Tiempo de comunicaciones rotas

Tiempo de comunicaciones rotas

miércoles, 16 de mayo de 2018

FESTIVAL SURGE MADRID EN TEATRO TRIBUEÑE CON LA OBRA "AMIGA", ESCRITA Y DIRIGIDA POR IRINA KOUBERSKAYA



Desde un fragmento de la vida de Marina Tsvietáieva, una poetisa rusa con dotes de genialidad, Irina Kouberskaya escribe el trazo del destino que puso a dos poetisas jóvenes una frente a otra, y lo hace desde un encuentro apasionado, químico, físico e intelectual que potenció de manera sublime la creación de las dos. A lo que añade: «quisiera redimir el derecho a la subjetividad, romper los estereotipos de la homosexualidad y crear un himno a la sensibilidad, la estética y el amor».

lunes, 14 de mayo de 2018

JAVIER FERNÁNDEZ APARICIO, LETRAS CULPABLES: EL REVERSO DE LA CONCIENCIA




La verdad, hoy en día, no es única ni un camino de una sola dirección. Quizá, porque ahora y siempre, la verdad es y ha sido aquello que nos cuentan y aceptamos como tal. De ahí, que no esté mal recordar la famosa frase de Joseph Goebbels: «una mentira repetida adecuadamente mil veces se convierte en una verdad». Posverdad lo llaman ahora, como si sólo existiese una única meta en la vida: la imposición de nuestras ideas o valores por la fuerza de la no verdad. Hay muchas formas de afrontar nuestra existencia y, una de ellas, es la de ser honesto con uno mismo y confrontar aquello que vemos, nos dicen y vivimos con nuestra conciencia. Hay valores universales en el ser humano que no admiten dobles interpretaciones como la dignidad, la vida o la verdad. Por eso, es tan importante ver, oír y detenernos ante el reverso de la conciencia que nos muestra el lado oscuro del hombre, ese que no sale en la posverdad rampante que nos aborregaba antes y nos aborrega ahora. Contra el imperio de la fuerza está el imperio de la ley —la ley democrática, se entiende—, y contra la posverdad el reverso de la conciencia. Quizá, no haya nada más hermoso, altruista y generoso que combatir a la mentira con la palabra. La palabra que se desdobla en cultural oral, en libros, en bibliotecas; y todos ellos, a su vez, en escritores, bibliotecarios, periodistas, maestros, lectores... Ese es el camino emprendido por Javier Fernández Aparicio en esta colección de relatos titulada, Letras culpables; una serie de relatos donde la verdad se abre camino desde la frontera que divide al fanatismo, de la búsqueda de la luz; una luz que en estos cuentos se derrama sobre todos aquellos acontecimientos que nos llevaron a la Segunda Guerra Mundial y a la persecución y genocidio de los judíos. Uno de los grandes aciertos de este conjunto de cuentos está en que cada una de las historias representa la fuerza que tiene la palabra en el comportamiento humano y su nada despreciable valor a la hora de la manipulación de las grandes masas; y otro, sin duda el más bello, es que cada una de estas historias está enmarcada dentro de la literatura y el mundo de los libros, pues ellos son, a la vez, los protagonistas y la esencia de los relatos que se nos cuentan. En este sentido, su autor, Javier Fernández Aparicio, hace un gran trabajo de documentación y nos trae diez episodios y sus respectivas historias desaparecidas en su momento de la actualidad que se nos narra, o que simplemente fueron arrinconadas en una esquina de los diarios de la época. Esa aparente casualidad o anécdota es la que se convierte en el reverso de la conciencia en Letras culpables. Estas diez historias se caracterizan por un tono descriptivo y neutral que trata de alejarse del matiz moralizante que, sin embargo, no renuncia a proporcionarnos el resultado final de aquello que se nos cuenta a lo largo del tiempo con unas cláusulas de cierre a modo de elipsis o saltos en el tiempo que nos facilitan la comprensión de aquello que se nos narra y, de paso, nos permiten cerrar la historia, aparte de una forma individual, también global, y lo hace sin más juicio que el del propio paso del tiempo, que aquí se convierte en juez y parte de la barbarie y de las intrahistorias que se nos narran.

