Tiempo de comunicaciones rotas

Tiempo de comunicaciones rotas

jueves, 2 de julio de 2020

THOMAS MANN, LA MUERTE EN VENECIA: LA BELLEZA ENVENENADA


Los lugares comunes que habitan dentro de nosotros y, sin embargo, pasan desapercibidos para nuestros sentidos hasta que aquello en lo que nunca nos fijamos o sentimos se apodera de nuestra zona oscura de una manera fortuita para zarandearnos en lo más íntimo y remoto de nuestro ser, como si de repente nada hubiese tenido sentido hasta entonces, es el marco de un cuadro cuyo fondo es el de la desesperación. Una desesperación que representa la ruptura que nos viene anunciada por los sentidos y no por la razón, lo que nos hace dudar de ella. Sin embargo, nada podemos hacer para evitarla, porque cuando esa vocación secreta sale a la luz es igual al nacimiento de un nuevo ser. Un monstruo interior que una vez que se libera nos traslada hasta ese abismo del que no podemos separarnos, por mucho que sepamos que ese nuevo ser es la expresión única de la belleza envenenada que el destino ha decidido poner en nuestra vida. La muerte en Venecia de Thomas Mann es ese canto del cisne que se produce cuando no cabe esperar nada más allá de la repetición tozuda y pertinaz de nuestros días y, que en el caso del protagonista de esta novela corta —el escritor, Gustavo Aschenbach—, es la ilusión de realizar un viaje que le acoge durante un paseo del mes de mayo por los alrededores de Múnich, cual Robert Walser que se hubiese hecho presente en la persona de Aschenbach: «Era sencillamente deseo de viajar; deseo tan violento como verdadero ataque, y tan intenso, que llegaba a producirle visiones». Unas visiones que, al final, le llevarán a la ciudad de Venecia, llegada y punto final de sus aspiraciones más oscuras. Venecia, junto a su destino, le esperó con sus baños de sol, sus calles estrechas y estranguladas, sus monumentales palacios e irrepetibles iglesias, y el viento tórrido y húmedo que recorría sus plazas y canales. Una Venecia que supuso un punto de inflexión en el carácter moral tanto de su vida como de su obra: «Para que cualquier creación espiritual produzca rápidamente una impresión extraña y profunda, es preciso que exista secreto parentesco y hasta identidad entre el carácter personal del autor y el carácter general de su generación… ¿Por qué había de extrañar, entonces, el hecho de que lo más peculiar de las figuras por él creadas tuviera su carácter moral?»

 

La muerte en Venecia de Thomas Mann supone ese enfrentamiento muchas veces invisible entre lo deseado y lo realizado, donde el camino de la búsqueda de la belleza se transforma en una nueva forma de encontrar aquello que nunca fuimos capaces de admitir que nos pertenecía. Para Aschenbach tomará la forma de un cuerpo bello y transparente, el del joven polaco Tadrio: «¡Qué disciplina, qué exactitud de pensamiento expresaba aquel cuerpo tenso y de juvenil perfección! Pero la voluntad severa y pura, que en esfuerzo misterioso había logrado modelar aquella imagen divina, ¿no era la que él, artista, conocía a la perfección? Un artista que finalmente sucumbe por la fuerza de los sentidos ante esa belleza espiritual que le vence». Solo y perdido en sus propias divagaciones, de las que apenas huye cuando visita la ciudad encantada de Venecia y su embrujo, marcha con paso firme hacia aquello que ni siquiera él conoce o es capaz de admitir, porque como dice el propio Thomas Mann, en boca de su protagonista: «Así los dioses, para hacernos perceptible lo espiritual, suelen servirse de la línea, el ritmo y el color de la juventud humana, de esa juventud nimbada por los mismos dioses para servir de recuerdo y evocación, con todo el brillo de su belleza, de modo que su visión nos abrasa de dolor y esperanza.». Un dolor y una esperanza que se desvanecen en el horizonte que nos acerca al final de la vida. 

Thomas Mann, con un depurado estilo de la concreción y el ritmo a la hora de mostrarnos todo un inabarcable universo, se apoya en el discurso entre Sócrates y Fedón para reafirmar el carácter destructivo que a veces posee la belleza en sí misma como productora de espejismos que sólo percibe aquel que los sufre: «La belleza es, pues, el camino del hombre sensible al espíritu, sólo el camino, sólo el medio, Fedón… “La dicha del escritor es su posibilidad de transformar la idea enteramente en sentimiento; el sentimiento, totalmente en idea”». Y es en esa ambivalencia, entre razón y deseo, donde La muerte en Venecia se transforma en la belleza envenenada. 

