Tiempo de comunicaciones rotas

jueves, 25 de agosto de 2016

LA RAE, UNA TORTUGA LABORIOSA.- Un artículo de Manu Ordoñana, Ana Merino y Ane Mayoz

Según el diccionario de la Real Academia de la Lengua, Dislate significa “disparate” y Arcaísmo, “elemento lingüístico cuya forma o significado, o ambos a la vez, resultan anticuados en relación con un momento determinado”. De dislates, arcaísmos y torpes definiciones está el DRAE lleno, en opinión del escritor mejicano Juan Domingo Argüelles. Si sus más de 600 académicos (contando las veintidós corporaciones que forman parte de la Asociación de Academias de la Lengua Española) se dedicaran a revisar el diccionario, que en su edición compacta tiene 2349 páginas, no tocaría a más de cuatro páginas por académico. No parece ardua esta tarea si tenemos en cuenta el lema que acuñaron allá por 1715: limpiar, fijar y dar esplendor.

Hagamos un poco de historia. La Real Academia Española, RAE, fundada en 1713 por iniciativa de Juan Manuel Fernández Pacheco y Zúñiga, marqués de Villena, tuvo como precedente y modelo a la Academia Francesa, fundada por el cardenal Richelieu en 1635. El objetivo, desde sus inicios, fue la elaboración del diccionario “más copioso que pudiera hacerse” de la lengua castellana. Ese propósito se hizo realidad con la publicación del Diccionario de Autoridades, editado en seis volúmenes, entre 1726 y 1739.

Después, con la redacción de sus actuales estatutos, se reafirmaron en aquel propósito y lo ampliaron, de forma que en su primer artículo se pusieron como objetivo “velar por que los cambios que experimente la lengua española en su constante adaptación a las necesidades de sus hablantes no quiebren la esencial unidad que mantiene en todo el ámbito hispánico”. Esos cambios y esas necesidades se dan hoy en día con más rapidez que en otros tiempos. Y es esta dinámica la que ha marcado el comportamiento de los académicos con respecto a su trabajo: antes registraban palabras de forma torpe y perezosa y hoy en día, sin embargo, impaciente y poco cuidadosa. El objetivo se ha cumplido: ya tienen el diccionario más copioso que pueda darse aunque, en nuestra opinión, menos riguroso que el que debieran exigirse.

La Asociación de Academias de la Lengua Española ―ASALE―, antes mencionada, se creó en 1951, bajo el auspicio de la RAE. En ella participan las veintitrés academias de España, América, Filipinas y Guinea Ecuatorial, con el fin de “trabajar asiduamente en la defensa, la unidad y la integridad del idioma común…”. Esta loable iniciativa de compartir la responsabilidad de la unidad lingüística de la lengua castellana ha sido bastante criticada en América Latina por no ser más que “una entidad ficticia, que funciona bajo la batuta de su artífice y rectora”.

A aquel primer diccionario le han seguido otros trabajos relacionados con el estudio de la gramática y la preparación de normas gramaticales. Es el complemento imprescindible del diccionario porque en éste se de­finen las palabras y en la gramática se explica la forma en que los elementos de la lengua se enlazan para formar textos y se analizan los significados de estas combinaciones. Pero han tenido que pasar casi 80 años para que aparezca una gramática nueva, la primera vio la luz en 1931. Y es en 1973 cuando se publica un Esbozo de una nueva gramática de la lengua española, que se quedó en eso porque el avance de una nueva obra nunca se completó. Hasta que llegó 1999 y apareció la Gramática descriptiva de la lengua española, dirigida por Ignacio Bosque y Violeta Demonte, que se creó fuera del ámbito de la Academia aunque auspiciada por ésta. Después vino la Nueva gramática de la lengua española (2009-2011) nacida del consenso de todas las academias de la lengua y dirigida por el mismo codirector de la anterior, Bosque, quien con su sabia intervención ha sorteado uno de los escollos que se encuentran en el camino de una obra científica sobre la lengua: la “multitud de opiniones y de disputas que reynan entre los Gramáticos”, como ya decía la Academia en 1771.

A las obras ya citadas podemos añadir: Diccionario de la Lengua Española (2001 y 2014), Diccionario panhispánico de dudas (2005) y Nueva Ortografía de la Lengua Española (2010).

Respecto a la última edición del diccionario (la 23ª, tras aquella primera de 1726) contiene más de 93.111 entradas, frente a las 88.431 de la edición anterior, publicada en 2001. Se ha perseguido la depuración del sexismo y la eliminación de adjetivos malsonantes o despectivos y se ha reforzado la vocación panhispánica con la incorporación de muchas voces de origen americano, que ya alcanzan las 19.000 acepciones (casi el 10% del total). El nuevo diccionario ha retirado 1350 términos antiguos que ya no se usan, pero ha admitido 5.000 nuevos, muchos de ellos procedentes del inglés.
Como ocurre siempre que aparece un tratado que pretende poner orden en la selva del lenguaje, la polémica se ha desatado entre los que se aferran a la tradición y los que defienden la innovación. Uno de los focos de la controversia es esa invasión de neologismos que está experimentando el diccionario en los últimos diez años. Los anglicismos se han apoderado de la jerga que utilizan los profesionales y su influencia ha logrado hacerlos habituales en el habla popular. Primero fue el deporte, luego la tecnología, más tarde las redes sociales y ahora, hasta la publicidad. Los puristas de la lengua están inquietos y claman por tanto desatino.

