Tiempo de comunicaciones rotas

Tiempo de comunicaciones rotas

martes, 17 de octubre de 2017

FRANTZ, DIRIGIDA POR FRANCOISE OZON: LA VERDAD COMO OTRA VÍCTIMA MÁS DE LA BARBARIE



La letanía del dolor también precisa de ese aire nuevo de las hojas que el viento provoca en los árboles. Movimientos aleatorios, cuyos vaivenes marcan el compás de los recuerdos como un juez lo hace cuando dicta sentencia, pues unos y otro, afilan su poder contra la penuria de nuestros sentimientos hasta llegar a ese lado oculto de nuestra vida donde la verdad es la otra víctima de la barbarie. En este sentido, Francoise Ozon es un especialista en obligarnos a replantearnos todo aquello que percibimos en la superficie, para más allá de la superficie de lo que observamos, darle una vuelta de tuerca a todas y cada una de nuestras creencias o actitudes a lo largo de nuestras vidas. Ya lo hizo por ejemplo en la película, Joven y bonita, donde la prostitución de una joven por decisión propia nos muestra la esclavitud del cuerpo como una liberación del alma oprimida que busca su salida fuera de los convencionalismos al uso. En Frantz, de nuevo, el director francés juega con nuestra percepción de la realidad de una forma sutil que, por ejemplo, ya nos viene marcada por la elección del blanco y negro en casi la totalidad de la película, salvo en aquellas imágenes o escenas donde la música provoca una explosión de liberación del sufrimiento igual que si de una flor que busca que al polinicen se tratara. Fuera de esa inicial perturbación cromática, la película nos va mostrando las diferentes caras del sufrimiento que provoca, en una familia, la pérdida del único hijo en la guerra. Ozon se va hasta la Gran Guerra para exponer esa necesidad del perdón que todos necesitamos en algún momento de nuestra existencia. Él, sin embargo, no se conforma con la exploración de tal sentimiento a través del amor, sino que lo que nos muestra es la capacidad del ser humano para engañarse a sí mismo a la hora de buscar una salida al horror de la ausencia de aquellos a quienes hemos amado. Su apuesta no puede ser más perversa, si tenemos en cuenta que aquel que provocó el dolor es quien busca en terreno enemigo la redención de su culpa, por lo que, una vez más, la ceremonia de la confrontación con lo inesperado y el dolor que ello conlleva, nos vuelve a llevar hasta ese estado de zozobra donde no sabemos qué es lo correcto y qué no lo es, pues nada es más terrible que tener que plantearnos la verdad como otra víctima más de la barbarie. 

Frantz es un relato sobre la ausencia y el vacío que ésta provoca, pero también sobre las complejas aristas del amor que juega caprichoso a ese peligroso doble juego que es de la seducción a través de la sensibilidad y el arte, lo que en ocasiones, nos lleva a confundir al asesino de la persona amada con el alma de aquel que nos fue arrebatado por las malditas vicisitudes de la guerra. No obstante, Ozon no quiere tampoco mostrarse neutral a la hora de mostrarnos el rencor de los alemanes contra los franceses y viceversa, pues no deja de lado ese odio impregnado que devendrá en una posterior guerra en aquellos que la perdieron sin saber todavía muy bien por qué. Esos acérrimos nacionalismos, como verdaderos culpables que fueron a la hora de convertir a toda Europa en una inmenso campo de batalla, no se nos debería olvidar que se superaron sólo cuando se creó la CECA y, ésta, posteriormente desembocó en lo que hoy conocemos como Unión Europea. Salvando ese paréntesis de la historia, Ozon se recrea de una forma elegante en los movimientos de sus personajes y en la belleza de los lugares elegidos para recrear un ambiente de postguerra nada lúgubre si no fuera por el silencio de los muertos que, en ocasiones, aún se masca mejor que la más exquisita de las carnes. Hay mucha contención en la estética del movimiento de unos personajes que, marcan sus interpretaciones, con la armonía tanto de sus gestos como de sus miradas. En este sentido, Paula Beer está esplendida en la expresión de dolor y de la esperanza, pues representa como nadie en este film la necesidad de seguir hacia adelante sin por ello perder el respeto hacia los muertos. 

