Tiempo de comunicaciones rotas

Tiempo de comunicaciones rotas

viernes, 29 de diciembre de 2017

NAVEGANDO ENTRE GIGANTES.- MICRORRELATO DE ÁNGEL SILVELO



Al despertarse, el dinosaurio se vio reducido a un diminuto muñeco de peluche. «Navegando entre gigantes», pensó. Pero justo antes de cerrar de nuevo sus ojos para poder seguir soñando, se dijo: «ayer también imaginé que ponía un pie en el aire y veía la ciudad iluminarse por arriba y no por eso dejé de ser lo que soy, un enorme dinosaurio».
Microrrelato de Ángel Silvelo Gabriel

martes, 26 de diciembre de 2017

EL PODER DE LA INFORMACIÓN. Un artículo de Manu de Ordoñana, Ana Merino y Ane Mayoz

 
Supongamos que mandan a un periodista a cubrir una charla de un autor de prestigio. Supongamos que el tema de la charla no se toca más que de refilón. Supongamos, también, que para escribir el artículo echa mano de sus mejores dotes de redacción. Imaginemos, ahora, que nosotros hemos asistido a la misma charla y al día siguiente leemos ese artículo, lo que provoca que, en nuestro estado de ánimo, se genere una reacción en cadena: sorpresa, incredulidad, consternación, auto convencimiento y, al final, enfado.
 
Sorpresa, porque con solo cuatro datos, pero bien distribuidos y en párrafos perfectamente desarrollados, ha expuesto el tema.
 
Incredulidad, ya que no se puede expresar mejor; ha puesto en práctica todas las tácticas narrativas:
  • Palabras exactas y buena ortografía para dejar una magnífica impresión.
  • Ideas organizadas y expresadas de modo claro, evitando así confusiones y malos entendidos.
  • Correcta distribución de la información. Una cosa por frase, párrafos cortos y puntos y aparte bien dispuestos para distinguir un asunto de otro, un momento de otro.
Después llega la consternación; es imposible hacerlo mejor:
  • La información es unitaria. Trata solo de un asunto que tiene diversas facetas, a modo de poliedro, pero que compone un todo. No se dispersa en cuestiones diferentes, pues se juega la coherencia.
  • También es completa, no le falta nada: la hora y el lugar en que todo ocurrió, su protagonista principal bien descrito, los detalles de cómo se comportó… Está expresado de una forma natural y sencilla; hasta alguien con un nivel básico entendería el mensaje.
  • Y no deja ningún cabo suelto, lo que termina lo empieza.
Llegados a este punto, aparece el auto convencimiento. Inmersos como estamos en un endiablado ritmo de vida, pendientes de varias cosas a la vez, quizá no prestamos atención y solo escuchamos la mitad de la charla, quizá nos ausentamos mentalmente y el periodista esté en lo cierto. El recién aceptado neologismo de la posverdad acaba de aparecer en nuestras vidas: distorsionamos deliberadamente la realidad, a partir de la lectura del artículo, y nos convencemos de que lo que allí aparece es real y así lo convertimos en cierto.
 
Pero nosotros estuvimos allí. El enfado acaba de hacer su aparición. Sabemos lo que allí se dijo y lo que no, y a renglón seguido nos entra el pánico cuando caemos en la cuenta de que todavía puede ser peor, ya que la forma en que lo narra el periodista hace que terceros que no estuvieron en esa conferencia se lo crean y vivan como verdad indudable algo que es una pura percepción.
 
Empate técnico. Ambos sabemos lo que en aquella charla ocurrió y ambos estamos seguros de ello. Lo dejamos en manos del narrador googlescente: “porque uno de los primeros deberes del periodista es informar de manera veraz”. Ah claro. Ahí está el problema.
 
En este caso hemos utilizado un evento de carácter cultural, donde no hay en juego nada importante para el espectador. Pero ¿y si se tratara de una información transcendental para los ciudadanos? ¿Dónde queda la responsabilidad del informador? ¿Dónde está la ética de la transmisión honesta de los hechos y el rigor en la redacción de una noticia?
 
Vamos a terminar con unas palabras de Jean Louis Servan-Schreiber, presidente del grupo periodístico L’Expansión ―revista de economía francesa fundada por él en 1967―, un especialista en medios de comunicación y un estudioso de economía aplicada a las empresas de prensa. En una entrevista a El País afirma:
”… se olvida que lo que importa es el contenido y la calidad de lenguaje y de estilo. Este problema se hace patente sobre todo en la prensa escrita: la mayor parte de los periódicos actuales se editan no para informar, sino para distraer, y es un hecho que cada vez existen menos periódicos de calidad, que son los propiamente informativos. La información del futuro sólo puede construirse sobre la calidad de los profesionales y de los periódicos y del profesionalismo y la honestidad de los periodistas”.
 
Y es que, a día de hoy, el poder de la información está en sus manos.
 
Un artículo de Manu de Ordoñana, Ana Merino y Ane Mayoz.

domingo, 24 de diciembre de 2017

WONDER WHEEL DE WOODY ALLEN: LA NORIA DONDE VIAJAN LAS PULSACIONES DEL CORAZÓN


 
La rueda de las preguntas gira y gira del cielo a la tierra sin llegar a pararse o posarse en un lugar determinado, quizá, porque la vida sea el símil perfecto de una noria que nunca se para y va dando vueltas y vueltas, vueltas y vueltas… Así se nos presenta esta pieza melodramática con tintes de comedia que tiende más a la teatralización que a la cinta cinematográfica y bebe casi por igual de las obras dramáticas de Tennessee Williams (Un tranvía llamado deseo), o de Arthur Miller (Panorama desde el puente), para ofrecernos las oscuras pulsaciones del corazón que se hallan escondidas tras cada grieta que nos ha producido la vida. Grietas que representan el fracaso de las elecciones amorosas y existenciales que se van acumulando dentro de nosotros mismos como un peso insalvable que nos impide despegar de nuestro propio foso. Woody Allen tira de esos elementos argumentales para presentarnos su última película, Wonder Wheel, bajo la luz maravillosa de una paleta cromática en tonos pastes del gran Vittorio Storaro, y una escenificación de ensueño que nos envuelve en cada movimiento de cámara y que es el perfecto encuadre material para el nuevo enredo de corazones rotos que nos presenta un Woddy Allen que, en esta ocasión, planea a gran altura sobre las pasiones humanas. En un rasgo fácilmente identificable dentro dela filmografía del neoyorquino, la trama no es introducida por uno de los salvavidas de las playas de Coney Island. Un personaje que es interpretado por un Justin Timberlake muy plano. Poeta de poca monta y joven enamoradizo que sabe aprovechar las oportunidades que se le presentan, es sin embargo, el perfecto paje de ceremonias que todo melodrama necesita como excusa o tarjeta de presentación de todo lo que en verdad mueve el mundo: las pasiones del corazón que, Allen, vierte sobre una magistral Kate Winslet y un estupendo James Belushi. Ambos, representan de una manera muy convincente el calor asfixiante que el corazón ejerce sobre el fracaso y sobre los deseos en un tórrido verano de los años cincuenta en Coney Island. En ese contexto claustrofóbico no hay escapatoria para unos perdedores como ellos, ni tan siquiera a través de la liviandad del mar que aquí se no presenta como un muro y no como una balsa hacia la salvación. No obstante, en el raquítico espacio existente entre las olas de la playa y la pequeña vivienda en la que viven (frente a la majestuosa noria que nunca se para), hay un infinito territorio en el que compartir y representar el gran teatro del mundo que se cierne sobre las almas atormentadas. 

