Tiempo de comunicaciones rotas

Tiempo de comunicaciones rotas

martes, 16 de octubre de 2018

HA NACIDO UNA ESTRELLA DE BRADLEY COOPER: INTENTANDO ATRAPAR EL RECUERDO DE LOS BUENOS TIEMPOS



Existe la posibilidad de dibujar líneas en el horizonte y, también, existe la posibilidad de alcanzarlas para descubrir que aquello que buscábamos no se encuentra allí, tras la línea del horizonte, sino dentro de uno mismo. Es ahí, en el lugar que algunos denominan como alma, donde se halla la materia gris del artista capaz de transmitir lo que casi nadie llega a sentir, vivir o comunicar. Esa faceta del arte y el artista es la que la distingue del simple talento, pues éste se puede atesorar con el tiempo, la práctica o el empeño, y sin embargo, el duende o el alma del verdadero artista ni se ve ni se toca, sólo se presiente como aquellas experiencias únicas que la vida nos brinda a lo largo de los años. Experiencias vitales, unas y otras, que nos dejan marcados para siempre. Algo parecido es lo que le ocurre a Jackson Maine, el cantante de country interpretado por Bradley Cooper. Un alma atormentada y en continúa huida, tanto de sí mismo como de los demás. En no pocas ocasiones a lo largo de la película, el semblante, la soledad y la tortura que acompañan a Maine nos recordaron a otros genios de la música española como fueron Antonio Vega o Enrique Urquijo, sólo por poner dos ejemplos. Quizá, porque la tiranía en la que crece el talento sólo es apaciguada por el hambre que produce en el artista la huida. La creación, en muchos casos, es el resultado más dañino de la autodestrucción, y ese es un reflejo que, en este film, se plasma muy bien de la mano de Cooper, siendo su versión contraria la de Ally, una Lady Gaga sorprendente tanto en su actuación como actriz, como en su magistral faceta como cantante, pues su voz es un huracán pleno de fuerza y múltiples matices —todo un descubrimiento más allá de los clichés previamente establecidos—, lo que convierte a Ha nacido una estrella en una experiencia extraña por lo sorpresivo de la misma —por más que sea la tercera adaptación del clásico de Wellman—, y por lo inesperado que nos resulta, pues el relato de la primera hora de la cinta es inmejorable: por el ritmo, por cómo está narrada y rodada, y por esa efectiva puesta en escena musical de las canciones que interpretan Bradley Cooper y Lady Gaga, tanto solos como a dúo. Si sorprende el nivel interpretativo de Lady Gaga no es menos increíble el alto nivel como cantante de Cooper, amén de sus buenas maneras como director, donde es capaz de rodar un final digno de los grandes del cine.



Ha nacido una estrella es la perfecta combinación entre una comedia romántica que surca las aguas del drama y el musical con una solvencia que llega a los espectadores que, en ocasiones, no salen de su asombro por el acierto de una película en la que no todo es brillante, es verdad. Quizá, la segunda parte, donde se nos narra la decadencia y caída de la estrella del country es más plana tanto en la concepción de la parte musical como en el relato, en el que por otra parte, asistimos a la narración de todos los vicios intrínsecos a la industria de la música con sus prolongadas zonas de sombra —alcohol, drogas y manipulación del artista—. Alejándonos del resto de las adaptaciones, podemos decir que la versión de Bradley Cooper es plenamente actual y retrata muy bien esa entelequia que es atrapar el recuerdo de los buenos tiempos. Del mismo modo que hay que resaltar la más que sobresaliente banda sonora como temas rítmicos o baladas que en las manos de la guitarra de Cooper y en la voz de Lady Gaga lucen por sí solos, a lo que hay que unir su cuidada producción, y donde también se nota la gran diferencia que existe entre las canciones de la primera parte —pues les salen del alma—, y las de la última parte, por lo aburridas y repetitivas que nos parecen, y que estamos hartos de escuchar en las radio-fórmulas.



Si por una parte siempre recordaremos la potencia vocal de una espléndida Lady Gaga en su faceta musical, tampoco podremos olvidar el rictus de cansancio vital que transmite Bradley Cooper en muchas partes de la película, donde cielo e infierno se dan la mano de una forma sorprendente. Y entre esas luces y sombras que nos depara la vida, Ha nacido una estrella, es capaz de lanzarnos un chorro de luz tan potente que todavía nos hace creer que merece la pena luchar por aquello que deseamos. Ya sea por el éxito profesinal, o el amor de nuestras vidas.



