Tiempo de comunicaciones rotas

Tiempo de comunicaciones rotas

jueves, 21 de noviembre de 2019

PETER HANDKE, EL MIEDO DEL PORTERO AL PENALTI: LA PÉRDIDA DE LA IDENTIDAD



El hombre solo frente al mundo. Su desubicación como sujeto social. El rechazo a los otros. A los inadaptados desde su punto de vista y a sí mismo. El sutil y atroz dibujo de esa fina línea que divide los universos contrapuestos de lo general sobre lo individual. Donde lo general es una especie de apisonadora insensible. Ciega. Y sorda. Una apisonadora que permanece impasible ante la caída. El retrato de Bloch, el protagonista de El miedo del portero al penalti; una novela que ubicó en el mundo literario a su autor, el escritor austríaco Peter Handke, es el de uno de esos inadaptados que circulan por las calles de las ciudades —como por ejemplo le ocurre al protagonista de la novela Hambre del escritor noruego Knut Hamsun por Christiania— sin otro sentido que la necesidad de justificarse de algo, en este caso, de su aislamiento. Bloch es un hombre sin más voz que la interior, pues la que expresa al mundo a través de su boca es inconexa. Aturdida. Incluso salvaje. El miedo del portero al penalti simboliza muy bien ese desarraigo existencial del individuo frente al mundo que le ha tocado vivir. Handke, a través de su protagonista, lo expresa frente al aislamiento que muchos seres humanos sufrieron tras la finalización de la Segunda Guerra Mundial. Un aislamiento, el de los hijos de esa posguerra, que nacieron sin nada, muchos de ellos huérfanos, solos, y sin otro arraigo que el de la intemperie de la soledad y la furia de la derrota. Un vértigo ante la vida que representó muy bien Kafka a través de los personajes de sus relatos, muchos de ellos atrapados dentro de un mundo interior repleto de murallas sin puertas ni llaves con las que abrirlas. Ese desasosiego interior que deviene en la paranoia de la barbarie del individuo frente a la sociedad, y que se representa muy bien a través del crimen sin dolo, pesar o cargo de conciencia, ya lo representó muy bien Albert Camus en su novela El extranjero, donde proporcionó a Meursault de todas las herramientas posibles para hablarnos del absurdo y de las consecuencias que esa falta de sentimientos tenían sobre la raza humana. Una civilización condenada al fracaso, pues la conducían a la deriva de la la tiranía de unos gobernantes que, con su poder y sus fauces, nada más que causarían muerte y destrucción a gran escala. En todo eso es donde Handke se refugia para pintarnos este retrato de un portero de fútbol que siente que se ha perdido, pero que no sabe como expresarlo más allá de unir acciones automáticas e inconexas.

El estilo narrativo con el que el Premio Nobel de Literatura del año 2019 nos transmite sus inquietudes y su fuerza creativa está basado en una escritura automática que, al contrario que la que caracterizó a los beatniks, en su caso es meditada y medida, por muy prosaica que nos parezca a veces. Mediante frases hilvanadas con puntos y seguidos, consigue transmitirnos las turbulencias de los pensamientos de Bloch que, al principio, parece que solo huye de la ciudad en la que trabaja, y luego del asesinato que ha cometido, pero que en verdad de lo que está huyendo es de sí mismo y de ese eco imperturbable que le martillea la cabeza de una forma demoledora. En este sentido, el ritmo narrativo es tal que en ciertas ocasiones puede llegar a producir zozobra en el lector, sobre todo, si éste se deja llevar por las punzantes palabras de Handke que, dentro de una falsa y calculada normalidad, busca que rastreemos sobre aquello que él solo nos ofrece en superficie.  

Ya, el inicio de la novela, a través de la cita que lo antecede, nos genera incertidumbre. El desasosiego propio de la gran literatura: «El portero miraba/ cómo la pelota rodaba/ por encima de la línea…» Aquí se representa muy bien al guardameta y sus temores. Temores encerrados a lo largo y ancho de una fina línea blanca que lo divide todo. La serenidad y el nerviosismo. La certeza y las dudas. La posibilidad y la desesperanza. Un miedo, el del portero ante el penalti, que Handke usa como metáfora para definir y arrinconar el vértigo que está presente en la vida, el aislamiento, la soledad, y esa innata rareza que tienen los cancerberos de afrontar su destino a solas. Es difícil definir y ahuyentar ese vacío que te persigue cada vez que te lanzas al suelo con la intención de parar un balón que va a gol. O la oportunidad, o no, de efectuar un despeje de puños más allá del área pequeña, más conocida como el área del portero. Ahí donde él es el dueño y señor de esa pequeña parcela del terreno de juego. Fuera de ella discurre ese libre albedrío que representa la lucha por el esférico de veinte jugadores. Una lucha de la que él será víctima antes o después —como Bloch—, porque como dice Handke, nadie se fija en el portero hasta que los delanteros del equipo contrario avanzan hacia la portería y lanzan un disparo con la intención de meterle un gol. Hasta ese momento, el cancerbero es un ser anónimo dentro del campo —como le ocurre a Bloch en la novela—. Un ser en el que nadie repara hasta que le marcan un gol, o como en nuestro caso, comete un asesinato.

