Tiempo de comunicaciones rotas

lunes, 23 de enero de 2017

TRUMAN CAPOTE, RELATOS TEMPRANOS: LO POÉTICO Y LO MARGINAL QUE EXISTE EN LOS PAISAJES DEL ALMA



Leer los cuentos de Relatos tempranos es sentir el desprecio nauseabundo que sólo los tuyos te pueden proporcionar y, desde ese averno cruel y sentimental, encaramarnos a una atalaya desde la que poder divisar otro mundo. Un mundo imaginado por un niño que quiso ser escritor a los ochos años (Truman Capote); una determinación que él llevó a cabo enfrentando, a ese abandono materno y paterno, con la necesidad del reconocimiento ajeno; un reconocimiento que el escritor forjó con su inexcusable brillantez, y con la que consiguió burlar (en parte) a la crueldad del destino. Capote lo hizo, refugiándose en lo poético y lo marginal que existe en los paisajes del alma. Esa soledad impuesta por sus progenitores, sobre todo por su madre, le llevó a cimentar un universo de niños y soledades, mujeres negras que asisten a blancos, o tías que no entienden nada de la vida salvo de cocinar, sin olvidarnos de la aridez de una homosexualidad que Capote nunca se preocupó en ocultar. Todos estos ingredientes son la argamasa de la que están construidos los cuentos recopilados en Relatos tempranos; relatos, muchos de ellos, escritos a los catorce, quince o dieciséis años, de ahí, que la primera sorpresa al leerlos, venga por la madurez de la puesta en escena de cada uno de las historias que las albergan y de su resolución, algunos de ellos, puros ejercicios de estilo literario como el titulado Tráfico oeste, una suerte de vuelta atrás en el tiempo que plasma la realidad de una forma trágica e hiriente. En este sentido, Relatos tempranos es la demostración del precoz talento de un escritor que se caracteriza por su limpieza de estilo y por su desmesurada capacidad de colocar cada palabra en el lugar adecuado, y todo ello, como demostración de un genio tan portentoso como temprano, pues esta recopilación da buena muestra de su particular mirada hacia todo aquello que le rodeó: adjetivando la marginalidad y haciendo de ella una cuerda infinita de la que tirar, para traer hacia sí, las vidas de unos personajes que, en su sencillez, Capote transforma en entrañables, igual de entrañable que puede ser la vida de uno mismo, para cada uno de nosotros. Truman Capote excava en la nimiedad más insignificante y le saca un brillo que resplandece hasta hacernos caer embobados con su reflejo, de ahí la brillantez que rodea a los escenarios por los que transitan sus personajes, pues los convierte en los mejores protagonistas posibles de las mejores historias imaginables.



Como quizá no podría ser de otra manera, el universo que rodea a estas catorce historias está impregnado de niños que buscan a sus padres ausentes. Así ocurre en Esto es para Jamie (uno de los relatos más autobiográficos de la colección), lo que le sirve a Capote para expresar los límites de la marginalidad dentro de las coordenadas de lo cotidiano, como por ejemplo, también le sucede a la protagonista del relato que cierra la recopilación: Donde el mundo comienza, pues como muy bien expresa el título del relato, el mundo propio comienza donde acaba el del resto (circunstancia que también está presente en el cuento titulado Hilda), sobre todo, si ese resto es una profesora de matemáticas con escasas dotes para que su imaginación traspase las paredes del aula donde da clases. Además, las grandes capacidades literarias de Capote, se trasladan del mismo modo a los finales de sus relatos, pues lo hay de todo tipo, desde los sorprendentes hasta los que quedan en suspenso, o se difuminan en un estilo más libre, lo que nos proporciona una incertidumbre en la que es propio lector quien debe aportar algo de sí mismo para acabarla. En cuanto a su aspecto formal, todos ellos se caracterizan por su brevedad, lo que no es óbice para que el autor no deje planteados, y en ocasiones muy bien resueltos, muchos de los enigmas de las historias que aborda como el mejor de los microscopios, pues esa es otra de las características narrativas de Capote: la minuciosa observación del alma humana. Sin embargo, sí podríamos decir de casi todos, que pertenecen en una mayor o menor medida a lo que los críticos han dado en llamar como gótico sureño, por las múltiples referencias existentes a su Monroeville (Alabama) natal y al profundo sur que le vio crecer, hasta que llegó a Nueva York. Una alegoría de anécdotas y vivencias que impregnan sus relatos de esa sensación de estar en otro mundo, por supuesto, nada parecido a la cosmopolita Nueva York. Esa característica de lo subterráneo, es una cualidad más de su genialidad, pues encuentra el eco suficiente para convertirlo en el auténtico protagonista de unas historias que retratan lo poético y lo marginal que existe en los paisajes del alma.