Letras culpables se alza de una forma triste, pero valiente, como el testigo de una actualidad que de nuevo se repite. Este reverso íntimo y desconocido del III Reich para una gran mayoría de ciudadanos europeos es sin embargo, una vez más, la advertencia sobre el exacerbado auge de los nacionalismos y su manipulación sobre la verdad, lo que de una forma trágica estamos viendo y viviendo en España y en otros países europeos. Stefan Zweig analiza muy bien todos estos pormenores en su libro, La desintoxicación moral de Europa, donde a través de una serie de artículos y textos de conferencias, nos advirtió de la devastadora irracionalidad que los nacionalismos ejercieron sobre Europa. En este caso, Javier Fernández Aparicio, como ya hiciera el escritor austriaco en su momento, nos saca a la luz las devastadoras consecuencias humanas y materiales de aquellos episodios anteriores a la Segunda Guerra Mundial. En este sentido, Letras culpables retrata muy bien el desastre de la Unión Europea que, en la actualidad, anda perdida en un ciclo de miedos e indefiniciones respecto de la construcción de una Europa fuerte y firme frente a los nacionalismos y sus evidentes peligros.

Las historias que se encuentran dentro de este tan interesante como necesario, Letras culpables (Relatos sobre libros antes y durante el III Reich), son una muestra más de lo vital que resulta luchar contra el olvido y hacerlo desde el poder de la palabra, para de ese modo, no llegar a confundir la verdad con la posverdad, lo que nos obliga a visitar con más frecuencia el reverso de la conciencia.

PD: ¡Ah!, y no se pierdan las fotografías de Álvaro Martín Mayorga que ilustran cada uno de los relatos.  

Ángel Silvelo Gabriel.

domingo, 13 de mayo de 2018

LOS RELATOS EN OTOÑO.- MICRORRELATO DE ÁNGEL SILVELO



Los relatos en otoño se encuentran atrapados por los recuerdos del verano. Intentan poseer los últimos atardeceres plenos de luz y los felices momentos que engendran. Si nos parásemos a mirarlos, veríamos que se asemejan a las hojas que yacen en el suelo y que desprenden reflejos dorados cuando la última luz de la tarde trata de iluminarlas. No nos damos cuenta, pero sus destellos están llenos de sabiduría.

            Los relatos en otoño buscan certezas en las que ampararse, y así, sentirse seguros ante la próxima ausencia de vida. Lo malo de encontrar es que hay que seguir buscando. Ellos lo saben muy bien, y por eso anidan en nuestros recuerdos y se nos acercan cuando creemos que ya no nos pertenecen. Vienen, se detienen y se van, dejándonos huérfanos de pasión.

            Los relatos en otoño engendran encuentros huidizos y contactos aletargados. Dentro de ellos, nuestros deseos apenas se entrecruzan y huyen en busca de algo más verdadero y consistente. Sin embargo, no caen en el desaliento y siguen buscándonos. Se empeñan en apoderarse de nuestro recuerdo más íntimo, le acunan para que no se sienta solo y perdido; son tan generosos que le nutren de esperanza.

            Los relatos en otoño expresan deseos que se harán realidad. Aletean sobre nuestras vidas de una forma caprichosa; son como una espiral en el camino que siempre terminan en un invierno frío; frío como el desamor.
Microrrelato de Ángel Silvelo Gabriel


