Tiempo de comunicaciones rotas

Tiempo de comunicaciones rotas

viernes, 17 de agosto de 2018

PATRICK MODIANO, RECUERDOS DURMIENTES: LAS CARRETERAS SECUNDARIAS DE LA MEMORIA



¿Cuántas vidas vivimos, sólo la que nos perfila el viento en el rostro cada día o esa otra que imaginamos y perseguimos en nuestros sueños? A los escritores, quizá, les queda aún una más: aquella que reinventan en sus novelas. En este sentido, Recuerdos durmientes es un magnífico ejercicio literario que se mueve entre la realidad y la ficción, los recuerdos y la memoria, París y el misterio. Y lo hace a través de historias entrecortadas por el paso del tiempo donde los recuerdos son los verdaderos testigos de ese movimiento temporal del día a día, tal y como nos dice el propio autor: «los mismos gestos bajo el mismo sol». La cualidad de ese calor de agosto, de las caras ya sin rostro que sólo son nombres anotados en viejas libretas o papeles marchitos, así como ese sol que persiste en iluminar una parte de nuestros recuerdos, se comportan como la fuerza motriz de aquello que nos queda de lo que vivimos, y lo hacen de tal modo que son el rastro de toda una existencia, porque son los elementos que han sobrevivido al olvido. La esencia de Patrick Modiano y su escritura están presentes en esta novela corta donde hace un ajuste de cuentas con el tiempo a través de unos personajes que se le aparecen como fantasmas en apuntes perdidos en carpetas amarillentas o guías de teléfonos. El protagonista, junto a ellos, lucha contra ese olvido de sí mismo y de su vida con la fugacidad presente en la intensidad que se esconde tras esa imagen o esa sensación que nunca se nos borra de la memoria por mucho tiempo que pase. Modiano, a través de seis mujeres enigmáticas y sus encuentros fugaces, juega no sólo consigo mismo y su memoria, sino también con el lector, al que invita a adentrarse en la singladura de unas historias y unos personajes cargados de misterio y, también, de los recuerdos del frío parisino de los sesenta, o de esos domingos de agosto antes de que tuviera que volver al internado, o de las conexiones del metro de París con sus lucecitas de colores que se iluminaban cuando las apretabas. Entre calle y calle, café y café, paseo y paseo, descubrimos ese París imaginado por el protagonista, en una singladura que, a veces, se comporta como la pérdida de la inocencia de aquel joven que ya no lo es.



Recuerdos durmientes es la primera publicación de Modiano después de haber recibido el Premio Nobel de Literatura en el año 2014, y podemos decir que, a pesar de la brevedad de la misma, en ella se encuentra el alma literaria del escritor francés, pues en estos pequeños relatos que no tienen un final y que él va uniendo los unos con los otros, va trazando una serie de carreteras secundarias de la memoria donde: «a medida que pasan los años, sin duda terminamos librándonos de todos los pesos de los que vamos tirando y de todos los remordimientos», como mejor metáfora con la que medir el paso del tiempo y la auténtica esencia de la vida. ¿Qué es lo importante entonces? Para Modiano, sin duda, es la capacidad del artista para dotar a la realidad de esa capa de misterio que la haga única e intransferible. Así, las palabras son meros vehículos que nos llevan a lugares a los que nunca supimos que íbamos a ir, para de esa forma, dotar a nuestra existencia de la plenitud de la novedad intrínseca a todo lo imaginado. En este sentido, Modiano no tiene la necesidad de finalizar todo aquello que nos narra, porque esa interrupción es más bien la ruptura que se produce cuando nos despiertan en mitad de un sueño y no sabemos con certeza si aquello que hemos experimentado es cierto o sólo pertenece al mundo de los sueños. En esa incertidumbre, tan reveladora como mágica, es donde se mueven estos Recuerdos durmientes, donde París, una vez más, es la auténtica protagonista del devenir literario de Patrick Modiano, como si en el fondo, la ciudad fuese la excusa para trazar el mapa de las carreteras secundarias de la memoria, no sólo del escritor francés, sino también de todo el universo que es capaz de abarcar la literatura.

 

Ángel Silvelo Gabriel. 

jueves, 16 de agosto de 2018

FLEUR JAEGGY, PROLETERKA: EL SUICIDIO DE LOS RECUERDOS



La desnudez de los sentimientos expresados de forma parca, árida y, sobre todo, poética y sobrecogedora. Proleterka, en este caso, es el nombre de un navío que surca los mares oscuros de los recuerdos y la vida; una vida donde la única frontera a salvar es la distancia que reina en el silencio de las emociones; emociones de personajes sin nombre, emociones extremas que surgen como un iceberg en un océano frío y desolador donde el único refugio es la palabra convertida en poesía. Escritura de paredes vacías exentas de libros, paredes blancas como símbolos de un alivio necesario para continuar en mitad de la tempestad…, en el suicidio de los recuerdos. Fleur Jaeggy de nuevo se aísla en su propia partitura y nos ofrece un nuevo tour de forcé de la vida hecha literatura con mayúsculas. Nada falta y nada sobra en la bella pulcritud de su escritura. Leer a Jaeggy es dedicarle nuestro tiempo al virtuosismo que se esconde detrás de cada palabra, una especie de contraseña que nos lleva a los territorios en los que no podemos pedir auxilio. Ella nos propone la zozobra y a nosotros no nos queda más que seguir escuchando las teclas de ese piano que no dejan de tocar y, con ellas, desembarcar en esas otras Venecias sumergidas bajo las aguas, donde lo único que tenemos que haces es dejarnos llevar por la belleza.



