Tiempo de comunicaciones rotas

Tiempo de comunicaciones rotas

miércoles, 24 de mayo de 2017

ÁNGEL SILVELO FIRMARÁ EN LA FERIA DEL LIBRO DE MADRID 2017 EJEMPLARES DE SU ÚLTIMA NOVELA, EL JUEGO DE LOS DESEOS (PREMIUM EDITORIAL, 2017) LOS DÍAS 1 DE JUNIO DE 20:00 A 21:00 HORAS; Y 3 DE JUNIO DE 18:00 A 20:00 HORAS EN LA CASETA Nº 242 DE PREMIUM EDITORIAL


 
La caseta número 242 de Premium Editorial acogerá las firmas de Ángel Silvelo Gabriel, autor de la novela El juego de los deseos.
El jueves 1 de junio, de 20:00 a 21:00 horas (después de la presentación de la novela en la Biblioteca Eugenio Trías de Madrid); y el sábado 3 de junio, de 18:00 a 20:00, son las citas previstas para que todos aquellos que quieran hacerse con un ejemplar dedicado por su autor de esta novela que aborda de una forma novedosa dentro del panorama literario español la presencia de las mujeres en la Fuerzas Armadas Españolas. En la misma, se pone en valor el papel de nuestros militares en las Misiones de Paz en las que participan y se rinde homenaje a todos aquellos que han dado sus vidas en la lucha por la libertad.
 
Breve sinopsis
¿Qué lleva a Laura, Adela y Galiana a dar salida sus frustraciones alistándose en las Fuerzas Armadas? Pues ahí, al menos, es donde Ángel Silvelo sitúa a las tres protagonistas de su novela El juego de los deseos (Premium Editorial, 2017), para abordar, de una forma novedosa y muy real, el devenir de estas tres mujeres militares que tendrán que hacer frente a situaciones que nunca creyeron que vivirían. En este sentido, la novela parte de una prolepsis o flashforward a partir del cual se va construyendo una historia narrada a tres voces que nos llevará desde Qala-i-Naw en Afganistán a Ayamonte en Huelva, pasando por la Academia de Infantería de Toledo, en un periplo de misterio e intriga que nos depositará en un desenlace abierto e inesperado.

lunes, 22 de mayo de 2017

OLIMPIADAS DE LECTURA.- MICRORRELATO DE ÁNGEL SILVELO


Nos quedamos a vivir en la librería, allí, al menos, vendían libros. Okupas de las letras nos llamaban, quizá, porque nuestra dieta era mucha luz, algo de agua y una cantidad infinita de sueños. Aislados del mundo, corríamos detrás de cada palabra por el mero placer de hacerlo. Queríamos volver a sentir la suave caricia del aire que bañaba nuestro rostro cada vez que pasábamos una hoja. Éramos unos atrapa sueños que necesitaban volver a sentirse libres a través del alimento inmaterial que sólo un libro puede proporcionar a las metas imposibles. «¡Sois unos irresponsables!», nos gritaban los que no leían, como si fuéramos unos inconscientes que estaban poniendo sus vidas en peligro en unas oníricas olimpiadas de lectura. Pero a nosotros nos daba igual, porque el anhelo irrefrenable por volver a vivir un sueño, era más fuerte que la sensación de peligro que tanto nos jaleaban los demás, cuando nos recordaban que llevábamos varios días sin comer. Pero lo que ellos no entendían, era que, en el fondo, sólo éramos dos amantes de los libros que, mientras leían, habían materializado un anhelo: unir realidad y deseo. 
Microrrelato de Ángel Silvelo Gabriel 

domingo, 14 de mayo de 2017

NOSOTROS SÓLO QUERÍAMOS VOLAR.- MICRORRELATO DE ÁNGEL SILVELO


 
Aceptó el encargo de El Esclavo sin conocerla, pero el azar quiso que la concibiera de una forma diferente a las otras chicas a las que escribía cartas. Tuvo un presentimiento, pero lo dejó estar. Al día siguiente, cuando llevaba en su poder la carta que Ricardo Arana le había confiado, supo que no se la entregaría a Teresa, y en su lugar la invitaría a ir al cine. La vida en el Leoncio Prado le había enseñado a vivir el momento, y ya no imaginaba el amor al estilo de la “Pies Dorados”…

...Hoy han levantado el castigo a El Esclavo, y le ha dicho, que irá a verla esa misma tarde. Él ignora lo del cine y la carta fuera de encargo que le ha escrito. No pierde el tiempo y emplea sus influencias para salir del colegio y verla antes de que lo haga su amigo. Cuando llega a su lado, la coge la mano y víctima de sus dotes de poeta le dice: nosotros sólo queríamos volar, pero no sabíamos cómo batir nuestras alas. Entonces, una lágrima afloró en su mejilla y antes de que ella se pusiera a llorar, le dijo que la quería.
Microrrelato de Ángel Silvelo Gabriel

jueves, 11 de mayo de 2017

ELENA MEDEL, UN DÍA NEGRO EN UNA CASA DE MENTIRA (1998-2014): REBUSCANDO EN LAS INHÓSPITAS PAREDES DEL ALMA




Allá donde no crecen las pelusas, en los confines del infinito que atrapa a nuestra imaginación y a nuestros sentimientos, en ese lugar que nadie conoce porque nadie se atreve a asomarse a él, la voz poética de Medel va rebuscando en las inhóspitas paredes del alma, de su alma, esos porqués para los que nadie tiene respuesta. Hay muchas formas de viajar a lo largo de la vida, y una de ella es creando poemas, prosa poética o haikus igual que trazos sobre un cristal transparente que deja al descubierto las razones del alma y de nuestra existencia. Esta recopilación de poemas y contrapoemas que abarca el largo período de dieciséis años en la vida de Elena Medel, son el espacio de la creación, pero también, de la redención y la culpa, y de la expiación de ese letargo que nos adormece, y del éxtasis que nos obliga a saltar los muros que encontramos a nuestro paso. Subir y tirarse. Caer y dar mil vueltas. Pararse para volver a levantarse en la letanía de esa música que nos produce la incomprensión de un mundo que nunca es como lo habíamos soñado. En ese duro enfrentamiento entre lo vivido y los soñado es de donde parten los días negros de la voz poética de la cordobesa. De ahí, que sea de ese punto de inflexión, de donde nace la necesidad de búsqueda, de la interrogación que nuestros ojos reclaman al otro, de la aventura que resulta de conquistar ese otro espacio que al principio de nuestro viaje no sabíamos que existiera. Hay mucha indagación en los poemas de Medel, pero también ternura y muerte, y sobre todo, anhelo de certezas, de querer salir de ese mar de nubes que nos confunde y nos hace dudar. La duda, esa gran compañera en la exploración propia y ajena, se instala en los dedos que dibujan los versos de esta poeta que no tiene miedo a tardar ocho años en dejar cerrado un poema, quizá, porque los versos son como la propia vida, que necesitan sus etapas y el íntimo momento de darles carpetazo. Carpetazo lírico y existencial, abominable y mágico, cortante y único. 

Elena Medel se ha mostrado firme a la hora de afrontar esta antología de su obra hasta el año 2014, pues, como ella misma confiesa, sólo ha hecho pequeños cambios en algunos poemas, sobre todo, los del inicio. Por ejemplo, en Mi primer bikini (1998-2001) los poemas son como los sueños de una princesa-niña en los que la zozobra del amor, del culto al cuerpo perfecto, o el miedo a ser una misma, transitan entre líneas, como si la autora quisiera que jugásemos con anhelos más profundos; anhelos que sólo se producen tras la puerta de su habitación, bajo la íntima oscuridad de las sábanas de su cama. Versos que son como sueños húmedos de lluvia, azules de cielo, inciertos como la última miga solitaria del plato. Poemas que en Piercing son recuerdos que se tiran y estallan cual vasija que luego vierte todo su contenido al suelo mientras que nosotros lo miramos todo desde arriba, a una cierta distancia en el tiempo. Esa destrucción se transforma en autodestrucción en Monokini donde la voz poética aborda la ruptura con la adolescencia, con las tartas de cumpleaños, con Heidi y Espinete. Hay en estos versos una necesidad de romperse el pecho para instalarse un corazón nuevo en el que quepan nuevas emociones que, al principio, no sean como el rasguño de una cuchilla de sacapuntas, y que apunten más allá de los póster de la habitación donde reposan los recuerdos antiguos, como esa rebeldía auto impuesta ante la vida, el amor y la desidia a olvidar lo ya vivido como naufragios sin tabla de salvación: «Parece que mi Heidi también duerme/ Pero no,/ Ella es cruel como las institutrices políglotas./ Heidi, mientras rezo, se masturba al oeste de mi pecho.» 