Wonder Wheel, tiene muchos aspectos positivos, que la hacen destacar por sí sola entre los últimos títulos de Allen, pero si de algo podemos estar seguros, es de que asistimos a una de las mejores interpretaciones de Kate Winslet, pues la actriz brilla con luz propia y juega con nuestro sentidos en cada una de las escenas, sobre todo, en aquellas en las que ha sido filmada a contraluz, pues hacen de su presencia una especie de sueño hecho realidad, que se nos cuela entre la bruma de la desesperación que hay tras su mirada, lo que nos lleva a acordarnos de esa otra diva de la interpretación, Vivien Leigh, en Un tranvía llamado deseo, sobre todo, en el tramo final de la película. También reconforta ver la solvente actuación de Juno Temple que nos trae ecos de Kathie, el personaje de Miller en Panorama desde el puente. Ambas, dan luz a los contrastes que se esconden bajo el tamiz del amor que corre o sale corriendo dependiendo de cuál sea el papel que te toque interpretar, igual que una noria donde viajan las pulsaciones del corazón; una noria que no para y da vueltas y vueltas, vueltas y vueltas… 

Ángel Silvelo Gabriel. 

viernes, 22 de diciembre de 2017

RAPHAEL, GIRA LOCO POR CANTAR EN EL WIZINK CENTER DE MADRID: EL TRIUNFO APOTEÓSICO DE UNA “NUEVA” ESTRELLA DEL INDIE ESPAÑOL


 
Apabullante como la potencia sonora y visual de las versiones de las canciones, nuevas y de siempre, elegidas para esta última gira: Loco por cantar; indulgente con la mediocridad del mundo; apoteósico en la madurez de su carrera como músico y como mito; el indie más indie del panorama español. Así se presentó ayer en el Wizink Center de Madrid un rejuvenecido Raphael ante 15.000 personas que abarrotaban el recinto de una forma mágica, pues lo hacían a golpe de linterna de móvil o de grabaciones de vídeo que hacían de las gradas y del patio de butacas un éxtasis de luciérnagas nerviosas que luchaban por ese instante de magia que recordar en el futuro. Instantes de magia hubo muchos a lo largo de las dos horas y media que duró el concierto, porque aunque empezó de una forma mucho más cercana al pop-rock (formato elegido por Raphael para esta gira), al cabo de las tres primeras canciones, él les dijo a sus fans: «no os preocupéis que a pesar que de momento han sonado tres de las canciones de mi último disco, todos sabemos a lo que hemos venido aquí». Y dicho y hecho, porque nada más pronunciar esas palabras comenzaron a sonar los acordes de Mi gran noche, lo que produjo la primera gran algarabía de la noche en el patio de butacas. Raphael dice en sus entrevistas que siempre trata de montar un espectáculo distinto en cada gira, y a fe que, por los vistos hasta el momento, lo consigue año tras año. Ayer, acercando con gran acierto sus canciones a un formato pop-rock tan potente como majestuoso, porque la gran profesionalidad de sus músicos así nos lo atestiguaron, llenando de matices cada uno de los temas con las cuerdas de sus guitarras, bajo, baterías, teclados o piano, lo que unido a un no menos acertado juego de luces y elección de las imágenes proyectadas en las pantallas hicieron de su actuación algo distinto, aunque sonaran sus canciones de siempre. 

Fue una noche especial, de eso no cabe duda, de ahí que Raphael también quisiera regalar momentos nuevos y únicos a sus fans. Lo hizo a través de dos colaboraciones. La primera con Vanesa Martín interpretando el tema, Cada septiembre, que ella le ha compuesto para su último disco, Infinitos bailes, donde se ha rodeado de catorce artistas vinculados, de una forma más o menos directa, a lo que los especialistas denominan como indie español. Un tema donde ambos derrocharon una gran complicidad tanto de gestos como de voces. No obstante, la gran sorpresa de la noche fue la presencia de Iván Ferreiro en el escenario, cantaron a dúo Carrusel, el tema que el compositor gallego compuso para este último trabajo de Raphael. Aquí, de nuevo, la complicidad entre ambos fue exquisita, pues no faltaron ni los abrazos ni el baile sintético del gallego Ferreiro que parecía muy a gusto al lado del maestro, como él mismo le llamó al entrar al escenario. En dos horas y media de concierto hubo mucho espacio para todo tipo de canciones, intervalos e interludios musicales, por ello, no fue extraño el tiempo que Raphael le dedicó a sus canciones latinoamericanas, como él mismo las denomina y, que ayer, atacó de una forma más acústica. No obstante, el concierto siguió su curso sin apenas interrupciones más allá de las grandes ovaciones que pusieron en pie a los asistentes en infinidad de ocasiones, o de los cortos sorbos de agua que dio Raphael a lo largo del concierto, o de las tres o cuatro intros con las que nos deleitaron sus músicos, auténticos portentos que ayer exhibieron su músculo musical, infinito de genialidad y talento, pues aparte de la gran voz y personalidad del mito —Raphael— el éxito de éste no sólo se sustenta en la calidad de su voz, su saber estar o la profesionalidad de aquellos que le componen sus canciones, sino que también se sustenta en el soporte de los grandes músicos que le acompañan en sus directos. 

Pasadas las dos horas cualquiera de las canciones elegidas parecía la última, sin embargo, el entusiasmo de sus seguidores que no paraban de aplaudir, y el conocimiento que el artista tiene de los gustos y sensibilidades de sus fans hizo que se fueran descorchando una a una sus grandes bazas musicales. Canciones, todas ellas, que levantaron en infinidad de ocasiones a los allí presentes y, no sólo eso, sino que gran parte de las quince mil almas que allí había, coreaban todos y cada uno de los estribillos en los que Raphael les daba el protagonismo y la oportunidad de compartirlos con todos ellos. Quizá, hoy todavía estaríamos allí, si no fuera porque la hora de cierre de las instalaciones no se podía demorar mucho más allá de las doce de la medianoche, lo que ocurrió como si de unas adelantadas campanadas de fin de año se tratara, pues al llegar a esa hora, la luciérnagas del escenario apagaron sus luces para dar paso a las luces de la imaginación y la ensoñación de sus seguidores, que se fueron convencidos de que habían presenciado un nuevo triunfo apoteósico de una “nueva” estrella del indie español, llamada Raphael.

Ángel Silvelo Gabriel. 