Proleterka nos narra la historia de un padre y una hija a través de los recuerdos; recuerdos de la vida sin palabras que les acoge, y la distancia que enmarca a esos silencios; unos silencios que son como el largo preludio de los recuerdos y más tarde la muerte. Hay muchos presagios en esta novela iniciática que navega sin pudo sobre la vida, los sentimientos, la familia o el sexo; y también muchos silencios que se coronan como la única verdad al alcance de unos personajes que sólo buscan pasar de perfil por todo aquello que no les gusta y, sobre todo, sin dar explicaciones. Los mundos interiores que recogen las vidas de Johannnes y su hija son la expresión de una desnudez existencial que se ancla una y otra vez en la imposibilidad de las palabras; palabras proscritas, porque son meras explicaciones de aquello que no se quiere vivir, de ahí que el silencio sea como un suicidio libremente elegido, donde lo único importante es uno mismo, por más que nuestra vida sea la intrahistoria de un naufragio. Proleterka = Proletaria, no es más que la antítesis de ese naufragio en manos de la narradora. Silencios, atardeceres, soledades, odios no expresados y sexo sin la más elemental ternura, se cruzan con la avidez del paso del tiempo en forma de recuerdos; recuerdos tardíos pero intensos donde proliferan el anonimato de unos personajes sin nombre salvo el de Johannes —el padre la de la protagonista—, Orsola —su abuela—. O la señorita Gerda. Reconstruir ese anonimato a través de las palabras es la misión de una protagonista que intenta entender aquello y, a aquellos, que para ella se quedaron sin nombre y que fueron arrasados por la desidia de los recuerdos familiares. Familia de suicidas como nos recuerda la protagonista si nombre de esta historia: «La nuestra es una familia de suicidas. De aspirantes al suicidio. Las raras veces en que hemos tenido ocasión de pasar algún tiempo, breve, entre parientes, el tema fundamental, el único tema por el que cada uno de nosotros mostraba un cierto interés, era el suicidio. Las tentativas fallidas. Ante lo demás, una indiferencia educada. A los familiares no les interesa hablar de otra cosa. El tema 'quitarse la vida' siempre ha sido más fuerte que los temas del dinero, las herencias, las enfermedades. Ni los funerales eran tenidos en cuenta. Incluso si ofrecían un pretexto para encontrarnos. Pocas veces nos perdíamos un funeral de familia. Generalmente se celebraban en lugares turísticos. En lugares amenos. Con un lago. En el banquete fúnebre no era infrecuente que alguien contara una de sus fallidas tentativas de suicidio. Algunos vivieron muchos años».



Proleterka es el crematorio de los recuerdos en el que sólo nos queda la posibilidad de introducir un clavo de acero que no sea destruido por el fuego, para así, poder rescatar una parte de la esencia del pasado, por mucho que sea un pasado donde la desnudez de los sentimientos nos aboque al suicidio de los recuerdos.



Ángel Silvelo Gabriel. 

martes, 14 de agosto de 2018

EXPOSICIÓN MONET / BOUDIN EN EL MUSEO THYSSEN BORNEMISZA DE MADRID: LA INTENSIDAD DE LA LUZ Y SU CONTRASTE



Atrapar la luz con la mirada y modelarla en algo distinto a través de las sensaciones que esa luz produce en nuestra mente. Dejarse llevar más allá de la simple experiencia para unir las mil formas que el mundo adopta dentro de cada uno de nosotros. Jugar a ser como émulos de Dios que tienen la capacidad de darle una nueva reinterpretación a la realidad para acabar haciéndola suya. Así podríamos definir los múltiples reflejos de la realidad que nos proponen Boudin y Monet. Maestro y discípulo entregados a filtrar la intensidad de la luz y su contraste bajo los parámetros de la experimentación y el cambio, porque si la transformación de la realidad a través del arte tiene múltiples manifestaciones; una de ellas, sin duda, fue la capacidad de aquellos pintores que a través de su fusión con la naturaleza demostraron que era posible reinventarla y mostrarla de una forma diferente. La intensidad de la luz y su contrate, de nuevo, juega aquí un papel fundamental. La observación del mundo ya no parte del clásico academicismo, sino que deviene en una experimentación que transforma lo visto en una amalgama de sensaciones que rompen con la frialdad estética del realismo para mostrarnos la subjetividad del arte por el arte, donde lo menos importante es la exacta recreación de aquello que contemplamos. Y, con ello, damos paso a una nueva forma de pintura basada en la expresión que se cobija bajo los reflejos de los rayos del sol. Ahora que el hombre ha enviado una sonda hacia sol que se acercará a él como nada ni nadie antes lo había hecho, Boudin como precursor de un impresionismo todavía demasiado atado a las formas clásicas y, Monet, como el discípulo que fue capaz de romper con las barreras de todo aquello que estaba instaurado, ya se acercaron a ese sol incandescente y perenne que gobierna y delimita nuestras vidas. En este sentido, la exposición del Museo Thyssen de Madrid acierta al mostrarnos a los dos pintores uno frente al otro, porque podemos apreciar con total naturalidad sus particulares propuestas, y el camino que va desde la potencia de la luz presente en la obra de Monet, que ejecuta sus cuadros directamente en la naturaleza, y la oscuridad de un Boudin que refleja su trabajo en el estudio sobre los apuntes tomados en la naturaleza. Algo que nos queda muy claro, por ejemplo, en el caso de El paisaje normando de Boudin y en La vista de los alrededores de Rouelles de Monet; o de una forma más incisiva cuando ambos comparten la misma escena y casi idéntica perspectiva como ocurre en El Sena de Ruán de Monet y El Havre. Barco en alta mar de Boudin.