Pero la RAE sigue con su labor y no conforme con establecer significados y poner reglas a la lengua, ha decidido desarrollar una actividad docente y, por eso, el 12 de julio de 2001 da el pistoletazo de salida a un nuevo proyecto: la Escuela de Lexicografía Hispánica (ELH). Y desde el curso académico 2012-2013, además, en colaboración con la Universidad de León ofrece un máster en Lexicografía Hispánica. Un título de posgrado que pretende formar a los alumnos en todos los procesos y fases de la elaboración de diccionarios desde sus primeras tareas hasta su redacción, edición y publicación en distintos soportes de diccionarios de todo tipo.

Si nos atenemos a lo dicho aquí comprobamos que el trabajo de la Academia Española de la Lengua, a lo largo de la historia, ha sido arduo y muy lento. El estudio de las palabras, su origen y evolución a través del tiempo es una responsabilidad que la RAE se ha adjudicado pero que antes es nuestra, de quienes la usamos. La lengua nos ayuda a expresarnos, a comunicarnos con el prójimo y a significarnos como prueba de que existimos, de que estamos en el mundo. Por eso es bueno que las academias sigan desarrollando sus tareas, tal y como lo vienen haciendo hasta ahora, aun a sabiendas de que persistirán las críticas de los eternos descontentos. Sobre la gramática y la ortografía, nadie pone en duda la unicidad, aunque se cuestione su contenido. Sobre el vocabulario, la cosa no está tan clara. Las academias no quieren imponer, tan solo dar orientaciones del tipo normativo, algo que, en principio, parece razonable. Como dijo Miguel Delibes: “El pueblo es el verdadero dueño de la lengua”. Pero uno se pregunta si no tendrían que ir un poco más lejos y zanjar determinadas cuestiones acerca del uso y abuso de expresiones por parte del mundo mediático.

Artículo de Manu Ordoñana, Ana Merino y Ane Mayoz

miércoles, 24 de agosto de 2016

FALSO TESTIGO.- MICRORRELATO DE ÁNGEL SILVELO



Después de veinte años de servicio como Juez, cinco de carrera y una vocación de por vida, mi profesión me sigue pareciendo un puente sobre aguas turbulentas. Hoy, en el juzgado, el acusado se declara inocente, normal. El recurso del abogado defensor presenta un defecto de forma, normal. Mi presbicia apenas me deja ver las alegaciones de las partes y se comporta como un nublado delante de mis ojos, normal. Pero lo que no es normal, es que el testigo de cargo sea una calabaza, cuya única implicación en el caso, es su presencia en el lugar de los hechos por coincidir con la noche de Halloween. Una imposición testifical que yo no apruebo y a lo que sorprendentemente se opone el fiscal, argumentando que tampoco es normal que yo aparezca en las vistas de mis compañeros disfrazado de Sherlock Holmes invocando justicia a sabiendas de que soy un falso testigo.

Microrrelato de Ángel Silvelo Gabriel

martes, 2 de agosto de 2016

FANNY BRAWNE, LA BELLE DAME DE HAMPSTEAD: RESEÑA DE ALEJANDRO VALERO, FANNY BRAWME Y SU AMOR POR JOHN KEATS


He leído Fanny Brawne, La Belle Dame de Hampstead, obra de teatro escrita por Ángel Silvelo que recrea la breve relación amorosa que el poeta John Keats tuvo, poco tiempo antes de morir, con su amada Fanny. En realidad, el autor imagina con gran habilidad el profundo amor que la amada de Keats profesó por el poeta mientras ambos pudieron estar juntos en vida. Pero lo que da entidad a esta obra de teatro es la excelente recreación poética de los sentimientos que Fanny Brawne atesoró en silencio durante su vida posterior a la muerte del poeta. Esos sentimientos culminarán en un arrebato casi místico al final de su existencia, cuando decide dar a conocer su hondo amor por el poeta, que la quiso desde una distancia trágica debido a la mortal enfermedad que lo consumía.

Esta obra de teatro para ser leída no es sino la culminación del exhaustivo estudio sobre los últimos meses de la vida del poeta que Ángel Silvelo realizó con su novela Los últimos pasos de John Keats, donde el autor no solo recrea la agonía del poeta en Roma, sino que profundiza en el pensamiento poético de Keats (cuyos mejores poemas traduje en el libro Odas y sonetos de John Keats) y analiza con todo detalle de sentimientos la idea de la muerte en la obra del poeta unida a su experiencia amorosa con Fanny. Merece ser leída esta novela si se quiere conocer a fondo su poética y la forma en que esta se incardinaba en su breve y desgraciada vida.