martes, 8 de mayo de 2018

AMELIA PÉREZ DE VILLAR, MI VIDA SIN MICROONDAS: LOS MIEDOS DEL ALMA





La vida se compone de diferentes melodías que nos acompañan a lo largo de los días. A veces, lo hacen sin molestar, y otras, de una forma estridente. En este caso, Amelia Pérez de Villar combina unas y otras a la hora de definir y modelar a su protagonista, Clara, que, como cualquier heroína anónima, se pierde por los pentagramas de unas partituras que no entiende por mucho que se esfuerza en ver algo de luz a través de ellos. Estos días sin vino ni rosas están narrados desde la proximidad de aquel que siente en su propia carne la desdicha de no poder llevar a cabo aquello con lo que siempre ha soñado; y si no los consigue es por la oposición que los demás ejercen en su vida. El letargo de los días, sin duda, lo compone la estridencia de decisiones que en ocasiones nos encubren a la gloria y en otras nos depositan en la miseria, por ello, lo verdaderamente difícil es saber andar sobre ese filo de la navaja que siempre nos persigue en modo de amenaza. Explorar ese agujero negro y dar con su salida es el gran reto, aunque ésta ni sea la definitiva ni la mejor de las opciones que se nos presentan. El alma se compone de varios caparazones y llegar a su núcleo es una tarea complicada, tanto para el que la posee como para el que la busca. En ese geografía de incertidumbre y nostalgia, posesión y destreza, armonía y ritmo es donde la protagonista de esta novela, Una vida sin microondas, deposita los miedos del alma, y lo hace en una especie de cofre donde guarda el amor a su hijos, el deseo hacia su vecino, la fidelidad a su amiga y la devoción por su madre. En esa amalgama de diferentes formas de amar es donde Clara tropieza una y otra, como si todo se redujera a una mala nota emitida a destiempo o demasiado alta, pues en muchas ocasiones ella nos deja ver su imposibilidad para amar. Para amar de la forma en la que ella entiende que es el amor y su materia prima: heterogénea, caprichosa y leal. En ese cubo donde se mezcla la pasión con el miedo es donde los monólogos de Clara ganan. En esa interioridad desnuda de falsedades donde la vida es cruel y sabia a la vez es donde la fuerza narrativa de la autora gana muchos enteros, pues es capaz de llegar directa a la esencia de la vida que se nos presenta como una pradera bañada por el sol del atardecer en primavera. Lejos del ruido de los demás, los miedos del alma de Clara alcanzan su cima en una larga serie de confesiones que no necesitan de ninguna aprobación salvo la del eco de su voz, o el de su pensamiento.



Una vida sin microondas es una novela escrita de una forma ágil y a través de capítulos cortos que nos incitan a seguir su lectura, sin dejar de lado el juego de elipsis que Amelia Pérez de Villar sabe dosificar muy bien para atraer la atención del lector. A lo que habría que añadir esas desfragmentaciones en el texto ya presentes en su primera novela, El peso de la desmesura, y que le dan un tono distinto a su escritura, como de afluente dentro de la corriente de un río. Un río que estaría representado por el barrio madrileño en el que se desarrolla la acción a modo de un microcosmos dentro de la gran ciudad; una ciudad, Madrid, donde todavía unos y otros se conocen, y donde dan rienda suelta a sus mezquindades. Aquí la ciudad no es la protagonista del ruido que nos acompaña a lo largo de nuestras vidas, si no la ausencia, pues los personajes se apoyan en unas pocas calles, locales comerciales y viviendas a modo de plató de una serie de televisión. En ese pequeño espacio en el mundo es donde la autora encuentra los ecos y reverberaciones de sus personajes, y donde los hace entrar y salir bajo las coordenadas existenciales de Clara, a modo de ventana a la cotidianeidad del siglo XXI, tal y como referencia Manuel Rico en la contraportada de la novela.



Amelia Pérez de Villar compone en esta novela una melodía de reflejos interiores, búsquedas y mapas de sensaciones, donde, por ejemplo, el microondas del título es una perfecta metáfora de la vida que llevamos, de los valores que nos mueven y de las prisas que nos atropellan los sentimientos. Melodías estridentes, a las que la autora, sin embargo, sabe manejar con firme batuta a la hora de encaminarlas hacia ese otro lugar donde los ecos del sonido se transforman en los miedos del alma.