Perspectivas, estudios al aire libre, acuarelas, pasteles y bosquejos a lápiz se van abriendo camino en una exposición en la que, se nos queda impregnada en la retina, la fuerza compositiva y la materialidad de las pinceladas de un Monet cada vez más sensitivo y deformador de una realidad que le lleva a crear un mundo nuevo: el del impresionismo. Y en la que apreciamos la maestría compositiva y la reinterpretación de la realidad más pegada a los movimientos pictóricos de un Boudin que destaca, sin duda, en sus composiciones de escenas de playa y marinas y en los pasteles de los cielos y el reflejo del sol sobre éstos, y que se acercan mucho más, por ejemplo, a sus escenas de la playa de Trouville siguiendo lo que Baudelaire bautizó en 1846 como “el heroísmo de la vida moderna”, una concepción rupturista del arte que el propio Boudin abandonó en 1870.

Luces, cielos, soles, playas y su colorido y reinterpretación de la realidad que nos llevan a captar el instante y su fuerza y de ese modo desplazarnos a un lugar distinto del que nos encontramos, en un viaje pictórico a través de la intensidad  de la luz y su contraste.  

Ángel Silvelo Gabriel.

viernes, 10 de agosto de 2018

JANE BOWLES: CABEZA DE GARDENIA.- MICRORRELATO DE ÁNGEL SILVELO



Hui tras matar a mi amante después de nuestro fugaz encuentro. Sin abogados que me pudieran dar alcance me perdí por las rendijas de una alcantarilla que no contenía señales para el viaje de vuelta. Y, así, aparecí en Málaga, donde al entrar en el Metro descubrí que el tiempo me pertenecía. Me sentía infinita, como sólo lo pueden ser las leyendas. A mí, que siempre me buscaron de una forma equivocada en cada esquina, detrás de cada árbol, en la loma de la última montaña…, y que he acabado encontrándome a mí misma en el cementerio de San Miguel bajo el eco de un epitafio: «Cabeza de Gardenia». En ese momento sentí que ella era mía, como de los demás era el poema Casi nada que él la dedicó tras su muerte: «había muchas cosas que quería decirte antes de que te fueras...», tantas como palabras la recordarán cada día bajo el cielo protector, cerca de la ciudad azul y la tierra caliente.
Microrrelato de Ángel Silvelo

viernes, 27 de julio de 2018

SEIS LIBROS PARA LEER EN VERANO



1.- LA VIDA EN TIEMPO DE PAZ, DE FRANCESCO PECORARO
En un solo día de la vida del ingeniero, Ivo Brandani, se nos cuenta toda su existencia, vivida en «tiempo de paz» pero sin ilusiones al fin. Mirando hacia atrás, su voz y la del narrador recorren, en sentido inverso, esa vida. Y también la de un país sometido a los abusos y la hipocresía, a la burocracia y la sumisión. De los excesos económicos del cambio de siglo a las protestas estudiantiles de los años sesenta; de los días de playa y mar de la adolescencia, en pleno descubrimiento del amor y el sexo, al mundo bárbaro de la posguerra, cuando Brandani experimentó las pesadillas y los primeros retos de la infancia. Quirúrgica y torrencial, La vida en tiempo de paz es una novela contada desde el punto de vista de un antihéroe lúcido; es la historia de buena parte de Europa y de cierta burguesía: en estas páginas se nos muestran nuestras debilidades, nuestras aspiraciones, nuestros excesos… y la mugre que nos envuelve y descubrimos cuando sabemos, finalmente, en qué nos hemos convertido.



