jueves, 22 de septiembre de 2022

ARCADE FIRE EN EL WIZINK CENTER DE MADRID: ÉPICA EMOCIONAL SIN COMPLEJOS

 


Una cúpula que permanece cerrada y se abre, sirve de intro a un vendaval de sonido, que fue lo más próximo a lo que ayer asistimos en un Wizink Center lleno, salvo el último anfiteatro del fondo norte. The age os anxiety I fue el arranque y la pieza de muestra de esa dualidad cada vez más presente en las canciones del grupo canadiense que navegan ente la lírica y la verbena. La redención y la estridencia. La soledad y el orgasmo. Con los teclados como dueños del sonido, sin embargo no dejaron pasar la oportunidad de poner las cosas en su sitio cuando a continuación comenzó a sonar Ready to start. Sí, el público estaba preparado para disfrutar y obviar todas las condenas y maldiciones bíblicas que se habían vertido en las redes sociales contra aquellos que se saltaran a la Santísima Trinidad y acudieran al concierto de un nuevo proscrito: Win Butler. Polémicas aparte, y tras el anuncio que con anterioridad al escándalo hizo Butler sobre su próxima separación del grupo, las canciones fueron cayendo unas tras otras disfrazadas de un sonido espectacular que caminaba entre la lírica, el ritmo alto, y la fuerza sin límites. De una forma sencilla si se quiere, pero muy efectiva, los Arcade Fire fueron modelando el espíritu y las gargantas de unos seguidores totalmente entregados que asistieron entusiasmados a canciones como Reflektor o Lightning I sin parar de bailar mientras observaban la multidisciplinar tarea de cada uno de los músicos que ocupaba el escenario y que, con tanto intercambio de instrumentos, se asemejaban más a unos músicos callejeros que a una de las grandes bandas de este siglo. Ocho músicos que van desde un chico que no para de bailar mientras toca los bongos, a una violinista que hace lo mismo, o a una mujer de corta estatura que divide sus funciones entre la batería, los teclados o el acordeón. En este sentido, no se nos debería olvidar que Régine Chassange es la verdadera argamasa del grupo y el alma que dota de ese loco, pero muy bien estudiado, toque multicultural y excéntrico que poseen los canadienses. Su mayor acierto, sin duda, es aparentar que les resulta muy fácil adaptarse una y otra vez a ritmos distintos bajo el signo de los medios tiempos, lo que nos demuestra (entre otras cosas) el gran nivel de compenetración que existe entre todos los miembros de la banda. 

Arcade Fire fueron épicos dentro de un absorbente ritmo electrónico que marchó acorde a los nuevos y tecnológicos tiempos. Y que disco tras disco se va haciendo más presentes en las canciones del grupo. Sonidos hippies cercanos al folk, al pop o a la música electrónica con matices industriales, que sin embargo, se arroparon bajo largas melodías a modo de sinfonías o pequeñas óperas modernas que a medida que avanzaban nos arrastraban como auténticos relatos, no literarios sino musicales, y muy lejanos a los sonidos actuales, si exceptuamos a las composiciones de las bandas de la nueva psicodelia, que cada vez se hacen con un mayor protagonismo en el panorama musical actual. Todo un recital acorde con una majestuosa sencillez (valga la contradicción) de un efectos visuales basados en un arco de medio punto a modo de ojo que todo lo ve y que se transforma en diferentes versiones cuando la ocasión lo requiere, y al que acompañaban unos rayos láser muy ochenta que se fusionaban con una gran bola de cristalitos que, sin duda, servía de homenaje a la música de los ochenta (incluida la discotequera). Y así se fueron sucediendo sus grandes hits: Sprawl, Tunnels, Rebellion (Lies), etc, que nos llevaron en volandas hasta uno de los momentos más mágicos de la noche, cuando el ritmo se pausó y atacaron The Suburbs y ese Modern man, signo identificativo de uno de los mejores álbumes de la música popular en lo que llevamos de siglo XXI. The Suburbs convirtió a Arcade Fire en un grupo legendario, y ayer nos lo volvieron a recordar. 

Tras hora y media de actuación, que acabó con Everything now, retomaron el bis en el pequeño escenario que había en el centro de la pista del Pabellón de Deportes, justo bajo la bola de cristales que no paró de moverse. Allí tocaron el clásico del grupo The Clash Spanish bombs en un guiño al país en el que esa noche tenían bolo dentro de su larga gira europea que continuará por Estados Unidos y Canadá, y que finalizaron con el mítico Wake-up; una canción que todos los asistentes corearon brazo en alto: «Somethin' filled up/ My heart with nothin'/ Someone told me not to cry»,  hasta el punto de alargarla en una especie de conga con sonido de bongos y la voz de Butler haciendo coros desde que abandonaron el pequeño montículo en el que se encontraban hasta su llegada a los camerinos. Una nueva muestra de esa épica tan particular que acompaña a la banda, y que también se traduce en el eco de fueron dejando a modo de rastro sonoro en todos sus seguidores. 