El portero está apegado a su área como otros lo están a la esclavitud de los deseos ajenos y la incertidumbre de los propios. Cuando unos y otros son solo miedos. Ocultos. Inciertos. Inexpugnables. Miedos estáticos, perennes y sin salida. Miedos erráticos. Como el del portero al penalti. Como la del portero ante la pérdida de su propia identidad.

Ángel Silvelo Gabriel.

miércoles, 13 de noviembre de 2019

PARÁSITOS DE BONG JOON-HO: LA IMPORTANCIA DE TENER UN PLAN



Parásito es aquel que vive del otro. Ya sea éste el Estado —estamento que por cierto no se analiza en esta película— o de un particular, a modo de un Robin Hood moderno sin más escrúpulos que los de copiar la mímesis del otro. En esta ocasión, ese otro es el opulento. El rico. El poderoso. O eso al menos es lo que nos muestra el director surcoreano Bong Joon-ho en Parásitos, la película con la que ha ganado este año la Palma de Oro de Festival de Cine de Cannes. Aquí la salvación no se produce a través del esfuerzo que nos puede llevar a disfrutar de una vida mejor, sino mediante la astucia a la hora de compartir aquellos bienes que ya tienen los más afortunados. De ahí, la importancia de tener un plan, como se nos recuerda en varias ocasiones a lo largo del largometraje. La importancia de tener un plan y también la pericia de traspasar la fina capa que separa al amo del siervo en un espacio compartido. Espacio de lujo y placeres que se encuentran muy a mano, tanto de unos como de otros. De ahí, que salvarse del precipicio de la pobreza se puede hacer de muchas maneras, pero en Parásitos, la dignidad, el esfuerzo o el mérito a la hora de escalar en la sociedad, son características que no se encuentran entre los componentes de la familia pobre, donde todo se deja en favor de la importancia de tener un plan. Plan rápido y sin escrúpulos. Plan sin memoria ni vergüenza. Plan abocado al fracaso y sus consecuencias. Y ahí es donde se encuentra la dura crítica hacia aquellos que creen que el éxito es algo que se posee sin esfuerzo, y sí solo a través del ingenio.



Parásitos es una película que también contiene una gran crítica social sobre cómo se relacionan los estratos sociales más poderosos con los más empobrecidos. Llegando a la conclusión de que, aparte de que unos y otros mantengan la distancias de una forma continua y a veces cotidiana en espacios comunes donde el siervo sirve a su amo, ambos se parecen demasiado, pues ambos tiene el mismo objetivo. Esa libertad que proporciona el poder del dinero, en este caso, escarba en la miseria del ser humano en uno y otro bando para no dejar títere sin cabeza. Parásitos es un film que entremezcla estilos y situaciones divertidas y terribles con una naturalidad pasmosa, y sin que apenas nos asombre, pues una peculiaridad de la historia que se nos cuenta es que parece que la misma es tan real como si la estuviésemos contemplando desde una de las ventanas de nuestra casa, aunque no demos pábulo a aquello que contemplamos. Esa sensación de asombro y desasosiego se despliega con una gran dirección de actores y un ritmo visual y narrativo casi mágico a lo largo de las más de dos horas que dura el largometraje. El gran acierto del director coreano es hacernos ver las diferentes formas con las que el ser humano afronta su supervivencia dependiendo de la clase social a la que pertenezca. Una lucha donde los buenos no son tan buenos, ni los malos son tan malos. En este sentido, el propio Bong Joon-ho nos advierte que la mayor lucha por la supervivencia no se produce entre ricos y pobres, sino entre aquellos que luchan denodadamente por defender el último escalón social al que pertenecen, proporcionándonos en este film unas grandes dosis de violencia y crueldad a la hora de mostrarnos tal defensa de la misera sin mayor dignidad que la de aplastar al otro sin más.