2.- LOS AÑOS DEL CASTIGO, DE FLEUR JAEGGY

Los hermosos años del castigo son un inesperado encuentro con la gran literatura que no entiende ni de modas ni de géneros, pues aborda la vida en sí misma alejada de la monstruosa actualidad, ya que no bebe de ella (la primera edición de este libro en España es de enero de 2009), si no de ese otro maná que sólo se encuentra al otra lado de la línea del horizonte donde la falsedad de lo cotidiano deja paso a lo auténtico, pues auténtico es aquello que te hace sentir por dentro que todo es posible, hasta aquello que en principio no lo es: «Pero ¿cómo se representa el vacío? ¿Tal vez es la falsificación de todo lugar originario? Nada más verdadero y más falso, por manipulado, que ese pecado original con el que nacemos y, con el que Fleur Jaeggy juega en esta novela: Los hermosos años del castigo, bajo la óptica de la fría voluptuosidad de la adolescencia.



3.- EL PRIMER HOMBRE, DE ALBERT CAMUS


El primer hombre es una novela autobiográfica en la que Camus veía su proyecto literario más ambicioso; un proyecto al que quería darle la magnitud, la belleza y la fuerza de Guerra y paz de Tolstoi. No en vano ni evitó los más dolorosos recuerdos ni sus orígenes argelinos ni la comprensión hacia todos aquellos que le pusieron múltiples cortapisas, como tampoco se olvidó de esos otros que posibilitaron que siguiera sus estudios y, con ellos, llegar a forjarse un futuro; un futuro no exento de polémica en ocasiones, pero muy glorioso en otras. En El primer hombre, Camus no buscaba sólo la soledad que le guiase a lo largo de su particular epopeya vital, sino también reencontrarse a sí mismo después de ganar el Premio Nobel de Literatura y, después también, de los varapalos a los que le sometieron los más influyentes personajes de la cultura francesa por salirse de ese dogma pegado a la ortodoxia marxista apoyada por Sartre tras la Segunda Guerra Mundial. En ese sentido, Camus define como nadie en esta novela inconclusa la dignidad que debe guiar al hombre libre, y la defensa a ultranza de esa libertad.



4.- EL ARTE DE LA FICCIÓN, DE JAMES SALTER


La vida sin trampas que nos propone Salter en estas tres conferencias que dio en la Universidad de Virginia unos meses antes de morir, son el mejor reflejo de su atrevimiento, lucidez, falta de arrogancia, búsqueda de la perfección, oralidad…, y Balzac. Al que luego se añadieron Flaubert, Thomas Wolfe, Faulkner o Isaak Bábel, sin olvidarnos de Nabokok, Kerouac, Updike o Bellow, entre muchos otros y, junto a los que intentó buscar esa gran entelequia denominada como Gran Novela Norteamericana, sin saber muy bien ni cómo ni porqué y ni siquiera qué sentido tenía, en una nueva muestra de cercanía y sencillez que engrandecen más y más su figura y su obra. No obstante, Salter nos recuerda que: «Escribir novelas es difícil», o que, «componer novelas es un proceso largo. “Has de tener una capacidad enorme de resistencia para ser novelista —dijo Anthony Powell— Tienes que hacer un montón de tareas aburridas y perseverar día tras día, y si no eres capaz de eso, poco importa que tengas toda la imaginación del mundo”. Según él, era una cuestión de aguante, como casi todo en la vida». «… Los libros señalan un período o un lugar, y poco a poco se convierten en ese lugar y en ese momento».



5.- LA DESINTOXICACIÓN MORAL DE EUROPA, DE STEFAN ZWEIG



La experiencia personal e intelectual de Zweig al servicio de los demás alcanza en estos artículos la dimensión de las grandes gestas, pues una gran gesta es el pulso firme y el pensamiento lúcido que el austriaco nos proporciona en su forma de ver y reinterpretar el mundo. No hay nada que escape a su análisis y, así, por ejemplo, aborda el colonialismo inglés en la India a través del atentado producido por un hindú en Londres; un incidente que a él le sirve para hablarnos y hacernos sentir el aislamiento de la nación inglesa frente al mundo, a pesar de sus muchas colonias; una premonición, quizá, del aciago presente inglés a través del Brexit, pues se trata de una nueva manifestación del nacionalismo rancio y prepotente que sólo es capaz de tirar en una sola dirección. Pero por si esto fuera poco, Stefan Zweig nos habla en “La monotonización del mundo” de una forma, preclara y muy acertada, del concepto de la globalización, y de la falta de identidad que éste conlleva. Esa homogeneización es la que borra las huellas de los pueblos y los hace más proclives al nacionalismo y al fanatismo, nos dice Zweig y, nos lo explica, con unos sencillos ejemplos que están insertados dentro de nuestros hábitos cotidianos de vida.