Después de su novela sobre John Keats, Ángel Silvelo ha querido reivindicar la figura de Fanny Brawne, que tanto tiempo estuvo olvidada, de la mejor forma posible: haciéndola partícipe del sentimiento trágico que su amado expresó en sus poemas. Fanny se rebela contra la muerte y, así como lo expresa el poeta en sus poemas, desea y consigue culminar su amor por John Keats con la poderosa fuerza de sus sentimientos frustrados que reivindican el amor después de la muerte. Todo un acierto del autor, que logra consumar este reto con un sabio manejo del pensamiento poético de Keats, que el personaje de Fanny ha llevado hasta sus últimas consecuencias para dar vida al poeta mediante su amor inquebrantable.

Solo queda agradecer a Ángel Silvelo la forma creativa en que ha conseguido acercar las figuras de John Keats y su amada Fanny Brawne a cualquier lector que aprecie el lenguaje en toda su intensidad poética. Con estas dos obras no solo llegamos a conocer la experiencia romántica de estos famosos amantes, sino también la poética descarnada de uno de los mejores poetas ingleses, que ha ganado reconocimiento y valía con el paso del tiempo. Lo que tanto deseó John Keats en su vida, pervivir en la memoria y superar la muerte con las alas de la poesía, lo hacemos posible quienes leemos, traducimos y divulgamos su obra con un afán compartido.

domingo, 24 de julio de 2016

EL CEMENTERIO ACATTOLICO DE ROMA, CELEBRA SU 300 ANIVERSARIO DEL 23 DE SEPTIEMBRE AL 13 DE NOVIEMBRE EN LA CASA DI GOETHE DE LA VIA DEL CORSO



No hace falta más que alejarse un poco del bullicio que reina en el Coliseo y sus alrededores para llegar a Campo Cestio, un lugar presidido por una pirámide evocadora de otras culturas, y que es el mejor símbolo de la magnitud del paso del tiempo. «Todo es efímero menos yo misma», parece decirnos, pero también, a poco que nos fijemos, caeremos en cuál es el verdadero fin último de su ubicación. Campo Cestio, a día de hoy, es un lugar de peregrinación literaria en la ciudad eterna. Todos aquellos amantes de la lectura que tratan de unir arte y literatura, llegan hasta el cementerio protestante de la ciudad de Roma para cumplir con la liturgia de visitar la tumba del poeta romántico John Keats y, de esa manera, cerrar el círculo de su historia. Cada vez más, los visitantes acuden sin reparo a ese lugar sagrado que se esconde bajo la sombra de pinos y cipreses, naranjos y palmeras, y que junto al interés puramente literario, cobija un mágico silencio que el tráfico que le rodea no es capaz de perturbar. Una sensación tan placentera que nos lleva a expresar que a escasos metros de sus murallas se encuentra el mundo, pero dentro de ellas, se halla la eternidad. De ahí, que uno sólo será testigo de la magnitud que día a día va tomando la figura del poeta inglés si visita el cementerio y su tumba, presidida por una lira a la que le faltan cuatro cuerdas, como símbolo de su fugaz paso por la vida.



El final del viaje para Keats, acabó en el cementerio protestante de Campo Cestio en Roma. Una afirmación que por otra parte no es del todo cierta. Sí es verdad que su sepultura no tiene nombre, y que en su lápida se puede leer el famoso epitafio que inventó días antes de morir, sobre el que hay una imagen de una lira a la que le faltan la mitad de las cuerdas (idea de Joseph Severn), y que a unos metros a la izquierda, justo en la tapia del cementerio, hay un medallón con una efigie y unos versos en los que se puede leer su apellido en acróstico vertical. También es verdad que Shelley llevaba un libro de Keats en el bolsillo cuando murió ahogado en un naufragio un año después en la Toscana, y que antes, le dio tiempo a escribir el poema Adonaïs en honor de su amigo que describe muy bien el cementerio donde descansan sus restos, y donde el poeta romántico dio sus últimos pasos en la ciudad de Roma: “el cementerio es un espacio abierto entre ruinas,/ y en invierno lo cubren violetas y margaritas./ Podría hacer que uno se enamorara de la muerte/ al pensar en ser enterrado en un lugar tan grato”. Un lugar que Lord Houghton define así en su libro Vida y cartas de John Keats: "... uno de los más hermosos lugares donde pueda reposarse la mirada y el corazón de los hombres. Es un declive lleno de césped, entre las ruinas de las murallas de Honorio correspondientes a la ciudad reducida, y dominada por la tumba piramidal que Petrarca atribuyó a Remo, pero que la verdad arqueológica a adscrito al nombre más humilde de Cayo Cestio, tribuno del pueblo, sólo recordado por su sepulcro". Y que incluso Severn, tampoco pudo evitar describir las sensaciones que le producía, y así lo hace en una carta que escribió a Mr. Haslam diez semanas después del óbito de Keats: “anduve por allí hace pocos días, y vi que las margaritas la han cubierto ya enteramente. Es uno de los lugares retirados más hermosos de Roma. No se encontraría un sitio semejante en Inglaterra. Lo visito con una deliciosa melancolía, que alivia mi tristeza. Cuando me acuerdo del largo tiempo en que ni un solo día estuvo Keats libre de agitación y tormento tanto del alma como del cuerpo, y que ahora yace en reposo con las flores que tanto deseaba sobre él, sin otro sonido en el aire que el de las esquilas de unas pocas ovejas y cabras, me siento realmente agradecido de que esté aquí, y me acuerdo de cuán ardientemente rogaba porque sus sufrimientos llegaran a su fin y pudiera alejarse de un mundo donde ya ni un solo ápice de alivio quedaba para él”. Sin embargo, este no es el final del viaje, pues tras el cuerpo del hombre que permanece enterrado bajo tierra quedan sus palabras, las palabras del poeta que, siempre, estarán presentes a lo largo del tiempo.