La capacidad visual que el director tiene para mostrarnos esa ciudad surcoreana sin nombre es magistral. Y lo hace a través de una fotografía limpia que nos muestra unos decorados impactantes. Tanto en su versión de la alta sociedad como la del sótano de la baja, pues ambas son dignas de admiración, por no hablar de lo bien que están filmadas las imágenes de la huida bajo la lluvia. Una lluvia en forma de agua purificadora que sin embargo no es capaz de limpiar el mal que se ha hecho, y que además, a medida que avanza la secuencia nos vamos dando cuenta de las consecuencias de todo lo anterior que acaba de ocurrir. No obstante, algo que no se nos debe pasar por alto es que en esas sinergias entre los más poderosos y los más pobres, lo más preocupante es la falta de visualización que unos tienen sobre los otros y que, en Parásitos, se percibe cuando los dueños de la mansión se van a pasar el fin de semana fuera. Aquí, la invisibilidad de las barreras parece posible, aunque siempre esté el aciago destino para sacarnos de nuestro error y mojarnos con unas grandes dosis de realidad. Una realidad que nos demuestra cómo el ser humano, en la sociedad actual, a lo que de verdad se encuentra encadenado es a los vicios de la gula, la  lujuria, la codicia o la crueldad. En este sentido, el estamento social está perfectamente establecido mediante la bella mansión donde viven los señores de esta película, con un sótano que hará de entrañas. Entrañas ocultas, pero que existen y salen a la luz en el momento más inoportuno (y de ahí la oportunidad e inteligencia por parte del director al mostrárnoslo cómo y cuándo lo hace). Parásitos es una película de ida y vuelta. De momentos de sosiego con otros que te sobresaltan, pero que sobre todo te hacen mantenerte muy alerta sobre aquello que te muestra. Una especie de pantalla gigante desde la que poder observar el mundo y al prójimo. Un prójimo que, en muchas ocasiones, no es tan distinto a nosotros, por mucho que se vista con ropas caras o vivan en grandes mansiones, pues todo parece que se resume a la importancia de tener un plan.  

 

Ángel Silvelo Gabriel.

jueves, 7 de noviembre de 2019

STELLA GIBBONS, LA HIJA DE ROBERT POSTE: CRÓNICAS DE LA INGLATERRA PROFUNDA



Qué hay mejor que acudir a la familia cuando una la necesita, o como en el caso de la protagonista de este long-seller, se queda huérfana y con una dote anual de 100 libras. Parece que para Flora Poste esta fue la mejor decisión a la hora de afrontar y resolver su futuro y, de paso, evitar la pesada carga de un trabajo de secretaria mal remunerado. Para ello, contaba a su favor con una educación «cara deportiva y larga» que le proporcionaron sus padres, y que la alejaba de toda prestación de servicios que no fuera la de organizar todo aquello que le resultase digno de organizar. Como incluso a una familia entera, los rurales y paletos Starkadder de la granja Cold Comfort Farm en Sussex. Desde la ironía más fina y la flema inglesa más locuaz, Stella Gibbons se sirve de esta novela para no dejar de dar puntada sin hilo sobre todo aquello que no le gusta o le parece sencillamente atroz, cursi o estúpido de la sociedad de su época. La hija de Robert Poste fue publicada inicialmente en 1932, pero tiene, por ejemplo, referencias al futuro o sobre Estados que no existen, lo que la proporcionan unas dosis de intemporalidad y desconexión espacial y temporal que le permiten una mayor libertad, si cabe, a la hora de lanzar su mordaz crítica sobre aquello que aborda. En este libro hay multitud de referencias a escritores consagrados, como por ejemplo Shelley, al que la Gibbons lanza sus dardos sin contemplación, o como también hace desde el inicio, en el prólogo, en una carta con un alto tono sarcástico. Una carta dirigida a un tal Anthony Pookworthy que no es otro que el novelista de cierta fama Hugh S. Wapole.



La hija de Robert Poste es una novela de lectura ágil y en ocasiones amena, pero sin llegar a ser desternillante ni cómica, aunque sí desenfadada y a veces divertida. Y, sobre todo, irreverente por la determinación y el desparpajo con el que se desenvuelve su protagonista. No obstante, en nuestra contra está el desconocimiento de la clase rural de una Inglaterra profunda y sus giros lingüísticos, sus bromas, y ese sentir tan propio que rodea a la familia de los Starkadder; una recopilación de personajes a medio camino entre la locura y el disparate, a los que Stella Gibbons nos presenta con mucho acierto e inteligencia. Sin embargo, esa falta de empatía con ese tipo de convivencia y costumbres en la vida una familia campesina de Sussex no se debe en ningún momento a la traducción, por otra parte inmejorable de José C. Vales que, gracias a sus notas a pie de página, nos ilustra muy bien aquello en lo que la autora quiso hacer hincapié, sino que se debe más a que la acción y los personajes de la novela son los últimos vestigios de una sociedad ya desaparecida en el lodo de los tiempos. En este sentido, la reivindicación que Stella Gibbons hace de su forma de ver el mundo rural y sus relaciones personales no está basada en la reivindicación de sus costumbres o ideas, sino que más bien pasea sobre ellas y al contemplarlas las ejecuta sobre un lienzo surrealista, sobre el que pone todo el énfasis en los descarriados planteamientos de todos y cada uno de los Starkadder, a los que Flora Poste, magistralmente va amoldando a sus intereses, porque si algo reivindica con ello la autora es la libertad de elección de las personas. Una libertad que se aleja, o está en la otra punta de las costumbres ancestrales, ridículas y sin sentido, de un granja anclada en el pasado.



