Tiempo de comunicaciones rotas

Tiempo de comunicaciones rotas

miércoles, 19 de diciembre de 2018

DOROTHEA TANNIG, DETRÁS DE LA PUERTA, INVISIBLE, OTRA PUERTA.- EXPOSICIÓN EN EL MUSEO NACIONAL REINA SOFÍA DE MADRID: LA LÍNEA DEL HORIZONTE COMO ELEMENTO DE FUGA



Situar la mirada más allá de esa realidad que nos rodea, para modelar un mundo hecho a nuestra medida. Un mundo efímero como los sueños o la estela del humo que un cigarrillo desprende después de haber sido inhalado con ansia y entusiasmo. Arte y vida unidas por un hilo evocador. Surrealista. Y hasta macabro. Un mundo lleno de monstruos propios que nos atormentan y amenazan. Y ante los que desplegamos nuestras fuerzas y deseos. Fuerzas y deseos parapetados con un pincel como lanza y una paleta de colores como escudo. Dorothea Tanning hace frente, a esa locura que desbordó la razón de nuestro Don Quijote, a través de un conjunto de coordenadas oníricas. Pictóricas. Y hasta cromáticas. Con un sinfín de posibilidades, como lo son y representan, las puertas que preceden o se posponen en muchos de sus cuadros. Unas puertas que se comportan igual que la línea del horizonte. Una línea del horizonte como elemento de fuga y frontera hacia ese otro universo en el que la artista nos propone: «Tú simplemente eres el visitante, magníficamente invitado. Entra» Lo que nos lleva a formularnos el enigma de la posibilidad de vislumbrar la pregunta: ¿Qué habrá tras esas puertas? Esas puertas abiertas que son la máxima expresión de una libertad de elección que subyace debajo de cada una de nuestras decisiones: erróneas o no. Y, que en algún caso, adoptan la forma de libros. Libros como puertas abiertas que transforman las sensaciones en un mapa de pliegues y más pliegues. A modo de alfombras que nos invitan a caminar por nuevas sendas que sólo somos capaces de transitar en la profundidad de los sueños. Allí donde los girasoles son ojos. O los senos desnudos de una mujer son esa búsqueda de una libertad que, otras mujeres antes que Tanning, buscaron y hallaron en el rugir de la solas y la profundidad del mar. Algo que, en el caso de la artista norteamericana, parece manifestarnos su cuadro La maternidad, donde tras la primera puerta abierta donde se hallan la madre y el hijo, se halla otra puerta abierta que nos muestra una figura humana hecha de velas de barco. Una forma de huida cargada con todo el simbolismo de un movimiento surrealista al que perteneció Tanning desde sus inicios con su impactante cuadro Cumpleaños, fechado en 1942.



Se nos advierte de que la puerta en su obra simboliza «el poder del arte para crear espacios, sensaciones e ideas más allá de lo real». A lo que añadimos que se trata de una realidad que ella disfraza con el poder que nuestro subconsciente vierte sobre la parte más real de nuestras vidas y, que en los cuadros de Tanning, se esboza en forma de mujeres semidesnudas. Mujeres con el alma abierta. O mediante colores tan potentes y expresivos que reclaman su propio protagonismo más allá de la figura que representan y, que a su vez, se pliegan en perspectivas de un sólo punto de fuga que se difuminan en diferentes planos de altura. Planos donde la figura de la mujer desprende grandes dosis de carnalidad, cuya mayor expresión, logra Tanning con sus esculturas blandas. Toda una tesis sobre el erotismo y las posturas imposibles que no desdeñan en atravesar paredes o chimeneas como una manifestación más del poder de lo onírico sobre lo real.



Si la obra de Dorothea Tanning al principio giraba entorno a los conceptos del espejo o la puerta que ella tildaba como a “este lado”. Al final de su etapa creativa, ese concepto se torna hacia “al otro lado”. Un concepto que ella definía como de «vértigo perpetuo». Y en que una puerta conduce a otra puerta y así sucesivamente. Y donde la intimidad, el movimiento, el juego, el espacio y el deseo se dan la mano hasta difuminarse en un mundo vegetal plagado de flores y abstracciones de gran tamaño. Abstracciones que nos hablan de la posibilidad onírica de abarcar otros mundos. Quizá, por eso, no sea difícil de entender que ella se negara a ser etiquetada como mujer artista. Lo que aclaró, cuando manifestó que: «Puedes ser mujer y puedes ser artista; pero lo primero es un hecho y lo otro eres tú.»



Ángel Silvelo Gabriel.

lunes, 17 de diciembre de 2018

PATRICK MODIANO, CALLE DE LAS TIENDAS OSCURAS: FRAGMENTOS DE LA MEMORIA Y EL OLVIDO


¿Quién puede estar seguro de la vida que ha vivido? Sobre todo, cuando en nuestra memoria todo aparece fragmentado. En una especie de neblina que, en ciertos momentos, se desvanece y nos proporciona algo de luz. Una neblina que nos hace huir. Nos hace huir, porque en esa visión general que en no pocas ocasiones nos asusta, se encuentra el más profundo y tenebroso de nuestros recuerdos. Recordar conlleva el peligro de recuperar la memoria y, con ella, el riesgo de reconstruir un pasado que, a todas luces, nos resulta extraño. Por lejano. Desagradable. O desalentador. En esa incertidumbre que envuelve al pasado es en la que se desenvuelve Guy Roland, el detective que inicia la búsqueda de su vida y de las huellas que ésta ha dejado en su pasado. Un detective que se busca a sí mismo. Magnífica paradoja del miedo. Un miedo tenaz que se manifiesta a través de los fragmentos de la memoria y el olvido sin otro motivo aparente que el de la zozobra. Sin embargo, cercar tal extensión de tiempo y tantas experiencias vitales es imposible. De ahí que Modiano no se atreva a abrazarlas al completo, y se desenvuelva con gran soltura en la fragmentación de un pasado que ni sigue una línea continua ni se advierte como un legado firme, sino, más bien, todo lo contrario, pues su reconstrucción es efímera en cuanto a las certezas, pero no así respecto de las sensaciones. Quizá, porque la vida sea eso: un mapa de sensaciones. Sensaciones a las que, el paso del tiempo, nos hace volver bajo la lupa de la melancolía y el miedo.



