Tiempo de comunicaciones rotas

Tiempo de comunicaciones rotas

miércoles, 24 de mayo de 2017

ÁNGEL SILVELO FIRMARÁ EN LA FERIA DEL LIBRO DE MADRID 2017 EJEMPLARES DE SU ÚLTIMA NOVELA, EL JUEGO DE LOS DESEOS (PREMIUM EDITORIAL, 2017) LOS DÍAS 1 DE JUNIO DE 20:00 A 21:00 HORAS; Y 3 DE JUNIO DE 18:00 A 20:00 HORAS EN LA CASETA Nº 242 DE PREMIUM EDITORIAL


 
La caseta número 242 de Premium Editorial acogerá las firmas de Ángel Silvelo Gabriel, autor de la novela El juego de los deseos.
El jueves 1 de junio, de 20:00 a 21:00 horas (después de la presentación de la novela en la Biblioteca Eugenio Trías de Madrid); y el sábado 3 de junio, de 18:00 a 20:00, son las citas previstas para que todos aquellos que quieran hacerse con un ejemplar dedicado por su autor de esta novela que aborda de una forma novedosa dentro del panorama literario español la presencia de las mujeres en la Fuerzas Armadas Españolas. En la misma, se pone en valor el papel de nuestros militares en las Misiones de Paz en las que participan y se rinde homenaje a todos aquellos que han dado sus vidas en la lucha por la libertad.
 
Breve sinopsis
¿Qué lleva a Laura, Adela y Galiana a dar salida sus frustraciones alistándose en las Fuerzas Armadas? Pues ahí, al menos, es donde Ángel Silvelo sitúa a las tres protagonistas de su novela El juego de los deseos (Premium Editorial, 2017), para abordar, de una forma novedosa y muy real, el devenir de estas tres mujeres militares que tendrán que hacer frente a situaciones que nunca creyeron que vivirían. En este sentido, la novela parte de una prolepsis o flashforward a partir del cual se va construyendo una historia narrada a tres voces que nos llevará desde Qala-i-Naw en Afganistán a Ayamonte en Huelva, pasando por la Academia de Infantería de Toledo, en un periplo de misterio e intriga que nos depositará en un desenlace abierto e inesperado.

lunes, 22 de mayo de 2017

OLIMPIADAS DE LECTURA.- MICRORRELATO DE ÁNGEL SILVELO


Nos quedamos a vivir en la librería, allí, al menos, vendían libros. Okupas de las letras nos llamaban, quizá, porque nuestra dieta era mucha luz, algo de agua y una cantidad infinita de sueños. Aislados del mundo, corríamos detrás de cada palabra por el mero placer de hacerlo. Queríamos volver a sentir la suave caricia del aire que bañaba nuestro rostro cada vez que pasábamos una hoja. Éramos unos atrapa sueños que necesitaban volver a sentirse libres a través del alimento inmaterial que sólo un libro puede proporcionar a las metas imposibles. «¡Sois unos irresponsables!», nos gritaban los que no leían, como si fuéramos unos inconscientes que estaban poniendo sus vidas en peligro en unas oníricas olimpiadas de lectura. Pero a nosotros nos daba igual, porque el anhelo irrefrenable por volver a vivir un sueño, era más fuerte que la sensación de peligro que tanto nos jaleaban los demás, cuando nos recordaban que llevábamos varios días sin comer. Pero lo que ellos no entendían, era que, en el fondo, sólo éramos dos amantes de los libros que, mientras leían, habían materializado un anhelo: unir realidad y deseo. 
Microrrelato de Ángel Silvelo Gabriel 

domingo, 14 de mayo de 2017

NOSOTROS SÓLO QUERÍAMOS VOLAR.- MICRORRELATO DE ÁNGEL SILVELO


 
Aceptó el encargo de El Esclavo sin conocerla, pero el azar quiso que la concibiera de una forma diferente a las otras chicas a las que escribía cartas. Tuvo un presentimiento, pero lo dejó estar. Al día siguiente, cuando llevaba en su poder la carta que Ricardo Arana le había confiado, supo que no se la entregaría a Teresa, y en su lugar la invitaría a ir al cine. La vida en el Leoncio Prado le había enseñado a vivir el momento, y ya no imaginaba el amor al estilo de la “Pies Dorados”…