En Vacaciones (2002-2004) asistimos al desgarro del primer intento de amor real, amor de carne y hueso que va más allá de las malditas y traicioneras hojas de papel. Tránsito entre el antes y el ahora, entre la primavera y el otoño, la posibilidad y el sueño. En este caso, la voz poética indaga en la proximidad del tacto, en la lejanía del hueco, en el azul de un cielo imaginario sin luna ni estrellas. Versos premonitorios como éste que cierra este poemario estacional: «Con las muñecas rotas/ te estoy diciendo adiós.» Algo que en Un soplo en el corazón (2002-2004) se traduce en la fugacidad del deseo, del amor, de un soplo en la nuca. Aquí, la temporalidad de los gestos, de la primavera, de un poema o de la geografía de la traición que nos acecha se hacen verbo y carne.

Las encrucijadas del tiempo y la vida se dan cita en Tara (2001-2006), donde la muerte de la abuela primero y de otros seres queridos después, reflejan una voz poética más queda y silenciosa, que indaga en los recuerdos y ausencias forzadas por el óbito de aquel a quien queríamos. Los poemas tienen forma de número de la no suerte (en concreto siete) que, como acróbatas del dolor devienen en poemas de la no vida. En este avance hacia el otro lado del abismo se produce un punto de inflexión que huye de los primeros miedos y rezos, de los funerales y las iglesias, de la niñez y sus virginales cuadernos de dos rayas. Hay un camino lleno de piedras a las que la poeta va dando patadas hasta dejarlo todo despejado. Después nada más que nos quedan las nubes que no saben de nuestra rebeldía y transformación en alguien que ya no se reconoce en lo de antes, y que ha calmado su furia pero no su temperamento perverso a pesar de todo, sólo adormilado por la dosis suficiente de serotonina que nos impide visualizar el abismo. Poemario, éste, más cercano en muchas ocasiones a los poemas narrativos, que son como una vida y muchas, pues hay muchas formas de vivir y revivir las ausencias, aunque ninguna de ellas como la propia, pues ésta está impregnada de las líneas que nos trazamos en las muñecas con nuestra propia escuadra y cartabón: «En esta tercera vida escribo poemas, duermo en hoteles, me embarco en relaciones sin futuro. Una persona normal, eso me dicen./ Mi corazón perverso se ha calmado.» 

En La caída del imperio romano (2003-2010) se encriptan los sentimientos, se contraponen los anhelos y la percepción de la realidad, y se exponen los grandes retos que nos presenta la vida, como el título de uno de los poemas de este conjunto inédito: «el corredor de fondo pierde el aliento», pues la voz poética necesita pararse para avanzar. Se avistan los obstáculos a lo lejos, y esta vez hay una íntima necesidad de esquivarlos, aunque sea tan imposible como eludir la lluvia para los naranjos. Disparos inmisericordes que nos perforan la memoria. Isola delle femine (2011) nos sugiere el aliento con el que se consumen las palabras, los gestos, las piel y los recuerdos. Aquí, el énfasis está en las sensaciones del tacto y el gusto, que definen minúsculas líneas en busca del silencio. 

Como ya definí en una reseña anterior, Chatterton (2014) es un poemario que ha sido calificado como de "generacional", y es el fruto de ocho años de trabajo, donde Elena Medel arranca espinas a la realidad y las clava cual chinchetas en sus versos. Ahí, donde se juntan esos pedacitos de realidad, gravitan la mirada de una JASP que nos inculca como nadie las ínfulas de que lo imposible es posible, hasta incluso, de que las mujeres que hay dentro de sí misma, y a las que éstas a su vez representan, son las heroínas de una intrahistoria llamada Chatterton que, a diferencia de la ópera en tres actos de la que toma el nombre y que recoge libremente la vida del poeta maldito inglés Thomas Chatterton, no necesita reivindicar únicamente la estética del fracaso para salir airosa de ese encuentro. Elena Medel igual que si fuera un profesor que ha escrito un manual de Geometría descriptiva en el que nos muestra la realidad tridimensional en sólo dos dimensiones, nos descompone la realidad y contrapone la luz al fracaso, la esperanza a la melancolía, y algunas certezas a la duda: «Nadie se posa en el alféizar —son veintiocho años/ de espacio adolescente—,/ pero qué ocurriría si el pájaro sobre el que he leído/ en todos los poemas/ se colara por el patio de luces y asomara/ por el alféizar de mis veintiocho años,». En esa rendija de luz que se cuela por la poderosa superficie del fracaso es donde nos quedamos. La melancolía de la pérdida se convierte así en una fe que no conoce límites, porque la redención del fracaso siempre es un pozo rico en hallazgos, igual que las heridas de nuestros errores nos recorren el interior de nuestra piel.   

El resto del volumen lo compone unos poemas que la autora ha titulado como Poemas de un libro en preparación (a los que no ha fechado), y otro conjunto de poemas bajo el nombre de Poemas dispersos. En el primero de ellos se hablar del amor, del amor futuro, quizá inesperado, adormecido en el frío de la noche y la dureza del golpe en las miles de preguntas sin respuesta que nos rodean cada día, a cada instante… Y en el segundo, se reclama el desorden; el desorden que recorre nuestra piel, el desorden que rebusca las inhóspitas paredes del alma.  

Ángel Silvelo Gabriel. 

martes, 9 de mayo de 2017

RAMÓN SURROCA, LENTA LUZ DE LA HABANA: EL PESO DE LA DIGNIDAD DEL DESENCANTO


Después de leer Lenta luz de La Habana de Ramón Surroca, cabe preguntarse cuánto pesan el alma o la dignidad, sobre todo, si sobre ellas se proyectan las sombras de los ideales de un régimen que comenzó siendo liberador para terminar convirtiéndose en totalitario. «No hay nada más veloz que la luz…, como los sueños que se resisten a morir», nos dice el autor al final del prólogo con el que se abre esta novela, y en el que ya nos ubica en el lugar y en el tiempo sobre el que transita esta historia que nos muestra el peso de la dignidad del desencanto, algo tan inmaterial como el alma o la materia de la que están fabricados los sueños, pues nadie más que uno mismo sabe de su valor y su trascendencia. De ahí, que casi al inicio de esta narración de “autoficción” uno de sus protagonistas nos diga: «Nos hemos acostumbrado a no esperar ya absolutamente nada, a vivir de los recuerdos». Y quizá, si Ramón Surroca pone en boca de uno de sus personajes tales palabras, sea porque una de las mayores tragedias del ser humano sea esa, ya que los recuerdos forman parte de la vida que se nos fue muriendo. En este caso, la búsqueda de la verdad anclada en la esperanza se muestra, por sí sola, como una bella manifestación de lo imposible, como imposibles son los sueños del que desea la luna cuando es incapaz de alcanzarla, lo que nos lleva a plantearnos que algo falla cuando el esfuerzo colectivo sólo tiene un reflejo positivo en las condiciones de vida de unos pocos, las de aquellos que solemos denominar como clase dirigente, porque entonces, la utopía de la libertad deja de ser un concepto inmaterial y deviene en la manera de afrontar y esquivar el laberinto diario que esa mala ejecución de los ideales lleva al desencanto a todos aquellos que un día lucharon y creyeron en ellos. En esta novela el aislamiento cubano no es sólo geográfico o político, sino que el acierto de Ramón Surroca está en mostrárnoslo como si fuera la búsqueda del hielo que el coronel Aureliano Buendía rememora frente al pelotón de fusilamiento en el famoso inicio de la novela de Gabriel García Márquez, Cien años de soledad, pues en muchos de sus personajes hay una reivindicación explícita e implícita de ese mundo que se fue y ya no existe, de esa realidad que ahora está impuesta por un día a día ni querido ni soñado. El realismo mágico del que en ocasiones beben los personajes de este viaje a las entrañas de la utópica búsqueda de la libertad por parte de los cubanos, es una muestra más del poder intrínseco que tienen los sueños y su capacidad para desvirtuar la realidad. Nora, Reynaldo, David, Óscar o Ana María, encarnan como pocas veces se da en la literatura esa travesía a lo largo del Ancho Mar de los Sargazos que Jean Rhys nos dibujó en la segunda mitad del siglo XX, para mostrarnos la desigualdad de aquellos que se convierten en extraños dentro de su propia tierra, en una especie de exilio que va más allá de uno mismo y de la conquista de su propia libertad.