Patrick Modiano en esta novela, Calle de las tiendas oscuras y, en su narrativa, invita al lector a que siga sus pasos y los reinterprete junto a él. Y lo hace sin miedo a que cada uno de aquellos que se acerque a su obra, la glose a su manera y camine por sendas distintas a las que él nos propone. Este matiz, no obstante, carece de importancia, pues la mayor verosimilitud de su narrativa es la propia búsqueda, de ahí que cada uno de nosotros encuentre en ella aquello que seguramente echa en falta en su propia vida, y no en la de los protagonistas de cada una de las novelas de Modiano. Esa seña de identidad que es la búsqueda sempiterna de la propia identidad, el autor francés la sitúa en el mapa topográfico y tipográfico de la ciudad de París de los años cuarenta a los sesenta cuando, de niño, adolescente y joven, recorría las calles de la ciudad en solitario. Calles impregnadas de cabinas telefónicas, garajes, soportales solitarios y portales oscuros en los que esperar la nada. Pues el final último de su búsqueda es la nada de aquel que no quiere seguir encontrarse a sí mismo, ni al que se perdió sin dejar datos de su ausencia, como muy bien expresa al inicio de su novela: «No soy nada. Sólo una silueta clara, aquella noche, en la terraza de un café». Paso a paso. Café a café. Portal a portal. Modiano nos muestra un París que sólo existe dentro de su memoria. Un París onírico representado por las luces de las farolas que iluminan esos espacios oscuros por donde transitan sus personajes a la búsqueda de una verdad que no existe, salvo en las guías telefónicas que consultan o en las fichas policiales que les son remitidas por la Prefectura de la Policía. La perdida del amor y de la esperanza en reencontrarlo, son ese último eslabón que el autor explora a la hora de dejar constancia de los fragmentos de memoria y olvido que circundan y coronan esta novela: Calle de las tiendas oscuras, una especie de caza del pasado.

 

Ángel Silvelo Gabriel.

miércoles, 12 de diciembre de 2018

MIS MEJORES LECTURAS DEL AÑO 2018: EL RETO DEL CORREDOR DE FONDO


1.- FLEUR JAEGGY, PROLETERKA: EL SUICIDIO DE LOS RECUERDOS

La desnudez de los sentimientos expresados de forma parca, árida y, sobre todo, poética y sobrecogedora. Proleterka, en este caso, es el nombre de un navío que surca los mares oscuros de los recuerdos y la vida; una vida donde la única frontera a salvar es la distancia que reina en el silencio de las emociones; emociones de personajes sin nombre, emociones extremas que surgen como un iceberg en un océano frío y desolador donde el único refugio es la palabra convertida en poesía. Escritura de paredes vacías exentas de libros, paredes blancas como símbolos de un alivio necesario para continuar en mitad de la tempestad…, en el suicidio de los recuerdos. Fleur Jaeggy de nuevo se aísla en su propia partitura y nos ofrece un nuevo tour de forcé de la vida hecha literatura con mayúsculas. Nada falta y nada sobra en la bella pulcritud de su escritura. Leer a Jaeggy es dedicarle nuestro tiempo al virtuosismo que se esconde detrás de cada palabra, una especie de contraseña que nos lleva a los territorios en los que no podemos pedir auxilio. Ella nos propone la zozobra y a nosotros no nos queda más que seguir escuchando las teclas de ese piano que no dejan de tocar y, con ellas, desembarcar en esas otras Venecias sumergidas bajo las aguas, donde lo único que tenemos que haces es dejarnos llevar por la belleza. Proleterka nos narra la historia de un padre y una hija a través de los recuerdos; recuerdos de la vida sin palabras que les acoge, y la distancia que enmarca a esos silencios; unos silencios que son como el largo preludio de los recuerdos y más tarde la muerte. Hay muchos presagios en esta novela iniciática que navega sin pudor sobre la vida, los sentimientos, la familia o el sexo; y también muchos silencios que se coronan como la única verdad al alcance de unos personajes que sólo buscan pasar de perfil por todo aquello que no les gusta y, sobre todo, sin dar explicaciones. Los mundos interiores que recogen las vidas de Johannnes y su hija son la expresión de una desnudez existencial que se ancla una y otra vez en la imposibilidad de las palabras; palabras proscritas, porque son meras explicaciones de aquello que no se quiere vivir, de ahí que el silencio sea como un suicidio libremente elegido, donde lo único importante es uno mismo, por más que nuestra vida sea la intrahistoria de un naufragio.



2.- ALBERT CAMUS, EL PRIMER HOMBRE: LA SOLEDAD QUE ACOMPAÑA A LA DIGNIDAD DE LA POBREZA

La soledad de un padre en el que fijarse, de una madre a la que mostrarle el cariño que se escondía tras sus silencios, de una abuela que no entendía ni la vitalidad ni la necesidad de crearse un mundo ajeno a la miseria y la pobreza que le rodeaba; un mundo que lo era todo con muy poco: la luz del sol, los juegos con sus amigos y la libertad de sentir el aire argelino en la cara y el agua del Mar Mediterráneo en la piel. Así fue cómo Camus encontró la solución a esa soledad que acompaña a la dignidad de la pobreza. El primer hombre que representa Camus la encontró ahí y en sí mismo, en esa fosa oscura cargada del orgullo de un espíritu libre que, sin embargo, todavía no conocía la libertad individual que acompañaba al nihilismo. Orgullo, dignidad, mar y sol fueron los elementos con los que Camus creó el universo de su infancia: estrecha en lo económico e infinita en la fuerza de los sueños. En El primer hombre, Camus se enfrenta a sí mismo, a sus raíces y al encuentro de su padre desde la convicción de que ese primer hombre que no llegó a ser su progenitor es él, cuando delante de su tumba piensa que el hombre enterrado que yace bajo tierra era más joven que él: «Y la ola de ternura y compasión de golpe que le colmó el corazón no era el movimiento del ánimo que lleva al hijo a recordar al padre desconocido, sino la piedad conmovida que un hombre formado siente ante el niño injustamente asesinado». Es en esa infinita soledad en la que Camus se pierde, a la vez, en los confines del tiempo y en la barbarie de los hombres. Ahí, una vez más, Camus está solo junto a sus temores y sus interrogantes y a su necesidad de saber y a sus recuerdos, que se enfrentan a su propia simbiosis entre alma y corazón. Porque el primer hombre, tal y como se nos apunta en la contraportada de la novela, debería ser el padre del niño, pero sin embargo es él, Jacques Cormery, álter ego de Camus y protagonista de esta historia que busca en el estímulo de la superación algo de luz. Él, sin duda, en su infancia la encontró en el cielo de Argel, en la compañía de sus amigos, y en la complicidad de sus profesores. No obstante, el narrador de esta historia nos recuerda que: «La miseria es una fortaleza sin puente levadizo», es decir, Jacques Cormery, —el propio Albert Camus—; o también que: «la guerra no es buena, porque vencer a un hombre es tan amargo como ser vencido por él». En ese vaivén, que busca en el estímulo de la convulsa contradicción de la supervivencia, es en la que se mueve Camus en El primer hombre. Una novela que él deseaba que fuese el reencuentro del hombre con el escritor, para de esa forma dejar atrás la época de sequía que le perseguía como una maldición y, de ahí, su aislamiento lejos de París y del mundo, porque él creía que así podría escarbar mejor con el corazón dentro de sus entrañas.