Ángel Silvelo Gabriel.

domingo, 22 de enero de 2017

AL OTRO LADO.- MICRORRELATO DE ÁNGEL SILVELO



Soy un amante de las librerías, pero más allá del placer de la lectura, llevo una temporada que busco nuevas sensaciones a la hora de perderme entre los libros. Su tacto, su olor, el color de sus portadas... ya no me dicen nada. Soy como un psicópata que se ha cansado de ver y oler la sangre de sus víctimas y sólo necesita pisotear sus cenizas. No sé por qué, pero siempre quise saber qué se siente al otro lado, sin la necesidad de que el agente de seguridad me llevara cogido del brazo. «Excusatio non petita, accusatio manifesta», pienso, y me dejo llevar una vez más cual bogavante que abandona su ecosistema para acabar en una cacerola llena de arroz. Sin embargo, enseguida concluyo: «vini, vidi, vinci», pues esta vez mi plan no ha salido como imaginé, mientras con una mano acaricio el lomo de la voluminosa novela que llevo dentro del abrigo y la otra la tengo esposada. Al llegar al despacho del inspector Alejandro Arralongo, éste me pregunta: «¿por qué sigue robando libros en esa librería?». «Solicito inmediatamente un hábeas corpus», digo como mejor respuesta a su interrogante. «Mejor sería que hubiese argumentado la fórmula non bis in ídem, señor juez, me dice el susodicho —y añade—, porque aunque la primera vez me explicó que lo suyo era un capricho pasajero, ya nadie se va a creer en la Audiencia Provincial de Ávila que lo hace por el simple hecho de argumentar mejor sus sentencias, sobre todo, porque siempre acaba quemando los libros en las almenas de nuestra magnífica muralla, igual que si fuese un perfecto asesino que no quiere dejar huella de sus crímenes». Y mirándole fijamente a la cara, le respondo: «pocas novelas policíacas ha leído usted, ¿no?, porque de eso se trata».
Microrrelato de Ángel Silvelo Gabriel

TEATRO TRIBUEÑE: PROGRAMACIÓN MES DE ENERO

“Irina Kouberskaya transforma la tragedia lorquiana en esperanza”
Paloma Pedrero – La Razón 
“Arte dentro del arte[…] obra, genial por momentos, irónica y sarcástica en otros. Es una obra maestra, sin duda. No se la pierdan”
Ángel Silvelo Gabriel - Fragmentos

Nada de obra menor, obra grande, dura, teatro maldito, teatro de vísceras hecho con el corazón y con mucho, mucho cariño”
Alberto Morate – Blogdeentradas.com
“Temas gloriosos, ejecutados con dramática precisión, respetuosos con el estilo de las distintas épocas, o con brillante sentido del humor”



