Tiempo de comunicaciones rotas

Tiempo de comunicaciones rotas

lunes, 18 de junio de 2018

LEVANTA LA MIRADA.- MICRORRELATO DE ÁNGEL SILVELO



Abogado del silencio. Sí, tú. Me gustaría mirarte a los ojos, pero ya no formas parte de mis irrefrenables deseos. Ahora quiero atrapar el instante, esa especie de magnitud indefinida sobre la que me abalanzo cada vez que aprieto la pantalla táctil de mi Smartphone mientras me alejo de las cuerdas del cuadrilátero que trazaste a tu alrededor cuando te parapetaste detrás de tus libros de derecho. Ya no soy capaz de soportar tus nulas respuestas envueltas en ese misterio de abogado del silencio con el que me fustigas. Yo te hablaba de amor y tú lo dejabas estar en tus largas sesiones en la Audiencia. Y me harté de esperarte, porque ya sólo quiero atrapar el instante; esa fugaz sincronía entre mente y deseo que, según tus palabras, a ti te invade cuando das por cerrado un caso y, a mí, cuando alguien me recuerda que tú no eres el que me desea. Con la parte trasera de mi conciencia abro tu último correo en el que me dices que levante la mirada: «Levanta la mirada», me dices. «La tecnología es una mera ilusión —me recuerdas— cargada de palabras como narcisismo o adulación», añades. «Levanta la mirada», pienso yo también, porque como tardes mucho en hacerlo no habrá ningún investigador a tu servicio que dé con tus libros de derecho que día tras día voy tirando al contenedor.
Microrrelato de Ángel Silvelo Gabriel

jueves, 14 de junio de 2018

ANTÓNIO LOBO ANTUNES, MEMORIA DE ELEFANTE: EL TRÁNSITO POR EL REINO DE LA SOLEDAD SIN NOMBRE A TRAVÉS DE LA NOCHE MÁS OSCURA



Tocar fondo para así poder desarrollar nuestro propio trabalenguas; soñar con aquello que no fuimos o ni tan siquiera intentamos ser; o ver el abismo con la indiferencia del que conoce el vacío que existe tras la gloria. Así se comporta el protagonista de esta novela de metáforas pictóricas, poesías sin rima y sonoridades húmedas como el sexo que nos visita a destiempo. Y, también, acurrucado en esa bola de erizo que nadie osa tocar y desde la que se obstina en buscar su ritmo —aunque éste sea lento—, o una salida a su hastío o desasosiego como diría Pessoa —por más que António Lobo Antunes reniegue del poeta portugués y su obra—, porque existe ese punto de unión entre ambos: la necesidad de búsqueda más allá de lo que la vida les proporciona y, es ahí, también, donde uno y otro han forjado su leyenda, más oscura o sucia si se quiere en Antunes, por mor del sexo, la guerra o los muertos que los conflictos bélicos propician y, que en el caso del escritor portugués del barrio de Benfica, vivió en primera persona en Angola. Pero fuera de ahí ambos se comportan como titanes a la hora de arremeter contra ese hastío del día a día que es infinito e invencible. La escritura intensa, poética, repleta de referencias pictóricas o musicales, como expresión de la sublimación del arte sin más, son las coordenadas con las que António Lobo Antunes dota a su estilo narrativo, y lo hace de una forma portentosa y nada fácil en su estructura o argumentario. En este sentido, leyendo Memoria de elefante, en algunas ocasiones, se nos han hecho presentes imágenes e intenciones de la narrativa de Ernesto Sábato, sobre todo, de su novela Sobre héroes y tumbas, pues lo que nos narran ambas, es la redención de una vida a un sueño: el de la libertad. Decía Scott Fitzgerald que: «en la noche más oscura del alma son siempre las tres de la mañana»; una frase que Lobo Antunes también emplea en Memoria de elefante, y que podríamos decir que hace suya, pues en esta novela navega por las más turbias aguas de la soledad que, poco a poco, le llevan por un viaje de un día y una noche por su barrio de Benfica —olvidado de la gloria como tantos otros— y por esos otros lugares poco frecuentados de la capital lisboeta que le sirven al novelista de asideros de la desesperación ilustrada y casi muda que nos muestra en la cercanía y la lejanía, pues esta novela está repleta de diálogos interiores que se mueven de la primera a la tercera persona respectivamente, con una soltura admirable.



Memoria de elefante es un viaje a ninguna parte a través del vacío que se apodera de nuestro espíritu, o un tránsito por el reino de la soledad sin nombre a través de la noche más oscura, como nos apunta Fitzgerald —un prodigio de la autodestrucción—. Hay dolor físico y espiritual en el protagonista, con memoria de elefante, de la novela a la hora de relacionarse con el mundo y sus gentes, de ahí que se refugie en la soledad como mejor solución a esa incomunicación. Un hartazgo de estar vivo que él contrarresta con las comparaciones que hace entre sus diferentes estados de ánimo y las observaciones que expresa en general a través del arte, sobre todo mediante la pintura y sus artistas, pero también con la música o la literatura. Lobo Antunes consigue llevarnos de la mano a través de una narración que es un hilo continuo que ni se acaba ni te suelta, porque la historia nunca va hacia atrás, sino hacia adelante, hacia ese abismo que nos marra con un ritmo lento de sucesos y diálogos interiores que nos muestran el amplio universo de la soledad y la huida que ésta conlleva. António Lobo Antunes, con ello, provoca en el lector un malestar existencial que llega a reconocerse sin dificultad en este psicólogo que cura a los demás pero no a sí mismo. Una anti medicina que él se suministra en una letanía de sonoridades de gritos oscuros, donde el sexo es una parte importante de la misma, y a la que el narrador acude para dar rienda suelta a su obsesión por no poder regresar de nuevo con su mujer, de la que está profundamente enamorado. En este sentido, Memoria de elefante también es una narración de ese desamor que recorre los pensamientos y las sensaciones de este antihéroe que se regodea en la soledad como mejor excusa para expiar la culpa que lleva encima y, que como una sombra, no es capaz de dejar a un lado, ni tan siquiera cuando transita por ese reino de la soledad sin nombre a través de la noche más oscura.