6.- MEMORIA DE ELEFANTE, DE ANTONIO LOBO ANTUNES


Memoria de elefante es un viaje a ninguna parte a través del vacío que se apodera de nuestro espíritu, o un tránsito por el reino de la soledad sin nombre a través de la noche más oscura, como nos apunta Fitzgerald —un prodigio de la autodestrucción—. Hay dolor físico y espiritual en el protagonista, con memoria de elefante, de la novela a la hora de relacionarse con el mundo y sus gentes, de ahí que se refugie en la soledad como mejor solución a esa incomunicación. Un hartazgo de estar vivo que él contrarresta con las comparaciones que hace entre sus diferentes estados de ánimo y las observaciones que expresa en general a través del arte, sobre todo mediante la pintura y sus artistas, pero también con la música o la literatura. Lobo Antunes consigue llevarnos de la mano a través de una narración que es un hilo continuo que ni se acaba ni te suelta, porque la historia nunca va hacia atrás, sino hacia adelante, hacia ese abismo que nos marra con un ritmo lento de sucesos y diálogos interiores que nos muestran el amplio universo de la soledad y la huida que ésta conlleva. António Lobo Antunes, con ello, provoca en el lector un malestar existencial que llega a reconocerse sin dificultad en este psicólogo que cura a los demás pero no a sí mismo.

 
Ángel Silvelo Gabriel

jueves, 26 de julio de 2018

MARY SHELLEY, DE HAIFAA AL-MANSOUR: REFLEJOS GÓTICOS DESTEÑIDOS Y ALEJADOS DEL ROMANTICISMO





Atrapar un sueño y reducirlo a la esencia de aquel que crea una nueva vida y la transforma, no en algo nuevo, pero sí distinto. Sentirse perdido tras el níveo esplendor de la luna sobre el fondo negro de un cielo estrellado que se ve manchado por las nubes, grises en la noche, que no paran de atravesar el firmamento inglés en busca del mar. Mar de hielo donde dar vida a un monstruo, pero no a uno cualquiera, si no a un monstruo llamado Frankenstein. Así se nos presenta la joven Mary en la nocturna soledad de su habitación mientras intenta dar vida a aquello que le atormenta por dentro y que sólo verá la luz tiempo más tarde. Aislada del barro de las calles de Londres, de los mercados callejeros y sus carnes sangrientas, y de la falta de sensibilidad hacia su persona por parte de su madrastra, la joven autora busca refugio en el cementerio, junto a la tumba de su madre, entre hojas caídas y un perenne otoño ausente de luz y de sol. En esa idílica imagen que preside el cartel de la película, la directora de este biopic que se encuentra a medio camino entre el drama y la wikipedia, rescata parte de la esencia de ese mundo interior de la creadora de uno de los personajes más míticos de la literatura. Sin embargo, todo se queda ahí, perdido entre reflejos góticos desteñidos y alejados del Romanticismo de principios del siglo XIX, donde las ansias de libertad deambulaban entre el regreso a la naturaleza y la necesidad de derrocar a las viejas costumbres que marginaban a la mujer, dejándola en un segundo plano. De ahí, que no sea extraño que, la hija de la filósofa feminista Mary Wollstonecraft y el poeta y filósofo William Godwin, necesitara huir a ese otro mundo que la llevara más allá de la mezquindad que rodeaba a su realidad cotidiana. Es en ese refugio donde Mary Shelley creará y se citará con su monstruo y, quizá, donde de alguna forma se liberó de él, o no, porque cabe la posibilidad de que el famoso monstruo fuese ella misma.



Esa esencia puramente romántica que se le supone a la protagonista de esta historia, sin embargo, naufraga a la hora de plantearnos un guion donde lo único que se salva es la percepción artística de Mary Shelley, muy bien interpretada por Elle Fanning, lo que le da un mayor margen de credibilidad, pero no así en cuanto al resto de la película, que se nos narra más pendiente del tono académico que del dramático y literario que en sí mismo posee esta archiconocida historia. En este sentido, el interés de la directora saudí se centra sobre todo en el aspecto visual del film, al que intenta dotar de esos márgenes de certeza sobrepigmentada cuando ahonda en una ambientación tenuemente iluminada, y que sólo encuentra su mayor acierto en el retrato más íntimo de Mary Shelley y su soledad, pues en el resto y, sobre todo, en la ambientación de Villa Diodati, naufraga estrepitosamente, pues nada más tenemos que fijarnos en lo vulgarmente que sale retratado un Lord Byron afectadísimo en sus poses y maneras, sin dejar de lado la falta de encaje de unas escenas desapropiadas y desacertadas, sobre todo, si nos atenemos a ese espacio lírico tan bien ambientado por Gonzalo Suárez en Remando al viento, todo un prodigio del cine de autor, del que por otra parte, carece esta nueva entrega, más perdida en dar un enfoque tímidamente feminista que en hacer del tormento de su protagonista una obra épica sobre lo que se suponía que en aquella época era el papel de la mujer en la sociedad. Menos mal que, Elle Fanning, intenta poner en pie a un personaje difícil, atormentado, pero a la vez, dotado de un fuego y una luz en sus ojos que la actriz logra transmitir en todas aquellas escenas donde se  ve precipitada al acantilado de la incomprensión de una sociedad y un entorno que no comprende aquello que transita por sus sentidos. Esos libros de notas donde escribe los textos que dan vida a Frankenstein, o esos trazos dibujados por toscos lapiceros de madera, nos hablan de ese otro yo que fue capaz de romper las fronteras de la vida real para llegar a la tierra firme de esa otra vida donde todo es posible gracias a nuestra imaginación. Entre libros, bajo la tenue luz de las velas y tras las sombras de ese mundo de oscuridad e infelicidad, es como nos hubiese gustado descubrir a esta nueva Mary Shelley, sin embargo, en esta ocasión nos hemos tropezamos con ella entre reflejos góticos desteñidos y alejados del Romanticismo más puro y genuino, por imposible. Menos mal, que siempre nos quedará su obra para poder respirar la auténtica oscuridad que presidió la vida de ella misma y de su monstruo. 