sábado, 14 de enero de 2017

CINÉFILO.- MICRORRELATO DE ÁNGEL SILVELO


«Pídeme un deseo», me dijo mi abogado. «Volver a ser un bebé», le contesté. Y me bebí la pócima que él me ofreció cual Benjamín Button convencido. A partir de ahí, el líquido misterioso hizo que me confesara culpable, y además del embargo de mi cuenta, perdí el lucro cesante de la propiedad objeto del litigio. Sin embargo, cuando terminó la dura persecución a la que fui sometido por parte del fiscal, no me desperté; y como Alicia en el país de las maravillas atravesé un espejo que me llevó a un mundo diferente; un lugar donde los relojes siempre iban hacia atrás. En nada pasé de adulto a joven, y de ahí a ser un chaval. Entonces era feliz, como sólo puede serlo un niño que no posee nada salvo su sonrisa. Pero el efecto del brebaje desapareció, y de nuevo tuve enfrente a mi abogado. «¿Tienes algo que alegar?», me preguntó. Esta vez no le respondí, y pensé: «ojalá fueses Al Pacino en El abogado del diablo, y así no habríamos perdido el juicio». Él quizá nunca lo entienda, pero no hay nada peor que recordar que una vez fuiste feliz, y que ahora estás condenado a no volver a serlo.
Microrrelato de Ángel Silvelo Gabriel

martes, 10 de enero de 2017

JAMES SALTER, LA ÚLTIMA NOCHE: AQUELLO QUE NUNCA LLEGAMOS A SER



Los relatos de Salter son como retratos de atardeceres, donde la interposición de los reflejos del sol sobre la proximidad de la noche no hacen otra cosa si no anunciarnos la cercanía de la penumbra, una penumbra que nos lleva a visualizar el fracaso, pero también la desnudez de aquello que nunca llegamos a ser. La fragilidad del éxito, la felicidad o la eterna juventud son el abono con el que los protagonistas de estos relatos siembran sus recuerdos. Recuerdos de otra vida, de otra meta e incluso de otra forma de ser que se quedaron en el camino. Esa cara oculta de la felicidad, en el caso del universo literario de James Salter, nos lleva hasta la traición, la expiación de la culpa y el miedo a cambiar de vida. Como quedó dicho en alguna de las entrevistas que le hicieron, su forma de escribir se asemeja a la de un avión que sobrevuela nuestras vidas. Con frases cortas, cambios de orientación en la historia —que lo acercan al mundo del cine—, y sobre todo, con su magistral manejo de la elipsis, Salter es capaz de crear en pocas páginas toda una vida, o extraer de ella lo que en verdad es importante. Esa presencia de atajos a la hora de afrontar un relato corto, le convierten en un narrador incisivo, cortante y cruel que, sin embargo, el lector agradece pues le sitúa en esa cara menos amable de la existencia humana, ésa que le obliga a replantearse una y otra vez sus puntos de vista y las circunstancias que los rodean. A Salter, al contrario que a Carver, no le hace falta la mano de su editor para dotar a sus relatos de ese fino y cortante filo de una navaja convertida en letras para diseccionar vidas y deseos, sobre todo, deseos, pues en las manos del escritor norteamericano, los deseos son punzones que se te clavan entre las costillas en busca del corazón.



Las historias de La última noche, se circunscriben en la mayoría de los casos al mundo de la pareja, ya sea ésta presente o pasada, de primeras o segundas nupcias, o el intento de una relación marital que al final quedó en nada o más bien sumergida en la inercia de la indecisión. Por ejemplo, en el relato titulado Los ojos de las estrellas, a través de dos historias paralelas, Salter nos plantea el recuerdo del primer amor a través de dos mujeres que evocan y necesitan del pasado para seguir adelante. O en Contigo, mi señor, de nuevo el retrato de una mujer le sirve al narrador para demostrarnos el perfecto manejo que posee del tiempo, jugando con el estilo narrativo que está presente en el montaje de una película. Aquí, como en tantos otros de sus relatos, la traición es casi obsesiva, y así, a través del perro, asistimos a la relación que la protagonista ha tenido con uno de sus vecinos —que es poeta— de la urbanización donde vive. Esa trasposición de imágenes, objetos o silencios, dotan a las narraciones de Salter de una fuerza arrolladora a la hora de retratar la desolación humana, incluso cuando ésta es víctima de sus propios actos. En este sentido, la secuencia acción-error se convierte en un leitmotiv protagonista de muchas de sus historias, quizá, porque el mundo de la literatura se nutre sin miedo de la derrota hasta trasponerla en una especie de heroína que se desangra hasta la muerte. Una muerte que es la estrella del relato Cuánta diversión, en el que tres amigas quedan a cenar, y el verdadero trasfondo de lo que ocurre a la protagonista no se hace presente sino al final de la historia, para de ese modo, sobrecoger aún más al lector. Una fórmula de cierre que se repite en más relatos, donde en un entorno, en principio feliz, surge el abismo. Un abismo que resulta magistral y único en el cuento que cierra esta recopilación y que le da título: La última noche, en el que con una economía narrativa digna de resaltar, Salter es capaz de atraparnos y llevarnos hasta el límite más peligroso del acantilado. Un alto riesgo con el que, sin embargo, el autor no se conforma, pues nos obliga a suspendernos en el abismo mientras él nos sujeta con un brazo, y a la vez que un viento huracanado nos zarandea y nos obliga a sentir que ha llegado nuestro final. Este relato, es un claro ejemplo de lo que debe ser y de cómo se debe armar un relato corto, de ahí que esté considerado como una pieza maestra del género, pues posee todas y cada una de las características que lo hacen sobresalir del resto. Sencillamente, La última noche tan eléctrico como genial y despiadado.



