Tiempo de comunicaciones rotas

martes, 29 de noviembre de 2016

EN EL 81 ANIVERSARIO DE LA MUERTE DE FERNANDO PESSOA



Mañana 30 de noviembre del año 2016 se cumplirán los primeros 81 años de la muerte del poeta portugués, Fernando António Nogeira Pessoa, en el hospital de San Luis de los Franceses en Lisboa. El 28 de noviembre, antes de salir de la vivienda que ocupaba en el número 16 de la Rua Coelho da Rocha pidió que le afeitaran, tal y como recoge el escritor italiano Antonio Tabucchi en su magnífico relato Los tres últimos días de Fernando Pessoa: «Antes tengo que afeitarme, dijo él, no quiero ir al hospital con esta barba, se lo ruego, vaya a llamar al barbero, vive en la esquina, es el señor Manacés». Sin embargo, y por si acaso, tampoco quiso descuidar su aspecto más íntimo y poético, y mientras el taxi esperaba y el barbero le afeitaba se puso a leer las poesías de su amigo Sá-Carneiro.
El resto fue una tenue nebulosa provocada por una cirrosis hepática hasta que poco a poco se fue. Una nebulosa que la sabia narrativa de Tabucchi ficciona a modo de despedida a través de la visita que le rinden en su habitación sus heterónimos más importantes (Bernardo Soares, Coelho Pacheco, Álvaro Campos, Alberto Caeiro y Ricardo Reis). Todo está narrado como si fuera un sueño o un último delirio literario del portugués más universal, en el que en apenas unas hojas, se  recorren —en una prodigiosa elipsis— su vida, su obra y ese constante desasosiego que no le abandonó ni tan siquiera al final, pues poco antes de morir cuentan que aún le dio tiempo a escribir: «I know not what tomorrow will bring…», que traducido al castellano queda como: «No sé lo que traerá el mañana…» En este sentido, como no hay mejor manera de rendirle homenaje a un escritor como a través de su obra, aquí queda uno de sus numerosos poemas.
EN MÍ INÚMEROS VIVEN
En mí innúmeros viven,
Si pienso o siento, ignoro
quien es quien piensa o siente.
Soy tan sólo el lugar
donde se siente o piensa

Yo tengo más de un alma.
Hay más yos que yo mismo.
Existo sin embargo
indiferente a todos.
Hágolos callar: hablo.

Los impulsos cruzados
de cuanto siento o no
disputan en quien soy.
No cuentan. Nada dictan
a quien me sé: yo escribo.

Poema En mí innúmero viven de Fernando Pessoa a través de su heterónimo Ricardo Reis.
Traducción de Carlos Clementson.

Ángel Silvelo Gabriel

domingo, 27 de noviembre de 2016

LA LITERATURA JUVENIL A DEBATE. Un artículo de Manu de Ordoñana, Ana Merino y Ane Mayoz


Como se puede comprobar en los listados de libros más vendidos que aparecen en Internet, los términos de literatura infantil y juvenil están profundamente unidos en el panorama editorial español. Si a esto añadimos que muchos piensan que la literatura juvenil es un fenómeno inexistente fruto de los mercados y las editoriales, nos damos cuenta de lo difícil que es analizarla por separado.

Con la obra Matilda, de Roald Dahl pasa algo muy curioso. Es uno de los 100 mejores libros juveniles de todos los tiempos, según la revista Time y sin embargo ese libro, y en general toda la obra de Roald Dahl (con cuya mención le homenajeamos en el centenario de su nacimiento), es muy leída también por adultos. En ocasiones así, las etiquetas pueden estar de más y en literatura, como vemos en este caso, únicamente son útiles para distribuir los libros en las librerías.

Lo que no podemos negar es que la literatura juvenil está creciendo en estos últimos años: Los juegos del hambre, Hush Hush, El teorema Ktherine, Ciudades de papel, El corredor del laberinto, Las luces de septiembre, Melocotón loco, Bajo la misma estrella, Divergente, Cazadores de sombras son algunos de los libros más vendidos. Constantemente nos bombardean con abundante número de títulos y propuestas de nuevas colecciones que dan gran dinamismo a este sector. En esto tienen mucho que ver los autores porque a los consagrados a la literatura juvenil como Jordi Serra i Fabra, Alfredo Gómez Cerdá, Andreu Martín, Care Santos, Enric Lluch o Fernando Marías se han unido nuevas promesas como Felipe Juaristi, Laura Gallego, Gonzalo Moure y otros muchos más que habitualmente escriben para adultos, pero que han visto grandes posibilidades en este mercado: José María Merino, Rosa Montero, Marina Mayoral o Gustavo Martín Garzo.