Stella Gibbons da una pátina de brillo a una clase social perdida en las campiñas enfangadas de una Inglaterra desconocida. Y lo hace con la inteligencia de quien sabe lo que quiere a la hora de afrontar un relato sobre aquello que le interesa. Ya sea para ensalzarlo, o para criticarlo como sucede en esta novela, La hija de Robert Poste. Una narración a la que la única pega que se le puede poner es no haber facilitado a sus lectores un desenlace para la expresión: «vio algo sucio en la leñera», de la tía Ada Doom. Una expresión que en la novela funciona como un hilo conductor de toda ella. Aunque quizá, para nuestro consuelo, en ciertas ocasiones lo menos es más, y la autora decidió en su momento dejar a nuestro libre albedrío descifrar qué significado tiene esa frase para cada uno de nosotros. Aunque tal vez no tenga ninguno, como tantas otras cosas en la vida.


Ángel Silvelo Gabriel.

jueves, 31 de octubre de 2019

JOHN KEATS (LONDRES, 31 DE OCTUBRE DE 1795-ROMA, 23 DE FEBRERO DE 1821), EL POETA QUE MEJORÓ EL SONETO SHAKESPERIANO HASTA LA PERFECCIÓN: UN RECUERDO EN SU 224 CUMPLEAÑOS



Aparto la mirada de la ventana, y con ello, intento engañar al horizonte que, más inteligente que yo, me recuerda que esta vez recibí al otoño en alta mar, en un lugar y de una forma muy distintos a como siempre lo había hecho. Sin embargo, enseguida me doy cuenta de que, a pesar de todo, el otoño se presentó ante mí cargado con su característica y tenue melancolía. ¿De nuevo soy reo de la melancolía?, pero el sonido de los primeros carruajes sobre las calles de Roma me devuelve a esa realidad de la que ansío escapar. Y pienso, para darle un merecido descanso a mi alma, que en esta ocasión aunque mis ojos no contaban con el auxilio de los árboles teñidos de rojo para saborear el letargo de mis sentimientos, fueron conquistados por un mar pigmentado de azules verdosos que, a modo de aguja, tejieron mis sueños. Y lo hicieron, hasta que esa capa, con la que cubrí en vano mis temores, un día fue descubierta por Severn que, para tranquilizarme, me dijo que no perdiera el tiempo intentando imaginar árboles despeinados sin hojas, porque en mitad del océano me tenía que dedicar a diferenciar el viento suave y cálido del brusco y frío. Lejos de adivinar el designio de los consejos de Severn, mi falta de conocimientos marinos me aislaron por completo de ese gozo eólico. A pesar de todo, no desfallecí, y lo intenté de nuevo buscando en el fondo de mi memoria, y repasé los múltiples contratiempos que nos dificultaron el paso por el Canal de la Mancha como antesala del temporal que nos persiguió a lo largo y ancho de la bahía de Vizcaya, lo que me llevó a exclamar: “el agua se separó del mar”. De ahí, pasé a leer la descripción de la tormenta del Don Juan de Byron, pero en ella tampoco encontré lo que buscaba, hasta que tropecé con Homero que, en la Odisea, concebía un mundo que estaba rodeado por Océano, padre de todos los ríos, mares y pozos. «Épica odisea», pienso; una majestuosa aventura que no es la mía, pues yo no regreso a mi casa, sino que huyo de ella. «He de morir lejos de mi lúgubre Inglaterra, al lado de naranjos que difuminan las sombras con una fragancia de azahar que suaviza el olor de la muerte»>, le digo a mis pensamientos. (Extracto de la novela, Los últimos pasos de John Keats, de Ángel Silvelo Gabriel).



III

¿En dónde están los cantos de Primavera? ¡Ay! ¿Dónde?

No pienses más en ellos, tú ya tienes tu música,

cuando cirros florecen el día moribundo

y tiñen de violeta los campos de rastrojos;

y en coro plañidero se quejan los mosquitos

en los sauces del río, alzándose o hundiéndose

al ritmo en que la brisa se aviva o se consume;

y balan los corderos con fuerza en las colinas,

canta el grillo en el seto, y con agudo trino

el petirrojo silba desde el rincón del huerto;

y en el cielo reunidas gorjean golondrinas.

(John Keats, fragmento de Oda al otoño)



Ángel Silvelo Gabriel.