Ángel Silvelo Gabriel. 

domingo, 10 de junio de 2018

PESSOA Y SU PRESENCIA EN EL MUNDO AL CUMPLIRSE EL 130 ANIVERSARIO DE SU NACIMIENTO EN LISBOA



Aquel 13 de junio de 1888 la luz iluminó a Lisboa y a sus casas de varios colores de una forma distinta, bajo las plomizas nubes de primera hora de la mañana, a las que con toda certeza acompañaban las sirenas de los barcos que surcaban el Tajo y, tras ellos, ese eco sordo de los trabajadores que acudían a sus oficinas en La Baixa o El Chiado. Aquella mañana, las campanas de la Iglesia de los Mártires en el Chiado —muy próxima al Largo de San Carlos cuatro, cuarto piso izquierdo— darían fe con su sonido de las horas y, a su vez, de esa tenue letanía que acoge a los perdedores desde su nacimiento. Aquel día nació Fernando Pessoa ajeno al eco de la música procedente del Teatro San Carlos que se encontraba al otro lado de la plaza y a las teclas del piano que tiempo después le acompañaron en su primera infancia; un sonido que, como un eco sordo, se quedó a habitar dentro de su alma, pues así lo dejó escrito años más tarde cuando recordó aquellos sonidos procedentes del piano que tocaba una niña en el piso de arriba. Él siempre quiso huir de aquel ruido que no entendía ni disfrutaba y, quizá,  de ahí proceda la primera necesidad vital del poeta de ser otro, o un peridispéctico, como le calificó el médico que le atendió en su infancia. «Era claramente un solitario —aseveró el facultativo—, un neurópata en miniatura». Sin embargo…



…El paso de los días que, desde aquel 13 de junio de 1888, se mostró implacable con su anonimato en vida, cambió de rumbo hasta convertirle en ese portugués que, si estuviera vivo, todos querrían conocer. Portugués universal, como en su momento lo fueron Luis de Camoens, Vasco de Gama, o más recientemente Amalia Rodrigues, representa como nadie el símbolo cultural de todo un país, como quedó claro en la última exposición que el Museo Reina Sofía le rindió a él y los ismos —sobre todo pictóricos— que acaecieron en Portugal a principios del siglo XX. Sin embargo, la incertidumbre del destino, en este caso se nos muestra rígida y terca, como casi siempre y, también, como el universo desnudo y abstracto al que se refería el poeta; ese universo hecho de negaciones nocturnas, lo que nos dibuja la figura de un poeta universal, portentoso e incomprendido en la mayoría de las ocasiones y en lo más profundo de su obra, aun sin completar por todos aquellos investigadores que cada cierto tiempo o día a día se acercan a ella. Poemas, escritos, un diario apócrifo, simples notas al pie de una página de periódico, o infinidad de artículos esquivan, ya sin miedo, la temeridad de la actualidad diaria para aposentarse en la senectud de lo intemporal, allí de donde nada ni nadie pueden sacarlos ni se atreven a negar, porque arremeter contra Pessoa a día de hoy es hacerlo contra todo un país: Portugal, preso como todos, de las contradicciones y devenires del destino, pues nadie podría imaginar la ejemplaridad y trascendencia de una obra incólume al paso del tiempo como es la pessoana y, como quizá, en su momento le ocurrió a Cervantes tras escribir El Quijote. Anécdotas intemporales aparte, la presencia en el mundo actual del rey de los heterónimos traspasa con mucho los bordes de los papeles sobre los que solía escribir y, como recientemente pudimos ver en Madrid, llegó a adentrarse en la pintura y en los sucesivos movimientos que se dieron en su país a lo largo de su vida. Reflejos de su omnipresencia que también están presentes en las calles de Lisboa, en lo souvenirs para turistas, o en los anuncios gigantescos que cubren las fachadas de sus grandes edificios y que hacen de reclamo turístico para todos aquellos que aparte de intentar sumergirse más allá de la saudade quieran hacerlo en las calles, en las viviendas y en la vida de un escritor que, en sus momentos de gloria anónima, no pisaba el suelo, pues se desplazaba en una especie de levitación a un palmo de las brillantes baldosas lisboetas, igual que si fuera una marioneta que pendiese de los hilos de un universo mucho más inmenso y grandioso que aquel en el que vivió y del que se rodeó en vida.



La vida de Fernando Pessoa es la de un perdedor —mientras vivió— de esos que llenan las páginas de las novelas épicas, históricas o románticas, pero también la de una persona que nunca se conformó con aquello que tuvo al alcance de su mano y, de ahí, que tuviera que inventarse otras vidas —heterónimos— y otros ámbitos —sus respectivas vidas y obras—, para de ese modo suplir la ausencia que para él era la esencia de su existencia. Extraño, solitario, meditabundo y gran conversador cuando la ocasión lo merecía, deambulaba casi sin descanso en el escaso espacio de un kilómetro cuadrado en el que desarrolló casi toda su vida desde que regresó de Durban. En esas calles y, sus intrahistorias, Pessoa dio vida a una multitud de personajes y desarrolló una grandiosa obra literaria que, con el paso del tiempo, ha traspasado los límites insignificantes de los días para reposar sobre la eternidad, pues eternos son su vida y su obra, muy por encima de la mediocridad rampante que nos sacude en la actualidad y, que él, de una forma no menos original esquivó, y sobre la que se superpuso a su diario e incansable desasosiego, haciéndonos creer que la búsqueda de lo imposible era la mejor metáfora de una vida que no admitía de más distracciones que las de la propia creación y la dedicación a los otros a través de la literatura. En ese terreno de noches solitarias y baldía de sueño fue donde su literatura se convirtió en el instrumento necesario para llevarnos hasta esa otra vida a la que siempre se refieren los escritores. Una soledad que, entre otras muchas renuncias, el alejó del amor, si obviamos los dos namoros que mantuvo con Ofélia Queiroz y la que al parecer sostuvo con la cuñada de su hermano pequeño, Madge Anderson, una traductora de alemán de origen escocés y que vivía en Londres y con la que mantuvo una nutrida correspondencia el año de su muerte. Según José Barreto, investigador de la Universidad de Lisboa y experto en el escritor portugués, el último poema que escribió Pessoa en inglés, una semana antes de morir, estaría dirigido a ella: «Mas o meu pobre coraçao anseia/ Por algo que está longe./ Anseia só por ti,/ anseia pelo teu beijo.»