Ángel Silvelo Gabriel.


jueves, 25 de junio de 2020

JOHN BANVILLE, EL MAR: LA LETANÍA DEL AHORCADO


El mar como refugio de la muerte y sus recuerdos. Y también de la vida y sus encrucijadas. Interrogantes, unos y otros, que sólo uno mismo sabe que están ahí. A la espera de esa respuesta imposible, como imposible es resucitar a la persona que se ha ido. Un desaparecido entre el vaivén de las olas que todo lo tragan, y a veces, algo nos devuelven. La metáfora del mar en la novela de John Banville es como una letanía del ahorcado, porque en ella se hayan todas las plegarias del amor y del pasado. De aquello que se silenció y nunca se dijo. De la lealtad ante el precipicio que conduce a la muerte. Y de la fuerza de un pasado al que se necesita volver para revisitar aquello que fuimos, porque ese es el único refugio en el que abrigarnos de la intemperie del día a día. Con un estilo pulcro y sin más florituras que las de sugerir más que mostrar, Banville se precipita en esta novela —ganadora del Premio Man Booker 2005— sobre la incapacidad que mostramos sobre la soledad forzada; sobre la fragilidad del ser humano que no sabe hacia dónde dirigirse sino es a ese mar que esta vez ni cura ni salva, sino que se muestra retador con los recuerdos. En esos márgenes donde la marginalidad no levanta sospechas, su protagonista, Max Morden, muestra esa rebeldía —solapada a lo largo de su vida— para pedir un auxilio asincopado carente del ritmo frenético de las emergencias.

En esta novela el mar se nos muestra como un escenario imaginario dentro de la mente de Max Morden y lleno de esa capacidad innata de evocación que tienen las olas a la hora de rescatar esa parte de nuestras vidas que se desdibujaron por el continuo vaivén de los días. En clave casi poética a veces, irónica otras y con dosis de novela negra en su recta final, Banville nos sumerge en un universo de ahorcados sin sogas visibles al cuello. En una sociedad que desprecia a la muerte y nos muestra a los seres humanos como personajes de ficción: inmortales y atados a las carencias de unos valores que necesitan de la plenitud de una juventud imaginaria y siempre imaginada. Al otro lado de esa hueca salmodia, el protagonista de El mar se pierde en su propio espejismo, aquel que busca un sentido contrario a la inmortalidad y al nulo valor que le damos a la muerte. Como nulo es el culto que nuestra forma de vida tiene hacia las miserias ajenas. Igual de nulo que el de aquellos que nos avisan de que la vida es un camino lleno de abismos. Abismos que solo ven y solo sufren los que conocen cual es el verdadero valor de la vida. Aquel que se refugia en el preaviso de una muerte anunciada. La constatación de una ausencia. O el triunfo del que se lanza al vacío desde la azotea de un edificio de catorce pisos de altura. El culto a la vida solo piensa en sí mismo. Y en despreciar a los demás. Es un espejo que no tiene la cualidad del reflejo. Es un agujero negro, compacto y oscuro, porque nadie acepta la fuerza genocida de la barbarie que se cierne sobre nuestros hombros. En este tiempo de pandemias indiscriminadas las muertes pesan. Y a los muertos se les olvida. Muertos como hologramas planos que primero aparecen y más tarde se van. Nuestra inmolación de la muerte es infinita, igual de infinita que el dolor que provoca la ausencia de la persona amada.

John Banville, en El mar nos arrastra hacia su interior para mojarnos con esa letanía del ahorcado que se convierte en una oración ordenada de movimientos reflejos que nos conducen a una sinergia donde el instinto no puede engañar a los sentimientos. Y donde la muerte no es un simple pasar página, como si todo se redujera a una apacible tarde de playa con sombrilla incluida con la que poder refugiarnos del dios sol y sus dañinos rayos que todo lo envejecen y precipitan. Como dijo Albert Camus: «El Acto más importante que realizamos cada día es tomar la decisión de no suicidarnos.»

Ángel Silvelo Gabriel. 

jueves, 11 de junio de 2020

FERNANDO PESSOA Y LISBOA: UN GRAN TEATRO DE VOCES


En el 132 aniversario del nacimiento de Fernando Pessoa (13 de junio de 1888), en la ciudad de Lisboa, la vida sigue siendo un gran teatro de voces: de nuestra infancia, casi olvidada; de nuestra adolescencia, siempre perturbada por el juego de los deseos; de nuestra juventud, atascada por la voluntad de los otros; y de nuestra madurez, perdida en la llanura del tiempo. Atravesar ese teatro de voces es como querer parar el tiempo y de ese modo iniciar el transcurso de nuestros días, pero lejos de creer que eso sea posible es preferible pensar que ese imaginario teatro de voces es como arribar en la nada por el simple placer de sentir la perfecta sincronía de estar solo y perdido. Solo y perdido en un bosque que nadie más que uno mismo conoce; un bosque en mitad de una naturaleza que, por fin, es lo que uno quería que fuese, y en la que uno se cobija como si fuera el animalario de sus sentidos. De ese modo, vista, olfato, tacto, gusto y oído, se nutren, cada uno de ellos, de la esencia del resto de los sentidos, igual que hacen las entrañas mientras yacen desdibujadas en nuestro interior. Esa posibilidad de lo imposible es igual que un mero acertijo que se repite día tras día y, que para nuestra desdicha, no termina ni con la muerte, porque «somos arrojados a la intemperie de un mundo desencantado, y con la implacable lucidez de saber que no hay escapatoria o refugio, ni en este mundo ni en otro». 

Ante esta intemporalidad de la vida Pessoa decía que: «Nunca he sentido nostalgia de la infancia; nunca he sentido nostalgia de nada. Soy, por índole y en el sentido literal de la palabra, futurista… Tengo del pasado tan sólo la nostalgia de personas idas a las que he amado; pero no es una nostalgia del tiempo en que las amé, sino de ellas; las querría vivas hoy, y con la edad que hoy tendrían si hasta hoy hubiesen vivido.» Esa búsqueda, sin duda, le hizo descubrir su drama en gente, porque a través de la literatura él encontró la forma de estar vivo, tal y como dejó plasmado con apenas veinte años: «el primer alimento literario de mi infancia fueron los numerosos relatos de misterio y horribles aventuras. A los libros que se suelen llamar infantiles y tratan de experiencias emocionantes nunca les presté atención. Nunca me identifiqué con la vida saludable y natural. No me fascinaba lo probable sino lo imposible, y no lo imposible por grado, sino por naturaleza. 