EL JUEGO DE LOS DESEOS (PREMIUM EDITORIAL), ENTRE LOS 7 LIBROS DE 2017 CON LOS QUE APRENDER A MIRAR DE VEIN MAGAZINE. POR JAIME MARTÍNEZ

 
Ilustraciones mágicas, viajes introspectivos, criaturas insospechadas o un manifiesto feminista. Libros para leer el 2018 con nuevos ojos. http://vein.es/7-libros-2017-los-aprender-mirar/
 
6. “El juego de los deseos”, de Ángel Silvelo.
En la que supone su última novela tras Fragmentos (2001) y Los últimos pasos de John Keats (2014), el escritor Ángel Silvelo nos introduce en la íntima relación entre una madre y una hija para, a través de un viaje introspectivo por un abrupto mar de monólogos interiores, profundizar en los sentimientos, rencores, aspiraciones y secretos de sus protagonistas.
 
Conjugando las áridas noches de Afganistán con la hierática belleza multicultural de Toledo, temas como la guerra, la soledad, la incursión de la mujer en el ejército y las desconexiones familiares, sobrevuelan a lo largo de todo el relato bajo la alargada sombra de ¿hasta que punto conocemos, y comprendemos, a nuestros seres queridos?
 
 
Reseña de Jaime Martínez
 

martes, 19 de diciembre de 2017

MIS MEJORES LECTURAS DEL AÑO 2017: UN JUEGO DE MÁSCARAS SIN OTRO PROPÓSITO QUE EL DEL SILENCIO


1.- JAMES SALTER, LA ÚLTIMA NOCHE: AQUELLO QUE NUNCA LLEGAMOS A SER
Los relatos de Salter son como retratos de atardeceres, donde la interposición de los reflejos del sol sobre la proximidad de la noche no hacen otra cosa si no anunciarnos la cercanía de la penumbra, una penumbra que nos lleva a visualizar el fracaso, pero también la desnudez de aquello que nunca llegamos a ser. La fragilidad del éxito, la felicidad o la eterna juventud son el abono con el que los protagonistas de estos relatos siembran sus recuerdos. Recuerdos de otra vida, de otra meta e incluso de otra forma de ser que se quedaron en el camino. Esa cara oculta de la felicidad, en el caso del universo literario de James Salter, nos lleva hasta la traición, la expiación de la culpa y el miedo a cambiar de vida. Como quedó dicho en alguna de las entrevistas que le hicieron, su forma de escribir se asemeja a la de un avión que sobrevuela nuestras vidas. Con frases cortas, cambios de orientación en la historia —que lo acercan al mundo del cine—, y sobre todo, con su magistral manejo de la elipsis, Salter es capaz de crear en pocas páginas toda una vida, o extraer de ella lo que en verdad es importante. Esa presencia de atajos a la hora de afrontar un relato corto, le convierten en un narrador incisivo, cortante y cruel que, sin embargo, el lector agradece pues le sitúa en esa cara menos amable de la existencia humana, ésa que le obliga a replantearse una y otra vez sus puntos de vista y las circunstancias que los rodean.  

2.- ELIZABETH SMART, EN GRAND CENTRAL STATION ME SENTÉ Y LLORÉ: UNA EXACERBADA ANATOMÍA DEL AMOR
El amor tiene múltiples representaciones, y se muestra ante nosotros de diferentes maneras, pero el amor que nos describe Elizabeth Smart en Grand Central Station… es un amor líquido: «Todo lo inunda el agua del amor: de todo lo que ve el ojo, no hay nada que el agua del amor no cubra». Todo fluye en este relato cual río del amor, porque para ella ese sentimiento posee la cualidad de la licuosidad capaz por sí misma de derribar barreras, adueñarse de todos los territorios sin explorar, o inundar cualquier resquicio de nuestras entrañas hasta llegar a la sangre. Amor cristalino lleno de pureza, pero también amor rojo teñido de sangre. Sangre cargada de la pasión capaz de generar una nueva vida…, sangre de menstruación que significa la pérdida del fruto natural del amor.., y sangre limpia que se derrama a borbotones fuera de las venas para dejarnos sin nada. En Gran Central Station… representa la suntuosidad del amor, pero también, el viaje de libertad y dolor que Elizabeth Smart inicia cuando se enamora del poeta George Barker sin conocerle. A día de hoy, En Gran Central Station… está considerada como un clásico de la literatura, y uno de los hitos dentro de lo que se ha dado en llamar como literatura feminista, pues se encuentra en ese doloroso Olimpo junto a títulos como: Jane Eyre de Charlotte Brontë, Ancho Mar de los Sargazos de Jean Rhys, Al despertar de Kate Chopin, o Una habitación propia de Virginia Woolf. Y quizá haya pasado a la historia de la literatura como un clásico, porque en esa batalla contra el mundo y contra sí misma, Elizabeth Smart asumió el mayor de los riesgos: difuminarse en el devenir de sus días aún a riesgo de perder su faceta creativa, lo que sin embargo no la desanimó para hacer frente a su reto de enarbolar el amor incondicional hacia la persona amada.

3.- ROBERT WALSER, EL PASEO: EL CAMINO COMO GRAN METÁFORA DE LA VIDA
Adentrarse en el universo literario de Robert Walser es hacerlo en un torrente de palabras que te sumergen en un abismo intelectual y narrativo que no te deja indemne. Su mirada hacia el mundo desde la parquedad de lo cotidiano no para de abrirnos nuevas sendas que nos llevan desde lo más anecdótico a lo más profundo con sublimes momentos plagados de ironía, laconismo, humor, y cómo no: melancolía. Nada escapa a la vista del escritor suizo ni a su prosa que, de una forma afilada, nos presenta su necesidad de pasear como un camino inagotable que representa la gran metáfora de la vida, porque eso son sus definiciones, por ejemplo, acerca del recaudador de impuestos, su sastre o su visita a la señora Aebi. Su capacidad de asombro ante las más sencillas de las imágenes: «El mundo matinal que se extendía ante mis ojos me parecía tan bello como si lo viera por primera vez», es la que el escritor suizo nos transmite a los lectores cuando caemos por ese barranco pleno de sensaciones inagotables e irrepetibles, en ocasiones plagadas de nombres o adjetivos; en otras de sentencias o frases magistrales: «A veces ando errante en la niebla y en mil vacilaciones y confusiones, y a menudo me siento miserablemente abandonado», dando muestras que en lo cercano y cotidiano se encuentra la esencia de la vida. El escritor Enrique Vila-Matas nos dice que «Robert Walser, sólo respira paseando, sólo respira con una prosa que pasea y es amiga declarada de vagabundear...»; y es ahí, en ese vagabundeo donde Walser nos sujeta con firmeza para no soltarnos hasta la última palabra.  

