Tiempo de comunicaciones rotas

lunes, 27 de febrero de 2017

VIRTUDES REZA, ¡BEBED, CUERVOS!: LA IMPOSIBILIDAD DEL SER



Nuestras vidas se componen de etapas, y cada una de ellas, simbolizan la capacidad que tenemos para la transformación de llegar a ser otro, igual que si tuviéramos una suerte de nacer varias veces a lo largo de nuestra existencia. En este sentido, Virtudes Reza en su último poemario  editado por Huerga y Fierro titulado, ¡Bebed, cuervos!, nos propone un doble juego: el del yo contra el otro, y el del yo contra el resto (un resto compuesto por la sociedad y su barbarie, pues en ella nada más que impera la nada más absoluta). Y de esa doble negación nace la imposibilidad del ser que, la voz poética, nos transmite en forma de viaje que ella misma recorre desde un estado inicial hasta el de su transposición en algo contrario, distinto y, sobre todo, nuevo. En esa esperanza que comienza como negación, la palabra nada se convierte en un leitmotiv sensitivo y poético en forma de universo aciago y vacío: «Desesperación en el vacío,/ oasis negro/ de la Nada.» «nada en el silencio,/ el silencio en todo… nadie en la nada,/ la nada en todo.», pero, que a su vez, es una forma de confrontar la oscuridad a la luz que todavía no se busca pero sí se anhela, porque de la misma forma que se declina la negación del yo, no se acepta la realidad sin más. De ahí, que el segundo de los cinco bloques de los que se compone este poemario se llame Ira; una etapa donde la voz poética aún busca al otro aunque no lo nombre, pero en la que ya aparece la esperanza de abandonar la soledad y la rabia que le produce la contemplación del mundo: «No sé seguir,/ la verdad desapareció/ antes de llegar al puente.» Imágenes que se yuxtaponen y nos transmiten la esencia de unos sentidos que ansían denodadamente una salida; una salida al hastío, al hartazgo, a la sinrazón…, de un mundo y una vida tatuada por los malos recuerdos; recuerdos dibujados con tonos oscuros.



En esta historia de transformaciones psíquicas y sentimentales, la figura del cuervo (tan tratada en el mundo de la literatura), aparece aquí como creadora de nuevas ideas, pues la voz poética, aparte de su carácter aéreo y demiúrgico, le proporciona otro adivinatorio y especulativo de las nuevas formas de esa otra vida a la que se llega al final del camino. Vida invertida e inesperada, pues siempre la realidad se vuelca sobre nosotros de un modo tan irregular como abrupto, para dejarnos colgados de un hilo que al mínimo movimiento en su contra se puede romper. Asimismo, este ¡Bebed, Cuervos!, posee otras muchas cualidades cacofónicas, poéticas y visuales, porque en él, Virtudes Reza se erige como una delatora de las sinuosidades imperfectas del mundo que nos gobierna y dirige, y lo hace a través de la fuerza de su voz poética capaz de alejarnos de ese terreno del que siempre quisimos huir. La negación del pasado, la huida de la propia inocencia, la reivindicación de la vacuidad de una sociedad que día a día se hunde en su propia podredumbre, nos llevan, de la mano de su autora, a un nuevo y oscuro destino en el que poder cambiar no sólo la percepción de nuestro propio yo, sino también la del horizonte que observamos en nuestro día a día. No obstante, dentro de esta certeza poética que Virtudes Reza nos proporciona al mostrarnos lo más hondo de la oscuridad de la derrota, aún subyace la búsqueda del amor; un amor fomentado en el recuerdo y la desesperanza hacia una persona amada que no se nombra; un amor que, con el devenir de los poemas, se convierte en un amor roto e infectado por la ira, y del que el yo poético se desprende junto a los límites de las plumas negras de unos cuervos que representan el viaje hacia el destierro del yo; un destierro negro, oscuro, de invierno y bajo las coordenadas del túnel que nos traslada al infierno: «Y me siguen las sombras/ que me piden la mía,/ entre aullidos del viento/. Decidme:/ ¿por qué acepto la llamada del Cuervo?».