            Mi infancia fue tranquila, mi educación adecuada. Pero desde que tengo conciencia de mí mismo, he percibido en mí una tendencia innata a la mistificación, a la mentira del arte. Añádase a esto un gran amor por lo espiritual, por lo misterioso, por lo oscuro, que, después de todo, no es sino una variante de ese primer rasgo de mí mismo, y mi personalidad queda completamente descubierta ante la intuición». Ese Pessoa: solitario, temeroso, muy imaginativo, sensorial y sensible fue un niño que no paraba de buscar en la frontera que dividía a la realidad de la ficción. Voces y sonidos del exterior que traducía a su propio lenguaje. Pessoa, hay que reconocérselo, nunca quiso transitar por un mismo terreno, lo que le llevó a cultivar tantas formas de expresión como su mente y el tiempo en el que vivió le permitieron: anuncios, cartas comerciales y amorosas, poesías épicas, futuristas o mecanicistas, novelas policiacas, diarios apócrifos, ensayos de historia y filosofía, manifiestos políticos y patrióticos, relatos breves, críticas de arte…, por tanto, no le debió resultar tan extraño que la figura del amigo imaginario se le hiciera presente junto a la capacidad creativa y lectora de una forma temprana en su infancia, más si cabe, cuando se vio obligado a aislarse del teatro de voces procedentes de la Ópera de Lisboa —Teatro San Carlos— que se hallaba frente a su casa, o de la niña que no dejaba de aporrear el piano en el piso de arriba mientras aprendía a tocarlo o desafinarlo. Ambas circunstancias le llevaron a marcar un territorio, en el cual, nadie podría entrar y, en el que además, se aisló de esa gigantesca caja de sonidos en la que había sido depositado tras su nacimiento. Desde entonces, ese mundo interior que tanto fomentó desde pequeño le exilió de una forma definitiva de la sordidez de aquellos sonidos y aquellas gentes que no le interesaban nada. Él buscó y halló sus propios sonidos reconvertidos en ecos de voces múltiples. Amigos imaginarios que, sin embargo, no eran invisibles dentro de su cabeza, y que le hicieron ser ese otro siempre a la fuga. A la fuga de la soledad. A la fuga de ese perpetuo caos de sus sentidos desde el que nacía su soledad; una soledad que combatió a través de los heterónimos: su particular teatro de voces. Amigos imaginarios que le capacitaron para crear su propia escena artística y cultural desde su aislamiento. Fronteras que se superponían unas a otras a través del lenguaje y las palabras, donde aquello que más importaba era lo que no se tenía. Su praxis vital estuvo llena de experiencias perdidas, de ensoñaciones rotas por la luz del día al amanecer, de vidas imaginadas por otros e imposibles de vivir en un mundo adherido a la racionalidad de la materia. Pessoa fue un poeta oficinista y un niño con amigos imaginarios que no sabían eludir la irracionalidad de sus pensamientos o el tormento de la perfección que le castigaba con la imposibilidad de llegar a ser feliz. ¿Para qué queremos ser felices si no sabemos disfrutar de la felicidad? 

Pessoa encontró su particular saudade en las tascas, bodegas y cafés de Lisboa que, en su mayor parte, ya no existen, si exceptuamos su preferido, el Martinho da Arcada, donde todavía permanece vacía la silla en la que él acostumbraba a sentarse junto a sus gafas; o el célebre A Brasileira, plagado de turistas que, ávidos de inmortalizarse junto a la escultura del poeta, no son conscientes de que cada vez que se sientan a su lado, le tocan, o se hacen una fotografía abrazados a él, poco a poco borran las huellas de su leyenda. Unos turistas que, en su mayoría, desconocen que muy cerca de allí nació el poeta, en el Largo de San Carlos número cuatro, un inmueble que se hallaba frente a la Ópera de Lisboa —Teatro de San Carlos— y, que también fue bautizado a pocos metros de allí, en la Iglesia de Los Mártires del Chiado y, que casi al lado de ambas, se halla la que dicen que es la librería más antigua del mundo —la librería Bertrand en la misma Rua Garrett—, que hace de testigo de todo ese enjambre pletórico de recuerdos y melancólica nostalgia donde reposar los sueños: los propios y los ajenos. La Lisboa de Pessoa es muy distinta a aquella que él mismo describió en 1925 en una guía que tituló Lo que el turista debe ver, una suerte de redacción descriptiva que parece una venganza de cara a alejar a todos aquellos que deciden visitarla, porque la verdadera, la Lisboa de Pessoa, es otra. Una ciudad que, desde su infancia, él convirtió en un gran teatro de voces.  

«Otra vez vuelvo a verte, pavorosamente perdida ciudad de mi infancia… Ciudad triste y alegre, otra vez sueño aquí… ¿Yo? ¿Pero soy el mismo que aquí viví y volví, sí, y que aquí volví a volver y volver, y que volví a volver aquí aún, todavía? ¿Somos quizá esos Yo que estuve aquí o estuvieron, serie de cuentas -entes enlazadas por un hilo- memoria, serie de sueños míos de alguien que me es externo? 