Ángel Silvelo Gabriel.

jueves, 15 de septiembre de 2022

PAUL AUSTER, EL PALACIO DE LA LUNA: LA BÚSQUEDA DE LA IDENTIDAD A TRAVÉS DEL AZAR


 

¿Se puede predecir el futuro, o son las sinergias del azar que en determinadas ocasiones gobiernan nuestro destino las que en verdad posibilitan que nuestras vidas sean de una forma y no de otra? A simple vista parece que disponemos de diferentes opciones a la hora de construir nuestro futuro. El esfuerzo, el trabajo, la dedicación plena a una actividad en concreto. Todo ello, sin duda, en aras de no facilitar la dispersión o la incertidumbre. Sin embargo, cuando creemos que lo tenemos todo controlado surge el azar y lo cambia todo. Esa fuerza, que existe, pero que casi nunca llegamos a entender muy bien, forja con sus casualidades muchos aspectos de nuestra existencia, eso sí, saltándose las reglas de toda lógica, pues nos moldea la vida de una forma imperceptible e invisible, tal y como el viento diseña la forma de las rocas día a día con el paso del tiempo. Paul Auster, un escritor que escudriña el azar objetivo, lo sabe muy bien y, tras una experiencia inexplicable que le ocurrió en su infancia, ha recorrido toda su vida y obra literaria por una autopista donde el azar o el destino se encargan, entre otras cosas, de ponerle y ponernos constantemente a prueba. Y, quizá, más que nunca lo haya hecho cuando ha tratado de buscar su propia identidad y la de sus personajes, enmarcadas o no, en el juego de las casualidades. En este sentido, Paul Auster en El Palacio de la Luna sincroniza con una aparente sencillez todos y cada uno de los caminos que llevan a sus personajes a esas situaciones inesperadas que, por cambiantes, se hacen únicas, y sobre todo, muy atractivas. Sin embargo, tras esa sencillez no solo se esconde la búsqueda de la identidad, sino también, la soledad que define a sus protagonistas —seres humanos aislados frente al mundo—, y al componente absurdo que muchas veces tiñe a sus decisiones —por insólitas o inexplicables y siempre fruto de la impulsiva necesidad de llegar a encontrar una respuesta—. De ese absurdo inconcebible surge un concepto muy atractivo: el viaje como experiencia. Y de ese viaje nacen, en esta novela que se enmarca dentro de la trilogía del azar, unos personajes que en buena parte de la narración recorren el presente y el pasado de la historia de los Estados Unidos de América como protagonistas de unas vivencias que corren en paralelo a las de su país. Ese reconocimiento dentro de esa geografía política dota a esta novela de un cierto enganche con la gran novela americana, siempre preocupada por poner en tela de juicio los valores que, según nos cuentan y venden a diario, son los bases o pilares de una gran nación que se define a sí misma como la tierra de las grandes oportunidades. 

Paul Auster, en El Palacio de Luna, nos sumerge en ese brillo nostálgico, frío y nocturno del astro que siempre nos acompaña como un vigía que nos ilumina el camino en la oscuridad. Y de sus múltiples interpretaciones presentes en esta historia de identidades perdidas, o encontradas a destiempo, surgen una serie de personajes que se van sosteniendo los unos a los otros como muletas que definen su inadaptación. Y para que todo nos parezca fruto del mero e inofensivo azar, el escritor norteamericano de ascendencia polaca dota a esta novela de una estructura al estilo de las muñecas matrioskas, pues sus historias se van interponiendo las unas a la otras de una forma ágil e inteligente sin que apenas el lector se dé cuenta de este perfecto mecanismo dotado de antemano de un mensaje cerrado sin opción a la sorpresa. En esa necesidad de Auster de acapararlo todo a través de sus novelas —novelas-mundo— existe un punto de conexión con los márgenes del absurdo y la incertidumbre de otros autores norteamericanos, como pueden ser: Jack Kerouac en sus novelas En la carretera o Los subterráneos; John Updike en su saga Corre conejo; John Fante en sus novelas Pregúntale al polvo o Sueños de Bunker Hill, o también de las narraciones del incombustible Bukowski en su infinito vagabundeo por las calles y casas de los barrios residenciales de los EE.UU, o por qué no, con esa primera conexión con el vagabundeo intelectual de Henry Miller en sus trópicos (Trópico de Cáncer y Trópico de Capricornio). 

El Palacio de la Luna es una extensa e intensa novela en la que una vez más, en la obra de Paul Auster, se abren paso las múltiples referencias externas, entre las que sin duda destacan las literarias —Beckett, Cervantes o El Lazarillo de Tormes—, por no hablar de esa magnífica reiteración de imágenes donde el protagonista de esta historia se ve abocado a vender los libros que su tío le ha dejado en herencia; una imagen donde la literatura se convierte en el sustento más vital de una vida que va más allá del alma, o en una nueva búsqueda de la identidad a través del azar.   