Según el Ministerio de Cultura en su informe sobre la literatura infantil y juvenil del 2007 el sector más difícil es la población juvenil, de 12 a 17 años, por sus especiales características de desarrollo y socialización y las preferencias de ocio entre los jóvenes”. Ya tenemos el baremo de edad de los consumidores de literatura juvenil. Dicho informe añade: “A los jóvenes les interesan las lecturas de entretenimiento y aventuras y aquellas cuyo contenido tienen relación con sus problemas y su psicología”. A tenor de esta afirmación, nos damos cuenta de que no podemos decir que la diferencia entre literatura juvenil y la de adultos difiera en los temas ―que al final son los mismos grandes temas de todos los tiempos: el amor, la guerra, el poder, las injusticias etc.― sino en las características de los elementos narrativos, como señala Silvia Adela Kohan en su libro “Escribir para niños”. Si hojeamos cualquier libro de los citados anteriormente, podemos comprobar que los personajes son perfilados para que se identifiquen con el público al que va dirigido; la interiorización psicológica disminuye en favor de la acción y los géneros narrativos se entrecruzan y fusionan.

¿Y los jóvenes, qué libros leen en el periodo escolar? ¿Leen los que están dirigidos a ellos y son actuales? En este periodo de la Educación Secundaria es donde los alumnos tienen el primer contacto con la asignatura de Literatura y es el momento en el que abordan a los principales autores y las obras maestras de nuestras letras. Con el tradicional corpus de obras clásicas, estamos viendo que no se consiguen los índices de lectura deseados, más bien todo lo contrario: desciende el interés por la lectura, pues enseguida el alumno asocia esas obras a una imposición del profesor. En vista de ello, sería interesante contar con esta literatura juvenil en el currículo escolar, ya que tanto por su forma como por su contenido puede llegar con mayor facilidad a este sector de la población. Pedro Cerrillo en su artículo “Educación literaria y canon escolar” afirma lo siguiente:
Todo canon escolar de lecturas debiera estar formado por obras y autores que, con dimensión y carácter históricos, se consideran modelos por su calidad literaria y por su capacidad de supervivencia y trascendencia al tiempo en que vivieron, es decir, textos clásicos. Pero, junto a ellos, pueden incluirse en un canon otros libros, de indiscutible calidad literaria, que no hayan alcanzado esa dimensión de “clásicos” porque no ha pasado aún el tiempo necesario para que sea posible ese logro”.
Ahora viene el mayor problema: elegir los libros que formen el corpus literario escolar. Deberían tener unas determinadas características para cumplir un objetivo fundamental: facilitar el hábito lector. Para ello, competencia lectora y adecuación del léxico tendrían que ir de la mano. Habría que lograr un progresivo perfeccionamiento verbal de los alumnos para lo que se debe apostar por una gradación en la dificultad del léxico de las obras literarias elegidas y también en la complejidad temática, estilística y narrativa.

Esta literatura prepararía al alumnado para dar el paso hacia los grandes clásicos. Actuaría como una literatura de transición que, además, propondría un diálogo más o menos inteligente entre libro y lector. Para ello, habría que trabajar con actividades planteadas después de la lectura para comprobar el nivel de comprensión. Así se uniría el placer estético a la finalidad didáctica.

También debería ser una literatura basada en la experiencia, capaz de mostrarles conflictos propios de la juventud y la forma de resolverlos. Si la obra es de suficiente calidad, conseguirá que el joven y su entorno se identifiquen con los personajes literarios y así, ofrecerles una educación literaria más que una enseñanza de la literatura.

Y, por último, esta literatura tendría que huir de tabúes y moralinas. La necesidad interior del escritor por contar determinada historia y que todos los temas tratados con veracidad, rigor y calidad tuvieran su espacio sería lo que debería primar en la balanza.

Lo que está claro es que los índices de competencia lectora de los estudiantes españoles están a la baja, según se demuestra en el informe Pisa de 2012. Algo habrá que hacer si con la lectura de los clásicos, en la cual sin duda debe sustentarse la formación humanística de nuestros jóvenes, no acertamos. Ahora viene muy a cuento esa anécdota que corre por Internet sobre Borges acerca de cómo una estudiante le preguntó que qué podía hacer si Shakespeare la aburría:
“No hagas nada, simplemente no lo leas y espera un poco. Lo que pasa es que Shakespeare todavía no escribió para vos; a lo mejor dentro de cinco años lo hace.”
Por lo tanto quizás, mientras les llega la hora de tener madurez de pensamiento y capacidad de análisis para disfrutar de esas obras, sea posible dar cabida en las aulas a esa emergente literatura juvenil.