Ángel Silvelo Gabriel. 

jueves, 11 de octubre de 2018

LAS TEODORAS, ESCRITA Y DIRIGIDA POR HUGO PÉREZ DE LA PICA E INTERPRETADA POR CHELO VIVARES: MENSAJES DE VULNERABILIDAD E INOCENCIA ATRAPADOS EN EL LABERINTO DEL TIEMPO



La luz se muestra egoísta con aquellos grandes olvidados por la obcecación de la lujuria que existe en el éxito. Como si arremeter contras las telarañas del tiempo que penden del techo fuese algo pernicioso o prohibido. No es fácil dedicarse a explorar los recuerdos, porque igual que los que yacen depositados en un arcón, éstos nos deparan sorpresas y se detienen en objetos que nos devuelven imágenes perdidas en el transcurso del tiempo. Esos olvidos, sin embargo, son los culpables de devolvernos mensajes de vulnerabilidad e inocencia que creíamos atrapados en el laberinto del tiempo. Un laberinto sin salida. Un laberinto caprichoso que reta a nuestras más firmes convicciones. Un laberinto, en definitiva, todopoderoso que nos envuelve hasta hacernos reír, llorar, gritar o huir. Ese caleidoscopio de emociones es el que envuelve a la obra de teatro Las Teodoras, escrita y dirigida por Hugo de la Pica e interpretada por una formidable Chelo Vivares. Las Teodoras, de algún modo, somos todos y cada uno de nosotros, pues los nietos de hace mucho tiempo fuimos los hijos de ayer y los padres de hoy en una amalgama sucesoria imposible de detener. En este sentido, Hugo de la Pica reivindica el papel de las cómicas del siglo XX español de una forma tragicómica y dándonos a entender que el poder del teatro también está en las luces y sombras con las que nuestras actrices han defendido su profesión. Cargada de penurias, frío y hambre unas veces, incomprensión y olvido en otras, pero sin dejar de estar vivo y presente en cada momento ese duende que cada una de ellas llevó dentro. Este homenaje que el autor ha querido hacer a Criste Miñana, madre de Chelo Vivares y actriz de mediados del siglo XX, surge de las múltiples conversaciones que autor y actriz mantuvieron a lo largo de los años, lo que proporciona a la obra de teatro ese tesón tan entrañable y conmovedor que se traduce y visualiza en las múltiples situaciones y épocas que aborda, y que van desde los años 40 a los 70. Un simpar juego de imágenes que Hugo de la Pica ha sostenido con un texto que deviene en el alto nivel interpretativo de una magnífica Chelo Vivares. Un lujo que el director de la obra no ha desperdiciado, porque ha brindado a Chelo Vivares la oportunidad de mostrarnos los múltiples y geniales registros interpretativos que posee, a cual mejor, la verdad. Esa variedad se acompaña de una sencilla puesta en escena que, como siempre, en el Teatro Tribueñe es muy efectiva y se comporta como un perfecto manto que cubre a toda la obra. Las imágenes proyectadas sobre el espejo, que también hace las veces de biombo, nos depositan en una encrucijada reversible del tiempo, en un perfecto vaivén que avanza y se retrotrae como un perfecto abanico que se abre y se cierra sin darnos cuenta.

Mención aparte merece Chelo Vivares, muy emocionada al final de la representación por el regalo que Hugo de la Pica le ha proporcionado al crearle este papel donde da vida a su madre. Chelo Vivares es la viva representación de la experiencia sobre el escenario. Es solemne, cómica, tragicómica, irónica, burlona, actriz sobre actriz, cantante, mulata, mística, hija, esposa… y así hasta un infinito e interminable número de registro. Chelo lo es todo. Diosa y bruja. Amante y esposa. Hija y madre. Chelo lo es todo porque pocas actrices como ella pueden serlo tras una vida dedicada a la interpretación. El manejo de los tiempos, el verbo y los silencios permanecerán siempre en nuestra memoria, pues son y serán imborrables. 

Las Teodoras le sirve al Teatro Tribueñe como excusa para celebra su 15 aniversario desde que abriera sus puertas en el año 2013 y, sin duda, acierta con esta puesta en escena que retrata tan bien lo que hemos fuimos, somos y seremos. Todo ello impregnado bajo mensajes de vulnerabilidad e inocencia atrapados en el laberinto del tiempo.