Ángel Silvelo Gabriel.

viernes, 9 de septiembre de 2022

JAMES JOYCE, LOS MUERTOS: LA SOLEDAD QUE PRODUCE EL AMOR Y LAS SOMBRAS QUE ÉSTE DESPRENDE


 

El amor. La pasión. Esa extraña necesidad de vivir a la intemperie. Frágil y débil como una fina rama que se rompe ante el peso de la nieve que se deposita sobre ella. Copo a copo. Sin apenas darse cuenta de su próximo destino, pero plomiza y vengativa como una vida ausente de auténticas sensaciones. Los personajes de esta famoso relato de James Joyce (considerado como uno de los mejores de la literatura inglesa y que en sí mismo contiene toda la esencia de su obra literaria) recava en esa posibilidad de asistir al final. De una vida. De un sentimiento. De una pasión. O de un recuerdo. De una forma, en apariencia sencilla, la acción transcurre en una fiesta navideña donde se baila, se canta y se trincha el pavo. Un espacio temporal que Joyce quiere que sea continuo —a pesar de los diálogos interiores que se desplazan en el tiempo— y sin interrupciones. Ese continuum fluye a través de un relato coral donde las distintas clases sociales irlandesas quedan retratadas mediante los personajes que asisten a la fiesta. La tradición, la superioridad intelectual, el nacionalismo, y el clasicismo así como el marcado acento religioso irlandés se van abriendo paso de la mano de unos diálogos siempre premonitorios, vivaces y acertados, que el narrador omnisciente de esta historia nos va presentando. 

Los muertos de James Joyce es un relato con una clara estructura teatral en el que los personajes van entrando y saliendo de escena. Esas entradas y salidas muchas veces están arropados por la música popular, lo que determina la gran importancia que la música y el canto tienen en la cultura irlandesa, quizá porque como dice el dicho popular: “quien canta sus males espanta”. Más allá de esas percepciones fácilmente visibles en la acción del cuento, la bruma del relato de Joyce nos transmite el abigarrado desplante de la intemperie. La materialización de tal sensación la capitaliza el autor con los aspectos externos con los que rodea a la acción. Y así, la noche, el frío que la alberga, la nieve que se deposita en los zapatos de los invitados antes de llegar a la fiesta, y ese cercano mar que se comporta como una brisa invisible que nos transporta de este a oeste, del amor a la desdicha, de la pasión a la verdad, y, como no, del deseo que yace roto por la verdad, se alzan como elementos indispensables de Los muertos. Esa verosimilitud de las pasiones y sentimientos humanos navegan bajo el sosiego de unas aguas que en algún momento encallan en un secreto desvelado a destiempo, lo que nos infringe un duro golpe en el corazón. Golpe que nos causa lágrimas húmedas como el agua, el mar, la lluvia, la nieve y la intemperie que los acoge en plena noche, porque quizá, anidan en un lugar donde la soledad que produce el amor y las sombras que éste desprende, sean un habitáculo muy cercano al hipogeo que guarda los restos de los muertos, nuestros muertos. 

Ángel Silvelo Gabriel.

domingo, 7 de agosto de 2022

ALEX KATZ EN EL MUSEO THYSSEN-BORNEMISZA: LA CONCEPCIÓN DEL COLOR SOBRE LA FORMA

 


Identificar el mundo con esa sensación de abandono que nos produce la luz, el sol, la vida. Una vida donde el color lo es todo, el epicentro de la resonancia de nuestros sueños y el objetivo último de esa concepción intelectual que transforma los niveles de expresión en arte. Arte puro. Sencillo. Arte que solo busca la perfección desde la sencillez. A través de esa primera impresión que nos transmite una paleta de colores plana, primaria y que explora los límites de las relaciones personales, el retrato clásico o la naturaleza. Ahí es donde Alex Katz, en la retrospectiva que el Museo Thyseen-Bornemisza de Madrid nos ofrece hasta el 11 de septiembre, siembra la armonía. Una falsa armonía que se esconde tras las grandes dimensiones de sus cuadros y su capacidad para obligarnos a ver más allá de sus simples formas. En esa relevancia del color es donde sus cuadros de retratos o más concretamente de grupos de personas se nos muestras unas veces como meros fotogramas de una película que se duplican sin llegar a invadir la multiplicidad de los espacios en los que personajes de esa Nueva York que él descubre junto a Ada, su mujer y sus musa, nos deja traslucir miradas que se pierden. Miradas que no buscan la conversación y se difuminan en el etéreo espacio que las rodean. Un Hopper sin la textura oscura de sus matices de colores o la exploración de la soledad individual, pues la soledad de Katz es colectiva y replicante. 

Otra de sus facetas más representativas se encuentra en los múltiples cuadros en los que inmortaliza a su musa, Ada. De lado. Boca arriba. De frente. Entre colores pasteles. Por encima de colores vivos y fuertes que se pelean unos sobre otros y contrarrestan de algún modo la serenidad con la que retrata la expresión de la gran dama norteamericana. Una forma de entender el mundo del arte que también reside en el gusto por el gran formato que él extrae de su pasión por las vallas publicitarias y las pantallas de cine, dos elementos que podríamos ubicar dentro del pop art y que en el caso de Katz son más el reclamo de nuestra atención a través de sus gigantes y sencillas formas. Toda su expresión se resguarda tras el color y su prevalencia sobre el resto de elementos pictóricos o artísticos. Y lo hace al modo de la música de jazz que él adora y utiliza mientras pinta para, mediante esa improvisación salvaje y onírica, buscar el presente. El presente que no es o deja de ser.