Artículo de Manu de Ordoñana, Ana Merino y Ane Mayoz.

JAMES SALTER, TODO LO QUE HAY: EL SEXO, EL AMOR, LAS MUJERES, EL HOGAR…, Y EL PASO DEL TIEMPO



Mirar la vida a través de una ventana infinita que nos lleve más allá de lo que vemos, y observarla como si asistiéramos a un prodigioso travelling que sólo nos proporciona esos destellos en verdad importantes y necesarios para seguir viviendo —pues surgen en nuestra memoria acotados por los reflejos de la realidad—, es quizá, una de las mejores herramientas con las que cuenta la ficción para atraparnos en los entresijos de la otra vida, y eso es lo que hace James Salter en su última y magnífica novela, Todo lo que hay. Un rasgo que comparte con otra obra maestra de ese género que es narrar toda una existencia basándose sólo en lo esencial: la novela Stoner de John Williams, con la que además comparte que también está escrita poco antes de morir su autor. Además, Todo lo que hay, tiene la singularidad de combinar flashes y fotografías que, en no pocas ocasiones, se confunden con la ficción que nos proporcionan la imaginación y los sueños, para de ese modo, asistir a una suerte de partitura de las emociones por la que deambulamos a través de unos fuertes impulsos que nos transportan mucho más allá de lo que vemos..., porque tenemos que admitir, que existe un territorio propio más allá del que observamos a través de la ventana; un espacio gobernado por el desasosiego que, como un calendario alternativo a la realidad, juega con nuestros sentimientos igual que el aire lo hace con una cometa en lo más alto de la colina. En este sentido, hay una última y esencial necesidad de dibujar ese mapa íntimo de nuestras vidas cuando estamos llegando a su final, y como las mariposas se van posando en cada flor antes de morir, los seres humanos necesitamos extraer ese último néctar de nuestra existencia a través de los recuerdos. Así, el sexo, el amor, las mujeres, el hogar…, y el paso del tiempo son los verdaderos protagonistas de James Salter en su última novela, Todo lo que hay, y nos los muestra con esa precisión de quien sabe lo que cuenta, y lo que quizá sea más importante, de lo que quiere contar.



En una novela no demasiado extensa, el escritor norteamericano, sin embargo, es capaz de sintetizar tres décadas de la vida de su protagonista, el editor Philip Bowman, y de la historia de los EE.UU., en un ejercicio literario y metaliterario magistral, por lo que tiene de esencial su manejo de la elipsis, pues a través de ella, proporciona a esta historia la plenitud de las grandes gestas, ésas que perdurarán a lo largo del tiempo, porque por sí solas, son capaces de abarcar en negro sobre blanco la esencia de las vidas de aquellos que salen retratados en la misma. Lejos, muy lejos, de rebuscados misterios y tramas plagadas de trampas de cara a hacer más atractivas las historias al lector, Salter se centra en lo que en verdad importa: características inherentes a la novela del siglo XIX y que la convirtieron en esencial en el siglo XX. La vida aparece aquí como la verdadera protagonista, sin otra necesidad de artilugio pseudo literario, porque quizá, no exista un mayor misterio que aquel que abarca la vida en sí misma.



Todo lo que hay es la metamorfosis de las pulsiones vitales de su protagonista, Bowman, a través de un completo calendario de las emociones que se refleja en su innata necesidad de encontrar un hogar y una estabilidad a través del amor. Un amor que deviene en otra fuerte pulsión en la que, se combinan y fusionan a la perfección, las mujeres y el sexo, porque otro de los grandes aciertos de esta novela y del estilo narrativo de Salter no es únicamente su perfecto manejo de la elipsis, sino esa portentosa capacidad a la hora de desnudar en palabras y reproducir en imágenes todo aquello que sólo se siente, y de esa forma, dejarnos sin margen de maniobra. Esa capacidad de mostrarnos la vida tal y como es, y tal y como la imaginamos, se reproduce de una forma nítida en las escenas de sexo, pues el narrador parece dejarnos claro que esa es una de las maneras de atrapar el alma de la otra persona. Esa búsqueda de las entrañas a través del sexo es, sin embargo, la herramienta de la que se sirve Salter para exponer toda una teoría de la existencia que, no se nos debería pasar por alto, tiene un último objetivo: la persecución de la estabilidad personal a través de un hogar físico y sentimental donde poder dar rienda suelta a la otra vida a través del sexo, el amor, las mujeres, el hogar…, y el paso del tiempo, en un infinito travelling, ficticio y real, que vemos a través de la ventana por la que cada día contemplamos el mundo.