Ramón Surroca en Lenta luz de La Habana también nos plantea, entre otras muchas cosas, no sólo la necesidad de la lucha por unos ideales, sino la importancia de la necesidad de la esperanza. Un pueblo sin esperanza es un pueblo muerto, y es ahí, donde el narrador de esta historia lucha contra sí mismo y su propio abatimiento cuando comprueba de primera mano el estado real de los cubanos que en su día apoyaron la “idealidad revolucionaria”. En este sentido, hay un juego de espejos que emiten imágenes y reflejos en varias direcciones, pues si los cubanos añoran la libertad con la que se vive en Occidente, el narrador siente lo contrario cuando ve el espíritu de lucha y sacrifico que tienen los cubanos a la hora de seguir manteniendo vivo el valor de unos ideales que han naufragado en su ejecución práctica con el paso de los años. Y de ahí deviene el sentimiento de culpa del narrador por ser embajador involuntario de un mundo anhelado por los demás. Sin embargo, hay una última posibilidad para la esperanza, y esta no es otra que la oportunidad del diálogo que nos presenta la opción de explorar los conceptos de “idealidad revolucionaria” —que han llevado al narrador y a Caterina a Cuba—, y el de la “rebelión” ante la severa experiencia de la situación real de los cubanos. Y es en esa confrontación biunívoca donde unos y otros ensalzan aquello que no tienen.

No obstante, la novela es también un viaje interior en el que su protagonista pone en cuestión su forma de ver y entender la vida, sus ideas y sus ideales. Y de esa obsesión nace este collage al que el narrador ha titulado como Lenta luz de La Habana que, tal y como él nos apunta, sus personajes «simbolizan la fe en valores que nunca debería abandonar el ser humano». A lo que hay que añadir que Ramón Surroca lo hace desde el punto de vista del narrador omnisciente, intentado mantener siempre ese punto de equilibrio entre lo vivido y lo recordado, lo visto y lo sentido, lo deseado y lo negado, lo que le proporciona a la historia un plus de autenticidad, pues en ningún momento se nos trata de llevar manipular, sino que más bien todo lo contrario, porque el autor se limita a mostrarnos aquello que él vivió hace algo más de veintidós años, y de esa forma, que cada lector extraiga sus propias conclusiones. En este sentido, cabría apuntar que estamos ante una novela atmosférica, no sólo por esas tormentas tropicales y lluvias torrenciales que acompañan el devenir de los personajes en esos momentos del día donde parece que todo se desvanece, sino que esta sensación también se produce cuando el narrador aborda las abundantes y minuciosas descripciones del entorno que visita, y cuando describe las impresiones que le sugieren cada uno de los personajes, a las que en muchas ocasiones el autor remata con una frase certera, por lo profundo de su mensaje; y brillante, por los magníficos juegos de imágenes que consigue con sus metáforas.

En definitiva, Lenta luz de La Habana nos narra la forma de vida de unos personajes que, entorno a una nueva forma de asociacionismo a la que ellos denominan como “la cooperativa”, nos muestra su lucha diaria por buscar y encontrar nuevas vías de llevar a cabo la revolución en la que un día creyeron de una forma digna, quizá, porque no les queda más remedio si quieren seguir soportando el peso de la dignidad del desencanto.

Ángel Silvelo Gabriel.

lunes, 8 de mayo de 2017

ME LLAMO ÁNGELA Y TENGO UN CROMOSOMA MÁS

 
Este es un libro escrito en primera persona con la voz narrativa de una niña con Síndrome de Down que explica cómo es su vida de forma amena y sencilla, desde la perspectiva de alguien que vive con esta característica. No pretende ser un libro informativo o manual, sino un acercamiento amable y cariñoso para los niños de primaria que desconocen el tema. Y también para los adultos.

Todos los ingresos de la venta de este libro irán destinados íntegramente en beneficio de los niños con Síndrome de Down y su inclusión en la sociedad.
http://www.down-town.org.mx


¿Qué te pedimos?
1) Si es posible y te animas, a comprarlo: https://www.amazon.es/dp/B06XWZZ9Q9 , eso nos ayudaría mucho para posicionarlo en Amazon.
2) Que reenvíes este correo a tus contactos, para difundirlo.
3) Que lo compartas en redes sociales: https://www.facebook.com/ramon.alcarazgarcia

Si no lo puedes o no quieres comprarlo y te interesa, te lo puedo enviar en formato pdf. Solo está editado en digital. SI conoces alguna fundación de este tipo, puedes decirles que se pongan en contacto conmigo, para cederles el libro gratuitamente.
Se trata de una iniciativa para concienciar de que ser Down no es una enfermedad, y eliminar o minimizar los prejuicios que se tienen sobre las personas con este síndrome.
 
Ramón Alcaraz

domingo, 7 de mayo de 2017

UN EQUILIBRIO PERFECTO.- MICRORRELATO DE ÁNGEL SILVELO


 
Siento miedo y vértigo a la vez. ¿Esta será la definitiva? El hecho de ser el vástago preferido de mis padres no implica que disponga de más oportunidades que el resto de mis hermanos. El otro día hicieron referencia a ello, pero utilizaron un símil con una brújula a la que se le había perdido el norte. Ahora sé que no puedo perder más el tiempo y, sin previo aviso, las palabras se atropellan en mi cabeza. Ellas, como yo, necesitan salir victoriosas de este reto. Intento ordenarlas: juez, jurídico, jurisdicción, justicia, juzgado. Esta vez me ha salido bien. Ya veremos mañana, cuando hasta el peso de la toga sea simulado, como mis presuntos conocimientos del mundo del Derecho. Si suspendo, el recuerdo del naufragio del velero de mis padres el verano pasado sólo habrá sido una anécdota en mi vida. Pienso en la palabra naufragio, mientras a través de la ventana veo cómo un carámbano pegado al alfeizar guarda un perfecto equilibrio con el vacío. Desecho naufragio y vacío. Me quedo con equilibrio, y con él, mi ánimo se vuelve más sosegado. Tanto, que aún soy capaz de formular un deseo.
Microrrelato de Ángel Silvelo Gabriel

 

 