3.- STEFAN ZWEIG, LA DESINTOXICACIÓN MORAL DE EUROPA: LA DEVASTADORA IRRACIONALIDAD QUE LOS NACIONALISMOS EJERCIERON SOBRE EUROPA

La lucha del individuo frente al Estado adquiere en estos artículos, el estigma de la lucha de David contra Goliat; una insalvable diferencia a la que sin embargo Zweig aporta el don de la inteligencia y el análisis para darnos la oportunidad de salvarnos de ese yugo perenne y acosador que nos persigue a lo largo de los días. Él, tras la llegada del nazismo y la persecución que el régimen de Hitler llevó a cabo sobre los judíos, ya nos advirtió del mal que nos acechaba y, de ahí, que propusiera a Europa como el último baluarte del individualismo. Sin embargo, la solución que aportó fue la que finalmente se aplicó a sí mismo y a su mujer: la huida hacia nosotros mismos. Pues ni el todopoderoso presidente norteamericano Wilson después de la finalización de la Gran Guerra, ni la existencia de una Sociedad de Naciones fueron capaces de imprimir a los dirigentes europeos de unos instrumentos que les llevaran a plantear la paz como una forma de inclusión de los pueblos de Europa, y no como un simple resarcimiento militar, económico y territorial de los vencedores sobre los vencidos. Años más tarde, cuando acabó la Segunda Guerra Mundial, Zweig ya no pudo ver y conocer la victoria de los aliados sobre Alemania y, mucho menos, la creación de CE y, su posterior transformación en la UE. Un cambio de las políticas de los dirigentes europeos que, sin llegar a ser de ningún modo la panacea del modelo con el que soñaba Zweig, sí que han servido para cambiar el panorama político del continente y adoptar parte de sus propuestas y pensamientos. Proyectos, todos ellos, cargados de una palabra en desuso en la actualidad: generosidad, pues no en vano, él sacrificó su vida en pos de su pensamiento.



4.- JAMES SALTER, EL ARTE DE LA FICCIÓN: EL MINUCIOSO JUEGO DEL AZAR AL SERVICIO DE LA LITERATURA

James Salter no iba para escritor y, sin embargo, fue una víctima más del minucioso juego del azar al servicio de la literatura. Salter vivía apartado del mundo literario, y su ámbito creativo se circunscribía a la escritura de sus diarios o a la composición del primer relato que, una vez acabado, enseñó a unos amigos a los que no les gustó. A los veintiún años, Salter era piloto de caza de las Fuerzas Aéreas Norteamericanas; una especie de Saint-Exupéry moderno, pero sin Principito. Entonces, ¿para qué escribir?, ¿por qué escribir?, ¿para quién escribir?, ¿qué sentido tiene el hecho en sí de la escritura? Si nos atenemos a las conferencias sobre el arte de la ficción que James Salter dio en la Universidad de Virginia en 2014 podríamos apostillar tal y como hace el autor de la magistral Todo lo que hay (su última novela) que, en el oficio de escribir: «Has de dar mucho para recibir algo. Recibes sólo un poco, pero es algo. No hay valores establecidos; das mucho a cambio de nada; haces todo a cambio de apenas nada […] ¿por qué se escribe? Ahí está la esencia. Entonces, ¿por qué? […] Sería más honesto decir que he escrito para que otros me admiren, para que me quieran, para ser elogiado, reconocido. A fin de cuentas, ésa es la única razón». Sin embargo, ese camino hacia el beneplácito de la gloria, Salter no lo encontró sino tras la publicación de su última novela, poco tiempo antes de morir, justo, cuando ya no le interesaban esas muestras de cercanía y admiración de los medios hacia su obra, porque su relato vital, aquel que marchó pegado a la literatura, estuvo marcado por la soledad más absoluta.



5.- PATRICK MODIANO, RECUERDOS DURMIENTES: LAS CARRETERAS SECUNDARIAS DE LA MEMORIA

¿Cuántas vidas vivimos, sólo la que nos perfila el viento en el rostro cada día o esa otra que imaginamos y perseguimos en nuestros sueños? A los escritores, quizá, les queda aún una más: aquella que reinventan en sus novelas. En este sentido, Recuerdos durmientes es un magnífico ejercicio literario que se mueve entre la realidad y la ficción, los recuerdos y la memoria, París y el misterio. Y lo hace a través de historias entrecortadas por el paso del tiempo donde los recuerdos son los verdaderos testigos de ese movimiento temporal del día a día, tal y como nos dice el propio autor: «los mismos gestos bajo el mismo sol». La cualidad de ese calor de agosto, de las caras ya sin rostro que sólo son nombres anotados en viejas libretas o papeles marchitos, así como ese sol que persiste en iluminar una parte de nuestros recuerdos, se comportan como la fuerza motriz de aquello que nos queda de lo que vivimos, y lo hacen de tal modo que son el rastro de toda una existencia, porque son los elementos que han sobrevivido al olvido. La esencia de Patrick Modiano y su escritura están presentes en esta novela corta donde hace un ajuste de cuentas con el tiempo a través de unos personajes que se le aparecen como fantasmas en apuntes perdidos en carpetas amarillentas o guías de teléfonos. El protagonista, junto a ellos, lucha contra ese olvido de sí mismo y de su vida con la fugacidad presente en la intensidad que se esconde tras esa imagen o esa sensación que nunca se nos borra de la memoria por mucho tiempo que pase. Modiano, a través de seis mujeres enigmáticas y sus encuentros fugaces, juega no sólo consigo mismo y su memoria, sino también con el lector, al que invita a adentrarse en la singladura de unas historias y unos personajes cargados de misterio y, también, de los recuerdos del frío parisino de los sesenta, o de esos domingos de agosto antes de que tuviera que volver al internado, o de las conexiones del metro de París con sus lucecitas de colores que se iluminaban cuando las apretabas. Entre calle y calle, café y café, paseo y paseo, descubrimos ese París imaginado por el protagonista, en una singladura que, a veces, se comporta como la pérdida de la inocencia de aquel joven que ya no lo es.