Ángel Silvelo Gabriel

martes, 22 de noviembre de 2016

ODA A JOHN KEATS: RESEÑA NÚMERO 3.000 DEL BLOG FRAGMENTOS



Esta es la reseña número 3.000 de mi blog, Fragmentos, desde que publiqué la primera —entre temeroso e indeciso—, un 20 de enero del año 2009, hace poco más de 7 años y 10 meses. Se la quiero dedicar a John Keats, mi compañero literario estos últimos 5 años, y no se me ocurre una mejor forma de hacerlo que publicando la Oda a John Keats que, compuse y cierra, la que hasta el momento es mi última publicación, la obra de teatro titulada: Fanny Brawne, La Belle Dame de Hampstead. Además, quiero expresaros mi agradecimiento a todos los que me habéis seguido desde entonces, y me habéis hecho comprender que el esfuerzo, casi diario de publicar una reseña —más de la mitad son de mi autoría—, es un camino que, ha merecido y merece, la pena seguir recorriendo a vuestro lado.

 ODA A JOHN KEATS[1]

I

Mírame a través del tiempo, dulce amor,

despójate de tus fríos sudores.

Tiembla, sufre, ojalá tu alma solo se estremeciera por mí.

Implora un instante a mi lado, dulce amor,

acariciemos el rocío de la mañana hasta

yacer juntos y exhaustos por el olor de las flores.

Toca de nuevo tu arpa cual ruiseñor del bosque, y

enamórame como si fuera tu bella Eurídice.

Lira sin cuerdas, testigo de sus noches sin luna,

enséñame la senda donde se depositaron sus tormentos…



II

Ronroneo con fauces afiladas sobre el tiempo, dulce amor.

El destino sucumbe tras las raíces del sauce porque,

ya nadie acude a ti —con los pasos sincopados del AMOR—,

nadie quiere cobijarse del sol bajo tu sombra, y solo yaces.

Yo acudo allí cada tarde,

antes de que anochezca, con

lágrimas postreras hundidas entre las rendijas del bosque.

Y lloro. Lloro bajo la sombra de tus ramas.

Lloro sabiendo que a mí solo me cura tu mirada.

Lloro, dulce amor, yo que solo vivo para amarte.



III

Amor, hieres mis recuerdos mientras surges de entre las flores.

Amor, ¿dónde están tus suaves y poderosas manos?,

coge la parte de mi cuerpo que ya no sangra con ellas.

Disfrazado con los colores del bosque acude a mí y,

déjame posarme entre tus ramas y,

así, yo las adornaré, una a una, como si fueran los pálidos versos de tus poemas.

Dulce canto el del ruiseñor que busca la inmortalidad

en el cálido silencio de una tarde soleada.

Cántame, ruiseñor, con tu voz suave.

¿quieres, tú, señor ruiseñor?



IV

Anhelo morir a tu lado y, no volver a extrañar tu cuerpo.

Salid, sin duelo, lágrimas corriendo…

Poséeme por donde mi cuerpo se convierte en seda.

Quiero ser tuya en la sinuosidad del bosque,

en un lugar donde solo crezcan las flores

¿Recuerdas?

«¡Naturaleza curandera, deja sangrar a mi espíritu!

¡Oh, libera a mi corazón de la poesía y déjame descansar!»[2]

No, dulce amor, yo te llevaré a lo más frondoso del bosque,

a un lugar donde no necesitaremos de adormideras.



V

Cántame, dulce amor, como si fueras el misterioso viento de la noche,

llena de versos mis sueños y,

con ellos, reúne a todos los dioses.

No quiero que estés solo y,

no poder decirte un buenas noches.

Volvamos a buscar nuestro gozo de nuevo entre las flores.

¡Belleza dulce y radiante, no le dejes solo! y,

concédeme el deseo de ser suya más allá de las grietas del tiempo.

No te sientas solo, dulce amor,

porque volveremos a contemplar cómo crecen los manzanos.



VI

¡Versos acudid a calmar la desazón de mi alma!

Llevadme a donde, por fin, seré suya, solo suya…

¿Quién se opondrá ahora a mi más profundo deseo?

¡Dejadme disfrutar de este festín de glotonas miradas!

Salid, fuera de mí, sombras sin escrúpulos y cargadas de desvelos.

Entre volantes acudiré a su encuentro,

recuperando el olor de nuestro recuerdos.

Dicha, atavíame del aroma de la pasión,

ayúdame a decirle cómo le quiero.

¡Dejadme…, dejadme disfrutar de este festín de glotonas miradas!



                                   VII

John, depositemos nuestras promesas en el lenguaje de las flores.