...Hoy han levantado el castigo a El Esclavo, y le ha dicho, que irá a verla esa misma tarde. Él ignora lo del cine y la carta fuera de encargo que le ha escrito. No pierde el tiempo y emplea sus influencias para salir del colegio y verla antes de que lo haga su amigo. Cuando llega a su lado, la coge la mano y víctima de sus dotes de poeta le dice: nosotros sólo queríamos volar, pero no sabíamos cómo batir nuestras alas. Entonces, una lágrima afloró en su mejilla y antes de que ella se pusiera a llorar, le dijo que la quería.
Microrrelato de Ángel Silvelo Gabriel

jueves, 11 de mayo de 2017

ELENA MEDEL, UN DÍA NEGRO EN UNA CASA DE MENTIRA (1998-2014): REBUSCANDO EN LAS INHÓSPITAS PAREDES DEL ALMA




Allá donde no crecen las pelusas, en los confines del infinito que atrapa a nuestra imaginación y a nuestros sentimientos, en ese lugar que nadie conoce porque nadie se atreve a asomarse a él, la voz poética de Medel va rebuscando en las inhóspitas paredes del alma, de su alma, esos porqués para los que nadie tiene respuesta. Hay muchas formas de viajar a lo largo de la vida, y una de ella es creando poemas, prosa poética o haikus igual que trazos sobre un cristal transparente que deja al descubierto las razones del alma y de nuestra existencia. Esta recopilación de poemas y contrapoemas que abarca el largo período de dieciséis años en la vida de Elena Medel, son el espacio de la creación, pero también, de la redención y la culpa, y de la expiación de ese letargo que nos adormece, y del éxtasis que nos obliga a saltar los muros que encontramos a nuestro paso. Subir y tirarse. Caer y dar mil vueltas. Pararse para volver a levantarse en la letanía de esa música que nos produce la incomprensión de un mundo que nunca es como lo habíamos soñado. En ese duro enfrentamiento entre lo vivido y los soñado es de donde parten los días negros de la voz poética de la cordobesa. De ahí, que sea de ese punto de inflexión, de donde nace la necesidad de búsqueda, de la interrogación que nuestros ojos reclaman al otro, de la aventura que resulta de conquistar ese otro espacio que al principio de nuestro viaje no sabíamos que existiera. Hay mucha indagación en los poemas de Medel, pero también ternura y muerte, y sobre todo, anhelo de certezas, de querer salir de ese mar de nubes que nos confunde y nos hace dudar. La duda, esa gran compañera en la exploración propia y ajena, se instala en los dedos que dibujan los versos de esta poeta que no tiene miedo a tardar ocho años en dejar cerrado un poema, quizá, porque los versos son como la propia vida, que necesitan sus etapas y el íntimo momento de darles carpetazo. Carpetazo lírico y existencial, abominable y mágico, cortante y único. 

Elena Medel se ha mostrado firme a la hora de afrontar esta antología de su obra hasta el año 2014, pues, como ella misma confiesa, sólo ha hecho pequeños cambios en algunos poemas, sobre todo, los del inicio. Por ejemplo, en Mi primer bikini (1998-2001) los poemas son como los sueños de una princesa-niña en los que la zozobra del amor, del culto al cuerpo perfecto, o el miedo a ser una misma, transitan entre líneas, como si la autora quisiera que jugásemos con anhelos más profundos; anhelos que sólo se producen tras la puerta de su habitación, bajo la íntima oscuridad de las sábanas de su cama. Versos que son como sueños húmedos de lluvia, azules de cielo, inciertos como la última miga solitaria del plato. Poemas que en Piercing son recuerdos que se tiran y estallan cual vasija que luego vierte todo su contenido al suelo mientras que nosotros lo miramos todo desde arriba, a una cierta distancia en el tiempo. Esa destrucción se transforma en autodestrucción en Monokini donde la voz poética aborda la ruptura con la adolescencia, con las tartas de cumpleaños, con Heidi y Espinete. Hay en estos versos una necesidad de romperse el pecho para instalarse un corazón nuevo en el que quepan nuevas emociones que, al principio, no sean como el rasguño de una cuchilla de sacapuntas, y que apunten más allá de los póster de la habitación donde reposan los recuerdos antiguos, como esa rebeldía auto impuesta ante la vida, el amor y la desidia a olvidar lo ya vivido como naufragios sin tabla de salvación: «Parece que mi Heidi también duerme/ Pero no,/ Ella es cruel como las institutrices políglotas./ Heidi, mientras rezo, se masturba al oeste de mi pecho.» 