Referencias amorosas aparte, una de las claves en la existencia de Fernando Pessoa fue su perenne nomadismo de habitación en habitación, de casa en casa, de oficina en oficina, como si con ello dispusiera una forma de viaje que le llevara lejos de sí mismo para poder adentrarse mejor en esos espacios donde sus heterónimos encontraban un mejor acomodo. Pero como la edad no es un testigo neutral de nuestra vida, Pessoa acabó su trasiego cuando recaló en la Rua Coelho da Rocha, 16 de Lisboa, en Campo de Ourique quince años antes de su muerte, al regreso de su madre de Durban y cerca de una de sus hermanas. Desde esa casa partió al hospital de San Luis de los Franceses donde falleció el 30 de noviembre de 1935 a los 47 años de edad y, desde allí, a la gloria. Primero al cementerio Dos Prazeres junto a su abuela Dionisia, y cincuenta años más tarde al claustro del Monasterio de Los Jerónimos en Belém, junto a los más ilustres portugueses.

 

Ángel Silvelo Gabriel. 

martes, 5 de junio de 2018

ALBERT CAMUS, EL PRIMER HOMBRE: LA SOLEDAD QUE ACOMPAÑA A LA DIGNIDAD DE LA POBREZA



La soledad de un padre en el que fijarse, de una madre a la que mostrarle el cariño que se escondía tras sus silencios, de una abuela que no entendía ni la vitalidad ni la necesidad de crearse un mundo ajeno a la miseria y la pobreza que le rodeaba; un mundo que lo era todo con muy poco: la luz del sol, los juegos con sus amigos y la libertad de sentir el aire argelino en la cara y el agua del Mar Mediterráneo en la piel. Así fue cómo Camus encontró la solución a esa soledad que acompaña a la dignidad de la pobreza. El primer hombre que representa Camus la encontró ahí y en sí mismo, en esa fosa oscura cargada del orgullo de un espíritu libre que, sin embargo, todavía no conocía la libertad individual que acompañaba al nihilismo. Orgullo, dignidad, mar y sol fueron los elementos con los que Camus creó el universo de su infancia: estrecha en lo económico e infinita en la fuerza de los sueños. En El primer hombre, Camus se enfrenta a sí mismo, a sus raíces y al encuentro de su padre desde la convicción de que ese primer hombre que no llegó a ser su progenitor es él, cuando delante de su tumba piensa que el hombre enterrado que yace bajo tierra era más joven que él: «Y la ola de ternura y compasión de golpe que le colmó el corazón no era el movimiento del ánimo que lleva al hijo a recordar al padre desconocido, sino la piedad conmovida que un hombre formado siente ante el niño injustamente asesinado». Es en esa infinita soledad en la que Camus se pierde, a la vez, en los confines del tiempo y en la barbarie de los hombres. Ahí, una vez más, Camus está solo junto a sus temores y sus interrogantes y a su necesidad de saber y a sus recuerdos, que se enfrentan a su propia simbiosis entre alma y corazón. Porque el primer hombre, tal y como se nos apunta en la contraportada de la novela, debería ser el padre del niño, pero sin embargo es él, Jacques Cormery, álter ego de Camus y protagonista de esta historia que busca en el estímulo de la superación algo de luz. Él, sin duda, en su infancia la encontró en el cielo de Argel, en la compañía de sus amigos, y en la complicidad de sus profesores. No obstante, el narrador de esta historia nos recuerda que: «La miseria es una fortaleza sin puente levadizo», es decir, Jacques Cormery, —el propio Albert Camus—; o también que: «la guerra no es buena, porque vencer a un hombre es tan amargo como ser vencido por él». En ese vaivén, que busca en el estímulo de la convulsa contradicción de la supervivencia, es en la que se mueve Camus en El primer hombre. Una novela que él deseaba que fuese el reencuentro del hombre con el escritor, para de esa forma dejar atrás la época de sequía que le perseguía como una maldición y, de ahí, su aislamiento lejos de París y del mundo, porque él creía que así podría escarbar mejor con el corazón dentro de sus entrañas.



El primer hombre es una novela autobiográfica en la que Camus veía su proyecto literario más ambicioso; un proyecto al que quería darle la magnitud, la belleza y la fuerza de Guerra y paz de Tolstoi. No en vano ni evitó los más dolorosos recuerdos ni sus orígenes argelinos ni la comprensión hacia todos aquellos que le pusieron múltiples cortapisas, como tampoco se olvidó de esos otros que posibilitaron que siguiera sus estudios y, con ellos, llegar a forjarse un futuro; un futuro no exento de polémica en ocasiones, pero muy glorioso en otras. En El primer hombre, Camus no buscaba sólo la soledad que le guiase a lo largo de su particular epopeya vital, sino también reencontrarse a sí mismo después de ganar el Premio Nobel de Literatura y, después también, de los varapalos a los que le sometieron los más influyentes personajes de la cultura francesa por salirse de ese dogma pegado a la ortodoxia marxista apoyada por Sartre tras la Segunda Guerra Mundial. En ese sentido, Camus define como nadie en esta novela inconclusa la dignidad que debe guiar al hombre libre, y la defensa a ultranza de esa libertad.



El estilo literario de Camus en El primer hombre es sencillo y, con él, busca conmover al lector a través de la pureza de la belleza que no admite más adjetivos que los de la verdad. Aquí, el escritor argelino dota a la novela de una intensidad que, por momentos, es conmovedora dentro de la naturalidad de una prosa portentosa que busca meternos el dedo en esa yaga invisible para los demás, pero que es sangrante para nosotros mismos. Es en esa habilidad de llegar a lo más hondo del corazón humano donde radica tanto la generosidad de Camus como hombre, como la inteligencia del escritor que es capaz de dotar a la vida de una épica única y tan consistente como la mayor de las leyendas, porque desde el inicio de la novela donde se nos narra el nacimiento de Jacques Cormery como si fuera el del Niño Jesús en un pesebre de Belén, hasta al final de la misma donde nos da cuenta de la carta que le escribe a su querido profesor el Sr. Germain, Camus nos lleva de la mano por la vida sin otro adorno que el de la soledad que acompaña a la dignidad de la pobreza.