En definitiva, los relatos de James Salter son como pequeñas películas que, en cada punto y aparte, fijan su atención en otro personaje o en otra historia complementaria de la que sólo sabremos su trascendencia al final, pues en apariencia no le afecta al protagonista. En este sentido, las historias fluyen y se complementan hasta que se funden o difuminan en ese revelador atardecer que nos muestra aquello que nunca llegamos a ser.





Ángel Silvelo Gabriel.

viernes, 6 de enero de 2017

LUCES DETRÁS DE TI.- MICRORRELATO DE ÁNGEL SILVELO


Los planetas giran en un eje que se parece mucho a ti. Te mueves con tanta soltura sobre el escenario que apenas te reconozco. Recuerdo cuando soñábamos con el infinito, y bebíamos en todas las fuentes, y vaciábamos nuestros bolsillos sin saber que estaban rotos. Los planetas marcan la distancia que existe entre nosotros, y tú te conformas con soltar un millón de cometas con forma de soles estrellados. Las teclas del piano suenan huecas y sus acordes se alejan de nuestras vidas. Todos te miran mientras corren a tu alrededor. Hay muchas luces detrás de ti. Emiten destellos que ciegan mis ojos y detienen el tiempo. Los soles se convierten en estrellas y se pierden en un incierto infinito. Miro al escenario y está vacío…, pero los planetas son verdes y tus ojos se convierten en lagos. Hay azul por todas partes y ciudades sin colores.
Microrrelato de Ángel Silvelo Gabriel.

