Tiempo de comunicaciones rotas

Tiempo de comunicaciones rotas

jueves, 14 de octubre de 2021

CHEMA MADOZ, CRUELDAD (EXPOSICIÓN EN EL CÍRCULO DE BELLAS ARTES DE MADRID): LA BELLEZA DE LO INSÓLITO Y LA PERPLEJIDAD QUE NOS PRODUCE EL MIEDO


 

Todo ser material o inmaterial tiene su contrario. O el reflejo que nos sorprende cuando somos capaces de verlo. Algo parecido es lo que nos muestra Chema Madoz en las 73 fotografías que, bajo el título de Crueldad, nos muestra en el Círculo de Bellas Artes de Madrid. Ese nuevo espacio creativo que nos propone, es el que transcurre entre la belleza de lo insólito y la perplejidad que nos produce el miedo. Una belleza y un miedo que nos sugieren historias de rasgos atroces o violentos que no necesitan de la sangre para su expansión en los universos oníricos en los que se encuentran instalados. Esa capacidad de sugerir la tragedia a través de una buena dosis de tintes surrealistas fija su objetivo en aquello que nos resulta atroz, arriesgado, imposible… y sus propuestas nos llegan como los cuchillos que un lanzador abate sobre el aire tratando de esquivar a su diana. Esa destreza de lo minúsculo que es capaz de convertirse en mayúsculo y universal arremete contra los sentidos del espectador en una vuelta de tuerca que busca replantearnos la vida y a nosotros mismos. La magnitud de esos territorios inhóspitos se sacuden una vez tras otra, fotografía a fotografía y dejando al espectador la capacidad de terminar por sí mismo la historia que el artista nos propone en un continuum de espacios abiertos sacudidos por la perplejidad que nos provoca el miedo.  

En Crueldad, la vida y la muerte penden de un hilo como lo hace la trampa del tiempo primero imaginada y luego plasmada en un reloj cuyas horas no existen, lo que nos permite adivinar los abismos de los que estamos construidos. Así, la fotografía de los libros olvidados como cuentas ya dispensadas, nos confrontan lo insólito y lo cotidiano, tanto o más, cuando la belleza y la crueldad que ésta engendra conforman un juego de contrarios que nos permite adivinar a un esqueleto y la máscara que lo recubre (otra de las fotografías expuestas). 

La sucesión de imágenes extraordinariamente plásticas y sugerentes siguen mediante sogas que esperan a su condenado. Violines con hojas de afeitar capaces de cortar los dedos del músico que se arriesgue a tocarlo. O una pala que busca su tumba. Todos ellas imágenes al servicio de un arte que necesita de la muerte y su vehículo para ser culminados. Objetos minúsculos que recrean la astucia e inteligencia de quien los retrata, y luego de quienes los observan. En una muestra de que la cotidianeidad acepta tantas interpretaciones como uno le quiera dar. 

Así se va abriendo camino esta muestra donde nada es lo que parece, como le ocurre a las páginas en blanco de un libro que representan a la muerte o la inadaptación de lo desconocido, tanto o más que la instantánea de los libros acuchillados en ostentosas líneas horizontales que los mutilan en aras de la perversión que representa una sola línea sobre el todo que significa el libro en sí. 

Relojes parados por su propia inercia. Orejas rodeadas de espino que nos hablan del peligro y lo imposible, ambos detenidos por el ojo del artista y la imaginación con la que los retrata. 

Muros que son cajones de nuestra existencia y esperan a ser abiertos o saltados. Hombres de pie y enganchados a su propio camino. Hombres tumbados en un banco a los que solo se les adivina como si fueran un mera línea horizontal. Cuchillos que miden su propia capacidad de matar o aparecen ya vendados como víctimas de sí mismos… 

Fotografías que en su magnificencia plástica buscan la belleza de lo insólito y la perplejidad que nos produce el miedo. 

Ángel Silvelo Gabriel.

martes, 12 de octubre de 2021

STEFAN ZWEIG, VIAJES: UNA NOSTÁLGICA MIRADA HACIA AQUELLO QUE YA NO EXISTE


 

Viajar es explorar la posibilidad del asombro. De ofrecer a la mirada la percepción de lo nuevo. De remover en nuestro interior la textura de los sentimientos y acumular aquello que experimentamos por primera vez a nuestro particular desván de los recuerdos. Los viajes están hechos de recuerdos, y son parte de la materia prima de la que está hecha nuestra memoria. Viajar es también acercarse a lo inexplorado como si fuésemos vampiros de lo ajeno, y tras nuestro paso, modificar el relieve de lo visto u observado a través de las palabras. Palabras que conforman la textura del paisaje, las calles de las ciudades visitadas o el sonido del mar, porque viajar es también hacerlo por los recuerdos de aquello que decidimos ver o visitar. Nada está excluido de las sensaciones que conforman el viaje: el placer o la desdicha, la nostalgia o el miedo, la alegría o el amor. En este sentido, Stefan Zweig recorre Europa antes de que todo se venga abajo y el continente se convierta en la fosa común de los muertos, los huérfanos, los apátridas y los desdichados. Y lo hace con la inteligencia y la necesidad de buscar la incomodidad que muchas veces nos produce lo nuevo sin por ello dejar de entusiasmarse por la belleza de lo que se observa y se experimenta. Sin embargo, regresar a esas ciudades o estados de ánimo del escritor austríaco es hacerlo de la mano de una nostálgica mirada hacia aquello que ya no existe. Su lucha por vivir en una Europa próspera y unidad alejada de las tensiones entre Alemania y Francia nunca se cumplió mientras él vivió. Lejos de ese territorio al que tanto amaba se dejó llevar por la peor de las condenas: la muerte. Un viaje interior que decidió recorrer demasiado pronto. Antes de llegar a ese punto y final, Zweig nos dejó una extensa obra y una mirada sobre la vida y Europa llenas del dinamismo e inquietud de aquel que observa su día a día con el entusiasmo del que siempre viaja en compañía de la esperanza. 