Ángel Silvelo Gabriel.

jueves, 4 de agosto de 2022

JUAN CLAUDIO DE RAMÓN, ROMA DESORDENADA LA CIUDAD Y LO DEMÁS: UN PUZLE ERUDITO SOBRE LA CIUDAD ETERNA Y SU HISTORIA PLAGADO DE ANÉCDOTAS Y LLENO DE VIDA


 

Ver, sentir, observar, pensar y, al final, disfrutar de la diferencia de aquello que cada uno percibe como único, pues única es la forma de experimentar la vida a través de los sentidos. Ahí, es donde sin duda conectamos con la belleza y su capacidad para cambiarnos y transformar un viaje en un cúmulo de sensaciones que harán de nosotros algo distinto. En ese espacio tan pocas veces explorado es donde se esconde la magia del viaje. Roma y su infinitud. Roma y sus múltiples destellos de arte. De sonidos. De sorpresas. De miradas en las que buscar aquello que nos hace diferentes. Roma pitonisa y mágica. Alumbradora y mística. Secreta y apabullante. Esa es la fotografía caleidoscópica que de la ciudad del Lazio hace Juan Claudio de Ramón en Roma desordenada la ciudad y los demás, un puzle erudito sobre la Ciudad Eterna y su historia plagado de anécdotas y lleno de vida. Un viaje que va desde lo majestuoso a lo cotidiano, aunque más bien podríamos decirlo al contrario, pues parte de la anécdota vivida o diaria que va en busca de esa otra historia que está tapada por la tela del tiempo y los siglos. Expresiones que parten de lo particular en busca de lo genérico, histórico, artístico, político. También de lo erudito, pues estamos ante setenta minuciosos relatos cortos que buscan el detalle en una ciudad inabarcable que funciona como piezas de un puzle que, a medida que leemos, vamos completando de una forma singular y majestuosa por la ambición de quién lo escribe y su proyecto, y por lo que se desprende de cada uno de ellos: la importancia del viaje, de ver, de sentir, de explorar. Al final esta Roma desordenada es el viaje interior y onírico de un diplomático que ha tenido la fortuna de pasar cinco años destinado en Roma, y que convierte su estancia en la ciudad en la senda infinita de aquel que busca y necesita lo imposible: actuar como un falso dios terrenal que lo tiene todo al alcance de sus pies, y de la profundidad de su mirada. Si como decía Paul Cézanne: «Ver es pensar», Juan Claudio de Ramón nos facilita esa labor en este libro de viajes donde lo demás lo es todo. El caos y su furia. El ruido y su distorsión. La belleza y la máxima expresión del arte. La Historia y los seres humanos que la han construido, y posteriormente destruido y reconstruido. Avanzar por las calles de Roma es hacerlo por un universo onírico y divertente, fílmico y teatral, arquitectónico y pictórico, monumental y arqueológico. Piedra tras piedra, monumento tras monumento, iglesia tras iglesia, nuestra mirada, a través de la del autor, va enriqueciéndose de sensaciones e imágenes que ya formarán parte de nuestro imaginario particular y colectivo. Acervo sentimental y lúdico. 

Roma desordenada la ciudad y lo demás es un libro libre, ambicioso y único. Un libro de viajes que parece soñado, pues sale de las entrañas de quien lo concibió. De su talento y de la ciudad que él adivinó tras cada esquina por unas calles perdidas de Roma que nunca te decepcionan pues siempre están dispuestas a mostrarse su brillo de siglos; un brillo intacto al paso del tiempo, por atemporal e insurrecto. Salvaje a la vez que brillante. Sinuoso y desconcertante a la vez. Este es un libro para leer despacio, dejando un lugar para el deleite y el reposo entre capítulos, y de esa forma, asimilar y disfrutar de lo leído y buscado tras acabar de leer, pues este es un libro que necesita de ubicaciones geográficas, de instantáneas y recuerdos; un libro que es indispensable para saciar al hambriento de imágenes. Al huérfano de datos. Al recluso de mitos y santos. Un libro, en definitiva, por el que nadar por su páginas, porque hacerlo, es lo más parecido a depositar nuestros sueños sobre la inmensidad del mar. 

Ángel Silvelo Gabriel.

jueves, 14 de julio de 2022

THEODOR FONTANE, EFFI BRIEST: LA CULPA Y SU EXPIACIÓN

 