domingo, 1 de enero de 2017

NAVIDAD EN QALA i NAW.- RELATO DE ÁNGEL SILVELO



Este año, aquí, en las estribaciones de un pueblo perdido cerca de las montañas del Band-i- Turkistán no nieva por Navidad. En su lugar, un viento helado acecha nuestros recuerdos. Sin embargo, hoy he soñado que nevaba, y al levantarme y ver el horizonte soleado, he necesitado buscar un por qué a mi desamparo. Me he acercado a la capilla, que ahora está vacía y abandonada desde que el páter se marchó. En Qala i Naw, provincia de Badghis, es difícil tener creencias, pero a pesar de nuestra falta de fe, él siempre nos transmitió la confianza que necesitábamos en cada momento. Al día siguiente, cuando el halo beatífico de sus palabras había desaparecido de nuestra memoria todo era distinto, pero eso nos afectaba. Yo siempre he creído que lo más importante en Qala i Naw son los recuerdos. Quizá, por eso, no me cuesta acordarme de cómo montamos el belén las navidades pasadas en nuestra Unidad en España, y el significado que él nos transmitió acerca de esta fiesta, sobre todo, cuando nos decía que un soplo de esperanza venía cada año a visitarnos para mostrarnos el camino. «El verdadero camino», añadía. Yo nunca he sido un hombre con mi fe anclada en religiones monoteístas, sin embargo, ahora busco su voz en los pasillos de mi memoria y la persigo en el armario de los ecos perdidos, pero por más que lo intento no la encuentro. Nunca pensé en lo esencial que era para mí su presencia. Mi caprichosa ansiedad, teñida de falsete, no se resigna y explora entre los ecos navideños de mi memoria, pero nada, ahí tampoco está. ¿Por qué se habrá marchado? Añoro su voz, y ansío no perderla dentro del cajón de mis mejores recuerdos. No quiero pensar que es un trovador a la fuga, efímero como los deseos de buena voluntad que reinan en Navidad y fugaz como el hálito de mi corazón cuando los escucha. Busco entre las melodías olvidadas que él nos cantaba con alegría y repaso siluetas, imágenes y nombres que sólo se hacen presentes con su presencia, pero nada, es pertinaz en su ausencia. «Quizá esté lejos —pienso—, repartiendo la magia de su presencia entre oídos agradecidos y rodeado de miradas que le recuerdan que, pase lo que pase, debe compartir su presencia con aquellos militares que de verdad le necesitan en alguna de las múltiples misiones en las que estamos presentes». Y no me rindo, porque me reafirmo al creer que su presencia era como un rayo de luz que te iluminaba en las tinieblas. Y no sólo eso, porque cuando busco en mi memoria el eco de sus palabras, lo que de verdad anhelo es una respuesta que calme mi desasosiego. Y en vez de buscarlo mirando al cielo me sorprendo expiando esa posibilidad en el suelo, hasta que el sol se apodera de las rendijas de la capilla y obra un milagro, porque veo cómo algo brilla en la profunda oscuridad que me rodea. Me acerco hasta ese portentoso reflejo y cojo la imagen de un niño Jesús que yace olvidado en el suelo. Lleva un mensaje envuelto en un lacito rojo. Lo leo: «si tienes la dicha de encontrarme, piensa en todo aquello que celebramos estos días. Como cada año, te deseo que el mensaje de paz de la Navidad llene tu corazón». Mientras doblo el papel, lo primero que me digo es por qué me sigo mintiendo. Desde el día que él nos abandonó huyo sin remedio. Mi huida no tiene nada que ver con el miedo que nos acoge cada vez que salimos a hacer una misión fuera de la base. Es algo distinto, algo que está dentro de mí y que se resiste a salir. Por más que me escondo no soy capaz de librarme de ese espectro que llevo dentro. Menos mal, que cuando intento armarme por dentro con algo de dignidad, de nuevo pienso en el páter, en su familia y en la mía, y en lo que representa y significa mi presencia aquí, en este hogar de los vientos donde no existe la paz y el silencio de la muerte nos ronda cada noche, tal y como a él le sucedió el día que se encontraba preparando la misa del gallo en este enclave donde las entrañas de su tierra son entrañas de tierra quemada. Salgo fuera de esta capilla teñida de sangre, y al mirar al cielo, ya no me importa que no nieve en esta inhóspita Navidad en Qala i Naw, porque el recuerdo de su voz ha vuelto a iluminar, aunque sea de una forma tenue, mi perenne desasosiego, porque sé que él, allí donde esté, llevará consigo un mensaje de paz en su voz.
Relato de Ángel Silvelo Gabriel

viernes, 30 de diciembre de 2016

LA INVASIÓN DE LOS NEOLOGISMOS.- Un artículo de Manu de Ordoñana, Ana Merino y Ane Mayoz


Hecho: El español es la lengua oficial de más de 20 países: Argentina, Bolivia (junto con el quechua y el aymara), Chile, Colombia, Costa Rica, Cuba, Ecuador, El Salvador, Guatemala, Guinea Ecuatorial (junto con el francés), Honduras, México, Nicaragua, Panamá, Paraguay (junto con el guaraní), Puerto Rico, Perú (junto con el quechua y el aymara), República Dominicana, Sahara Occidental (junto con el árabe), España (junto con el catalán, vasco y gallego), Uruguay, Venezuela.