miércoles, 30 de octubre de 2019

WOODY ALLEN, UN DÍA DE LLUVIA EN NUEVA YORK: LA ACROBACIA DE LOS ENCUENTROS CASUALES, SIN MÁS



En cada nueva película desde hace ya baste tiempo, Woody Allen se mimetiza en el propio Woody Allen. El disfraz camaleónico que esta vez ha empleado es el de un joven, víctima del amor por una preciosa joven a la que intenta sorprender con su profundo conocimiento de una Nueva Yok, para él distinta, y que se encuentra anclada en la mesa de un viejo club de jazz. Esos amores casi imposibles en el mundo real y, que el director neoyorquino una y otra vez se empeña en llevar a la gran pantalla, son de nuevo la esencia de su última película. Y para resaltar su mensaje —entre melancólico y triste—, la fuerza estética de este film no es otra que la increíble luz con la que Vittorio Storaro ha rodado Un día de lluvia en Nueva York. El entorno que va, desde el amarillo de un taxi hasta la multiplicad de tonos del Central Park pasando por los tonos ocres de la chaqueta del protagonista, rivalizan con los típicos diálogos perfectamente catalogados de Allen, que hacen de esta nueva propuesta una película de situaciones, encuentros y medias verdades que giran alrededor de unos actores embobados en sí mismos y sorprendidos entre sí por las propuestas que se hacen y las perspectivas que éstas tienen en un día de sus vidas que, por otra parte, no deja a ninguno de ellos ileso. El culpable de todo ello es el amor. El amor y su múltiples vertientes: el que nace de la atracción, el que sucumbe por las infidelidades, o el que transita sin reparos aunque guarde una gran sorpresa final. Nada queda al libre albedrío en esta película, aunque Allen intente demostrarnos que sí, que todo es producto del destino y sus azarosos impulsos a la hora de romper la felicidad de aquellos que están sumergidos en las redes de Cupido de una u otra forma.



Explorador de rincones que le son familiares y, por otra parte únicos, de una ciudad que a él se le representa burguesa —tanto en los afectos como en los decorados—, Allen nos muestra una Nueva York muy alejada de lo que es hoy en día la ciudad de los rascacielos, quizá por bucólica. La Nueva York de Allen es una ciudad del pasado, víctima de la ensoñación del director y de su interminable capacidad para hurgar en sus recuerdos, hasta tal punto lo hace, que podríamos decir que se trata de una ciudad fantasma por lo irreal que se nos puede llegar a mostrar. Y algo parecido el sucede al repetitivo guion de esta película, en el que Allen lo condensa todo a la posibilidad de aquello que nunca llega a producirse: el deseo, el amor, o por qué no, el encuentro anhelado o los secretos todavía no confesados. Este film se desarrolla a través de esas medias verdades y enredos que tanto gustan a Allen como si estuviésemos en un circo donde un trapecista se dedicara a mostrarnos, una vez tras otra, la acrobacia de los encuentros casuales, sin más.



 

Ángel Silvelo Gabriel.

miércoles, 23 de octubre de 2019

SECOND EN EL CICLO CÓMPLICES DE VIBRA MAHOU: ARROLLADORES Y EN OTRA DIMENSIÓN



Arrolladores. Frescos. Entusiastas. Seguros. Cómplices… así se presentaron Second sobre el escenario de un Teatro Barceló de Madrid que colgó el último sold out del grupo murciano. Ampliando horizontes musicales a través de Latinoamérica, compartieron gala con el pop electrónico y naïf de la chilena Javiera Mena que abrió el cartel con canciones como Dentro de ti, Otra era o la versión de la canción Mujer contra mujer de Mecano. Tras ella, Los Cinco de Murcia salieron al escenario con la templanza que dan 20 años de carrera y la seguridad en un proyecto de largo recorrido que, al fin, les está proporcionando los éxitos que años atrás ya se merecían y que gracias a su último álbum Anillos y raíces les ha colocado en un lugar destacado del podio del pop español más actual. Un puesto de privilegio que han corroborado en las numerosas actuaciones en locales durante el invierno. Actuaciones que posteriormente se prolongan en infinidad de festivales durante la época estival y, en ocasiones especiales como la de ayer, a través del ciclo de conciertos Cómplices de Vibra Mahou. Y lo hicieron  rompiendo moldes, estigmas y encrucijadas con ocho temas arrolladores; un setlist muy bien escogido para dinamitar en apenas 45 minutos los corazones de unos fieles seguidores entregados a su causa. Desde la primera nota musical de 2502 —que sirvió para abrir el mini concierto— , asistimos a esa nueva versión más completa de Second. Un grupo que siempre se ha destacado por el buen hacer profesional de todos su componentes, pero que con su nueva formación, han dado un paso o varios, hacia adelante. La rotundidad de sus directos es muy superior al sonido de sus discos al dotar a sus canciones de otra dimensión; una dimensión mucho más compacta que abarca una amplia amalgama de registros; registros que van en un mágico tobogán desde la fuerza más rabiosa a esos otros medios tiempos que han caracterizado a sus temas de siempre; unos medios tiempos que hacen resaltar de nuevo la voz de un Sean Frutos, esta vez sí, en plena forma, fresco y arrebatador, como hacía tiempo que no le veíamos en directo (ayer nos recordó a ese rompedor fontman de la Sala El Sol de Madrid, de hace años). Esa nueva energía que rodea al grupo como un aura mágica es la que les ha llevado a reinterpretarse a sí mismos y a sus canciones más emblemáticas de una forma mayúscula con momentos en cada uno de ellas que por sí solos valen por todo un concierto.