Viajes es una recopilación de artículos de viaje que nos muestra a distintas ciudades de Europa desde Odense (1902) a Londres (1940). En ese basto período de tiempo Stefan Zweig visita, por ejemplo, Brujas, a la que retrata como silenciosa, tenebrosa, oscura, cargada de matices negros, y ataviada del silencio de la muerte que ha marcado su propia historia de guerras, epidemias… Aquí, con su gran capacidad de observación, Zweig nos recuerda que solo los cisnes blancos de sus canales parecen presentar batalla a sus negras leyendas. Historias escondidas bajo el recogimiento de unas calladas monjas con sus togas blancas y el insoportable rumor de sus silenciosas iglesias que solo invitan a la oración. A La ciudad de los Papas (Avignon) la describe a través de la fortaleza que representa el palacio Papal, santo y seña de una vetusta ciudad que duerme al abrigo del caudaloso río Ródano. O su visita a Arlés, de la que dice que revive de sus poetas y de la belleza que éstos muestran hacia sus mujeres. A Sevilla la retrata como el símbolo opuesto al verdadero significado de España que para él se esconde bajo el vandalismo de Castilla y sus ciudades. Una visión de la ciudad andaluza que se esteriotipa demasiado cuando habla de su vida y su luz, sus guitarras y castañuelas, sus bailes zíngaros y sus ojos oscuros. Zweig inicia este relato comparando Sevilla con Salzburgo y su unión inherente a través de la música, para acabar ensalzando las figuras de Velázquez y Murillo, Lope de Vega y los músicos que han cantado su alegría. Y todo a modo del allegro que determina su juventud generadora de una sonrisa. 

Un relato especial dentro de estos dieciséis apuntes geográficos y nostálgicos es el que dedica a Hyde Park, al que define como gran brezal que es un todo y una nada. Parque inabarcable e indomesticable desposeído del poder de los sueños para los poetas. Nos dice Zweig que en su intensidad solo es apto, no para loarlo sino para usarlo, que no vivirlo. Un parque concebido para correr, remar y exhibirse que no mezclarse, porque ni las ovejas se tropiezan con los nobles en sus carreras, ni con los niños cuando van o regresan del colegio. Aquí el escritor austríaco nos narra el devenir diario del parque en forma de crónica diaria que abarca desde el amanecer hasta el anochecer; un intervalo temporal en el que también tiene cabida la descripción de la niebla matinal, el sol de la tarde y una noche oscura en forma de nube esponjosa. 

En este libro de viajes también hay espacio para los hoteles, como ocurre en el titulado Necrológica de un hotel, el Schwert de Zúrich, al que Zweig retrata desde la nostalgia del viajero de principios del siglo XX que fue, antes de que se convirtiera un edificio de recaudación de impuestos, sin tener en cuenta de que por allí pasaron Mozart, Casanova, Goethe o Cagliostro. O en Volver a Italia donde explora la necesidad de la comparación que un artista joven requiere para ampliar su mirada. Un enfrentamiento del presente con el pasado y las dificultades de recrear ese universo perdido en el tiempo. Zweig también tiene tiempo para arremeter contra esa nueva forma de viajar donde todo está planificado, incluso aquello que tienes que ver y la forma de hacerlo. Ese tipo de viajes en masa que pervierte la opción de sorprenderte o enfrentarte a las incomodidades propias del viaje que hacen de él una experiencia única. 

La última parte del libro, aquella que se acerca a la Segunda Guerra Mundial, nos va dejando muestras de ese otro tipo de viaje que es el de afrontar la pérdida o la inexistencia de la gloria para aquellos que perdieron su vida en la primera gran contienda continental, pues su recuerdo se difumina con el paso del tiempo. En este sentido, la descripción de Ypres es un magnífico fresco del poder de destrucción de las guerras y sus consecuencias., así como, del intento de sacar del anonimato a todos aquellos que permanecen sepultados bajo tierra, en un lugar devastado por las bombas y la ignominia bélica. O el retrato que hace del albergue en el que se alojan los judíos en Londres antes de partir hacia Sudamérica huyendo del nazismo. En La casa de los mil destinos nos describe el Shelter reparando en las miradas y los miedos ante los desconocido de aquellos que llegan a Londres antes de partir hacia su último destino como más tarde haría el propio Zweig, al que aún le queda tiempo de explorar la flema inglesa a través de su amor a los jardines, en Los jardines en guerra. 

En definitiva, Viajes nos ofrece la posibilidad de regresar al pasado y hacerlo mediante una nostálgica mirada hacia aquello que ya no existe. 

Ángel Silvelo Gabriel.

jueves, 23 de septiembre de 2021

ANGÉLICA LIDDELL, SOLO TE HACE FALTA MORIR EN LA PLAZA: LA OSCURIDAD DE LO MÍSTICO Y LA NOBLEZA DE LA VERDAD



Vivir desde la propia muerte, y de ese modo, construir un universo telúrico, rompedor, punzante, autodestructivo y a contracorriente de uno mismo y de los demás. Azotes fabricados de palabras. Léxico amordazante como la más pesada de las cadenas. Solo te hace falta morir en la plaza no va de arrodillarse ni de resignarse. Ésta es una historia de abismos y raíces, como nos dice su autora, y donde se explora la oscuridad de lo místico y la nobleza de la verdad dándose la mano en busca de lo inalcanzable, aquello que es bello en sí mismo, pero que a su vez necesita ser descubierto. Este es un texto de descubrimientos, de materia orgánica; una lava que nada más atiende a la destrucción que producen las nuevas vidas, condenadas o no, a la muerte. La excusa que Angélica Liddell ha buscado en este caso es el toreo, pero podría haber sido otra. Aquí la figura de Juan Belmonte es magma, luz, arte y verdad, pero sobre todo, verdad. Aquella que se necesita para salir adelante cada día. Aquella que nos atormenta con sus aristas y rugosos perfiles: «Querer morirse es lo único que hace falta para torear». «Hay días tristes que duran meses. Hay días tristes que duran toda la vida». «Lo único que nos libra de la muerte es desearla». Un deseo que se traduce en infinidad de frases cortadas con la herrumbre de la soledad y la búsqueda del amor, pues el amor es la materia prima de un texto condenado a ser la voz en off que supone el reflejo del espejo de la vida. Una vida que ha sido desprogramada en un mundo artificial y tecnológico. Mundo máquina. Mundo obsesión. Mundo digital que solo produce hologramas planos. Falsos como sus propuestas. Ególatras como el más cutre de los selfies. Hologramas incapacitados para decir la verdad. 