Ángel Silvelo Gabriel

miércoles, 6 de julio de 2016

MI ALUMNO MÁS TORPE.- MICRORRELATO DE ÁNGEL SILVELO




Mi alumno estaba en su legítimo derecho de exponerme con sólidos argumentos jurídicos su ausencia en el examen tras la noche de vigilia que había pasado. No obstante, mi deber como docente y abogado, era hacerle la pascua y recordarle que su acto estaba tipificado como de ilícito académico, al no cumplir la cláusula que habíamos pactado para aprobar el curso. Lleno de razones en su alegato de descargo me esgrimió fundamentos de índole personal que sólo buscaban el lado humano de la justicia, como si la carrera de Derecho estuviese exenta de todo un expediente académico. Él se dio cuenta de lo erróneo de su estrategia y, a pesar de que yo le consideraba como mi alumno más torpe, inició una nueva estrategia en su defensa. El desvío de sus intenciones fue tan claro como contundente: «profesor, algún día, se dará cuenta de que la justicia no son sólo matemáticas».

Microrrelato de Ángel Silvelo Gabriel

viernes, 1 de julio de 2016

MIGUEL ÁNGEL MOLINA LÓPEZ, 99X99 (MICRORRELATOS A MEDIDA): LOS CANDENTES FOGONAZOS DEL ALMA


La mirada del escritor, como la vida en sí misma, es una concatenación de actos y reflejos, en los que en unos y en otros nos vemos y nos reflejamos. Ese conjunto de miradas y destellos son los que componen cada uno de nuestros universos que, en ocasiones, pueden ser lánguidos y aburridos, pero en otros, cortos e intensos. Tan cortos e intensos como si todo se redujera a estar atentos a esos candentes fogonazos de vida que no son sino los fogonazos distraídos que de vez en vez emite el alma, esa parte invisible que nos dirige y nos nutre en el día a día. Miguel Ángel Molina López ha elegido esa última versión de la vida y la escritura para presentarnos en 99x99 (Microrrelatos a medida) esos candentes fogonazos del alma que, como escritor, sabe extraer de aquello que ve, condensándolo en minúsculas partes de vida o en pequeños detalles llenos de esencia, verdades y mentiras, aciertos y errores que, en su conjunto, conforman un conglomerado de micro-instantes del mundo actual, pues si de algo se nutre el caleidoscópico universo literario de Molina es de la variedad de vidas que, en su faceta creativa, extrae del anonimato, dando de esa forma luz y protagonismo al otro al que como norma general ignoramos, de tan metidos como estamos en nuestros propios problemas. Esa capacidad de abordar al otro, Molina la desarrolla a través de muchos de los temas más universales de la literatura, véase: el amor, los sueños, la conquista de la ansiada libertad, la repetición de los mismos errores o la sempiterna lucha por liberarse de la parte oscura que cada uno de nosotros tenemos.



En estas 99 micro historias plagadas de anti héroes, el autor de las mismas no se conforma con mostrarnos esa faceta más oscura de nuestra existencia, sino que ha afinado su puntería y nos ha relatado también historias con finales felices, sorprendentes o inimaginables, para de ese modo, ampliar el abanico de las posibilidades literarias y vitales que tratan de no caer en el fango de lo manido. En este sentido, Miguel Ángel Molina nos propone ese lado de la literatura que, quizá, sea el que mejor se adapta a las necesidades actuales del ser humano, siempre cargado de prisas y no dispuesto a hipotecar su tiempo más allá de lo estrictamente necesario, pues a través de estos 99 microrrelatos, podrá disfrutar —a la vez— de la esencia del ser humano y de la literatura sin necesidad de dejarse grandes cantidades de tiempo por el camino. Eso sí, para todos aquellos que piensan que un microrrelato es algo intrascendente y de lectura rápida, habría que avisarle que, al igual que en los textos más largos, estos micro instantes, también son aptos para releer y degustar con un cierto ritmo de mesura, pues sino el atracón de historias está asegurado. Así, entre un micro y otro, cabe la opción de repensar aquello que se ha leído antes de abordar la siguiente situación, pues como muy bien hace Miguel Ángel Molina en este libro, las historias saltan de un lado a otro del mundo y la vida para captar, en cada una de ellas, la esencia de aquello en lo que el narrador ha fijado su mirada, de ahí, lo de fogonazos del alma, pues todas y cada una de las historias de estos 99x99 micorrelatos a medida, pretenden sumergirnos en esa otra vida en apariencia, sólo en apariencia, gris, anónima o sin sentido o importancia. De ahí que la reivindicación que se produce en esta secuencia de microrrelatos sea la de la sorprendente y cómplice mirada del otro que, en este caso, no es sólo la del narrador, sino también la de aquel en el que éste ha depositado su mirada, como queriéndonos avisar de que las víctimas de nuestro olvido son el resultado de una mala partida de cartas, ésa que jugamos día a día sin apenas darnos cuenta.