Poema Lisbon revisited

«Otra vez vuelvo a verte,

pavorosamente perdida ciudad de mi infancia…

Ciudad triste y alegre, otra vez sueño aquí…

¿Yo? ¿Pero soy el mismo que aquí viví y volví,

sí, y que aquí volví a volver y volver,

y que volvía a volver aquí, aún, todavía?

¿Somos quizá esos. Yo que estuve aquí o estuvieron,

serie de cuentas —entes enlazadas por un hilo— memoria,

serie de sueños míos de alguien que me es externo?

 

Otra vez vuelvo a verte,

El corazón un poco más remoto y el alma menos mía.

 

Otra vez vuelvo a verte -Lisboa y Tajo y todo-,

inútil transeúnte que soy de ti y de mí,

aquí extranjero como en todas partes,

casual en la vida al igual que en el alma,

fantasma errando por salas de recuerdos,

al rumor de ratones y de tablas que crujen

en el maldito castillo de tener que vivir…

 

Otra vez vuelvo a verte,

a ti, sombra que pasa entre sombras, y brilla

un momento, a una luz desconocida y fúnebre,

y penetra en la noche cual la estela de un barco se pierde

en el agua y se deja de pronto de oír…

 

¡Otra vez vuelvo a verte,

pero, ay, ya no me veo!

Quebró el mágico espejo en que me volvía a ver idéntico,

y en cada fatídico fragmento veo ya, solamente, solo un poco de mí,

 

¡tan solo un poco, sí, de ti y de mí!... 

Ángel Silvelo Gabriel.

domingo, 31 de mayo de 2020

ELIZABETH SMART, LOS PÍCAROS Y LOS CANALLAS VAN AL CIELO: LA VOZ QUE SURGE DEL DESTIERRO


Buscar un sentido al destierro que supone marchar lejos de la felicidad que una vez se apoderó de nuestras entrañas, es tan duro como admitir que: «No hay gas; no hay calefacción, apenas hay comida». En ese terreno de olvidos y ausencias es en el que se desarrolla esta novela. Una historia de imágenes y voces que se abren paso a través de la penumbra que significa hacerlo bajo la soledad y el amor del que siempre espera aquello que nunca llega. Esa soledad que, para Smart, supone la de no tener amigos, o con quien hablar, o a quien confiarle sus pensamientos y naufragios. Resultado de todo ello es Los pícaros y los canallas van al cielo. Una voz que surge del destierro. Un destierro de hambruna y necesidades tras la Segunda Guerra Mundial al que ella se enfrenta sola, con sus hijos. Aquellos que surgieron de esa pasión a destiempo y a plazos con George Baker: su obsesión y su propia tumba. A través de una poética prosística, Elizabeth Smart nos vuelve a plantear aquello que surge de su interior de una forma apasionada, libre y sin tapujos. Sus estados anímicos y sus pesadillas se abaten sobre las páginas de esta novela de una manera contundente. Una novela que va creciendo desde la angustia del silencio y el olvido a la esperanza de haber realizado bien su único y verdadero trabajo: el de madre. 

Los pícaros y los canallas van al cielo se mueve en escenarios muy delimitados como son la oficina, la casa o el pub. Lo que no supone un obstáculo para Smart a la hora de expresar la cruda realidad a la que se enfrenta: «Un bolígrafo es un arma furiosa. Pero necesita una ira voluntariosa. Todo lo físico muere, pero puedes echar una mirada de disgusto al final del tiempo. Puedes manipular el brillante y distraído momento de huida eterna.» Ese ajuste con el tiempo y la vida es otra de las caras de esta historia que busca una salida una y otra vez a la existencia de una mujer atrapada en una época en la que no pudo llegar a ser ella misma. Desde una postura activista, Smart revisa muchos de los planteamientos existenciales a los que las mujeres más avanzadas de la primera mitad del s. XX se enfrentaron cuando invocaron su voz ante una sociedad que no admitía esa transformación en las normas de convivencia que representaban la libertad sentimental y sexual. Unas normas que, para aquellas mujeres, fueron una sentencia a la hora de afrontar sus destinos. 

En todo ese aislamiento físico y mental, Elizabeth Smart, con gran esfuerzo, encontró el camino de la literatura para hacer valer su vida y su talento. Un talento al que no le faltan buenas dosis de ironía, como la que ya viene implícita en el título. Un talento apuntalado en un amplio eco cultural de citas y referencias en las que apoya su narrativa. Una narrativa siempre dispuesta a sorprendernos y replantearnos la esencia de las vidas inacabadas. Vidas que emergen como la voz que surge del destierro. 