En la primera parte, titulada como Juan Belmonte, asistimos a la ceremonia del encuentro existencial que se produce entre el torero y la muerte. Aquel al que nunca se enfrentan los aficionados. Aquel que se resiste a ser sacado a la luz de una malentendida fiesta. La verdad del toreo y su esencia es la antifiesta. La verdad del toreo es su encuentro metafísico con la verdad. El éxtasis del amor hacia un arte que siempre acaba en la muerte de uno de los dos oponentes. Lo demás no existe en la parcela que delimita un ruedo. Victoria o muerte, ese es su único axioma posible. De esa imposibilidad de vida es desde donde Angélica Liddell se acerca al arte del toreo. Y lo hace de una manera arcaica y profunda, explosiva y leal, telúrica y trascendental; un universo desde el que siempre se expresa la última voluntad de morir para volver a vivir, en una especie de universo místico donde la vida es muerte y el amor una sentencia. Y donde la búsqueda de la belleza (esa entelequia inalcanzable) es el sostén de nuestros miedos frente al mundo y la verdad. Y todo ello desde el ángulo en el que la vida viene representada en palabras, y donde la voz en off que nos acompaña aprovecha para lanzar un ataque atroz a la sociedad burguesa que la autora ejemplariza en los funcionarios. Sociedad materialista y no espiritualista. Sociedad llena de derechos y alejada de la incertidumbre necesaria para crear y avanzar. 

En El placer de los dioses la autora nos dice: «El toreo es convertir la locura en la máxima cordura. Es precisamente lo racional lo que verifica el milagro del inconsciente. El toreo es la lógica de lo sobrenatural y hasta de lo irracional». Aquí el arte del toreo es abordado desde la mística y la herejía. Desde la posibilidad de que éste se convierta en poesía. En poema. Pues como dice Bergamín:«Se torea en verso, torear es crear». De ese sentimiento y de esa forma surge «el toreo como la métrica de las pasiones, la guerra hecha endecasílabos». No es de extrañar, entonces, que Liddell enuncie: «No se vende el arte a peso de carne». Una posibilidad, la del arte dentro del toreo, que dinamiza su esencia y le imprime del valor de aquel que crea jugándose su vida cuando un pitón le pasa a escasos centímetros de su corazón. De esa furia enfrentada al miedo y al terror surge la oscuridad de lo místico y la nobleza de la verdad. 

Este espectáculo de amor y muerte, toreo y verdad, que nos propone Angélica Liddell, termina en una pelea argumental y lingüística donde la dramaturga reflexiona sobre el mundo del arte en la actualidad. Un espacio del que ella se encuentra alejada. Una distancia que, en su exilio, le permite verlo todo a través del óculo que le proporciona su necesidad de amar y ser amada. 

Ángel Silvelo Gabriel.

lunes, 16 de agosto de 2021

TRUMAN CAPOTE, COLOR LOCAL: BRUMAS DE UNIVERSOS PERDIDOS EN LA MEMORIA DEL TIEMPO

 

Las ciudades no son únicamente sus edificios, puentes o ríos. Las ciudades son las personas que las habitan, sus costumbres y su forma de modelarlas. De ahí, que la esencia del tiempo que nos transmiten años después son como las brumas de universos perdidos en el tiempo. Esas fotos fijas de las ciudades y los lugares que nos presenta un joven y ya genial Truman Capote en Color Local, son eso, la oportunidad de devorar el paso del tiempo en pequeñas cápsulas donde los lugares y sus gentes son una forma de narrar la vida y el espacio que ocupan. Aquí, la ciudad se nos presenta como la estructura del esqueleto, y las personas son los músculos y los órganos que la mantienen en constante movimiento. En este libro de viajes, a pesar de la juventud de Capote, ya asistimos a su particular forma de observar el mundo y lo que le rodea, pues con una aparente sencillez narrativa es capaz de mostrarnos lo más cotidiano de una manera única y magistral y, en este caso, dándole pistas al lector más avezado (en la biografía del autor), de aquellos lugares que visitó y que más le influyeron a lo largo de su vida. Lugares que van desde su querida Nueva Orleans a la enigmática y más desnuda Tánger, fuente de nuevas y tempranas experiencias, sin olvidarnos de aquellos estadios vitales que le remarcaron el carácter como Nueva York o el sur de Italia. 

Color local representa el paradigma de aquello que observamos por primera y enseguida hacemos nuestro, como sucede en el relato Nueva York, en el que por intermediación de sus fiestas y sus personajes, Capote incide en la realidad de una ciudad inventada por los otros, den la que las noches y sus fantasmas se dan la mano con las fantasías de los éxitos que nunca se cumplen salvo para los genios de verdad. Una estampa que, sin embargo, se contrapone con el desarraigo, la deslocalización y la bruma de un Brooklyn en el que poco a poco lo nuevo va borrando las huellas de otra época. Imágenes, localizaciones y personajes que, en Nueva Orleans nos vienen de la mano de los viejos que la pasean, los ecos del pasado y las casas olvidadas o deshabitadas; todo ellos como hálitos de un tiempo que ya no existe y ahora se nos presenta como un fantasma apegado a sus cadenas. Unos y otros levantan unos grandes atrezos a los que Truman Capote da voz a través de unos personajes que nos los definen y nos lo muestran sin más máscaras que su peculiaridad, como peculiar es el retrato que el escritor norteamericano nos hace de Hollywood (vista desde el aire o el suelo),; un retrato en el que la ciudad se le aparece al narrador como un inmenso escaparate o decorado que disfraza la gran verdad que encierra: la silueta de la soledad y el fracaso. Calles desiertas. Ausencia de niños. Vidas que permanecen a la espera de lo que nunca llegará… un desierto existencial para el alma. 