Ángel Silvelo Gabriel. 

domingo, 6 de mayo de 2018

UN JARDÍN JUNTO AL MAR.- MICRORRELATO DE ÁNGEL SILVELO



Siempre quise surcar océanos y mares. Iluso de mí busqué en infinidad de libros, detrás de los escaparates de las librerías, tras los rimeros de las bibliotecas, pero nada, nunca fui capaz de cumplir mi sueño. Y, para colmo, ya no sé dónde anidan los poemas olvidados, ni las metáforas imposibles que me puedan ayudar. Insisto explorando odas y sonetos. Y, casi sin querer, me tropiezo con mi anhelo pegado en una pared. Es un poema de Machado. Un poema que casi tenía olvidado: «Érase de un marinero/ que hizo un jardín junto al mar…»
Microrrelato de Ángel Silvelo Gabriel

jueves, 3 de mayo de 2018

TEATRO TRIBUEÑE: PROGRAMACIÓN DEL MES DE MAYO DEL 2018

TEATRO TRIBUEÑE

TEATRO DE REPERTORIO

PROGRAMACIÓN MAYO

Todos los colores de primavera



TEATRO INFANTIL


FINES DE SEMANA DE MUSICAL




TRIBU DE POETAS DE ESTE MES



miércoles, 2 de mayo de 2018

ANDRÉS ORTIZ TAFUR, MENSAJES EN UNA BOTELLA QUE ESTOY ACABANDO: UN VIAJE HACIA EL ECO DEL PASADO



Atrapar el tiempo y volver a vivirlo desde el futuro. Reescribir las directrices de una vida que nunca es como la pensamos, igual que ese balcón al que ya nadie se asoma y en el que buscamos denodadamente algo que nos lleve de nuevo a él en un viaje hacia el eco del pasado. Un eco que, sin embargo, se ha perdido en la estepa del silencio. Allá donde nunca más regresará. El infinito, a veces, adopta la forma de vacío; un vacío sin colores ni ruidos ni sentimientos, pues todos ellos yacen en una fosa distinta, paralela y de la que no existen ni mapas ni coordenadas: «Esa persona apareció/ y con la tierra que tomó para cubrir la zanja/ abrió otra zanja,/ si cabe más profunda» . Mensajes en una botella que estoy acabando se asemeja a ese último trago de la noche que no sacia nuestra sed, pero nos hace creer todavía que, de alguna forma, seguimos vivos. La virtud de las palabras aquí se convierte en fe de un testamento vital estrujado por la soledad de aquel que no escucha su voz en la profundidad del bosque. Andrés Ortiz Tafur, tildado como el nuevo Thoreau de las letras españolas por Sergio del Molino, dibuja en este, su primer poemario, una suerte de caminos que buscan una respuesta desde las grietas del pasado, para de ese modo, encontrar un nuevo horizonte a todas las preguntas. Preguntas que adoptan la forma, en ocasiones, de poemas narrativos siempre punzantes, como la forma de la bala que preside la salida de la botella de la portada: puntiaguda, pero sin pistola. El escritor jienense sigue buscando, como ya hiciera en sus tres libros de relatos anteriores, un punto de cordura en un universo inspirado en la vasta locura de aquel que no se conforma con lo que tiene o experimenta, de ahí que dedique su vida a la eterna búsqueda. Explorador de esos territorios que ahora encuentran su razón de ser en la Sierra de Segura, deambula entre arroyos y árboles, montañas y monte al encuentro de un yo que da vueltas alrededor del viento que le acoge en cada salida; unas salidas que cada día se enfrentan a ese infinito que ni la vista alcanza. De tal modo lo hace que, la majestuosidad de esa naturaleza, le atrapa en sus letras y le obliga a seguir buscando caminos y, surcar con sus poemas, en este caso, los límites de la razón pura de una locura que sólo es capaz de mover la ruleta de la pasión que tiene parada y fonda en las entrañas del corazón. Este conjunto de poemas son una travesía a corazón abierto por una vida sin posibilidad de transfusión. Ortiz Tafur se ha dado cuenta de que la derrota también es cosa de valientes que saben esperar su oportunidad, como las moscas de su Colecciono moscas: «¿Te das cuenta? Esos insectos guardan en sus pequeñas panzas el futuro que tú rompiste...»