LADY MACBETH, DE WILLIAM OLDROYD: EL ANSIA DE LIBERTAD ENGENDRADA POR EL DESEO


 
El silencio que se sobrepone a la lujuria, el miedo que explora territorios donde siempre reina la derrota, o el poder de concentración de las miradas perdidas que expresan a la vez anhelo de venganza y determinación perversa a la hora de buscar con ansia una libertad engendrada por el deseo tan poderosa en sí misma que se nos muestra incapaz de ser aplastada, son, cada una de ellas, una buena aproximación al universo fílmico que nos propone el hasta ahora director teatral William Oldroyd a la hora de provocar a nuestros sentidos con esta versión de la novela “Lady Macbeth de Mtsennsk” del escritor ruso Nikolai Leskov. Esa tiranía expresiva que tan bien interpreta una inconmensurable Florence Pugh en el papel de Lady Macbeth, nos deposita en la zona más oscura de los sentimientos, a los que su director dota de una generosa capacidad de intriga, misterio y desdén en el tortuoso camino que ella recorre para llevar a cabo sus maquiavélicos planes. En este sentido, la sencillez argumental se complementa a la perfección con los encuadres realistas y de matiz pictóricos que decoran a esta tragedia sin más límites que el de la propia imaginación de la protagonista. En ocasiones, parece que estamos asistiendo a una obra de teatro si no fuera por el minucioso montaje que el director nos proporciona a la hora de ir mostrándonos las diferentes cualidades interpretativas de una Lady Macbeth inmisericorde, pero terriblemente atractiva de cara al espectador, al que remueve de su asiento en una magistral percepción de la venganza y el miedo que se lleva a convertir en terror, tras haberle mostrado antes, sus grandes dosis de sensualidad a la hora de concebir el miedo como el mejor arma para disfrutar con plenitud del deseo que sólo busca las suficientes gotas de placer que sacien el instinto sexual del animal que la protagonista lleva dentro.
 

Lady Macbeth, a su vez, es también una propuesta trasgresora que se replantea más allá de los sentimientos de su actriz protagonista, pues de una forma más que arriesgada —quizá no tanto para la sociedad actual— nos muestra la confrontación de este drama ubicado en 1865 en la sociedad rural inglesa con actores y actrices negros que desempeñan los papeles conductores, y a la vez transgresores, de una historia que desenvuelve muy bien en su afán de mostrarnos las cualidades de la venganza más allá del cliché de la sociedad victoriana a la que nos tienen acostumbrados los diferentes films británicos de época. Esa explosión cinematográfica tan reivindicativa a la hora de rasgarnos nuestros particulares estereotipos, es sin embargo, más academicista en cuanto a la puesta en escena, siempre sobria e iluminada con la precisión de aquel que nos muestra el corazón de las tinieblas con una absoluta devoción estética por el juego del contraluz y la elección de unos colores intensos y demoledores como el espíritu libérrimo de su protagonista. Magníficas son las secuencias en las que Florence Pugh posa con su vertiginoso vestido color azul, al que le proporciona las dotes de la verdad y la venganza con una mirada punzante.
 

Lady Macbeth es un cine de autor con amplias reminiscencias teatrales en cuanto a su concepción en la puesta en escena, pero también es una magnífica y transgresora propuesta que nos hace saltar todos aquellos clichés de nuestro imaginario victoriano, pues su director, William Oldroyd, no se pone límites cuando nos quiere remover nuestras conciencias a la hora de plantearnos el ansia de libertad engendrada por el deseo. 

Ángel Silvelo Gabriel. 

sábado, 6 de mayo de 2017

TEATRO TRIBUEÑE PRESENTA EL CORAZÓN ENTRE ORTIGAS, DIRIGIDA POR PACO DE LA ZARANDA Y ESCRITA POR EUSEBIO CALONGE: LA REBELDÍA DEL ARTISTA FRENTE AL SILENCIO DE LA MUERTE


 
¿Qué sería de nuestra memoria si no la pudiésemos nutrir del trabajo de los artistas? Pintores, escultores, actores, escritores y poetas, entre otros, vierten ese último sentir de sus entrañas sobre las turbulentas aguas de la vida por las que, en ocasiones, se arrastran cadáveres anónimos. Cadáveres que son la señal más abominable de las incógnitas adheridas a la ignominia del ser humano; incógnitas que a lo largo de los siglos aún no hemos sido capaces de despejar para llegar a convivir en paz. Atrapar ese sueño imposible del artista, porque se transmuta en una sombra a la que nunca puedes poseer, es la última alabanza hacia el dios ARTE y la diosa MEMORIA a las que se han encomendado el texto de Eusebio Calonge y la dirección de Paco de la Zaranda para mostrarnos la rebeldía del artista frente al silencio de la muerte, porque quizá no haya nada más cruel que vislumbrar a la muerte que procede del cielo: espacio infinito en el que volcamos parte de esos sueños que para nada tienen que ver con el trance de nuestro propio óbito. Como dice uno de los actores de esta obra —una vez más, extraordinario reparto encabezado por un poderoso David García—: «los recuerdos son la vida que se fue muriendo». Y es, con esa lanza que procede del pasado, con la que las actrices y actores de esta obra nos van atravesando el cuerpo con la necesidad del que te clava un objeto, no para hacerte sangrar, sino para que te replantees cuál es la última razón de la barbarie que nos asiste a las personas cuando nos matamos por unos ideales. Planteada como un texto que va escribiendo su autor, Carlos Morla Lynch, —interpretado por un David García que ejerce de un forma espléndida de director sobre el escenario de todo el elenco actoral que se desenvuelve de una forma armoniosa, lúcida y trágica ante la peor de las desgracias que le pueden ocurrir al ser humano—, la obra en sí misma es un encuentro entre el artista y su mundo creativo, entre el héroe y su palabra, entre las elevadas ideas y su trágico reflejo sobre la verdad, porque como nos dice el propio David: «cuando lo hice buscaba la belleza»; una belleza que en esta ocasión no tiene la posibilidad del deleite estético por mucho que nos preguntemos, tal y como lo hacen los actores de este montaje, «¿le importa a la Historia las lágrimas?». Un simbolismo estético y poético que resurge con creces de las cenizas de la desidia que envuelve en gran parte a nuestras vidas, para erigirse en un baluarte por el que luchar hasta el final de nuestros días. Porque: ¿hay vida sin ideas?, ¿hay esperanza sin hacerle frente a lo imposible? 

El corazón entre ortigas es la posibilidad de la esperanza que se espía a través de la sinrazón de las guerras y las muertes que éstas acarrean en pos de unos ideales que nos tan naif como nos los pintan. Con la herramienta del simbolismo estético que trata de abrirnos la caja en la que guardamos a nuestra alma, Paco de la Zaranda se recrea en la necesidad de lo majestuoso mediante unas soluciones escénicas tan sencillas como líricas, tan directas como demoledoras, tan mayestáticas como iconográficas. Baste recordar si no, la presencia de los actores, de pie, tapados por unas mantas que simbolizan el anonimato impune del que se sirven los asesinos escondidos bajo las coordenadas de las grandes causas. En este sentido, el año pasado ya tuvimos la oportunidad de ver un primer montaje de esta obra en el Festival Surge de Madrid, en el que ya nos quedó claro que el teatro es símbolos y metáforas, gritos y ecos, reflejos y sombras, vida y muerte. Una propuesta de por sí extraordinaria, y que sin embargo, ha sido mejorada para dar como resultado una versión más compacta, coral, lírica y demoledora de esa idea tan bien rebatida sobre el escenario como es la inutilidad del arte frente a la muerte. No obstante, también hay espacio en este montaje para la copla y el costumbrismo, el recuerdo del amor y de la juventud, y la pureza de aquel que sólo desea reencontrarse con sus seres queridos —soberbia la actuación de Inma Barrionuevo en el duelo del dolor y la falta que de nuevo nos regala sobre el escenario—, para mostrarnos una vez más la idea de ciclo que todo lo puede. Ese ciclo que nos advierte de que «otras ideas y el mismo miedo», quizá, porque la rebeldía del artista frente al silencio de la muerte sea la única forma de no volver a caer en los mismos errores, porque tal y como nos recuerda Nereida San Martín al inicio de la obra: «también ustedes serán parte de la historia y de su olvido». 