Francoise Ozon despliega todas velas a la hora de hacernos creer que aquello que creíamos como inamovible no lo es tanto, sobre todo, cuando quien se enfrenta a una nueva vida debe de afrontar los retos que ésta le antepone a la hora de salir adelante. Es difícil no mirar atrás, aunque nos neguemos a hacerlo y necesitemos de la mentira para llevar a buen fin nuestros propósitos, pero ese será el precio a pagar por la consecución de una nueva felicidad que, el director francés, sin embargo, se niega a entregar a sus espectadores, pues si sus planteamientos no son nada convencionales o fáciles de admitir, sus finales o conclusiones tampoco lo son, dado que cada uno de nosotros, deberá diseccionar las verdades de las mentiras en aquello que se nos cuenta, pues no en vano, el precio de la muerte es muy grande y, más, cuando la confrontamos a la verdad como otra víctima más de la barbarie.  

Ángel Silvelo Gabriel. 

lunes, 16 de octubre de 2017

FALSO TESTIGO.- MICRORRELATO DE ÁNGEL SILVELO




Después de veinte años de servicio como Juez, cinco de carrera y una vocación de por vida, mi profesión me sigue pareciendo un puente sobre aguas turbulentas. Hoy, en el juzgado, el acusado se declara inocente, normal. El recurso del abogado defensor presenta un defecto de forma, normal. Mi presbicia apenas me deja ver las alegaciones de las partes y se comporta como un nublado delante de mis ojos, normal. Pero lo que no es normal, es que el testigo de cargo sea una calabaza, cuya única implicación en el caso, es su presencia en el lugar de los hechos por coincidir con la noche de Halloween. Una imposición testifical que yo no apruebo y a lo que sorprendentemente se opone el fiscal, argumentando que tampoco es normal que yo aparezca en las vistas de mis compañeros disfrazado de Sherlock Holmes invocando justicia a sabiendas de que soy un falso testigo.
Microrrelato de Ángel Silvelo Gabriel

sábado, 14 de octubre de 2017

EL JUEGO DE LOS DESEOS (PREMIUM EDITORIAL, 2017) YA ESTÁ DISPONIBLE EN LIBRERÍAS: UNA NOVELA QUE NOS ACERCA CON SENSIBILIDAD Y ACIERTO AL PAPEL Y DESEMPEÑO DE LA MUJER DENTRO DEL EJÉRCITO


El juego de los deseos es la historia de tres mujeres que, aparte de luchar contra sí mismas y su destino, tendrán que hacerlo contra un caso de acoso sexual dentro las Fuerzas Armadas que, en este caso, el autor aborda desde el punto de vista garantista de su marco jurídico y normativo. El acoso sexual, pero no sólo éste, sino también las consecuencias que la guerra tiene sobre las mujeres que allí prestan sus servicios en las Unidades del Ejército en las que están destinadas, sirven de marco existencial para esta aventura narrada en un tono poético y a veces desgarrador, y que está concebida, en cuanto a su esencia, como la película Thelma y Louise. 

Lejos de tratarse de una novela bélica, El juego de los deseos se erige como una novela humana, icónica de las luchas internas que la mujer debe librar en su particular campo de batalla.  

Dentro de la contextualización en las fuerzas armadas españolas, aborda dos temas fundamentales: la búsqueda de la propia identidad, del papel que cada uno de nosotros debe representar en esta sociedad, y la búsqueda de la libertad, de aquella que nos otorga la capacidad de elección y por tanto la capacidad de amar con toda su plenitud sin condicionantes externos.
La novela parte de una prolepsis, o flashforward, a partir de la cual se va construyendo una historia narrada por tres mujeres que nos llevará desde Qala-i-Naw, en Afganistán, hasta Ayamonte (Huelva), pasando por la Academia de Infantería de Toledo, en un periplo de misterio e intriga que nos depositará en un desenlace abierto e inesperado. 
 