En Vacaciones (2002-2004) asistimos al desgarro del primer intento de amor real, amor de carne y hueso que va más allá de las malditas y traicioneras hojas de papel. Tránsito entre el antes y el ahora, entre la primavera y el otoño, la posibilidad y el sueño. En este caso, la voz poética indaga en la proximidad del tacto, en la lejanía del hueco, en el azul de un cielo imaginario sin luna ni estrellas. Versos premonitorios como éste que cierra este poemario estacional: «Con las muñecas rotas/ te estoy diciendo adiós.» Algo que en Un soplo en el corazón (2002-2004) se traduce en la fugacidad del deseo, del amor, de un soplo en la nuca. Aquí, la temporalidad de los gestos, de la primavera, de un poema o de la geografía de la traición que nos acecha se hacen verbo y carne.

Las encrucijadas del tiempo y la vida se dan cita en Tara (2001-2006), donde la muerte de la abuela primero y de otros seres queridos después, reflejan una voz poética más queda y silenciosa, que indaga en los recuerdos y ausencias forzadas por el óbito de aquel a quien queríamos. Los poemas tienen forma de número de la no suerte (en concreto siete) que, como acróbatas del dolor devienen en poemas de la no vida. En este avance hacia el otro lado del abismo se produce un punto de inflexión que huye de los primeros miedos y rezos, de los funerales y las iglesias, de la niñez y sus virginales cuadernos de dos rayas. Hay un camino lleno de piedras a las que la poeta va dando patadas hasta dejarlo todo despejado. Después nada más que nos quedan las nubes que no saben de nuestra rebeldía y transformación en alguien que ya no se reconoce en lo de antes, y que ha calmado su furia pero no su temperamento perverso a pesar de todo, sólo adormilado por la dosis suficiente de serotonina que nos impide visualizar el abismo. Poemario, éste, más cercano en muchas ocasiones a los poemas narrativos, que son como una vida y muchas, pues hay muchas formas de vivir y revivir las ausencias, aunque ninguna de ellas como la propia, pues ésta está impregnada de las líneas que nos trazamos en las muñecas con nuestra propia escuadra y cartabón: «En esta tercera vida escribo poemas, duermo en hoteles, me embarco en relaciones sin futuro. Una persona normal, eso me dicen./ Mi corazón perverso se ha calmado.» 

En La caída del imperio romano (2003-2010) se encriptan los sentimientos, se contraponen los anhelos y la percepción de la realidad, y se exponen los grandes retos que nos presenta la vida, como el título de uno de los poemas de este conjunto inédito: «el corredor de fondo pierde el aliento», pues la voz poética necesita pararse para avanzar. Se avistan los obstáculos a lo lejos, y esta vez hay una íntima necesidad de esquivarlos, aunque sea tan imposible como eludir la lluvia para los naranjos. Disparos inmisericordes que nos perforan la memoria. Isola delle femine (2011) nos sugiere el aliento con el que se consumen las palabras, los gestos, las piel y los recuerdos. Aquí, el énfasis está en las sensaciones del tacto y el gusto, que definen minúsculas líneas en busca del silencio. 