Ángel Silvelo Gabriel.

martes, 9 de octubre de 2018

COLD WAR DE PAWEL PAWLIKOWSKY: EL AMOR Y SUS ZONAS DE SOMBRA






Hay una intrínseca necesidad en el amor de poseerlo todo. El tiempo y el espacio. Los temores y la pasión. La incertidumbre y el sosiego. Esa necesidad es tan agobiante que lo anula todo. Anula hasta ese resto formado por el mundo y sus alrededores. De ahí que la distancia, en el amor, sea un territorio brusco e inexpugnable, en el que los errores son olvidados y en el que el universo de las emociones toma forma y fuerza. El amor no entiende ni de barreras ni de fronteras, porque vive de ese imposible que es la sinrazón. Porque sinrazón es amar a aquel que no nos corresponde. O amar a aquel que se encuentra prisionero bajo la rigidez de un Estado totalitario. La Europa divida en dos grandes bloques que representaron el Este y el Oeste es la otra sinrazón a la que se enfrentan los protagonista de Cold War; una historia donde no hay espacio para lo superfluo, pues todo surge como si estuviésemos presenciando un milagro. La imposibilidad del amor y sus consecuencias, en Cold War, se convierte en la posibilidad de convivir con el fracaso rodeado de unas imágenes fílmicamente bellas; imágenes únicas como pocas veces es posible ver en el cine actual. La cámara de Pawlikowsky se deja llevar y se enfrenta a ese juego de brumas, de blancos y negros, y de fundidos que nos acercan de una forma inigualable al amor y sus zonas de sombra. Los soldados, las fronteras, ese cigarrillo mil veces encendido o el abandono durante una interminable espera, se convierten en los mejores espías de unos sentimientos que creíamos tener olvidados, por lo auténticos y honrados que nos parecen. La desnudez del amor y sus trágicas consecuencias no nos dejan margen a la duda: Cold War es una película única.


Sin embargo, Cold War también se convierte en un sinsentido que lucha contra la historia de la época en la que se desarrolla. Historia política. Historia de revanchas y traiciones. Historia situada en un territorio de minas incontroladas que te impide ver a la persona que amas cuando tú más la necesitas. En este caso, esas ausencias impuestas y totalitarias, convierten al amor en la mayor de las fuerzas capaces de luchar contra ese imposible. Pawlikowsky se sirve de ese decorado de la primera época de la guerra fría, y de la opacidad del estalinismo, para mostrarnos la imposibilidad del amor que no sólo lucha contra los sentimientos, sino que también lo hace contra las ideologías políticas y sus muros. Muros infranqueables para cualquiera menos para unos amantes que van y vienen con la intensidad del movimiento de un péndulo que gana fuerza y tragedia con cada vaivén. Esta sincronía entre arriba y abajo tiene la peculiaridad de que nos va dejando el rastro único y genuino de las grandes obras. A cada fundido en negro Cold War nos va ganando con esa sensación de dolor y belleza que nos perturba los sentidos sin poder evitarlo, porque la potencia visual de muchas de las escenas, encuadres e imágenes que Pawlikowsky ha filmado, son la mejor expresión de ese grito de pasión desmesurado que se apodera de cada uno de nosotros ante lo auténtico y lo verdadero. Las imágenes en blanco y negro y su formato en forma de cuadrado, los arrebatos expresivos de una hipnótica Joanna Kulig en el papel de Zula y el hieratismo de Tomasz Kot no dejan lugar a la duda: Cold War es la máxima expresión del amor. Del amor y de sus zonas de sombra. Sombras que persisten en la distancia y en el tiempo. Sombras que se apoderan del universo de unos amantes incapaces de renunciar el uno al otro por mucho que les cueste estar juntos. La melancolía que se apodera de Zula cuando está lejos de Polonia, en ese París del jazz y los clubes nocturnos, sólo es comparable a la magia de Myriam Mezières en Una llama en mi corazón de Alain Tanner. En Cold War, asistimos atónitos a esa pasión que, en ocasiones, nos proporciona el valor suficiente para dejarnos caer pegados a la pared de un precipicio que sólo dentro de nosotros tiene sentido.