Ángel Silvelo Gabriel.

jueves, 30 de junio de 2016

ESTILO RICO, ESTILO POBRE. UN ARTÍCULO DE MANU DE ORDOÑANA, ANA MERINO Y ANE MAYOZ


Este es el título de un libro que ha sido todo un hallazgo. Nos ha abierto los ojos y nos ha hecho estar alerta ante lo que leemos y escuchamos. Cada vez que nos ponemos a redactar un artículo, ¡miedo nos da! escribir cualquier frase. Ojalá todas nuestras palabras sean las adecuadas para hacer un pequeño resumen de lo que contiene. Está dirigido a esas personas que realmente se preocupan por la forma de expresión, por escribir sin muletillas, con las palabras exactas y necesarias.

El español no es la lengua materna de Luis Magrinyá (Palma de Mallorca, 1960) y esa distancia que mantiene de observador y aprendiz le ha valido para darse cuenta de todos los errores que se cometen. Filólogo, traductor, trabajó en la RAE y es escritor de varios libros de cuentos y de una novela.

El contenido de este libro rompe varios estigmas: por un lado, desconfiar, en la justa medida, de los diccionarios, ya que no siempre dan fe de las condiciones de vida de las palabras, de su construcción, de sus relaciones…, ya que no siempre son del todo iluminadores y tampoco recogen todas las variantes de la lengua que, como todo ser vivo, cambia constantemente. Y por el otro, ratificar que la lengua es el instrumento de la literatura, lo que a veces no es tan obvio. En todas las artes y oficios se exigen conocimiento y dominio del medio con que se trabaja, de ahí que pensar la lengua es la primera condición del escritor.

En el estilo rico, la riqueza, la variedad, la belleza, la funcionalidad, la intensidad… serán los nobles objetivos a alcanzar, pero no siempre se acierta con ellos. En el estilo pobre, el tema principal es la falta de atención, de reflexión. La polisemia, las palabras comodín… habrá que evitarlas. Todo esto se da por el desconocimiento de las posibilidades de la lengua.

El trabajo de documentación realizado por el autor es inmenso, amplio y muy diverso, aparecen múltiples ejemplos extraídos de novelistas, políticos, periodistas, incluso de la telebasura. Resultan inesperados los ejemplos de muchas plumas autóctonas y de muchos laureados literatos.

Cuando indica la mala utilización de un verbo o de una expresión, alude a su procedencia. Y cuando ésta es el inglés reafirma su gran influencia y lo perjudicial que ha sido, aunque no se le puede culpar de todo. Si para decir que uno es “honesto” en vez de “honrado” o “sincero” no hace falta saber inglés (honest), para sufrir un “trauma” no hace falta tampoco tener ni la más remota idea de quién era Freud.

Vamos a ver varios aspectos que se comentan en el libro y que a nuestro juicio ilustran muy bien el trabajo del autor:
En ocasiones para evitar la repetición se utilizan palabras nada acertadas para lo que se quiere decir y, otras veces, las palabras repetidas no tienen el mismo significado. A los que aspiran a tener un “buen estilo” les han inculcado que la repetición deriva en una prosa pobre y cansina. Pero no todos los sinónimos valen como sustitutos; aunque tengan el mismo significado, no siempre se corresponden en el plano material de las palabras. Por ejemplo, tener miedo, no es intercambiable por poseer miedo. Aquí vemos claramente que hay ciertas expresiones fijas que no se pueden alterar, pero que por no repetir se alteran y el resultado resulta ambiguo y poco adecuado. No olvidemos que uno de los requisitos de un buen estilo es el uso de combinaciones estereotipadas.

Todos los sinónimos no siempre son equivalentes, su significado varía en función del contexto. Además, es conveniente ser selectivos, moderados y precisos, para no caer en desaciertos como: Haz que le siga uno de tus hombres de confianza, aseveró contundente; Bastante tiempo ha vivido usted gratis, rebuznó el administrador. Se tiende a confundir la disponibilidad con la sinonimia. Se ha sustituido el verbo decir creyendo que el estilo será más “rico” y “expresivo”; en cambio, el resultado es que se antepone la profusión a la exactitud.

Algunos verbos se convierten en comodínes porque se ponen de moda, usurpan el lugar a los otros y se termina por abusar de ellos. El uso repetido de verbos como “provocar” y “usar” revela una actitud muy desagradecida ante las posibilidades de la lengua, que se ven así tan pobremente aplanadas como desperdiciadas.