Por lo visto ayer, Second han conseguido derribar esas barreras que muchas veces parecían infranqueables —al modo de un techo de cristal—, y de ese modo, planear con temas como ¿Quién pensaba eso?, por ese territorio donde los grupos de verdad refuerzan su presencia y su mensaje de una forma rotunda. Una rotundidad que antes escuchamos en dos de sus hitsRodamos y Nivel inexperto, que no hicieron sino corroborar lo ya dicho, y que fueron el cauce perfecto para llegar a un multi coreado Rincón exquisito y un trepidante Mira a la gente, destinado a ser, sin duda, uno de sus grandes temas de siempre. Todo ese caleidoscopio de sensaciones a flor de piel esta vez finalizaron con la colaboración de Javiera Mena en un trepidante Muérdeme y una canción del grupo Soda Estéreo con el que finalizó este mini concierto que, Los Cinco de Murcia, convirtieron en un sueño arrollador plagado de nuevas y grandes sensaciones.



Ángel Silvelo Gabriel.

domingo, 20 de octubre de 2019

ÁNGEL SILVELO, FINALISTA DEL 23 PREMIO DE NOVELA CIUDAD DE BADAJOZ



FINALISTAS DEL PREMIO DE NOVELA 'CIUDAD DE BADAJOZ' 2019.



El Ayuntamiento de Badajoz ha publicado con fecha 20 de septiembre la relación de obras que optan como finalistas a sus premios de poesía y novela 2019:



XXIII PREMIO DE NOVELA 'CIUDAD DE BADAJOZ'.- OBRAS SELECCIONADAS POR LA COMISIÓN LECTORA. (TÍTULO, LEMA/SEUDÓNIMO)



1.- TUS OJOS EN LA NIEBLA, LORENZO D’ANNUNZIO

2.- EL DUENDE DE PALACIO, VALENZUELA

3.- BIFURCACIÓN (FANTASÍA SEVILLANA), JOSEÍÑO BASTIDA

4.- EL PODER DE LAS CONJURAS, LUIGI SATANELA

5.- FINES PERVERSOS, TITO

6.- HAY GOLPES EN LA VIDA, CALIXTO

7.- EL BAÚL DE LA REPÚBLICA, LUCERO

8.- HIJOS DEL NAUFRAGIO, K

9.- LOS DIOSES PERDIDOS, FERNANDO PESSOA

(26/09/19)

https://www.aytobadajoz.es/files/archivos/ayto/2019_10/relaciOn_de_novelas_seleccionadas_2019_-_11102019.pdf 

viernes, 18 de octubre de 2019

JESÚS MARCHAMALO, ME ACUERDO: LOS RECUERDOS COMO ESENCIA DE LA VIDA


 
Me acuerdo y sus emociones. Me acuerdo y la luz que proyecta sobre nuestras vidas. Me acuerdo como la raíz desde la que parte todo: el hombre, sus sentimientos, sus luchas y obsesiones. Me acuerdo como un suspiro lastimero: el de no me acuerdo de lo quisiera acordarme. Con la meticulosidad del orfebre, con la paciencia del artesano y con el poder de observación del escritor, Jesús Marchamalo se cuela en el caleidoscopio incierto de los recuerdos —pues no siempre recordamos con certeza aquello que sucedió sino lo que nuestra antojadiza memoria ha seleccionado por nosotros—, para fabricar con ellos la esencia de la vida. Decía Patrick Modiano que: «los recuerdos son solo la realidad fragmentada y desordenada de nuestras vidas». Y algo de razón tiene, sobre todo, cuando uno lee estos me acuerdos tan genuinos y bien fragmentados que te llevan directamente a las entrañas del corazón y a ese lugar donde uno se detiene cuando se encuentra a sí mismo. Me acuerdos que, por cierto, evitan en todo momento la excelencia literaria o la metaliteratura pomposa —a pesar de que también contengan referencias a novelistas, poetas y sus obras—, pues el verdadero propósito de este libro es reencontrarse con los impactos de la realidad —oculta o no— que nos define como personas. Me acuerdo está más cerca de la generosidad del corazón que de la frialdad de la razón.