 

Ángel Silvelo Gabriel. 

martes, 29 de mayo de 2018

LAURENT CANTET, EL TALLER DE ESCRITURA: LA CONFUSIÓN QUE CREA LA COLISIÓN ENTRE REALIDAD Y FICCIÓN


La, a priori, complacencia de un taller de escritura durante el verano en una pequeña población como La Ciotat —una pequeña localidad cercana a Marsella—, no parece ser el escenario más propicio para confrontar una parte de los problemas a los que se enfrenta la juventud de hoy: ese hastío existencial del que nos daba buena cuenta Fernando Pessoa en El libro del desasosiego y que, en la película de Laurent Cantet, podríamos denominar como de desidia vital. Si Pessoa se valía de poesía, los aforismos y la filosofía, los protagonistas de El taller de escritura echan mano de la creación de una novela negra o policiaca en la que volcar sus expectativas, miedos o intenciones más personales. Partiendo del principio que la misma debe transcurrir en la localidad portuaria en la que viven, no tardarán, sin embargo, en llevar su nihilismo juvenil más allá de ese constreñido marco geográfico para situarse en la cúspide que siempre corona a la colisión entre realidad y ficción. Cuando en la actualidad se aborda, en un gran número de ocasiones, el estado actual de la novela como la meta proyección o mezcla entre datos autobiográficos del autor mezclados con hechos históricos más o menos cercanos al mismo o su familia, en El taller de escritura, esa simbiosis se aborda desde el magma que se produce cuando realidad y ficción se entrecruzan. La tan aludida falta de espíritu crítico de la juventud actual estalla en el film de una forma un tanto aparatosa, pues deviene en la estela que nos lleva hasta el choque entre religiones, nacionalismos o ese no saber enfrentarse a los diferentes. Una vertiente que, Olivia, una famosa novelista interpretada por Marina Foïs, experimentará de una forma que nunca pensaría que haría. La expiación de la violencia y sus límites a la hora de establecer donde empieza y donde acaba lo políticamente correcto, ataca en esta ocasión nuestros planteamientos más convencionales para situarnos en determinadas ocasiones frente a ese Mersault al que Camus dio vida en El extranjero, y que aquí viene de la mano de un joven Antoine, un lobo solitario que navega sin miedo por las peligrosas aguas de la violencia, la extrema derecha y la necesidad de una libertad que en muchas ocasiones sólo alcanza a través de la soledad y el silencio. Algo que sale muy bien representado en la secuencia en la que apunta a la luna llena en plena noche, como símbolo de la soledad del hombre frente a sí mismo y el universo que le rodea. Antoine es interpretado por un neófito y más que solvente Matthieu Lucci; un perfecto contrapunto para la sólida y comedida profesora Olivia; una Marina Foïs que refuerza su interpretación en la profundidad y serenidad de su mirada. Una calma que, sin embargo, no le sirve de amparo para salir del estancamiento de su última novela; un bloqueo que intentará solventar a través de Antoine sin ser consciente en ningún momento de adonde le llevará al final.



El taller de escritura se desarrolla de una forma lenta y titubeante al principio, en ese espacio de búsqueda o tanteo de aquello que se nos plantea, pero que no llega a definirse hasta que el guion detiene su mirada en Antoine, sus baños, sus momentos de soledad, sus videojuegos y en esa intimidad que gobiernan sus silencios; silencios expectantes más que proactivos, lo que le permiten dar un punto de vista a la historia que se desarrolla en el taller de escritura, diferente y, sin duda, de mayor valor literario que las del resto de sus compañeros, atemorizados todavía porque la ficción le gane la partida a la realidad. En ese juego, poco profundizado en el film, es donde éste cojea, como si Cantet no se atreviese a darle el verdadero valor a la imaginación que no se ve sepultada por la vida cotidiana. No obstante, el valor intrínseco de El taller de escritura está ahí, porque nos hace plantearnos esa visión alejada que tenemos sobre la juventud, muchas veces perdida en las telarañas de la ciber existencia y que, en esta ocasión, de la mano de Laurent Cantet se abre camino por sí misma, aunque sea a través de la confusión que crea la colisión entre realidad y ficción.



Ángel Silvelo Gabriel.

lunes, 28 de mayo de 2018

ANTÓN ARRIOLA, EL CASO NEWTON: EL NIHILISMO QUE POR SÍ SOLO SE PIERDE EN LAS ENCRUCIJADAS DE LA FE



La historia del pensamiento se caracteriza, entre otros muchos planteamientos, por la dicotomía entre razón y fe. Desde que el mundo es mundo al ser humano siempre le ha asaltado la necesidad de saber si existe algo más allá de la vida. Por ejemplo, la religión católica da respuesta a este enigma a través de la muerte de Jesucristo y su posterior resurrección en una magnífica metáfora acerca de la esperanza, esa última llama con la que todos intentamos alimentar nuestras vidas. Sin embargo, la razón nos dirá que nada nos asiste tras nuestra muerte, pues tan sólo nos acogerá la oscuridad y el silencio. Anton Arriola en El caso Newton —la segunda y última entrega de su serie de novela negra protagonizada por el ex cura Asier Azurmendi—, nos plantea éste y otros enigmas —siempre cercanos a la filosofía— a través del físico Isaac Newton y el humanista Erasmo de Rotterdam, para entre ambos, acercarnos a ese dilema —siempre tan presente— entre razonabilidad y locura, quizá, porque como nos dice el propio autor en la novela: «los modelos de verdad han cambiado y la forma de transmitirlos también», de tal forma lo han hecho que Arriola nos recuerda en un pasaje de la novela que: ¿por qué ensalzar la necedad sobre la razón? ¿nihilismo radical?» Este abismo que se abre sobre el ser humano a la  hora de llevar a cabo sus metas o aspiraciones sin tener en cuenta más que su propio objetivo obviando el de los demás —incluso a sus vidas—, también nos lo plantea Albert Camus en su pieza de teatro, Los justos, cuando los protagonistas de la obra planean un atentado contra un alto dignatario ruso y se tienen que enfrentar con el inesperado problema moral de que su acción ponga en riesgo la vida de unos niños. Aquí, como tantas otras veces en la obra de Camus, la contraposición entre idealismo y razón nos lleva a plantearnos que el nihilismo por sí solo se pierde en las encrucijadas de la fe —ya sean éstas religiosas o políticas—. En este sentido, Anton Arriola dota a su trama y a sus personajes de ese tono reivindicativo a través del que pone en tela de juicio los valores más arraigados de la sociedad occidental. Véanse: la religión y la posibilidad de que exista un más allá, la existencia de la verdad o el amor, y de que en un mundo de tinieblas como en el que nos desenvolvemos hallemos alguna certeza, quizá por ello, Arriola nos habla en varias ocasiones de ese veneno de la culpa que no nos deja perdonar: «Vivíamos en una sociedad regida por la comparación de lo que uno tiene con lo que tienen los demás, y en ese esquema era inevitable la aparición de un ejército de frustrados y resentidos.» Y es ahí donde aparece el bueno de Ander Azurmendi para intentar proyectarnos algo de luz entre tanto caos. Y lo hace de una forma ordenada, posibilitando con esa actitud que la trama avance por sí sola, con suavidad, calma y sosiego —a pesar de las múltiples escenas o secuencias de acción y violencia con las que cuenta—, pues siempre hay un momento para las buenas descripciones geográficas y atmosféricas de Bilbao y su entorno que nos llevan a una perfecta identificación de los estados de ánimo del protagonista y del escenario elegido para el desarrollo de la novela; y cómo no, para las reflexiones filosóficas.