La visión del escritor cambia cuando viaja fuera de los Estados Unidos y llega a Europa, donde la magia de un lago italiano vista con los ojos de un niño que se sorprende de aquello que ve (una instantánea de cuento de hadas), se contrapone con el relato de Lucía en Venecia, donde la fase oscura de la camorra acaba en una huida. Como huida es la segunda parte de este relato titulado Europa, y que le lleva desde Venecia a París en el Orient Express. Un itinerario lleno de exotismo y extrañeza, donde la mirada del que observa se detiene en lo más particular para hacerlo general y único, abrupto y salvaje como lo es lo bello e inesperado de Ischia, un relato donde el asombro que le producen la belleza y sus consecuencias confluyen con la espiritualidad de este lugar de vírgenes y calor, playas desiertas y aguas transparentes. Ischia, donde la apariencia de lo sencillo y más auténtico se desploma sobre la vida como un sueño de verano. Pero es sin duda en Tánger, donde el universo que se circunscribe entre el cielo azul y la tierra caliente consigue que el mundo viajero y literario del autor se detenga en un tiempo de chismorreo y casbah; un tiempo en el que detener la mirada en las intrigas y los amaneceres más inesperados sobre una duna en la playa. Capote, en esta ocasión, nos retrata ese flujo de nómadas que se dieron cita en Tánger (la ciudad azul) bajo la necesidad de ser uno mismo sin preocuparse de los demás. Una multiplicidad de personas entre los que se encuentra Jonny, álter ego de la irrepetible escritora Jane Bowles, alma escurridiza y libre, cuya única norma era el sentimiento de orfandad presente en su forma de ser y de entender la vida. 

Los ecos del pasado que subyacen en todos estos relatos de viajes tiene su final en Fontana Vecchia, donde el dulce paso del tiempo, bajo el signo del abandono y la plenitud de una naturaleza que solo respeta sus propias normas anónimas  e inexplicables, es la encrucijada en el que se mueven el deseo y el asombro. Capote se sumerge en este relato en las costumbres y miedos de una población ruda acostumbrada a la dureza de la vida del campo en medio de un edén que no aprecian porque es el lugar en el que nacieron y en el que morirán. Un lugar a modo de refugio de escritores e intelectuales en el que éstos confrontan sus dotes artísticas con la visión de aquello que nunca soñaron ver, por tratarse de algo idílico donde la belleza y la violencia son la antítesis de un universo perdido en el tiempo. Como ocurre en este Color local, donde las brumas de los universos perdidos se dan cita con la memoria del tiempo. 

Ángel Silvelo Gabriel.

miércoles, 28 de julio de 2021

JULIO LLAMAZARES, EL RÍO DEL OLVIDO: LA MEMORIA Y EL PAISAJE


 

Caminar sobre el pasado y los recuerdos igual que un águila sobrevuela su territorio desde el punto más alto de sus dominios. Alejarnos del olvido para sentir lo más cerca posible aquello que un día fuimos. Volver con la idea de reconquistar el tiempo sin miedo a que el pasado nos arañe la memoria. Evocar, porque en el fondo se trata de eso, evocar lo que una vez creímos nuestro o aquello a lo que creímos que una vez pertenecimos por el simple hecho de que el destino nos hizo llegar a la vida desde ese lugar sin nombre que solo nosotros conocemos. Escudriñar la ribera del río montaña arriba con el único afán de devolver a nuestra memoria el placer de redescubrir el paisaje, porque como nos dice Julio Llamazares en el prólogo de El río del olvido: «El paisaje es memoria», igual que «los caminos más desconocidos son los que más cerca tenemos del corazón», de ahí esa necesidad de llegar a lo más alto para regalarnos esa vista tantas veces repetida en nuestros sueños y, a pesar de cómo dice el propio Llamazares, a sabiendas de que «una mirada jamás se repite». En la pureza de esa mirada es donde el autor leonés pone el objetivo de este libro de viajes a medio camino entre la confesión, el asombro y los recuerdos. Añoranzas de niño reinventadas a través de los ojos del hombre que desanda el camino transitado para llegar al principio de sus días. En este libro hay una reivindicación de ese nacimiento puro. Un nacimiento puro al mundo que uno trata de preservar en la memoria y que juega con él a través de las personas con las que conversa o se tropieza; o con los accidentes geográficos a modo de cascadas y puentes milenarios que unen y posibilitan el camino; o mediante los lugares y entornos más singulares, sobre todo, para una persona de ciudad y sin embargo tan cotidianos para los hombres y mujeres acostumbrados a dirimir sus vidas entre las montañas, la nieve, el frío, o ese verde intenso y profundo que atraviesa la mirada de quien lo contempla. Esa singularidad a la que se enfrenta el viajero no es la única a la que debe hacer frente, porque del mismo modo el silencio que le acompaña es el más ilustre compañero de su gesta existencial con la que trata de revivir una nueva vida. Existencia de pajares en los que dormir sobre un colchón de paja o hierba seca, trozos de pan prestados con los que acompañar las latas que antes de salir echó en su mochila, o la posibilidad de recrear casi en cada pueblo las aventuras y hazañas de unos olvidados que allí son los auténticos reyes de su destino, porque esa es la verdadera ventura en el reino del olvido, donde el eco que retumba entre las piedras de las casas es una forma de asistir a su permanencia en el tiempo, a su pasado glorioso y a su ruinoso presente, encasillado en el mejor de los casos con la bonanza del tiempo y el calor que trae consigo el verano. 