Concebida como un largo poema a tres voces, Laura, Adela y Galiana se van a comportar como sirenas a las que se les ha sacado precipitadamente del agua y que buscan refugio bajo la lluvia; una lluvia eterna que, cual maldición, se superpone a cada instante, a cada suceso, a cada fracaso, y que igual que la rueda de un molino, va dando vueltas sin parar. 

«Un profundo y minucioso viaje por los sentimientos donde tiene lugar la vida, la muerte, la soledad, el destino y el lugar no geográfico que cada uno de nosotros habitamos. Una novela necesaria para la sociedad en su conjunto». Anamaría Trillo.

viernes, 13 de octubre de 2017

KNUT HAMSUN, LA BENDICIÓN DE LA TIERRA: LA SEMILLA DE LA VIDA QUE CRECE ENTRE EL CUERPO Y EL ALMA


 
El inicio de esta novela se parece mucho a la creación del mundo que se narra en el Génesis (algo que también hizo Albert Camus en su novela inacabada “El primer hombre” cuando comparó su nacimiento en una aldea de Argelia con el del Niño Jesús). En este caso, el protagonista de La bendición de la tierra, Isak, llega a una tierra inhóspita y virgen; una tierra que apenas los lapones han logrado pisar en su tránsito por las grandes montañas noruegas. Allí, llega nuestro hombre-dios sin nada más en su haber que la semilla de la vida que crece entre el cuerpo y el alma. Esta novela-mundo comienza así: «¿Quién trazó el largo, larguísimo sendero que recorre las ciénagas y los bosques? El hombre, el ser humano, el primero que llegó a esta tierras», una sensación de querer empezarlo todo desde la nada, que la convierte en una manifestación de ese inabarcable afán de Hamsun por apoderarse de la vida, el mundo y el ser humano, algo que ya consiguió en su primera y celebrada novela, Hambre, donde su anónimo protagonista ensalza la creación —literaria en este caso— desde la más abrupta miseria y desesperación hasta la mayor de las cumbres a las que el hombre pueda llegar nunca jamás. Esa capacidad para abarcarlo todo es también la que está presente en cada una de las páginas de esta novela, La bendición de la tierra, por la que el autor noruego recibió el Premio Nobel de Literatura en el año 1920; un año en el que el mundo todavía sólo podía fijar su mirada sobre el autor noruego a través de su obra literaria, desbastada años más tarde por su apoyo al nazismo. Más allá de las consideraciones políticas del autor y de su obra, en la que lamentablemente muchos críticos han caído a la hora de enjuiciar esta obra, La bendición de la tierra, es una clara apuesta por la naturaleza y su confrontación con el hombre, pacífica en unas ocasiones: como cuando Isak desde la nada y con su esfuerzo y la habilidad de sus manos es capaz de crear una granja que le permite que los demás colonos le apoden como el Marqués del Páramo; y en otras, violenta: como resulta la explotación del mineral presente en ella por parte de ingenieros y obreros, eso sí, llegados desde la cercana Suecia, como si el demonio que nos turbia la paz sólo fuese un extranjero que nada entiende de nuestro afán por crear, pues esa es la última clave que subyace en el poder de Isak, crear a través de sus manos y la observación de un cielo y unas estrellas que son sus mejores compañeras en el largo viaje de la vida. Cabe apuntar aquí, que la explotación indiscriminada de la montañas por parte de los extranjeros nos recordó en parte a la que años más tarde García Márquez también nos narra en su novela, Cien años de soledad, donde las pequeñas sociedades rurales ven arrebatadas sus estructuras y su paz por el torbellino del poder representado por las grandes empresas o multinacionales. 