Cold War es una bella obra de arte que seduce por su planteamiento, por sus imágenes y por el tratamiento pulcro y limpio con el que Pawlikowsky entiende el cine de autor a secas; un cine que rebosa la belleza de todo aquello que en principio nos parece imposible de llegar a conseguir y que, sin embargo, está al alcance de nuestra mano a poco que cambiemos nuestro punto de mira. La realidad de esta película es árida por el tiempo y la forma en la que transcurre, pero también es robusta y tenaz en su necesidad de salir una y otra vez de los socavones a los que se precipita sin más argumento que el que viene intrínseco en la pasión con la que cada uno de nosotros vive su particular historia de amor. Sus aristas, sus dobleces y sus zonas de sombra son una magnífica huida de lo cotidiano; esa red que nos atrapa y no nos deja ser libres. No deberíamos olvidar que no hay mayor libertad que aquella que posee nuestro corazón, porque en ella sólo se encuentra radicada la verdad más pura, por inexplicable, por insólita, por auténtica. Esa verdad que no requiere de más matices que el amor verdadero. Ese con el que somos capaces de fundir nuestros cuerpos y nuestros sentidos más allá de esta vida.





Ángel Silvelo Gabriel.


martes, 2 de octubre de 2018

TEATRO TRIBUEÑE: PROGRAMACIÓN OTOÑO 2018

TEATRO TRIBUEÑE

TEATRO DE REPERTORIO

PROGRAMACIÓN DE OTOÑO

Ay cómico de mis fueros
que acampa por esos lares
deseo que Dios te ampare
tan muerto me vivís luego

– Hugo Pérez de la Pica–

ESTRENO EN TRIBUEÑE


DOMINGOS DE MUSICAL


TRIBU DE POETAS DEL MES


lunes, 1 de octubre de 2018

FLEUR JAEGGY, EL ÚLTIMO DE LA ESTIRPE: EL LENGUAJE POLIFÓNICO DE LOS UNIVERSOS CERRADOS


La naturaleza humana dispone de diversas membranas que cada uno de nosotros usamos para acercarnos o separarnos de los demás. En este caso, los personajes de los relatos de Jaeggy se adentran o escapan de su entorno, o bien de una forma terrorífica o atroz, o bien tras el manto de una felicidad difuminada en el tiempo, relacionando de ese modo aspectos de la vida que se encuentran muy distanciados entre sí. Esta es una manera de afrontar la realidad mediante ecos que perturban la memoria de sus protagonistas y la del lector que se acerca a ellos, como si todo se redujera a un lenguaje polifónico de universos cerrados por los que la autora vierte todo su talento literario para forzarnos a experimentar, una vez más, ese malestar que nos incita a seguir leyendo sus textos. En este sentido, la virtuosa escritora de las frases cortas, de las palabras punzantes que te dejan sin aliento, o la interventora del miedo y el silencio, se luce en los relatos cortos jugando a su gusto con las palabras, como si las propias palabras pareciese que careciesen de importancia; un efecto literario que se difumina cuando se llega al final de la historia narrada y, ahí, éstas se rebelan y nos demuestran su valía y su acierto, porque ahí, también, es donde el miedo se convierte en luz y en sangre a la vez, tal y como ocurre en el cuento que abre esta recopilación, Soy el hermano de XX, en el que el silencio del muerto reconvertido en palabra escrita se recrea en el eco de las palabras, de los recuerdos y de la ausencia o no necesidad de ambas, pues el objetivo es dormir, dormir cuanto más mejor.

La familia y la infancia aparecen con fuerza, una vez más, en el subconsciente literario de Jaeggy para atraer hacia sí esa fuerza perturbadora de su escritura, donde la búsqueda de las palabras en soledad bajo la cúpula oscura de la noche se convierte en poemas bajo la intemperie de una pequeña máquina de escribir, al modo que ocurre en Nedge. O como sucede en el relato que da título a la recopilación, El último de la estirpe, donde la frase: «le parece que la memoria poco tiene que ver con el recuerdo» nos lleva a la familia, a los rencores y a los recuerdos voluminosos que, como un rimero de libros, se desploman sobre el protagonista. Aquí la desdicha, el terror y la muerte se dan la mano y lo hacen cargadas de desesperación. En otras ocasiones, sus personajes entablan una comunicación directa con los peces del acuario de un restaurante; unos peces que más tarde acabarán en los platos de los comensales —terror y sangre fría afilados al máximo—; o con los personajes de los cuadros de un museo como sucede en La visitante, donde la realidad se transforma en un sueño en el que la visitante al Museo Arqueológico de Nápoles percibe cómo las obras de arte toman vida propia y abandonan su realidad en dos dimensiones, a pesar de que en el fondo sepan que todo ese mundo es una mera  renuncia: «han llamado tres veces antes de entrar. Sin decir sus nombres. Se había cumplido la ceremonia de la no existencia. No deseaban otra cosa que la renuncia». Por otra parte, también existen en este recopilación ese otro tipo de relatos donde Jaeggy se muestra inflexible con la fe y la religión y, así, en Agnes, la autora establece una comparación entre el rito de la muerte de Jesús y su crucifixión, con el amor que la protagonista vive con Agnes, una chica más joven que ella y, que, a pesar de su inocencia, es capaz de llenar su vida de luz, sexualidad y flores. De nuevo, el final nos reporta a la tenacidad de los recuerdos y a esa ambivalencia que tienen los objetos que nos pertenecen, pues es en los otros, donde representan los símbolos de nuestra posesión. En este ámbito religioso se desenvuelve el cuento titulado Adelaide, en el que asistimos con toda su crudeza a un fresco de una familia pintada con los colores del terror, la sangre, la furia y la destrucción. ¿Qué hacer con aquél que sobra en la mesa a la hora de cenar? Y a partir de aquí, el tono siniestro de Jaeggy se adorna con el toque tétrico que para la autora tiene la religión católica.