Ángel Silvelo Gabriel.

sábado, 16 de mayo de 2020

ANNE WALTER, LAS RELACIONES DE INCERTIDUMBRE: LA SUMISIÓN Y LA DEPENDENCIA DEL DESEO



Atravesar la barrera de la moral para agitar al deseo del que mira, del que pervierte, de quien acepta la sumisión y la dependencia del deseo. Recorrer los senderos que van desde la perversión al amor en relaciones de incertidumbre que se rigen por sus propias normas y sus ritos. Es en ese terreno donde las relaciones entre el pintor y la modelo se nos muestran como territorios inexplorados y vírgenes, pero también transformadores. Y donde Anne Walter indaga a la hora de mantener la tensión del deseo y la sumisión del sexo que va desde la sorpresa a la expiación de los límites entre la realidad y la voluntad del que se muestra como ser receptor de las perversiones y fantasías ajenas. «Desde el día de mi sujeción, la obra de V* se expande: “Muchachas…” a la vez temblorosas y reservadas. “Interiores…” con objetos pensativos y recogidos. Una obra tan sutil, tan pura, y que se nutre de lo más secreto de mi carne…»



Con puntos en común con “Historia de O” de la también escritora francesa Pauline Réage, sobre todo, cuando la protagonista busca su propia identidad —que para ella permanecía oculta— a través de aquello que da por amor a otro. De aquello que percibe como medio con el que satisfacer a la persona de la que se ha enamorado. De aquello que representa al cuerpo como una droga necesaria para quebrar el miedo a la pérdida, al culto o al enigma que representa romper el tabú de poseer a la persona amada. Las relaciones de incertidumbre nos descubren con una economía verbal magistral las coordenadas de una experiencia que solapa la virtud con la obsesión. El deseo con la sumisión. El amor con la pérdida de aquel a quien se ama por más que nos mostremos dóciles a la hora de consentir todos sus deseos.



Al otro lado de estas relaciones de incertidumbre está él, V*, el pintor, el artista. Silencioso. Enigmático. Perverso. Voyeaur. Obsesivo. Dominador desde el poder de su mirada. Irreflexivo desde la desesperanza de su inacción. Débil desde la incapacidad para amar o ser amado. Irreverente a la hora de abrir el pétalo del deseo de su modelo, de su amante, de su obsesión que se plasma en el relato que compone con los cuadros que esa relación atracción-destrucción genera, y en el silencio que la rodea. Todo ello, bajo la proximidad del Sena, la complicidad de un París oscuro de final de verano. Una ciudad apenas adivinada por sus cafés, el anticuario desde el que ella parte hacia un universo oscuro y vital que desconoce a dónde la llevará. Una ciudad permanente en la trastienda del deseo que se prolonga en las estancias del estudio de V* y que permanece muda ante la escenificación de unas relaciones de incertidumbre que anhelan la plasmación de un amor sin intermediarios. Amor entre el pintor y la modelo que esta vez subyace en el reflejo de sus cuadros. En las largas sesiones donde ella adormece para entregar lo más puro y vulnerable que posee: su alma.



Anne Walter que, en 1959, ya había publicado Monsieur R., regresó en 1987 a la novela tras su paso como profesional del cine, para mostrarnos con una intensidad y una síntesis arrebatadoras, un universo de tentaciones y secretos que se van despojando del miedo a ser mostrados hasta llegar a revelarnos las pulsiones de la sumisión y la dependencia del deseo. «La vida se escurre entre las palabras, las personas nos pasan volando entre los dedos; todos, cuando llega el día, desaparecemos como esos ríos de las Causses que, más lejos, más tarde, resurgirán; en fin, así lo creo.»



Ángel Silvelo Gabriel.

lunes, 11 de mayo de 2020

MIGUEL DELIBES, LAS RATAS: LAS MISERIAS Y GRANDEZAS DE UNOS DESTERRADOS QUE VENCIERON AL SILENCIO MÁS DURO QUE EXISTE: EL DE LOS OLVIDADOS



La ternura y la esperanza con la que un niño reinterpreta la vida se vuelcan sobre las miserias y grandezas de unos desterrados que vencieron al silencio más duro que existe: el de los olvidados. Y lo hacen, con la armonía que desprende la inteligencia o la bondad exenta del interés que posee el Nini, y que a su vez, cercena la mirada de los vecinos que necesitan combatir el miedo a la incertidumbre. Un miedo y una incertidumbre que proceden del cielo, como si todavía el mundo girase alrededor de los dioses del viento, la lluvia o la nieve. Una mitología que acentúa el poder de la ignorancia que solo se basa en la tradición de unas costumbres que fuera de esa inhóspita geografía ya no tienen razón de ser. El drama de estos olvidados de las tierras de la Castilla rural, en Las ratas, nos azota con la precisión narrativa y la versatilidad lingüística que Miguel Delibes les proporciona, de tal forma que, a día de hoy, podríamos decir que es mágica, por el componente de fenómeno asombroso que tienen. Un poder, el de la magia, que bajo la mirada siempre limpia e inteligente del Nini se nos hace presente con la misma naturalidad que transcurren los días de un pequeño pueblo que rige su existencia por el santuario, en lo que supone un nuevo ardid narrativo de Delibes, al poner por encima de todo ese universo cerrado y omnívoro, el poder de la naturaleza y su profundo amor hacia el campo y sus gentes. La señora Clo, la Sime, el Malvino, el Justito, el José Luis, Matías Celemín (el Furtivo), el Rabino Chico, El Antoliano, el Agapito, el Rosalino, el Virgilio, don Antero (el Poderoso), o el tío Ratero (el padre del Nini) son los verdaderos protagonistas de esta alegoría de privaciones y silencios, miseria y tragedias, esperanza y mitos que rige sus vidas por un azar que no existe tras el Cerro Chato, el Portón del Noroeste y el Cerro Cantamañanas. Todos ellos, accidentes geográficos de ese deslinde de la vida en el que permanecen anclados los personajes de Las ratas.