Dentro de este poemario que, representa como pocos, el significado que en sí mismos atesoran tanto el arte libre como la provocación y el mandato (lo que muy bien nos apunta en un excelente prólogo Ramón Alcaraz García), nos lleva a poder expresar, que la faceta creativa de su autora, Virtudes Reza, no se queda sólo en su vertiente poética, sino que se desvincula de la palabra para acercarse a la ilustración mediante unos dibujos de cuervos nada desdeñables ni en su factura ni en su simbolismo; unas ilustraciones huecas que juegan con la silueta del cuervo para conformar otras figuras, o dobles como reflejos de un amor que ya no es tal, o reflejadas con sus contornos definidos y sólidos pero ya invertidos del otro, o múltiples con múltiple es el eco del dolor, o confrontadas igual que si fueran los contingentes de una guerra interior —la del corazón—, o invertidas cuando representan la capacidad del yo para convertirse en el otro, lo que nos demuestra las múltiples facetas de este simbólico ser alado que va más allá del malditismo al que Ramón Alcaraz, de una forma muy inteligente, nos hace referencia de la mano de Baudelaire y Verlaine. Esa imposibilidad del ser, alcanza el mundo de la figuración de una forma valiente y atrevida a través de unas magníficas ilustraciones que, sin duda, enriquecen este poemario, ¡Bebed, Cuervos!, que, como una pócima mágica, se diluye dentro de nuestro ser hasta hacernos sentir la imposibilidad del ser. 



Ángel Silvelo Gabriel.

domingo, 26 de febrero de 2017

LA LLUVIA, MICRORRELATO DE ÁNGEL SILVELO



Hubo un tiempo para el olvido, justo cuando la lluvia vino y nos dijo adiós. Las gotas de agua se peleaban contra el cristal y mi cara se rebelaba contra su eco. Entonces necesitaba unir sonidos y palabras, pero el vaho lo inundaba todo y no podía ver nada. Todavía recuerdo que las cuerdas con las que te sustentaba yacían abandonadas en mi pasado, como las piedras milenarias de la ciudad que nos albergaba lo hacían en mi desgastada memoria. Pero ahora, siento que el tiempo se detiene mientras veo gente corriendo al otro lado de la calle. Esta vez no me asusto, porque sólo son reflejos perdidos en el tiempo y corazones rotos en calles solitarias. De todas formas, algo ocurre, porque las luces se oyen y las palabras se tocan. Aunque enseguida me doy cuenta que de nuevo estoy equivocada, porque sólo es el vaho que se fugó con tus zapatos y dejó solo a tu recuerdo. Para mi dicha, sólo es eso, porque las gotas de agua han abandonado la batalla y yo me pregunto todavía por qué no estás aquí, a mi lado.
Microrrelato de Ángel Silvelo Gabriel

sábado, 25 de febrero de 2017

ADELAIDA GARCÍA MORALES, EL SILENCIO DE LAS SIRENAS: EL ABISMO DEL SILENCIO QUE BUSCA EL AMOR



Borrar las huellas del camino que nos devuelva a casa y huir lejos de lo conocido para ir en busca de una Antártida imaginaria e inexistente. Un lugar en el que nadie nos pueda encontrar, pues nadie será capaz de articular nuestros deseos más allá de la palabra locura. Una locura que nos llevará a reivindicar el aislamiento, la soledad…, y el silencio. Silencio tatuado con las iniciales de un amor que nadie, nada más que nosotros, cree que existe. Sin embargo, es en esa imposibilidad donde reside el encanto o la magia de nuestra desconexión del mundo real. Así, el amor se nos presenta como una mera ilusión con la que pretendemos llegar a otro mundo en el que las reglas son otras y los sentidos no conocen más fronteras que las de nuestro propio deseo. No obstante, intentar abarcarlo todo para luego quedarnos sin nada, nos lleva hasta el final de un camino en el que ya no hay más espacio que recorrer que el de la propia inexistencia. ¿Y si llegamos a ese límite de la montaña donde no existe más terreno que caminar, qué hacemos? Esa es la pregunta a la que se enfrenta Elsa, la protagonista de El silencio de las sirenas, una novela que transita por los límites de ese frío que se apodera de nuestro cuerpo para no dejarle descansar jamás. Novela claustrofóbica y mística a la vez, que trata de buscar respuestas en la oscuridad de las tradiciones más antiguas, porque en ellas, sólo existe el poder de la transmutación de los sentidos. Unos sentidos que en Elsa necesitan de una libertad que tampoco encuentran ni salida ni sentido en un pueblo perdido de La Alpujarra granadina. En ese espacio donde no existe el tiempo, parece que es más fácil flotar en una especie de nube de la que nadie te va a bajar, pero tampoco ahí, ni la singularidad ni la diferencia serán obviadas por los demás. En ese remoto y oscuro edén es donde Elsa se refugia, pues su utopía es donde ha encontrado mejor acomodo para proyectarse. Allí es donde indagará en el aislamiento de un amor que sólo existe tal y como ella lo ha creado en su psique, y con él, tratará de buscar esa libertad que tanto anhela, y de la que sólo podrá disfrutar en otro mundo donde sólo haya que sentir.