Knut Hamsun, sin embargo, no se conforma con aporrear a las mentes de su época advirtiéndoles de los males que les acompañarán si apoyan sin más a la peligrosa —para él— revolución industrial, pues de una forma valiente y un tanto extraña para la época en la que fue escrita en su novela, esgrime en varias ocasiones una postura de la mujer alejada de la que se podría presumir en aquellos años, tratando sin miedo los temas del aborto y la necesaria presencia de las mujeres en la sociedad, a través, por ejemplo, de su derecho al voto. Si el nacimiento de una nueva vida en La bendición de la tierra siempre viene acompañada de la soledad y la dureza del lugar donde sucede, no es menos cierto que el hecho de dotar a las mujeres de la libertad en el poder de decisión sobre la vida de sus hijos, las enmarca mucho más allá de la figura de infanticidas que se las podría suponer, pues los miedos que llevan aparejadas tales decisiones, las retratan como heroínas de su propia desgracia. Aquí, como en el resto de la narración, Hamsun saca el máximo partido a su historia y a su técnica narrativa, pues lo que en principio puede parecer una aburrida y anodina secuencia de vidas en un lugar inhóspito de Noruega, él lo convierte en una epopeya —por lo poético que en ocasiones alcanza su prosa— del ser humano que debe enfrentarse contra sí mismo y contra la indomable naturaleza. En esa batalla de colosos el hombre a veces ganará y, en otras, sucumbirá a las inabarcables coordenadas que los bosques, la nieve o la envidia del resto de los colonos, le llevarán hasta un pozo sin fondo. De ese derrumbe y nuevo resurgimiento que se nos propone, es de donde el escritor noruego saca tanto de tan poco, pues convierte a esta novela-mundo en una secuencia de luces y sombras que navegan por un río silencioso: el de la propia vida sin más, lo que nos demuestra que su genio y su gran maestría como escritor son como la semilla de la vida que crece entre el cuerpo y el alma. 
 
Ángel Silvelo Gabriel. 

lunes, 9 de octubre de 2017

OLEANNA DE DAVID MAMET, DIRIGIDA POR LUIS LUQUE: LA BÚSQUEDA DE LA NO VERDAD DE LA VERDAD


 
Quizá no haya nada más sutil que la corriente de aquel que deja las preguntas en el aire con la certeza DE que es él quien maneja la situación y el poder. Ese fariseísmo tan instalado en nuestra sociedad actual es más chirriante si cabe cuando procede de esa falsa progresía que no ha sabido actualizar el discurso del siglo XIX a nuestros días. En definitiva, todo es poder, parece advertirnos David Mamet que, en Oleanna nos somete a una acribilladora ráfaga de preguntas a las que es muy difícil encontrar una respuesta; una respuesta satisfactoria —se entiende— en armonía con el bien general, porque también quizá, están planteadas para que expiemos la búsqueda de la no verdad de la verdad, más si cabe, cuando estos días asistimos estupefactos a movimientos sociales y políticos adoquinados en el fango de tiempos pasados en los que las diferencias se resolvían de la mano de las armas. No hay nada más falaz que la perversión de la palabra en boca de quien se cree incardinado en el alma de un pueblo o en el cuerpo de un Mesías Todopoderoso. En esos límites de lo políticamente correcto es donde se desenvuelve el falso progresista profesor universitario de esta obra de teatro. John es el paradigma de estos tiempos modernos en los que ya nos hemos saltado la cadena de montaje sin llegar a saber todavía qué hacer con ese tiempo que antes empleábamos en apretar tornillos. La base de la derrota actual es la desconexión con la realidad, pues todo nos parece poco a la hora de llevar a buen término nuestros deseos, sean éstos legítimos o no. La letanía del dictador se posa sobre cada uno de nosotros para arrojar la más tétrica de las sombras sobre nuestras vidas y, lo que es peor, sobre nuestros actos. John acosa, pero lo hace en plan tranquilo, porque lo ejecuta con la sutileza de los zorros en busca de comida, sin que por ello deje a un lado los sueños que pertenecen a su canal más transparente de cara a los demás; un canal compuesto de mujer e hijos, casa nueva: chalet, y coche, sin olvidar ese trampolín que le hace merecedor de todo ello: su nueva plaza como catedrático en una universidad de la que reniega, y cuyo sistema educativo aborrece, pero al que no se contrapone más allá de emplear fórmulas de palabras tan complejas que ni sus alumnos las entienden, aunque éstas vengan bordadas en forma de un libro editado; una huella de la que nadie se acordará el día que abandone la universidad. ¿Cabe más hipocresía? Quizá, aún os quede un último rayo de esperanza para contrarrestar esa ola de auto satisfacción. Carol lo hace de una forma anodina, al principio, y salvaje al final. Ella es una alumna que, en la obra de Mamet, representa el soporte sobre el que todavía puede descansar el ardor del guerrero. Lo que ocurre, es que Mamet no se conforma con darle un papel pasivo a la joven alumna que le pide a su profesor que le suba la nota de la asignatura, para que de se modo no la echen de la universidad. Aquí, Mamet proporciona a Carol el desgarro del superviviente que no tiene más armas que las de la denuncia. Una denuncia que, cada vez más, cuenta con la complicidad de la sociedad y la firmeza de las leyes encargadas de darle una respuesta jurídica al abuso de poder, ya sea éste laboral, sexual o familiar. 