Mensajes en una botella que estoy acabando es una composición lírica sobre la necesidad del saber qué ocurrió acerca de nuestra vida, sobre el amor y su pérdida, la agonía del día a día y la percepción de que las cosas que ya ocurrieron no pueden cambiar y, ante las que uno mismo, sólo puede adoptar la postura de aceptarlas. Los sueños de la niñez descansan apolillados sobre el pasado y la nube del futuro se nos presenta incierta: «La muerte solo necesita una verdad/ para que parezca mentira» En este poliedro de las grietas echas poesía también aparecen Carver, Saramago o Keith Richards, porque la necesidad del eco también precisa de música y ritmo; músicas y ritmos cortantes y fríos: «Las canciones que dicen lo que yo no sé decir/ las escriben cantantes que no saben quién soy» Trovadores anónimos de la pérdida y el fracaso que también necesitan del soneto que los haga rasgarse la camisa para palparse el corazón. En este viaje hacia el eco del pasado hay cierto tipo de deseos que se presentan y desaparecen casi al mismo tiempo, tal y como le ocurre a la chica de El viaje cuando quiere regresar a ese mundo repleto de cambrones florecidos, porque la brisa del paso del tiempo lo borra todo, o casi todo. La esperanza, entonces, es un mero recuerdo teñido de ilusiones ficticias, igual que si estuviéramos viendo la película de otro. El yo, en ese momento, descansa y observa, pues es incapaz de cambiar nada; y es incapaz de cambiar nada porque ahora sólo le queda observar y admitir: «Esa jodida cumbre/ que te permite divisar/ el camino que has hecho/ y el porvenir./ La fatiga en el estómago,/ en la garganta,/ en la boca./ Los ojos en lágrimas. Si no están/ ¿Para qué?/ Si ya no…/ ¿Para qué?»


Andrés Ortiz Tafur nos plantea en Mensajes en una botella que estoy acabando la necesidad de seguir adelante, igual que debería haber hecho su personaje de Botellas vacías con su Lambretta camino de Granada, para de ese modo, no tener que confrontar el pasado…, y no sufrir. Jugarnos toda la vida a una carta: la del futuro, la de la libertad y el descubrimiento de un nuevo día sin fin, porque si no, corremos el riego de regresar al punto de partida: «Mi infancia es un sábado por la mañana,/ en un Renault 8,/ camino de Úbeda;/ y el resto de mi vida,/ un balcón, de la calle Trinidad,/ al que ya no se asoma nadie», en un interminable viaje hacia el eco del pasado.



Ángel Silvelo Gabriel.

martes, 1 de mayo de 2018

EMILIA PARDO BAZÁN.- UNA MUJER INOPORTUNA EN EL SIGLO XIX. Un artículo de Manu de Ordoñana, Ana Merino y Ane Mayoz


Cuando Benito Pérez Galdós se enteró de que Doña Emilia Pardo Bazán, su amante, había estado con otro hombre, ella le contestó: “El quererme a mí tiene todos los inconvenientes y las emociones de casarse con un marino o un militar en tiempo de guerra. Siempre doy sustos”. Y esto es lo que hizo constantemente en la sociedad española de su época: dar sustos al mundo intelectual de aquella época en forma de crónicas, artículos, ensayos, novelas o cuentos.

Fue una mujer extraordinaria, rebelde y con mucho carácter. Tanto en su faceta de mujer como de escritora la podemos comparar con la proa de un barco que va rompiendo necesariamente el mar y va dividiéndolo. Fiel a su forma de ver y entender el mundo, no sólo no se adaptó al comportamiento que la sociedad esperaba de las mujeres, sino que lo denunció en varias ocasiones: “Para el español todo puede y debe transformarse. Solo la mujer ha de mantenerse mantenerse inmutable. La educación de la mujer no puede llamarse tal educación, sino doma, pues se propone por fin la obediencia, la pasividad y la sumisión.

Nació en 1821, en A Coruña, ciudad a la que homenajeó en su obra proporcionándole un nombre literario, “Marineda”: “Vive Marineda en eterna pugna con su vecina Compostela, ciudad más unida y más hábil para defenderse… que no se resigna a verse eclipsada por un burgo de pescadores”. Fue una viajera y conferenciante incansable, miembro de numerosas sociedades, consejera de Instrucción pública… y, como decía Unamuno, una “mujer singular [que] nos ha dejado, entre otras lecciones, las de una laboriosidad admirable y la de una curiosidad inextinguible “.