4.- FLEUR JAEGGY, LOS HERMOSOS AÑOS DEL CASTIGO: LA FRÍA VOLUPTUOSIDAD DE LA ADOLESCENCIA
Arrebatarle a la vida las coordenadas del destino para reescribirla bajo la fría voluptuosidad de la adolescencia. Adivinar esos espacios por donde se nos escapan los días con la sola necesidad de taparlos para que todo se convierta en un espacio oscuro y frío donde antes reinaba la luz, o percibir el mundo desde un punto de vista único y diferente como el remero que boga contracorriente por mucho que sepa que sufrirá un duro desgaste antes de llegar a su destino: una bendita isla en la que sólo hay espacio para sí mismo y un mundo inteligente y perverso, lacerante y virginal, formal y caprichoso como sólo lo pueden ser las metas con las que soñamos en nuestra adolescencia. A todo ello, hay que unir un estilo narrativo preciso, inquietante y sugerente, tanto en los elementos literarios como vitales, y con los que la escritora suiza afincada en Milán, Fleur Jaeggy, nos muestra su experiencia cuando tenía catorce años en el internado femenino situado en el cantón suizo de Appenzell y su relación con la enigmática Frédérique, porque si algo sobresale por encima de las múltiples bondades de esta nouvelle reconvertida en obra esencial es su capacidad de mostrar. El universo que nos propone Jaeggy es eso, el inicio de un camino que el lector debe de tratar de terminar. Sugerir sin manipular, para llegar a las entrañas de aquello que nos es narrado, combinando el arte de la paradoja y, con él, tratar de que entremos en su tenebroso juego: «Su belleza se había convertido en una parodia. En la juventud se anida el retrato de la vejez, y en la alegría el agotamiento…», hasta convertir ese juego con las palabras en puro arte narrativo.  

5.- KNUT HAMSUN, LA BENDICIÓN DE LA TIERRA: LA SEMILLA DE LA VIDA QUE CRECE ENTRE EL CUERPO Y EL ALMA
El inicio de esta novela se parece mucho a la creación del mundo que se narra en el Génesis (algo que también hizo Albert Camus en su novela inacabada “El primer hombre” cuando comparó su nacimiento en una aldea de Argelia con el del Niño Jesús). En este caso, el protagonista de La bendición de la tierra, Isak, llega a una tierra inhóspita y virgen; una tierra que apenas los lapones han logrado pisar en su tránsito por las grandes montañas noruegas. Allí, llega nuestro hombre-dios sin nada más en su haber que la semilla de la vida que crece entre el cuerpo y el alma. Esta novela-mundo comienza así: «¿Quién trazó el largo, larguísimo sendero que recorre las ciénagas y los bosques? El hombre, el ser humano, el primero que llegó a esta tierras», una sensación de querer empezarlo todo desde la nada, que la convierte en una manifestación de ese inabarcable afán de Hamsun por apoderarse de la vida, el mundo y el ser humano, algo que ya consiguió en su primera y celebrada novela, Hambre, donde su anónimo protagonista ensalza la creación —literaria en este caso— desde la más abrupta miseria y desesperación hasta la mayor de las cumbres a las que el hombre pueda llegar nunca jamás. Esa capacidad para abarcarlo todo es también la que está presente en cada una de las páginas de esta novela, La bendición de la tierra, por la que el autor noruego recibió el Premio Nobel de Literatura en el año 1920; un año en el que el mundo todavía sólo podía fijar su mirada sobre el autor noruego a través de su obra literaria, desbastada años más tarde por su apoyo al nazismo.  

6.- PATRICIA ALMARCEGUI, LA MEMORIA DEL CUERPO: EL VIAJE DEL ALMA A TRAVÉS DE LOS GESTOS, LA MÚSICA Y EL CUERPO
La concepción del viaje puede ser tan amplia como uno sea capaz de imaginar: infinita si queremos conquistar el horizonte, o ínfima si visitamos a cada momento nuestras entrañas. La vida es un viaje y sus diferentes etapas, algo que olvidamos en demasiadas ocasiones, pues somos víctimas de nuestras propias cadenas. En este sentido, La memoria del cuerpo de Patricia Almarcegui es un viaje a través de los gestos, la música y el cuerpo, pero sobre todo, es una reivindicación de la libertad que va más allá de las propias imposiciones. El estilo narrativo de Almarcegui es amplio, de miradas largas con las que trata de atrapar aquello que normalmente no vemos: la esencia de los gestos. Con un perfecto dominio de las elipsis, nos pinta el paso del tiempo con trazos gruesos y matéricos, pero también indefinidos y evanescentes, que nos hacen perdernos en esa otra parte de aquello que no se nos cuenta y, que tan sólo nos insinúa, en una suerte de recreación de la otra vida que respira pasión y ternura, egoísmo y derrota, amor y sexo a partes iguales, igual que si todo surgiera de un combate entre el corazón y el alma. Novela prodigiosa en cuanto a lo propuesta, pues va más allá de la autoficción o las memorias. Novela mapa, pues nos muestra una ciudad de San Petersburgo majestuosa y única a través de los ojos y los sentidos de una maña acostumbrada a observar los desiertos. Novela sensorial por la capacidad que tiene a la hora de hablarnos de la luz, ésa percepción de la vida que nos va cambiando con el paso del tiempo. Y novela música, por la complicidad que demuestra en los movimientos, no sólo de su estructura, sino también en la forma de afrontar la escritura. 

7.- RAY LORIGA, RENDICIÓN: LA TRANSPARENTE FALACIA DEL ESTADO DEL BIENESTAR EN CLAVE DE FÁBULA Y LEXATIN
¿Quiénes somos de verdad?, esa es la pregunta que Ray Loriga se hace en su nueva novela, Rendición, como si fuera un Gulliver distópico que necesita de la mirada de los demás para saber cuál es el propio tamaño de su valor, y de paso, de su existencia y el mundo. Aquí, el autor arriesga, y podríamos decir que sale victorioso, pues ha trazado la línea de lo admisible y lo previsible para saltársela desde la primera línea y atreverse a romper con el resto de su producción literaria hasta el momento. Hay libros necesarios, libros arriesgados y libros valientes, de ésos que nadie pide ya a los libreros, y éste es uno de ésos, pues está concebido y escrito para romper fronteras e instalarse en el terreno de las incertidumbres, los miedos y la introspección que, de una forma aparentemente sencilla, nos llevan hacia la reflexión acerca del mundo que hemos creado, del mundo en el que vivimos y del mundo del que parece nada esperamos salvo la eterna felicidad. El protagonista de esta novela no tiene nombre, pero desde ese anonimato tan universal es capaz de enfundarse el disfraz de la duda que le lleva a buscar en la oscuridad y en la necesidad de sentirse un antihéroe. El olor a tierra mojada o la percepción del cambio de la luz a lo largo del día son percepciones con las que se alimentan nuestros sentidos, y que a su vez, nos producen sentimientos como el amor o el odio, y no sólo eso, pues son cambios que van más allá de la transparente falacia del estado del bienestar en clave de fábula y lexatin en el que se está convirtiendo este mundo plagado de autocomplacientes. Hay que reivindicar la duda, la oscuridad y la infelicidad a prueba de orfidales y valliums antes de caer en el abismo de la nada más absoluta. Y eso, a al menos, es lo que parece mostrarnos Loriga a la hora de plantearse un largo y profundo diálogo interior de más de doscientas páginas que, en sus inicios, nos recuerda a La carretera de Cormac McCarthy, y esa destrucción de un mundo de la mano de un hombre que sólo precisa de su ego para salir adelante.  