Ángel Silvelo Gabriel. 

miércoles, 3 de mayo de 2017

ÁNGEL SILVELO GABRIEL PUBLICA SU NUEVA NOVELA, EL JUEGO DE LOS DESEOS, EN PREMIUM EDITORIAL: A LA VENTA, EL PRÓXIMO 18 DE MAYO




El juego de los deseos es una fantasía donde los dioses, los mares, el hombre y su tierra se reproducen igual que una secuencia mágica que es capaz, por sí sola, de darle cuerpo a un sueño: el de los dioses perdidos…, y no encontrados. Eso es lo que mueve a Laura cuando deja el mundo occidental que la vio nacer, y sale en busca de esa luna imposible que ya desterró de todo juicio a Calígula, el protagonista de la obra de teatro homónima de Albert Camus. Aunque sus razones son distintas, y sus situaciones personales también —Laura no es un emperador como Calígula sino una mujer soldado destinada en Afganistán—, el fin que les une es el mismo. Y Laura lo expresa así en palabras del propio Calígula: «si me hubieran dado la luna, si bastara con el amor, todo hubiera sido posible. Pero, ¿dónde calmar esta sed? ¿Qué corazón, qué dios tendría para mí la profundidad de un lago? Ni en este mundo ni en el otro, nada está hecho a mi medida. Y yo sé, y tú lo sabes también, que bastaría con que lo imposible fuera». Sin embargo, a Laura no le bastó con el amor. 


A pesar de todo, en este desierto de derrotas en el que parece que sólo existen los dioses de un olimpo irreal y desbaratado, Laura no está sola, porque su vida, igual que el viaje de ida y vuelta de un boomerang existencial, nos llevará hasta Adela, su madre, que huye lo más lejos posible de la muerte y la derrota. Y lo hace sobre las ruedas de un autobús, donde lo más cercano es el letrero de salida de emergencia sobre el que apoya su cabeza y sus recuerdos. Si ella fuera Jane Eyre atravesaría los páramos de su existencia a pie, pero las condiciones de vida del s. XXI se lo impiden, aunque como la heroína de Charlotte Brönte, intenta escapar de un lugar del que nadie puede sacarla y en el que poner a prueba su resistencia emocional. El único requisito es hacerlo sola, ese es su reto, hurgar en sus entrañas sin ayudas externas. No obstante, en todas las vidas siempre hay un pero, y en el de Adela es el inicio de una aventura existencial que la llevará a terrenos que no sabía que existieran, y donde el destino, de una forma aparentemente fortuita, la situará como protagonista de una singladura para la que no creía estar preparada. 


Al otro lado, pero sin embargo muy cerca, está Galiana. También huye, pero por razones diferentes a Laura y Adela. En esta ocasión una tara recorre el mapa de su vida, y ella, empecinada en comenzar por enésima vez desde cero, intenta cambiar las coordenadas mal programadas de su existencia. Sin embargo, lo que Galiana también desconoce son las sorpresas que la deparará su futuro que, sin proponérselo, la unirá a una leyenda mágica que la llevará a ser comparada con una princesa mora. Una princesa, con la que aparte del nombre, comparte más datos biográficos de los que cabría esperar, sobre todo, después de que haya transcurrido tanto tiempo. Pero el paso de los años en su vida, como en la de tantos otros, es caprichoso, y por ello, le quiere ofrecer una oportunidad justo al otro lado, un lugar en el que Laura de una forma trágica será el punto de unión de una historia que junto a Adela la llevará a una vida que nunca había soñado. 


El juego de los deseos es la historia de tres mujeres militares españolas que aborda dos de los temas recurrentes en la narrativa de su autor: la búsqueda de la propia identidad y de la libertad, pero en este caso, nos los presenta bajo las coordenadas en las que se encuentran enterradas el amor, la redención y la expiación de la culpa. Concebida como un largo poema a tres voces, Laura, Adela y Galiana se van a comportar como sirenas a las que se les ha sacado precipitadamente del agua y que buscan refugio bajo la lluvia; una lluvia eterna que, cual maldición, se superpone a cada instante, a cada suceso, a cada fracaso, y que igual que la rueda de un molino, va dando vueltas sin parar. 

 

domingo, 30 de abril de 2017

AMOR ETERNO.- MICRORRELATO DE ÁNGEL SILVELO


 
En este momento imagino que sólo estoy un poco... vacío. Facebook me prometió amor eterno, y Twitter una relación duradera pero sin compromisos por su parte. Yo accedí, porque no quería pasar más tiempo en el anonimato. Relaciones adultas de usar y tirar, ese era el trato. A pesar de todo, en ellos me confesé, e incluso me dejé compartir. «Todo por nada, ¿recuerdas?», me decía mi conciencia cada vez que me veía ninguneado por la ingratitud de las gentes que acampaban por las redes sociales, y sin embargo..., dejé que mis sueños se desmoronaran por la laxitud de un simple toque de dedo pulgar. Mi socio también se hartó de mí, y me dejó abandonado en un banco de una gran avenida. En ese fatídico momento pensé que no había fianza posible que me salvara de mi fatídica condena. Me dejó recostado sobre un banco, seguro de que nadie vendría a rescatarme. En verdad, sólo soy un libro mal escrito por unas manos más preocupadas en pasar a la eternidad que en escribir bien. Sin embargo, el BookCrossing al que fui sometido, ha hecho que alguien me haya acogido entre sus brazos y me esté dando una nueva forma, y una nueva vida a los personajes que albergo. Mi dueño actual tiene grandes planes para mí. Ya no soy un perro sin collar, perdón, un libro sin autor, pues ahora han pensado en llevarme a una editorial, por lo que he oído, una especie de albergue para los libros, donde nos leen con atención antes de salir del anonimato. Intuyo que Facebook y Twitter a él le seguirán obviando, pero no a mí, que esta vez inundaré las redes sociales con un nombre y apellidos distintos, pues a nadie se le ocurrió registrarme ni jurarme amor eterno.
Microrrelato de Ángel Silvelo Gabriel

STEFAN ZWEIG, ADIÓS A EUROPA: EL RETRATO DE LA DESESPERANZA


 
Hay muchas preguntas a las que jamás encontraremos una respuesta, quizá, porque no la tengan, o también porque nosotros mismos no somos capaces de encontrársela. En esa encrucijada es donde parece estar sumido el protagonista de esta historia de derrotas anímicas. Él que dedicó toda su vida a interpretar y reinterpretar la conducta del ser humano a través de la literatura, acabó, sin embargo, dibujando el retrato de la desesperanza en una huida hacia ninguna parte que sólo se puede saldar de una forma trágica. Ese desentendimiento del mundo porque uno no es capaz de entender el comportamiento del hombre, es lo que auto condena a Stefan Zweig de un modo tan silencioso como turbador. Hay muchas miradas perdidas y soledad en los diferentes episodios de esta película, en los que su directora,  María Schrader, nos proporciona una visión de los últimos años del escritor austriaco igual que si estuviésemos asistiendo a la pintura de un cuadro. Un cuadro abstracto si tenemos en cuenta que en apenas un prólogo, cuatro escenas, y un epílogo, queda dibujado el semblante de uno de los escritores más importantes del siglo XX. La directora, de una forma neutral, nos muestra la cotidianeidad teñida de desesperanza del Zweig perdido en la inmensidad de un mundo que, a él, sin embargo, se le quedó pequeño en su necesidad de huida de la barbarie. Ni el sol ni el calor ni la exuberante vegetación cercana a los trópicos, fueron suficientes para borrar la sensación de abismo que le provocaba Europa. De ahí, que si queremos adivinar algo más sobre el personaje al visionar este film, debamos de prestarle atención a las miradas perdidas de Zweig (interpretado por un sensacional Josef Hader), y a sus sonoros y llamativos silencios, como por ejemplo, el que se produce en la segunda escena cuando asiste en Buenos Aires al Congreso Internacional de Escritores, siendo él el único en quedarse sentado mientras el resto aclama la lista de escritores alemanes y europeos que han tenido que abandonar Alemania y Europa por la opresión nazi. Ante una mirada de perplejidad que denota una desconexión total con el resto, Zweig acaba levantándose y aplaudiendo como si en vez de ser un protagonista más de la escena, sólo fuese un mero espectador exterior impulsado por la muchedumbre. 