6.- GABRIELE D’ANNUNZIO, EL PLACER: LA DECADENTE Y SENSUAL BÚSQUEDA DE LA BELLEZA

La oscuridad que persigue al deseo sólo es comparable a luz que descubre el éxtasis. La búsqueda de ese placer sin medida es la narración de un tránsito oscuro, plagado de temores, miedos, sinsabores y la kinesia de un alma que busca desprenderse del cuerpo que la amordaza. Baste decir que: «El decadentismo se interesó por plasmar en la obra literaria una suprarrealidad por vía de la introspección y el escudriñamiento de un más allá por medio de los sueños y las sensaciones que dicta el inconsciente». Y ese viaje sin límites y sin final es el que nos narra de una forma voluptuosa, metafórica y culturalista Gabriele D’Anunnzio en El placer, una novela que representa como pocas la decadente y sensual búsqueda de la belleza. Atrapado en esa cárcel de hedonismo que sólo respira a través de unos sentidos desmedidos y enfermizos D’Annunzio crea a un seductor —y álter ego de sí mismo—, Andrea Sperelli, que sigue la estela de otros grandes conquistadores de la historia de la literatura como el Don Juan Tenorio de Zorrilla o Giacomo Casanova, sin olvidarnos, por supuesto, de la efigie erótica y sexual de los personajes más libérrimos del Marqués de Sade, o más recientemente, de la ironía del decadente Jep Gambardella en La grande bellezza. E igual que sucede en la película de Paolo Sorrentino, tras este entramado de deseos, luces y sombras se extiende Roma, y lo hace como ese tapiz que lo cubre y lo contempla todo. Roma es la escena, el atrezo, la vida y el aire de El placer. Sus diferentes y exquisitos cielos, sus celebérrimas fuentes, sus calles adoquinadas, sus carruajes de caballos o esa pastoril escena de rebaños cruzando sus inmortales vías, son el contrapunto más sereno por el que Andrea Sperelli sueña y se desespera junto a sus dos amadas: Elena Muti y Maria Ferres. El amor que manifiesta Sperelli es un éxtasis cercano al misticismo; un misticismo al que dota de un lenguaje recargado de largas y minuciosas descripciones, —propias de otros tiempos—, y que siempre van acompañadas de un exquisito dominio del mundo del arte en sus diferentes manifestaciones. En El placer, el arte es la herramienta con la que el narrador explora la vida interior de su protagonista y el alma femenina, a la que narcotiza con el don de las palabras. Palabras bellas en sí mismas: insinuantes, acertadas, liberadoras, pasionales y, cuya melodía, es una nueva manifestación de esa otra partitura superior que es el placer sin más. Sperelli habla, escribe, pinta y tiene el criterio de aquellos de derrumban voluntades con el aura que desprenden. Sabe esperar y atormentarse, pues en esa espera y en ese tormento también está el premio que oculta el éxtasis del placer, incólume a la virginidad del alma: «Engañar a una mujer constante y fiel, calentarse con una gran llama suscitada por un deslumbramiento falaz, dominar a un alma con el artificio, poseerla toda y hacerla vibrar como un instrumento, habere non haberi, puede ser un  gran deleite. Pero engañar sabiendo que se es engañado es un estúpido y estéril trabajo, es un juego aburrido e inútil.»



7.- VICENTE VALERO, DUELO DE ALFILES: EL AJEDREZ COMO EXCUSA PARA VIAJAR A LAS ENTRAÑAS DE LA LITERATURA

El poder de la ficción reside, entre otras muchas circunstancias, en la sensación del descubrimiento que conlleva. Leer es vivir otras vidas, pero también afianzar aquello en lo que uno cree, con el agravante —en este caso— de que uno no llega a ser consciente de sus infinitos límites a la hora de explorar el alma humana. Límites que no sólo nos proporcionan la literatura en sí, sino que se reafirman en el viaje, la metaliteratura, la fusión entre realidad y ficción, y esa sana curiosidad que nos lleva a meternos en aquellas vidas y lugares que nunca antes nadie reparó en ellas. De ahí, que la literatura y su capacidad de descubrimiento, sean en sí mismas una especie de alumbramiento. Y luz es lo que cada vez más necesitamos en los territorios de tinieblas en los que nos desenvolvemos. En este sentido, tanto la luz como la libertad que le proporciona al escritor el innato poder que representan los recuerdos sobre su obra, están muy presentes en este Duelo de alfiles, una novela que su autor, Vicente Valero, define como de viajes. No obstante, no debemos confundir tal definición como novela de aventuras o de periodista viajero, porque nada más lejos de esa realidad se encuentra el gran encomio y acierto de la última novela del escritor ibicenco, que se sirve de una de sus pasiones, el ajedrez, para mostrarnos a cinco grandes escritores de finales del siglo XIX y principios del XX en pequeños avatares de sus vidas que, sin embargo, para su autor tuvieron gran trascendencia, tanto en sus vidas como en sus obras. Por tanto, en Duelo de alfiles estamos ante el ajedrez como excusa para viajar a las entrañas de la literatura. Como ya hizo en Los extraños o El arte de la fuga, Vicente Valero se cuela por la rendija que nadie antes ha penetrado, para darnos una gran lección de las relaciones y dimensiones que existen en el espacio exterior e interior de los escritores y su trascendencia. Hay en cada uno de estos cuatros retratos (Bertolt Brecht, Frank Kafka, Nietzsche y Rilke), cinco si añadimos a Walter Benjamin, esa necesidad de búsqueda de la luz y la superación de la frustración creativa a la que todo artista se enfrenta. Y Valero nos la muestra en cuatro capítulos que podrían representar cuatro partidas de ajedrez con sus diferentes aperturas y finales; unas partidas donde siempre subyace la casualidad que existe tras cada viaje. Gracias a esa capacidad de narrar, Valero apoya sus relatos en anécdotas que, en principio, no parecen trascendentales, pero que nos hacen un dibujo certero y único de los episodios vitales de los escritores que retrata. Y que como buen pintor de semblanzas que es, nos disecciona en unas no menos interesantes disquisiciones filosóficas y literarias sus accidentadas vidas entreguerras, lo que nos traslada a ese otro complicado territorio de las comparaciones y las confrontaciones. No es una casualidad, en este caso, los lugares comunes que recorren los cinco autores ni su presencia en un mismo lugar un mismo día sin que ellos sean conscientes de esa cercanía; una cercanía anónima en ese instante, pero relevante y trascendente en el devenir de los tiempos. Esa, sin duda, es otra de las grandes labores de orfebrería literaria que ha llevado a cabo Valero a la hora de darle a este novela metaliteraria el dogma de referencial a pesar de su corta extensión en el número de páginas. Nada falta y nada sobra en esta obra narrativa; una obra dotada con los elementos suficientes para hacerla única y especial.