El caso Newton es una amalgama de relaciones que se contraponen y complementan hasta configurar un cuadro pleno de claroscuros —tal y como es la vida— donde la verdad se enfrenta a la mentira, la ciencia al ser humano, o Azurmendi a su amada Ane. En este caso, él representa la duda y la posibilidad de interrogarnos sobre todo lo que ocurre a nuestro alrededor, así como aquello que vivimos. En esta segunda entrega, sin duda, nos sentimos más cercanos al ex cura, pues Arriola le dota de una humanidad a prueba de bombas y, no sólo eso, porque es un derroche de contradicciones —que le hacen representar a un hombre de carne y hueso desprovisto de sotana— a las que el protagonista va dando respuesta según avanza la trama de la novela, tal y como haría cualquier persona, lo que le hace más humano y cercano y, de paso, logramos derribar la barrera del cura uniformado hasta llegar a adentranos debajo de su piel. Tanto que, el amor y el sexo, y sus consecuencias, están muy presentes a lo largo de todo El caso Newton. Ambas, como manifestaciones de esa otra parte en la que todavía se halla emplazada la esperanza, en una nueva pincelada de eso que el autor llama: «la evolución de la configuración del ser humano», una mezcla entre la realidad y el absurdo —aquí de nuevo nos anclamos en Camus—, la necesidad de ser libre y también feliz, como metas de un proceso en el que primero hemos pasado por la angustia hasta llegar a ese equilibrado punto de encuentro.



Anton Arriola nos proyecta en El caso Newton un ensamblaje de tramas y subtramas muy bien planteadas y resueltas y, que a su vez, le sirven para llamarnos la atención sobre esta nueva sociedad que estamos creando. La sociedad de la posverdad la llaman algunos; una sociedad donde ya nada es lo que parece. El autor durangatarra no duda para ello en bucear en la religión y sus contradicciones, o en adjudicar al mundo académico unas características muy alejadas de su naturaleza del saber. Realidad y ficción, razón y fe en una continua pugna en una sociedad que cada vez más se halla anclada en una especie de reality show sin reglas ni cortapisas. No obstante, tal vez no sea todo tan negro y aún exista alguna razón para la esperanza —la de la resurrección, por ejemplo—, o como dicen los personajes de Camus en Los justos: «Yo creía que era fácil matar, que bastaba la idea, y el valor… ¡Pero llegaré hasta el fin! ¡Más lejos que el odio!». «¿Más lejos que el odio? No hay nada». «Está el amor».

 

Ángel Silvelo Gabriel. 

sábado, 26 de mayo de 2018

ORTEGA Y GASSET.- LA NOVELA PRESENTATIVA. Un artículo de Manu de Ordoñana, Ana Merino y Ane Mayoz