A través del mito de las sirenas, y de otras referencias literarias, pictóricas o culturales, Adelaida García Morales recrea el universo de la búsqueda de la propia identidad fuera de los que podríamos denominar como cauces normales, pues sitúa a Elsa, su protagonista, en un pueblo aislado, perdido, desde el que poder ir en busca de aquello que le hizo escapar fuera de la civilización. Tampoco es casual el universo de misterios y oscurantismo a los que Elsa se someterá, hasta que por fin, ni unos ni otros serán suficientes para encontrar respuestas a sus preguntas, sólo entendibles en la nebulosa de la reinterpretación de sus sueños. No obstante, la autora busca una cierta distancia de ese abismo, y lo hace a través de María, la narradora de la historia, que se comporta como ese reflejo que nos devuelve el espejo y que ella nos cuenta y nos reinterpreta sin apenas matices, porque la desnudez del estilo narrativo de Adelaida es otra de las características de esta novela que nos sitúa en el abismo del silencio que busca el amor. Sencillez narrativa que se extiende a la elección de las palabras y a la ejecución de una trama que sólo busca poner sobre nuestros ojos la superficie de una vida cuyo verdadero significado y valor alcanzan sentido más allá de lo que se nos cuenta. En esa aparente calma y aislamiento Adelaida García Morales, cimenta una leyenda que el tiempo se ocupó de deslizar a su propia vida, cargada de ausencias, silencios y enigmas que ella nunca se molestó en descifrar o ahuyentar, quizá, porque su universo fue otro, como otro es el universo de la protagonista de esta novela escrita a lo largo de cinco años en un pueblecito de La Alpujarra. Un espacio y un lugar donde la autora se refugió a escuchar el silencio de las sirenas, y desde el que seguir alguno de los dictados del relato del mismo nombre de Franz Kafka del que se extrajo el título de esta novela: «… de haber tenido conciencia, las sirenas habrían sido destruidas aquel día…», para a través de ellos, esquivar el abismo del silencio que busca el amor.  



Ángel Silvelo Gabriel.

jueves, 23 de febrero de 2017

BERLINA, DESÉRTICO: DISTORSIONES MUSICALES BAJO OSCURAS PULSIONES POP-ROCK



Disfrazar el mundo de sinergias que nos conducen fuera de lo anodino y lo cotidiano hasta depositarnos en las llanuras de lo excéntrico, de lo raramente bello, de lo en verdad necesario, es una muestra de las múltiples cualidades que posee la música sobre nuestros sentidos y, que en el caso de Berlina y su disco Desértico, son una muestra de ello y de la amplitud de fronteras que en ocasiones somos capaces de atravesar a la hora de perseguir nuestro sueño, o esa ansiada libertad que en demasiadas ocasiones no somos capaces de ver aunque la tengamos al alcance de la mano. Sin embargo, Berlina sí sabe dónde está ese botón mágico y lo descubre con distorsiones musicales bajo oscuras pulsiones pop-rock que mezclan el shoegaze más oscuro hasta el post-punk y ese rock psicodélico de los setenta que tan bien ejecutan sus admirados Nudozurdo. The Verve también podría ser otro tronco al que agarrarse en este río de bravas notas y melodías abruptas que reproducen los ecos de aquello que vemos en un tamiz, donde las sombras que se proyectan tras él nos incitan a poseer aquello que soñamos. De la mano de Manuel Cabezalí en la producción, Berlina son capaces de amoldar las distopías a un lenguaje sensorial que recapacita sobre la densidad del aire que respiramos, y, que ellos, conscientes de esa extraña capacidad, nos proporcionan el antídoto necesario para que lo sólido se transforme en líquido y éste a su vez en gaseoso, para que podamos asimilarlo como si el mundo fuese una gran nebulosa. Esa propiedad de romper con lo cotidiano es lo que convierte a las canciones de Berlina en puro éxtasis sonoro que desemboca en propuestas reverberantes como las cuerdas de sus guitarras, y en otras muy densas, tanto, como son capaces de consumar esas mismas cuerdas.



