiona y las acciones que surgieron de esa barbarie es a la que se enfrenta Hilario J. Rodríguez para, a partir del Holocausto, transformar al cine en un universo capaz de narrar las sombras de aquello que ya forma parte de la Historia. Muertos convertidos en sombras a través de las que el autor de este ensayo traza una línea narrativa que va de lo general a lo particular en la que también se reivindica la sencillez de nuestras vidas. Existencias que continúan su desarrollo cotidiano a pesar del Holocausto, porque incluso en él hay vida, aunque ésta sea ficticia o impostada, por ser esa la única opción de poder seguir adelante.
Después de Auschwitz es una recuperación de vidas en imágenes hechas palabras que nos hablan de aquello que fuimos sin ser conscientes del todo de la barbarie que nos persigue en nuestro día a día. En este sentido, la maestría narrativa de Hilario J. Rodríguez vuelve a relucir como un potente destello cuando, sin miedo, experimenta y mezcla estilos y conceptos tanto literarios como formales que le llevan a recurrir a la dialéctica periodística, al ensayo, o al relato corto, como sucede en el último capítulo en forma de relato breve que, aparte de fórmula de cierre de un extraordinario libro, es un homenaje al oficio de narrar historias y a su pervivencia en el tiempo. Y, como no podía ser de otro modo, en este espectáculo metaliterario las figuras de Roberto Bolaño, Robert Walser o W.G. Sebald, entre muchos otros, surgen como referencias de esa cotidianeidad que traspasa las barreras del tiempo y se transforman en esenciales por lo que tienen de complemento a nuestra forma de mirar y reinterpretar la vida. Referencias que, como muy bien nos apunta Hilario en los agradecimientos, sirven para advertirnos de que: «Hay un arte que está diseñado para el lector, no para el espectador. Hay un arte que se lee, no se ve. Hay países que no se ven, se leen. Hay desiertos que no están hechos de arena sino de palabras». Referencias que también nos sirven para seguir soñando y pensar en el cine como universo.
Ángel Silvelo Gabriel.