8.- GONZALO CALCEDO, LAS INGLESAS: EL TRÁGICO PODER AL QUE SE ENFRENTA LA FRÁGIL ADOLESCENCIA
Hay espacios en nuestras vidas que son como cámaras oscuras y vacías, donde no hay más vida que la de unos iconos imaginarios que se difuminan de una forma silenciosa en nuestro interior, sin que por ello, seamos capaces de quitarnos de encima la inadaptación y la desmesura que llevamos pegada al cuerpo desde el triste momento que nos cambia la voz. Tan irreconocible nos resulta a cada uno de nosotros nuestra adolescencia, como irreconocible fue nuestro primer amor o la pérdida de la infancia, porque todo se parece demasiado a tener que salir de esa cámara oscura y vacía en la que nuestros miedos y demonios no son visibles por el resto. Retar al mundo y retarse a uno mismo es una de las mayores tragedias a la que debemos enfrentamos, pues en demasiadas ocasiones ninguno de nosotros se interesa por ese anodino y gigantesco espacio exterior que nos rodea. En este sentido, la adolescencia es la reclamación de ese territorio propio en el que nadie más que uno mismo emite el pasaporte necesario para poder entrar en él. El mundo de un adolescente es una burbuja que, en demasiadas ocasiones, es transparente y frágil como la más fina de las pieles, y es ahí donde el carácter se moldea, y lo que llamamos vida, se nos muestra despiadada, pues no nos tiene en cuenta. Una trágica inadaptación a la que contraponemos una inabarcable desmesura y una hostil rebeldía, con las que huimos de un entorno que no aceptamos, ya que nadie acepta esa conquista de la libertad propia que nos sirve de llanto incomprendido. Muchas de estas circunstancias, a las que un adolescente se enfrenta en su vida, son bajo las que se construyen los relatos de Las inglesas, donde Gonzalo Calcedo, de nuevo, nos da muestra de su maestría como cuentista. 

9.- ANDRÉS ORTIZ TAFUR, TIPOS DUROS: HOMBRES QUE LUCHAN CONTRA SÍ MISMOS, DESPELLEJANDO A SUS SUEÑOS Y A SUS MALDICIONES
Hay que tener valor para afrontar la realidad —la del día a día—, ésa que no es como nos la imaginamos de pequeños ni como la que sale en las películas o en los anuncios de la televisión. Sin embargo, la verdadera encrucijada no es ésa, sino las opciones a tomar ante la situación a la que sin darnos cuenta nos vemos abocados. Así nos ocurre que, podemos dar vueltas y vueltas sin salir del punto de partida, o también huir, sin por ello desterrar a nuestros miedos del corazón. De una u otra forma, siempre perdemos algo por el camino. A veces es la dignidad, otras la cordura o incluso la ilusión por aquello que creíamos que siempre sería nuestro particular altar sagrado. La vida en solitario o la vida en pareja se parecen en los sortilegios mentales que volcamos sobre los demás. En el primero de los casos, lo hacemos sobre nuestra sombra cuando adopta la forma de conciencia, y en el segundo, lo manifestamos en el otro, para de esa forma no tener que arremeter contra uno mismo. En muchos de los relatos de Tipos duros, se concitan todas y cada una de las circunstancias señaladas, porque, sin duda, muchos de ellos son la radiografía de esa huida sin valor que no describe otro dibujo que el del propio círculo en el que estamos metidos.  

10.- CARLOS TAIBO, COMO SI NO PISASE EL SUELO: EL ROSTRO MÁS HUMANO DE LOS SILENCIOS Y MULTIPLICIDADES DE PESSOA
Una de las muchas frases que el poeta portugués dejó escritas antes de su muerte: «morir es sólo dejar de ser visible», con el tiempo, sin embargo, se ha convertido en una paradoja más de su vida y de su obra, porque igual que si fuera un fantasma que tiene la cualidad de la ubicuidad, Fernando Pessoa se no aparece aquí y allá como un dibujo desfigurado de su pretendida y anónima esencia —a él no le gustaba salir retratado en fotografías no fuera a ser que en ellas perdiera parte de su alma— en llaveros, camisetas y carteles publicitarios que de cuando en cuando, y según pasa el tiempo, más de vez en vez, pueblan las fachadas y las tiendas de Lisboa como un reclamo turístico más a añadir a la saudade —término inclasificable, ingobernable e indefinible—, que eso sí, se difumina con la primera neblina que recubre Olissippo muchas mañanas. Un manto de seda que por muy literario, poético y bello que nos parezca, no es real, como tampoco es real la imagen del poeta que recubre gran parte de su amada ciudad, porque más allá de parecernos un fantasma de sí mismo, es la caricatura que el destino, su destino, se ha encargado de asignarle lejos de su leyenda literaria, que ésta sí, es directamente proporcional, al número de papeles, legajos o documentos que van saliendo a la luz, fruto del trabajo de documentación e investigación que sobre los mismos se lleva haciendo desde el año 1979 cuando fueron donados por sus familiares a la Biblioteca Nacional de Portugal. Ahí es donde en verdad conoceremos al escritor y al poeta, y donde a su vez, sale ganando el artista, pues sólo tiene que hacer frente al destino a través de su obra. En este sentido, y en nuestra ayuda, Carlos Taibo en su libro titulado, Como si no pisase el suelo (Trece ensayos sobre las vidas de Fernando Pessoa), nos muestra el rostro más humano de los silencios y multiplicidades de Pessoa a lo largo y ancho de su vida, parándose en esos pequeños detalles, casi anónimos, que buscan el lado más cotidiano de una personalidad tan compleja como la del lisboeta, sedentario en lo geográfico pero gran explorador en lo literario. Ese uno entre muchos, al que siempre se nos alude, aquí sale retratado desde la multiplicidad del día a día de quien sube y baja, se retrata y se borra, se envalentona para después retroceder…, y sobre todo, desde esa perspectiva donde le intuimos arrebatado y conquistado a la vez por sus múltiples contradicciones, porque igual que su arcón mágico está repleto de proyectos inacabados, su vida se nos presenta como algo inconcluso, heterogéneo, anárquico y lírico, como sólo puede serlo la existencia de los genios. 