Dulce amor, enséñame el camino de tu lecho,

rompamos las cuerdas de tu conciencia y,

naveguemos bajo las aguas del Leteo.

Nadie vendrá a preguntar por nosotros,

condenados por los dioses a no dejar rastro de nuestros encuentros.

Dulce amor, el tacto tiene memoria,

y marchará de nuestro lado a través de las grietas del horizonte.

Pósate dentro de mí, en el infierno de mis más íntimos deseos,

ámame tan despacio que no me dé tiempo a olvidarlo, te deseo.



                                   VIII

Dulce amor, guarda en lo más hondo de ti la esencia de nuestro encuentro.

Lucha contra los dioses para que no nos castiguen con el silencio.

Apenas nos dio tiempo a nada,

ni tan siquiera a descifrar el espíritu de nuestras miradas.

Resucito contigo, amor, en los laberintos del tiempo,

en las simas prolongadas de la nostalgia.

Miedos alojados en el último confín de los vientos.

Luché contra ti, dulce amor, pero aún te llevo dentro.

En el manicomio de nuestro amor,

todavía supuro el dolor de tus llagas.



                                   IX

Dulce amor, juntos pasearemos por sendas iluminadas por lunas de seda desde,

donde remontaremos nuestro último vuelo.

¡Dime cuán necesaria es mi presencia!

ya sin miedo a unir nuestros deseos.

Y arribaremos en cálidas fuentes donde calmaremos nuestros desvelos.

Sedientos caminaremos hasta el fin y,

ya nunca volveremos a vivir más en ayer.

Dulce amor, el infierno de nuestros temores dejará de existir y,

volaremos, cual ruiseñores, por cielos sin tormentas ni nubarrones,

en un edén donde de nuevo las mariposas se posarán sobre nuestros deseos.



                                   X

Dentro de poco ya no volveré a preguntarme

qué hare yo sin ti, dulce amor,

seremos la envidia de aquellos que desprecian el amor y,

solo buscan la falsa naturaleza de las pasiones.

Quiero que cada noche recorra nuestros cuerpos el néctar de las flores y,

dibujes en mis labios el rocío de los placeres.

Allá a donde iremos ya no nos harán falta las falsas deidades, porque

tu Fanny, más torpe que bella,

más triste que radiante,

será toda tuya para siempre.



Ángel Silvelo Gabriel



[1] Oda a John Keats. SILVELO, ÁNGEL.
[2] Oda a Fanny, KEATS, John. Poemas escogidos, op. cit., p. 163.

domingo, 20 de noviembre de 2016

LA LIBERTAD Y EL SOL.- MICRORRELATO DE ÁNGEL SILVELO

El sol y sus rayos anaranjados, apenas iluminaban los matorrales sobre los que estaba camuflado. Esperaba la señal junto al resto de sus compañeros. No los veía, pero los sentía cerca. Oía sus entrecortadas respiraciones e intuía sus taquicardias. Evitaba pensar, para ahuyentar el miedo. Nadie sabía que estaban allí, solos, en medio del campo. Dispuestos a cumplir su último desafío, sin vallas, sin normas, en plena libertad y henchidos de gloria. Se acordó de los amigos de la peña que se negaron a participar en su alocada aventura, y visualizó perfectamente la cara de Juan, cuando le dijo, que para él, participar en este encierro al aire libre era como ser libre de nuevo. Pero ahora, tumbado en el suelo, su cándida inocencia le decía que todo era diferente. No estaba seguro del significado de esa bella palabra, pues en la tensa espera hasta la llegada de los toros, le había surgido una duda. ¿Qué era la libertad para él?, pero no supo encontrar una respuesta, y pensó que la libertad en este caso, sólo era la de los animales cornúpetas, que a buen seguro cuando los viesen surgir de la nada y correr delante de ellos como unos auténticos autómatas cargados de adrenalina, dudarían entre envestir a unos locos con camisa blanca y pañuelo rojo, o simplemente seguir las órdenes del capataz y no hacerles ni caso. De todas formas, ya quedaba poco, porque un leve temblor en el suelo le avisaba de la cercanía de los caballos y los toros. Afinó su escucha esperando la orden para levantarse y salir corriendo. No obstante, su mayor desconsuelo era que todavía no era consciente de lo que hacía allí, y mirando de reojo a sus pies, vio que tenía suelto uno de los cordones de sus zapatillas. Sin embargo, todo sucedió tan rápido, que no le dio tiempo a preocuparse por este nuevo imprevisto, porque su amigo Julián, bajándose de su potente Land Rover, les dijo a voz en grito que se levantaran, que todo se había suspendido. El Alcalde se había enterado de su encierro ilegal al aire libre, y le acababa de decir que lo había prohibido terminantemente avisando a la Guardia Civil para que tomara cartas en el asunto. Pero a él no le importó, porque ya sabía de antemano que la libertad tenía un precio, por eso, sin dudarlo, se levantó y comenzó a correr como tenía previsto, mientras el resto de sus compañeros se le quedaban mirando sin comprender todavía qué hacía.
Microrrelato de Ángel Silvelo Gabriel