En ese lenguaje de símbolos y signos al que nos somete al directora de la película, tampoco se nos debería escapar ese gran contraste de fuerza, solemnidad y colorido de las primeras escenas respecto de las últimas, pues las puestas en escena, en sí mismas, nos hablan de la magnitud contrapuesta que existe también fuera de Europa y de la formación de sus totalitarismos, respecto de la importancia de los gestos a la hora de difundir las ideas, pues así se nos antoja que sucede en la escena inicial del recibimiento de Zweig en Brasil, o en el anteriormente citado Congreso de Escritores en Buenos Aires (que nos recuerda a las multitudinarias concentraciones nazis para escuchar a Hitler). Un simbolismo, este, al que tampoco le faltan mágicas referencias a la obra del escritor austriaco, como sucede en la imagen de los caballos corriendo en el hipódromo que, más allá de la huida, traspasan la barrera de las imágenes para situarnos en los relatos en los que Zweig vierte su mirada precisamente sobre ese escenario. Esta magia, sin embargo, también se traspone en una oscura realidad a la que el protagonista no se muestra capaz de hacer frente, lo que vemos en la escena en la que su primera mujer Friderike Maria Burger von Winternitz (interpretada de una forma soberbia por Barbara Sukowa) le infiere la necesidad de que se complique aún más a la hora de expatriar a los amigos que aún quedan en Europa. En este sentido, Zweig siempre se siente interpelado por unos y otros, hasta tal punto que lo único que reclama para sí en medio de tanta barbarie, es una silla y una mesa donde poder escribir, y quizá, olvidar aquello que le oprime sólo por un instante. En este sentido, la rebeldía de Zweig es silenciosa, taimada e incomprendida en su contraposición con su obra, porque quizá, como le sucede a tantos y tantos artistas y escritores, nadie entiende que en el arte de la creación lo que cuenta es aquello que no se ve. Si nos atenemos al perfil que Maria Schrader hace del escritor, tenemos que convenir que ella se ha mostrado sumamente escrupulosa a la hora de mostrarnos a un Zweig subido en un pedestal, más bien al contrario, asistimos un tanto atónitos a un descarnado retrato de la desesperanza cotidiana de un gran escritor, que se muestra tan perdido como el mundo en el que vive. Esa desnudez fílmica de la imágenes, sin duda, alcanza su zénit en un magnífico plano secuencia final, cuya puesta en escena es sencillamente magistral, y en la que aparte de asistir a la muerte del escritor  y su mujer, somos plenamente conscientes del poder que en sí mismo tienen la imagen, y una vez más, los símbolos que le acompañan. No se nos podría haber mostrado un final de una forma más portentosa y reveladora de todo aquello que hemos visto antes: los silencios, las miradas perdidas, la perplejidad, y la necesidad de seguir huyendo. 

Cuando somos incapaces de destruir a los monstruos que nos acompañan de una forma perenne, debemos aprender a convivir con ellos, una estrategia que sin embargo no siempre es posible llevar ala práctica, sobre todo, para aquellos que lo han tenido todo en su vida. Esos miedos en forma de  ecos perdidos de la barbarie nazi son los que están siempre presentes en la película. A Zweig no le hace estar caminando por las calles de Berlín para sentir el ruido de las botas de los militares alemanes tras su espalda y el miedo que ellas le producen para sentirse bien consigo mismo. Con apenas 60 años Stefan Zweig puso fin a su vida junto a su joven mujer Lotte Altmann en una casa perdida de una no menos perdida ciudad de Brasil. Allí donde nadie había ido a buscarle para ajustarle cuentas por ser judío, y donde nadie, salvo él mismo, había tirado la toalla en esa cruente batalla que el mundo liberó contra la barbarie que acompañó al nazismo hasta su derrota. 

Stefan Zweig, Adiós a Europa, es el retrato silencioso y demoledor de una huida al interior de un abismo del que el escritor austriaco no supo deshacerse, y que en esta película, nos es mostrado tan desnudo como alejado de la grandilocuencia de la época en la que se desarrolla, pues no subyace en la misma sino una intención de mostrarnos el mudo eco del retrato de la desesperanza. 

Ángel Silvelo Gabriel. 

sábado, 29 de abril de 2017

YA ESTÁ DISPONIBLE EN LA RED EL Nº 24 DE LA REVISTA TERRAL


Estimados lectores y colaboradores.
Un número más de la revista Terral, el 24, se asoma a vuestras pantallas.
Espero y deseo que sea de vuestro interés, y si lo veis conveniente la difundáis. 
Gracias al equipo de redacción y a los colaboradores, que número a número están haciendo posible la revista Terral
Como el tiempo lluvioso es propicio para quedarse en casa y creo que invita al sosiego ¿qué mejor cosa que una buena lectura?
 
Un saludo afectuoso
Lola Buendía
Directora de Terral
 

¡FELIZ NAVIDAD, PÁTER!, EL CUENTO DE NAVIDAD DEDICADO A LOS CAPELLANES DEL EJÉRCITO

 
El cuento ¡Feliz Navidad, páter! obtiene el tercer premio en el concurso de trabajos literarios convocados por la Subsecretaría de Defensa.
 
El autor de la obra premiada, ¡Feliz Navidad, páter!, es el funcionario Ángel Silvelo Gabriel, del Cuerpo de Gestión de la Administración Civil del Estado, destinado en la Subdirección General de Personal Civil del Ministerio de Defensa.
 
El cuento se desarrolla en el destacamento de Qala-i-Naw (Afganistán), aunque está dedicado a todos los capellanes que han prestado su apoyo a las unidades militares españolas desplegadas en el exterior. Esta narración ha sido galardonada con el tercer premio en la XIX Convocatoria de los Premios Artísticos y Literarios 2015 de la Subsecretaria de Defensa.
Arzobispado Castrense
Fecha de Publicación: 30 de Diciembre de 2015
 
Noticia publicada en el Semanario Católico de Información Alfa y Omega:
http://www.alfayomega.es/45108/el-cuento-de-navidad-dedicado-a-los-capellanes-del-ejercito
¡FELIZ NAVIDAD, PÁTER!
A todos los Capellanes Castrenses que han acompañado, y acompañan, a las tropas españolas en sus misiones en el extranjero.