En cuanto al léxico penal, se tiende a vincular las metáforas a los delitos y casi nadie se da cuenta de ello. Así, por ejemplo, cuando no aparece “cometer” suplantado vulgarmente por el omnipresente “realizar”, nos sentimos autorizados a reclamar su presencia: …incluida la capacidad para realizar asesinatos. Asimismo, para el DRAE, “perpetrar” sigue siendo solo “cometer, consumar un delito o culpa grave”, pero para muchos escritores se perpetran obras artísticas: Sin embargo, ¿qué necesidad tenía de perpetrar una novela?, El destino (…) no me dejó en paz hasta que perpetré un cuento póstumo.

Hay cierta teoría que define el lenguaje literario como el que más se aparta de la norma y relaciona el estilo con presencia y sonoridad. Mucha gente aplicada en “escribir bien” se lo ha creído: si algo suena raro, complicado, si no es lo que uno diría todos los días entonces es que tiene que ser “literario”. Que una palabra sea de uso frecuente no significa que sea un coloquialismo ni una vulgaridad. Parece que se rigen por esta máxima: para qué va uno a tener estilo si no se va a notar.

Fijémonos en que a veces, “todo” sobra y alguna vez falta. Todo lo que sabía era que quería matar a alguien, ¿y si se omite la palabra “todo”? El hombre explota al hombre y eso es todo. También podríamos omitir esta muletilla porque no aporta nada al sentido de la frase.

Las preposiciones son elementos de unión a tener en cuenta en el estilo. No siempre se utilizan de forma adecuada conforme a su significado. Podrá presentar cierto interés hacia las artes en general, lo normal es que “interés” se asocie, en este caso, con “por”.

Los fenómenos de sintaxis léxica, es decir, la relación que establecen unas palabras concretas al combinarse o no con otras, son algo enrevesados. A veces, sí que se puede elegir entre dos o tres preposiciones, actitud con, ante o frente a, pero otras veces esas combinaciones no son las propias: su lealtad era para con su familia, no hacia Sadam. En este ejemplo vemos lo que no hay que hacer, pues la palabra “lealtad” está asociada únicamente a la preposición “a”. El periodista recogió los documentos (…) y fue a meterlos bajo el sofá. ¿Seguro que no los meterá “debajo del sofá”? Rochelle estaba ante el ordenador. No, realmente estaría “delante del ordenador”.

Los hiperónimos (palabras de significado muy amplio, genéricos) no se pueden usar en todos los contextos. Cuando es necesario concretar, hagámoslo; normalmente se lee en la biblioteca, no leemos en el lugar. “Lugar”, “mueble”… serían hiperónimos. El camino del estilista está plagado de obstáculos. Las escenas de las novelas suelen ocurrir en alguna parte y esa parte hay que nombrarla. Evitemos: Llevaba una ropa con un escote pronunciado. Una descripción detallada no puede contener un genérico.

A la hora de traducir, se hace muy visible la diferencia fundamental que existe entre lo que es propio de una lengua y de sus mecanismos convencionales y lo que es propio de un tipo de estilo literario o de un autor en concreto. Cuando, en español, decimos de alguien que tiene el pelo «color caoba» no hacemos más que repetir, a pesar de la exquisitez cromática de tal combinación, un uso lingüístico; si dijéramos, en cambio, qué sé yo, que el pelo es de «color marta cibelina», se trataría de una aportación estilística personal. Este ejemplo es evidente y, al mismo tiempo, didáctico. Los apuros empiezan cuando los límites no están tan claros, o cuando creemos que podemos hacer usos estilísticos de meros usos lingüísticos.

En definitiva, este libro alude al gusto por la escritura. Merece la pena acudir a él, recapacitar antes de escribir, dedicar tiempo a pensar la lengua. Es importante saber elegir y atreverse a romper con lo esperable. Una máxima a tener en cuenta es que el estilo consiste precisamente en la identificación de lo prescindible.

Hay que tener presente que la lengua ofrece un repertorio estupendo de posibilidades y el estilo posiblemente consiste en conocerlas, distinguir las reales de las imaginadas o supuestas y hacer, después, una elección. No hablamos de que haya que hacer filigranas, sino, simplemente, de explorar la variedad sin perder la naturalidad.