miércoles, 16 de noviembre de 2016

DOS DESEOS.- MICRORRELATO DE ÁNGEL SILVELO



La fría brisa que recorría el campo poco antes del amanecer la sacó de sus ensoñaciones. Lo hizo de golpe, sin tiempo para reponerse. La recordó que un día atesoró algo muy valioso y que incluso fue capaz de poseer un sueño. Un sueño que la apartó de la realidad, como si ese fuese el único camino en el que desaparecían sus iguales desigualdades. Miró a la luna y, esta vez, vio su cara reflejada en su superficie. No le fue difícil reconocer a una mujer que se encontraba perdida, y que quería poseer aquello que el destino le había vaticinado que no le correspondía, como si todos sus anhelos se redujeran a los mandamientos de una biblia cargada de deseos incumplidos. Bajó los brazos y se refugió entre los últimos destellos de la noche, porque en esa calima oscura, era el único lugar donde lograba huir de sus miedos, y donde construía un mundo que no existía, y donde anhelaba una vida que ya no viviría. Se vio a sí misma en medio de un dique seco donde sólo existían los sueños rotos. Sin embargo, esta vez sintió algo distinto, como si una especie de luz la empujara y la obligara a saltar una línea imaginaria. Todavía no había tomado forma, pero lo sentía como si una incógnita la persiguiera en el refugio infinito que rodeaba a los límites del campo. Era un sentimiento que la removía las entrañas y al que no tenía el valor de enfrentarse. Empezó a temblar como si un terremoto en su interior provocara que todo se moviera a su alrededor. Y se acordó de ella. Su voluntad comenzó a derrumbarse. En ese momento, algo se resquebrajó en su interior y, por primera vez en mucho tiempo, supo que por fin estaba preparada para romper los designios de su futuro. Esta vez sus manos buscaron algo en lo que poder escribir, y por fin supieron darle utilidad a la libreta que últimamente la acompañaba. La sacó del bolsillo trasero de su pantalón e imaginó un nuevo poema. Cuando lo acabó, formuló dos deseos…
Microrrelato de Ángel Silvelo Gabriel

martes, 15 de noviembre de 2016

PRESENTACIÓN EN MADRID DEL POEMARIO "EN CUARENTENA", DE SIRACUSA BRAVO GUERRERO


Siracusa Bravo Guerrero presenta su nuevo libro en Madrid, titulado:  En cuarentena (Maclein y Parker)

Será en la Librería Nakama, calle Pelayo, nº 22  (metro Chueca, también Gran vía, Tribunal y Alonso Martínez).

Próximo viernes 18 de noviembre, a las 21 horas.


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Cinco años después de su última obra publicada, la autora vuelve con En cuarentena, una celebración de la vida, la poesía y el amor, temas habituales de la autora, pero tratados desde una perspectiva diferente. De esta manera, este nuevo poemario ilustrado está escrito desde el amor —inherente al dolor— , desde la esperanza, en el que se mantiene el amor en un estado de latencia, de suspensión en el tiempo y el espacio, y en el que se desgranan los momentos de creación del silencio, del vacío, que se convierte en el punto de partida de un nuevo proceso creativo. En cuarentena cuenta con las ilustraciones de Siracusa Bravo Guerrero, que señalan el recorrido preciso que traza la historia completa, y se convierte en una carta abierta —literal y figuradamente— que invita al lector a entablar un diálogo con la autora de una manera directa y personal. Para las ilustraciones, Siracusa Bravo Guerrero ha utilizado el zentangle, una técnica que usa el dibujo de patrones y líneas simples como parte de un proceso íntimo de cura y meditación, dejando que la emoción del momento se mezcle con el proceso creativo. Así, los textos y las imágenes forman un todo indisoluble. Tal como explica la propia autora, “el libro está en cuarentena porque mi proceso de escritora no ha terminado. Aún no me he desligado de los poemas. No los leo como lectora, están paralizados en el momento en el que fueron escritos, trabajados pero no superados”. Un concepto que transmite con una de las citas que abre el poemario: “Un poema no se termina, se abandona”, de Paul Valéry.