En El último de la estirpe asistimos de nuevo a la exploración por parte de su autora, Fleur Jaeggy, de la relación existente entre las palabras y sus recuerdos, y la evocación que esa relación provoca en un léxico cerrado, agónico y mágico, quizá, porque pertenezcan al lenguaje polifónico de los universos cerrados a los que la autora nos traslada como si fuésemos ese hijo al que una madre lleva cada tarde a un acantilado, con la única esperanza de que cuando sea mayor se muestre capaz de precipitarse al vacío en un día de primavera.  

Ángel Silvelo Gabriel. 

miércoles, 26 de septiembre de 2018

LA EDITORIAL ELVIRA PUBLICA AUTE CANTA A OROZA


La poesía de Oroza, la voz de Aute y la música escogida en cada momento parecen ser todo uno, fundirse. 

El punto de partida de este libro-disco fue una charla con Carlos Oroza. Solo Aute, en su opinión, podría musicar su poesía, respetando el contenido y significado de la misma.
El resultado es mágico: dos poetas que consiguen fusionarse sin querer y sin perder ni un ápice de su propia identidad. En el disco está Oroza y está Aute. La poesía de Carlos, la voz y la sensibilidad de Eduardo unidos por la música. 

El libro-disco contiene, además de los poemas y fotos, una  explicación honesta de todo el proceso creativo a través de una conversación con el productor musical Javier Monforte. Encontramos en estas palabras el contexto que necesitamos para disfrutar de estos ritmos telúricos y verdaderos, lo demás es abstracción espontánea. 


Páginas: 82
Encuadernación: Tapa Dura
Lengua: Castellano
ISBN: 978-84-946312-7-6
Junio, 2018


EXTRACTO DE LA RESEÑA: CARLOS OROZA, ÉVAME.- EL POETA QUE A TRAVÉS DE LAS PALABRAS NOMBRABA LO QUE NO ENTENDÍA

Intentar atrapar la luz, como si eso fuera posible con sólo estirar el brazo y cerrar el puño. Es, en ese punto, donde la evanescencia de una nube se convierte en cielo, o donde los sueños chocan contra la realidad de las esquinas de una habitación mientras intentan convertirse en otra cosa. Ahí es donde el poeta Carlos Oroza https://es.wikipedia.org/wiki/Carlos_Oroza sitúa su mundo lírico, donde, quizá, confluyen la ficción o el sueño, el espejo o el reflejo, la luz... Évame y todo aquello que no pueda el amor que lo logren las palabras, parece decirnos el orador gallego que, ya, en Eléncar, el primer y extenso poema de este poemario, se nos presenta poroso como una nube, y decidido a transmutarse en un recorrido por el mundo de los sueños, de las sensaciones, del otro, con la ciudad, el aire y ella…, como esqueletos de su metáforas: «Ayer puse un pie en el aire y vi la ciudad iluminarse por arriba». Aquí, la búsqueda de la luz es un anhelo que persiste en permanecer a lo largo de todo el poema y que es igual a buscarse a uno mismo a través del otro.