Artículo de Manu de Ordoñana, Ana Merino y Ane Mayoz

miércoles, 29 de junio de 2016

VIVIAN MAIER EN LA FUNDACIÓN CANAL DE MADRID: LA CUALIDAD DEL ANONIMATO



Vivian Maier, la anónima fotógrafa de la calle, realizó más del cien mil fotografías a lo largo de su vida; FOTOGRAFÍAS que jamás enseñó a nadie. Esa íntima necesidad de la ausencia colectiva, la ensalzan, sin ella quererlo ni saberlo, a los altares de aquellos que hacen de sus pasiones la forma oculta de seguir viviendo. Ese doble plano entre vida pública y vida privada, entre sueño y deseo, ficción y realidad, revierte en el caso de Maier en una suerte de instantáneas que recogen la vida, así, sin más. Vidas oscuras, vidas anónimas, vidas cortadas, a las que ella da luz y protagonismo. Los personajes de muchas de sus fotografías son el símbolo mayúsculo de esas voces sin voz que pueblan las calles de las grandes ciudades de todo el mundo, pero son, también, la transfiguración de un deseo, porque la cualidad del anonimato que tan bien representa Vivian Maier se difumina cuando se autorretrata o roba esos primeros planos a las personas que hace partícipes de su obsesión. Nada se resiste a su mirada, pues su objetivo deambula con soltura tanto por las mudas arquitecturas como por las poses de aquellos que han perdido el miedo a su cámara, acortando de esta manera la distancia de las historias de la calle que tanto le gustaba fotografiar, pues si algo destaca de sus retratos, es la solemnidad que le proporciona a las clases más populares donde, de una forma inteligente, nos provoca admiración, al saber apreciar la belleza de una simple mirada; mirada que, por cierto, nos narra una vida.

Testigo de una época y notaria de los cambios que se van produciendo a lo largo de las décadas en los EE.UU., Maier nos proporciona, quizá sin proponérselo, la medida justa de aquello que denominamos como progreso, aunque en este saco, sea bajo una mirada más sociológica y no tanto tecnológica (que también). Gracias a ella disponemos de una gran arsenal fotográfico de cómo eran y cómo se manifestaban los menos favorecidos que, a lo largo de sus múltiples instantáneas, nos recuerdan el valor de las pequeñas cosas, pues esa es, sin duda, una de las característica de las fotografías de Vivian Maier: la majestuosidad de lo cotidiano, porque a buen seguro, no hay nada más apabullante que una sonrisa, un beso o la verdadera dimensión de un gesto de contrariedad o sorpresa, donde la naturalidad y lo espontáneo juegan un papel primordial.

La exposición que nos ofrece la Fundación Canal hasta el próximo 16 de agosto en Madrid, bajo el estricto nombre de Street photographer, está divida en diferentes espacio teñidos de múltiples colores que abarcan campos temáticos como: la infancia, retratos, formalismos, escenas de calle, autorretratos, fotografías en color y algunos vídeos, en los que la espontaneidad de las escenas se hace en ocasiones enternecedora, cuando no nos arranca un gesto de sorpresa, por lo que esas imágenes tienen de documento ilustrativo de una época ya difuminada por el paso del tiempo. Del mismo, modo, la sección dedicada a las fotografías en color, nos muestran a una Vivian Maier más libre a la hora de elegir sus objetivos, pues la ligereza de su cámara fotográfica ya le permite prescindir del trípode a la hora de captar tanto a sus anónimos héroes como a las arquitecturas que le llamaban la atención.

En definitiva, gracias a la cualidad del anonimato de Vivian Maier, hoy podemos disfrutar de un impresionante mundo fotográfico, en el que somos conscientes de cual fue su distancia como artista respecto de las historias de la calle.

Ángel Silvelo Gabriel

martes, 28 de junio de 2016

VICENTE VALERO, LAS TRANSICIONES: ATRAVESANDO LAS PUERTAS ABIERTAS DE LA MEMORIA



Los latidos del corazón se resisten a mentirnos cada vez que aceleran su ritmo. Desbocados, nos conducen a esa pulsión en la que la vida se asemeja demasiado a una especie de penumbra, donde una vez que nos tropezamos con ella, no nos queda sino atravesarla. Esa sensación de incertidumbre que nos produce la indefinición es muy parecida a la que nos somete el pasado, pues ir hacia él, es igual que atravesar esa penumbra a través de las puertas abiertas de la memoria que, en ocasiones, nos invitan a ese inesperado: pasen y vean. Sin embargo, afrontar el pasado también es hacerlo desde la memoria serena y caprichosa, esa que acoge a la metaficción literaria, donde realidad y deseo se dan la mano y se separan a conveniencia del narrador. En este sentido, Vicente Valero en su última novela, Las transiciones, nos propone regresar a los setenta y al nacimiento de la democracia en España desde la isla de Ibiza. Una especie de brexit a la española entre la adolescencia y la juventud, el pasado y el presente, la opresión y la libertad, donde de nuevo, se nos invita a vernos tal y como somos, por más que no nos guste. El gran acierto de Valero, una vez más, es fusionar como sólo lo sabe hacer él, los tiempos narrativos y memorísticos de una forma admirable y muy cercana a la técnica de la tensión de los relatos cortos —un servidor les invita a leer el relato que en su anterior entrega, El arte de la fuga, hizo sobre Hölderlin, pues es una pieza maestra del género, en la que el poder de ficción a la hora de recrear una huida es sencillamente maravilloso—. Del mismo modo, en este caso, el narrador juega con el lector y le invita a recorrer los territorios de la memoria de una forma, en apariencia caprichosa, pero que sin embargo no tiene nada de azarosa y sí de inteligente, si bien es verdad que esa portentosa y admirable forma de contarnos la historia que engendra Las transiciones sufre un cierto desgaste o bajón después de la muerte de Franco —si exceptuamos la parte en la que recrea el incidente de Don Alfonso con el caudillo, donde Valero de nuevo se luce como narrador—, quizá, porque a Valero le resulte más difícil sustraerse de aquello que nos narra, dando pie a que la frontera entre autor y personaje se difume demasiado.