 

Ángel Silvelo Gabriel. 

miércoles, 25 de julio de 2018

LA MUJER DETECTIVE EN LA LITERATURA.- Un artículo de Manu de Ordoñana, Ana Merino y Ane Mayoz

La realidad no supera la ficción. Para muestra: las primeras detectives; estas investigadoras tuvieron su primer trabajo en la ficción antes que en la vida real.
Los relatos de mujeres investigadoras aparecieron a principios de 1860 en Inglaterra, en una sociedad británica que, en lo económico, experimentaba un progreso tecnológico y científico constante que la convirtió en referente mundial para el resto de Europa y, en lo social, mostraba una doble moral: una fachada sobria y conservadora en público y, en privado, una sexualidad promiscua y alocada donde la mujer era infravalorada y casi responsable de todos los males de la sociedad. Por eso habría que esperar a 1918 para que la policía londinense contratara a la primera agente y a 1973 para contratar a la primera detective. Es verdad que en 1833 empezaron a participar en el cuerpo policial, pero sólo hacían tareas poco cualificadas, como registrar a las prisioneras. Más adelante ampliaron sus funciones a celadora de prisiones, asesora legal y tareas relacionadas con la violencia conyugal, pero los homicidios y los robos eran materia de hombres.
Esas mujeres detective comenzaban a protagonizar la novela de género con más éxito del siglo XIX. Eran personajes que rompieron los roles establecidos y tiraron por tierra los principios de aquella sociedad. Sus actuaciones se convirtieron en un emblema literario, en una herramienta de empoderamiento para la nueva mujer que estaba despertando y quería moverse libremente por las calles y convertirse en dueña de su futuro.
¿Cuál fue el motivo del gran éxito del género policiaco?
Hay que retrotraerse a los inicios de la novela detectivesca. Podemos afirmar que el género como tal nació con el investigador Auguste Dupin, protagonista de Los crímenes de la calle Morgue (1841) escrito por Edgar Allan Poe, y que la posterior aparición del escritor Arthur Conan Doyle con su detective Sherlock Holmes unos años más tarde, en 1887, supuso el empujón definitivo para este tipo de novela.
La presentación en el Londres de 1891 de la Strand Magazine tuvo gran importancia porque esta revista —editada semanalmente y que llegó a tener una tirada de 300.00 ejemplares— publicaba relatos cortos detectivescos. Alcanzaron tanto éxito entre los lectores que se puso de moda la escritura de este tipo de historias. Muchos hombres y mujeres se dieron cuenta de que era una forma cómoda de ver la propia obra publicada rápidamente y además con el acicate de que ganaban un dinero extra.
Sea cual sea la causa del gran éxito de este género, lo que sí parece que tiene sentido es lo que afirma Elena Ramírez, que la novela policiaca gusta porque ordena la realidad: las cosas suceden, comienzan y terminan, tienen lógica, hay una resolución, y en la mayoría de los casos el malo halla su merecido. En aquella sociedad tan falsa y cambiante, el lector —y más la mujer lectora— se sentía sobrepasado por la realidad y echaba en falta unas reglas de vida claras, las reglas de juego que tiene este tipo de literatura.
Las primeras detectives
Se habla de Wilkie Collins como creador, en 1856, de la primera detective de la literatura, aunque no era una investigadora profesional ni la trama era precisamente detectivesca. Por eso nombraremos a la señora Paschal como primera detective profesional. Corría el año 1864 cuando William Stephens Hayward la creó; cuarenta años y viuda, estaba pasando por un momento económico muy malo, por lo que decidió aprovechar su talento para la observación y deducción resolviendo casos de robos y estafas en el Londres de aquella época. Era una mujer que no se achantaba ante la autoridad del hombre.
Luego llega Loveday Brooke, en 1893; gran acontecimiento por ser creada por una escritora, Catherine Louisa Pirkis. Esta la perfiló como a una joven investigadora profesional con mucho sentido común y sin ningún miedo.
Sarah Fairbanks, la siguiente, nace de la pluma de Mary E. Wilkins en 1895. En aquel entonces ejercía de maestra de escuela, pero contaba con todos los recursos para ser una investigadora y de hecho decide resolver el asesinato de su padre.
Después tenemos a Amelia Butterworth y Violet Strange, dos divertidas y fascinantes detectives creadas por Anna Katherine Green, conocida como la Mother of Mistery gracias a que en 1878 publicó El caso Leavensworth, un éxito de ventas que llevaría a la fama a su protagonista, el policía Ebenezer Gryce.
Posteriormente, entre 1910 y 1911, vendrían la detective Mollie Delamere gracias a la escritora Beatrice Heron–Maxwell; Lady Molly creada por Emmuska Orcy; la investigadora Judith Lee inventada por Richard Marsh y, por último, Ellen Bunting creación de Marie Belloc.
En pleno auge de esta novela detectivesca es cuando aparece Miss Marple, en 1930, de la pluma de Agata Christie. A partir de este momento la novela no deja de evolucionar. Así, Elaine Showalter en su libro A Literature of Their Own habla de tres fases de este género novelesco:

  • Una femenina, con Miss Marple de Agatha Christie y Kate Fansler de la escritora Amanda Cross. Son mujeres entrometidas, ingenuas, que no necesariamente tienen que salir de casa para buscar pruebas por lo que desentrañan el misterio por deducción lógica.

  • Más tarde las detectives ya son verdaderas trabajadoras en favor del cumplimiento de la ley y entraríamos en la fase feminista: P.D. James con su detective Cordelia Gray o Sue Grafton con Kinsey Millhone. Sin cargas familiares, con pistola, aunque no la usen mucho, y viviendo en una pequeña habitación saben argumentar bien, como lo demuestra el personaje de Cordelia cuando se pone en tela de juicio su capacidad para ejercer una profesión tan peligrosa: “…este es un trabajo totalmente apropiado para una mujer, ya que requiere de una curiosidad infinita, gran capacidad de sufrimiento y una tendencia natural a meterse en la vida de los demás”.

  • Y, por último, la fase female, protagonizada por una serie de mujeres de cierta relevancia social y que luchan por mejorar la situación de su entorno y no se ponen fronteras. Dejaremos dos ejemplos: Frances Fyfield con su detective Helen West y Stella Duffy con Saz Martin.

Las detectives de la literatura española
No podíamos terminar sin hacer un breve recuento de las protagonistas femeninas de la novela policiaca en España. Se suele poner como iniciador del género a Pedro Antonio de Alarcón con El clavo, una nouvelle publicada en 1853, inspirada en un caso real que apareció en los periódicos de la época. Más tarde, en los años setenta, llegaría el boom de la novela negra, con Manuel Vázquez Montalbán y su detective Pepe Carvalho. Pero habría que esperar a 1985 para encontrarnos con una detective protagonista, Lonia Guiu, creada por María Antonia Oliver.
La consolidación del género llegaría en 1996 de la mano de Alicia Giménez Bartlett con la inspectora de policía Petra Delicado, un personaje complejo y lleno de contrastes, como su nombre.
En 2011 nace la primera detective no humana de la literatura española. Rosa Montero es su creadora y Bruna Husky, el nombre de la investigadora tecno humana producto de los avances en bioingeniería.
En el panorama literario de 2013 aparece una inspectora de homicidios de la Policía Foral de Navarra, Amaia Salazar, creada por Dolores Redondo, y en este mismo año conocimos a Annika Kaunda, joven policía de origen subsahariano ideada por la sevillana Susana Martín Gijón.
Por último, y aunque faltan muchas, vamos a nombrar a dos más por lo que tienen de renovadoras del perfil de investigador: las juezas Mariana de Marco, juez de Primera Instancia e Instrucción en Cantabria, de José María Guelbenzu y Lola Machor, de Reyes Calderón, que ejerce en Pamplona.
A modo de conclusión
La aparición de la mujer detective en la literatura es un paso importante y así ha sido considerado en el desarrollo de la “novela psicológica criminal”. La mujer de la época en que surge este personaje literario tenía que conformarse con la observación discreta de la vida. Debía ver sin ser vista y guardarse los hallazgos para ella misma sin hacerlos públicos. Desde el escondite que le proporcionaban sus cuatro paredes —o sus visillos, que diría Carmen Martín Gaite—, leía entre líneas e interpretaba gestos y miradas a la vez que sacaba conclusiones. En definitiva, ¿no es este el germen de la investigación?
Un artículo de Manu de Ordoñana, Ana Merino y Ane Mayoz

domingo, 22 de julio de 2018

LA HOGUERA DE LOS LIBROS.- MICRORRELATO DE ÁNGEL SILVELO


No es cierto que todo sigue igual, por mucho que tu abuelo, tú y yo tengamos el mismo nombre y el primer apellido, y como tampoco lo es la aplicación del derecho natural y su carácter universal como marco supra legal. Hijo, cuando me preguntas si el mundo siempre fue así, un lugar lleno de libros que nadie lee, se me hace difícil decirte que no. Al principio, el libro era un bien tan escaso que todos se quedaban dentro de las paredes de los monasterios. Entonces saber leer y escribir era sinónimo de poder y sabiduría. Pero todo en algún sentido es finito, excepto quizá las letras impresas en las páginas de un libro. No sé cómo explicártelo hijo. Todo es un ciclo. A veces, cuando lees un libro por primera vez crees haberlo entendido todo, pero al volver a releerlo años más tarde te das cuenta de lo equivocado que estabas. El mundo y, nosotros con él, avanzamos y cambiamos. Y eso creo que es lo que nos ha pasado, que no hemos sido capaces de mirar más allá de nuestro resquebrajado caparazón y, un día, de repente, todo se ha venido abajo y lo que antes era importante ahora simplemente ha dejado de existir. Por eso, no debes quemar más libros, porque como te digo, todo es un ciclo. Y quién sabe, a lo mejor el día de mañana todos quieran volver a leer aquello que hoy quemaste en la hoguera de los libros y, de ese modo, les volverás a dar la oportunidad de comprobar cómo eran, además de percibir en lo que se han convertido.
Microrrelato de Ángel Silvelo Gabriel