Los latigazos de David Mamet, en este caso, están proyectados por la dirección de Luis Luque que, consciente del poder de la palabra intrínseca a esta obra, deja en mano de Fernando Guillén Cuervo y Natalia Sánchez el desbordante poder de la lujuria y la desdicha, para de ese modo, conjurar en sus bocas la necesidad que toda buena obra de teatro debe tener: el desasosiego y la intriga. Aquí, Luis Luque también echa mano de la inteligencia y la sutileza según avanza la función y, lo hace, aliándose con una sencilla escenografía, donde el opulento y anquilosado escritorio del profesor que, avanza por el escenario, para de una forma simbólica anunciarnos el acorralamiento del profesor, pues pasa de ser atacante a víctima de su propia trampa. En este sentido, Fernando Guillén Cuervo canaliza muy bien el esplendor y la desdicha de este falo-hombre colgado de su propia perversión, pues nos muestra muy bien los múltiples matices de aquel que conoce el éxito y la derrota en su vida como si todo estuviese resumido a un gran tsunami que nos pasase por encima en un fatídico instante. Frente a él, Natalia Sánchez que, a pesar de que en un principio apenas balbucee sus palabras, poco a poco va ganando la fuerza de quien sabe cuál es la salida a su poderosa venganza. En este sentido, su sutileza viene simbolizada  cuando la joven estudiante universitaria se recoge el pelo a lo largo de la función en una nueva muestra del cambio de situación que experimentan su situación y sus planteamientos, pues éste, acaba recogido en un moño que representan la presión de aquel que sabe cuáles son los principios de su batalla, pues esa es la esencia de la obra: la infinita batalla por el poder a la que, por lo visto, hombres y mujeres estamos condenados. Eso sí, batallas encadenadas a la búsqueda de la no verdad de la verdad.   

Ángel Silvelo Gabriel. 

domingo, 8 de octubre de 2017

LO QUE YO MÁS DESEO.- MICRORRELATO DE ÁNGEL SILVELO


Hoy hace un año que te perdí, y todavía no comprendo por qué no estás a mi lado. Necesito ayuda antes de que mi corazón haga crash. Me acerco al dormitorio de los niños, los miro y pienso en ti, en las facciones de tu cara, en el tacto de tus manos, en el sonido de tus palabras.