8.- ANTÓNIO LOBO ANTUNES, MEMORIA DE ELEFANTE: EL TRÁNSITO POR EL REINO DE LA SOLEDAD SIN NOMBRE A TRAVÉS DE LA NOCHE MÁS OSCURA

Tocar fondo para así poder desarrollar nuestro propio trabalenguas; soñar con aquello que no fuimos o ni tan siquiera intentamos ser; o ver el abismo con la indiferencia del que conoce el vacío que existe tras la gloria. Así se comporta el protagonista de esta novela de metáforas pictóricas, poesías sin rima y sonoridades húmedas como el sexo que nos visita a destiempo. Y, también, acurrucado en esa bola de erizo que nadie osa tocar y desde la que se obstina en buscar su ritmo —aunque éste sea lento—, o una salida a su hastío o desasosiego como diría Pessoa —por más que António Lobo Antunes reniegue del poeta portugués y su obra—, porque existe ese punto de unión entre ambos: la necesidad de búsqueda más allá de lo que la vida les proporciona y, es ahí, también, donde uno y otro han forjado su leyenda, más oscura o sucia si se quiere en Antunes, por mor del sexo, la guerra o los muertos que los conflictos bélicos propician y, que en el caso del escritor portugués del barrio de Benfica, vivió en primera persona en Angola. Pero fuera de ahí ambos se comportan como titanes a la hora de arremeter contra ese hastío del día a día que es infinito e invencible. La escritura intensa, poética, repleta de referencias pictóricas o musicales, como expresión de la sublimación del arte sin más, son las coordenadas con las que António Lobo Antunes dota a su estilo narrativo, y lo hace de una forma portentosa y nada fácil en su estructura o argumentario. En este sentido, leyendo Memoria de elefante, en algunas ocasiones, se nos han hecho presentes imágenes e intenciones de la narrativa de Ernesto Sábato, sobre todo, de su novela Sobre héroes y tumbas, pues lo que nos narran ambas, es la redención de una vida a un sueño: el de la libertad. Decía Scott Fitzgerald que: «en la noche más oscura del alma son siempre las tres de la mañana»; una frase que Lobo Antunes también emplea en Memoria de elefante, y que podríamos decir que hace suya, pues en esta novela navega por las más turbias aguas de la soledad que, poco a poco, le llevan por un viaje de un día y una noche por su barrio de Benfica —olvidado de la gloria como tantos otros— y por esos otros lugares poco frecuentados de la capital lisboeta que le sirven al novelista de asideros de la desesperación ilustrada y casi muda que nos muestra en la cercanía y la lejanía, pues esta novela está repleta de diálogos interiores que se mueven de la primera a la tercera persona respectivamente, con una soltura admirable.



9.- REMEDIOS ZAFRA, EL ENTUSIASMO: CRÓNICA DEL FRACASO Y CAÍDA DE LOS ENTUSIASTAS

A medio camino entre un diario cibernético aderezado con tintes metálicos y un manifiesto político contra la precariedad laboral, nos enfrentamos a la crónica del fracaso y caída de los entusiastas (así denominados por la autora de este ensayo). Y lo hacemos bajo la tenaz mirada de alguien que conoce muy bien el terreno que pisa, pues con su acertada dialéctica, nos muestra una de las cloacas del mundo en el que vivimos: la simbiosis perfecta que conforma la precariedad y el trabajo creativo de la era digital. Remedios Zafra (ganadora por este libro del Premio Anagrama de Ensayo 2017) vuelca su mirada sobre un mundo altamente tecnificado como es el actual, y lo hace, avanzando sobre él con la potencia de un lenguaje material y matérico que nos posibilita tocar las palabras con las que escribe, pues se trata de un lenguaje repleto de términos que se refieren a máquinas y conceptos que sintetizan la arqueología digital en la que nos desenvolvemos y nos deposita en esa dicotomía que nos fracciona entre usar frente a ser usados. De tal forma lo consigue que, la licuosidad de las emociones observadas y experimentadas a través de las pantallas de nuestros artilugios informáticos, no nos libra de los males presentes en nuestras vidas por mucho que estemos altamente tecnificados. Zafra nos apunta que: «hoy el tiempo es un bien escaso, tan repleto de trabajos y tareas burocráticas y tecnológicas que apenas aparece a pequeños intervalos pequeños, difíciles para la concentración que precisa ejercitar, formar y practicar eso que punza.» Esa falta de tiempo para poder pensar y repensarnos es una de las causas y de las cadenas a las que estamos encadenados en el siglo XXI, donde todavía más si cabe, somos prisioneros de los grandes números, quizá, porque esa es una de las premisas del mundo hiperconectado en el que vivimos; unos grandes números que son con los que se alimentan las grandes empresas que delinean nuestras vidas a través de las pantallas de una forma aséptica y purificada sin que lleguemos a ser conscientes de los niveles de penetración que las mismas procesan en nuestras conciencias, cada vez más transitadas por imágenes que por palabras. Como nos recalca la autora de El entusiasmo: «lo mucho prevalece sobre lo poco» y en esa necesidad de la urgencia lo más palpable es que la atención está en riesgo. Cuanto menos atención le prestemos a los mensajes que nos son enviados hasta el infinito más fácilmente seremos manipulados, pues nuestros estímulos se mostrarán más placenteros a la hora de ser inducidos hacia ese punto de no retorno que se producirá bajo la cúpula de la soledad e íntima oscuridad que nos acoge cuando creemos observar el mundo a través de una pantalla sin ser conscientes de que sólo somos un peón de la gran partida de ajedrez que se juega más allá de nuestros dominios. Nunca el ser humano ha sido menos dueño de sí mismo y sus acciones que en la actualidad, cuando sin embargo todos creemos justo lo contrario, pues nos vemos como dominadores de esa parcela internáutica de la que somos un protagonista más. Película masiva y universal que, por no ser, no es ni material sino ciber-real. Como muy bien nos apunta en este sentido Remedios Zafra: «… la vida pública nunca dice la verdad y las personas se esconden necesariamente detrás de su perfiles, que suelen resaltar los pequeños éxitos». Esa ávida necesidad de la MENTIRA nos permite subvencionar una parte de nuestra cruda realidad con unas dosis de ficción con las que nos auto engañamos al creernos que no dejan huellas más allá de nuestro micro-ciber-espacio.



