Tiempo de comunicaciones rotas

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domingo, 1 de enero de 2017

NAVIDAD EN QALA i NAW.- RELATO DE ÁNGEL SILVELO



Este año, aquí, en las estribaciones de un pueblo perdido cerca de las montañas del Band-i- Turkistán no nieva por Navidad. En su lugar, un viento helado acecha nuestros recuerdos. Sin embargo, hoy he soñado que nevaba, y al levantarme y ver el horizonte soleado, he necesitado buscar un por qué a mi desamparo. Me he acercado a la capilla, que ahora está vacía y abandonada desde que el páter se marchó. En Qala i Naw, provincia de Badghis, es difícil tener creencias, pero a pesar de nuestra falta de fe, él siempre nos transmitió la confianza que necesitábamos en cada momento. Al día siguiente, cuando el halo beatífico de sus palabras había desaparecido de nuestra memoria todo era distinto, pero eso nos afectaba. Yo siempre he creído que lo más importante en Qala i Naw son los recuerdos. Quizá, por eso, no me cuesta acordarme de cómo montamos el belén las navidades pasadas en nuestra Unidad en España, y el significado que él nos transmitió acerca de esta fiesta, sobre todo, cuando nos decía que un soplo de esperanza venía cada año a visitarnos para mostrarnos el camino. «El verdadero camino», añadía. Yo nunca he sido un hombre con mi fe anclada en religiones monoteístas, sin embargo, ahora busco su voz en los pasillos de mi memoria y la persigo en el armario de los ecos perdidos, pero por más que lo intento no la encuentro. Nunca pensé en lo esencial que era para mí su presencia. Mi caprichosa ansiedad, teñida de falsete, no se resigna y explora entre los ecos navideños de mi memoria, pero nada, ahí tampoco está. ¿Por qué se habrá marchado? Añoro su voz, y ansío no perderla dentro del cajón de mis mejores recuerdos. No quiero pensar que es un trovador a la fuga, efímero como los deseos de buena voluntad que reinan en Navidad y fugaz como el hálito de mi corazón cuando los escucha. Busco entre las melodías olvidadas que él nos cantaba con alegría y repaso siluetas, imágenes y nombres que sólo se hacen presentes con su presencia, pero nada, es pertinaz en su ausencia. «Quizá esté lejos —pienso—, repartiendo la magia de su presencia entre oídos agradecidos y rodeado de miradas que le recuerdan que, pase lo que pase, debe compartir su presencia con aquellos militares que de verdad le necesitan en alguna de las múltiples misiones en las que estamos presentes». Y no me rindo, porque me reafirmo al creer que su presencia era como un rayo de luz que te iluminaba en las tinieblas. Y no sólo eso, porque cuando busco en mi memoria el eco de sus palabras, lo que de verdad anhelo es una respuesta que calme mi desasosiego. Y en vez de buscarlo mirando al cielo me sorprendo expiando esa posibilidad en el suelo, hasta que el sol se apodera de las rendijas de la capilla y obra un milagro, porque veo cómo algo brilla en la profunda oscuridad que me rodea. Me acerco hasta ese portentoso reflejo y cojo la imagen de un niño Jesús que yace olvidado en el suelo. Lleva un mensaje envuelto en un lacito rojo. Lo leo: «si tienes la dicha de encontrarme, piensa en todo aquello que celebramos estos días. Como cada año, te deseo que el mensaje de paz de la Navidad llene tu corazón». Mientras doblo el papel, lo primero que me digo es por qué me sigo mintiendo. Desde el día que él nos abandonó huyo sin remedio. Mi huida no tiene nada que ver con el miedo que nos acoge cada vez que salimos a hacer una misión fuera de la base. Es algo distinto, algo que está dentro de mí y que se resiste a salir. Por más que me escondo no soy capaz de librarme de ese espectro que llevo dentro. Menos mal, que cuando intento armarme por dentro con algo de dignidad, de nuevo pienso en el páter, en su familia y en la mía, y en lo que representa y significa mi presencia aquí, en este hogar de los vientos donde no existe la paz y el silencio de la muerte nos ronda cada noche, tal y como a él le sucedió el día que se encontraba preparando la misa del gallo en este enclave donde las entrañas de su tierra son entrañas de tierra quemada. Salgo fuera de esta capilla teñida de sangre, y al mirar al cielo, ya no me importa que no nieve en esta inhóspita Navidad en Qala i Naw, porque el recuerdo de su voz ha vuelto a iluminar, aunque sea de una forma tenue, mi perenne desasosiego, porque sé que él, allí donde esté, llevará consigo un mensaje de paz en su voz.
Relato de Ángel Silvelo Gabriel

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