Las Navidades del año pasado las pasé lejos de casa, en un enclave al que llamábamos el hogar de los vientos. No éramos Reyes Magos ni atravesábamos desiertos, pero nuestra estancia en Oriente muchas veces estuvo acompañada de granos de arena que nos daban en la cara. Extraños compañeros de viaje que, a pesar de ser invisibles a nuestros ojos, nos querían recordar qué hacíamos allí y cuál era nuestra labor en un lugar donde parecía que se había detenido el tiempo. No sé por qué, pero ahora que estoy de nuevo en casa, pienso en el páter que tanto nos ayudó en los momentos más difíciles de soledad y de melancolía en las lejanas tierras de Afganistán. Apenas queda una semana para que, otra vez, sea Navidad y, como hice el año pasado en Qala-i-Naw, me paso las noches mirando al cielo, igual que si fuera un niño, porque todavía creo que alguna de las estrellas que duermen en él me lanzará un mensaje para decirme que mis sueños esta vez también se cumplirán. No hay nada como sentir la inocencia de un chiquillo y pensar que tus deseos se harán realidad, a mí al menos, esa sensación me hace tener fe, mucha fe. Sin embargo, este año he pedido algo diferente, pues mi mayor anhelo es volver a verle, por eso sigo buscando su voz en los pasillos de mi memoria y, como no la encuentro, la persigo en el armario de los ecos perdidos. Nunca pensé en lo esencial que sería para mí su presencia, ni en el espejismo de vitalidad que me proporcionaba escuchar su ronco timbre de voz, sobre todo ahora, que se acerca la Navidad y él no está a mi lado. Menos mal, que mi caprichosa ansiedad, teñida de falsete, no se resigna y explora entre los ecos navideños que ve en las caras de los niños con los que me tropiezo cuando voy caminado por las aceras en un último intento de toparme con él. ¿Por qué se habrá marchado de mi memoria? Añoro su voz, y ansío no perderla dentro del cajón de mis mejores recuerdos, porque no quiero pensar en el páter como un trovador a la fuga, efímero como los villancicos que nos cantaba, y fugaz, como el hálito de mi corazón cuando le escuchaba. Busco entre las melodías olvidadas de mi infancia y, que él, de una forma tan generosa, me devolvía con una alegría nueva y diferente. Repaso siluetas, imágenes y nombres que solo se hacían presentes con su presencia, pero nada, es pertinaz en su ausencia. Hace mucho tiempo que no le escucho, es verdad, y quizá, esa sea la razón por la que no soy capaz de recordarlo mientras unos pequeños copos de nieve tiñen de blanco las aceras por las que camino. Quizá, ahora, como entonces, él esté lejos, y allí donde se encuentre a buen seguro estará repartiendo alegría, magia y sueños entre oídos agradecidos y necesitados de su voz y sus consejos. Rodeado de miradas que a él le transmitirán duras realidades, y que le recordarán, que al menos una vez al año, debe compartir sus ecos navideños con aquellos que de verdad le necesitan, como nosotros le necesitamos entonces. Es difícil de entender y, de hecho, nunca se lo he dicho a nadie, ni siquiera a él, que seguro que me hubiese comprendido, pero cuando atravesé el Estrecho lo hice con la sana intención de encontrar el verdadero significado de la vida y, sin embargo, me tropecé con el infinito. En Afganistán no me cansaba de mirar una y otra vez hacia el horizonte, pero no veía nada. Delante de mí solo había tierra y cielo; o mejor dicho, la sensación de un horizonte que, por infinito, era imposible de alcanzar, como nuestra misión allí. No hubo un solo día, de los que pasé en la base militar española Ruy González de Clavijo de Qala-i-Naw, en la provincia de Badghis, en el que mi mirada no callera hipnotizada por la profunda sencillez que me rodeaba y, en donde la verdadera esencia de las cosas, bien lo sé ahora, en muchas ocasiones se reducía a escuchar las palabras de aliento del páter. Allí todo se asemejaba, como en el mejor de los sueños, a la antítesis terrenal del mundo del que me había escapado. Era como si hubiese regresado al principio de todo, a la génesis de los tiempos, a las imágenes de las vidas perdidas, igual que si estuviese dentro del escenario de un belén y yo fuera uno de sus pastorcillos. Esa forma de ver y sentir la vida ya no me resulta tan extraña, sobre todo, si pienso que en la ciudad en la que yo vivo en España apenas se vislumbra el horizonte, porque la línea visual de un cielo gris está entrecortada por mil y un edificios que luchan por apoderarse de una pequeña parcela en el infinito; un espacio en el que nada te invita a soñar, ni siquiera las luces de sus ventanas que, como pequeñas luciérnagas, iluminan las historias de aquellos que no conocen lo que yo llamo el verdadero significado de la vida.

Cuando fui con mi Unidad a cumplir la misión que nos fue encomendada en Afganistán, abandoné el espacio de los sueños sin haber pedido un deseo y, con una disciplina que no dejó de sorprenderme desde que llegué a Qala-i-Naw, me impuse la obligación que el páter nos trasmitió desde que llegamos a la Base: haz el bien cada día, como si todos fueran el día de Navidad. Había mucho de bíblico en aquel consejo, porque Badghis es un lugar que se asemeja demasiado al inicio de los tiempos, a ese portal de Belén que se erigió como símbolo de una nueva era para la humanidad, y donde yo creo que encontré el verdadero significado de la vida. Allí mi labor de aprendizaje se iniciaba cada vez que atravesaba la frontera fortificada a la que había sido destinado, y entonces era cuando abría bien los ojos y alertaba todo lo que podía al resto de mis sentidos, para que de esa forma, nada se me escapara de todo aquello que veía y oía. De ahí, que no resulte tan extraño, si digo, que mi primera gran lección en ese lado del paraíso la tuve fuera de las murallas defensivas de la Base, a los pocos días de llegar, cuando conocí a Hamid, un chico muy listo que llegó a chapurrear algunas palabras de español que solo él y yo entendíamos. Esa fue, en un principio, mi misión más importante en ese espacio limítrofe con el fin del mundo: poner en práctica el Programa Cervantes y educar a los pequeños niños afganos a través de las palabras. El Quijote y los versos de Lorca o Juan Ramón Jiménez, llenaban el pequeño encerado del que disponía. Yo les ayudaba con dibujos y señas, y entre todos, compartíamos aquello que las letras y las palabras nos sugerían. Esa fue la mejor terapia que se me ocurrió para hacerles olvidar sus problemas, porque no hay nada mejor, para empezar el juego de los deseos, que hacerlo con una palabra. En muchas ocasiones, cuando terminaba mis clases, el páter venía a buscarme y, mientras me obsequiaba con su cercanía y amistad, me invitaba a acompañarle en las visitas que hacía a las casas de adobe donde vivían los niños afganos con los que antes yo había compartido las clases de español en nuestras aulas de lona. Siempre que los veía, recordaba dos cosas: la inocencia dibujada en su mirada, y el cariño que el páter les mostraba, porque yo, nunca antes en toda mi vida, había sido testigo directo de una lección tan grande de amor y humanidad hacia el prójimo. Esos días que pasé al lado del páter fui consciente de que para ser feliz no hacía falta nada, salvo la valentía de querer serlo. Mientras aquellos niños nos enseñaban sus casas de adobe, pensé, que en esos gestos cargados de generosidad, estaba el verdadero significado de la vida, esa entelequia que yo fui a buscar cuando crucé el Estrecho, lejos, muy lejos, de donde el destino había situado mi erróneo lugar de nacimiento. Quizá, ellos nunca serán conscientes de sus dotes colonizadoras, pero mientras que yo les alfabetizaba y les enseñaba a que hablaran algo de español, ellos a mí me transmitían la energía y la sabiduría que me hacía falta para salir curado de la enfermedad del mundo occidental que llevo a cuestas desde que nací. Cada día que pasé allí no desfallecí en mi búsqueda de la libertad…, mi libertad.