Miguel Delibes concibió este libro como la mejor manera de hacerle un regate a la censura que no le permitía denunciar la situación de abandono y miseria de las gentes de una Castilla rural que todavía permanecía sumergida en la noche de los tiempos en los artículos del periódico que dirigía, El Norte de Castilla. Y su destreza fue tal, que no solo consiguió su propósito, sino que Las ratas fue Premio de la Crítica 1962. Su particular y pertinaz lucha, y su fidelidad para con aquellos que como él mismo confesó pasaron junto a él (en su cabeza), una buena parte de su vida, no es más que el fiel reflejo de la pureza y la bondad hacia aquello en lo que uno cree. De ahí, que no sea tan extraño que un personaje literario tan bien conseguido como el del Nini pertenezca a esa nómina de héroes silenciosos que dejan huella con su sola presencia. El Nini es un Mesías, o un regalo dentro de la oscuridad y la desesperanza de todo un pueblo. Un símbolo que, en sí mismo, representa la posibilidad del cambio. Un cambio que, sin embargo, necesita no caer en el saco del olvido.



Las descripciones tan bien escritas y resueltas de la naturaleza que rodea a Las ratas son un símbolo de la pasión que el campo y la naturaleza despertaban en Delibes, gran defensor de la caza y su papel protagonista sobre los ajustes de un mundo que conocía a la perfección. Unos ajustes que en esta novela también son denunciados a través de personajes como el Furtivo, cuando no son respetados. En esta novela donde todo cabe y nada sobra, el escritor vallisoletano despliega la destreza de un ritmo que solo es controlado por el corazón vivaz y generoso de quien se sabe la voz de aquellos que no la tienen. Como diría el propio Delibes: «Mi vida de escritor no sería como es si no se apoyase en un fondo moral inalterable. Ética y estética se han dado la mano en todos los aspectos de mi vida.»



Ángel Silvelo Gabriel.

sábado, 9 de mayo de 2020

NIET!, HUMILLACIÓN: EL ARTE DE LA REPETICIÓN ACÚSTICA ENTRE VOCES CANTADAS, HABLADAS Y SUSURRADAS



Juegos obsesivos. Incontrolados. Alucinógenos. Sonidos que se desplazan sobre la base de unos teclados que asumen el eco y el papel de la oscuridad y la incertidumbre. Melodías que se abren camino a través de tiempos emocionales que son sintéticos y repetitivos como la búsqueda de la propia identidad. El arte de la repetición sobre el abismo sonoro de las voces cantadas, habladas y susurradas conforman la parálisis expresiva de Niet! en Humillación. Un álbum electrónico que experimenta con sonidos subversivos el concepto musical que, la productora tangerina, revisita en este trabajo. Nueve canciones que se mueven entre el synth pop, el slow tempo y unos sintetizadores oscuros y provocadores como la propia humillación y la noche de los tiempos que la cobijan.



La descarga de esa fuerza incontrolada que procede de las sinergias vitales de una Niet! entregada en cuerpo y alma a su concepción del ritmo y la electrónica, ya están presentes en Control, un corte que nos habla de su gran capacidad para el mimetismo sonoro que rebota en frases que desarrollan la obsesión de la repetición y se transforman en una ola magnética de siluetas impredecibles. Arriba, abajo… arriba, abajo, en una constante indeterminación de voces cantadas: «Tú no eres dueña de ti misma... Te acuerdas de eso que eres una bocazas… Bang.» Una búsqueda argumentativa que encuentra grandes proporciones de ecos que se reproducen sin miedo en Devastación, una sinfonía de intrigas y ajustes emocionales que surgen de la necesidad de expulsar los traumas que nos acechan tras cada nota que se reproduce fuera del control: «Córtale las cuerdas, déjalo sin alas… La vida se arruga como una manzana». Humillación, el tema que da título al álbum es una mezcla de suspiros y riffs electrónicos que desembocan en «No lo dejes crecer… No me puedo creer que este salto mortal no me llegue a romper». Una mezcla de sintonías que le hacen de difícil clasificación más allá de representar el código artístico que sigue de una manera muy fiel Niet! a lo largo de su último trabajo.



Bloques sonoros que siguen en Pérdida, cuya secuencia musical bien podría la banda sonora de una serie de intriga, redención y muerte, por la magnitud que posee el corte dark de su naturaleza que se propaga a lo largo de entrecortados suspiros y ecos que nos obligan a la búsqueda de la luz tras el manto oscuro que las cubren. Ese ritmo identificativo con un chill out electrónico de alguna de las composiciones de este Humillación es el que hallamos en Vértigo, un tema más luminoso en cuanto a su concepción sonora, pero igual de sintético: «A veces pienso que mi vida es un reloj… O es un sobre cerrado sin abrir». Alucinaciones repetitivas de la soledad y la propia identidad que se intensifican con los ecos de un triángulo sonoro persistente y caprichoso.