Así las cosas, Vicente Valero, en esta segunda entrega de su particular recuperación de la memoria colectiva e histórica de este país —tal y como el propio escritor mallorquín nos contó en la pasada FLM16—, se aloja sin miedo en las fronteras de su pasado y su presente, para de ese modo, repasar las grietas que las experiencias de la vida han ido dejando no sólo en él, sino también en sus amigos. La magnífica secuencia que abre esta novela, Las transiciones, y que nos traslada hasta el funeral de su amigo Ignacio ya nos habla de esa capacidad innata del mallorquín para fundir los territorios de la ficción y la no ficción sin que sepamos muy bien a qué pertenece cada extracto de la novela, pues los recuerdos caminan de la mano de una secuencia narrativa que nos sustrae de la realidad, para introducirnos en esa otra historia que de verdad nos quiere contar el escritor. Esos dos planos de superponen con unos elementos de unión muy bien traídos, igual que si fueran planos cinematográficos, y que condensan aquello que se nos quiere contar de una forma sutil y prodigiosa, invitándonos una y otra vez a seguir atravesando las puertas abiertas de la memoria.



Ángel Silvelo Gabriel.

lunes, 20 de junio de 2016

THOMAS WOLFE, UNA PUERTA QUE NUNCA ENCONTRÉ: LA LÍRICA CONFUSIÓN DE LOS ANHELOS JUVENILES



Hay mucho vacío en esa soledad que no encuentra ni respuestas ni salidas a todas las preguntas que somos capaces de formularnos, sobre todo, en nuestra juventud, cuando todavía no entendemos cómo funciona el mundo. Sin embargo, esa desdicha del explorador insatisfecho, nos llevará a terrenos que nunca imaginamos y mucho menos que seríamos capaces de vivir. De ahí, que la duda que nos corroe como el más agresivo de los óxidos, sea la mejor compañera de viaje a la hora de reivindicar la lírica confusión de los anhelos juveniles que no entienden más que de grandes ideales teñidos de libertad. Quizá, la mayor abstracción a la que se enfrenta el ser humano a lo largo de su vida, sea la de encontrar esa puerta a la que nos alude Thomas Wolfe en esta nouvelle sobre el sentimiento de soledad de un joven que necesita de respuestas más allá de las obvias pretensiones de aquellos que le rodean. Esa búsqueda de uno mismo, de las certezas que de cuando en cuando necesitamos para seguir avanzando, y de esa última e innata necesidad de recapitularnos con nuestro aciago destino, desembocan en la narrativa de Thomas Wolfe en un torrente descriptivo sin límites; un torrente descriptivo que nos arrasa y enamora a partes iguales. Poético, intenso, arrollador y, por encima de cualquier otro adjetivo, evocador, el estadounidense es capaz de hacernos sentir uno más en ese viaje en solitario a lo largo de la espesura de un hombre y de un país y que, a medida que avanza, demarca el devenir de nuestros días en un simpar juego de choque de trenes: realidad frente a deseo y, donde la arrebatadora fuerza narrativa del autor, deambula por sí misma a lo largo y ancho de la cultura estadounidense en la década de los años veinte e inicio de los treinta. Mientras Scott Fitzgerald secaba todas las botellas de champán en la metaliteraria era del jazz (hasta el crack del 29), y lo hacía sumergido en el mayor de los éxitos, Wolfe deambulaba perdido por la inmensidad de un país que, en su fuero interno, estaba condenado a revisitar los lugares más oscuros. Sólo hace falta leer ese párrafo final que cierra dos de los cuatro capítulos de este viaje a lo largo de la noche y de la vida, para darnos cuenta de la hondura y de las últimas intenciones de este joven escritor que el destino quiso que muriera de tuberculosis con apenas 38 años, y sin haber explorado su verdadero potencial como escritor: «Aquél fue un momento de los tiempos oscuros, aquél fue uno de los rostros oscuros en un extraño tiempo hecho de un millón de rostros oscuros. Y éste que viene es otro».

No obstante, Una puerta que nunca encontré no sólo se detiene en la oquedad de una nación, sino que también es capaz de revisitar a ese niño perdido, que tan señalados nos dejó tanto como escritores como lectores. Esa pequeña obra maestra y, la sombra de la pérdida del hermano, es una de esas puertas que nunca se acaban encontrando, quizá, porque la muerte nunca tenga una escapatoria satisfactoria cuando quien se va es una persona amada. Al igual que ya nos ocurrió con Especulación, aquí también caemos en esa trampa lúcida de estilo narrativo al que Wolfe nos transporta, pues es muy difícil bajarse de ese tren que nunca se para y que siempre va en busca del horizonte; un horizonte al que, sin embargo, nunca somos capaces de acercarnos por más que lo intentemos, en una nueva metáfora de la búsqueda de lo imposible que sigue manteniéndonos vivos, quizá, porque la puerta del título de esta nouvelle, sea una metáfora de la búsqueda de la libertad y del encuentro del camino adecuado.

Ángel Silvelo Gabriel