José Ortega y Gasset (1883-1955) ha sido uno de los pensadores españoles que más proyección internacional ha tenido y el que más ha destacado dentro de aquella corriente de intelectuales que vivieron en la primera mitad del siglo XX. Su estilo, más cerca de la prosa literaria que del discurso filosófico, posee una brillantez expositiva en la que reside una de las claves del éxito y difusión de sus libros. En 1925, escribió La deshumanización del Arte e Ideas sobre la novela; en esta obra, medita sobre la anatomía y fisiología de la novela, como continuación de lo que ya expuso en su Breve tratado de la novela y que pertenece a Meditaciones del Quijote, publicada en 1914.
Dice Ortega que los editores se quejan de que mengua el mercado de la novela. En efecto, acaece que se vende menos novelas que antes y que, en cambio, aumenta relativamente la demanda de libros de contenido ideológico. Denuncia las dificultades que el autor moderno encuentra a la hora de escribir una novela y las justifica por el hecho de que es un género agotado.
Siempre ha sido cosa difícil producir una buena novela. Para lograrlo bastaba con tener talento. Pero hoy eso no es suficiente. Durante un cierto tiempo, los escritores pudieron escribirlas por la sola novedad de sus argumentos. Por algo se llama al género “novela”, es decir, “novedad”. Así parecieron legibles muchas novelas que hoy resultan insoportables. Pero solo existe un número definido de temas y al escritor del siglo XX le resulta prácticamente imposible hallar nuevas figuras. He aquí el primer factor que limita la creación literaria, aun a pesar del genio y la destreza que posea el que lo intenta.
A esta dificultad, se añade otra quizá más grave. Conforme se iban publicando novelas originales, la sensibilidad del público se fue haciendo más rigurosa y exacta, creció la exigencia de proposiciones “más nuevas”, hasta que se produjo en el lector un embotamiento de la facultad de impresionarse. Este segundo factor gravita hoy sobre todo el género.
Por estas dos razones deduce el ensayista que el género novela, si no está irremediablemente extinguido, se halla en su período último y padece una tal penuria de materias posibles que el escritor necesita compensarla con una exquisita calidad en el resto de ingredientes. La prueba está en que aquellas novelas famosas o “clásicas” que antaño tuvieron éxito hoy parecen peores o “menos buenas”. Son muy pocas las que se han salvado del naufragio en el aburrimiento del lector.
Bajo este supuesto, afirma Ortega que lo importante en la novela no es el argumento, sino los aspectos formales, algo parecido a lo que ocurre con la pintura moderna. El objeto que se expone no está presente en toda su plenitud, solo se ofrecen algunas alusiones a él, pobres y no esenciales. Cuanto más miremos el lienzo, más claro nos es la ausencia del objeto. Esta distinción entre mera alusión y auténtica presencia es, en mi entender, decisiva en todo arte; pero muy especialmente en la novela.
Si analizamos la evolución de la novela desde sus inicios, vemos que el género se ha ido desplazando de la pura narración—que era sólo alusiva— a la rigorosa presentación. En sus comienzos, pudo creerse que lo importante para la novela era su trama. Pero pronto dejaron de atraer las aventuras de los protagonistas, para penetrar más en ellos, entenderlos, sumergirnos en su mundo, en su atmósfera. El imperativo de la novela es la autopsia, el examen minucioso del personaje; nada de referirse a lo que es, sino a lo que hace o dice, para que el lector lo interprete. De narrativo o indirecto, el relato se ha ido haciendo descriptivo o directo. Fuera mejor decir presentativo.
Frente al narrador omnisciente característico de la novela decimonónica, Ortega se inclina por un narrador objetivo, más acorde con el método presentativo que él considera apropiado para la novela. Por eso, Ortega ve como adecuadas para construirla algunas de las técnicas características del género teatral, en particular, la forma de introducir los personajes, a los que el narrador deja dialogar sin su intervención.
Si en una novela leo “Pedro era atrabiliario”, es como si el autor me invitase a que yo realice en mi fantasía la atrabilis de Pedro, partiendo de su definición. Es decir, que me obliga a ser yo el novelista. Pienso que lo eficaz es, precisamente, lo contrario: que él me dé los hechos visibles para que yo me esfuerce, complacido, en descubrir y definir a Pedro como un ser atrabiliario.
Según esto, la novela ha de ser lo contrario que el cuento. El cuento es la simple narración de peripecias. La aventura no nos interesa hoy o, a lo sumo, interesa sólo al niño interior que, en forma de residuo un poco bárbaro, todos conservamos. El resto de nuestra persona no participa en el apasionamiento que el folletín provoca. Es muy difícil que hoy quepa inventar una aventura capaz de atraer a una “sensibilidad superior”, una cualidad que el pensador español exigiría al lector del tipo de novela que él propone.
En Grecia, en la Edad Media, se decía que los actos son consecuencia y derivados de la esencia. En el siglo XIX, se considera como un ideal lo contrario: el ser no es más que el conjunto de sus actos o funciones. A partir de Kant, predomina una exacerbada tendencia a eliminar de la teoría las sustancias y sustituirlas por las funciones. Por ventura, ¿estamos mutando hoy de las acciones a la persona, de la función a la sustancia? Pues sospecho que la novela de alto estilo tiene que tornar de un arte de aventuras a un arte de figuras; más que inventar tramas, debe idear personajes atractivos.
Se atribuye a Dostoievsky el carácter inconsciente, turbulento de sus personajes y se hace del novelista mismo una figura más de sus novelas, que parecen engendradas en una hora de éxtasis demoníaco por algún poder elemental y anónimo, pariente del rayo y hermano del vendaval. Sin embargo, Ortega defiende que, antes que otra cosa, el escritor ruso es un prodigioso técnico de la novela, uno de los más grandes innovadores de la forma novelesca. Sus libros son casi siempre de muchas páginas y, sin embargo, la acción presentada suele ser brevísima. A veces, necesita dos tomos para describir un acontecimiento de tres días, cuando no de unas horas. A Dostoievsky no le duele llenar páginas y páginas con diálogos sin fin de sus personajes para, merced a ese abundante flujo verbal, otorgarles una evidente corporeidad que ninguna definición puede proporcionar.
Ese hábito de no definir, antes bien, de despistar, esa continua mutación de los caracteres, esa morosidad o tiempo lento, no es uso exclusivo de Dostoievsky. Stendhal lo utiliza en todos sus libros mayores, incluso en Rojo y Negro, a pesar de ser una novela biográfica.
Y Proust lleva esa secreta estructura a la máxima expresión: la lentitud llega a su extremo y el relato se convierte en una serie de planos estáticos, sin movimiento alguno, sin progreso ni tensión. La novela queda así reducida a pura descripción inmóvil, sin algo tan esencial como es la acción concreta. Su papel ha de ser mínimo, pero no cabe eliminarla por completo. Al renunciar del todo a ella, Proust ha escrito una novela paralítica.
Por tanto, hay que invertir los términos: la acción o trama no es la sustancia de la novela, sino, al contrario, su armazón exterior, su mero soporte mecánico. La esencia de lo novelesco no está en lo que pasa, sino precisamente en lo que “no pasa”, en el puro vivir, en el ser y el estar de los personajes. La táctica del autor ha de consistir en aislar al lector de su horizonte real y aprisionarlo en un pequeño horizonte hermético e imaginario que es el ámbito interior de la novela. En una palabra, tiene que “apueblarlo”, lograr que se interese por aquella gente que se le presenta. En vez de agrandar su horizonte, ha de tender a contraerlo, a confinarlo. Así y sólo así, prestará atención a lo que dentro de la novela pase.
La novela, aunque constituya un universo autónomo, independiente de la realidad, ha de ser construida con materias que imitan las formas de la vida. El novelista ha de intentar anestesiar al lector para la realidad y recluirlo en la hipnosis de una existencia virtual. El mundo de la novela ha de ser hermético y no trascender el mundo real. Como consecuencia de ese hermetismo, la novela no puede aspirar directamente a ser filosofía, panfleto político, estudio sociológico o prédica moral. Novelista es el hombre a quien, mientras escribe, le interesa su mundo imaginario más que ningún otro posible.
Por lo demás, es la novela el género literario que mayor cantidad de elementos ajenos al arte puede contener: ciencia, religión, arenga, sociología, juicios estéticos, con tal que todo ello quede, a la postre, desvirtuado y retenido en el interior del volumen novelesco. En una novela, puede haber toda la sociología que se quiera; pero la novela misma no puede ser sociológica. La dosis de elementos extraños que pueda soportar el libro depende en definitiva del genio que el autor posea para disolverlos en la atmósfera del relato como tal.
Para terminar, dice Ortega que, con estos pensamientos, no pretende aleccionar a los que sepan de estas cosas más que él: “Es posible que cuanto he dicho sea un puro error. Nada importa si ha servido de incitación para que algunos jóvenes escritores, seriamente preocupados de su arte, se animen a explorar las posibilidades difíciles y subterráneas que aún quedan al viejo destino de la novela. Pero dudo que encuentren el rastro de tan secretas y profundas venas si antes de ponerse a escribir su novela no sienten, durante un largo rato, pavor”.
Un artículo de Manu de Ordoñana, Ana Merino y Ane Mayoz.