Percusiones salidas de las entrañas soñadas en una noche sin luz. Noche de enigmas sin solución ni remordimiento. Noches de sintetizadores rompedores, líricos y provocadores como los que conforman la melodía de Innombrable uno de las canciones de este álbum que de una forma adictiva se queda pegada a nuestro particular latido musical. Metáforas que se resguardan o cobijan en Humillación, el tercer disco de Niet!, su séptimo si sumamos sus álbumes grabados como Hypersunday. Un trabajo repleto de simas y cumbres. Ritmos acompasados y destructivos. Almas rotas repletas de experiencias y emociones indescriptibles que, por arte de magia, se convierten en testimonios sonoros en forma de canciones: «Adiós, me voy… Adiós les dejo con el nombre del cabrón que hizo suya mi canción… Adiós, adiós, adiós».



Ángel Silvelo Gabriel.

jueves, 7 de mayo de 2020

IRÈNE NÉMIROVSKY, SUITE FRANCESA: LA VERDAD QUE SOLO CONOCE EL CORAZÓN



El fantasma que se apodera de nuestras vidas en la tragedia. La difícil decisión que supone renunciar a la forma de vida que llevamos hasta que nos damos cuenta, demasiado tarde, de que no hay vuelta atrás. Y el miedo que nos persigue en esa huida hacia lo desconocido, son solo parte de ese gran caleidoscopio de situaciones, vidas y sentimientos que recorren esta novela-mundo. Una novela-mundo que nos retrata a la perfección esa faceta en la que tan mal nos desenvolvemos: la incertidumbre. Una incertidumbre que nada más que nos proporciona caos, miedo y un instinto de supervivencia que acaba por destruirnos. Si las guerras en el s.XX fueron la máxima representación de la barbarie que el ser humano es capaz de producirse sobre sí mismo, las pandemias parecen serlo de este s.XXI recién comenzado, lo que nos demuestra que  estamos condenados al fracaso, porque nunca seremos capaces de admitir nuestros propios errores. Sin embargo, ese caos que nos proporcionan ambas, nos habla de la contemporaneidad de esta gran novela y de las duras condiciones en las que fue concebida.



Suite francesa es el resultado de ser parte de la tragedia, y de la capacidad que su escritora tuvo a la hora de alejarse de ella y plasmar en un cuaderno una parte de la historia de la Humanidad. Una historia a la que solo cobijaron las manos de quien la escribió y las hojas de los árboles sobre las que se asentó y protegieron cada mañana cuando se aislaba de la realidad y se sumergía entre árboles y pájaros como mejor refugio a modo de un fino manto que recubre la verdad que solo conoce el corazón. Una verdad que se fundamenta en la pericia, el trabajo y la percepción de ese mundo que se derrumba delante de nuestros ojos, de una gran escritora. Esa sangre y ese desaliento propio de aquello que está condenado a dejar de ser, se entremezclan con un lirismo exento de sentimentalismo que recubre a las dos partes —de cinco— que la gran escritora ucraniana Irène Némirovsky llegó a escribir de su particular Guerra y paz. Una novela-mundo que busca en la narración indirecta a través de sus múltiples personajes el retrato de una época, de un mundo y de una guerra que cambió la forma de entender la vida, si eso llega a ser posible incluso tras la más grande de las tragedias. Una duda que la narradora ucraniana nos presenta con gran lucidez y capacidad de observación a través del alma humana de cada uno de sus personajes, ya pertenezcan éstos a la burguesía, o sean pobres o ricos. La deshumanización que conlleva toda guerra es retratada por Némirovsky con grandes dosis de una literatura imperturbable al paso del tiempo. Esa consistencia rocosa y tenaz, convierten a Suite Francesa en la gran obra de su vida. Una obra en la que la grave situación personal en la que fue escrita no hace sino engrandecer aún más a una novela que dejó a medias. Tras sus páginas. Tras sus personajes. Tras sus hermosas descripciones, asistimos a ese gran espectáculo del mundo que es la vida. Vida de vidas. Vidas interrumpidas. Trágicas. Violentas. Y escondidas bajo el impulso de amores imposibles o inesperados que no hacen más que retratar a la esencia de la naturaleza humana.



El éxodo de los parisinos en la primera parte —Tempestad de junio— es un magnífico cuadro donde la autora explora las múltiples posibilidades que se producen en la huida de un pueblo que fue capaz de renunciar a sí mismo con tal de hacer prevalecer su estatus social o económico sin que le llegue a producir un minúsculo rasguño en la piel. Esa traición a sí mismos, que con lleva esa rendición de Francia y sus compatriotas, solo será el reflejo de la futilidad que nos lleva a la miseria. La miseria que conlleva la falta de unos ideales con los que confrontarlos a la barbarie. Némirovsky sabe muy bien —tal y como queda recogido en los apéndices de la novela— que su mayor fuerza a la hora de mostrarnos tal circunstancia es la de centrarse en las desventuras y retos de unos personajes a los que ella habilita con la percepción de una realidad apabullante, pues en ocasiones es capaz de dejarnos sin aliento mediante las descripciones de las situaciones a las que puede llegar el ser humano en determinadas condiciones. En esas almas perdidas y ofuscadas en buscar su propia salvación, es donde la escritora ucraniana investiga y bucea para llegar hasta las entrañas de aquellos seres humanos a los que retrata con el arma sibilina de la observación que todo buen escritor debe tener. Los bombardeos, los asesinatos y las escaramuzas militares a la hora, de por ejemplo salvar un puente, se entremezclan con mucho acierto con la falta de comida o las largas caravanas que colapsan las carreteras que salen de París en las que amontonan hombres, mujeres y niños a pie, con coches que no pueden avanzar o se chocan entre ellos por el ímpetu que conlleva intentar alcanzar una libertad que sus ocupantes todavía no son conscientes de que no existe.