Hecho: Junto con el árabe, chino, francés, inglés y ruso, el español es uno de los seis idiomas oficiales de la Organización de Naciones Unidas.

Hecho: Tras el chino mandarín, es la lengua más hablada del mundo por el número de personas que la tienen como lengua materna (472 millones). Y la tercera, en Internet.

¿Por qué, entonces, el nuevo diccionario de la RAE ha retirado 1.350 términos antiguos que ya no se usan, pero ha admitido 5.000 nuevos, muchos de ellos procedentes del inglés? Pues, principalmente, por dos causas: porque el inglés es la lengua más usada en Internet (26,3 % del total), a pesar de ser la lengua materna de solo 375 millones de personas, y porque tiene el honor de utilizarse como lengua internacional de la ciencia, lo que da como consecuencia la inevitable importación de muchos términos de ese idioma a todos los demás, incluido el nuestro.

Y es aquí a donde queríamos llegar. Las palabras que no tienen equivalente en español (neologismos) son bienvenidas y necesarias para la evolución del idioma, pero la importación de vocablos para substituir palabras ya existentes sólo empobrece la lengua materna. Desde nuestro punto de vista, la Real Academia Española de la lengua debería tener algo que decir al respecto.

Hasta el momento, los criterios que los académicos han seguido para la incorporación de nuevos vocablos son básicamente dos: frecuencia de uso y tiempo de vigencia. El director del diccionario, Pedro Álvarez de Miranda lo explica así: “La Academia fija la gramática y la ortografía, las normas para hablar y escribir correctamente, pero no puede fijar el léxico. Las palabras no hay quien las gobierne porque los hablantes son los supremos soberanos. La Academia no es un policía que vigile el buen uso del lenguaje, sino que se ha de comportar como un notario que da fe y constata en acta ―en el Diccionario― lo que está ocurriendo y ya es común en la calle. Los académicos no se inventan nada”. No cabe duda de que el lenguaje es algo vivo, en continua evolución, pero alguien debe velar por el consenso, aun a riesgo de equivocarse.

En su último artículo “El neoespañol del aeropuerto” publicado en El País, Álex Grijelmo nos descubre el léxico que emplea un viajero que se acerca al aeropuerto para coger un avión. Pero este panorama no es exclusivo de la navegación aérea: lo encontramos en la mayoría de los ámbitos de la vida cotidiana. A ello han contribuido de forma decisiva los medios de comunicación. Los periodistas se afanan en inventar términos nuevos para ocultar su falta de talento y el inglés es su primera fuente de suministro: attachment (anexo), butear (arrancar), chatear (conversar), clickear (seleccionar), mail (correo electrónico), freezer (congelador), machear (combinar, equiparar), mouse (ratón), printear (imprimir), printer (impresora), spray (aerosol), staff (empleados), post (artículo, opinión), postear (colgar un artículo, opinión)…

Estos son solo algunos de los anglicismos más crudos o barbarismos que hay que evitar. Ante esta plaga, el ciudadano se pregunta cuál es el papel de la RAE y si están cumpliendo verdaderamente su función (limpiar, fijar y dar esplendor). Entiende la necesidad de ampliar el léxico a medida que avanza la tecnología, pero no el abuso de aquellos. A fin de cuentas, un número significativo de formas, hoy corrientes en el hablar popular, fueron en su tiempo latinismos, galicismos o italianismos. Decía Unamuno en 1901: “Lo que ayer fue neologismo, será arcaísmo mañana, y viceversa”.

La doctora Markéta Novotná escribió en 2007 una tesis titulada “El anglicismo en la lengua española”. Afirmaba que había extraído del Gran diccionario de uso del español actual 407 términos procedentes del inglés. Pero, ¿cuántos más se habrán colado en estos últimos diez años? Aun así, el propio Álvarez de Miranda no está preocupado por el alud de anglicismos que han ingresado en la lengua de los hispanohablantes, según declaraba recientemente a La Vanguardia: “No soy muy alarmista ni muy catastrofista en esto de los extranjerismos. En el siglo XVIII, había verdadera alarma ante la profusión de galicismos y se llegó a profetizar que el francés iba a acabar con la lengua española. Las lenguas son sabias y saben aceptar lo que necesitan y no rebasar un cupo tolerable de extranjerismos crudos”.