10.- ANDRÉS ORTIZ TAFUR, MENSAJES EN UNA BOTELLA QUE ESTOY ACABANDO: UN VIAJE HACIA EL ECO DEL PASADO

Atrapar el tiempo y volver a vivirlo desde el futuro. Reescribir las directrices de una vida que nunca es como la pensamos, igual que ese balcón al que ya nadie se asoma y en el que buscamos denodadamente algo que nos lleve de nuevo a él en un viaje hacia el eco del pasado. Un eco que, sin embargo, se ha perdido en la estepa del silencio. Allá donde nunca más regresará. El infinito, a veces, adopta la forma de vacío; un vacío sin colores ni ruidos ni sentimientos, pues todos ellos yacen en una fosa distinta, paralela y de la que no existen ni mapas ni coordenadas: «Esa persona apareció/ y con la tierra que tomó para cubrir la zanja/ abrió otra zanja,/ si cabe más profunda» . Mensajes en una botella que estoy acabando se asemeja a ese último trago de la noche que no sacia nuestra sed, pero nos hace creer todavía que, de alguna forma, seguimos vivos. La virtud de las palabras aquí se convierte en fe de un testamento vital estrujado por la soledad de aquel que no escucha su voz en la profundidad del bosque. Andrés Ortiz Tafur, tildado como el nuevo Thoreau de las letras españolas por Sergio del Molino, dibuja en este, su primer poemario, una suerte de caminos que buscan una respuesta desde las grietas del pasado, para de ese modo, encontrar un nuevo horizonte a todas las preguntas. Preguntas que adoptan la forma, en ocasiones, de poemas narrativos siempre punzantes, como la forma de la bala que preside la salida de la botella de la portada: puntiaguda, pero sin pistola. El escritor jienense sigue buscando, como ya hiciera en sus tres libros de relatos anteriores, un punto de cordura en un universo inspirado en la vasta locura de aquel que no se conforma con lo que tiene o experimenta, de ahí que dedique su vida a la eterna búsqueda. Explorador de esos territorios que ahora encuentran su razón de ser en la Sierra de Segura, deambula entre arroyos y árboles, montañas y monte al encuentro de un yo que da vueltas alrededor del viento que le acoge en cada salida; unas salidas que cada día se enfrentan a ese infinito que ni la vista alcanza. De tal modo lo hace que, la majestuosidad de esa naturaleza, le atrapa en sus letras y le obliga a seguir buscando caminos y, surcar con sus poemas, en este caso, los límites de la razón pura de una locura que sólo es capaz de mover la ruleta de la pasión que tiene parada y fonda en las entrañas del corazón. Este conjunto de poemas son una travesía a corazón abierto por una vida sin posibilidad de transfusión. Ortiz Tafur se ha dado cuenta de que la derrota también es cosa de valientes que saben esperar su oportunidad, como las moscas de su Colecciono moscas: «¿Te das cuenta? Esos insectos guardan en sus pequeñas panzas el futuro que tú rompiste...»

Ángel Silvelo Gabriel

martes, 11 de diciembre de 2018

EL VEREDICTO (LA LEY DEL MENOR), UNA PELÍCULA DIRIGIDA POR RICHARD EYRE Y BASADA EN LA NOVELA HOMÓNIMA DE IAN McEWAN: LA INDEFINICIÓN DEL MIEDO





La indefinición del miedo un día se precipita sobre todo aquello que quedó atrás y ya nunca más volverá. El miedo, a partir de ese momento, se convierte en reproche y desazón. Y escarba sin desaliento en las horas de nuestros días hasta dejarnos sin rostro. Ese miedo, también es el que se encarga de llenar nuestras imágenes de una incertidumbre que nos impide reconocernos a nosotros mismos, y reconocernos ante los demás. Ese miedo es el verdadero culpable de las experiencias que nos moldean la vida sin apenas darnos cuenta. Experiencias que se hallan muy lejanas a la verdad que se esconde tras nuestro corazón. En El veredicto, al película dirigida por Richard Eyre y basada en la novela homónima de Ian McEwan, la jueza Fiona Maye,   interpretada por una inconmensurable Emma Thompson, representa muy bien a esa línea del horizonte que nunca se alcanza y que, para ella, es una línea de fuga. El trabajo, la responsabilidad, el sentido de la lealtad ante el difícil desempeño profesional ante el que se enfrenta cada día, son esas huellas que el tiempo se encarga de dejar dentro de nuestra memoria. Una memoria que se hace selectiva y borra de nuestro interior aquello que un día nos hizo felices. Aquello que, como la poesía o el amor, llegó a marcar el sentido de nuestras vidas. A ella, sólo le hace falta leer de nuevo aquel poema de Yeats: «Allá en los jardines de Salley mi amor y yo nos encontramos;/ Pasó por los jardines de Salley con pies pequeños, blancos como nieve./ Me dijo que me tomase el amor con naturalidad, como las hojas que crecen en el árbol;/ Pero yo, siendo joven y tonto, no estuve de acuerdo con ella./ En un prado junto al río mi amor y yo nos encontrábamos,/ Y en mi hombro inclinado ella apoyó su mano, blanca como nieve./ Me dijo que me tomase la vida con naturalidad, como la yerba crece en las presas;/ Pero yo era joven y tonto, y ahora estoy lleno de lágrimas.», para que su sensibilidad, sepultada por un sinfín de capas teñidas de olvido salte hasta los límites de su piel. Entonces, es cuando la firmeza de su corazón, su honradez y su tenacidad se tambalearán hasta provocarle una zozobra que terminará bañando en sus propias lágrimas. Lágrimas cargas de remordimientos y, de una incomprensión hacia sí misma y hacia el mundo que ella juzga, que no la dejarán indiferente. Ian McEwan a la sazón autor de la novela en la que se basa la película y guionista de la misma, vuelve a obligarnos a poner en tela de juicio muchos de esos axiomas que siempre creemos que son inalterables e innegociables. Axiomas que se vienen abajo cuando exploramos la necesidad de respirar de nuevo aire fresco. Un aire fresco que nos lleva a escapar de la burbuja de cristal que la sociedad y nosotros mismos nos hemos creado y, en la que sin apenas luces ni sombras, nos cobijamos como si fuésemos los protagonistas de un estudio sociológico más: el de la incomprensión. Incomprensión ante un mundo que decapita cada día parte de nuestra esencia. Incomprensión ante la inexistente necesidad de llegar a ser nosotros mismos sin ningún tipo de aderezo más. Ser nosotros mismos con aceptar que sólo somos personas, sin más. Incomprensión, también, acerca de unos sentimientos que teníamos olvidados y ante los que mostramos miedo y extrañeza cuando de repente se revuelven en el presente. Sentimientos que sólo buscan remover nuestras conciencias.



El Veredicto (La Ley del Menor) es la expresión del miedo a manifestarnos con libertad en las líneas más sinuosas de nuestras vidas. Allí donde estamos solos y sin más ayuda que nuestro más próximo entorno. Un entorno que, su director Richard Eyre, filma de un modo académico impecable y muy cercano al teatro, tanto por los escenarios escogidos como por el tratamiento de las imágenes, que alcanzan su plenitud en los ensimismados primeros planos de sus protagonistas, e incluso en los travelling de una ciudad, Londres, que se nos aparece siempre bellas y hermosa como un deseo al alcance de nuestras manos. A lo que, sin duda, contribuye esa última panorámica final que parece mostrarnos el poder de aquellos que dejaron este mundo sobre los que todavía pelean en él contra sus miedos e indefiniciones, sin otra ayuda posible que la del amor. Un sentimiento que, muchas veces, dejamos en el olvido de los días de vino y rosas de nuestra lejana juventud. 