Como ya definí en una reseña anterior, Chatterton (2014) es un poemario que ha sido calificado como de "generacional", y es el fruto de ocho años de trabajo, donde Elena Medel arranca espinas a la realidad y las clava cual chinchetas en sus versos. Ahí, donde se juntan esos pedacitos de realidad, gravitan la mirada de una JASP que nos inculca como nadie las ínfulas de que lo imposible es posible, hasta incluso, de que las mujeres que hay dentro de sí misma, y a las que éstas a su vez representan, son las heroínas de una intrahistoria llamada Chatterton que, a diferencia de la ópera en tres actos de la que toma el nombre y que recoge libremente la vida del poeta maldito inglés Thomas Chatterton, no necesita reivindicar únicamente la estética del fracaso para salir airosa de ese encuentro. Elena Medel igual que si fuera un profesor que ha escrito un manual de Geometría descriptiva en el que nos muestra la realidad tridimensional en sólo dos dimensiones, nos descompone la realidad y contrapone la luz al fracaso, la esperanza a la melancolía, y algunas certezas a la duda: «Nadie se posa en el alféizar —son veintiocho años/ de espacio adolescente—,/ pero qué ocurriría si el pájaro sobre el que he leído/ en todos los poemas/ se colara por el patio de luces y asomara/ por el alféizar de mis veintiocho años,». En esa rendija de luz que se cuela por la poderosa superficie del fracaso es donde nos quedamos. La melancolía de la pérdida se convierte así en una fe que no conoce límites, porque la redención del fracaso siempre es un pozo rico en hallazgos, igual que las heridas de nuestros errores nos recorren el interior de nuestra piel.   

El resto del volumen lo compone unos poemas que la autora ha titulado como Poemas de un libro en preparación (a los que no ha fechado), y otro conjunto de poemas bajo el nombre de Poemas dispersos. En el primero de ellos se hablar del amor, del amor futuro, quizá inesperado, adormecido en el frío de la noche y la dureza del golpe en las miles de preguntas sin respuesta que nos rodean cada día, a cada instante… Y en el segundo, se reclama el desorden; el desorden que recorre nuestra piel, el desorden que rebusca las inhóspitas paredes del alma.  

Ángel Silvelo Gabriel. 

martes, 9 de mayo de 2017

RAMÓN SURROCA, LENTA LUZ DE LA HABANA: EL PESO DE LA DIGNIDAD DEL DESENCANTO


Después de leer Lenta luz de La Habana de Ramón Surroca, cabe preguntarse cuánto pesan el alma o la dignidad, sobre todo, si sobre ellas se proyectan las sombras de los ideales de un régimen que comenzó siendo liberador para terminar convirtiéndose en totalitario. «No hay nada más veloz que la luz…, como los sueños que se resisten a morir», nos dice el autor al final del prólogo con el que se abre esta novela, y en el que ya nos ubica en el lugar y en el tiempo sobre el que transita esta historia que nos muestra el peso de la dignidad del desencanto, algo tan inmaterial como el alma o la materia de la que están fabricados los sueños, pues nadie más que uno mismo sabe de su valor y su trascendencia. De ahí, que casi al inicio de esta narración de “autoficción” uno de sus protagonistas nos diga: «Nos hemos acostumbrado a no esperar ya absolutamente nada, a vivir de los recuerdos». Y quizá, si Ramón Surroca pone en boca de uno de sus personajes tales palabras, sea porque una de las mayores tragedias del ser humano sea esa, ya que los recuerdos forman parte de la vida que se nos fue muriendo. En este caso, la búsqueda de la verdad anclada en la esperanza se muestra, por sí sola, como una bella manifestación de lo imposible, como imposibles son los sueños del que desea la luna cuando es incapaz de alcanzarla, lo que nos lleva a plantearnos que algo falla cuando el esfuerzo colectivo sólo tiene un reflejo positivo en las condiciones de vida de unos pocos, las de aquellos que solemos denominar como clase dirigente, porque entonces, la utopía de la libertad deja de ser un concepto inmaterial y deviene en la manera de afrontar y esquivar el laberinto diario que esa mala ejecución de los ideales lleva al desencanto a todos aquellos que un día lucharon y creyeron en ellos. En esta novela el aislamiento cubano no es sólo geográfico o político, sino que el acierto de Ramón Surroca está en mostrárnoslo como si fuera la búsqueda del hielo que el coronel Aureliano Buendía rememora frente al pelotón de fusilamiento en el famoso inicio de la novela de Gabriel García Márquez, Cien años de soledad, pues en muchos de sus personajes hay una reivindicación explícita e implícita de ese mundo que se fue y ya no existe, de esa realidad que ahora está impuesta por un día a día ni querido ni soñado. El realismo mágico del que en ocasiones beben los personajes de este viaje a las entrañas de la utópica búsqueda de la libertad por parte de los cubanos, es una muestra más del poder intrínseco que tienen los sueños y su capacidad para desvirtuar la realidad. Nora, Reynaldo, David, Óscar o Ana María, encarnan como pocas veces se da en la literatura esa travesía a lo largo del Ancho Mar de los Sargazos que Jean Rhys nos dibujó en la segunda mitad del siglo XX, para mostrarnos la desigualdad de aquellos que se convierten en extraños dentro de su propia tierra, en una especie de exilio que va más allá de uno mismo y de la conquista de su propia libertad.

Ramón Surroca en Lenta luz de La Habana también nos plantea, entre otras muchas cosas, no sólo la necesidad de la lucha por unos ideales, sino la importancia de la necesidad de la esperanza. Un pueblo sin esperanza es un pueblo muerto, y es ahí, donde el narrador de esta historia lucha contra sí mismo y su propio abatimiento cuando comprueba de primera mano el estado real de los cubanos que en su día apoyaron la “idealidad revolucionaria”. En este sentido, hay un juego de espejos que emiten imágenes y reflejos en varias direcciones, pues si los cubanos añoran la libertad con la que se vive en Occidente, el narrador siente lo contrario cuando ve el espíritu de lucha y sacrifico que tienen los cubanos a la hora de seguir manteniendo vivo el valor de unos ideales que han naufragado en su ejecución práctica con el paso de los años. Y de ahí deviene el sentimiento de culpa del narrador por ser embajador involuntario de un mundo anhelado por los demás. Sin embargo, hay una última posibilidad para la esperanza, y esta no es otra que la oportunidad del diálogo que nos presenta la opción de explorar los conceptos de “idealidad revolucionaria” —que han llevado al narrador y a Caterina a Cuba—, y el de la “rebelión” ante la severa experiencia de la situación real de los cubanos. Y es en esa confrontación biunívoca donde unos y otros ensalzan aquello que no tienen.

No obstante, la novela es también un viaje interior en el que su protagonista pone en cuestión su forma de ver y entender la vida, sus ideas y sus ideales. Y de esa obsesión nace este collage al que el narrador ha titulado como Lenta luz de La Habana que, tal y como él nos apunta, sus personajes «simbolizan la fe en valores que nunca debería abandonar el ser humano». A lo que hay que añadir que Ramón Surroca lo hace desde el punto de vista del narrador omnisciente, intentado mantener siempre ese punto de equilibrio entre lo vivido y lo recordado, lo visto y lo sentido, lo deseado y lo negado, lo que le proporciona a la historia un plus de autenticidad, pues en ningún momento se nos trata de llevar manipular, sino que más bien todo lo contrario, porque el autor se limita a mostrarnos aquello que él vivió hace algo más de veintidós años, y de esa forma, que cada lector extraiga sus propias conclusiones. En este sentido, cabría apuntar que estamos ante una novela atmosférica, no sólo por esas tormentas tropicales y lluvias torrenciales que acompañan el devenir de los personajes en esos momentos del día donde parece que todo se desvanece, sino que esta sensación también se produce cuando el narrador aborda las abundantes y minuciosas descripciones del entorno que visita, y cuando describe las impresiones que le sugieren cada uno de los personajes, a las que en muchas ocasiones el autor remata con una frase certera, por lo profundo de su mensaje; y brillante, por los magníficos juegos de imágenes que consigue con sus metáforas.