Unos y otros acompañan a Julio Llamazares en este ejercicio donde la memoria y el paisaje van de la mano y se juntan con historias de duendes, lobos, guerras, exilios o afrentas que nada más permanecen intactas en los corazones de aquellos que pueblan las montañas por las que transcurre el río Curueño, excusa geográfica y vital de un viajero perdido en su propia memoria y que rebusca en la de los demás sus miedos y certezas, y su amplitud a la hora de abrir su alma al mundo, por mucho que éste se encuentra constreñido al trazado de un río que recorre las montañas para más tarde morir cuarenta kilómetros más abajo en el puente de Ambasaguas. Llamazares, poeta por convicción, se acerca aquí a los grandes poetas románticos que, en su alejamiento de la sociedad industrial que se estaba forjando, huyeron al campo y a la naturaleza para encontrar la inspiración y el trasunto de sus composiciones en los cielos azules y los mares, los árboles y las campiñas, el silencio y el viento. Como muy bien nos dice Llamazares en El río del olvido: «el paisaje es, además, la fuente principal de la melancolía. Símbolo de la muerte, de la fugacidad brutal del tiempo y de la vida —el paisaje es eterno y sobrevive casi siempre al que lo mira—, representa también ese escenario último en el que la desposesión y el vértigo destruyen poco a poco la memoria del viajero —el hombre, en suma—, que sabe desde siempre que el camino que recorre no lleva a ningún sitio.» 

El paisaje y el tiempo. El paisaje, memoria inseparable de nuestra vida. De aquel que lo recorrió. De aquel que lo recuerda. De aquel que lo sueña. 

Ángel Silvelo Gabriel.

jueves, 15 de julio de 2021

VICENTE VALERO, BREVIARIO PROVENZAL: LA NATURALEZA Y EL ARTE DE LA CONTEMPLACIÓN

 


Contemplar la naturaleza imbuido por el rumor que desprenden las hojas de los árboles, las flores, los riachuelos y los cantos de los pájaros. Aislarse para sentir el latido de nuestro corazón, y con él, llegar a crear algo nuevo al ritmo que esa naturaleza nos proporciona. En ese triaje de las sensaciones es donde la sensibilidad del que mira, y la destreza del pintor o el poeta, comienzan a dibujar palabras que de ninguna otra forma hubieran llegado a existir. Palabras que nacen del impulso imaginario que nos mueve hacia la cima de lo sublime o lo inalcanzable. Hacia esa búsqueda de la belleza que nos suministra el arte de la contemplación cuando la mirada del otro se deposita sobre la naturaleza. Las razones o excusas de ese estado de excitación (casi mística) pueden ser múltiples, pero solo una de ellas es la verdadera: la búsqueda de uno mismo y el afán que nos guía cuando somos capaces de mirar hacia adentro. Hacia esas entrañas que nos producen miedo y desazón cuando nos impulsan a explorar en los recuerdos, más si cabe, cuando en mitad de la naturaleza ejercen el papel de jueces de nuestras vidas. Jueces, que más allá de esa búsqueda dentro de uno mismo, también nos aproximan al concepto de belleza a través de la contemplación, porque naturaleza y contemplación van de la mano en el nuevo libro de Vicente Valero, Breviario provenzal, escrito a medio camino entre el ensayo y el libro de viaje, y donde una vez más, su personal y única manera de observar el mundo a través de los otros sigue gestando momentos de gran literatura, aquella que se produce con la única intención de su permanencia en el tiempo. Así sucede, por ejemplo, cuando se acerca al poder de seducción que los secretos de la naturaleza proyectan siempre en los artistas: «Puede que estos secretos, por tanto, sean sólo una idea, la misma que alienta la búsqueda y la palabra poética, insinuando a la vez nuestra necesidad de naturaleza, nuestro deseo de placer e inspiración, de autoconocimiento y de memoria. Puede que estos secretos solamente nos indiquen el camino necesario hacia la contemplación. Lo cierto es que sentimos que nos conciernen, que nos hablan a nosotros, que explican algo muy nuestro. Todo en la naturaleza reclama la mirada del otro: ésta es su forma de perpetuarse. Los colores, los aromas, lo sonidos: buscan a  aquellos que tienen que venir para fertilizar, para dar continuidad a la vida. El secreto sería así una forma sutil de reclamo, una metáfora de la belleza del mundo.». En este sentido, Vicente Valero nos propone en este ensayo, paisajístico y literario, varias formas de hacerlo y conseguirlo, sobre todo, gracias al exhaustivo repaso de los paisajes, aromas, colores e historias que le acercaron hasta la Provenza, un espacio a medio camino entre Los Alpes y la Costa Azul francesa que, a tenor de lo que se nos cuenta y expone, es un prodigio de propuestas, interpretaciones y reinterpretaciones que no hacen sino aumentar el deseo de conocer y compartir aquello que sintieron artistas como Mallarmé o Mistral, Camus o Picasso, Petrarca o René Char. La poesía, la pintura y, como no, la contemplación ejercen aquí de fuerzas generadoras de estímulos, consecuciones artísticas e inventos surgidos del arte del paisaje. Donde la mirada del otro, junto a los recuerdos que ésta es capaz de consumar, se transforma en una nueva forma de vida que se proyecta desde las montañas, los pueblos o el cielo, a las páginas en blanco de un libro o a la nívea superficie de un lienzo. Ambas, manifestaciones de aquello que trata de persuadir al paso del tiempo como huella del momento vivido, porque no se nos debería olvidar que Brevario provenzal de Vicente Valero es un ensayo sobre la naturaleza y el arte de la contemplación. 

En la última parte de este libro, escrita a modo de diario poético de la ruta trazada, Valero resurge como el poeta de la significación. Un poeta capaz de sacar a la luz los valores soterrados en la superficie de la cotidianeidad, y que gracias a su ingenio y maestría, tienen una segunda vida y el poder de aproximarnos al clamor del silencio que no se toca, pero sí permanece en nuestra memoria. Memoria del tacto de los recuerdos. 