Recibió una exquisita educación por parte de su familia de clase social alta, aristocrática. De su madre heredó el amor por la lectura —leía con voracidad todo lo que caía en sus manos— y de su padre, este consejo: “Los hombres somos muy egoístas y si te dicen alguna vez que hay cosas que pueden hacer los hombres y las mujeres no, di que es mentira porque no puede haber dos morales para los dos sexos”. Se formó en todo tipo de materias, con atención especial a las humanidades y a los idiomas, llegando a manejar con soltura el francés, el inglés y el alemán, idiomas que perfeccionó en sus constantes viajes. En ellos tuvo oportunidad de conocer a grandes personalidades literarias de la época. Así, dicen los díceres que discutió con Víctor Hugo y tuvo la suerte de disfrutar con las tertulias que los hermanos Goncourt organizaban en el desván de su casa y en las que se codeó con Émile Zola —el padre del Naturalismo literario— y Maupassant. Entre los intelectuales españoles trató con Giner de los Ríos, creador de la ILE Institución libre de enseñanza y uno de sus mejores amigos; con Menéndez Pelayo se carteó y acudió a las tertulias de Pérez de Ayala y Miguel de Unamuno.

A lo largo de esa intensa vida social por Europa, en la que se movía como pez en el agua, recopiló gran cantidad de información e indagó en constantes movimientos literarios y de creación decimonónicos como el Realismo, el Naturalismo o el Simbolismo. Y ese europeísmo suyo va a ser el que rompa la barrera que separa España de Europa y que va a trascender no sólo a su obra, sino a la de toda su generación. En una carta dirigida al escritor catalán Narcís Oller, doña Emilia manifiesta:

“¿En qué trabajo ahora?… Estoy en el corazón de Rusia. Quiero hacer un estudio sobre esa extraña y curiosa literatura, como ya se lo anuncié creo que en París. En España creo ser una de las pocas personas que tienen la cabeza para mirar lo que pasa en el extranjero. Aquí, a nuestro modo, somos tan petulantes como pueden serlo los franceses, y nos figuramos que más allá del Ateneo y San Jerónimo no hay pensamiento ni vida estética; ¡error peregrino cuya enormidad nos asusta así que atravesamos el Pirineo!…”

¿Dónde plasmó todos sus conocimientos? En artículos que publicaba en el periódico La Época y que posteriormente reunió en su libro La cuestión palpitante (1883); supuso una declaración de intenciones respecto a lo que sería su estilo literario desde ese momento. El cariz progresista de esta obra trajo consigo una gran polémica y puso a la Pardo Bazán en el punto de mira de todos los intelectuales del momento. El revuelo que se armó la llevó a ser la comidilla de tertulias y cafés lo que le trajo consecuencias en el seno familiar, puesto que su marido —se casó a los dieciséis años con un estudiante de derecho— le pidió que dejara la escritura. En una mujer como Emilia Pardo Bazán era como si le pidieran que dejase de respirar, así que todo terminó con una separación; eso sí, amistosa, puesto que su marido la admiraba enormemente.

Aparte de sus aportaciones sobre literatura, Doña Emilia también incorporó, en muchos escritos, sus ideas sobre la necesidad de modernizar la sociedad española. Habló sobre el maltrato a las mujeres en su novela El indulto (1893), la primera en abordar este tema que sobrecoge por la actualidad de su planteamiento. Defendió, también, la obligatoriedad de instruir a las mujeres y ofrecerles un acceso justo a todos los derechos y oportunidades que disfrutaban los hombres. Y esto no sólo lo defendió en sus escritos, sino en su día a día y ante el público; como hizo en el Congreso Pedagógico Hispano-Portugués-Americano de 1892, donde aprovechó para hablar de coeducación, de que el hombre y la mujer tenían que poder optar a la misma educación y de que no se debía tratar al sexo femenino como inferior al masculino.

Debido a su vocación didáctica —rasgo característico de su personalidad—, luchaba por cambiar las cosas para mejorar, por eso fundó la Biblioteca de la mujer, con el único fin de difundir en España las obras del alto feminismo extranjero, y también la revista Nuevo Teatro Crítico, totalmente financiada por ella y con el objetivo de mostrar el pensamiento social y político de la vida intelectual de la época. Su escritura directa y sincera acrecentó la polémica, que ella no desdeñó, y le creó fama de vehemente y revolucionaria.