En definitiva, Lenta luz de La Habana nos narra la forma de vida de unos personajes que, entorno a una nueva forma de asociacionismo a la que ellos denominan como “la cooperativa”, nos muestra su lucha diaria por buscar y encontrar nuevas vías de llevar a cabo la revolución en la que un día creyeron de una forma digna, quizá, porque no les queda más remedio si quieren seguir soportando el peso de la dignidad del desencanto.

Ángel Silvelo Gabriel.

lunes, 8 de mayo de 2017

ME LLAMO ÁNGELA Y TENGO UN CROMOSOMA MÁS

 
Este es un libro escrito en primera persona con la voz narrativa de una niña con Síndrome de Down que explica cómo es su vida de forma amena y sencilla, desde la perspectiva de alguien que vive con esta característica. No pretende ser un libro informativo o manual, sino un acercamiento amable y cariñoso para los niños de primaria que desconocen el tema. Y también para los adultos.

Todos los ingresos de la venta de este libro irán destinados íntegramente en beneficio de los niños con Síndrome de Down y su inclusión en la sociedad.
http://www.down-town.org.mx


¿Qué te pedimos?
1) Si es posible y te animas, a comprarlo: https://www.amazon.es/dp/B06XWZZ9Q9 , eso nos ayudaría mucho para posicionarlo en Amazon.
2) Que reenvíes este correo a tus contactos, para difundirlo.
3) Que lo compartas en redes sociales: https://www.facebook.com/ramon.alcarazgarcia

Si no lo puedes o no quieres comprarlo y te interesa, te lo puedo enviar en formato pdf. Solo está editado en digital. SI conoces alguna fundación de este tipo, puedes decirles que se pongan en contacto conmigo, para cederles el libro gratuitamente.
Se trata de una iniciativa para concienciar de que ser Down no es una enfermedad, y eliminar o minimizar los prejuicios que se tienen sobre las personas con este síndrome.
 
Ramón Alcaraz

domingo, 7 de mayo de 2017

UN EQUILIBRIO PERFECTO.- MICRORRELATO DE ÁNGEL SILVELO


 
Siento miedo y vértigo a la vez. ¿Esta será la definitiva? El hecho de ser el vástago preferido de mis padres no implica que disponga de más oportunidades que el resto de mis hermanos. El otro día hicieron referencia a ello, pero utilizaron un símil con una brújula a la que se le había perdido el norte. Ahora sé que no puedo perder más el tiempo y, sin previo aviso, las palabras se atropellan en mi cabeza. Ellas, como yo, necesitan salir victoriosas de este reto. Intento ordenarlas: juez, jurídico, jurisdicción, justicia, juzgado. Esta vez me ha salido bien. Ya veremos mañana, cuando hasta el peso de la toga sea simulado, como mis presuntos conocimientos del mundo del Derecho. Si suspendo, el recuerdo del naufragio del velero de mis padres el verano pasado sólo habrá sido una anécdota en mi vida. Pienso en la palabra naufragio, mientras a través de la ventana veo cómo un carámbano pegado al alfeizar guarda un perfecto equilibrio con el vacío. Desecho naufragio y vacío. Me quedo con equilibrio, y con él, mi ánimo se vuelve más sosegado. Tanto, que aún soy capaz de formular un deseo.
Microrrelato de Ángel Silvelo Gabriel

 

 