Ángel Silvelo Gabriel.

martes, 6 de julio de 2021

LEOPOLDO MARÍA PANERO, LA MENTIRA ES UNA FLOR: LA DECONSTRUCCIÓN DEL HOMBRE Y EL POEMA


 

La poesía miente. La mentira es una flor. Un flor hecha poesía y silencio a través del poema. Así nace el verso como consecuencia de la página. Una página que se alza ante la ruina, el desastre, la desolación, y todo aquello anterior al silencio. A la muerte. Al no poema. En La mentira es una flor asistimos a la deconstrucción del hombre y el poema. El hombre es el no poema. Aquello efímero y circunstancial que nada más sirve de instrumento al poema, porque la página es el mundo sobre el que todo sucede y todo se levanta, y el poema es su mejor obra, pues de sus cenizas nace la muerte: de la vida, del poeta, del mundo. 

Leopoldo María Panero sigue dando vueltas sobre sí mismo. Sobre su ruina inyectada de silencios, tabaco y coca-colas. En ese tiovivo existencial es donde él encuentra que la única verdad es la muerte. Esa que le acecha y, que como una sombra, se prolonga sobre su mano a través de la página. Ahí es donde surge la comparación de los ojos y las manos con el desastre. Por su vulnerabilidad ante la caída. Inevitable. Justa. Esperada. Para él, solo queda el poeta tras la muerte. Muerte y deconstrucción del lenguaje que van más allá del hombre. Ser pasajero y mentiroso. Ser vulnerable en la corrupción que significa volcar su experiencia sobre la página, el verso y el poema. En este poemario también juega un papel muy importante el léxico. Un léxico cargado de un significado monocorde con la muerte y su final: excremento, ruina, mentira, semen. Todo es fruto de la expulsión de la vida sobre la página. De la vida sobre la muerte. De la existencia sobre el final. Final perseguido a través del viaje que nos propone el poeta en sus versos. Latidos de muerte en vida. De sombras sobre las cenizas de la nada. La vida es nada: «Y solo es verdad lo que repta atrozmente sobre el poema/ Más parecido a la nada que al hombre». O como nos dice Panero en otro de sus poemas: «Ceniza que forma como una mentira el poema/ flor que es mentira». Mentiras y poemas cargados de animales: babosas, gusanos, perros, sapos, moscas, monos. Y de referencias literarias, muchas de ellas sin entrecomillar. Hechas de la oralidad inherente a su poesía y a ese universo que lo transforma todo en fuente y manantial. Arranque y comparación de su universo poético. Un universo poético dentro del universo. Luz sin más incandescencia que la sombra. Sombra que perdura sobre el papel y no así el hombre. 

La mentira es una flor. Experiencia cimentada con el excremento y la ruina, y con la deconstrucción del hombre y el poema. 

Ángel Silvelo Gabriel.

miércoles, 30 de junio de 2021

LOUISE GLÜCK, NOCHE FIEL Y VIRTUOSA: LA ESENCIA DEL TIEMPO Y EL CAMBIO

 


El barro y su capacidad de creación. Las manos que lo moldean. Los ojos que lo encumbran. Y los sentimientos que lo engendran. Así crece este poemario a través del tiempo y sus recuerdos. O de esas partes de uno mismo que conforman ese todo que somos. Ese todo fabricado por el pasado, los destellos de los anhelos perdidos y la oscuridad de una noche llena de silencios. O por esa luz que se cuela al final del pasillo, y donde la voz poética de Noche fiel y virtuosa busca el camino que le lleve al final de la existencia. Allí donde nace la posibilidad de liberarse del último tramo de sombras, neblinas y miedos por el que transita el alma afligida en la hora de la verdad. Así se nos presenta de la mano de Louise Glück el final de un viaje, que no de una vida, pues ésta se transforma en los sueños que mueven el mundo. Un lugar atribulado por sensaciones encontradas y expulsadas desde el corazón que sangra una vida llena de vidas. La noche, los silencios y los sueños mueven con fuerza el devenir de este poemario cargado de enigmas sobre la existencia; un poemario donde el viento, la niebla y los cementerios no son más que la expresión física del alma poética y sus aristas. Alma que se expresa en forma de prosa poética a veces, y que en otras ocasiones, es el filo de la navaja que separa el día de la noche, la luz de las sombras, el miedo de la muerte, la esencia del tiempo y el cambio, porque como muy bien expresa Glück en uno de sus poemas: «Pero si la esencia misma del tiempo es el cambio,/ ¿cómo puede algo convertirse en nada?/ Esta era la pregunta que me hacía». Ahí, por ejemplo, es donde nace el determinismo del poema Párabola; un poema en el que la poeta nos habla de la lucha que manifestamos contra el día a día, su desidia, y sus constantes problemas. Cambios a los que tratamos de ahuyentar con puros y genuinos propósitos que nunca llevamos a cabo, pues a fin de cuentas, el viaje para algunos es ir caminando a través del día y la noche, aunque para otros, suponga la posibilidad de que le sea revelada la existencia soñada. 

Noche fiel y virtuosa representa también a esos ecos de la infancia y a los recuerdos de toda una vida, aquellos que por muy inestables que nos resulten, siempre regresan a nuestro lado a lo largo de la noche; una noche fiel y virtuosa que, en Una aventura, nos habla del amor y de esa esperanza que nunca se pierde por más que renunciemos a él. Una renuncia que también hace referencia a la poesía, pues en este caso, esa renuncia surge de aceptar el ineludible paso del tiempo que todo lo puede, por mucho que cada día visualicemos nuevos territorios. Espacios y lugares donde surgen los reencuentros con los familiares muertos y con ese diálogo que nada más que se establece camino de la muerte (la propia). Esos diálogos que, con forma de despeñaderos, no se vinculan a un final por más que éste se intuya; y sí con nieblas y sombras que nos acompañan hasta el nuevo día, justo cuando nuestro sueño acaba. Algo que sucede en el poema que da título al libro, y que se alza como una metáfora sobre la salvación que al niño le supone escuchar a su hermano leerle un libro sobre el rey Arturo; un libro a través del cual es capaz de percibir e instalarse su propio mundo. Un mundo de niño alejado de sus padres. Y donde el recuerdo del cumpleaños es el de los padres y sus ausencias, apenas atenuadas por la tía y el hermano. Un poema, donde una vez más, el paso del tiempo se convierte en una losa de los recuerdos. 

