Tiempo de comunicaciones rotas

Tiempo de comunicaciones rotas

miércoles, 20 de septiembre de 2017

FLEUR JAEGGY, LOS HERMOSOS AÑOS DEL CASTIGO: LA FRÍA VOLUPTUOSIDAD DE LA ADOLESCENCIA


 
Arrebatarle a la vida las coordenadas del destino para rescribirla bajo la fría voluptuosidad de la adolescencia. Adivinar esos espacios por donde se nos escapan los días con la sola necesidad de taparlos para que todo se convierta en un espacio oscuro y frío donde antes reinaba la luz, o percibir el mundo desde un punto de vista único y diferente como el remero que boga contracorriente por mucho que sepa que sufrirá un duro desgaste antes de llegar a su destino: una bendita isla en la que sólo hay espacio para sí mismo y un mundo inteligente y perverso, lacerante y virginal, formal y caprichoso como sólo lo pueden ser las metas con las que soñamos en nuestra adolescencia. A todo ello, hay que unir un estilo narrativo preciso, inquietante y sugerente, tanto en los elementos literarios como vitales, y con los que la escritora suiza afincada en Milán, Fleur Jaeggy, nos muestra su experiencia cuando tenía catorce años en el internado femenino situado en el cantón suizo de Appenzell y su relación con la enigmática Frédérique, porque si algo sobresale por encima de las múltiples bondades de esta nouvelle reconvertida en obra esencial es su capacidad de mostrar. El universo que nos propone Jaeggy es eso, el inicio de un camino que el lector debe de tratar de terminar. Sugerir sin manipular, para llegar a las entrañas de aquello que nos es narrado, combinando el arte de la paradoja y, con él, tratar de que entremos en su tenebroso juego: «Su belleza se había convertido en una parodia. En la juventud se anida el retrato de la vejez, y en la alegría el agotamiento…», hasta convertir ese juego con las palabras en puro arte narrativo. Y si por si todo esto fuera poco, existe un claro acercamiento poético hacia la belleza que se despliega en frases memorables como ésta: «El placer del desasosiego. No me resultaba nuevo. Lo apreciaba desde que tenía ocho años, interna en el primer colegio, religioso. Y pensaba que a lo mejor habían sido los años más bellos. Los años del castigo. Hay una exaltación, ligera pero constante, en los años del castigo, en los hermosos años del castigo», donde la narradora lo arriesga todo entorno a esa necesidad de ser uno mismo, incluso dentro del aislamiento más profundo y la soledad más sórdida. Aquí, Jaeggy se muestra implacable consigo misma y sus recuerdos, porque la fuerza de esa novela está en esa recreación del mundo que nadie ve, si no uno mismo, pues nadie puede llegar a entender, nunca, ese último giro de nuestras pulsiones que sólo alcanzan la luz con el éxito o el fracaso más rotundos.

Los hermosos años del castigo son un inesperado encuentro con la gran literatura que no entiende ni de modas ni de géneros, pues aborda la vida en sí misma alejada de la monstruosa actualidad, ya que no bebe de ella (la primera edición de este libro en España es de enero de 2009), si no de ese otro maná que sólo se encuentra al otra lado de la línea del horizonte donde la falsedad de lo cotidiano deja paso a lo auténtico, pues auténtico es aquello que te hace sentir por dentro que todo es posible, hasta aquello que en principio no lo es: «Pero ¿cómo se representa el vacío? ¿Tal vez es la falsificación de todo lugar originario? Nada más verdadero y más falso, por manipulado, que ese pecado original con el que nacemos y, con el que Fleur Jaeggy juega en esta novela: Los hermosos años del castigo, bajo la óptica de la fría voluptuosidad de la adolescencia. 

Ángel Silvelo Gabriel. 

domingo, 17 de septiembre de 2017

MI SOMBRERO.- MICRORRELATO DE ÁNGEL SILVELO



Recorrí el mundo subido a un globo aerostático, porque pensé que desde allí vería mejor las cosas. Llegué a tocar las nubes y a atrapar el horizonte con mis manos. Creí, en fin, que me apoderaría del universo y sus emociones. Sin embargo, mi felicidad fue efímera, pues mi sombrero se esfumó de mi cabeza en un fatídico golpe de aire cual cometa que se desprende de las manos de su dueño. Y volé sin rumbo desde entonces, igual que una brújula sin norte. Es verdad, había algo en él que me mantenía firme en mis decisiones. Desde ese día perdí todo interés por viajar, y desprecié burdas copias o imitaciones. Nadie lo entendía, pero era su tacto, su olor…, y esa sensación de seguridad que me proporcionaba. Hasta que el destino, de nuevo hizo que me encontrara con él. Estaba expuesto en el escaparate de una tienda de subastas, y pensé: «un hombre cubierto con su sombrero es otra cosa, como si aquello que de verdad es importante le fuese a acompañar el resto de su vida». Quizá todo se resumía a dos palabras: comprar y vender, pero yo sabía que esa no era la auténtica argamasa con la que estaban fabricados los sueños.
Microrrelato de Ángel Silvelo Gabriel 

miércoles, 13 de septiembre de 2017

EL TESTAMENTO.- MICRORRELATO DE ÁNGEL SILVELO


 
Cuando acabe el invierno se habrán terminado el jolgorio y las risas. Entonces, el eco del tiempo se convertirá en un pergamino repleto de letras, en el que las vistas, los pleitos, y los recursos que forman parte de la titularidad de mi vida, serán el mayor accionista de una empresa que siempre miró por el interés del cliente. A pesar de todo, creí haber atravesado el umbral de la gloria el día que me hicieron socio preferente del bufete. Sin embargo, a partir de ese momento comenzó el ocaso de mi vida, porque me perdí en una especie de laberinto sin salida. Me olvidé de todo, incluso de mí mismo, hasta que el sabio paso del tiempo me hizo ser consciente de mi fracaso, porque por no conocer, no conocía ni el alcance de mi testamento.
Microrrelato de Ángel Silvelo Gabriel

domingo, 10 de septiembre de 2017

FLEUR JAEGGY, VIDAS CONJETURALES: JOHN KEATS, THOMAS DE QUINCEY Y MARCEL SCHWOB PERFILADOS BAJO LA EXCELENCIA LITERARIA DE LOS OSCUROS DESEOS


 
Abordar la vida de un artista, un escritor, en este caso, puede llegar a convertirse en una aburrida concatenación de hechos biográficos que, en la mayoría de las ocasiones, nos deja fríos por la ausencia de ese rasgo tan eminentemente literario como es la pasión de quien escribe a la hora de entresacar las virtudes y defectos del biografiado, pero, sobre todo, porque se deja a un lado la beta de la fascinación que todo escritor tiene por pequeña que sea ésta. Esa beta, plena de la virtud, de aquel que perfila una vida bajo la excelencia literaria de los oscuros deseos, es la adopta la escritora Fleur Jaeggy para demostrarnos que desde la biografía también se puede llevar a cabo literatura de calidad o de altos vuelos, pues ese es el reto y el retrato que, de cada uno de estos maestros paganos, adopta y nos muestra Jaeggy, y lo hace con la peripecia de una pluma afilada que corta a cada uno de sus personajes con el filo de una prosa poética, intensa, ágil y devastadora hasta dejarte sin aliento, pues así se queda uno tras leer cada uno de estos semblantes de Keats, De Quincey y Schowb, explorados por un estilo tan rápido, directo e inteligente que nos apabulla por momentos, y con el que la escritora suiza regatea una y otra vez a las dificultades biográficas de cada uno de los biografiados. Bajo esa excelencia literaria, se esconde, sin duda, esa dura y pertinaz mirada que la escritora emplea a la hora de sacar a la luz no lo más importante, sino lo que ella estima como más relevante, en cada uno de sus biografiados. Esa mirada lejana sobre cada uno de ellos, le proporciona la fidelidad de lo neutro, a la que ella agrega esas pequeñas dosis de incertidumbre, zozobra o mala leche que nos llevan a descubrir los pequeños matices que siempre han permanecido ocultos a los ojos de los demás en las vidas de estos tres escritores-poetas, malditos, si se quiere, pero, sin duda, enigmáticos a la hora de reinterpretar la sombra que su vida y sus obras nos han dejado. Esa intensidad de reflejos y opacidades, de hazañas y derrotas, de firmezas y debilidades es a la que Jaeggy le proporciona la luz de la poesía en una prosa profunda, mordaz y precisa hasta convertirla en la verdadera protagonista de lo abordado. Manifestaciones, todas ellas, del manejo del lenguaje y del estilo que refuerzan, sin duda, la imagen que al lector le queda de aquello que se le muestra. Más allá del juego o de la anécdota, nos vemos sometidos a la dictadura de los oscuros deseos que nos lleva hasta la otra orilla del Leteo. 

Vidas conjeturales es la brevedad biográfica sometida a la precisión de la palabra que nos invita a visitar la belleza del mundo del artista, pero también la morbosa oscuridad del desaliento, la perversión y la crueldad de aquello que nunca verá la luz, por encontrarse mutilado por las imprevisibles circunstancias de la vida. No obstante, estos tres héroes anónimos resurgen aquí como la piedra que brilla en el fondo del mar y, que por sí sola, representa la firmeza con la que viene acompañada la excelencia literaria de los oscuros deseos. 

Ángel Silvelo Gabriel. 

jueves, 7 de septiembre de 2017

ÁNGEL SILVELO ES SELECCIONADO EN EL V CONCURSO "TONO ESCOBEDO" DE RELATOS BREVES 2017 CON EL MICRORRELATO TITULADO "CANCIÓN DE CUNA"


TÍTULO: CANCIÓN DE CUNA

NOTA ESCOGIDA: SOL

Yo, que te soñé entre melodías de Bach y Chopin. Yo, que te amamantaba acompañada de las mejores baladas italianas. Yo, que te acurrucaba cada noche con una canción de cuna. Yo, que te llevé al conservatorio para que llegaras a cantar a la perfección las notas altas y bajas. Yo, que hubo un día que te perdí, como si sólo hubieses sido un falso espejismo que dibujara luces y sombras; luces y sombras que ahora se proyectan tras el escenario, mientras tú cantas en tu grupo de rock, de nombre impronunciable, y yo, tu madre, me pregunto qué he hecho mal. Sin embargo, el patito feo de mis pensamientos se transforma en un bello cisne blanco cuando anuncias la última canción del concierto: «este tema es para ti, mamá, la mejor profesora de música que he tenido nunca», mientras me guiñas un ojo y de tu boca sale mi nombre: Sol; un nombre que era igual al de la nota musical que más te gustó siempre; una nota que, por arte de magia, en tu infancia, cada noche, se transformaba en una bella canción de cuna.
Microrrelato de Ángel Silvelo Gabriel

domingo, 3 de septiembre de 2017

NADA QUE ALEGAR.- MICRORRELATO DE ÁNGEL SILVELO


 
Yo formaba parte de un grupo musical, y nunca fui tan feliz. Fumaba todos los cigarros que quería y viajaba en barco cada vez que tocábamos en las islas. Todo era perfecto hasta que apareció ella. Me dijo que era abogada, de causas imposibles, añadió. No sé por qué, pero se enamoró de mí. Nunca entendí su tenacidad para sacarme de la cárcel. Yo no la quería, pero harto de su insistencia, le dije: «haz que lo nuestro encaje». Me dio clases de derecho y me consiguió la condicional. Incluso logré un puesto de abogado en el turno de oficio. Pero algo falló en su plan, y ahora, ella está en el banquillo de los acusados, esperando a que yo le demuestre mi amor. «¿Algo que alegar?», me pregunta el juez. La miro mientras leo distraído el periódico 20 minutos, y contesto: «no señoría, nada que alegar».
Microrrelato de Ángel Silvelo Gabriel

martes, 29 de agosto de 2017

ROBERT WALSER, EL PASEO: EL CAMINO COMO GRAN METÁFORA DE LA VIDA


Adentrarse en el universo literario de Robert Walser es hacerlo en un torrente de palabras que te sumergen en un abismo intelectual y narrativo que no te deja indemne. Su mirada hacia el mundo desde la parquedad de lo cotidiano no para de abrirnos nuevas sendas que nos llevan desde lo más anecdótico a lo más profundo con sublimes momentos plagados de ironía, laconismo, humor, y cómo no: melancolía. Nada escapa a la vista del escritor suizo ni a su prosa que, de una forma afilada, nos presenta su necesidad de pasear como un camino inagotable que representa la gran metáfora de la vida, porque eso son sus definiciones, por ejemplo, acerca del recaudador de impuestos, su sastre o su visita a la señora Aebi. Su capacidad de asombro ante las más sencillas de las imágenes: «El mundo matinal que se extendía ante mis ojos me parecía tan bello como si lo viera por primera vez», es la que el escritor suizo nos transmite a los lectores cuando caemos por ese barranco pleno de sensaciones inagotables e irrepetibles, en ocasiones plagadas de nombres o adjetivos; en otras de sentencias o frases magistrales: «A veces ando errante en la niebla y en mil vacilaciones y confusiones, y a menudo me siento miserablemente abandonado», dando muestras que en lo cercano y cotidiano se encuentra la esencia de la vida. El escritor Enrique Vila-Matas nos dice que «Robert Walser, sólo respira paseando, sólo respira con una prosa que pasea y es amiga declarada de vagabundear...»; y es ahí, en ese vagabundeo donde Walser nos sujeta con firmeza para no soltarnos hasta la última palabra. No en vano, él mismo define la acción de pasear como: «Pasear… me es imprescindible, para animarme y para mantener el contacto con el mundo vivo, sin cuyas sensaciones no podría escribir media letra ni producir el más leve poema en verso o en prosa. Sin pasear estaría muerto, y mi profesión, a la que amo apasionadamente, estaría aniquilada...» Esa pasión a la que se refiere el narrador es la que subyace detrás de cada palabra y de cada frase de esta nouvelle, en la que apreciamos el espíritu poético e intenso de la narrativa de Walser, que tan sólo escribió entre 1904 y 1925. Y lo hizo alejado del ruido mediático literario, pues siempre buscó refugio en la sencillez y la soledad de la cuartilla en blanco que, él, atornillaba a su pies con un mundo pleno de sensaciones cotidianas que, sin embargo en sus manos, alcanzan la categoría de sublime: «El continuo escribir cansa como el trabajo en la tierra».

El paseo es ese el largo camino de la vida, al que Walser, trata como la gran metáfora de la vida, pues en él, disecciona cada uno de los sentimientos que nos acogen a lo largo de nuestros días. El entusiasmo, pero también la melancolía y la tristeza navegan por sus palabras, del mismo modo, que le ocurre a nuestra existencia, siempre salpicada de esa zozobra que nos obliga a salir adelante día a día. Esa posesión de la perturbación nada placentera también acompaña a la narración de esta novela, y lo hace, de la mano de las necesarias dosis de humor que nos retratan a un personaje, el propio Walser, como una especie de D. Quijote de principios del siglo XX, Aislado de un mundo que el sustituyó por otro, el suyo propio; un mundo plagado de palabras con las que adornar su posición ante la vida y las personas que se fue encontrando en la misma. En esa búsqueda de lo cotidiano, tampoco le falta a Walser esa íntima exploración de la belleza en sí misma y de la indagación del amor. Un posicionamiento, el del amor que, como ocurre en tantas ocasiones, está impregnado de una melancolía turbadora y hondamente reflexiva, dando muestras, con ello, del alto nivel poético y a veces abstracto de su prosa, pues el universo literario de Robert Walser es un espacio en el que hay que dejar de un lado lo más obvio, para a a partir de ahí, indagar en aquello que él nos muestra de una forma maliciosamente sencilla. En esa sencillez está una buena parte su magia y de su valía como narrador, pues con ellas, nos lleva de la mano a lo largo de un paseo infinito: el de la propia vida.

Ángel Silvelo Gabriel.

lunes, 28 de agosto de 2017

TÚ SERÁS LO QUE QUIERAS SER.- MICRORRELATO DE ÁNGEL SILVELO


 
Me he quedado muda. Perdida entre cables y miradas que esperan a que dé la orden. El momento que tanto había esperado está aquí y me encuentro dentro de él, paralizada. Me acuerdo de mi madre, cuando de pequeña me decía: tú serás lo que quieras ser. Distraigo al pánico con pensamientos que proceden del cesto de mis recuerdos. Esta vez mi mente es más rápida que mis sentimientos, y los distrae con opciones que de antemano sabe que me harán reaccionar y recuperar ese aliento que he intentado que permaneciera vivo durante todos estos años. Sí, quiero hacer aquello que tanto deseo, y necesito gritarlo para que todos se enteren. Sin embargo, algo sucede y me olvido de gritar. Mi mirada se detiene en el objeto que tiene más próximo. Agacho la cabeza y ajusto la cara al visor que me proyecta la imagen que durante tantos años había estado buscando. Y una voz que sale dentro de mí, dice: acción.
 
Microrrelato de Ángel Silvelo Gabriel

martes, 22 de agosto de 2017

SOFIA COPPOLA, LA SEDUCCIÓN: LAS MALAS ELECCIONES DEL DESEO


 
El silencio de una mirada, la fragilidad de una caricia, el despertar de una nueva sensación a través de la contemplación del cuerpo del otro, o la necesidad más imperiosa de dar salida a la pasión que nos mueve por dentro, sólo son algunas de las múltiples posibilidades del deseo y, que en la película, La seducción, de la directora norteamericana Sofía Coppola, buscan una salida en éstas y otras manifestaciones más ocultas que sólo el deseo sabe mover y articular aunque todas ellas se alejen de la razón. En el filme, asistimos a un caleidoscopio de sensaciones y despertares que se mueven desde la imperiosa necesidad de los sentidos a la estrategia basada en el ocultamiento del propio sentimiento. Esta castración, finalmente, será la verdadera protagonista de las malas lecciones del deseo presentes en la película. En otro plano más estético y, a la vez onírico, podemos decir que hay pausa y sentido y sensibilidad en la última película de Sofía Coppola, pues el primer plano secuencia de la película ya observamos que, mientras el humo de los cañones se visualiza a lo lejos anunciando el peligro, una niña recoge setas en un bosque que se parece mucho a esos espacios donde se nos aparecen las hadas. En este sentido, la visualización y el sentido estético de La seducción es perfecto, no sólo en los exteriores, sino también en los interiores, donde las composiciones de las escenas o los colores de los largos y abundantes vestidos de las protagonistas son como un minucioso juego floral para la vista. Incluso, el juego de las miradas de cada una de las mujeres o el color de sus ojos, son una perfecta amalgama cromática que, de una forma solapada, eso sí, tratan de mostrarnos el perfil psicológico de cada una de ellas, como si de un tupido juego de tules se tratara; un juego de tules que los espectadores debemos de ir levantando para llegar al final o a la esencia de cada una de ellas, y por tanto, de la película. Pero ahí queda todo, pues este ejemplo de las malas elecciones del deseo se queda en una muestra naif de la guerra, el dolor o la venganza, pues no logra transmitirnos ese miedo —aunque éste sea sólo psicológico— que en sí misma tiene la propuesta de la presencia de un extraño en territorio enemigo, más si cabe, cuando estamos hablando de un soldado confederado en un mágico y espectral colegio para mujeres abandonado en la sinergia de una guerra que pronto será perdida para los Estados del Sur; un espacio cerrado donde todo gira en torno al deseo. 

La seducción explora de nuevo ese estigma de mujeres en transición, mujeres ajenas a los acontecimientos exteriores que viven y que son la marca más significativa del cine de Sofía Coppola —si obviamos claro, su plasticidad—, pues desde Lost in traslation nos va retratando a este tipo de mujeres que deben cambiar las vidas que habían imaginado por las circunstancias externas a ellas mismas que les ha tocado vivir, ya sean éstas las de encontrarse perdidas en la inmensidad de la locura de un hotel japonés (Lost it traslation), o en el Palacio de Versalles (María Antonieta). Sea como fuere, Sofía Coppola arremete desde la sutileza femenina contra los estereotipos del deseo con los que la sociedad remarca el comportamiento de las mujeres, y lo hace desde el ritmo pausado y armónico de la sensualidad femenina, más propicia a los juegos previos que al martilleo constante de los amantes. Ahí, en el ritmo contenido es donde la película gana enteros, tanto en lo más obvio como en lo impostado, sin embargo, ahí es también donde pierde toda fuerza en su presumible contundencia argumental, pues que deja al espectador defraudado con una trama que no reúne los elementos suficientes que le lleven a pensar que está viendo una gran película, quizá, por eso, el premio de Cannes que recibió el filme fue al de la mejor dirección y no al de la mejor película, pues la misma naufraga a la hora de mostrarnos las malas elecciones del deseo. 

Ángel Silvelo Gabriel.