 

Ángel Silvelo Gabriel.

lunes, 10 de diciembre de 2018

ÁNGEL SILVELO, GANA EL PRIMER PREMIO DE CREACIÓN LITERARIA DE LOS XXVIII PREMIOS OTOÑO DE LA VILLA DE CHIVA 2018, CON SU NOVELA CORTA EL ARTE DE AMAR



El amor, en sus diferentes vertientes, es un bien escaso en la sociedad actual. Una sociedad que se caracteriza por intentar ganar tiempo al tiempo, pero que sin embargo no sabe cómo utilizar esa ínfima ganancia que muchas veces está llena de prejuicios, reproches o remordimientos. Como dice Eric Fromm en su ensayo El arte de amar: «Los valores humanos están determinados por los valores económicos […] El hombre moderno piensa que pierde algo -tiempo- cuando no actúa con rapidez; sin embargo, no sabe qué hacer con el tiempo que gana -salvo matarlo-.»




En la novela de Ángel Silvelo esa falta de tiempo es a la que se enfrentan Inés, Ana y Esther, tres hijas de una madre que se denomina a sí misma como La hija del olvido. En los días que preceden a la celebración de la Navidad, las cuatro darán rienda suelta a sus miedos e inquietudes. Y harán frente a los miedos que las atenazan, y a un sinfín de preguntas para las que no tienen respuesta. En esa indefinición del tiempo y los afectos, sus diferentes soledades se llenarán de ecos y resonancias. Para la madre, ese runrún procede de los libros de poesía que le regalan sus hijas y, que han encontrado su máxima expresión, en los duros poemas de la poeta rusa Marina Tsvietáieva. Y para sus hijas, se hallarán en las particulares aristas que gobiernan sus vidas, donde el trabajo y las relaciones de pareja nunca llegan a ser lo que ellas habían soñado. Como dice Inés, la hija mayor, al final de esta novela corta: «Sólo somos conscientes del verdadero significado del amor cuando el corazón se nos encoge delante de nuestros recuerdos, sobre todo, en ese instante donde la soledad se difuma tras el horizonte en el que indagamos la posibilidad de que el tiempo nos devuelva aquello que añoramos.»




Bajo el influjo del ensayo homónimo de Eric Fromm, El arte de amar, del escritor español Ángel Silvelo, es una expiación sobre las relaciones humanas. En este caso, sobre las relaciones entre madres e hijas, y sobre las diferentes formas de interpretar tanto el amor fraterno como el que cada una de ellas debe afrontar con sus respectivas parejas. En ese ámbito de tierras movedizas es donde la esencia del amor es capaz de cambiarlo todo. Aunque lo más difícil sea abstraerse de la soledad que conlleva su fracaso. Como dice el propio Fromm: «Quien salva una sola vida, es como si hubiese salvado a todo el mundo, quien destruye una sola vida, es como si hubiese destruido a todo el mundo.»



martes, 4 de diciembre de 2018

ÁNGEL SILVELO GANA EL 2º PREMIO LITERARIO DE LA SUBSECRETARÍA DE DEFENSA 2018



Es la quinta vez que consigo alguno de los tres premios de este concurso en los últimos siete años. Y, os puedo asegurar, que no por ello, dejo de sentir la misma alegría. Y siempre me causa la misma satisfacción. Esta distinción literaria también hace la número diez en lo que va de año y es el prefecto corolario a un 2018 que, en lo literario, se ha portado muy bien.

viernes, 30 de noviembre de 2018

FERNANDO PESSOA EN EL 83 ANIVERSARIO DE SU MUERTE EN LISBOA, EL 30 DE NOVIEMBRE DE 1935: UN SUEÑO ESCONDIDO BAJO UN MAPA DE SENSACIONES



Fernando Pessoa dibujó su vida con los trazos de la silueta de los héroes anónimos, igual que aquellos argonautas que fueron en busca del vellocino de oro. Sin embargo, él no lo hizo embarcándose en un navío sino a través de un sueño escondido bajo un mapa de sensaciones al que dotó del silencio de la noche, del anonimato de un fantasma que huye de la sombra de sí mismo y de la necesidad de ser otro. Muchos han sido los que se han acercado al mítico arcón donde guardó más de veinticinco mil documentos que, tras su muerte, han sido rescatados del olvido. Un olvido que, como todo aquello que ni se ve ni se toca, pertenece al mundo de los sueños. En Pessoa se concibe la vida como «la geometría del abismo», pues igual que Ángel Crespo no dudó en definir el Libro del desasosiego (el diario apócrifo del portugués) como un mapa de manchas, su obra se nos presenta como un conjunto de formas, de vivir y sentir, alejadas de la realidad, pero muy cercanas a la posibilidad de crear nuevos mundos a través de otros. Esos otros, que se rebelan ante nosotros igual que lo hace el reflejo que nos proporciona el espejo que se precipita sobre nuestro cuerpo y, que en el caso de Pessoa, éste interpeló mediante sus múltiples heterónimos. Un teatro de voces a los que él proporcionó una voz y una personalidad propias, creando, como sólo lo hacen los genios, un nuevo estilo literario: el de la heteronimia. Pessoa, dijo: «Vivir es ser otro. Ni sentir es posible si hoy se siente como ayer se sintió: sentir hoy lo mismo que ayer no es sentir: es recordar hoy lo que se sintió ayer, ser hoy el cadáver vivo de lo que ayer fue la vida perdida». Y en esa eterna búsqueda del presente exento de futuro, abordó todo aquello que su mente tuvo a bien vislumbrar o explorar.



La particularidad de su obra no se encuentra sólo en la posibilidad de revisar una buena parte de la biografía del poeta portugués, sino también en poder hacerlo desde las voces que le acompañaron a lo largo de toda su vida. Una vida que, como toda leyenda, contiene el desgarro de las situaciones imposibles, pero también la épica que se sobrepone a los reveses de una existencia marcada por el fracaso. «Hice de mí aquello que no supe,/ no hice lo que podía hacer de mí./ Vestí un dominó equivocado./ Pronto me conocieron como aquel que no era:/ no lo desmentí y me perdí».