Llego al despacho. Estoy solo. Soy protagonista de mi soledad accidental. Lucho contra ella y la intento vencer como lo hago siempre, recordándote. Hoy esa estrategia no me sirve de nada, porque mi crisis existencial me arrastra hasta el más oscuro de los abismos. Un lugar del que quiero escapar porque tú no estás en él. Todavía deseo tocarte, y sobre todo, verte una vez más. Las palabras ya no me bastan. Sí, aún tengo un capricho. Lo confieso, quiero ver tu sonrisa y vencer al olvido de mis recuerdos y al desaliento de mi memoria. Necesito engañarles con una realidad tan ficticia como la que simbolizan los actores en el teatro, pero tan real como la que ellos me transmiten en sus representaciones. Mi deseo es imposible lo sé, pero ya no me basta con el recuerdo. Preciso de unos aliados para construir esa realidad figurada y enseguida pienso en los niños, en su sonrisa y en el reflejo que ese gesto posee para mí...

Regreso a casa pensando en ti, y mi ingenuidad me permite creer que todavía estarás ahí cuando llegue, sentada en tu sillón favorito con un libro entre tus manos. Mimetizo mis pensamientos con tus anhelos y dibujo mi felicidad con tu presencia. No puedo continuar y me paro en la tienda de siempre, esa que tanto te gustaba. Vuelvo a pensar en los niños, y ellos de nuevo me muestran el camino. Les compraré una sorpresa, y así, nada más verme, revolotearán a mi lado entre alegres y sonoras carcajadas. Ellos no lo saben, pero a cambio, me estarán regalando lo que yo más deseo.
Microrrelato de Ángel Silvelo Gabriel

miércoles, 4 de octubre de 2017

SIN PALABRAS.- MICRORRELATO DE ÁNGEL SILVELO


Evitábamos romper el silencio durante el viaje. Sólo nos mirábamos, aunque lo hacíamos con miedo y desconfianza. Un día me sonreíste, y yo te devolví la sonrisa entre inocentes deseos de decirte aquello que pensaba. Me resultaba extraño no poder preguntarte tu nombre y adivinar lo que se escondía detrás de tu mirada. Al final lo hice en un vaivén del tren de cercanías, pero tú no supiste contestarme. Lo intenté de nuevo, y tu respuesta inundó mis oídos de sonidos ininteligibles. Qué estúpido fui, nunca imaginé que nos separase el infinito mundo de las palabras.
Microrrelato de Ángel Silvelo Gabriel

lunes, 2 de octubre de 2017

EL JUEGO DE LOS DESEOS, LA NUEVA NOVELA DE ÁNGEL SILVELO, ESTARÁ PRESENTE EN LA FERIA LIBER 2017, JUNTO AL RESTO DE NOVEDADES DE PREMIUM EDITORIAL


 
Premium Editorial estará en LIBER 2017 (del 4 al 6 de octubre) en el stand 14C07 (Pabellón 14) del recinto ferial IFEMA. 

Los profesionales del sector que pasen por allí podrán recoger nuestro catálogo de novedades y serán los primeros que podrán ver físicamente obras como El nuevo orden de las cosas, de Zoilo Andrés, o nuestro primer álbum ilustrado, Mecanópolis, de Miguel de Unamuno.  

El horario de visitas es de 10:00 a 19:00 horas salvo el viernes 6 que se clausura a las 16:00 horas. 

En la última edición celebrada en IFEMA se acercaron a este recinto cerca de 10.000 profesionales del sector del libro. Premium acude en esta ocasión como expositor (no como visitante) catalogado como editorial especializada en narrativa española y literatura infantil y juvenil. Allí se reunirá con una decena de empresas de distribución y librerías del continente americano.