domingo, 15 de julio de 2018

UNA MAÑANA DE AGOSTO.- MICRORRELATO DE ÁNGEL SILVELO



No entiendo el mundo en el que vivo, por eso intento atravesar el espejo que todavía me separa de ti, como hice aquel verano en el que nos quedamos sin vacaciones por culpa de las asignaturas pendientes que nos habíamos dejado en nuestro primer curso en la Facultad de Derecho. Esta vez, sin embargo, todo es distinto, porque te busco entre los velos de nuestro pasado, igual que una cometa que se desplaza a través del tiempo y va en busca de la mejor ráfaga de viento. Suspendida del aire creo que, todo lo que me rodea, es la antítesis del mundo terrenal del que estoy escapando. Y me siento rara, porque antes de llegar hasta ti oigo tu voz, pero la percibo igual de lejana que ahora nos queda aquella mañana de agosto donde no nos hizo falta ningún consentimiento para sellar nuestra unión. Después llegaron los años cargados de papeles. Papeles llenos de leyes y recursos, para mí. Papeles repletos de historias en forma de novelas, relatos o microrrelatos como éste, para ti. A pesar de que te invoque a través de imágenes y sentimientos que pertenecen a nuestro pasado, ahora mi alma de mujer necesita reencontrarse contigo al otro lado del espejo, para de ese modo, rememorar el verdadero significado de la vida, ese que nos pilló por sorpresa una mañana de agosto, cuando decidimos que tú y yo éramos más importantes que nuestras prometedoras carreras de abogados.
Microrrelato de Ángel Silvelo Gabriel

viernes, 13 de julio de 2018

ÁNGEL SILVELO ES FINALISTA DEL XXVI CONCUSRO INTERNACIONAL "TIERRA DE TOROS", EL MEJOR DOTADO ECONÓMICAMENTE, EN SU MODALIDAD, EN ESPAÑA


Fallo del XXVI Concurso Literario Internacional “Tierra de Toros”

 


El 12 de julio, el jurado del XXVI Concurso Literario Internacional “Tierra de Toros” de Colmenar Viejo ha fallado el premio literario ganador en la edición de este año.

La obra premiada es "Pasado, Presente y Futuro de la fiesta de los Toros", presentada bajo el pseudónimo “El Noctámbulo de Carabanchel” y su autor es D. Roberto Rodríguez Gutiérrez, domiciliado en Ávila.

El jurado compuesto por distinguidos socios y personalidades de la afición, el periodismo y la cultura ha recibido 28 obras de todo el territorio español, además de países sudamericanos.

El premio en metálico está valorado en 3.000 euros que la Asociación Taurina Cultural “Tierra de Toros”, y el Excmo. Ayuntamiento de Colmenar Viejo, entregará en la gala de entrega de premios que se realizará a primeros del año 2019. Además el relato se publicará en el volumen nº 32 de la revista que tradicionalmente edita dicha Asociación

La Asociación Taurina Cultural “Tierra de Toros” en colaboración con el Ayuntamiento de Colmenar Viejo, quiere aportar su colaboración a la defensa y divulgación de la Fiesta de los Toros en su faceta literaria. Para ello convocó, tras 25 años consecutivos su concurso de narrativa taurina, que ha tenido una buena aceptación entre aficionados en general y con obras que han mantenido, un año más, un nivel de contenidos de gran valor.

Colmenar Viejo, 12 de julio de 2018



Pseudónimo
Título
Ganador
EL NOCTÁMBULO DE CARABANCHEL
PASADO PRESENTE Y FUTURO DE LA FIESTA DE LOS TOROS
Finalistas
MANRRUBIAL
HISTORIA DE UN DESENCUENTRO
FEDERICO GARCIA LORCA
EL HÉROE DESCONOCIDO DE LA GRAN VÍA
Seleccionados
ZAPARDIEL
PARA MORIR EN AIRE-SUR-L´ADOUR
PAULUS
LUNA ROJA
DIVINO CALVO
QUERER SER TORERO
EL REJONEADOR IMPETUOSO
PARA DESANDAR MEMORIAS Y PAISAJES
SENTIMIENTO
EL TORO CONTRA LA PUYA
JAIME MUELA
AMOR DE PADRE
AFLUENTE DEL MAIN
EL CANTO DEL GALLO
Se publica
Hans Holbein
CONSULTA Y LEYENDA