IRÈNE NÉMIROVSKY, LA PRESA: EL RECÓNDITO ABISMO QUE ESCONDE LA AMBICIÓN



«Como un barco impulsado por la negra tormenta va mi alma, no sé hacia adónde…», nos dice el padre del protagonista, Laurent Daguerne, casi al inicio de la novela, cuando hace referencia a unos versos de sus queridos poetas isabelinos. Ese barco impulsado por la negra tormenta no es otro que su propio hijo (Jean-Luc) que, ciego, sin rumbo y extraviado dentro de una sociedad que lo ha perdido todo y que marcha desesperada en busca de unos nuevos valores, se ofusca más si cabe en un falso juego de máscaras. Una salida que, en el caso del protagonista, éste sólo encuentra en el recóndito abismo que esconde la ambición. Némirovsky, poseída una vez más por el don de aquellos que conocen los entresijos del alma humana, de nuevo nos muestra ese doblez del ser humano que tanto nos molesta y que tanto nos cuesta enseñar y admitir. La pérdida de la vida en sí misma (al jugárnoslo todo a una sola carta), cobra un protagonismo exacerbado en La presa, y lo hace a través de la victoria de la osca ambición en detrimento del amor. Pocas cosas existen en el mundo que traspasen en verdad la barrera del tiempo como el amor, sin embargo, y por lo visto y vivido, los seres humanos hemos nacido para errar en el yunque de la sinrazón sin la posibilidad de la rectificación. La escritora ucraniana lo sabe, pues no en vano, va a sufrir en carne propia la barbarie del holocausto, esa sinrazón que borró de un soplo los contornos del alma humana, dejando a todo un mundo sin otra posibilidad que la resignación, la derrota y la muerte. A veces, escoger el camino equivocado nos produce la falsa felicidad de la vacuidad más endeble, porque el fogonazo del falso triunfalismo revestido de unos sordos fuegos artificiales (que enseguida se desvanecen en la oscuridad de la noche), nos apartan de la realidad. Y lo peor de todo no es eso, sino que tras ese ridículo destello ya no queda nada, salvo el vacío. Esa es la cara de una derrota a la que asistimos tarde, mal y nunca, pues es la ciega responsable de esa desesperación humana a la que mal llamamos felicidad, cuando en verdad deberíamos decir: codicia o traición, necedad o mentira, porque esa deformación del espíritu es la que nos seca el corazón. Así se comporta y en eso se transforma Jean-Luc, un joven francés que representa como nadie la caída de un Imperio y de la idea egocentrista de una nación. Un pueblo cuyos ciudadanos no creen en el amor es un pueblo condenado al fracaso, parece decirnos Némirovsky en una de las múltiples teorías que sobre el ser humano esboza en La presa, una nueva manifestación de su magisterio literario; un magisterio directo, conmovedor y deslumbrante como sólo lo puede llegar a ser la esencia de la poesía: «Llovía mansamente, y ese sonido del agua al caer en el agua era lo único que medía el tiempo. El anochecer de otoño era gélido y triste, pero allí dentro las paredes se habían impregnado del perfuma de Édith, y un calor dulce y pesado hacía languidecer el cuerpo y el alma… El tiempo se había detenido. Una puerta golpeó suavemente al cerrarse; una voz de mujer, seguida por una risa ahogada, atravesó las paredes. Luego se hizo el silencio.»



La presa, de la mano de Irène Némirovsky, fluye por las subterráneas aguas de la pasión que no encuentran su verdadera salida, y no se nos debería olvidar que, cuando las aguas negras se estancan, despiden el hedor de la derrota; una derrota que deviene en pura desesperación cuando lo único que en verdad se quiere es el amor. Amar, soñar, viajar…, perder, oler, tejer…, pulir, sentir, redimir…, en una interminable sucesión de palabras e imágenes evocadoras de sensaciones y sueños que nos llevan hasta ese punto final en el que la asunción del error de toda una vida malgasta por la búsqueda de una falsa ambición nos deja sin las fuerzas suficientes para volver a empezar. Quizá, porque dentro de la derrota, no haya una mayor maldición que la desesperanza de la cadena perpetua de la sinrazón; un lugar donde anida el olvido de los condenados por una sociedad que se sabe perversa, pues sólo admite el triunfo de las falsas verdades. Y ahí es donde la autora de esta novela se muestra implacable con el ser humano, quizá también, porque en esta ocasión nos advierta (cual exploradora de las entrañas más vitales), del recóndito abismo que esconde la ambición.