Si las lenguas, con sus mecanismos, son capaces de defenderse de las “agresiones externas” cabe preguntarse para qué se necesita una academia de la lengua. De hecho, no todos los idiomas tienen la suya. El inglés es uno de ellos. Al no existir un órgano regulador, la lengua es más dinámica y está en continuo desarrollo. Consecuencia de este dinamismo ha sido el último neologismo aparecido en los medios, relacionado con el contratiempo que ha supuesto el Brexit o la victoria de Donald Trump: ”posverdad” (post-truth). El Diccionario Oxford lo ha elegido como palabra del año y “denota circunstancias en que los hechos objetivos influyen menos en la formación de la opinión pública, que los llamamientos a la emoción y a la creencia personal”. Aunque resulta un poco ambiguo en su definición, no se le puede negar que viene a rellenar un hueco semántico: el que se refiere a una “verdad” sentida sin apoyo en la realidad. El editor de ese diccionario ha jugado un papel activo, parece haberse adelantado a los tiempos al incorporar este nuevo concepto.

Sería interesante que la RAE se adjudicara ese papel de “visionario” de la lengua. Mostraría su eficacia al aportar conceptos para los cuales no tenemos un nombre y, a la vez, cambiaría ese papel pasivo que ejerce. Porque ese “dejar hacer, dejar pasar” del liberalismo económico aplicado a la lengua española, hablada por la gran variedad de grupos culturales que existen hoy en día, podría llevarnos a una peligrosa anarquía difícil de reconducir; como ya se está viendo con verbos como “googlear”, que se ha incorporado con rapidez al argot de Internet sin que nadie haya sancionado su uso.

Mientras escribimos este artículo, nos vienen a la mente esas palabras de Javier Marías, en “La invasión del neoespañol”: “es demasiada la gente (incluidos renombrados autores y traductores) que ya no domina la lengua, sino que la zarandea y avanza por ella a tientas y es zarandeada por ella. Hubo un tiempo en el que podía uno fiarse de lo que alcanzaba la imprenta. Ya no: es tan inseguro y deleznable como lo que se oye en la calle”.

No queda mucho más que decir. Solo que nos tememos que la invasión de neologismos va a ir en ascenso y sin control; que este modo de actuar que la Real Academia Española viene ejerciendo desde hace tiempo es muy cómodo para los académicos y de paso también para los que trabajan en los medios de comunicación y, por último, que el más perjudicado es, sin duda, el idioma español. Y esto último, y volviendo al inicio de nuestra argumentación, es también un hecho.

Un artículo de Manu de Ordoñana, Ana Merino y Ane Mayoz.

viernes, 23 de diciembre de 2016

MICRORRELATO DE ÁNGEL SILVELO: CABEZA DE GARDENIA



Al entrar en el Metro, descubrió que el tiempo era suyo, y se supo infinita, como sólo lo pueden ser las leyendas. A ella, que la buscaron de una forma equivocada en cada esquina, detrás de cada árbol, en la loma de la última montaña…, y acabaron encontrándola bajo el eco de un epitafio: «Cabeza de Gardenia». El tiempo era suyo, como de los demás era el poema, Casi nada, que él la dedicó tras su muerte: «había muchas cosas que quería decirte antes de que te fueras...», tantas como palabras la recordaban en el Metro de Málaga, bajo el cielo protector, cerca de la ciudad azul y la tierra caliente.
Microrrelato de Ángel Silvelo Gabriel 