¿Qué hay detrás de la expiación de la culpa? El silencio. El abandono. La soledad. Y, sobre todo, el rechazo. Las reglas del juego amoroso del siglo XIX se hallan a años luz de las costumbres actuales, aunque el objetivo siga siendo el mismo, pero no así sus consecuencias, o no al menos a priori. En un ambiente cerrado y lleno de miedos Effi Briest verá cómo sus sueños de alegre adolescente se trastocan cuando se casa con el barón Von Innstetten. Su autor, Theodor Fontane, construye esta historia desde la distancia que marca el realismo literario del siglo XIX, y de una forma más bien paralela —recreándose en los ambientes sociales de la sociedad prusiana sin llegar a entrar en el fondo de la cuestión salvo al final— a las circunstancias vitales de una joven mujer que antepone su vigor vital a los convencionalismos de una época atada a unas férreas costumbres morales y religiosas. La disciplina prusiana, en esta ocasión, es el atávico vestido del que tiene que desasirse una protagonista que solo busca ser feliz. Su felicidad, sin embargo, será marcada por la culpa y su expiación. Dos armas que no sabrá cómo lidiar sino ataviada por la melancolía y el remordimiento. Theodor Fontane se basó en un hecho real, según revelan sus cartas, para escribir Effi Briest. En concreto, en el caso von Ardenne. De esa historia surge esta otra que está considerada como una de las obras maestras del realismo alemán, y que da luz a unos usos y costumbres inadmisibles en la sociedad de hoy, pero que sin embargo, nos sirven para reflexionar sobre cuál ha sido el largo camino y el gigantesco esfuerzo que han supuesto para las mujeres alcanzar cotas de libertad en todo lo referente a su sexualidad y su posición de igual a igual en el amor con los hombres. En este sentido, Fontane nos retrata a una Effi Briest inocente, cándida y exenta de los forces que sí maniatan al resto de jóvenes mujeres cuyos matrimonios eran concertados por sus padres. Todos ellos matrimonios de conveniencia con hombres mucho mayores que ellas, y con unas ideas muy alejadas de todo aquello que conlleve algo de libertad. 

Si ahondamos un poco en el estilo del autor alemán a la hora de crear este personaje femenino y el mundo que le tocó vivir, hay que decir que, aparte de resaltar el carácter realista de esta historia, su poder de observación se pierde en largas descripciones de ambientes sociales y pensamientos que marchan de manera impostada respecto del tema principal de una narración que, como se apunta, se pierde en las formas alejándose del alma de una historia de amor, desamor y sus consecuencias. Una lejanía que, felizmente es abandonada por su autor al final de la misma, donde los personajes por fin se confiesan ante sí mismos y sus errores, marcando con ello el sentido final de la historia narrativa que se nos plantea. Sin embargo, la falta de salidas —más allá de las convencionales asociadas al ostracismo existencial— redundan en el resultado final de la misma, y en la falta de rebelión de un estilo literario afanado en observar sin llegar a tomar partido. Esa falta de riesgo y posicionamiento lastran esta novela de la que Thomas Mann dijo que si alguien se veía obligado a reducir su biblioteca y a poder conservar solo seis novelas, una de ellas debía ser Effie Briest. Una historia basada en los conflictos morales y sociales desencadenados por un adulterio. Un viaje existencial cargado por la culpa y su expiación. 

Ángel Silvelo Gabriel.

viernes, 24 de junio de 2022

LA BODEGUITA DE SAN SEGUNDO (ÁVILA) RINDE HOMENAJE AL POETA JOSÉ HIERRO EN SU COLECCIÓN, LA CRÁTERA DE BACO —ORO DE VID—, QUE RECOGE LOS MICROS SELECCIONADOS EN SU SEGUNDO PREMIO DE MICRORRELATOS 2022

 


Siempre nos dicen que un microrrelato se debe parecer mucho a un poema. Por lo que no muestra y sugiere. Por su intensidad. Por su economía verbal. Por el final sorprendente que le da un sentido único al mismo. Sin embargo, lo que casi nadie nos cuenta es la importancia del título, porque aunque éste no salga a lo largo del microrrelato, sí propicia la primera pista y la cláusula de cierre de la historia que se nos trata de contar. Algo de todo esto estuvo presente en la gala de entrega de premios que, de una forma excepcional se celebró en El Episcopio de Ávila bajo el auspicio de Emilio Rufes y Paquita Garzón, propietarios de La Bodeguita de San Segundo de la ciudad amurallada y, que con la excusa de amadrinar la literatura y el vino, convocan su Concurso Bienal de Microrrelatos al que se ha unido en esta edición el de Fotografía. Esa magnífica excusa que fusiona la cultura literaria y vinícola reunió ayer en Ávila a un centenar de personas que, de primera mano, escucharon la lectura de una parte de los microrrelatos seleccionados en la magnífica edición que se ha publicado con mucho mimo, y a los que acompañan, las fotografías premiadas y las que para esta edición ha realizado Tomás Hernández Sánchez. Un libro que tiene forma poética desde su portada y su contra, y que tiene a José Hierro como protagonista en el centenario de su nacimiento. La acuarela que ilustra la portada de la publicación, de una forma caprichosa, nos lleva hasta esa finca de la provincia de Guadalajara donde, como nos dijo Jesús Marchamalo en la presentación de Hierro fumando —el último libro editado de la colección que junto a las ilustraciones de Antonio Santos publica Nórdica Libros—. En ese terreno casi onírico hoy en día, es donde José Hierro plantaba, entre otras cosas, sus vides, y donde también fabricaba su propio vino que luego se bebía con sus amigos. Tierra errática y pedregosa que, sin embargo, se abre camino para ofrecernos una naturaleza distinta como es la del vino. En la contraportada de la misma, con mucho acierto, han recogido su poema Vino de crianza. 

Dejadme que repose aquí, en mi cuna,

de roble o de cristal, estoy cansado.

Para llegar hasta donde he llegado

sudé de sol a sol, de luna a luna.

 

Robé la claridad sumido en una

raíz de sombra. “El robo que he robado”

lo hice oro y sudé, transfigurado

por la sabiduría y la Fortuna.