Ángel Silvelo Gabriel

martes, 25 de septiembre de 2018

GABRIELE D’ANNUNZIO, EL PLACER: LA DECADENTE Y SENSUAL BÚSQUEDA DE LA BELLEZA



La oscuridad que persigue al deseo sólo es comparable a luz que descubre el éxtasis. La búsqueda de ese placer sin medida es la narración de un tránsito oscuro, plagado de temores, miedos, sinsabores y la kinesia de un alma que busca desprenderse del cuerpo que la amordaza. Baste decir que: «El decadentismo se interesó por plasmar en la obra literaria una suprarrealidad por vía de la introspección y el escudriñamiento de un más allá por medio de los sueños y las sensaciones que dicta el inconsciente». Y ese viaje sin límites y sin final es el que nos narra de una forma voluptuosa, metafórica y culturalista Gabriele D’Anunnzio en El placer, una novela que representa como pocas la decadente y sensual búsqueda de la belleza. Atrapado en esa cárcel de hedonismo que sólo respira a través de unos sentidos desmedidos y enfermizos D’Annunzio crea a un seductor —y álter ego de sí mismo—, Andrea Sperelli, que sigue la estela de otros grandes conquistadores de la historia de la literatura como el Don Juan Tenorio de Zorrilla o Giacomo Casanova, sin olvidarnos, por supuesto, de la efigie erótica y sexual de los personajes más libérrimos del Marqués de Sade, o más recientemente, de la ironía del decadente Jep Gambardella en La grande bellezza. E igual que sucede en la película de Paolo Sorrentino, tras este entramado de deseos, luces y sombras se extiende Roma, y lo hace como ese tapiz que lo cubre y lo contempla todo. Roma es la escena, el atrezo, la vida y el aire de El placer. Sus diferentes y exquisitos cielos, sus celebérrimas fuentes, sus calles adoquinadas, sus carruajes de caballos o esa pastoril escena de rebaños cruzando sus inmortales vías, son el contrapunto más sereno por el que Andrea Sperelli sueña y se desespera junto a sus dos amadas: Elena Muti y Maria Ferres. El amor que manifiesta Sperelli es un éxtasis cercano al misticismo; un misticismo al que dota de un lenguaje recargado de largas y minuciosas descripciones, —propias de otros tiempos—, y que siempre van acompañadas de un exquisito dominio del mundo del arte en sus diferentes manifestaciones. En El placer, el arte es la herramienta con la que el narrador explora la vida interior de su protagonista y el alma femenina, a la que narcotiza con el don de las palabras. Palabras bellas en sí mismas: insinuantes, acertadas, liberadoras, pasionales y, cuya melodía, es una nueva manifestación de esa otra partitura superior que es el placer sin más. Sperelli habla, escribe, pinta y tiene el criterio de aquellos de derrumban voluntades con el aura que desprenden. Sabe esperar y atormentarse, pues en esa espera y en ese tormento también está el premio que oculta el éxtasis del placer, incólume a la virginidad del alma: «Engañar a una mujer constante y fiel, calentarse con una gran llama suscitada por un deslumbramiento falaz, dominar a un alma con el artificio, poseerla toda y hacerla vibrar como un instrumento, habere non haberi, puede ser un  gran deleite. Pero engañar sabiendo que se es engañado es un estúpido y estéril trabajo, es un juego aburrido e inútil.»



Leer El placer es también rodearse del refinamiento y el lujo de las estancias de unos condes y duques que viven los años finales del s.XIX bajo el signo de la decadencia y el hedonismo, sin importarles nada de aquello que se escape más allá de su propia sombra. El Palacio Barberini con su gran jardín delantero o sus monumentales estancias, o el Palazzetto Zuccari donde se refugia y reside Andrea Sperelli —situado a poco más de cien metros de donde murió el poeta romántico inglés, John Keats años antes— rodeado de obras de arte por doquier, son sólo unas pequeñas muestras de esa magnificencia con la que D’Annunzio viste y nos presenta a Roma, ciudad sin par que respira inmortalidad tras cada esquina, bajo la singularidad de sus calles y monumentos. Todos ellos son visitados por Sperelli, que se mueve por Piazza Espagna y, que mientras sube o baja su gran escalinata, observa cómo los obreros arreglan la barccacia de Bernini. O pasea por El Pincio tras dejar a un lado el reflejo azul de la última luz de la tarde que desprende la fachada de Trinitá dei Monti y la majestuosa soledad de su obelisco circunspecto al paso del tiempo, hasta que llega a Villa Médicis y posteriormente se interna en Villa Borghese, donde talla palabras de amor a sus amantes en las balaustradas bajo el estilete literario de Goethe. Y así indefinidamente, pues al otro lado de la ciudad nos muestra la Via Nazionale, El Tritone, las Quattro Fontane, el Quirinal y un sinfín de referencias mundanas cargadas con el aplomo que la inmortalidad y la belleza hacen de El placer un magnífico señuelo de la ciudad de Roma que, bajo la metafórica y sensual prosa de D’Annunzio se erige brillante y única.