Desde entonces, siempre que me encuentro perdido, recuerdo las Navidades que pasé en Afganistán, cuando yo quería que nevara, porque deseaba que mis Navidades fueran como las de siempre: llenas de frío y copos de nieve a mi alrededor, y sobre todo, que fueran unas Navidades en las que estuviera acompañado de mi familia y de mis amigos. Todavía recuerdo, como si fuera hoy, que de una forma equivocada, pensé: aquí nunca nieva en Navidad, porque en su lugar, un viento frío acechaba todos mis recuerdos. Pero hubo una noche que soñé que nevaba, y al levantarme y ver el horizonte soleado, necesité buscar un por qué a mi desamparo. Me fui hasta la antigua capilla, que estaba vacía y abandonada desde que el páter se había marchado. En Qala i Naw, provincia de Badghis, era difícil tener creencias, pero a pesar de ello, yo intentaba con todas mis fuerzas reconfortarme en mi propia fe. Desde que el páter abandonó la misión, yo pensaba mucho en él, y en la serenidad que siempre me transmitió cuando mi ánimo era víctima del desaliento. Es verdad que, al día siguiente, cuando el halo beatífico de sus palabras había desaparecido de mi memoria, todo era distinto, pero eso no me importaba. Aún recuerdo cómo montamos el belén las Navidades pasadas, y el significado que él nos transmitió sobre esta fiesta, cuando nos decía que un soplo de esperanza venía cada año a visitarnos para mostrarnos el camino; el verdadero camino, añadía. «Su presencia era como un rayo de luz que te iluminaba en las tinieblas», lo confieso. Y no solo eso, porque aún hoy, soy capaz de escuchar el eco de sus palabras cuando busco una respuesta que calme mi desasosiego, igual que entonces, porque cuando más perdido me encontraba después de su marcha sucedió algo, una especie de prodigio que me hizo sentir que él seguía allí conmigo. Ocurrió aquella mañana, en la que me levanté después de soñar que había nevado, y me fui a visitar la capilla abandonada. En un principio no vi nada en su interior, hasta que el sol se apoderó de las rendijas de sus resquebrajadas paredes y, obrando un milagro, vi cómo algo brillaba en la profunda oscuridad que me rodeaba. Me acerqué hasta ese portentoso reflejo, y escarbando un poco en la tierra, cogí la pequeña imagen de un niño Jesús que yacía olvidado en el suelo. Llevaba un mensaje atado en un lacito rojo. Lo leí: «si tienes la dicha de encontrarme, piensa en todo aquello que celebramos estos días. Como cada año, te deseo que el mensaje de paz de la Navidad llene tu corazón». Desde aquel día, ese mensaje atado en un lacito rojo, me acompaña en la cartera que siempre llevo en uno de los bolsillos de mi pantalón. Y hoy, como cuando era un niño, sigo mirando al cielo aguardando que me llegue un mensaje de Navidad en forma de estrella que se desplome de la cubierta del mundo. Y mientras me confabulo con el destino, esperando a que una vez más se cumpla mi deseo, le digo: ¡Feliz Navidad, páter!

jueves, 27 de abril de 2017

EL PÁRRAFO COMO ÓRGANO FACILITADOR DE LA LECTURA.- Un artículo de Manu de Ordoñaña, Ana Merino y Ane Mayoz

 
El párrafo es una unidad puente entre la oración y el texto. Constituye una parada que permite a quien lo lee descansar en el recorrido de la lectura. Cuando se termina un párrafo se usa el punto y aparte, lo que equivale al final de esa unidad informativa, a esa corta pausa en la lectura y también a un pequeño resumen que hace el lector antes de continuar.
Estrella Montolío es quien ha examinado el tema en profundidad y de cuyo análisis nos hemos servido. Licenciada en Filología Hispánica, Doctora en Filología Hispánica por la Universitat de Barcelona y profesora titular en esta misma universidad. Tiene un dominio profundo del lenguaje, de donde procede su capacidad para comprender el proceso de comunicación de manera global. Del libro más conocido entre sus estudiantes hemos extraído toda esta información: Manual de Escritura académica y profesional (Ariel Letras, 2014, volumen I). Contiene muchos temas interesantes (puntuación, acentuación, cohesión, planificación, léxico…) y necesarios para cualquier escritor que cuide su escritura. No sólo se analizan los contenidos, sino que hay abundantes ejemplos y ejercicios para aprender. Nosotros únicamente nos hemos detenido en el tema relacionado con el párrafo y titulado: “El párrafo en la escritura del siglo XXI: una unidad adaptativa”.
 
Elaborar un buen párrafo no es nada fácil; comporta un ejercicio de planificación reflexiva previo a su redacción. Una de las cuestiones que el escritor debe plantearse es en qué tipo de soporte leerá el lector el texto, puesto que la comunicación escrita a través de pantallas ha revolucionado la forma de leer. La información que se da en el texto digital es concisa, mientras que la del texto impreso, foco de nuestro análisis, implica mayor elaboración y su contenido es únicamente verbal.
Un párrafo eficaz ha de cumplir estas condiciones:
  • Todas las oraciones deben llevar a un significado común, un significado claro y unitario. Así se constituirá en una unidad de sentido coherente.
  • Cada párrafo contendrá una cantidad de información adecuada para que resulte un texto equilibrado y predomine la armonía.
  • El propio párrafo tiene que poseer coherencia.
  • Es necesario que tenga unas dimensiones adecuadas a su lugar de ubicación.
Vamos a detenernos en este aspecto de la longitud. En primer lugar, el que sea largo o corto puede favorecer o entorpecer la visualización de la estructura del texto. Y en segundo lugar, existe una estrecha relación entre la longitud del párrafo y su mayor o menor legibilidad. Por esto podemos afirmar que una extensión adecuada beneficia; ni escueta en extremo ni larga en exceso.
 
Un párrafo muy extenso desanima al lector. Una buena solución puede ser fragmentarlo en unidades más pequeñas coherentes en sí mismas; sin duda de esta manera se ganará en claridad expositiva, se facilitará la lectura y, por lo tanto, se asegurará la comprensión.
 
Además, su medida está en relación con el tipo de escrito, y también está unido al lugar que ocupa y la función que desempeña en el texto. Los párrafos que engloban un escrito tienen distintos valores. Tanto el introductorio, como el conclusivo son párrafos determinantes y exigentes en cuanto al contenido y su extensión. Esto hay que tenerlo muy en cuenta. Los párrafos internos, al ser de desarrollo, van a exponer datos y su longitud puede ser mayor.
 
A la hora de comenzar un texto habrá que tener presente que la finalidad del mismo será captar la atención del lector, además de plantear con claridad el temaque se va a tratar. Esta parte a menudo se redacta al final, de esta manera el escritor, con todo el contenido delante, es capaz de persuadir, de estimular mejor al que lee, de convencerle de la importancia de lo que se expone a continuación. Para ello, convendría por ejemplo servirse de palabras claras, comprensibles; hacerle partícipe incluyéndole con un nosotros; presentar brevemente una anécdota, una historia que ilustre el tema a desarrollar; mencionar una cita a favor o en contra de lo que sigue; servirse de preguntas retóricas; usar el humor, la ironía…
Para concluir un texto, será necesario recoger la información dada con anterioridad con el fin de garantizar su recuerdo e impacto en la memoria del lector y transmitir, si es posible, la sensación de escritura interesante y sugerente. Para esto serán útiles los conectores como en definitiva, como hemos visto… De esta forma se le avisa al lector de que lo que sigue es un resumen sintético de lo ya expuesto, para que no tenga ninguna duda de que ha llegado el momento de cierre del escrito.
 
Los manuales de estilo de los diferentes medios de comunicación del país recomiendan que contengan 100 palabras o entre cuatro y cinco oraciones como máximo. Para que el mundo administrativo, jurisdiccional e institucional utilice un lenguaje claro, las sugerencias internacionales abogan por párrafos de no más de 150 palabras organizadas entre tres y ocho oraciones.
 
Desgraciadamente, nuestro lenguaje burocrático sigue estando muy distante para cualquier usuario, puesto que resulta frío, confuso y anticuado. El estilo leguleyo contamina con excesiva frecuencia los discursos institucionales en español. Está verificado que un párrafo largo puede llevar al lector a que se pierda en la lectura, por no ser capaz de asimilar toda la información que aparece en él.
 
Teniendo todo esto en cuenta, el escritor eficiente inserta señales, indicaciones que guían al lector, que le llevan por el camino interpretativo que debe seguir. Estas señales ayudan a la trabazón textual, son mecanismos de cohesión entre las frases. Algunas se usan solo al comienzo de cada párrafo y se les denomina también “expresión bisagra”, pues al lector le sirven para percibir la relación semántica que mantienen los párrafos entre sí (además, por tanto, en cambio, por un lado, por otro lado…).
 
En definitiva, un párrafo es una unidad de significado coherente, una unidad de distribución informativa, una unidad gráfica y perceptiva (visual) y al mismo tiempo es una unidad que relaciona la parte con un todo. Pero por encima de todo lo que debe ser siempre es una unidad facilitadora de la lectura.
 
Artículo de Manu de Ordoñana, Ana Merino y Ane Mayoz