 

Terminé mi tarea. Ahora descansa

en la sombra mi cuerpo, en ella amansa

el hervor jovencísimo de antaño.

 

Pero los dioses nunca mueren, juro

que respiro. Y espero muy seguro

de mi resurrección al tercer año. 

Para mi finalizar dejo por aquí mi contribución a esta magnífica publicación con la que conseguí el Tercer Premio  del Concurso de Microrrelatos de La Bodeguita de San Segundo. Se titula, El abrebotellas. 

Tras tu inesperada revelación te miré sin saber qué hacer. Y, tampoco, cómo actuaría a la hora de cumplir nuestras funestas promesas. Admito que tu profesión de sommelier me tenía obnubilada, igual que la forma en la que descorchaste aquella botella de vino en la taberna en la que conocimos. Desde aquel día permanecí hipnotizada por la singularidad del artilugio que inventaste. Es infalible, me dijiste, mientras nos amábamos y jurábamos cumplir nuestras funestas promesas. Funestas promesas que ya no esperan una recompensa a mi singular forma de demostrarte mi amor, como tú sí hacías cuando jugabas con tu arma asesina por todo mi cuerpo. La diferencia estriba en que tú, entonces, solo deseabas prolongar mi placer, y yo ahora, solo espero a que te mueras, porque esa es la única forma a mi alcance de extraerte el abrebotellas que tú concebiste para excitarme y, con el que yo, sin embargo, cumplí la otra parte de nuestras funestas promesas. 

Ángel Silvelo Gabriel.

martes, 21 de junio de 2022

GIORGIO BASSANI, EL JARDÍN DE LOS FINZI-CONTINI: LA DEMOLEDORA MIRADA HACIA UN DULCE Y PÍO PASADO

 


Una de las virtudes presentes en la literatura es la de viajar. Conocer otras vidas y otros mundos. Y, también, hacerlo al pasado. A nuestro pasado. A veces voluminoso, como la mayor de las fortalezas; y otras, efímero como un soplo de nuestro aliento. Viajar, además, nos puede servir para extraernos del alma aquello que se nos quedó clavado en el corazón y la memoria, como pro ejemplo, pueden ser: el poder de una mirada; o en la forma de expresarse de una persona. Aquella a la que amamos una vez; que de alguna manera seguimos amando a lo largo del tiempo y los recuerdos. Giorgio Bassani explora los límites del pasado y del tiempo en su aclamada novela El jardín de los Finzi- Contini, el tercer libro de su serie de novelas sobre Ferrara, y, que en el año 1962, fue premiada con el prestigioso galardón Viareggio. 

La naturaleza de esta novela se incardina en la demoledora mirada hacia un dulce y pío pasado, en el que el protagonista anónimo de la misma revisa su primer amor fallido de juventud. En esa sensación de pérdida y decadencia de la burguesía judía italiana que va dando pasos silenciosos hacia su exterminio sin apenas hacer ruido, es donde Bassani recrea su hacer literario impregnado de notables descripciones del entorno o las discusiones —muchas veces políticas— de sus personajes. Unos personajes que andan perdidos entre el amor frustrado del protagonista, y la sensación de soledad y engaño que el distanciamiento de la realidad que, casi todos ellos profesan por mucho que se alcen como defensores del comunismo o de unan postura más moderada como el socialismo, manifiestan. De ahí, que a lo largo de sus páginas vayamos desgranando ese universo convulso que tiene algunas semejanzas con la novela de Arthur R. G. Solmssen, Una princesa en Berlín; lo que nos ayuda a visualizar, que no a comprender, el horror hacia el que se encaminaba el mundo tras la finalización del Primera Gran Guerra. A pesar del trasfondo en el que se desarrolla, estamos ante una novela iniciática y de aprendizaje, donde de alguna manera trata de imponerse el espíritu del artista que se vislumbra en el protagonista y su necesidad de búsqueda a través del arte, la literatura, y cómo no, la poesía. En ese recorrido, Bassani nos deja muchas muestras de la semblanza artística presente en Italia a principios del siglo XX. Una visión del arte que fija su objetivo en la soledad e incomprensión que su protagonista manifiesta contra sí mismo y contra las corrientes antisemitas bajo el telón del fondo de fascismo y el nazismo, que él, contrarrestará, a través de la necesidad de búsqueda de una libertad completa que vaya más allá de las arcaicas estructuras en las que vive y siente. Romper ese cascarón será, sin duda, su meta. Un camino vital que recorrerá de una forma lenta, pero al final segura, tras ir consumiendo las etapas presentes en el desamor y en su afán a la hora de enfrentarse al mundo lejos de su entorno. 