Desértico de Berlina es un caleidoscopio que nos permite observar los múltiples caminos que nos invitan a recorrer sus canciones, instrumentales como la poderosa Futuro imperfecto que abre el álbum, o la enigmática Un viaje entre nubes rojas que está justo en el centro del setlist del cd. Sin embargo, este grupo mitad madrileño mitad abulense, no descuida los ritmos sustentados en sonoras cargas de urgencia al estilo de los míticos Kaka de Luxe o Parálisis Permanente con Eduardo Benavente a la cabeza, o por qué no, de los Siouxsie and the Banshees en Desértico, sin por ello, dejar de explorar territorios más evanescentes como en Tu voz sumergida, una canción sugerente donde las haya, o como en Perdidos, donde la versatilidad del grupo se hace más amable y sin embargo evocadora. Esa otra cara del grupo, más aguerrida, nos llega con temas como 2 de dragones, donde las guitarras son más ácidas, dejándonos santo y seña de las múltiples posibilidades del grupo que, no por ello, huyen de mirar hacia la línea del horizonte, porque con esa mirada perdida se despiden a través del tema, Desde donde mira el sol, una canción con una intro en forma de nana sonora que, una vez más, se rompe en una especie de tela acústica que nos abriga con un estridente juego de guitarras que más tarde deviene en una profunda cascada de sensaciones, quizá, porque Berlina interpreta distorsiones musicales bajo oscuras pulsiones pop-rock. 



Ángel Silvelo Gabriel.

miércoles, 22 de febrero de 2017

EL PROCESO POÉTICO DE JOHN KEATS EN EL 196 ANIVERSARIO DE SU MUERTE EN LA CIUDAD DE ROMA (23/02/1821)



Nos dice Alejandro Valero, autor de la brillante traducción que precede la traducción de John Keats, Odas y sonetos que la Editorial Hiperión publicó por primera vez en 1995 que: «Resulta sorprendente que, después de haber transcurrido doscientos años desde el nacimiento de John Keats, casi nada en España corrobore su breve existencia. Más que nadie, Keats es el poeta del que todos han oído hablar o al que han estudiado en los manuales de enseñanza secundaria, dando por sentada su “genialidad”, sabiendo que es “uno de los grandes”. Pero apenas se deja ver su presencia entre nosotros, no ya con una traducción exigente, sino con su influencia en el quehacer de los poetas patrios. Los pocos escritores españoles que se han acercado a la poesía de habla inglesa han pasado por encima de él sin darse cuenta de su verdadera entidad, centrando su mirada en el romanticismo más esplendoroso de un Blake o en el más sosegado de un Wordsworth, de la mano de un Coleridge más versátil. Sólo el “Adonais” de Shelley, traducido en varias épocas, nos ha recordado a Keats, si bien piadosamente. Pero es que la mayor influencia del romanticismo en España, descartando la primera conexión de Espronceda con Byron, ha venido siempre desde Alemania, sobre todo con la obra de Heine y luego Novalis, Hölderlin y los grandes pensadores de la época.»