Ángel Silvelo Gabriel

lunes, 18 de diciembre de 2017

CASA DE MUÑECAS, DE HENRIK IBSEN BAJO LA DIRECCIÓN DE JOSÉ GÓMEZ-FRIHA: LA DIGNIDAD ENMASCARADA BAJO LAS LENTEJUELAS DEL AMOR


 
Todo puede ser tan pequeño como una casa de muñecas o tan grande como el amor que no tiene miedo al engaño, porque la diferencia se encuentra en los márgenes de la realidad con la que nos fabricamos los sueños; sueños rotos por el silencio y la fantasía. Tras esas gotas de lluvia en las que parece la protagonista, Mamen Camacho (Nora) hay un potente mensaje de lo que era y, sigue siendo, ese terreno dentro-fuera que la mujer representa en la sociedad, porque la expresión de la actriz con sus labios pintados y sus ojos enmarcados en tonalidades rosas mientras se apoya contra el cristal que la separa del mundo exterior con el simbólico vaho que le sale de la boca (mundo interior = fantasía), existe un mundo exterior: frío, mojado e inaccesible para ella y, del que tan sólo le separa una fina capa de cristal: transparente por un lado y amurallada por otro, que la aísla y la enmudece (mundo exterior = silencio). Con esa simbología dual, en cuanto a los colores y las situaciones, juega esta versión de Pedro Villora acerca del famoso texto de Ibsen, encaramado por méritos propios a la cumbre de la escena teatral y feminista, y que desemboca en una puesta en escena en la que sobresale el simbolismo del piano-costurero-armario-buzón de correos que, en sí mismo, representa aquello que guardamos de cara a los demás y nos guardamos para nosotros mismos, en un nuevo juego dentro-fuera que define muy bien la esencia de la obra. Aparentemente no hay un gran clímax dramático a lo largo de la misma, salvo en la escena final, donde brilla con luz propia en su discurso, Mamen Camacho, a la que no pudimos ver su particular juego gestual en dicha escena, pues al estar la sala configurada en U, nos tocó presenciarla de espaldas a la actriz. Y salvo ese salto mortal final, la obra se nos presenta como una comedia romántica inicial que avanza hacia la intriga y desemboca en un drama con marcado acento realista. 

La Casa de Muñecas de Ibsen, bajo la dirección de José Gómez-Friha es fiel, en cuanto a su desarrollo, a la versión original, y nos muestra la dignidad enmascarada bajo las lentejuelas del amor. Una dignidad, la de Nora, que se encuentra sumergida en la música de la pasión hacia su marido y, que transcurre por las siluetas de las caricias, la superficialidad y la necesidad de salir adelante, mientras esa dignidad se nutre y manifiesta hacia el exterior. Una dignidad que, sin embargo, se contrapone a los números escritos en las baldosas de color negro y, que la luz violeta, nos muestra en varias ocasiones para desenmascarar la ficción de un amor escondido en la singularidad y fragilidad de una pequeña casa de muñecas. Las verdades y mentiras de la vida y, los sueños que volcamos sobre ella, siguen manteniéndose de una forma asombrosa, a día de hoy, como hace ciento treinta nueve años. Los fornidos y opacos muros de antaño ahora son transparentes, pero siguen estando ahí, en ese mencionado juego dentro-fuera sobre el que cabalgan la verdad y la mentira, la dignidad y la desdicha, la realidad y los anhelos. En este sentido, no está de más que nos recuerden de dónde proceden esas fallas y cómo nos comportamos ante una de las taras más sonrojantes de la sociedad, a la que revestimos, eso sí, de unas telas propias muy llamativas para reivindicarla y engalanarla; unas telas que aún resultan insuficientes y, sobre todo, muy frágiles de cara a abordar un problema que, como tanto otros, está sumergido en la educación. El ostracismo de la mujer en una sociedad hecha y dirigida por hombres es todavía es más que evidente, y aún nos queda un largo camino que recorrer, para que a través de la igualdad, lleguemos a la dignidad. 

En definitiva, Casa de Muñecas, es un buen ejemplo de por dónde empezar, pues no hay mayor dignidad que la que comienza por la de dar luz a la propia, pues se trata de una dignidad sumergida en demasiadas ocasiones en las tradiciones y en el vaho del auto-engaño. Es verdad que el amor es el gran impulsor de las pasiones humanas, aunque en ciertas ocasiones, como en este caso, la dignidad se halle enmascarada bajo las lentejuelas del amor. Un amor que se pudre en el silencio y que busca refugio en una frágil casa de muñecas.
 
Ángel Silvelo Gabriel

domingo, 17 de diciembre de 2017

LA CONDENA.- MICRORRELATO DE ÁNGEL SILVELO


 
Tengo la sentencia del Magistrado en mi mano. No la leo, porque sé que me va a condenar. ¿Por qué todos creen que estoy loco y nadie me entiende después de mi gran descubrimiento? Ya sólo deseo contemplar como cae la nieve a través del gran ventanal del estudio en el que tú te encuentras, un muro tan fino como la tela del lienzo que me persigue. Si sigo adelante es por ti, porque me confieso tan indefenso ante tus poderes que ya no me molesto en vencerte. Mi abogado tampoco cree en mí y, antes de irse, me tiró a la cara un ejemplar de la Constitución rogándome que la leyera y que buscase en ella algún alegato que defendiera mi postura. Él tampoco me entiende, pero yo no necesito leer ningún papel impreso para justificar a mis sentimientos. Aunque mi mujer me condene con su presencia para el resto de mi vida, yo elegí perderlo todo y ser víctima de mi locura. De ahí que me rebele contra esta maldita sentencia que tengo entre mis manos, un papel que no entiende de amor, sino de leyes. Por qué nadie me comprende cuando es tan fácil de entender que yo sólo quiero estar a su lado y vencer la distancia que nos separa. Deseo tanto poseer aquello que me hace feliz que no me importa su apariencia. Su presencia en dos dimensiones, para mí, es mucho más real que las personas que me rodean. Qué haré mañana, cuando tú también abandones esta casa y acabes ante los ojos de otro. Esa será mi verdadera condena, no poder disfrutar más de tu sonrisa y no poder perderme en la oscuridad de tu mirada.
Microrrelato de Ángel Silvelo Gabriel

domingo, 10 de diciembre de 2017

HOTELES Y MALETAS.- MICRORRELATO DE ÁNGEL SILVELO


 
Hoteles y maletas, como el juego perfecto donde los sueños se pierden en la nebulosa de los deseos…, hoteles y maletas, como la perfecta combinación de las pasiones que primero dejan huella y más tarde se transforman en fantasmas de las ausencias…

Abro la puerta del armario mientras compongo esta serie de pensamientos perdidos en los últimos refugios de mi memoria. No me cuesta dar con la pila de maletas que se esconden en la silente oscuridad del fondo de mi nuevo closet. Cojo la más grande y la abro, conocedor de que las guardo al estilo de las matrioskas rusas, en un maravilloso juego que conjuga a la perfección orden y espacio. Cuando le toca la vez a la más pequeña, la saco a la generosa luz del pasillo, y, compruebo, si contiene algo en su interior. Entonces, un golpe repentino de mi memoria, me advierte del peligro que estoy corriendo, y mi cabeza se inunda de pensamientos del estilo: hoteles y maletas, secretos sin confesar… «¿Qué habrá detrás de su cremallera?», me pregunto…, pero cargado de una repentina valentía abro con decisión la intimidatoria cremallera; resultado: está vacía. Me la quedo mirando y recuerdo la ilusión con la que Inés y yo fuimos a comprarla a unos grandes almacenes, y cómo, por casualidad, nos encontramos con un viejo amigo de Inés que, también por casualidad, era el jefe de la sección de artículos de viaje. Aquel día, buscábamos una maleta para los fines de semana, pequeña, de fácil manejo y tan fugaz como los buenos momentos de intimidad y placer de los que disfrutaríamos en nuestros particulares viajes a hoteles que nos distanciarían de la rutina diaria, y, que además, nos acercarían el uno al otro. Y ahora que lo pienso, me doy cuenta que todos los verbos están conjugados en condicional. «¿Acaso cabe alguna condición en el verdadero amor?», me pregunto.