El viaje que nos propone Louise Glück recae en su parte final sobre su propia muerte, tal y como   podemos leer en Paisaje aborigen, donde asistimos a la huida de una vida que busca primero al padre, luego a la madre y después a la hermana y a la prima. Y donde el tren que no se mueve representa todo aquello que ya no podemos cambiar. Una transformación que sí tiene un retorno hacia la infancia en El ciclo blanco, donde la voz poética del pintor viaja, cambia de lugar, pero no de tiempo. Tiempo cercano a la muerte. Aquí el artista pinta lienzos en blanco que para él simulan a un niño pequeño y a la oportunidad de volver a empezar. Oportunidad que no se produce porque siempre aparece la muerte. Una muerte que se cuela en una noche fiel y virtuosa. Una noche que representa la esencia del tiempo y el cambio. 

Ángel Silvelo Gabriel.

domingo, 27 de junio de 2021

ALICE MUNRO, ALGO QUE QUERÍA CONTARTE: LA COTIDIANEIDAD HECHA MAGIA

 


Observar en lo más profundo del alma humana. Escudriñar aquello que nadie ve, y sentir el impulso de seguir buscando en la oscuridad de la nada. En las primeras experiencias de la vida. En el miedo a exhibir nuestra desnudez a los demás. En el recuerdo del primer amante. Y siempre desde el punto de vista de una mujer. Fuerte. Insólita. Innegociable en los principios y los afectos. Y, tras ella, una mirada sencilla y mordaz sobre la realidad. Todos estos matices componen el universo de Algo que quería contarte, una nueva recopilación de cuentos de Alice Munro (perteneciente a la primera parte de su obra), que ahora ve la luz en España, y con la que de nuevo somos conscientes del poder de una escritora que hace tiempo dijo que no sabe hacer otra cosa en el mundo que escribir, por mucho que años atrás intentara dejar de hacerlo. En esta recopilación de historias, sobre las duras condiciones de vida en el campo y las pruebas a los que la autora somete a sus personajes a lo largo de su existencia, una vez más, las mujeres serán las verdaderas protagonistas de las mismas, y los hombres, el reflejo de sus ilusiones o sus miedos. Desde esa feminidad, vista, tratada y solo comprendida desde el útero de la creación nos propone Munro, arranca un universo rico en matices y emociones; un universo que, por otra parte, es inaccesible para cualquier hombre. 

Con una parquedad expresiva encomiable en las palabras, las relaciones o las emociones, Alice Munro nos retrata ese lugar donde la cotidianeidad se convierte en magia. Un lugar único creado por ella a modo de territorio literario a imagen y semejanza de aquellos otros inventados y soñados por diferentes escritores, y que son y representan la huella identificadora de su universo creativo, y también, de su semblanza literaria ante el mundo. Y, que en el caso de la escritora canadiense, podríamos añadir que es el lugar donde la luz del pasado se desploma sobre el presente, tal y como ocurre en Algo que quería contarte (el relato que abre esta recopilación y le da nombre), y que es una nueva pieza maestra de las narraciones cortas en el que Munro nos narra toda una vida en apenas unas pocas páginas. Y, en el que la técnica de la elipsis, se muestra eficaz y aterradora cuándo ésta es puesta en manos de la gran literatura. Justo aquella que se cobija en nuestros corazones. Como a su vez ocurre en Dime sí o no, donde la precisión que se desprende de aquello que creíamos cierto o real (porque fuimos nosotros quienes lo construimos), y la necesidad de mentirnos para intuir que algo de todo lo vivido fue verdad (como la intensidad con la que lo deseamos), es un leitmotiv sentimental y existencial ante el que no podemos renunciar sin más, pues necesitamos saber y creer que no solo somos producto de nuestras fantasías. 

Las sorpresas inherentes a todas las historias de Algo que quería contarte se encuentran en el desgarro existencial de las misma; un desgarro que se difumina con el viento helado de un invierno que se cuela por las ventanas de la soledad siempre presente en los personajes de Munro, a los que ésta dota de la particularidad de ver más allá de lo cotidiano, para de ese modo, partir a un espacio o un territorio nuevo y ajeno en el que poder vivir una nueva vida por muy dura que sea ésta. En este sentido, las narraciones de Munro son el contrapunto a la búsqueda de la felicidad, anhelada ésta de una forma ligera o infantil, pues en todas y cada una de las decisiones de sus protagonistas, la escritora busca ese lado oscuro desconocido o apenas perceptible de la vida de sus personajes sobre el que ella solo nos muestra la primera capa de soledad, tristeza o incomprensión, para dejar en manos del lector la capacidad de atribuirles a todos ellos ese rico mundo interior con el que la escritora los forja. Una singularidad que la ha convertido en una de las mejores cuentistas y en una precursora, junto a sus queridas Eudora Welty o Jean Rhys, de un universo femenino único, donde la mayor reivindicación del mismo es la libertad personal de todas y cada una de las mujeres a las que dota de esa particular y única de ver afrontar la vida: la de la cotidianeidad hecha magia.