Sin duda, Alejandro Valero está en lo cierto, pero aparte de su contextualización en la cultura española, más adelante, en el apartado titulado: Las alas de la Poesía, nos hace hincapié en el verdadero valor de su obra que, como podremos apreciar, se sitúa mucho más allá del romanticismo; un movimiento que en sus últimas odas se le quedó pequeño. Y así nos lo describe Valero: «Realmente John Keats es un creador singular en su generación. El romanticismo, como etiqueta literaria, no se ajusta a su envergadura de poeta, pues se le ha considerado como un realista, por distintos motivos: porque no casa con una concepción intelectual del hecho poético y porque se “entretiene” demasiado con los objetos y paisajes de la realidad. Hasta qué punto esto es verdad quizá sea lo que centró gran parte de las energías del poeta, de sus contradicciones, de sus intentos por ensamblar dos estados de ánimo diferentes. Lo que comenzó como una atracción hacia la naturaleza y sus hermosas apariencias fue poco a poco convirtiéndose en un intento de aunar sensación y pensamiento, experiencia y éxtasis en un complejo proceso poético sobre el que el poeta medita constantemente en sus poemas, siendo así uno de los primeros poetas modernos que hace de su poética el centro de su obra, lo que en él va unido a su experiencia vital y cultural.»

Y como ejemplo de lo expuesto, queda aquí un soneto titulado, El poeta, que deja entrever muy bien el análisis que Alejandro Valero ha hecho de su obra.


EL POETA
«Durante la mañana, la tarde o por la noche
el poeta penetra en el aire encantado
llevando un talismán que llame a los espíritus
de plantas, cuevas, rocas y fuentes. A su vista
la vaina de las cosas se abre hasta su seno,
y todas las esencias secretas que hay allí
muestran los elementos de bondad y belleza,
haciéndola ver donde la Razón está a oscuras.
A veces, con las alas asombrosas, su espíritu
vuela sobre las cosas compactas y palpables
de esta esfera diurna, y con sus destinados
cielos realiza uniones prematuras y místicas,
hasta que esos contactos sobrehumanos emiten
una aureola visible en su mortal cabeza.»

Nota de Alejandro Valero: Soneto que algunos críticos atribuyen a Keats.


Uno, por su parte, cada vez que va a Roma, mira ese cielo azul que desprende una luz tan especial, pues está teñida con la generosidad de los dioses; dioses perdidos que, sin embargo, abandonaron al poeta británico a su llegada a la ciudad eterna, pues apenas pudo disfrutar de él los primeros quince días de su corta estancia romana, pues ese fue el corto período de tiempo en el que pudo salir de la Casina Rossa, situada en el número 26 de la céntrica Piazza di Spagna, para disfrutar de la belleza que, como una musa inalcanzable, se le mostraba ante sus ojos. Una belleza que se erigió como una daga asesina, pues fue un símbolo que aunó y enfrentó a la vez desdicha y belleza, insignes compañeras de este último viaje del poeta de la melancolía inalcanzable, al que no cabe sino dar gracias por mostrarnos el camino de la verdad y la belleza. «Algo bello es un goce eterno» nos dejó dicho en el primer verso de su poema épico Endymion. Y ese dar gracias es lo que uno hace cuando cada año visita el cementerio de Caio Cestio de la capital italiana, escondido tras el murmullo de los vehículos sobre los adoquines de las calles que lo circundan, y la sombra que proyectan los árboles y la pirámide que hacen de testigos infinitos del devenir de los hombres. Y entre esas luces y esas sombras que, recogen más si cabe ese estético espectáculo de la vida después de la muerte, una leve brisa siempre me acompaña hasta su tumba, donde una vez más, leo su famoso epitafio: «Aquí yace uno cuyo nombre fue escrito en el agua», y mientras poso mi mano sobre él, siento que de alguna forma sigue vivo entre todos nosotros.