El placer fue la primera novela que escribió Gabriele D’Annunzio y, en ella, explora la necesidad del amor, pero también de su lado más perverso: el odio. Andrea Sperelli será víctima de ambas mientras vive en la solitaria morada que se construye; una morada interior en la que se enfrentará a su propia codicia sin límite, a los celos y a la perversidad del éxtasis que le persigue en la unión de su cuerpo con el de sus amadas. Ambicioso, culto e insaciable en sus apetitos carnales y estéticos, no podrá evitar lo inevitable: ser víctima de la decadente y sensual búsqueda de la belleza.

 

Ángel Silvelo Gabriel.

lunes, 17 de septiembre de 2018

LORENZO LOTTO EN EL MUSEO DEL PRADO: LA POTENCIALIDAD DE LO RETRATADO COMO INSTRUMENTO NARRATIVO DEL PRIMER RETRATISTA MODERNO



Enigma y deseo, expresividad y sutileza, arraigo y poder se mezclan como estados en los que la luz, poco a poco, se transforma de luminosa a opaca en su virtud de dar vida a aquello que ilumina. Así lo hace Lorenzo Lotto sobre cada uno de sus retratados y, de ese modo, les proporciona una parte de la calma que sólo proporciona la inmortalidad, y que ellos consiguieron a través del primer retratista moderno que, lejos de limitarse a pintarlos, consiguió arribarlos en las playas de sus respectivas almas a golpe de pincel y color. La expresividad de los ojos presente en sus retratos sólo es el primer detonante de unas pinturas que explotan la potencialidad de lo retratado como instrumento narrativo, pues tras esas miradas, somos capaces de perdernos y jugar a imaginar la vida de aquel, aquella o aquellos que miramos con la ingenuidad del que sólo sueña. Esa visualización exenta de prejuicios se convierte en una ventana indiscreta de la naturaleza humana que siempre necesita rodearse de esos objetos que nos definen a lo largo de la vida y que, en este caso, son la facción del simbolismo que representa la profundidad psicológica del personaje que nos ayuda a completar su carácter. Las pinturas de esta exposición que el Museo del Prado le dedica a Lorenzo Lotto, son una gran muestra de caracteres que reflejan una expectativa por parte del autor de iniciar un diálogo con el espectador, que va desde el audaz movimiento de los ojos a la sutil expresividad de las manos, consiguiendo que lo allí representado vuelque sobre nosotros el verdadero valor del arte: la inmortalidad.



Lotto, conocedor de la orfandad de su arte, repartido entre ciudades como Venecia, Treviso o Bérgamo, introdujo en su pintura ese afán intrínseco al artista de querer traspasar la barrera del tiempo en el que vive. Su método fue el de la pureza de la que se impregna cada una de sus obras, pues cada una de ellas, por sí solas, son capaces de arrastrarnos a una época plagada de cambios, en la que el hombre quería ser el centro del universo. La textura de sus telas así lo atestiguan, y lo hacen mediante una amalgama cromática que va desde la transparencia de los rostros a la oscura opacidad de las vestimentas que, en ocasiones, se rodean de valiosas joyas que resaltan su valor a través del impacto colorido de sus destellos. Siendo ésta otra característica de las obras de Lorenzo Lotto conocida como criptorretratos: «una técnica que cultivó durante toda su carrera y que consistía en presentar a los efigiados con los atributos de los personajes con los que se identificaban, ya fuera una deidad clásica como Venus, una heroína clásica o un santo de su especial devoción. Particularmente abundantes fueron los retratos de dominicos con los atributos de santos de su orden, y la exposición incluye ejemplos de frailes como santo Tomás de Aquino o san Pedro Mártir. Es muy probable que los encargaran sus comunidades como “espejos de virtud” para sus miembros, pero lo cierto es que, a menudo, Lotto logró tal identificación entre efigiado y santo que resultan peligrosamente ambiguos.» Sea como fuere, el artista, una vez más, se impone a la época que le tocó vivir y transita por la peligrosa frontera que divide al pasado del futuro, en una muestra más de la potencialidad de lo retratado como instrumento narrativo.