La segunda parte de Suite Francesa, Dolce, se centra en la convivencia entre franceses  alemanes en el pueblo de Bussy, no muy lejos de París. Aquí Némirovsky se inclina por las relaciones interpersonales que surgen entre unos y otros, e incluso en el amor que ellas pueden llegar a ocasionar, con lo que consigue dar una nueva pincelada a ese gran fresco de su época que es esta novela, proporcionándole de ese modo, una acertada puesta en escena de todo aquello que también pertenece al alma humana, como son, por ejemplo, los sentimientos que son capaces de producir en nosotros la música o la sensibilidad por el arte, como puentes de unión que van más allá de las fronteras, las guerra y los miedos. Némirovsky abate de ese modo toda su energía en dinamitar los prejuicios que van más allá de las discrepancias ideológicas a pesar del gran peso que éstas tienen en nuestras vidas y en la resolución de alguna de las historias que aborda esta novela. Una novela que nos habla de la verdad que solo conoce el corazón.  



Ángel Silvelo Gabriel.

jueves, 23 de abril de 2020

DÍA DEL LIBRO 2020: MICRORRELATO EL HOMBRE LIBRO




EL HOMBRE LIBRO

Tenía la sensación de estar laminado, como si mi cuerpo fuese un libro lleno de hojas. Al incorporarme fui consciente de que algo había cambiado, pues en mi brazo derecho pude leer: «En un lugar de la Mancha». Incrédulo, giré mi cabeza a la izquierda, y leí: «de cuyo nombre no quiero acordarme». Todo me resultaba extraño, como en un sueño. Yo nunca quise tatuarme y ahora me había convertido en un hombre libro. Mi piel estaba rugosa como las hojas de papel. Mis manos habían crecido hasta convertirse en unas perfectas pastas con las que recubrir todas y cada una de las frases que decoraban mi cuerpo. Incluso mi olor era muy parecido a esa leve fragancia de tinta e imprenta que impregna a cada libro. Todo era nuevo y diferente, como cuando te enamoras por primera vez. Sin embargo, el pánico se apoderó de mí, al pensar que, en algún lugar de mi cuerpo, tendría tatuada la palabra fin. 

Microrrelato de Ángel Silvelo Gabriel

sábado, 18 de abril de 2020

MARGUERITE DURAS, EL PARQUE: LA NECESIDAD DE LA ESPERANZA



El parque como antesala del bosque, como decía la propia Marguerite Duras. O la soledad que se rompe a través de las palabras como antesala de la esperanza, son el puno de partida de una novela escrita a través de los diálogos que mantienen una joven parisina de veintiún años, y un viajante más mayor que ella en el banco de un parque. Los diálogos que abarcan y monopolizan esta novela también pueden ser interpretados en ocasiones como meros monólogos, a través de los cuales, los dos personajes van deshojando la margarita de sus vidas. Vidas marcadas por la soledad que, sin embargo al principio, divergen en cada uno de ellos. Mientras la joven quiere encontrar un marido que acabe de dar sentido a su vida, el viajante se muestra mucho más escéptico con el futuro y prefiere permanecer aletargado bajo su cobardía. En ese tira y afloja constante que se produce a lo largo de los diálogos, una y el otro confrontarán sus pensamientos y miedos de una forma natural, sin apenas exabruptos, lo que puede llevar a interpretar El parque como una subtrama de la obra de teatro de Samuel Beckett, Esperando a Godot. Donde la espera es una necesidad de no se sabe muy bien qué, salvo de la incertidumbre que le supone a cada ser humano la necesidad de la esperanza. Una esperanza que nos haga capaces de afrontar un nuevo día. El hilo conductor de todo ello es el lenguaje. La necesidad de comunicarse mediante la conversación. CONVERSAR sin más, para de  ese modo ahuyentar a todos nuestros monstruos o fantasmas que no llenan de penumbra nuestros pensamientos. Ese miedo a la soledad del individuo es el que le convierte en un animal social que depende del otro para argumentarse a sí mismo y para ser consciente de cuál es su lugar en el mundo. El reflejo y la contraposición del otro son, en este caso, el camino por el que andar nuestra propia vida. Vida hecha de experiencias y determinaciones, y de fracasos y tragedias. Secretos inconfesables que en El parque la joven y el viajante irán rompiendo a medida que avanza su conversación hasta llegar a lo que en principio parecía imposible: un punto de encuentro.



El estilo y la capacidad expresiva y narrativa de Marguerite Duras adquieren en esta novela la coordinación y la grandeza de una sinfonía de giros y expresiones que ponen en valor su gran dominio del lenguaje y los tiempos. En este caso, como en tantos otros, acunados por ese ritmo lento tan característico de su narrativa, y tan identificativo en su forma de reinterpretar el mundo. Escrita en 1955, El parque es una obra que se encuadra en la corriente que surge en la década de los cincuenta conocida como nouveau roman. Una corriente en la que se exploran los flujos de la conciencia, y que supone una ruptura con la novela tradicional decimonónica. Sea como fuere. Duras impregna a sus dos personajes esa angustia existencial que todos tenemos ante el devenir de nuestra existencia. Y lo hace bajo la necesidad de la esperanza.   

                                                                 



Ángel Silvelo Gabriel.