LADY MACBETH, DE WILLIAM OLDROYD: EL ANSIA DE LIBERTAD ENGENDRADA POR EL DESEO


 
El silencio que se sobrepone a la lujuria, el miedo que explora territorios donde siempre reina la derrota, o el poder de concentración de las miradas perdidas que expresan a la vez anhelo de venganza y determinación perversa a la hora de buscar con ansia una libertad engendrada por el deseo tan poderosa en sí misma que se nos muestra incapaz de ser aplastada, son, cada una de ellas, una buena aproximación al universo fílmico que nos propone el hasta ahora director teatral William Oldroyd a la hora de provocar a nuestros sentidos con esta versión de la novela “Lady Macbeth de Mtsennsk” del escritor ruso Nikolai Leskov. Esa tiranía expresiva que tan bien interpreta una inconmensurable Florence Pugh en el papel de Lady Macbeth, nos deposita en la zona más oscura de los sentimientos, a los que su director dota de una generosa capacidad de intriga, misterio y desdén en el tortuoso camino que ella recorre para llevar a cabo sus maquiavélicos planes. En este sentido, la sencillez argumental se complementa a la perfección con los encuadres realistas y de matiz pictóricos que decoran a esta tragedia sin más límites que el de la propia imaginación de la protagonista. En ocasiones, parece que estamos asistiendo a una obra de teatro si no fuera por el minucioso montaje que el director nos proporciona a la hora de ir mostrándonos las diferentes cualidades interpretativas de una Lady Macbeth inmisericorde, pero terriblemente atractiva de cara al espectador, al que remueve de su asiento en una magistral percepción de la venganza y el miedo que se lleva a convertir en terror, tras haberle mostrado antes, sus grandes dosis de sensualidad a la hora de concebir el miedo como el mejor arma para disfrutar con plenitud del deseo que sólo busca las suficientes gotas de placer que sacien el instinto sexual del animal que la protagonista lleva dentro.
 

Lady Macbeth, a su vez, es también una propuesta trasgresora que se replantea más allá de los sentimientos de su actriz protagonista, pues de una forma más que arriesgada —quizá no tanto para la sociedad actual— nos muestra la confrontación de este drama ubicado en 1865 en la sociedad rural inglesa con actores y actrices negros que desempeñan los papeles conductores, y a la vez transgresores, de una historia que desenvuelve muy bien en su afán de mostrarnos las cualidades de la venganza más allá del cliché de la sociedad victoriana a la que nos tienen acostumbrados los diferentes films británicos de época. Esa explosión cinematográfica tan reivindicativa a la hora de rasgarnos nuestros particulares estereotipos, es sin embargo, más academicista en cuanto a la puesta en escena, siempre sobria e iluminada con la precisión de aquel que nos muestra el corazón de las tinieblas con una absoluta devoción estética por el juego del contraluz y la elección de unos colores intensos y demoledores como el espíritu libérrimo de su protagonista. Magníficas son las secuencias en las que Florence Pugh posa con su vertiginoso vestido color azul, al que le proporciona las dotes de la verdad y la venganza con una mirada punzante.
 

Lady Macbeth es un cine de autor con amplias reminiscencias teatrales en cuanto a su concepción en la puesta en escena, pero también es una magnífica y transgresora propuesta que nos hace saltar todos aquellos clichés de nuestro imaginario victoriano, pues su director, William Oldroyd, no se pone límites cuando nos quiere remover nuestras conciencias a la hora de plantearnos el ansia de libertad engendrada por el deseo. 

Ángel Silvelo Gabriel. 

sábado, 6 de mayo de 2017

TEATRO TRIBUEÑE PRESENTA EL CORAZÓN ENTRE ORTIGAS, DIRIGIDA POR PACO DE LA ZARANDA Y ESCRITA POR EUSEBIO CALONGE: LA REBELDÍA DEL ARTISTA FRENTE AL SILENCIO DE LA MUERTE