 

Ángel Silvelo Gabriel.

sábado, 15 de septiembre de 2018

UN POEMA CASI OLVIDADO.- MICRORRELATO DE ÁNGEL SILVELO



Sueño con surcar océanos y mares. Iluso de mí exploro en infinidad de libros, detrás de los escaparates de las librerías, tras los rimeros de las bibliotecas, pero allí no encuentro lo que deseo. Para colmo, ya no sé dónde anidan los poemas olvidados ni las metáforas imposibles. No obstante, insisto explorando odas y sonetos. Hasta que, sin querer, me tropiezo con mi anhelo al otro lado de un escaparate. Es un libro que contiene un poema que casi había olvidado. Y comienzo a andar por un jardín de cristales rotos, donde la cuchilla del barco que se abre camino en mitad de un deshielo son en realidad mis brazos llenos de sangre.
Microrrelato de Ángel Silvelo Gabriel

miércoles, 12 de septiembre de 2018

LA GAVIOTA, DE MICHAEL MAYER: LA LUCHA DE LOS DESEOS NO CORRESPONDIDOS



La vida se compone a base de pequeños interludios visibles que ocultan aquello que en verdad somos. Esas pequeñas piezas — a modo de breves bailes— son las que soportan el gran peso de nuestra existencia y, así, al menos, lo interpretó Antón Chéjov a lo largo de toda su producción literaria, ya tomara ésta el formato de una obra de teatro, de un relato corto o de una novela. La desesperación por no reencontrarse a uno mismo, la melancolía de los días sin nada, o la lucha de los deseos no correspondidos se suceden en sus obras como acontecimientos a los que sus personajes no encuentran un solución satisfactoria y, de ese modo, se auto condenan a marchar perdidos en una travesía que ellos creen que nunca tendrá un final, como si sus vidas fueran una barca que vaga por un lago. En este sentido, su obra de teatro, La gaviota, es una magnífica metáfora que representa el modo en el que Chéjov entendía la literatura, pues para el escritor ruso, su obra era la expresión más directa existente entre la naturaleza humana y la vida. Y, de este modo, los alardes por mostrarnos esa parte del ser humano son tan punzantes como hiriente es la apatía de unos personajes que se desenvuelven en la desesperación del amor y la sensación de que en algún momento sucederá aquello que tanto desean, aunque no hagan nada para que ello ocurra. Esos pantanos ciegos de agua y su falta de movimiento, sin embargo, tropiezan con el destino; esa fuerza innata de la naturaleza que dirige nuestras vidas. Chéjov y su obra retratan de una forma especial y trágica ese mundo que pronto cambiará radicalmente, algo que sus personajes aún no son capaces de vislumbrar más allá de sus toscas pulsiones personales que enredan las vidas de unos y otros sin llegar a encontrar un salida. Una salida, por cierto, que acaso no exista.



Uno de los aciertos de esta adaptación al cine de la obra del escritor ruso por parte de Michael Mayer es esa, mostrarnos a sus personajes en su época, bajo la tenue luz de las velas o la pomposidad de unos vestidos y la rigurosidad de unas costumbres que, en este caso, representan el pasado de una forma visual y sonora, pues los sonidos de los árboles, el lago o la languidez que desprende la paja del establo son las señas de identidad de aquello que está a punto de perecer. El segundo tanto a favor del director es el elenco de actores que ha elegido para la película, pues todos ellos, están a gran altura, en esa búsqueda desesperada del amor en la persona equivocada. Se nota que Mayer es un hombre de teatro, pues sabe manejar a sus personajes en las escenas corales e incluso nos demuestra su punto de vista más pictórico con encuadres e imágenes fijas que son pinturas en sí mismas, por la plasticidad que llegan a desprender, lo que se contrapone muy bien a ese aire premeditadamente trágico de las mujeres de la película donde tanto una magistral Annette Bening como una entregada Saoirse Ronan, o una inconmensurable Elisabeth Moss brillan con luz propia.



El poder de las pasiones que engendra el amor y su cercanía con la tragedia se exponen con la maestría que da la seguridad que permanece aletargada en el profundo conocimiento de los sentimientos del ser humano sin apenas llamar la atención, algo en lo que Chéjov era un maestro. Mayer, de una forma aparentemente sencilla, pero muy eficaz, nos muestra una versión de La gaviota que transita con paso firme por la literatura con mayúsculas y que no traiciona al texto de la misma, en el que para que no falte nada, asistimos a un magnífico final propio del gran maestro del relato corto. Un final, donde la mano de Antón Chéjov se posa de una forma única sobre la lucha de los deseos no correspondidos.

 

Ángel Silvelo Gabriel.