Jesús Marchamalo, profundo conocedor de la palabra y de su valía y poder, en esta ocasión nos invita a transitar a través del tiempo y de la vida. Y lo hace con sus comas, entonaciones y ritmos marca de la casa. Comas, entonaciones y ritmos que perfilan muy bien el carácter como escritor de Marchamalo, que siempre será un fallido poeta para Javier Lostalé, tal y como nos lo recuerda cada vez que puede al amplio auditorio que se concita entorno a las presentaciones del autor madrileño. Quizá no le haga falta a Marchamalo adentrarse en las siempre cenagosas tierras de la poesía, porque su forma de escribir es en esencia muy poética. Y desde ese lirismo es desde el que observa la vida, despojando de ella lo superfluo para quedarse con lo esencial. Ejerciendo de mago de las palabras, imágenes y ensoñaciones, porque Me acuerdo es una gran colección de recuerdos con los que mantener siempre encendida la llama de la vida. Marchamalo, alquimista de la palabra, lo cubre todo: la infancia, la adolescencia, la pubertad, la juventud, la madurez. Las pequeñas cosas que se hacen grandes al recordarlas. La literatura, la televisión, las películas, el cine, el colegio, el boxeo los teléfonos y los tebeos. Los libros, el recreo, los relojes, las anécdotas, los veraneos, el campo, el mar, las frases hechas, y aquello que permanece oculto en un rincón del desván de nuestra memoria y que él convierte en fragmentos y frases plenas de sentido.

Me acuerdo representa las huellas de la memoria que se entrelazan con el caprichoso destino de los recuerdos. Recuerdos que unas veces nos vienen a la cabeza y otras huyen de ella, inmutables a su poder y su significado. Recuerdos que son cautelosos con el menesteroso que todo lo recuerda y prepotentes con el olvidadizo. Quizá, porque jugar a me acuerdo es hacerlo junto a la inmediatez del asombro, la majestuosidad del paso del tiempo o con los granos de arena del tiempo: resbaladizos, innumerables, infinitos. Me acuerdo es el mejor ejemplo de que los recuerdos forman parte de la esencia de la vida… 507 Me acuerdo del día que Jesús Marchamalo me entrevistó para el programa El ojo crítico de RNE y me preguntó por el cielo de Roma.

 
Ángel Silvelo Gabriel. 

jueves, 17 de octubre de 2019

ALICE MUNRO, ¿QUIÉN TE CREES QUE ERES?: EL AMOR QUE TE DESPOJA DEL MUNDO



Escapar para amar aquello que has dejado atrás. Revolverte sobre tu sombra para comprender por qué has llegado a ese punto de no retorno en el que la vida te ha situado sin tú pedírselo. Vidas y sensaciones que siempre soñaste que serían diferentes. Tan diferentes como la vida que en tu infancia quisiste para ti. Ese es el camino vital que se traza en ¿Quién te crees que eres? Una senda inhóspita, solitaria o desagradable si se quiere, pero esa es la senda que recorre Rose a lo largo de este falso libro de relatos. Alice Munro, de nuevo, proporciona a su escritura la magia de lo aparentemente sencillo y libre, y de la transparencia de los sentimientos humanos que desembocan en corrientes salvajes para documentarnos y mostrarnos un relato vital plagado de buenas y malas intenciones, aciertos y errores en la soledad, primero, de Hanraty Oeste, Ontario; y más tarde, de Toronto y un sinfín de pueblos inhóspitos y áridos como la vida de la protagonista, álter ego de la autora; y siempre, con la intención de sumergirnos en los ríos subterráneos que acompañan a Rose como afluentes cálidos y fríos o rebeldes y apacibles que la acompañan hasta desembocar de nuevo en una corriente principal que al final del libro y de sus recuerdos la vuelven a situar en su pueblo natal, como si al final se hubiese comportado como un salmón que necesita llegar corriente arriba a donde nació. En ese recorrido de distancias largas, cortas, nevadas o solitarias, la prosa de Munro es un continuo conjunto de aciertos que unas veces buscan incomodar al lector y otras dejarle perplejo, para de ese modo reafirmar esa convicción de la autora de no dejar indiferente a todo aquel que se acerque a su obra. En ningún modo este conjunto de relatos, esbozados en forma de novela a plazos, dejan indiferente a todo aquel que se acerque a leerlos, pues la necesidad existencial de Rose nos llevará de la sorpresa al desagrado, del acierto al error, o de la valentía a la miseria; y todo ello con unos tintes propios de un feminismo que bucea en la austera realidad de la vida y no en la impostura de los gestos huecos y sin sentido.



¿Quién te crees que eres? Es una magnífica versión de la mejor prosa de Alice Munro. Sencilla e hiriente sin dejar de ser intensa. Astuta sin menospreciar la sorpresa. Y genial sin desdeñar de los brillos oscuros que subyacen en muchas de las experiencias de Rose; mujer hecha a sí misma y que siempre trata de no engañarse a sí misma, pues aunque lo haga en ocasiones, al final encuentra el valor suficiente para salir adelante en sus luchas internas; luchas en las que finalmente vence la necesidad de libertad y la expresión cristalina de su nomadismo vital. En esta ocasión, ese nomadismo vital vendrá impregnado del amor y sus múltiples versiones que la autora fija más en las posibilidades, que por una u otra circunstancia nunca se llevan a cabo, que en su culminación. Una interrupción vital que sin embargo la llevará hasta los recuerdos más profundos de su adolescencia, aquellos que la han marcado para siempre sin que ella se de cuenta de ello hasta el final. Este reto de Rose a su destino y sus aristas, es un constante juego de sinergias en el que la fuga y el naufragio se trasponen en ímpetu y grandeza. Igual que el amor que te despoja del mundo.