 
¿Qué sería de nuestra memoria si no la pudiésemos nutrir del trabajo de los artistas? Pintores, escultores, actores, escritores y poetas, entre otros, vierten ese último sentir de sus entrañas sobre las turbulentas aguas de la vida por las que, en ocasiones, se arrastran cadáveres anónimos. Cadáveres que son la señal más abominable de las incógnitas adheridas a la ignominia del ser humano; incógnitas que a lo largo de los siglos aún no hemos sido capaces de despejar para llegar a convivir en paz. Atrapar ese sueño imposible del artista, porque se transmuta en una sombra a la que nunca puedes poseer, es la última alabanza hacia el dios ARTE y la diosa MEMORIA a las que se han encomendado el texto de Eusebio Calonge y la dirección de Paco de la Zaranda para mostrarnos la rebeldía del artista frente al silencio de la muerte, porque quizá no haya nada más cruel que vislumbrar a la muerte que procede del cielo: espacio infinito en el que volcamos parte de esos sueños que para nada tienen que ver con el trance de nuestro propio óbito. Como dice uno de los actores de esta obra —una vez más, extraordinario reparto encabezado por un poderoso David García—: «los recuerdos son la vida que se fue muriendo». Y es, con esa lanza que procede del pasado, con la que las actrices y actores de esta obra nos van atravesando el cuerpo con la necesidad del que te clava un objeto, no para hacerte sangrar, sino para que te replantees cuál es la última razón de la barbarie que nos asiste a las personas cuando nos matamos por unos ideales. Planteada como un texto que va escribiendo su autor, Carlos Morla Lynch, —interpretado por un David García que ejerce de un forma espléndida de director sobre el escenario de todo el elenco actoral que se desenvuelve de una forma armoniosa, lúcida y trágica ante la peor de las desgracias que le pueden ocurrir al ser humano—, la obra en sí misma es un encuentro entre el artista y su mundo creativo, entre el héroe y su palabra, entre las elevadas ideas y su trágico reflejo sobre la verdad, porque como nos dice el propio David: «cuando lo hice buscaba la belleza»; una belleza que en esta ocasión no tiene la posibilidad del deleite estético por mucho que nos preguntemos, tal y como lo hacen los actores de este montaje, «¿le importa a la Historia las lágrimas?». Un simbolismo estético y poético que resurge con creces de las cenizas de la desidia que envuelve en gran parte a nuestras vidas, para erigirse en un baluarte por el que luchar hasta el final de nuestros días. Porque: ¿hay vida sin ideas?, ¿hay esperanza sin hacerle frente a lo imposible? 

El corazón entre ortigas es la posibilidad de la esperanza que se espía a través de la sinrazón de las guerras y las muertes que éstas acarrean en pos de unos ideales que nos tan naif como nos los pintan. Con la herramienta del simbolismo estético que trata de abrirnos la caja en la que guardamos a nuestra alma, Paco de la Zaranda se recrea en la necesidad de lo majestuoso mediante unas soluciones escénicas tan sencillas como líricas, tan directas como demoledoras, tan mayestáticas como iconográficas. Baste recordar si no, la presencia de los actores, de pie, tapados por unas mantas que simbolizan el anonimato impune del que se sirven los asesinos escondidos bajo las coordenadas de las grandes causas. En este sentido, el año pasado ya tuvimos la oportunidad de ver un primer montaje de esta obra en el Festival Surge de Madrid, en el que ya nos quedó claro que el teatro es símbolos y metáforas, gritos y ecos, reflejos y sombras, vida y muerte. Una propuesta de por sí extraordinaria, y que sin embargo, ha sido mejorada para dar como resultado una versión más compacta, coral, lírica y demoledora de esa idea tan bien rebatida sobre el escenario como es la inutilidad del arte frente a la muerte. No obstante, también hay espacio en este montaje para la copla y el costumbrismo, el recuerdo del amor y de la juventud, y la pureza de aquel que sólo desea reencontrarse con sus seres queridos —soberbia la actuación de Inma Barrionuevo en el duelo del dolor y la falta que de nuevo nos regala sobre el escenario—, para mostrarnos una vez más la idea de ciclo que todo lo puede. Ese ciclo que nos advierte de que «otras ideas y el mismo miedo», quizá, porque la rebeldía del artista frente al silencio de la muerte sea la única forma de no volver a caer en los mismos errores, porque tal y como nos recuerda Nereida San Martín al inicio de la obra: «también ustedes serán parte de la historia y de su olvido». 

Ángel Silvelo Gabriel.