Ángel Silvelo Gabriel


lunes, 20 de febrero de 2017

ELIZABETH SMART, EN GRAND CENTRAL STATION ME SENTÉ Y LLORÉ: UNA EXACERBADA ANATOMÍA DEL AMOR



El amor tiene múltiples representaciones, y se muestra ante nosotros de diferentes maneras, pero el amor que nos describe Elizabeth Smart en Grand Central Station… es un amor líquido: «Todo lo inunda el agua del amor: de todo lo que ve el ojo, no hay nada que el agua del amor no cubra». Todo fluye en este relato cual río del amor, porque para ella, ese sentimiento posee la cualidad de la licuosidad capaz por sí misma de derribar barreras, adueñarse de todos los territorios sin explorar, o inundar cualquier resquicio de nuestras entrañas hasta llegar a la sangre. Amor cristalino lleno de pureza, pero también amor rojo teñido de sangre. Sangre cargada de la pasión capaz de generar una nueva vida…, sangre de menstruación que significa la pérdida del fruto natural del amor.., y sangre limpia que se derrama a borbotones fuera de las venas para dejarnos sin nada. En Gran Central Station… representa la suntuosidad del amor, pero también, el viaje de libertad y dolor que Elizabeth Smart inicia cuando se enamora del poeta George Barker sin conocerle. Su exploración del otro es la posibilidad de proyectar la literatura dentro de la propia vida. Y ella lo hizo cargada de la sinrazón del que cree en sí mismo y en su destino. «El amor es fuerte como la muerte», y ese axioma que reclama en numerosas ocasiones a lo largo de esta novela escrita en prosa poética, es el que la llevó a hacerlo sola y a solas frente al mundo y las convenciones sociales de una época que todavía no estaba preparada para asumir tales retos en la búsqueda de la propia identidad que, además, tienen su representación material más allá de los recuerdos, pues la escritora canadiense los convirtió en novela. A día de hoy, En Gran Central Station… está considerada como un clásico de la literatura, y uno de los hitos dentro de lo que se ha dado en llamar como literatura feminista, pues se encuentra en ese doloroso Olimpo junto a títulos como: Jane Eyre de Charlotte Brontë, Ancho Mar de los Sargazos de Jean Rhys, Al despertar de Kate Chopin, o Una habitación propia de Virginia Woolf. Y quizá haya pasado a la historia de la literatura como un clásico, porque en esa batalla contra el mundo y contra sí misma, Elizabeth Smart asumió el mayor de los riesgos: difuminarse en el devenir de sus días aún a riesgo de perder su faceta creativa, lo que sin embargo no la desanimó para hacer frente a su reto de enarbolar el amor incondicional hacia la persona amada: «El veneno se ha infiltrado en mi sangre. Estoy de pie en el borde del acantilado, pero el fututo ya está hecho». O la condena que lleva implícita su ilícito deseo: «No hay nada que hacer sino agacharse y recibir la cólera de Dios». «La trampa se ha cerrado y yo estoy en la trampa». Porque nada fue igual cuando mucho tiempo después intentó retomar su faceta como poeta y escritora.



Sea como fuere, hay veces que nos llega un sonido desde el infinito que nos persigue y nos obliga a ir en su busca. Un sonido que es como el eco de las olas cuando nos acercamos una caracola al oído, o como una melodía de jazz que desconocemos pero nos atrae, o por qué no, también puede ser el runrún de la poesía, de un poema o de la mano del poeta que lo escribió. Eso, o algo muy parecido, le ocurrió a Elizabeth Smart, el día que en su vida se cruzó un libro de poemas de George Barker en una librería de Londres, pues igual que el hierro candente que es capaz de herirnos más allá de la piel, ella sucumbió ante la obra y la figura del hombre que soñó igual que la más tenebrosas de las pesadillas. En esa íntima oscuridad que no entiende de medidas ella transformó un encuentro fortuito en una tormentosa y suicida historia de amor que nada ni nadie supo impedir o tan siquiera predecir sus consecuencias. Unas consecuencias que más allá de una exacerbada anatomía del amor, ha dejado para la posteridad una novela escrita como si fuera un largo poema en el que no cabe otra cosa que no sean los versos cargados de metáforas que simbolizan un deseo, un despertar, un sueño…, pero también una desdicha, una pesadilla, o por qué no, una última esperanza.



Laura Freixas, en la edición de la Editorial Lumen, nos ilumina acerca de la autora y su época en un magnífico prólogo titulado, La resurrección de la letra muerta, y también, sobre el fuerte componente de estilo que atesora, pues en esta novela autobiográfica se concitan —a través de la prosa poética con la que fue escrita—, una buena parte de las tendencias literarias de la época en la que fue publicada (1945), ya que la autora juega de una forma magistral con la escritura automática, la meta literatura, el collage o la perfomance de unas imágenes que se superponen y yuxtaponen a lo largo de las diez partes en las que se divide. Todo cabe En Grand Central Station…, como todo cabe en el amor, pues armoniza y derriba las murallas de un universo íntimo que sólo entiende del egoísmo hacia la persona amada, para de ese modo, reclamar la libertad sin fronteras que representan: la reivindicando sin mesura de la presencia del otro, pero también de su tacto, de su imagen, de su pensamiento…, como si todo formar parte de una exacerbada anatomía del amor.