Hoteles y maletas, como deudores de falsas facturas exentas de cariño…, hoteles y maletas, como espejos rotos que declaman nuestros mezquinos sentimientos. Sí, todo partió de una casualidad, de un reencuentro, de un recuerdo; un inesperado recuerdo que hace que me fije en el pequeño bulto que sobresale de la tapa superior que, en su parte interior, tiene un compartimento destinado a las prendas más delicadas. Abro la cremallera, pero en vez de sacar su contenido, lo toco. Mi tacto sabe distinguir el calzoncillo olvidado de mi último viaje de trabajo, porque ese fue el destino final de nuestras inocentes ilusiones iniciales, reconvertirlas en viajes de trabajo y vacaciones familiares donde nosotros no éramos los verdaderos protagonistas de aquellas historias viajeras; o eso al menos creí yo. Víctima de mis propios errores, y de los ajenos, la cierro con decisión y la cojo del asa, pero cuando me dispongo a terminar de cumplir con mi misión, recuerdo lo que Inés me dijo aquella tarde: ¿cariño, has comprobado que esté vacía? Lo que de nuevo me lleva a nuestra última conversación:

—No— le contesté—. Sólo tiene el neceser de mi último viaje de trabajo— le miento.

—Será otra cosa— me contestó ella—, pues recuerdo haberlo sacado y haber usado ya todos los productos que contenía.

Hoteles y maletas donde las cúpulas de los recuerdos dejan de ser transparentes…, hoteles y maletas, como perfecto binomio de las declaraciones de guerra no pronunciadas. Todavía, víctima de mis propios errores, y de los ajenos, soy incapaz de firmar el armisticio que de una vez por todas me traslade a ese espacio donde sólo reine la paz que tanto necesito, pero como no me siento con las fuerzas suficientes para dar ese gigantesco paso antes de meter de nuevo la maleta en el armario, me pierdo en la inmensidad de la moqueta de la habitación del hotel en el que resido desde aquella fatídica tarde. Sólo le pedí dos cosas a Inés: quedarme con el juego de maletas e irme a vivir a un hotel. Y ahora, que de nuevo intento abrir la valija más pequeña para extraer aquello que no quiero ver, mi escasa inteligencia todavía es capaz de avisarme que no lo haga. Mi escaso valor para enfrentarme a la realidad me lleva hasta mi infancia, hasta aquellos días en los que pasaba las tardes viendo películas de misterio; películas de misterio en las que a veces, después de la palabra the end, no te enterabas de quién era el asesino. Y del mismo modo que entonces, renuncio a saber la verdad, y me engaño a mí mismo a la vez que por fin deposito la maleta en el lugar que le corresponde dentro del puzzle estilo matrioska, en un maravilloso juego que conjuga a la perfección orden y espacio. Pero cuando creo que ya he superado el miedo a salir del agujero donde me he metido, me quedo sin el aliento suficiente para poder sentarme en la silla del escritorio de la habitación del hotel en el que me encuentro, porque recuerdo, sin poder remediarlo, la sonrisa Profidén del antiguo novio de Inés. Un sujeto al que yo no conocía, pero que hasta este momento, yo creía que nos había vendido uno de los mejores recuerdos de nuestra vida.
Microrrelato de Ángel Silvelo Gabriel

domingo, 3 de diciembre de 2017

MUDA AMISTAD.- MICRORRELATO DE ÁNGEL SILVELO


 
Busco su voz en los pasillos de mi memoria y la persigo en el armario de los ecos perdidos, pero nada, no la encuentro. Nunca pensé en lo esencial que era para mí su presencia. Mi caprichosa ansiedad, teñida de falsete, no se resigna y explora entre los ecos navideños que ve en las caras de los niños, pero nada, ahí tampoco está. ¿Por qué se habrá marchado? Añoro su voz, y ansío no perderla dentro del cajón de mis mejores recuerdos. No quiero pensar que es una trovadora a la fuga, efímera como las canciones que interpreta y fugaz como el hálito de mi corazón cuando la escucha. Busco entre las melodías olvidadas que ella me devuelve con alegría y repaso siluetas, imágenes y nombres que sólo se hacen presentes con su presencia, pero nada, es pertinaz en su ausencia. «Quizá esté lejos», pienso, repartiendo la magia de su voz entre oídos agradecidos y rodeada de miradas que la recuerdan, que al menos una vez al año, debe compartir su muda amistad con aquellos que de verdad la necesitan.
 
Microrrelato de Ángel Silvelo Gabriel

sábado, 2 de diciembre de 2017

TEATRO TRIBUEÑE.- PROGRAMACIÓN DE DICIEMBRE

PROGRAMACIÓN NOVIEMBRE Y DICIEMBRE

Somos conscientes de que Valle-Inclán es para elite, pero no renunciamos a considerar a nuestro público merecedor de la bacanalia intelectual de Valle-Inclán de cada una de las piezas que componen el Retablo de la avaricia, la lujuria y la muerte que representamos actualmente.
 
 
LOS VIERNES DE VALLE-INCLÁN

Últimas funciones

 


DOMINGOS MUSICALES
 
 
 ESPECIAL NAVIDAD
 
 
 

jueves, 30 de noviembre de 2017

FERNANDO PESSOA, 30 DE NOVIEMBRE DE 2017: 82 AÑOS SIN EL PORTUGUÉS QUE CAMINABA SIN LLEGAR A PISAR EL SUELO


 
«Los dioses desterrados
y hermanos de Saturno,
a veces, al ocaso
acechan nuestras vidas…»
Extracto del poema, Los dioses desterrados, del heterónimo de Pessoa, Ricardo Reis.

Los dioses desterrados de nuestras vidas ocupan los espacios marcados por los restos de la arqueología de nuestra memoria, y se distraen visitando la gran bóveda de la ensoñación de las causas perdidas. Causas perdidas que, en nuestro interior, buscan todavía la poesía del viaje, como si esa metáfora que circunda nuestra imaginación fuese la puerta abierta por la que alejarnos de la interminable noche en la que vivimos. Noche eterna donde sólo escuchamos el ronroneo de los gatos en la oscuridad, y donde vivimos entre sombras y recuerdos. Entre sombras y recuerdos, porque nuestra memoria no abarca ya el tiempo que estuvimos luchando con todas nuestras fuerzas contra ese espacio infinito que, al igual que si fuera un desierto, nos dejó huérfanos de voluntad pero no de anhelos, aunque de alguna forma, lo único que deseamos es que la luz vuelva a nuestros sentidos, del mismo modo que buscamos que los dioses perdidos se transformen en dioses desterrados que, en vez de abandonarnos, caminen en paz por nuestro interior como esos hijos a los que nunca vimos nacer y, que además, se comporten como las sombras de nuestros sueños. Sin embargo, esos dioses perdidos y desterrados, lejos de depositarnos en las encrucijadas del silencio, componen una sinfonía de ecos que rebotan una y otra vez en los límites de nuestras entrañas hasta que se volatilizan en el instante en el que queremos hacerlos de carne y hueso.