El jardín de los Finzi-Contini se inicia con un prólogo que es un magnífico retrato de aquello que representan y significan el poder de los recuerdos cuando al atraerlos hacia nosotros de una forma casual rescatamos aquello que fuimos desde lo que somos. Una fórmula o un juego no deseado que, en este caso, nos permitir contemplar un cuadro del final de una época, y la abrupta irrupción de un mundo que lo cambiará todo, desde la percepción de la verdad hasta la funesta manipulación de los más incorruptibles principios. Lealtades y sus espejismos que también se derrumban en la acción de esta novela que, transita de una forma lenta sobre todo al principio, y que en ocasiones se nos muestra dispersa por los múltiples caminos que su autor nos quiere mostrar a la hora de narrarnos una de las partes más convulsas de la historia reciente de Europa y del resto del mundo. En este juego de artificios sin balas ni sangre, sin embargo se adivina esa parte oscura que no parece afectar a sus personajes —imbuidos en sus propias vida—, y que a pesar de todo, los encamina hacia su destrucción vital de una forma cruel y trágica. Ese determinismo de la historia se desarrolla de una forma magistral en la última parte de esta novela, donde aparte de un ajuste de cuentas generacional, se reinterpretan los avatares de la vida de una manera determinante, sobre todo, aquello que en verdad importa: el amor y la vida. Una vida marcada por la demoledora mirada hacia un dulce y pío pasado. 

Ángel Silvelo Gabriel.

miércoles, 15 de junio de 2022

THE CHAMELEONS, SCRIPT OF THE BRIDGE (1983): EL ECO DE LA NOSTALGIA

 


Atrapados por el eco de la nostalgia caminamos a lo largo de puentes que no tienen un fin y se convierten en pasarelas infinitas que nos siguen marcando el ritmo de los latidos del corazón. Infinitos. Incansables. Indescifrables. Nos remueven el pasado para mostrarnos aquello que fuimos antes de convertirnos en lo que somos. Caídas en la ciénaga del paso del tiempo que nos manchan la mirada con la nebulosa de unos deseos todavía por cumplir. «No caigas, no caigas», como nos recuerdan The Chameleons en su flamante disco de debut, Script of the bridge del año 1983. A veces, el paso del tiempo parece no existir y la música de este grupo inglés así nos lo atestigua, porque su sonoridad, su eco, su prevalencia de ritmos, guitarras y hechizos así nos lo atestiguan. Canciones que los convirtieron en influyentes a lo largo de los años, y que hicieron de ellos un grupo de culto. Cómo no acordarse de la electricidad apabullante de Don’t fall, una canción única por lo provocativa y novedosa que nos sigue pareciendo casi cuarenta años después, y por la cantidad de grupos que aún siguen imitando el sonido de unas guitarras únicas. Estos herederos del post-punk más electrizante que en su día fueron comparados con grupos como Joy Divison, en la actualidad siguen contando con alumnos aventajados como Interpol o Editors. Secuelas de unas vibraciones que arremeten contra el mundo desde el eco de la nostalgia, y la melancolía que trata de sobreponerse al fin del mundo. Aquel que provocamos con nuestros actos y miradas. Actos sin repercusión alguna y miradas perdidas que, sin embargo, concentran toda su intensidad en pequeñas dosis de genialidad y que, en el caso de The Chameleons, podrían llevar el nombre de canciones como Second Skin y su aterciopelados teclados que tiñen de bruma y pura esencia psicodélica las notas de una canción que se sumerge en la infinitud de la perseverancia de lo intangible, donde la resonancia de la batería es toda una demostración de principios. Ritmos hipnotizantes que se tiñen de oscuro en la cadenas de Pleasure and pain como inicio de un duelo de guitarras que recorre miles de millas de distancia bajo la batuta de Dave Fielding y Reg Smithies, y bajo la atenta voz de Mark Burgess. 

El devenir del grupo estuvo marcado por los diferentes conflictos que mantuvieron con los sellos discográficos y entre ellos, pero antes de que la irracionalidad de los irrenunciables principios hicieran explotar al grupo, Los Camaleones compusieron piezas únicas de música a principios de los años ochenta. Siendo sus señas de identidad las letras de Burgess y su aire entre melancólico y onírico, a lo que habría que unir el afán acústico de sus dos guitarras. Devotos de la evanescencia más atroz, y la rigurosidad mística, elaboraron temas como Less than human, donde las proporciones de sus propuestas se elevan hasta cotas insospechadas. Su sinergia es la del comodín que aparece en la última jugada de la partida, donde la sorpresa hace de relámpago que deslumbra y te infiere grandes dosis de ensoñación y gloria, elementos que sin duda alcanza su hit más épico, su clásico Subiendo por la escalera mecánica de bajada (UP the down scalator), donde el sonido se transforma en un elemento tan compacto que te impide parar de escucharla; tema atrayente como pocos, embrujado bajo la intensidad de unos teclados que se convierten en indispensables y que hacen de la canción una conjunción perfecta de fuerza, ritmo y entusiasmo no exentos de la épica que la erigen en bandera de un disco que, sin embargo, tiene su obra maestra en el tema final: View front a hill  (Vista frente a la colina), en el que la sonoridad de las guitarras nos transporta a ese inicio que nos obliga a repetir: «de nuevo, de nuevo», como si nada de lo que nos ocurrió tras aquella primera experiencia mística de luz y gloria nada más nos hubiese forjado la vida; una experiencia que nos retrotrae al pasado. Una experiencia en forma de historia teñida por los recuerdos que vuelven a nosotros una y otra vez sin pedírselo, igual que la imagen de todas las personas a las que hemos querido, porque su poder está inscrito en el eco de la nostalgia. 