 

Ángel Silvelo Gabriel.

miércoles, 16 de octubre de 2019

JOKER, UNA PELÍCULA DE TODD PHILLIPS: LA VOLUPTUOSIDAD DEL RECHAZO



Joker es una sátira desnuda y nada moralizante de la sociedad moderna y su eterna búsqueda de la felicidad. La sonrisa y su dibujo, en este largometraje, tienen destellos de locura, genialidad y rechazo. Hoy no se nos permite estar tristes, y mucho menos ser diferentes. Esta película retrata con gran maestría la dictadura del entretenimiento en la que nos desenvolvemos y sus fatídicas consecuencias. En ella se nos muestra a una sociedad hipócrita que naufraga en un ramplón buenismo que solo nos aporta destrucción y rechazo. Justo lo contrario a lo que se pretende. Esa contradicción es la culpable del histrionismo que nos embriaga con el aroma de una falsa realidad que nos permite mantenernos en el engaño permanente. El propio y el ajeno. Así, el protagonista del film (un genial Joaquin Phoenix), marcha apegado a su sonrisa de una forma enfermiza; una sonrisa que es la mejor expresión de su necesidad de salvación y, a la vez, de su disgusto con el mundo. Él quiere hacer feliz a la gente, pero no le dejan. Aquí, más que nunca, parece hacerse cierta la expresión: «cuando eres bueno resultas invisible». En este caso, su director Todd Phillips, y guionista junto a Scott Silver, nos hace hincapié en que la felicidad está sobre valorada y, quizá por ello, su mayor contradicción y más categórica expresión de la misma sea la voluptuosidad del rechazo. Un rechazo pintado de blanco y teñido de sangre y venganza. Narcisismo y crueldad. Pero también de miedo y compasión. No son gratuitas las referencias cinematográficas dentro de la película a Tiempos modernos de Charles Chaplin, o a los bailes de claqué de Fred Astaire, pues una y otra son palmarias referencias de la infelicidad y la sonrisa; de la alegría y la alevosía del poder, en una nueva manifestación del juego de la contradicción a la que nos invita su director, y que nos sumerge en la más oscura de las simas. Una y otra son una punzante metáfora de lo que somos y en lo que con el paso del tiempo llegaremos a convertirnos. Aquí director y guionista nos alertan de que no es necesario ser felices todo el tiempo, porque el ser humano también necesita explorar sentimientos como el dolor o el llanto. Entonces, ¿existe la felicidad más allá del dibujo de una sonrisa? ¿Es obligado tener esa perenne actitud ante la vida? Para responder a estas preguntas pasen y vean.



Más allá de la voluptuosidad del rechazo, Joker es también una dura crítica y una mordaz mirada hacia la falta de empatía hacia el otro. El diferente. El excluido. El enfermo. Sátira cruel que desemboca en un thriller colectivo de luces, música y sangre escondidos bajo las bombillas de un escenario que huye de la distopía actual, porque todo lo que le ocurre a Joker es tan cierto como las calles olvidadas de New York o Newark por las que corre, huye, canta y baila de la mano de un magistral Joaquin Phoenix: histriónico, cómico, sensible, asesino y entrañable a la vez, en la que es una de sus mejores interpretaciones; una actuación merecedora del Oscar, sin duda. Esa voluptuosidad del rechazo también se refleja en la potencia de su colorido y en su contraposición de grises y blancos con los que está filmada. Perfectos compañeros de viaje de la decrepitud de los servicios sociales a la que se vieron abocados a principios de los ochenta con la política neoliberal de Ronald Reagan. Como también lo son de la locura y la desconexión de una madre que busca su mejor reflejo en su hijo. En este sentido, Joker es el símbolo de la autodestrucción que produce la falta de empatía y cariño. La necesidad de encontrar su encaje en el mundo. Y la dramática cara de la infelicidad y el rechazo.



Lejos de los cómics y sus héroes, esta película es un perfecto juego de imágenes de soledad y sufrimiento. Una epopeya de gestos, bailes y ritmos asaltados por la genialidad de un Phoenix en estado de gracia (la película es él y sus gestos), y cuya representación de la locura y el desencanto producen manantiales de lágrimas con sabor a épica. La del hombre contra el otro. La del ser humano contra el mundo. La del alma contra la avaricia envuelta en papel de regalo. Joker es también la reivindicación de algo de justicia en el mundo y, quizá, por ello, le sobra el epílogo; un desenlace encadenado de imágenes y sucesos encaminados a resarcirnos de tanta derrota y sufrimiento, porque en el fondo, en el mundo de las contradicciones a modo de espejos y su reflejos, los que sufren también tienen que conseguir una victoria, aunque esta venga dibujada con una sonrisa nerviosa que naufraga en la locura.



 

Ángel Silvelo Gabriel.