Dioses de la nada, de un olimpo irreal y desbaratado, de un olimpo sin pena ni gloria en el que ya no nos resulta tan difícil comprender que, si no fueron hechos carne, al menos sí se quedaron en ese íntimo y particular olimpo que a nadie más que a nosotros nos pertenece, pues se comportan como un espacio donde las deidades no son tales sino meras recreaciones de nuestros más íntimos deseos. De ahí que, ese jardín de monstruos propios, sea directamente proporcional a nuestra imaginación, pues se ha transformado en una vasta y majestuosa capacidad intelectual y sensorial que nos ha llevado a crear infinidad de dioses desterrados en las tierras vírgenes de nuestra mente.

Dioses, mares, hombre y tierra; una secuencia mágica con la que darle cuerpo a un sueño: el de los dioses desterrados…, y no encontrados. 

Ángel Silvelo Gabriel
 

miércoles, 29 de noviembre de 2017

DE QUÉ HABLA MURAKAMI. Un artículo de Manu de Ordoñana, Ana Merino y Ane Mayoz

 
De la originalidad, de los lectores, de sus traducciones, de sus inicios, del béisbol, del jazz… En su ensayo De qué hablo cuando hablo de escribir (Tusquets, 2017) el escritor y traductor japonés Haruki Murakami (Kioto, 1949) repasa su periplo literario con la intención de dar a conocer cómo una persona humilde, honesta consigo misma y con los demás, llega a ser lo que es en el universo literario.
 
Pocos datos asoman de su vida personal: se casó y se vio en la necesidad de trabajar; abrió un bar donde organizaba conciertos de jazz. Posteriormente acabó sus estudios universitarios de Artes Escénicas. No le gustaba estudiar, por lo que nunca se esforzó demasiado (siete años le costó terminar la carrera). Se crio en una tranquila zona residencial, en el seno de una familia pequeño burguesa de asalariados. Leer fue su gran escuela. Si no hubiera leído tantos libros, mi vida habría sido más gris, apática, deprimente, incluso. En ellos aprendió muchas cosas importantes de la vida y no halló ni competitividad, ni reglas absurdas, ni juicios de valor.
 
En los años ochenta sintió la necesidad de irse de su país; le resultaba difícil escribir en una sociedad que se regía únicamente por el dinero y que se entrometía en su vida personal.
 
Su incursión en la escritura resulta curiosa: en un partido de béisbol, tras una jugada asombrosa, sintió que él también podía realizar algo increíble como escribir una novela. Sin tener ninguna idea, lo hizo. Al releerla, fue consciente de que lo que había escrito no dejaba ningún poso en el corazón. Entonces analizó el otro aspecto: el idioma. Con su lengua materna, el japonés, cuando intentaba construir frases para expresar un sentimiento, las palabras se le amontonaban. Por eso comenzó a escribir en inglés y, cuando tradujo el primer capítulo, se dio cuenta de que había aflorado una forma de narrar propia de él.
 
Ese partir de cero, ese No tengo nada que escribir inicial lo transformó en motivación y sobre esa base avanzó en la escritura. Para inventarse un estilo propio, se sirvió de la música, en especial del jazz, así como de frases cortas con una estructura gramatical más bien simple. Quizá no escriba con la cabeza, sino con cierto sentido corporal, como si fijase el ritmo con unos buenos acordes y me dejase llevar después por el poder de la improvisación.
 
De esta manera, Escucha la canción del viento (1979), su primera novela, ganó el Premio de Literatura Gunzou para escritores noveles, concedido por una revista literaria. Fue su inclusión en el ámbito profesional.
 
El premio le introdujo en la fama, pero no duda en afirmar que hay cosas mucho más importantes para un escritor que los premios. Lo que permanece en el tiempo para las generaciones futuras son las obras, no los premios. Por eso, solo en dos ocasiones más optó a otro premio, en este caso, el Premio Akutagawa. No le preocupó no ganarlo, es más opina que hubiera sido un inconveniente llamar la atención al trabajar en su bar. Sin embargo, los demás convencidos de que lo ganaría se sintieron obligados a consolarle. Incluso un día se topó con un libro publicado sobre el tema.
 
Es una persona que necesita mucho tiempo para cambiar el método que tiene de hacer las cosas. Por eso, comenzó escribiendo en primera persona del singular masculino y se mantuvo así durante un largo tiempo. Con sus primeros personajes le ocurrió lo mismo, al principio, era incapaz de ponerles nombre. A la hora de crearlos, no suele partir de una persona real, sino que prefiere fijarse en la apariencia, en la forma de expresarse, de actuar de muchas personas.
 
Le gusta reescribir, lo define como la actitud de un escritor frente a un trabajo que decide mejorar. Uno puede convencerse de haber escrito algo casi perfecto, pero siempre es mejorable. Por eso en esa fase de reescribir intento apartar mi orgullo y mi presunción. Después llega la primera lectora de sus escritos antes de la editorial: su mujer; discute con ella, pero admite que por lo general tiene razón y nuevamente lo reescribe.
Pocos escritores afirman tajantemente como él que nunca ha sufrido un periodo de sequía creativa. Y es que cuando no se siente con ganas de escribir, traduce del inglés al japonés. La traducción es un trabajo técnico por lo que no interfiere en la necesidad de expresar algo y es un excelente ejercicio de escritura.
 
La figura del lector no cobró existencia en él hasta que ganó el premio. No es de los que se prodiga en actos públicos, únicamente  da conferencias en el extranjero una vez al año o participa en lecturas públicas con firma de libros incluida. Le satisface que sus obras interesen a distintas generaciones.
 
Lo negativo de esta su profesión está en la crítica que nunca le ha apoyado —incluso calificaron de “contrariedad” el que un escritor se dedicara a la traducción— y puede que todo se entienda porque en Japón, quien hace algo distinto a los demás aviva una reacción de rechazo. Y en la soledad del escritor. Para él es como estar sentado en lo más profundo de una cueva.
 
A lo largo del libro reitera sin cesar dos números: el treinta, que alude a la edad en la que se convirtió en escritor y el treinta y cinco, los años que lleva escribiendo. Y es que él mismo se sorprende de llevar tanto tiempo haciendo lo mismo. De ese primer día mantiene la misma sensación a la hora de escribir, como si tocara música, la misma premisa de divertirse y la misma libertad para crear algo original. Soy un individualista nato, decidí hacer lo que quería y como quería.
 
De lo que no habla este libro es de sus gustos literarios, aunque es obvio el guiño a Carver: De qué hablamos cuando hablamos de amor (1987).
 
Un artículo de Manu de Ordoñana, Ana Merino y Ane Mayoz.