miércoles, 21 de diciembre de 2016

ANTON ARRIOLA, EL NEGRO Y LA GATA: EL PESO DE LA LEVEDAD



El cuerpo y el alma, el ser y el deber ser, la razón y el corazón…, como metáforas del esfuerzo inútil del hombre a la hora de buscar el valor de la vida, de sí mismo, y de la felicidad… ¿Cuánto pesa el alma?, ¿qué provecho tiene una vida vivida sin la esperanza del amor?... Si lo que en verdad amamos no pesa y no se puede tocar, porque sólo se encuentra en nuestros más profundos anhelos, qué importancia tiene todo aquello que en verdad no nos deja ser libres por mucho que se cotice al alza en la vida real. Esa búsqueda de la otra vida, ésa que tanto añoramos y que apenas calmamos en la mayoría de nuestros sueños, es la que transita por El negro y la gata, la historia de unos personajes que, de una u otra forma, son el vivo ejemplo del desarraigo existencial que anida en nuestra sociedad, y que además, representan el dibujo de unas vidas que van a contracorriente, y no por ello, son insustanciales. Siempre nos recalcan que el retrato del perdedor es el que mejor encaja en la literatura, y en esta novela hay unos cuantos que, por una u otra razón, se encuentran en ese abismo que acoge a los inadaptados, pues no hay nada más absurdo que buscar el verdadero valor de la vida más allá de lo evidente, lo material, la necesidad del cuerpo, el deber ser o la razón. En este sentido, Camus nos planteaba en su filosofía del absurdo que nuestras vidas son insignificantes y no tienen más valor que el de lo que creamos, y ahí incide Anton Arriola, y lo hace en un ejercicio de rebeldía contra todo lo impuesto, pues indaga en las grietas del alma de su protagonista, el párroco Azurmendi, un cura que ha perdido la fe, pero que no por ello deja de pensar en el gran valor que su labor tiene entre sus feligreses. Sin embargo, esta crisis de fe no es el tema principal de esta obra que, en clave de novela negra o de misterio, nos proporciona la posibilidad de alejarnos del mero entretenimiento para acercarnos a un tipo de ficción que busca plantearnos aquellos interrogantes que de una u otra forma nos asaltan a lo largo de nuestras vidas. En este sentido, el autor nos propone desde el principio el valor y la incertidumbre acerca de dos conceptos: el peso y la levedad. Y ya en la cita de Milan Kundera, que abre la novela, uno y otro en cierto modo quedan acotados, para a partir de ahí, ser desarrollarlos por el autor a lo largo de trescientas páginas en las que se dan cita: el amor y el odio, la amistad y el amor, la religión y el vudú, en una suerte de narración que, aparte de misterio, busca el sosiego de la conversación y el discernimiento de unas ideas a las que, por ejemplo, el padre Azurmendi y su amigo Kundera, se someten el uno al otro.

No obstante, El negro y la gata es también la posibilidad de explorar la libertad a través del mar que le acoge a su protagonista (un rasgo muy presente en las novelas del s. XIX y principios del s. XX escritas por mujeres), y con ello, asistir a las bellas descripciones de la costa vasca, y de sus olas, y de sus acantilados, y de sus nubes…, que al unísono, nos ayudan a descubrir y describir el carácter y las costumbres de sus gentes, entre las que destaca, sin duda, el padre Azurmendi, pues aparte de ser el hilo conductor de toda la historia que se nos narra, es un gran ejemplo de cómo se debe crear un personaje, pues nadie como él expresa ese sentido que tienen el peso y la levedad, y que de algún modo, ya están implícitos en la cita de Milan Kundera que abre la novela: «El peso es la búsqueda de una continuidad…», y en cuanto a la levedad nos dice: «…es la experiencia mágica y siempre efímera de la pura belleza, del puro amor». Un anclaje, el de la magia, la belleza y el amor, que Anton Arriola explora junto a sus palabras, intentando, en cada momento, definirse como un escritor que necesita del peso de la reflexión, pero también de la belleza del amor.

En definitiva, El negro y la gata de Anton Arriola es el reflejo de la incoherencia que cada uno de nosotros arrastramos a lo largo de nuestras vidas. Una incoherencia que nos lleva a replantearnos, una y otra vez, ese «ess muss sein –tiene que ser—» al que el autor nos alude a lo largo dela novela y que, sin duda, representa la última noción de nuestro destino, siempre atribulado por el peso de la levedad.

Ángel Silvelo Gabriel.