miércoles, 23 de mayo de 2018

ÁNGEL SILVELO GANA EL 1º PREMIO DE RELATOS PAISAJES VITIVINÍCOLAS AZORÍN DE LA CÁTEDRA DE ENOTURISMO CASA CECILIA DE LA UNIVERSIDAD MIGUEL HERNÁNDEZ 2018


La Cátedra de Enoturismo Casa Cesilia de la Universidad Miguel Hernández (UMH) de Elche ha convocado un concurso de relatos en homenaje a Miguel Hernández y Azorín, con motivo del 75 aniversario del fallecimiento del poeta oriolano. La UMH establece dos premios: uno dirigido al trabajo sobre un paisaje narrado en verso con el estilo de Miguel Hernández y otro para un paisaje narrado en prosa con el estilo de Azorín. Ambos premios están dotados con 500 euros cada uno y las obras ganadoras se darán a conocer en una de las Veladas Literarias del Restaurante Maestral. 

Por su parte, el vino especial que se presentará es un moscatel blanco y su nombre, ‘Ubre oro’, es una referencia extraída de ‘Oda al vino’, una de las múltiples composiciones en las que el poeta oriolano hace alusión a estos nobles vinos.


martes, 22 de mayo de 2018

TEATRO TRIBUEÑE DENTRO DEL FESTIVAL SURGE MADRID 2018.- AMIGA, ESCRITA Y DIRIGIDA POR IRINA KOUBERSKAYA: LA POESÍA COMO MATERIA PRIMA DEL CORAZÓN



La vida de Marina Tsvietáieva fue dura y trágica como su muerte, cuando el 31 de agosto de 1941 se quitó la vida ahorcándose con la cuerda que había utilizado para su maleta del exilio. Sola, por el miedo de sus amigos a ser perseguidos y exiliados al olvido, y muerta de hambre..., a pesar de que ya dejó huellas de su próximo final con anterioridad: «mi soledad, lavazas y lágrimas. El tono mayor y menor de todo es: horror. Nadie puede ver, nadie se da cuenta que desde hace un año estoy buscando un gancho para morir… No quiero morir, quiero no ser. Un sinsentido… Vivir mi vida hasta el final es mascar ajenjo hasta el fin». Sin embargo, en el otro lado del espejo que fue su vida se reflejó su obra. Una poesía en la que subyace la idea de la metáfora de ese reflejo del espejo que nos libera de todo aquello que no queremos y nos lleva hacia lo más profundo de los sentimientos. Y todo ello como símbolo de la victoria del arte sobre la vida y del paso del tiempo sobre la muerte. La poesía de Tsvietáieva es el grito de la esperanza dentro de la desesperación y el horror, de la entonación a lo largo del poema en perjuicio de la rima, en definitiva, de la poesía como materia prima del corazón. En este caso, la directora rusa Irina Kouberskaya nos ofrece en Amiga —un texto de su autoría— el otro lado de ese espejo que es la muerte: el terreno del amor; un amor que nos lleva hasta el año 1914, cuando la poeta rusa conoce a la también poeta Sofía Parnok, y a la relación que ambas mantuvieron hasta el año 1915.


Amiga es un fragmento en la vida de Marina Tsviétaieva, pero también una íntima coreografía sobre el erotismo a nivel espiritual, y de la sensualidad de dos mujeres que, encontraron la una en la otra, el manantial no sólo de la expresión de sus cuerpos sino también de sus almas: «Los cuerpos se unen/ las almas no.» Ambas, una frente a la otra, descubren el amor desde las entrañas de un alma sensible y apasionada, pero también desde un alma que se enfrenta a la pérdida de la fe y confronta al Hombre con Dios. Esa cotidianeidad que todo lo corrompe es lo que ellas combaten con el silencio, sus manos, sus gestos y su reto de llevar su amor al fin del mundo, allí  donde los acantilados ya no existen ni las olas son el colchón del cuerpo inerte que yace sobre su lecho. Amiga es la lucha por romper los estereotipos para convertirlos en magia y baile y, con ellos, crear unas melodías de gritos y silencios, cartas y desencuentros, distancias y fiestas. Irina Kouberskaya, una vez más, dota a sus personajes de un lenguaje único y poético, ensimismado en los gestos de la mímica y el simbolismo teatral que compagina a la perfección la sencillez de la magnífica puesta en escena con el valor que en sí mismo poseen la música —popular de la Rusia de comienzos del s. XX en este caso— con los abanicos, las sillas reconvertidas en peinetas y ese homenaje a España y sus gentes, tan lorquiano. Lenguaje poético a lo largo y través de la poesía  que viaja en trenes y fiestas, estelas de humo de cigarrillos y ausencias que por fin devienen en furtivos encuentros bajo el manto protector de la noche.