 

El juego de los deseos es la historia de tres mujeres que luchan contra sí mismas y su destino. Nadie nace con el gen de la felicidad pegado a su cuerpo, por eso, su búsqueda se convierte en el perenne leitmotiv de nuestra existencia. Sin embargo, a veces, el destino que en principio se muestra aciago y hostil nos da una nueva oportunidad cuando ya no lo esperamos. Bajo el cielo de Afganistán y el influjo de la ciudad de Toledo y sus culturas, nuestras protagonistas se van a comportar como sirenas a las que se les ha sacado precipitadamente del agua, y que en un primer momento, no son capaces de encontrar cobijo bajo la lluvia. La búsqueda de ese invisible escudo protector las unirá en un periplo repleto de encuentros y desencuentros, donde el ritmo vital de sus vidas, marcará el diapasón de sus días, y todo ello, bajo la consigna de un viaje que acabará como ellas no habían esperado.

domingo, 1 de octubre de 2017

EL OFICIO DE TRADUCTOR. Un artículo de Manu de Ordoñana, Ana Merino y Ane Mayoz

 
Hoy, 30 de septiembre, festividad de San Jerónimo, se celebra el Día Internacional de la Traducción, una iniciativa anual que rinde homenaje a los traductores y reconoce su papel esencial en la transmisión del conocimiento. Es una fecha oportuna para investigar su labor y reconocer su mérito, muy poco valorado en un mundo cultural sometido a la egolatría de los escritores consagrados.
 
Cuando nos disponemos a leer un libro, por lo general, ninguno de nosotros se plantea si está traducido o no. Mientras lo leemos o al finalizarlo, si no nos ha gustado, entonces buscaremos culpables o decidiremos no volver a leer a ese autor. Pero también existe la posibilidad de que no esté bien escrito o de que, quizá, no esté bien traducido. A veces, basta con cambiar de editorial para que esa obra nos entusiasme: el traductor es otro.
 
Detrás de la creación de una novela no sólo está el escritor, en ocasiones, también el traductor, ese eslabón invisible al que debemos agradecer su esfuerzo para acomodar el contenido de la obra a nuestro idioma. Porque todos sabemos que entender un idioma no es suficiente para trasladar lo literario, es decir, esa forma determinada, única en cada escritor, que nos hace vibrar, recordar y sobre todo deleitarnos con lo que estamos leyendo. Si somos capaces de diseccionar cada paso que conlleva esta transformación o acomodación de un idioma a otro, comprenderemos mejor el trabajo de estas personas. Porque aquí nos incumbe la traducción literaria y esta no es una tarea banal.
 
«Todo libro traducido es «como un cadáver destrozado por un coche hasta resultar irreconocible» (Thomas Bernhard). 
 
Resulta incomprensible que un escritor no valore el trabajo de un traductor cuando ambas profesiones están muy unidas e incluso muchos compatibilizan las dos. 
 
Varía mucho la relación que el escritor y el traductor mantienen. Puede que se conozcan, que se respeten, que se detesten, que no se necesiten: «El diálogo entre el autor y el traductor, en la relación entre el texto que es y el texto que va a ser, no es apenas un diálogo entre dos personalidades particulares que han de completarse, es sobre todo un encuentro entre dos culturas colectivas que deben reconocerse», decía José Saramago.
 
Donna Leon está muy agradecida a la respuesta de los lectores españoles y es consciente de que esto se lo debe a su traductora Maia Figueroa Evans, quien afirma rotundamente que la figura del traductor debe ser transparente. “Cuanto menos se note, mejor, y eso implica invisibilidad en muchos aspectos”. La escritora norteamericana aboga por una traducción que muestre emoción, que capte el significado del texto, su espíritu y el del lenguaje en el que escriben. Está convencida de que el nuevo texto debe entender su ingenio y astucia; sentir la emoción con la que se ha escrito.
 
No es raro encontrar las dos profesiones en una misma persona. Ahí está el escritor metido a traductor que fue Julio Cortázar: “Yo le aconsejaría a cualquier escritor joven que tiene dificultades de escritura, si fuese amigo de dar consejos, que deje de escribir un tiempo por su cuenta y que haga traducciones; que traduzca buena literatura, y un día se va a dar cuenta de que puede escribir con una soltura que no tenía antes”. Haruki Murakami considera igualmente la traducción como un excelente ejercicio de escritura.
 