Ángel Silvelo Gabriel.

domingo, 19 de febrero de 2017

DETRÁS DE LA ÚLTIMA NUBE.- MICRORRELATO DE ÁNGEL SILVELO


Nunca he visto el sol, como otros nunca han visto el mar. Le pregunté a mi abuelo cómo era, y él me contestó que como una bombilla gigante que quema cuando le acercas la mano. No le hice caso, porque para mí, el sol es el territorio donde se cumplen los deseos. Y un lugar que, aparte de energía, tiene mucha magia, tanta, que nadie puede acercarse a él y descubrir la fuente de sus inagotables secretos. Con el paso del tiempo, también me he dado cuenta que necesito huir de esta ciudad para ir en busca del sol, pues aquí, sólo existe en el reflejo de la placa de la calle por la que paso cada mañana camino del colegio, justo al amanecer. Hoy sigue lloviendo, como siempre, pero ya nada me detiene. Me subo a mi bicicleta, con una mano en el manillar y la otra sujetando el paraguas. Al principio todo me parece demasiado real, pero cuando cojo velocidad, las imágenes se distorsionan en un sinfín de reflejos que alientan mi conquista, como en mis sueños. Soy tan feliz, que no creo que haya nadie que me pueda decir que soy un loco que busca algo que no existe. Y me acuerdo de mi abuelo, cuando le pregunté dónde estaba mi madre, y él me contestó que al otro lado del horizonte, bajo los rayos del sol. Desde ese día, mi único objetivo es llegar a ese lugar, que de momento sólo existe en mis sueños. Pero ahora, aunque bajo las nubes que tapan el cielo me sienta como un explorador sin brújula, no me importa, porque yo sólo quiero encontrar el sol y la luz que se esconde bajo sus rayos. Y sigo pedaleando, porque al final, más allá de mi imaginación, estoy seguro de que, el sol y mi madre, me están esperando detrás de la última nube.
Microrrelato de Ángel Silvelo Gabriel

sábado, 18 de febrero de 2017

JOSÉ LUIS CORRAL IMPARTE UN CURSO DE NOVELA HISTÓRICA EN MADRID


Os recordamos que aún estáis a tiempo para inscribiros en el curso sobre novela histórica, que impartirá José Luis Corral el próximo día 25 de febrero en la Escuela Internacional de Protocolo de Madrid.

Aquella persona que esté interesada, que nos solicite el boletín e inscripción y se lo enviaremos a la mayor brevedad posible.

Si te interesa, puedes escribir a: comunicacion@aenoveles.es   

jueves, 16 de febrero de 2017

PANORAMA DESDE EL PUENTE DE ARTHUR MILLER, DIRIGIDA POR GEORGES LAVAUDANT: EL ANTINATURALISMO QUE BORRA LAS HUELLAS DEL DRAMA



Arthur Miller retrató como nadie esa impostura de felicidad con la revestimos a nuestras vidas, lo que le hizo alejarse de una forma consciente del way of life o sueño americano. Quizá, tenga que ver en todo ello, la amargura vital que le visitó en diferentes etapas de su existencia, lo que le obligó a alejarse de sus sinsabores a través de lo que los creadores llaman como otra vida; otra vida que derramó en las conciencias de sus personajes. Dicen que, cuando escribió esta obra de teatro, Panorama desde el puente —que le valió su segundo Pulitzer tras Muerte de un viajante— se produjo el final de su amistad con el director de cine Elia Kazan, quien lo delató por comunista ante el Comité de Actividades Antiamericanas. Un asunto, el de la delación que está muy presente en esta obra, pero no sólo éste, porque además hay que añadirle que en aquella época el dramaturgo inició su romance con Marilyn Monroe, lo que llevó aparejado su divorcio y la posterior boda con la actriz. Un matiz, el del amor clandestino que también aborda en esta obra dramática. Así, el buen hacer como autor de teatro de Arthur Miller —donde una vez más nos sitúa en la tesitura de la honestidad con uno mismo y con los demás—, es puesto en cuestión, sobre todo si los confrontamos con su vida privada. Una aptitud ésta, con la que Miller fusiona realidad y ficción, y que además le sirve para moldear de nuestra moral y nuestra conducta, para con ello, dar algo de paz a nuestra conciencia —y de paso a la suya—. El problema de este axioma, sin embargo, es que el universo que nos creamos, y en este caso concreto, el de un estibador del puerto de Nueva York, no nos va a dar para lanzarnos en un cómodo colchón de plumas sobre la felicidad, sino que más bien, ese viaje va a resultar más parecido a lanzarse con un coche sin frenos por una pendiente que acaba en un grueso muro que tiene escrito en grandes letras la palabra: muerte.