Fue la primera en ocupar puestos o realizar diferentes labores hasta entonces no permitidas a la mujer, como presidir la sección de Literatura del Ateneo o ser catedrática de Literatura Contemporánea de las Lenguas Neolatinas de la Universidad Central de Madrid. En cambio, no consiguió ingresar en la Real Academia de la Lengua; su candidatura fue rechazada hasta en tres ocasiones —anteriormente habían rechazado a Gertrudis Gómez de Avellaneda y a Concepción Arenal. Entre los intelectuales reacios a la entrada de la mujer en la academia destacamos a Juan Valera “No comprendo cómo no se enoja la mujer sabia cuando sabe que pretenden convertirla en académica de número. Esto es querer neutralizarla o querer jubilarla de mujer. Esto es querer hacer de ella un fenómeno raro.”

Pues bien, a pesar de ser una mujer determinante para aquella sociedad intelectual del XIX, nos parece que es una de las figuras más injustamente tratadas por la literatura española, ya que se dice muy poco aparte del hecho de que nació en Galicia y que tiene dos grandes novelas: Los Pazos de Ulloa (1886) y La Madre Naturaleza (1887). Y es que no nos podemos olvidar de La Tribuna (1882), considerada la primera novela escrita con la técnica naturalista, ni tampoco de su enorme producción cuentística: más de 600 cuentos, verdaderos documentos de la época, lo que la convierte probablemente en la autora más fecunda de la narración breve en España.

Sirva este artículo de homenaje a esta incansable escritora que resultó ser una mujer inoportuna para su tiempo porque vivió como quiso, escribió con espíritu crítico sobre multitud de temas y fue una luchadora infatigable por defender aquello en lo que pensaba sin dejar de ser nunca ella misma.
Un artículo de Manu de Ordoñana, Ana Merino y Ane Mayoz.

domingo, 29 de abril de 2018

USTED, SEÑOR JUEZ.- MICRORRELATO DE ÁNGEL SILVELO



¡Qué fuerte, señor juez!, he visto su foto en los periódicos esta mañana camino del juzgado. Creía haber cubierto el cupo de mi asombro, pero como siempre, alguien vino a ponerle una multa a mi falta de imaginación. Es tan, tan… que me quedo sin palabras. ¡Cómo calificaría usted, señor juez, la malversación de los fondos que tenía asignados para el personal de su juzgado! Le reconozco un gran mérito en ello. Por más que lo pienso, no encuentro mejor pirueta final al morbo implícito que de por sí existía por trabajar bajo su megalómana jurisdicción. Usted, señor juez, que nos comisionaba a las cinco de la tarde a reventar operaciones terroristas sin cobrar dietas, y con la sola ayuda de un bocadillo de jamón. Usted, señor juez, que nos convertía en auténticos espectros humanos a las tres de la madrugada mientras tecleábamos en el ordenador sus erráticas instrucciones.
Microrrelato de Ángel Silvelo Gabriel. 

viernes, 27 de abril de 2018

LA CRIATURA SIN NOMBRE DE JUAN INSÚA: UN TRIBUTO A MARY SHELLEY Y LA PUBLICACIÓN DE FRANKENSTEIN DESDE EL CCCB




Tributo a Mary Shelley en el bicentenario de la publicación de Frankenstein o el moderno Prometeo. Un ejercicio audiovisual en tres secuencias inspirado en las relecturas de la obra a la luz del Antropoceno. El clásico de Shelley emerge en un contexto climático recordado como el año sin verano (1816), debido a una disminución de la temperatura mundial provocada por una serie de erupciones volcánicas que causaron una histórica caída de la actividad solar. En esa oscuridad reflejada en un célebre poema de Lord Byron nace uno de los mitos de la literatura moderna. Un mito que ahora podemos revisitar con la perspectiva que nos ofrece el caos climático al que estamos asistiendo y que pone en entredicho nuestra capacidad para gestionar un pequeño planeta, y el grado de resiliencia con la que seremos capaces de asumir (y amar) los monstruos que hemos creado. https://youtu.be/h9PJB3BLhIE

Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona.