Tiempo de comunicaciones rotas

Tiempo de comunicaciones rotas

lunes, 30 de enero de 2017

ANDRÉS ORTIZ TAFUR, TIPOS DUROS: HOMBRES QUE LUCHAN CONTRA SÍ MISMOS, DESPELLEJANDO A SUS SUEÑOS Y A SUS MALDICIONES



Hay que tener valor para afrontar la realidad —la del día a día—, ésa que no es como nos la imaginamos de pequeños ni como la que sale en las películas o en los anuncios de la televisión. Sin embargo, la verdadera encrucijada no es ésa, sino las opciones a tomar ante la situación a la que sin darnos cuenta nos vemos abocados. Así nos ocurre que, podemos dar vueltas y vueltas sin salir del punto de partida, o también huir, sin por ello desterrar a nuestros miedos del corazón. De una u otra forma, siempre perdemos algo por el camino. A veces es la dignidad, otras la cordura o incluso la ilusión por aquello que creíamos que siempre sería nuestro particular altar sagrado. La vida en solitario o la vida en pareja se parecen en los sortilegios mentales que volcamos sobre los demás. En el primero de los casos, lo hacemos sobre nuestra sombra cuando adopta la forma de conciencia, y en el segundo, lo manifestamos en el otro, para de esa forma no tener que arremeter contra uno mismo. En muchos de los relatos de Tipos duros, se concitan todas y cada una de las circunstancias señaladas, porque, sin duda, muchos de ellos son la radiografía de esa huida sin valor que no describe otro dibujo que el del propio círculo en el que estamos metidos. Los tipos duros que nos dibuja Andrés Ortiz Tafur en esta recopilación de relatos, son hombres que luchan contra sí mismos, y lo hacen, despellejando a sus sueños y a sus maldiciones a partes iguales, pues esa parece ser la fórmula de la que está fabricada la esencia del ser humano: la insatisfacción que deviene en pérdida. Indecisiones aparte, el autor se sirve del surrealismo, de los planteamientos a priori racionales que devienen en estrambóticos y en la fina capacidad de diseccionar aquello que la sociedad no nos deja mostrar, para levantar un paraíso, el de los tipos duros, al que podríamos denominar como de Egolandia, pues ahí residen una parte de esas manifestaciones —sólo aparentemente desquiciadas—, del miedo, la soledad, la masculinidad mal resuelta, la soberbia, la felicidad o la libertad, que se van planteando a lo largo de los veintiún relatos del libro, y que nos dan, la verdadera medida como narrador de Andrés Ortiz Tafur que, poco a poco, y de una forma beligerante, nos va mostrando la potente voz que tiene como escritor, y a la que con cada nueva recopilación de relatos va modelando para hacerla más propia. Tipos Duros, sin duda, es un paso adelante en la carrera literaria de este jienense, que un día, decidió destronar al mundo para autoproclamarse rey de sí mismo y de sus obsesiones literarias y creativas —que en muchas ocasiones vuelca sin miedo en las redes sociales—. Ese valor de autor, es el que antepone a su personajes, pues con ellos, intenta retratar una sociedad incierta y perdida, pues hoy en día nada no satisface, ni tan siquiera la compasión hacia uno mismo y sus múltiples manifestaciones que, en este sentido, van desde la gloria al infierno sin parada intermedia.



Si algo nos propone el autor y de algo se trata en Tipos Duros, una vez metidos en faena a la hora de abordar este libro, es la posibilidad de derribar la barrera de esa realidad mezquina que nos carcome día a día, para posicionar el mundo patas arriba y observarlo al revés. Es verdad que con ello no arreglamos la situación inicial, pero sí, al menos, nos proporcionamos el placer de las vistas a contraluz o a contrapelo, y de esa forma, pasamos de ser víctimas a protagonistas de nuestras intrahistorias, tan descabelladas como las de los demás, pero nuestras al fin y al cabo. Ese pánico a uno mismo, es el que nos propone Andrés Ortiz Tafur en sus relatos, y él lo resuelve de diferentes formas: en algunas ocasiones, sobre todo en los relatos iniciales, con un manejo de la elipsis que nos transporta a lo largo del tiempo al final de la historia que nos cuenta de una manera caprichosa que, sin embargo, deja de serlo nada más terminar de leer la última palabra del relato en cuestión, y aunque en determinados momentos parezcan elipsis surrealistas, desde el punto de vista literario dejan de serlo, cuando constatamos que le sirven al autor para dar el brochazo final al cuadro que nos muestra; en otros relatos, la propuesta se basa en una idea circular, y esto ocurre cuando la narración acaba como empezó, siendo ésta la fórmula que el narrador escoge para mostrarnos esa razón —tan inexorable— que es la de la incapacidad que tenemos para resolver nuestros propios problemas, y a la vez, esa atroz manía de dar una y mil veces siempre las mismas vueltas a aquello que no nos hace felices sin ser capaces de proporcionarnos una salida distinta o un punto de vista diferente al inicial; también, hay ocasiones que esos finales son finales sorpresivos o amenazadores o simplemente geniales, donde el narrador nos demuestra su gran manejo de la técnica del relato corto. En este sentido,  muchos cuentos comienzan con frases cortas, de apenas dos o tres palabras, con las que el autor logra sintetizar de una forma muy certera el contexto de la historia que, en algunos relatos, devienen en unas extraordinarias repeticiones que nos sugieren los ecos de la conciencia —mordida, mutilada o quemada—, y que rozan la paranoia pero nos sirven para identificar sin ambages el estado mental del protagonista en cuestión.



En definitiva, bajo el título de Tipos duros, se esconden muchas historias de una masculinidad mal resuelta, pero sobre todo, subyacen las distorsiones de los egos que nos mantiene anclados en el egocentrismo más ancestral, lo que sin duda, es una magnífica metáfora de la sociedad actual, donde nuestro egoísmo e intransigencia se resuelven mal, quizá, porque nunca nos ponemos en la posición del otro, o quizá, porque somos hombres que luchamos contra nosotros mismos, mientras nos despellejamos nuestros falsos sueños o nuestras certeras maldiciones.  





Ángel Silvelo Gabriel.

domingo, 29 de enero de 2017

RAP Y CONDENA.- MICRORRELATO DE ÁNGEL SILVELO



Mi madre decía que no existía peor condena, que tener hambre y no tener cena. ¡Qué errada que estaba, ya entonces no se enteraba! Ella no sabe lo fácil que es, tener cena dentro de la trena. Rap, rap, rap y condena.

Abogados, jueces, magistrados, todos ellos trajeados, bronceados y endiosados. Sólo buscan una cosa a la que llaman justiciosa. Amurallados entre informes y audiencias, sólo cavilan oscuras sentencias. En unas salas refrigeradas y mal informatizadas. Rap, rap, rap y condena.

Mi maqueta, es mi sardineta hacia todo lo que me aprieta. No hay toga más oscura, que soportar esta tortura. Ya en vano llega el verano sin la libertad en la mano. Mi madre desconocía que no existía peor condena, que tomar el sol en la trena. Porque aquí, no hay arena, ni una sombrilla ni un bote de crema. Rap, rap, rap y condena.
Microrrelato de Ángel Silvelo Gabriel

EL ARTE DE SER ESCRITOR.- UN ARTÍCULO DE MANU DE ORDOÑANA, ANA MERINO Y ANE MAYOZ


Este título tan rimbombante corresponde al libro escrito por Ramón Sanchís Ferrándiz, que pretende ser algo más que un manual de escritura creativa. Su autor es ingeniero de profesión y miembro del Instituto Internacional Hermés para el estudio e investigación de las ciencias humanas. Se declara amante de las humanidades y también apasionado de la escritura desde que era adolescente. “Escribo por una necesidad interior, vocacional, y atávica que no puedo evitar. Su unión con la escritura y la lectura lo refleja en los talleres que ha impartido. Es profesor titular del taller “El libro Durmiente” que comparte título con el Club de Lectura fundado por Marcos Rodes.

El arte de ser escritor (Brainbooks, 2015), en su segunda edición, está compuesto por dos volúmenes: el primero analiza las técnicas propias de la narrativa (descripciones, construcción de personajes, del argumento y la trama, de las escenas, el ritmo y el tono, la intriga y el suspense, la estructura de los cuentos y las novelas, etcétera); el segundo versa sobre las técnicas básicas de la escritura (composición de un texto, de las frases y los párrafos, uso de los verbos y los signos de puntuación, errores frecuentes al escribir, etcétera) con una serie de ejemplos sobre cómo ha de redactarse un artículo, una nota de prensa, una columna periodística, una reseña crítica, un informe, una crónica, etcétera”.
Efectivamente, el libro está repleto de ejemplos tanto de escritores conocidos, como de participantes de las diferentes ediciones de sus Talleres de Escritura Creativa. Pero sus técnicas de escritura sirven para escribir textos literarios, así como textos periodísticos, informes, actas, cartas, el correo electrónico, currículum vitae, reseñas biográficas, reseñas literarias… Los últimos apartados del libro llaman la atención, por no ser habituales: el que aborda el tema de la editorial y el de las prácticas con las soluciones; son ejercicios de vocabulario, de transformación de textos…

Además de lo ya mencionado, hay muchos temas relacionados con la gramática propiamente dicha, la que se estudia en los colegios: los tiempos verbales, los tipos de oraciones, las reglas ortográficas… También se analiza la puntuación, las modalidades de textos, las cualidades de un texto…, es decir, muchos aspectos interesantes para el escritor que quiera mejorar su escritura con el fin de llegar al lector.

A continuación, presentamos un resumen con los aspectos del libro que nos han parecido más útiles para todo aquel que pretenda perfeccionar su escritura de textos literarios, para lo cual hemos clasificado el material en cinco apartados diferentes:

1.- Los primeros pasos a seguir a la hora de enfrentarse a un escrito.
En el momento en que uno se pone a escribir, es conveniente acotar el tema, abordando un aspecto determinado, además de recopilar datos y recabar la información pertinente. Una vez hecho esto, habría que dejarlo en reposo, en un proceso de maceración. No hay que olvidar definir la finalidad del texto, tener en cuenta a quién va dirigido para escoger el lenguaje, el registro y el tono, puesto que en función de la objetividad o subjetividad del texto el tono variará.

2.- Lo que habría que evitar.
Para no caer en un uso inapropiado del lenguaje, el escritor deberá luchar contra las redundancias (repeticiones inútiles) y los circunloquios (utilizar más palabras de las necesarias para expresar una idea). Sobre estos últimos, muchos piensan que cuanto más se extiendan en decir algo más literarios son. También conviene que rechace los extranjerismos, si tienen su equivalente en español, al igual que los neologismos; muchas veces se adoptan por esnobismo, por estar de moda. Tampoco es bueno que abuse de los latinismos y, cuando se sirva de ellos, deberá saber que algunas expresiones se escriben según las reglas de ortografía de nuestro idioma (currículum, dúplex, réquiem…), pero otras mantienen su forma original por lo que irán en cursiva: alter ego, ab initio, grosso modo, mea culpa
Hay escritores que tienden a escribir con frases cortas separadas por punto y seguido, es el denominado estilo anglosajón. Esta estructura sencilla ayuda a asimilar mejor las ideas por parte del lector, pero a su vez coarta el vuelo poético. De los anglosajones, además, hemos adquirido la mala costumbre de usar la doble negación. Negar dos veces algo equivale a una afirmación, que es lo que se debería usar por ser más sencillo de expresar y de entender por parte del lector. Y también de ellos nos viene el abuso de la voz pasiva. Para simplificar la oración basta con emplear la frase activa, propia de nuestro idioma, donde el sujeto realiza la acción.
Otro error en el lenguaje común, y demasiado frecuente por desgracia, de ahí que también lo cometan los escritores, es el de la concordancia entre sujeto y verbo.

3.- Las herramientas útiles.
El escritor usará el lenguaje específico de una determinada profesión (jerga) únicamente en boca de sus personajes, así como los tópicos, las frases hechas y los coloquialismos.
Tiene la opción de alterar el orden de los elementos que componen la frase para conseguir una estructura atípica, original y así conferirle al texto un sentido estético distinto; además mejorará el ritmo, la sonoridad…
En cuanto a los adverbios terminados en –mente, en muchas ocasiones se abusa de su utilización; no es que sea incorrecto, pero sí conviene no recargar el texto.
El buen escritor pretende crear un lenguaje propio y un texto cohesionado, por eso buscará la palabra adecuada para denominar las cosas y se servirá de los conectores, las repeticiones de ideas… En cambio, prescindirá de las frases aisladas que llevan a un texto entrecortado donde el lector fácilmente pierde la continuidad. En el libro aparecen analizados los distintos tipos de conectores, tanto de frases como de párrafos.
Se servirá de la hipérbole o exageración, mediante la cual (la misma) puede agrandar intencionadamente lo que otros no alcanzan a ver, incrementando la belleza o el realismo en sus relatos.
Cuando se escribe un texto conviene leerlo en voz alta, solo así se puede resolver el tema de la repetición de sonidos que resulta malsonante, la llamada cacofonía.
El escritor se convertirá en un buscador de la palabra precisa, jugará con sus significados ocultos, intercambiará sinónimos… Elegirá el adjetivo que mejor indique esa cualidad que busca en el sustantivo, para matizar las diversas sensaciones. ¿Por qué no inventar el vocablo o la expresión si no tiene la palabra exacta? Tendrá en cuenta la musicalidad de las palabras. Cualquier texto gana cuando se crea esa musicalidad, ese ritmo narrativo en la estructura y la composición. Se servirá del lenguaje figurado. Gracias a él el autor cargará de expresividad y belleza las palabras habituales.
Tendrá que diseñar personajes auténticos, convincentes. Como afirma el escritor estadounidense Kurt Vonnegurt: “Dale al lector al menos un personaje con el que él o ella se pueda identificar”. Los personajes, al ser piezas fundamentales de la trama, deben tener vida propia, tienen que mostrar los sentimientos, con la mayor intensidad posible. Creará los ambientes, construirá atmósferas psicológicas que le serán de gran utilidad; el lector viajará en el tiempo y en el espacio cuando se le muestren los ambientes con todo detalle de aromas, de voces…
Coordinará la polifonía literaria. Si la misma historia es contada por voces diferentes que aportan su interpretación personal, el lector tendrá una visión múltiple, mucho más rica.
Deberá mostrar, no decir. El verdadero escritor recreará las escenas, las hará visibles. Introducirá reflexiones. Esas introspecciones, esas preocupaciones personales ayudarán al lector a plantearse cuestiones profundas. Mantendrá el equilibrio entre las acciones, los diálogos y las reflexiones. Según el escritor peruano Jorge Eduardo Benavides estos tres componentes fundamentales deben equilibrarse en toda novela para que el texto adquiera la tensión y el ritmo adecuados.
Conocerá el trasfondo del ser humano. El escritor necesitará indagar en el alma humana para no ser un mero compilador de datos. Desarrollará la imaginación. El buen escritor observará la realidad que le rodea para luego transformarla con su imaginación. Necesitará de la verosimilitud para dotar a los personajes y al argumento de apariencia de realidad y para que el lector se adentre en la historia.
Resaltará su estilo; con todas las herramientas mencionadas, el escritor creará su manera de escribir propia.

4.- Las cualidades que deben ser destacadas en un texto.
Entre ellas está la naturalidad, que se dará cuando el autor se exprese según su propia personalidad, cuando halle su propia voz y esté en relación con lo no artificioso. La claridad también es necesaria en un texto; la sencillez en las expresiones y en la exposición de las ideas ayuda a que resulte fácil la lectura y su comprensión.
La brevedad es otra cualidad que, unida a la capacidad de sintetizar, de decir mucho en pocas palabras, es fundamental. Para ello habrá que adecuar el texto a su medida idónea, donde no falte nada ni sobre nada, pero la brevedad exige sacrificios y no todo escritor está dispuesto a renunciar a lo escrito. Punto y aparte
Tendrá que estar presente también la coherencia, para que dé unidad al texto, y asimismo la expresividad, para despertar un vínculo afectivo con el lector, que le llegue lo que lee hasta emocionarlo. Punto y aparte
Otra cualidad es la intensidad, ser equilibrado, armonioso a lo largo del texto, con el fin de que el ritmo sea constante.
Son de vital importancia el inicio y el cierre de un escrito. El inicio es la pieza primordial para que el lector se adentre en el texto, y lo mismo que hay que saber empezar, hay que saber también finalizar, que no resulte abrupto e inesperado el final, por eso habrá que adecuarlo al contenido y añadirle el sello personal.

5.- La corrección.
Todo buen escritor sabe de la necesidad imperiosa de corregir el texto. Qué mejor que tener una guía para ello. Habrá que ir viendo la puntuación, la cohesión, si el escrito es comprensible y se lee con fluidez, si el estilo es el apropiado, si el tono y el ritmo están acordes al contenido, si el uso del lenguaje figurado para que haga más visual y profundo lo que se transmite no resulta excesivo, si se mantiene la intriga y la tensión durante todo el texto, si los personajes están bien caracterizados…
Sin embargo, nuestro autor ha olvidado la aplicación de esta norma. Menciona lo que debe hacerse (por ejemplo, no poner coma entre sujeto y verbo, en la página 44), pero luego encontramos ese error en varias páginas del libro. Ya sabemos que la figura del corrector está en declive en las redacciones de los periódicos y en muchas editoriales, pero eso no justifica que un manual de escritura contenga tal número de erratas, como las que hemos encontrado en “El arte de ser escritor”.
Aun así, la lectura de este libro es útil tanto para los escritores principiantes como para los más avezados: conocer todo lo que el lenguaje ofrece, sin duda, sirve a la hora de escribir y tengamos en cuenta que, si el escritor recurriera a todas las herramientas que tiene, dejaría de ser un mero operario de la escritura para convertirse en un artista.

Artículo de Manu de Ordoñana, Ana Merino y Ane Mayoz

sábado, 28 de enero de 2017

TRIBUEÑE CON VALLE-INCLÁN EN EL CÍRCULO DE BELLAS ARTES



EVENTO TEATRAL DEL AÑO EN EL CÍCULO DE BELLAS ARTES:
INCENTENARIO DE VALLE-INCLÁN”

Amigos de Tribueñe, quedan pocos bonos, no os perdáis este evento teatral en Cículo de Bellas Artes de Madrid el viernes 24 de marzo, la compañía Tribueñe, dirigida por Irina Kouberskaya, representará completo  el "Retablo de la avaricia, la lujuria y la muerte" de Ramón María del Valle-Inclán.

Cuatro obras: "Ligazón", "La rosa de papel", "La cabeza del bautista" y "El embrujado".
Como broche final homenaje flamenco a "Sacrilegio".

Toda la información y venta de entradas en
http://www.circulobellasartes.com/espectaculos/incentenario-valle-inclan/

miércoles, 25 de enero de 2017

MUSICAL VIVO CANTANDO DEL GRUPO “EL TERCER ACTO”.- IDEA ORIGINAL DE JAVIER TORRES JUAN, BAJO LA DIRECCIÓN Y ADAPTACIÓN MUSICAL DE DAVID LÓPEZ MUÑOZ: EL RELATO DE UN SUEÑO



Hubo un tiempo, que el Festival de la Canción de Eurovisión, formaba parte de esas citas anuales donde las familias, entorno a un pequeño televisor todavía en blanco y negro, hacían sus propias apuestas acerca de qué canción y de qué país, era la ganadora del certamen. Al principio, despuntaron grandes clásicos como: Francia, Gran Bretaña o la inolvidable Italia, pero el transcurrir de los tiempos nos trasladó hacia el norte de Europa con Suecia y Abba como máximos representantes de la fuerza que en su momento tuvieron las canciones y los grupos que participaban en él, pues sin duda, era el mejor pasaporte que existía de cara a conseguir un sonado triunfo en el mundo de la música a nivel mundial. Aquellos primeros festivales se celebraban en fechas cercanas a la Semana Santa, donde las condiciones climatológicas de nuestro país —porque entonces sí, entonces sí llovía y hacía frío cuando tocaba—, propiciaban al recogimiento en la noche del sábado como mejor forma de expresar un sentimiento: el de un país que se siente orgulloso de serlo y de quien lo representa, y de una forma de ocio, tan distinta a la actual, pero tan cercana a esa parte de nosotros mismos que muchas veces nadie conoce, como son los sueños. Haciendo un poco de historia, El Festival de Eurovisión del año 1969 se celebró en el Teatro Real de Madrid y fue presentado por Laura Valenzuela, arrojando un resultado final que antes nunca se había producido, al registrarse un cuádruple empate entre España, Inglaterra, Holanda y Francia, y al que los telespectadores españoles asistieron atónitos a través de los comentarios del inolvidable José Luis Uribarri. Y es en este sentido, en el de ahondar en la necesidad de hacer realidad un sueño, en el que el grupo teatral El Tercer Acto (bajo la idea original de Javier Torres Juan), ha situado su nuevo musical que, aparte de nuevo, es distinto, porque es original y no adaptado. El musical Vivo cantando que, nos transporta al Festival de Eurovisión del año 1969 que se celebró en Madrid, es el relato de un sueño, un sueño que comienza en un pequeño pueblo andaluz, y que tras diversos episodios y tramas, nos lleva hasta ese deseado día en el que es posible que los sueños se hagan realidad, porque es de esa argamasa de la que está hecha y con la que está moldeada esta comedia musical, que hermana de una forma sencilla el pasado y el presente, a los padres que un día fueron niños en los sesenta y a sus hijos, porque, en definitiva, Vivo cantando es una perfecta fusión de épocas, estilos e intenciones para disfrutar en familia. Un objetivo que, desde el Colegio Menesiano se viene consiguiendo año a año y musical a musical de una forma admirable.



Una vez más, bajo la dirección y adaptación musical del gran David López Muñoz —alma máter de este proyecto—, asistimos a una representación en la que lo más difícil es no acabar cantando junto al magnífico plantel de actores que de nuevo llenan el escenario, y que en Vivo cantando, protagonizan Rut Beltrán Fernández (en el papel de Rocío) y José Antonio Martínez Sánchez (en el papel de Tony). Así, en una magnífica selección musical que se adapta perfectamente a la trama de aquello que se nos cuenta, suenan entre otras, canciones como: Yo soy aquel de Raphael; Al partir de Nino Bravo; Como yo te amo de Rocío Jurado; Dama, dama de Cecilia; Mi gran noche de Raphael, Black is black de Los Bravos…, y lo hacen, igual que una perfecta banda sonora musical que por méritos propios pertenece a nuestro acervo cultural y colectivo, pues se comporta como la cinta transportadora de los recuerdos de varias generaciones de españoles, que en su día soñaron con estas canciones o se enamoraron bajo las melodías de las mismas. No obstante, el valor icónico del espectáculo no está implícito sólo en la parte musical, pues la escenografía a cargo de Luisa F. Ruiz Fernández, el vestuario de María Ortega Cornejo y Pepa Duarte Mejías (fantástico el vestido final de Rut que imita de una forma mágica al de Salomé), y las coreografías de Ana de Luis Duarte y Cristina de Luis Duarte, no hacen sino acentuar esa parte entrañable que tiene el montaje y que se traslada, antes de empezar, al programa que se nos proporciona nada más entrar al Colegio Menesiano, y que en forma de Seat 600 amarillo, recoge la información del espectáculo, invitándonos de esa forma a ser cómplices de aquello que nos espera, y que no es, sino el relato de un sueño, algo de lo que por cierto no estamos sobrados en los tiempos que corren. Por eso no se lo piensen y corran, corran sí… Y pasen y vean.





Ángel Silvelo Gabriel.

martes, 24 de enero de 2017

JESÚS MARCHAMALO, EL BOLSO DE BLIXEN, ILUSTRADO POR ANTONIO SANTOS: UNA VIDA GRABADA EN EL TALLO ESPINOSO DE UNA ROSA



«La cura para todo es siempre agua salada: el sudor, las lágrimas, el mar». En esta frase atribuida a la protagonista de El bolso de Blixen, y que a modo de corolario está impresa en la contraportada del nuevo librito de Nórdica Libros, ya se nos revela la esencia de la escritora danesa y la última intención que, tanto de Jesús Marchamalo como de Antonio Santos, han tenido a la hora de retratar el espíritu de este alma indómita que representa Karen Blixen Isak Dinesen para el mundo de la literatura—. El agua salada del sudor como recompensa al esfuerzo, el agua salada de las lágrimas como expresión sanadora del dolor, y el agua salada del mar como metáfora de la libertad, reúnen en sí mismas, y cada una de ellas de una forma determinante y sintetizadora, la entidad de una mujer que nunca renunció a su estigma de mujer entre hombres, de mujer luchadora o de mujer con un fuerte temperamento tanto para la vida como para el amor. Y que, como no podía ser de otra manera, ha sido identificada por Jesús Marchamalo junto a ese gigantesco bolso —en comparación con su enjuta figura alimentada sólo a base de ostras y champán—, que lució al lado de Marilyn Monroe en su gira norteamericana.




El bolso de Blixen, una vez más, es la demostración por parte de Marchamalo de un estilo narrativo en el que sobresalen el gran manejo de la elipsis y de esa prosa a medio camino entre el periodismo y la poesía con la que tan bien impregna a cada uno de sus libros, ya sean éstos de una extensión resumida como éste, o más extensos como su reciente Los reinos de papel. Da igual la extensión de sus trabajos, porque el alma literaria y periodística de Jesús queda impregnada en todos ellos, y que en el caso de El bolso de Blixen publicado por Nórdica Libros, sobresale con una maestría a la que podemos tildar sin miedo a equivocarnos de excepcional, y sirva de ejemplo, la primera semblanza que Jesús hace de la Blixen, pues es digna de enmarcar, ya que no se puede decir más en menos palabras; palabras rítmicas, cuando no hirientes o reveladoras del alma y espíritu de una danesa que se puso el mundo por montera. «La baronesa, sentada a su lado sobre un descalzador, minúscula, los ojos negros, vivos, perfilados de khol y una sonrisa exánime»; una definición que nos proporciona la misma información que si estuviéramos viendo un cuadro de la persona. Asimismo, el acierto de Jesús Marchamalo no se encuentra sólo en el estilo narrativo: pleno de una intensidad de adjetivos deslumbrante, sino también, en saber seleccionar, tras una laborioso trabajo de documentación, las escenas o imágenes que nos permitan construir, en apenas unas páginas, el semblante más relevante de una vida, intrépida en el caso de Karen Blixen, y a la que el narrador dota de una nebulosa mística, en la que destaca la imaginería de: bolsos, rifles, casas, avionetas, animales, costumbres…, y rosas por la que nos conduce Marchamalo —en un ejercicio de puro fetichismo literario—. En este sentido, no le caben a este libro más objetos de culto a la hora de retratar a un personaje que, además, tan bien caracterizado está a través de las anécdotas trufadas a lo largo de todo el texto, y que hacen las veces de pequeños caprichos con los que deleitarnos dentro de un texto ya de por sí muy rico en matices.




Y a todo ello, como siempre, hay que adicionar, el valor añadido de las ilustraciones de un Antonio Santos siempre sarcástico, irónico y de trato bonachón en las presentaciones, y que al igual que sus dibujos, es capaz de maximizar nuestra atención con unos breves apuntes. Apuntes que, trasladados al negro sobre blanco de sus ilustraciones, nos dan una perfecta medida de aquello que ya imaginamos con las palabras de Jesús (aunque Antonio casi siempre se adelante con sus ilustraciones al texto de Jesús), lo que nos habla de esa perfecta simbiosis que existe entre ambos a la hora de trasladar, la vida y su esencia, de un escritor, escritora en este caso. Elefantes y jirafas están muy presentes en las ilustraciones que Santos ha hecho para este libro, pero también adivinamos una Estatua de la Libertad o unos retratos en primer plano de la Blixen, y que la deshojan de cualquier espectro de falsedad, igual que la imagen final que nos regala Jesús acerca de la baronesa, como si su vida hubiese quedada grabada en el tallo espinoso de una rosa.




Ángel Silvelo Gabriel.

GONZALO CALCEDO, LAS INGLESAS: EL TRÁGICO PODER AL QUE SE ENFRENTA LA FRÁGIL ADOLESCENCIA



Hay espacios en nuestras vidas que son como cámaras oscuras y vacías, donde no hay más vida que la de unos iconos imaginarios que se difuminan de una forma silenciosa en nuestro interior, sin que por ello, seamos capaces de quitarnos de encima la inadaptación y la desmesura que llevamos pegada al cuerpo desde el triste momento que nos cambia la voz. Tan irreconocible nos resulta a cada unos de nosotros nuestra adolescencia, como irreconocible fue nuestro primer amor o la pérdida de la infancia, porque todo se parece demasiado a tener que salir de esa cámara oscura y vacía en la que nuestros miedos y demonios no son visibles por el resto. Retar al mundo y retarse a uno mismo es una de las mayores tragedias a la que debemos enfrentamos, pues en demasiadas ocasiones ninguno de nosotros se interesa por ese anodino y gigantesco espacio exterior que nos rodea. En este sentido, la adolescencia es la reclamación de ese territorio propio en el que nadie más que uno mismo emite el pasaporte necesario para poder entrar en él. El mundo de un adolescente es una burbuja que, en demasiadas ocasiones, es transparente y frágil como la más fina de las pieles, y es ahí donde el carácter se moldea, y lo que llamamos vida, se nos muestra despiadada, pues no nos tiene en cuenta. Una trágica inadaptación a la que contraponemos una inabarcable desmesura y una hostil rebeldía, con las que huimos de un entorno que no aceptamos, ya que nadie acepta esa conquista de la libertad propia que nos sirve de llanto incomprendido. Muchas de estas circunstancias, a las que un adolescente se enfrenta en su vida, son bajo las que se construyen los relatos de Las inglesas, donde Gonzalo Calcedo, de nuevo, nos da muestra de su maestría como relatista. En lo que podríamos denominar como arquetipos, cada relato nos relata y retrata, el trágico poder al que se enfrenta la frágil adolescencia, y lo hace a través de la evocación de esa etapa vital, rebelde y arisca, frente, por ejemplo, al primer amor de Tesoros (sin duda, el mejor relato de este libro); o a la narración en un ambiente hostil del primer desamor en Saab 900, pasando por el extraordinario retrato de la amistad de Té verde, o la soledad de 3.000 metros obstáculos. Calcedo, en estos relatos, aborda muchas de las aristas de unos jóvenes inadaptados al mundo que les han construido sus padres, pues lo han hecho sin contar con ellos, y que en determinadas ocasiones, comprueban sus peores efectos demasiado pronto, véase si no, el egoísmo adolescente frente a la crisis de Lo que tuvimos (otro de los momentos álgidos de esta recopilación), o la soledad y la pérdida presentes en El castillo de formica, o el sentido de la amistad y la traición de Domando ranas.

Las inglesas es una extraordinaria muestra de la larga y consistente longitud como cuentista de Gonzalo Calcedo, quizá, el mejor escritor vivo de relatos cortos que hay en España. La sutileza de su estilo, la limpieza de sus frases, los giros de sus tramas y ese forma de entender el relato corto como un espacio para el desasosiego y la incertidumbre le distinguen del resto. Deudor, como otros tantos, de los cuentistas norteamericanos, Calcedo ha construido entorno a su obra, el mismo espacio físico —imaginario o real—, como, por ejemplo, hizo Cheever cuando retrató a sus burgueses de urbanización que día a día cogían el tren para ir a trabajar a la gran urbe, y que en el caso del narrador español, se circunscribe a ese norte español de la costa cantábrica que tan bien retrata y asume como propio. Una magnífica muestra de ello, es el relato que abre esta recopilación, y que lleva por título Tesoros (igual que si fuera una premonición), pues el eco de los recuerdos recreados bajo una atmósfera única, íntima e imponente, nos deja sin aliento. Tesoros es un relato al que no le falta ni le sobra nada, pues todo es un magnífico mecanismo en pos de la mejor literatura. En este sentido, el personaje de la protagonista es tan contundente y conmovedor como las metáforas con las que Calcedo le adorna. Un universo, el que nos crea el escritor palentino, que busca refugio también en los recuerdos en Té verde, pues aquí aborda, el recuerdo de una camaradería que el paso del tiempo no ha sido capaz de difuminar. Calcedo es un gran creador de atmósferas, y en este relato hace un magnífico retrato de la amistad y de las aristas que nos moldean la vida, unas aristas en las que los sentimientos más puros de la adolescencia buscan auxilio.

Una soledad, la adolescente, es de la que nos habla 3.000 metros obstáculos, donde el joven protagonista del mismo, es la más pura expresión de la inadaptación a un mundo que no es el suyo, pero esa misma necesidad de huida la encontramos en Lo que tuvimos, donde Calcedo aborda la crisis a través de la mirada de una joven que lo ha tenido todo, y de repente se queda sin nada, y cuya rebeldía se expresa a través de un exacerbado egoísmo. No obstante, lo mejor del relato es esa percepción de cambio que se produce en la protagonista, pues representa, de una forma vigorosa, la soledad, el desarraigo y la derrota. Una pérdida de la que también bebe la adolescente de El castillo de formica, donde la búsqueda de un perro se transforma en el mayor de los consuelos frente al abandono, que, como una sombra, cubre toda la narración.

No todo es tiempo presente en la evocación de los recuerdos, porque en ocasiones, ocurre que la adolescencia es como un boomerang que regresa la vida adulta con la determinación de hacernos daño de nuevo, sobre todo, cuando nuestra vida adulta es triste y aburrida como le ocurre al protagonista de Cosas de la edad, que necesita ponerse a prueba mediante actos tiránicos contra su pasado. Esa distancia respecto del tiempo transcurrido a veces es sanadora, pero en otras, es cruel como el amante que ha perdido la pasión inicial. De traiciones no a uno mismo, pero sí a los demás, trata el relato Domando ranas, pues el sentido de la amistad y la traición se dan la mano cuando tenemos la necesidad de buscar algo de luz en nuestras mezquinas vidas. En este caso, la solidaridad que se ve interpuesta por la pura necesidad, también precisa de un cierto brillo: el de la riqueza, el de la dignidad, el de diferencia… El relato que da nombre a la recopilación es el que pone punto y final a la misma. En Las inglesas, asistimos a la trágica pérdida de la amiga. Aquí se ponen de manifiesto el poder de las elecciones, ésas que nos parecen insignificantes, y que sin embargo, nos precipitan por el mayor de los abismos. Una vez más, Gonzalo Calcedo se apropia de la vida de una joven para retratarnos esa búsqueda de la libertad, tan dolorosa como incierta, en la que lo extraño o diferente nunca es aceptado si no es en beneficio propio.

En definitiva, Las inglesas de Gonzalo Calcedo es una nueva muestra del buen hacer como narrador de este escritor que, sin duda, pasará a los anales de la literatura como uno de los grandes cuentistas españoles de todos los tiempos. Un merecimiento que lleva labrando a lo largo de los años con una clarividencia y una tenacidad dignas de encomio, y en esta ocasión, con Las inglesas, nos muestra el trágico poder al que se enfrenta la frágil adolescencia.

Ángel Silvelo Gabriel.

YA ESTA DISPONIBLE EN LA RED EL Nº 23 DE LA REVISTA TERRAL

Editorial
Lola Buendía Directora de TERRAL www.revistaterral.com   
 
LA LECTURA EN CRISIS
 
Empieza el año 2017 y volvemos a escuchar cuestiones parecidas a las de otros años:

Hay más escritores que lectores. Los españoles leen poco o nada. Las editoriales se quejan; las librerías se ven obligadas a cerrar; a las bibliotecas les han recortado los fondos…Es urgente un plan para el fomento de la lectura… 

Según el CIS el 39,4% de los españoles no leyó ningún libro en 2015. Y el 35% no lee nunca o casi nunca. De nuevo las estadísticas no me aclaran mucho. ¿A qué tipo de lectura se refieren? ¿Cuál es el perfil del lector que lee? ¿Dónde se lee más? ¿En qué tramo de edad se realizó la encuesta? ¿Se evalúa en ellas la lectura digital, y cómo?

Que España no es país de lectores, es un hecho recurrente. Sin embargo, hay un exceso de publicaciones tanto en papel como en digital. Pequeños editores se han lanzado a publicar reduciendo el coste de los libros. Con la aparición del ebook, los soportes digitales, las tabletas…, se ha resentido el papel, y las grandes empresas se adueñaron del mercado. Algunas librerías se vieron arrastradas al cierre y muchos artesanos del libro tienen que empaquetar sus herramientas. 

El perfil del lector joven ha cambiado y ya no se interesa tanto por la narrativa tradicional en soporte papel y se inclina por el digital. Otro factor es el auge de la narrativa transmedia que se mueve en varios formatos a la vez: comic, series, novela gráfica, libros, tabletas digitales, internet, móvil…, donde los lectores pueden interactuar, amenazando al sector de las librerías y editores al uso, si no se adaptan a las nuevas tecnologías.

Si observamos, veremos que hoy la secuencia del márquetin comercial para captar interés y audiencia suele ser: serie televisiva – gancho publicitario  libro – cómic – formato digital – descargas en internet… De nuevo la imagen echando un pulso a la lectura, o quizás sirviendo de acicate a potenciales lectores. Varios ejemplos recientes los ilustran: Harry Potter, Juego de tronos, El señor de los anillos…han propiciado que las librerías y los editores vendieran libros como nunca. 

Otro año más vuelve a elaborarse El plan de fomento de la lectura del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte. Al parecer, los anteriores no han dado el resultado esperado. Los cinco objetivos generales que contempla El Plan, vuelven a ser tan inconcretos, que me recuerdan a más de lo mismo. 

En los medios informativos vuelve a repetirse el mismo mantra de todos los  años: hay que emplear más recursos, dar más horas de lectura en las aulas, ofrecer más visibilidad al libro, que Rajoy y los líderes políticos aparezcan con un libro en la mano, dotar mejor a las bibliotecas…

En las bibliotecas de mi entorno lo que sobran son libros y se difunde la lectura en diversos clubes de lectura. Me consta que también se fomenta en las aulas. Sin embargo, me inclino a pensar que no es solo cuestión de más recursos, sino de cambiar la estrategia y adaptarse a los nuevos intereses y perfiles de los lectores. También es lectura la que se hace a través de los numerosos blogs literarios y culturales, en los que se puede participar, así como en las variadas páginas webs que abarcan un abanico temático amplísimo: arte, literatura, historia, ciencia, informativos..., que han desplazado al libro en papel, siempre amenazado, pero que no desaparecerá para los nostálgicos y amantes de este formato.    Estoy segura que encontrarán el medio de compaginar ambos para que la lectura no desaparezca. 
  
Lola Buendía López– Directora de la Revista Terral - ISSN 2253-9018 

lunes, 23 de enero de 2017

TRUMAN CAPOTE, RELATOS TEMPRANOS: LO POÉTICO Y LO MARGINAL QUE EXISTE EN LOS PAISAJES DEL ALMA



Leer los cuentos de Relatos tempranos es sentir el desprecio nauseabundo que sólo los tuyos te pueden proporcionar y, desde ese averno cruel y sentimental, encaramarnos a una atalaya desde la que poder divisar otro mundo. Un mundo imaginado por un niño que quiso ser escritor a los ochos años (Truman Capote); una determinación que él llevó a cabo enfrentando, a ese abandono materno y paterno, con la necesidad del reconocimiento ajeno; un reconocimiento que el escritor forjó con su inexcusable brillantez, y con la que consiguió burlar (en parte) a la crueldad del destino. Capote lo hizo, refugiándose en lo poético y lo marginal que existe en los paisajes del alma. Esa soledad impuesta por sus progenitores, sobre todo por su madre, le llevó a cimentar un universo de niños y soledades, mujeres negras que asisten a blancos, o tías que no entienden nada de la vida salvo de cocinar, sin olvidarnos de la aridez de una homosexualidad que Capote nunca se preocupó en ocultar. Todos estos ingredientes son la argamasa de la que están construidos los cuentos recopilados en Relatos tempranos; relatos, muchos de ellos, escritos a los catorce, quince o dieciséis años, de ahí, que la primera sorpresa al leerlos, venga por la madurez de la puesta en escena de cada uno de las historias que las albergan y de su resolución, algunos de ellos, puros ejercicios de estilo literario como el titulado Tráfico oeste, una suerte de vuelta atrás en el tiempo que plasma la realidad de una forma trágica e hiriente. En este sentido, Relatos tempranos es la demostración del precoz talento de un escritor que se caracteriza por su limpieza de estilo y por su desmesurada capacidad de colocar cada palabra en el lugar adecuado, y todo ello, como demostración de un genio tan portentoso como temprano, pues esta recopilación da buena muestra de su particular mirada hacia todo aquello que le rodeó: adjetivando la marginalidad y haciendo de ella una cuerda infinita de la que tirar, para traer hacia sí, las vidas de unos personajes que, en su sencillez, Capote transforma en entrañables, igual de entrañable que puede ser la vida de uno mismo, para cada uno de nosotros. Truman Capote excava en la nimiedad más insignificante y le saca un brillo que resplandece hasta hacernos caer embobados con su reflejo, de ahí la brillantez que rodea a los escenarios por los que transitan sus personajes, pues los convierte en los mejores protagonistas posibles de las mejores historias imaginables.



Como quizá no podría ser de otra manera, el universo que rodea a estas catorce historias está impregnado de niños que buscan a sus padres ausentes. Así ocurre en Esto es para Jamie (uno de los relatos más autobiográficos de la colección), lo que le sirve a Capote para expresar los límites de la marginalidad dentro de las coordenadas de lo cotidiano, como por ejemplo, también le sucede a la protagonista del relato que cierra la recopilación: Donde el mundo comienza, pues como muy bien expresa el título del relato, el mundo propio comienza donde acaba el del resto (circunstancia que también está presente en el cuento titulado Hilda), sobre todo, si ese resto es una profesora de matemáticas con escasas dotes para que su imaginación traspase las paredes del aula donde da clases. Además, las grandes capacidades literarias de Capote, se trasladan del mismo modo a los finales de sus relatos, pues lo hay de todo tipo, desde los sorprendentes hasta los que quedan en suspenso, o se difuminan en un estilo más libre, lo que nos proporciona una incertidumbre en la que es propio lector quien debe aportar algo de sí mismo para acabarla. En cuanto a su aspecto formal, todos ellos se caracterizan por su brevedad, lo que no es óbice para que el autor no deje planteados, y en ocasiones muy bien resueltos, muchos de los enigmas de las historias que aborda como el mejor de los microscopios, pues esa es otra de las características narrativas de Capote: la minuciosa observación del alma humana. Sin embargo, sí podríamos decir de casi todos, que pertenecen en una mayor o menor medida a lo que los críticos han dado en llamar como gótico sureño, por las múltiples referencias existentes a su Monroeville (Alabama) natal y al profundo sur que le vio crecer, hasta que llegó a Nueva York. Una alegoría de anécdotas y vivencias que impregnan sus relatos de esa sensación de estar en otro mundo, por supuesto, nada parecido a la cosmopolita Nueva York. Esa característica de lo subterráneo, es una cualidad más de su genialidad, pues encuentra el eco suficiente para convertirlo en el auténtico protagonista de unas historias que retratan lo poético y lo marginal que existe en los paisajes del alma.



Ángel Silvelo Gabriel.

domingo, 22 de enero de 2017

AL OTRO LADO.- MICRORRELATO DE ÁNGEL SILVELO



Soy un amante de las librerías, pero más allá del placer de la lectura, llevo una temporada que busco nuevas sensaciones a la hora de perderme entre los libros. Su tacto, su olor, el color de sus portadas... ya no me dicen nada. Soy como un psicópata que se ha cansado de ver y oler la sangre de sus víctimas y sólo necesita pisotear sus cenizas. No sé por qué, pero siempre quise saber qué se siente al otro lado, sin la necesidad de que el agente de seguridad me llevara cogido del brazo. «Excusatio non petita, accusatio manifesta», pienso, y me dejo llevar una vez más cual bogavante que abandona su ecosistema para acabar en una cacerola llena de arroz. Sin embargo, enseguida concluyo: «vini, vidi, vinci», pues esta vez mi plan no ha salido como imaginé, mientras con una mano acaricio el lomo de la voluminosa novela que llevo dentro del abrigo y la otra la tengo esposada. Al llegar al despacho del inspector Alejandro Arralongo, éste me pregunta: «¿por qué sigue robando libros en esa librería?». «Solicito inmediatamente un hábeas corpus», digo como mejor respuesta a su interrogante. «Mejor sería que hubiese argumentado la fórmula non bis in ídem, señor juez, me dice el susodicho —y añade—, porque aunque la primera vez me explicó que lo suyo era un capricho pasajero, ya nadie se va a creer en la Audiencia Provincial de Ávila que lo hace por el simple hecho de argumentar mejor sus sentencias, sobre todo, porque siempre acaba quemando los libros en las almenas de nuestra magnífica muralla, igual que si fuese un perfecto asesino que no quiere dejar huella de sus crímenes». Y mirándole fijamente a la cara, le respondo: «pocas novelas policíacas ha leído usted, ¿no?, porque de eso se trata».
Microrrelato de Ángel Silvelo Gabriel

TEATRO TRIBUEÑE: PROGRAMACIÓN MES DE ENERO

“Irina Kouberskaya transforma la tragedia lorquiana en esperanza”
Paloma Pedrero – La Razón 
“Arte dentro del arte[…] obra, genial por momentos, irónica y sarcástica en otros. Es una obra maestra, sin duda. No se la pierdan”
Ángel Silvelo Gabriel - Fragmentos