Sin embargo, en este caso, la tensión dramática del teatro de Miller es reinterpretada por el director francés, Georges Lavaudant de una forma opuesta a las pretensiones iniciales de escritor norteamericano, pues la despoja del naturalismo que según él posee, para trasladarla a un estado puro que han intentado transmitir ya a través de las proyecciones, del puente o de los edificios de viviendas de los emigrantes de Brooklyn, que se arrojan sobre las paredes del escenario de la magnífica Sala Verde de los Teatros del Canal, que posibilitan disfrutar de los mejores alardes técnicos sobre el escenario. Artilugios técnicos y escenográficos aparte, lo que ha conseguido Lavaudant es desdibujar el teatro de Miller para dejarlo irreconocible, porque su anti naturalismo ha borrado las huellas del drama. En este sentido, Eduard Fernández no resulta creíble en ningún momento —incluso sufre atropellos en la dicción en algunos pasajes—, pues uno no acaba de ver esa tensión dramática que se le supone, ni tan siquiera en la ropa que lleva. La puesta en escena de su personaje adolece del mecanismo que, nos permita ver y sentir los celos o la ira, en algo más que algunos gestos de la propia acción. Asimismo, la elección del personaje del juez Alfieri como narrador omnisciente de toda la trama, limita, sin lugar a dudas, el desarrollo y desenlace de la obra, que llega a su final herida de muerte por el incomprensible desenmascaramiento del relato. Dentro del naufragio siempre hay excepciones, y sin ninguna duda, la mejor sobre las tablas es la siempre efectiva Mercè Pons que, en el papel de Beatrice —esposa del estibador— introduce algo de cordura dramática y actoral entre tanta desavenencia. Algo parecido podemos decir de la impetuosidad de la joven CatherineMarina Salas— o de Pep Ambròs, en el papel de Marco.



Este drama, sustentado de una forma impostada en el tema de la inmigración cuando lo en verdad importante es la relación amorosa entre el tío y la sobrina, pues es la verdadera culpable de los problemas de conciencia de Eddie, y por ende, del resto del elenco de actores, se difumina entre bailes de candilejas y máscaras mal retiradas. La oscuridad, el miedo y la alta traición que conlleva la delación en sí misma, se trasponen a lo largo de los diálogos entre Eddie y Alfieri, lo que nos deja, cuando menos, fríos ante la desgracia y atónitos ante la gran ovación que acompañó a la obra al final de la representación. Eso, sin duda, es lo mejor del mundo del arte: la división de opiniones que, en los Teatros del Canal, convirtieron al anti naturalismo que borra las huellas del drama propuesto por Lavaudant, en una concatenación de buenismo incontrolado.



Ángel Silvelo Gabriel.

TEATRO TRIBUEÑE: PROGRAMACIÓN DE FEBRERO 2017


“Montaje sorprendente en la pequeña y exquisita Sala Tribueñe”
Rosana Torres - El País


“Arte dentro del arte[…] obra, genial por momentos, irónica y sarcástica en otros. Es una obra maestra, sin duda. No se la pierdan”
Estrella Savirón - A golpe de efecto

“Nada de obra menor, obra grande, dura, teatro maldito, teatro de vísceras hecho con el corazón y con mucho, mucho cariño
Estrella Savirón - A golpe de efecto
“Temas gloriosos, ejecutados con dramática precisión, respetuosos con el estilo de las distintas épocas, o con brillante sentido del humor”