Ángel Silvelo Gabriel.

miércoles, 16 de junio de 2021

CARLOS PÉREZ DE ZIRIZA, PREFAB SPROUT, LA VIDA ES UN MILAGRO: DESTELLOS DE BELLEZA, ESPIRITUALIDAD Y AMOR A LA MÚSICA

 


La música como religión. La música sin más deidad que la búsqueda de la belleza. La música y sus himnos, melodías, canciones, arreglos y susurros como oficiantes únicos a la hora de crear destellos de belleza, espiritualidad y amor a la música. Esa felicidad, intrínseca a una canción, capaz por sí sola de hacernos sentir otros en la búsqueda de la felicidad. Esa parcela en la que siempre abrigamos un mundo lleno de esperanza. Belleza y felicidad que se dan la mano bajo los acordes de una canción. Aquella que hacemos nuestra aunque esté cantada en un idioma que no entendamos. La música como lenguaje universal de los sentidos y los sentimientos. De aquellas sensaciones que tan pronto nos ponen los pelos de punta como que propician el inicio de un viaje. Travesía iniciática hacia lo desconocido, como desconocida para un artista es la búsqueda de la belleza. Intangible, sin duda, como todo aquello que es único e irrepetible. Esa luminosidad, reservada a los dioses, es la que se esconde tras la esencia de un genio de la música como es Paddy MacAloon, a la sazón alma de las canciones de ese grupo inigualable que es Prefab Sprout. Su mayúsculo talento como escritor de canciones le fue revelado cuando desde el principio de su carrera supo que su mayor virtud era esa: la de escribir canciones. La fama, el dinero, y todo aquello que arrastra la música pop (a gran escala) nunca le interesaron, y mucho menos, tras su operación de retina y el insufrible padecimiento de los acufenos en sus oídos que no le permiten escuchar y trabajar sobre su música tanto como él quisiera, amén de su rotundo ansia por el perfeccionamiento sobe aquello que compone y le hace retrasar todos y cada uno de sus trabajos que, en un número muy extenso, no han visto ni verán la luz como nos apunta Carlos Pérez de Ziriza en el magnífico estudio que sobre el grupo ha hecho bajo el nombre de La vida es un milagro publicado por Efe Eme. En este sentido, caer rendido ante la elegancia compositiva de Paddy McAloon es una prueba ante la que nadie, con un mínimo de sensibilidad musical, puede resistirse, pues su universo es único, tan único como el de cualquier otro genio del mundo del arte. Su universo es comparable a una gran galaxia bajo cuya cúpula (en la que cada estrella representa una de sus canciones), solo tiene cabida su perpetuo amor a la música. 

Genialidad, luminosidad, su particular búsqueda de las esencias. Perfeccionismo innato que huye de lo sencillo, enfermedad, enciclopedia astrológica… Todo ello pegado a la piel del cantante de Durham. Verdad o mentira. Leyenda o bulo (es un dato al que Pérez de Ziriza no hace referencia en el libro, por lo tanto no debe ser cierto), hace años se dijo que su pasión por la astronomía y las estrellas y su deseo de publicar una enciclopedia sobre astronomía fueron la causa principal de sus problemas de visión (una vida entregada a mirar las estrellas y más allá). Y si fuera verdad, no nos resultaría nada extraño, porque este gran observador del mundo llamado Paddy McAloon decidió mirar hacia arriba tal y como se nos sugiere en la portada del disco Andromeda Heigths; o desde arriba, como se refleja en la portada del disco Let’s change the world with music. Sea como fuere, lo que sí es una verdad aplastante es su innata capacidad para crear universos que en un principio se fijaban en lo más cercano para poco a poco irse alejando hacia lo más universal o genérico con el paso de los años y la publicación de sus álbumes tal y como muy bien nos indica Ziriza en este joya de libro que ha escrito como homenaje a uno de los mejores grupos de la música popular de todos los tiempos. Palabras que, sin duda, también forman parte del léxico de un Julián Ruiz siempre rendido ante la genialidad compositiva de McAloon. Sin necesidad de hacer hincapié más en uno que en otro de estos aspectos, el rasgo principal de su música es su espiritualidad; un destello que a medida que conocemos sus trabajos es como una pincelada apenas perceptible y, sin embargo, netamente embriagadora cuando escuchas sus canciones; una particularidad que llega a sus más altas cotas en su álbum Let’s change the world with music con temas tan maravillosos como Angel of love, donde su melodía es una fuente inagotable de espiritualidad y de amor hacia la música; una pequeña obra maestra que sigue el rastro de su álbum Steve McQueen, una joya que en el año 1985 cambió el ritmo de la música y su sentido para todos aquellos que quedamos enredados en sus notas con canciones memorables y únicas como: When love breaks down, Bonny, Goodbye Lucille #1 o Appetite. 

La vida es un milagro es un prodigio de datos y sentimientos sobre Prefab Sprout que están volcados sobre las páginas de este libro con una envidiable pasión hacia la música del grupo y su líder: Paddy McAloon, del que Ziriza hace un retrato muy cercano a través de las dos entrevistas que le hizo; la última, y muy extensa, la realizada exprofeso para este libro, y que nos deja ver la figura de una persona sencilla, escondida bajo el signo del más absoluto anonimato y entregada a aquello que él entiende que mejor saber hacer: componer canciones. Un estar fuera del mundo que él traduce en notas que apunta en su libreta (cual novelista). Sensaciones que, por ejemplo, atrapa tomándose un café en el condado de Consett (a veinte kilómetros de Newcastle) en el que vive. Notas que expresan la pureza, la ensoñación, el acercamiento a un dios que habla a través de la música y sus manos. Manos que se vuelcan no solo sobre las cuerdas de una guitarra, sino también sobre órganos y sintetizadores multidimensionales a los que Paddy dota de un alma especial. 

La vida es un milagro es un trabajo ameno y profundo sobre la historia de Prefab Sprout, en el Carlos Pérez de Ziriza se adentra, entre otros aspectos: en el análisis pormenorizado de sus discos editados hasta la fecha, en un diccionario de referencias sobre su música a través de autores universales como David Bowie o Paul McCartney, entre muchos otros, y donde el desglose que hace sobre la carrera y la música del grupo es esencial y muy amena, lo que nos ayuda a conocer de primera mano la intrahistoria de un músico universal, Paddy McAloon. Tan universal como lo han podido ser los más grandes de la historia de la música popular. Un grupo, Prefab Sprout, entregado a la búsqueda de los destellos de la belleza y la espiritualidad intrínsecos a la música.

Ángel Silvelo Gabriel.