Rocío Osuna es Marina Tsvietáieva; una actriz que le proporciona a su personaje la fuerza del alma incorrupta que se enfrenta y arremete contra todo y todos, incluso contra sí misma. Las razones de su existencia son intangibles para todos, excepto para ella. Un nihilismo existencial al que Rocío Osuna da vida con acierto, y con una fuerza arrolladora que contrarresta la pureza de su anacarada vestimenta. En este sentido, Kouberskaya ha soñado unos personajes femeninos envueltos en un color blanco puro roto que desprenden la virtud del amor sin otra cortapisa que la propia de la pasión y los sentimientos. Un contrapunto que encuentra su razón de ser en Katarina de Azcárate, una Sofia Parnok más comedida en el ímpetu de su lenguaje que no en su verbo. Una Katarina Azcárate que expresa muy bien la corporeidad de la sensualidad femenina y, que juega, cuando no ejecuta, los designios de un amor avocado a su final.


Amiga es una magnífica muestra de lo que a buen seguro será uno de los estrenos del Teatro Tribueñe el próximo otoño, y que gracias al Festival Surge Madrid 2018, hemos tenido la oportunidad de contemplar en sus primeras fases de creación. Una creación que, como todo aquello que toca y dirige Irina Kouberskaya, es pura poesía hecha teatro. Quizá, como en este caso es Amiga: la poesía como materia prima del corazón.  

Ángel Silvelo Gabriel.

domingo, 20 de mayo de 2018

ÁNGEL SILVELO FIRMARÁ EN LA FERIA DEL LIBRO DE MADRID 2018 EJEMPLARES DE SU ÚLTIMA NOVELA, "EL JUEGO DE LOS DESEOS" (PREMIUM EDITORIAL) EL VIERNES 1 DE JUNIO DE 19,00 A 20,00 HORAS —CASETA 213—


OPINIONES ACERCA DE LA NOVELA “EL JUEGO DE LOS DESEOS”

“El escritor abulense Ángel Silvelo Gabriel vuelve al terreno de la novela para narrar, en El juego de los deseos (Premium), la historia de tres mujeres que se alistan en el Ejército para dar sentido a sus vidas. Laura acabará enseñando a un niño afgano a volar su cometa, Adela se hará reservista para conocer el final que tuvo su hija y Galiana buscará en las Fuerzas Armadas una libertad que su vida como civil no le otorga. Las peripecias de estas soldados muestran la fortaleza de las mujeres que eligen una profesión en la que, con demasiada frecuencia se las invisibiliza.”

Álvaro Colomer en la revista YoDona.

“Conjugando las áridas noches de Afganistán con la hierática belleza multicultural de Toledo, temas como la guerra, la soledad, la incursión de la mujer en el ejército y las desconexiones familiares, sobrevuelan a lo largo de todo el relato bajo la alargada sombra de ¿hasta qué punto conocemos, y comprendemos, a nuestros seres queridos?”

Jaime Martínez en VEIN Magazine


“A día de hoy, uno de los temas más importantes y actuales en las Fuerzas Armadas es la situación de la mujer dentro de ellas. La novela que nos ocupa trata sobre ello, pero es mucho más. Es una historia de tres mujeres… que aborda asuntos trascendentales del día a día, aunque a veces nos pasen desapercibidos, como es el sentido de la vida o de la muerte, la soledad del individuo, angustiosa, y por fin la dignidad. Esta es la que hace llamarnos seres humanos. Libro ameno y absolutamente recomendable.”

Javier Fernández Aparicio en Biblioteca Centro Documentación de Defensa


"El juego de los deseos es un trabajo hermoso, que al leerlo va inoculando en nosotros la idea de belleza que puebla el texto. Tres mujeres, y la belleza de sus tres voces, y la de sus tres formas de sentir... la belleza de tres almas que alimentan una novela que es un hondo canto que surge de la ausencia y de la pérdida… Léanla. Déjense llevar por su belleza… dejen que la novela hable y seguro que escucharán que, algo en su interior, late."

Anamaría Trillo, periodista y escritora


“Ángel Silvelo sitúa en su última novela, El juego de los deseos, a tres mujeres que dan salida sus frustraciones alistándose en las Fuerzas Armadas, y que se enfrentarán a situaciones que nunca creyeron que vivirían en una obra “concebida como un largo poema a tres voces”. La historia, a tres voces, lleva al lector desde Qala-i-Naw (Afganistán) a Ayamonte (Huelva) pasando por la Academia de Infantería de Toledo en un periplo que propone de “misterio e intriga” para desembocar en “un desenlace abierto e inesperado”.

En Mujeres militares españolas


“Compré por casualidad, sin conocer al autor, la novela El juego de los deseos en la Feria del Libro. Su novela ha sido un descubrimiento de esos que te parten y cambian bruscamente el corazón. Basta un poco de sensibilidad. Hacía años que no había leído algo tan importante, tan profundo, tan inteligente. Es de esas novelas que te cambian la vida. Es de esos libros que tienes que leer con una libreta para apuntar continuamente frases que ya se convierten en tus frases de cabecera. Los personajes te acercan muchas veces a las lágrimas al introducirte en su laberinto. Almas apresadas en el devenir descarnado y sangrante, esa cárcel lacerante y cruel, que es la vida.”

Anónimo recogido en el blog Fragmentos


El juego de los deseos, sugestivo título para un no menos interesante libro de Ángel Silvelo Gabriel, que nos tiene acostumbrados a unos relatos intimistas redactados en una maravillosa prosa poética. Este último libro es, además, un emocionante relato de las historias entrecruzadas de tres mujeres que se desenvuelven en un mundo hostil donde, pese a todos los obstáculos, luchan por alcanzar sus sueños... Ha sido un placer paladearlo lentamente.”

Rosa María


"Sobre los libros tengo una personalísima clasificación: los que me distraen, esos que tienen acción, emoción, intriga, que me empujan a llegar al final para saber el desenlace. Los hay muy buenos, se leen deprisa y me hacen pasar muy buenos ratos. Excelentes para huir; y los que principalmente me enseñan cosas que no sé. Esos que han hecho que me aficione a la Historia, al Arte, a la cultura en general. Esos se leen más despacio porque hay conceptos, datos, hechos que desconozco y que quiero retener y relacionar entre ellos. Son los que han alimentado mi curiosidad sinfín y me dejan siempre con ganas de más. De estos últimos son tus libros, Ángel."

Eloísa Martínez