Ángel Silvelo Gabriel.

miércoles, 1 de junio de 2022

MOHAMED MRABET, EL LIMÓN: LA LIBERTAD Y SU BÚSQUEDA


 

La oralidad y la lucha que supone en la mezcolanza entre culturas, ritos y tradiciones. La oralidad y su choque directo con los recuerdos. De ahí nacen las palabras de Mrabet y la vida que él recupera a través de la palabra y las señas de identidad que se transfieren al otro como protagonistas sensoriales de vivencias y sentimientos. Lo enigmático y lo sórdido de la cultura marroquí, sus rituales religiosos y cotidianos —con el kif muchas veces de fondo—, y la violencia que transita por sus calles y familias hacen de El limón un testigo directo de una época y de unas vidas que transcurren sin matices entre un límite y su opuesto. Una lucha entre culturas, la europea y la magrebí, que desemboca, en el caso de El limón, en una violencia que nace del desconocimiento y de la falta de respeto hacia el otro. Una cultura, la marroquí, que hipnotizó a muchos artistas e intelectuales occidentales que vieron en ella una oportunidad para la libertad; un territorio donde la ausencia de normas era la excusa perfecta para vivir. Unas normas que, sin embargo, sí existían y ellos obviaron a la hora de residir en su particular paraíso de sexo, alcohol y drogas que se adelantó a su posterior implantación en Europa. Unos tiempos de decadencia, guerras y huidas que produjeron obras literarias, casi siempre enigmáticas y convulsas, como El almuerzo desnudo de William Burroughs, o los relatos cortos de Paul Bowles que, junto a su mujer Jane Bowles —Cabeza de gardenia como la llamaba Truman Capote—, y de la mano entre otros de Emilio Sainz de Soto-Lyons, hicieron de sus calles, medinas y mezquitas un mapa geográfico distinto y lejano de todo aquello que los oprimía. En este sentido, la libertad y su búsqueda en El limón de Mohamed Mrabet, forman parte de un cuento largo al modo de Las mil y una noches que el músico y escritor norteamericano Paul Bowles transcribió de lenguaje dialectal de Mrabet al inglés, convirtiéndolo en una sucesión de imágenes, aventuras y sucesos de un niño de 12 años, Abdeslam, que en principio rechaza la violencia y que luego encuentra en ella la única vía de salida hacia aquello que le oprime. Narrado en un estilo directo donde Bowles hace de narrador omnisciente para darle sentido a aquello que escucha grabado en una cinta, El limón nos da una visión más de la vida inherente a todos aquellos libros de iniciación y, que en el caso que nos ocupa, también podríamos añadir de viajes, como en su día lo fueron La carretera de Jack Kerouac, las novelas de John Fante o las de Bukowski. ¿Entonces, cuál es la diferencia entre unos y otros?, pues que en El limón, el protagonista solo es un niño. Y su devenir existencial destila, por una parte, la inocencia de la infancia, y por otro, la necesidad de vivir lo más intensamente posible, lo que convierte a esta narración, también, en un libro confesional. De todo ello, nos habla un Mohamed Mrabet que ya deleitó a multitud de lectores con su primer libro, Amor por un puñado de pelos, que sigue el mismo entramado de oralidad y transcripción por parte de Paul Bowles. Gracias a esa colaboración nos ha quedado una huella literaria de aquel Marruecos oscuro y distinto, y que alcanzó su máximo esplendor en la ciudad de Tánger, donde unos y otros pusieron todo lo mejor y lo peor de sí mismos a la hora de marcar una época: la de la libertad y su búsqueda. 

Una época, y su sentido, que quedan perfectamente retratados en el Poema Casi nada que Paul Bowles escribió a Jane, cuando ésta falleció en Málaga el 4 de mayo de 1973: «Al principio había barro, y el sonido de la respiración, Y nadie sabía dónde estábamos. Cuando lo averiguamos, era demasiado tarde. Nada puede ocurrir ya salvo como ha de ocurrir. Y además, estaba solo y no importaba. Sólo porque entonces nada podía importar. *** Creíamos que había otros caminos. La oscuridad quedaba fuera. Nosotros no somos eso, decíamos. No está en nosotros (…) *** Hubo un tiempo en que la vida era más alegre. Bebíamos aún el agua del lago, El cubo salía fresco y fragante con el olor a agua profunda. La canción se oía en todas partes aquel año, un absurdo estribillo: Parece tanto tiempo, y no lo es. Parecen tantos años, y tal vez sea uno. Cuando los árboles estaban allí me preocupaba que estuvieran allí, y ahora han desaparecido. Para salir tomamos la senda que rodea el pantano. Cuando emprendimos el viaje de regreso la marea había subido. Había otro camino pero quedaba muy arriba y era difícil llegar. Así que esperamos aquí, y todo sigue igual. *** Había muchas cosas que quería decirte antes de que te fueras, y ya nunca te las diré. Aunque el sol inunda la terraza formando las mismas sombras en los mismos sitios, sólo lo veo yo, sólo yo oigo el viento y es demasiado fuerte. El mundo hierve de palabras. Perdóname… 

Ángel Silvelo Gabriel.