Nada de obra menor, obra grande, dura, teatro maldito, teatro de vísceras hecho con el corazón y con mucho, mucho cariño”
Alberto Morate – Blogdeentradas.com
“Temas gloriosos, ejecutados con dramática precisión, respetuosos con el estilo de las distintas épocas, o con brillante sentido del humor”



sábado, 14 de enero de 2017

CINÉFILO.- MICRORRELATO DE ÁNGEL SILVELO


«Pídeme un deseo», me dijo mi abogado. «Volver a ser un bebé», le contesté. Y me bebí la pócima que él me ofreció cual Benjamín Button convencido. A partir de ahí, el líquido misterioso hizo que me confesara culpable, y además del embargo de mi cuenta, perdí el lucro cesante de la propiedad objeto del litigio. Sin embargo, cuando terminó la dura persecución a la que fui sometido por parte del fiscal, no me desperté; y como Alicia en el país de las maravillas atravesé un espejo que me llevó a un mundo diferente; un lugar donde los relojes siempre iban hacia atrás. En nada pasé de adulto a joven, y de ahí a ser un chaval. Entonces era feliz, como sólo puede serlo un niño que no posee nada salvo su sonrisa. Pero el efecto del brebaje desapareció, y de nuevo tuve enfrente a mi abogado. «¿Tienes algo que alegar?», me preguntó. Esta vez no le respondí, y pensé: «ojalá fueses Al Pacino en El abogado del diablo, y así no habríamos perdido el juicio». Él quizá nunca lo entienda, pero no hay nada peor que recordar que una vez fuiste feliz, y que ahora estás condenado a no volver a serlo.
Microrrelato de Ángel Silvelo Gabriel

martes, 10 de enero de 2017

JAMES SALTER, LA ÚLTIMA NOCHE: AQUELLO QUE NUNCA LLEGAMOS A SER



Los relatos de Salter son como retratos de atardeceres, donde la interposición de los reflejos del sol sobre la proximidad de la noche no hacen otra cosa si no anunciarnos la cercanía de la penumbra, una penumbra que nos lleva a visualizar el fracaso, pero también la desnudez de aquello que nunca llegamos a ser. La fragilidad del éxito, la felicidad o la eterna juventud son el abono con el que los protagonistas de estos relatos siembran sus recuerdos. Recuerdos de otra vida, de otra meta e incluso de otra forma de ser que se quedaron en el camino. Esa cara oculta de la felicidad, en el caso del universo literario de James Salter, nos lleva hasta la traición, la expiación de la culpa y el miedo a cambiar de vida. Como quedó dicho en alguna de las entrevistas que le hicieron, su forma de escribir se asemeja a la de un avión que sobrevuela nuestras vidas. Con frases cortas, cambios de orientación en la historia —que lo acercan al mundo del cine—, y sobre todo, con su magistral manejo de la elipsis, Salter es capaz de crear en pocas páginas toda una vida, o extraer de ella lo que en verdad es importante. Esa presencia de atajos a la hora de afrontar un relato corto, le convierten en un narrador incisivo, cortante y cruel que, sin embargo, el lector agradece pues le sitúa en esa cara menos amable de la existencia humana, ésa que le obliga a replantearse una y otra vez sus puntos de vista y las circunstancias que los rodean. A Salter, al contrario que a Carver, no le hace falta la mano de su editor para dotar a sus relatos de ese fino y cortante filo de una navaja convertida en letras para diseccionar vidas y deseos, sobre todo, deseos, pues en las manos del escritor norteamericano, los deseos son punzones que se te clavan entre las costillas en busca del corazón.



Las historias de La última noche, se circunscriben en la mayoría de los casos al mundo de la pareja, ya sea ésta presente o pasada, de primeras o segundas nupcias, o el intento de una relación marital que al final quedó en nada o más bien sumergida en la inercia de la indecisión. Por ejemplo, en el relato titulado Los ojos de las estrellas, a través de dos historias paralelas, Salter nos plantea el recuerdo del primer amor a través de dos mujeres que evocan y necesitan del pasado para seguir adelante. O en Contigo, mi señor, de nuevo el retrato de una mujer le sirve al narrador para demostrarnos el perfecto manejo que posee del tiempo, jugando con el estilo narrativo que está presente en el montaje de una película. Aquí, como en tantos otros de sus relatos, la traición es casi obsesiva, y así, a través del perro, asistimos a la relación que la protagonista ha tenido con uno de sus vecinos —que es poeta— de la urbanización donde vive. Esa trasposición de imágenes, objetos o silencios, dotan a las narraciones de Salter de una fuerza arrolladora a la hora de retratar la desolación humana, incluso cuando ésta es víctima de sus propios actos. En este sentido, la secuencia acción-error se convierte en un leitmotiv protagonista de muchas de sus historias, quizá, porque el mundo de la literatura se nutre sin miedo de la derrota hasta trasponerla en una especie de heroína que se desangra hasta la muerte. Una muerte que es la estrella del relato Cuánta diversión, en el que tres amigas quedan a cenar, y el verdadero trasfondo de lo que ocurre a la protagonista no se hace presente sino al final de la historia, para de ese modo, sobrecoger aún más al lector. Una fórmula de cierre que se repite en más relatos, donde en un entorno, en principio feliz, surge el abismo. Un abismo que resulta magistral y único en el cuento que cierra esta recopilación y que le da título: La última noche, en el que con una economía narrativa digna de resaltar, Salter es capaz de atraparnos y llevarnos hasta el límite más peligroso del acantilado. Un alto riesgo con el que, sin embargo, el autor no se conforma, pues nos obliga a suspendernos en el abismo mientras él nos sujeta con un brazo, y a la vez que un viento huracanado nos zarandea y nos obliga a sentir que ha llegado nuestro final. Este relato, es un claro ejemplo de lo que debe ser y de cómo se debe armar un relato corto, de ahí que esté considerado como una pieza maestra del género, pues posee todas y cada una de las características que lo hacen sobresalir del resto. Sencillamente, La última noche tan eléctrico como genial y despiadado.



En definitiva, los relatos de James Salter son como pequeñas películas que, en cada punto y aparte, fijan su atención en otro personaje o en otra historia complementaria de la que sólo sabremos su trascendencia al final, pues en apariencia no le afecta al protagonista. En este sentido, las historias fluyen y se complementan hasta que se funden o difuminan en ese revelador atardecer que nos muestra aquello que nunca llegamos a ser.





Ángel Silvelo Gabriel.