Hay otros que combinan las dos facetas. Javier Marías reconoce lo mucho que aprendió al traducir Tristram Shandy, de Laurence Sterne, y confiesa que esa traducción es probablemente el mejor texto que ha escrito. El portugués, al sufrir la censura y la persecución como escritor, tuvo que recurrir a la traducción para ganar dinero. “Los escritores hacen la literatura nacional y los traductores hacen la literatura universal”. De la misma opinión son Milan Kundera y Gunter Grass, escritores conocidos por cuidar y ayudar en lo posible a sus traductores.
 
Existen muchas maneras de traducir un texto, quizá tantas como traductores hay. Pero ¿es imprescindible ser fiel a la obra o es preferible mejorar lo que está escrito? Hay opiniones para todos los gustos. La editora de Alfaguara, Lola Martínez de Albornoz, califica las traducciones españolas de mediocres, de ser demasiado literales, mientras que Jorge Fondebrider, director del Club de Traductores Literarios de Buenos Aires, manifiesta que “cada texto reclama para sí un determinado modo de escritura, a veces se reescribe, a veces se transcribe, a veces se interpreta. No existe un único modo de encarar el trabajo“. Borges se atrevió incluso a modificar ─según él, a mejorar─ la poesía de Walt Whitman y muchos opinan que la traducción es mejor que la obra original.
 
En este sentido, hay traductores que se han permitido licencias mayores relacionadas con la trama (reduciéndola), con el narrador (modificándolo), con los personajes (haciéndoles desaparecer)… Para evitarlo, hay autores que prefieren autotraducirse. Es el caso de Samuel Beckett (Dublin 1906-1988) que, siendo el inglés su lengua materna, tradujo al francés su obra Esperando a Godot, gracias a que conocía a la perfección los dos idiomas.
 
Lierni Otamendi Arrieta define acertadamente en qué consiste una buena traducción: “Debe transmitir el mismo contenido del texto de origen a la lengua de destino, y evidentemente, no debe añadir ideas ni tampoco suprimirlas. El registro del texto de origen, las expresiones, los giros, la terminología deben trasladarse correctamente. Y como el texto se creó para un objetivo y un público concretos, es preciso respetar el espíritu y el objetivo del texto original, para que la traducción provoque su mismo efecto”.
 
Lutero ya expresaba en el siglo XVI las dificultades en su traducción de la Biblia: “Me ha costado mucho esfuerzo traducir para poder ofrecer un alemán puro y claro. Con frecuencia se ha dado el caso de buscar y preguntarnos durante quince días, o durante tres o cuatro semanas, acerca de una sola palabra, sin encontrar, a pesar de ello, respuesta inmediata”.
 
Para quien quiera ahondar en este complejo oficio, hacemos referencia a varias publicaciones. La más reciente es: El fantasma del libro (Seix Barral, 2016) del escritor y traductor Javier Calvo. Además de recoger todas las particularidades del oficio, opina que nadie tiene una teoría convincente de cómo se tiene que traducir. Él es partidario de no mantener ningún contacto con el escritor, puesto que «distorsiona el resultado final (…) y supedita los criterios del traductor a los del propio autor, que no siempre son necesariamente los mejores». Considera el hecho de traducir como algo más que dar con las palabras que expresan el significado de lo que se dice; “es evocar, trasladar ambigüedades y metáforas, atinar con la concepción del mundo que encierra cada lengua”.
 
Al final, hay que reconocer que nosotros, los lectores, leemos la prosa que han escritor los traductores, por lo que deberíamos reconocer su labor y así elevar su prestigio. Tengamos presente que se trata de una tarea larga, compleja, a la que es preciso dedicarle muchas horas y mucha pasión. Si el traductor no ama su profesión, sale lo que el escritor, traductor y crítico literario Eduardo Lago afirma: “Lo que se traga el lector medio, incluso en buenas editoriales, son traducciones mediocres que no suenan a español. Suenan a traducciones”.
 
Artículo de Manu de Ordoñana, Ana Merino y Ane Mayoz