Ángel Silvelo Gabriel

lunes, 14 de noviembre de 2016

POEMA, CASI NADA, QUE PAUL BOWLES ESCRIBIÓ EN 1975, Y QUE DEDICÓ A SU MUJER, JANE BOWLES, FALLECIDA EN MÁLAGA EL 4 DE MAYO DE 1973



Al principio había barro, y el sonido de la respiración,
Y nadie sabía dónde estábamos.
Cuando lo averiguamos, era demasiado tarde.
Nada puede ocurrir ya salvo como ha de ocurrir.
Y además, estaba solo y no importaba.
Sólo porque entonces nada podía importar. 


*** 


Creíamos que había otros caminos.
La oscuridad quedaba fuera.
Nosotros no somos eso, decíamos. No está en nosotros (…) 


*** 


Hubo un tiempo en que la vida era más alegre.
Bebíamos aún el agua del lago,
El cubo salía fresco
y fragante con el olor a agua profunda.
La canción se oía en todas partes aquel año, un absurdo estribillo:
Parece tanto tiempo, y no lo es.
Parecen tantos años,
y tal vez sea uno.
Cuando los árboles estaban allí me preocupaba que estuvieran allí,
y ahora han desaparecido.
Para salir tomamos la senda que rodea el pantano.
Cuando emprendimos el viaje de regreso la marea había subido.
Había otro camino pero quedaba muy arriba y era difícil llegar.
Así que esperamos aquí, y todo sigue igual. 


*** 


Había muchas cosas que quería decirte
antes de que te fueras, y ya nunca te las diré.
Aunque el sol inunda la terraza
formando las mismas sombras en los mismos sitios,
sólo lo veo yo, sólo yo oigo el viento
y es demasiado fuerte.
El mundo hierve de palabras. Perdóname…


Poema, Casi nada, de Paul Bowles.

viernes, 11 de noviembre de 2016

EL PASILLO, MICRORRELATO DE ÁNGEL SILVELO



Algo me impide avanzar más allá del pasillo de la entrada. En mi indecisión, me fijo cómo la frontera de la realidad se desvanece cuando un tenue rayo de luz se proyecta sobre el parquet, conformando un débil y pequeño espectro que, sin embargo, contiene el poder suficiente para transgredir los límites del tiempo y devolverme a aquellos años en los que jugaba junto a mi hermano en el pequeño pasillo de la entrada. Allí nos distraíamos con las chapas de los refrescos que previamente habíamos ido pidiendo en los bares del barrio. Entonces, la sencilla composición de nuestros planos jugadores, era suficiente para hacernos disfrutar de la disputa de nuestro particular mundialito de fútbol a imagen y semejanza del que veíamos en la tele del salón, pero en color, porque el aparato de televisión de mis padres todavía era en blanco y negro. Sin embargo, mi primer recuerdo de aquel reducido espacio que hacía las veces de pasillo y hall de entrada en la casa de mis padres era todavía más remoto, pues se componía de los tropezones que me iba dando con el suelo cada vez que intentaba ponerme de pie. Y ahí estaba de nuevo ahora, frente al espejo en el que me miré tantas veces y sin saber qué hacer, como el día de mi boda, en el que tampoco me atrevía a traspasar las lindes del pasillo en dirección a la puerta de la calle, aterrado como estaba ante la nueva vida que, sin llegar a ser consciente del todo, iba a comenzar junto a mi mujer. Es curioso, pero de lo que más me acuerdo en estos momentos es de aquel papel, aunque la escasa luz existente no me permite visualizar bien su contenido, porque el espectro que soy sigue jugando con mis sentidos y me sorprende cuando de una forma inconsciente intenta ponerse de rodillas para simular mi capacidad de ponerme de pie, como el día en el que por fin aprendí a andar. Y pienso que, si sigo andando más allá del pasillo, me tropezaré con el resto de la casa y con otra parte de mis recuerdos, pero mi perenne indecisión me impide atravesar la puerta que da al salón, porque entonces, si fuese capaz de adentrarme en él, ya nada sería igual, y volvería a ver la mesa en la que firmé el contrato de venta que me despojó de una gran parte de mis recuerdos y de mi vida. Menos mal que, en mis últimas voluntades, me fue concedido el privilegio de visitarla aunque sólo pudiera tener el aspecto de un tenue espectro de luz, porque algo que aprendí, aunque fuese demasiado tarde, es que por muchos ceros que tuviera aquel contrato de venta, en el fondo nada justificaba el valor de todo aquello que yo había vivido en el reducido espacio del pasillo de mi casa, un lugar donde aprendí a andar, jugué con mi hermano y fui consciente de la responsabilidad que conlleva enamorarse de la persona adecuada.
Microrrelato de Ángel Silvelo Gabriel