En un mundo tecnificado que, cada día más, nos dirige nuestras vidas, Pessoa y su obra nos permiten regresar al pasado; un pasado donde las personas todavía escriben cartas y sus historias de amor descansan sobre la soberbia de los sentimientos más profundos y la vitalidad de la búsqueda de una dignidad perdida en el curso de los tiempos. Historias en blanco y negro que, si se quiere, retoman la luz cuando llegan a Lisboa, una ciudad que, en Pessoa, se convierte en el cauce final donde los sueños se enfrentan con la realidad para crear un mundo nuevo e inesperado. Un mundo en el que los dioses, los mares, el hombre y la tierra, conforman una secuencia con la que darle cuerpo a un sueño: el de los dioses perdidos…, y no encontrados.



Ángel Silvelo Gabriel

miércoles, 28 de noviembre de 2018

JOANNA WALSH, VÉRTIGO: LA PROFUNDIDAD DEL PÁNICO



El pánico y su vertiginosa capacidad de cambio nos convierte en seres huidizos, distantes e inertes. Como inerte es el cuerpo que yace en la profundidad del pánico. Uno de los riesgos de la negación propia es la de verse reflejado en un espejo y no ver aquello que los demás adivinan de nosotros, ni lo que nosotros mismos somos capaces de ver a la hora diferenciarnos del resto. Ese anonimato no reclamado va marcando nuestros días de una forma feroz. Y lo hace en forma de garras de una alimaña que poco a poco nos va destruyendo sin la posibilidad de huir de ellas. Joanna Walsh y, su elusiva actitud de enfrentarse a la realidad a través de esta relación de cuentos o de novela río con múltiples escondites, nos demuestra lo sutil que puede llegar a resultar el fracaso, o vivir esa vida que nunca habíamos imaginado. Lo deseado y lo real, de nuevo, se comportan como una imperfecta balanza de los sueños. La distancia que la protagonista va tomando ante cada acontecimiento de su vida retoma la posibilidad de dejar de lado aquello que no nos satisface. Un despojo existencial que se compone de una lista de preferencias que, a buen seguro, alguna de ellas no son lo suficientemente necesarias como para perder el tiempo en conseguirlas. La sociedad actual es una experta en prepararnos para perder en tiempo con banalidades que, por sí solas, no merecen ni un minuto de nuestro tiempo, sin embargo…, la omnipresente vanidad que nos ahoga cada día más, se superpone como el aceite lo hace sobre el agua, alejándonos de lo que en verdad es importante y necesario. Así, Joanna Walsh y las diferentes mujeres protagonistas de sus cortas historias juegan a ese pasatiempo que es ir desprendiéndose de una prenda de ropa cada vez que algo va mal o no sale como ellas quieren. En esa rebuscada desnudez es donde estas anónimas heroínas de lo cotidiano se sentirán definitivamente libres. Una libertad que no desdeña de los recuerdos, pero sí trata de ponerlos en su sitio. Desechando del podio de los ganadores a aquellas experiencias insípidas, y que sólo se sustentan por la imagen que los demás tienen de uno mismo. Madres, esposas, hijas o amantes van surgiendo en un caótico devenir de viajes y ciudades extrañas. Compras innecesarias. Maridos prescindibles. E hijos que ejercen de eco de anhelos pasados, que no presentes. El relato que cierra esta difuminada recopilación de cuentos es una clara demostración de ello. Su título, Ahogo, es tan expresivo como la necesidad de huida de su protagonista. Una huida fuera de su vida, de su marido, de sus hijos, de sí misma. Una huida bajo las olas del mar que emulan a la protagonista de la novela El despertar de Kate Chopin, lo que nos demuestra la capacidad del ser humano para seguir persiguiendo los mismos sueños a lo largo de los siglos.



Vértigo, es la capacidad para desarrollar dentro de nuestra mente la incesante fuerza que nos lleva al otro lado de ese edén que nos habíamos marcado, y que viene envuelta en trajes de Dior, el mundo de la moda, villas veraniegas frente al mar, diálogos interiores que se cuelan dentro de la propia narración y mesas de cafés con vistas hacia Notre Dame. La ciudad y sus soledades salen retratadas como esas colmenas de silencios y soledades que pueblan el mundo actual. Un mundo donde ya nada es lo que parece. En ese vértigo que cada uno de nosotros expresamos ante la soledad, es donde Walsh escarba a la hora de retratarnos a sus protagonistas. Unas mujeres que tiran de sus silencios para posicionarse en una realidad no siempre amable ni creativa.



Joanna Walsh emplea un estilo fragmentario en cuanto a su concepción formal de la narración y de la estructura de sus relatos a la hora de presentarnos a sus anónimas heroínas que, entre escondite y escondite, nos muestran la fragilidad de las relaciones humanas y la complejidad de las mismas. Relaciones que necesitan para sobrevivir algo más que el eco del pasado. Relaciones humanas que son la expresión de aquello que tantas veces hemos imaginado y nunca hemos llevado a la práctica. Fisuras de realidad que bien podrían taparse mediante las palabras, las caricias o una simple mirada de complicidad. La fatalidad de todo ello es que el vértigo y sus condiciones no nos dejan ponerlo en práctica. Y, en vez de saltarnos ese guion preestablecido, nos limitamos a observa la profundidad del pánico. 



Ángel Silvelo Gabriel. 

miércoles, 21 de noviembre de 2018

COLETTE, UNA PELÍCULA DE WASH WESTMORELAND: LA TRANSFORMACIÓN DE UNA ESCRITORA FANTASMA EN UNA AUTORA DE ÉXITO





Los períodos de cambio, salvo que éstos se produzcan de una forma traumática, llevan su tiempo hasta verse cumplidos o acabados. El cambio lleva consigo momentos de crisis, de dudas y de contratiempos, lo que los convierte en factores de reforzamiento y relanzamiento, primero personales y luego profesionales. Como si nuestra mirada y espíritu debieran adaptarse poco a poco a esa nueva luz que supone alcanzar la plena transformación. Si utilizáramos un símil atmosférico sería como pasar de caminar entre la niebla a hacerlo a pleno sol. Esa luz que nace de la inocencia en plena campiña francesa y, poco a poco, se transforma en la rebelión contra una realidad en la que, entre otras cosas, hay que vencer a la solidez de los sentimientos es lo que se retrata en Colette, una película de Wash Westmoreland que nos narra la transformación de una escritora fantasma en una autora de éxito. Sin embargo, lo que más sorprende de este biopic es su cuidada producción, el acertado guion y una gran puesta en escena, que delatan el concienzudo trabajo que hay detrás de esta película que no aspira a ser el retrato de una escritora conocida sin más. Ni un biopic de los que nos tienen acostumbrados las grandes productoras. Colette es más bien una película de época o el retrato de un período de una persona vitalista, libre y genial, que necesita la luz para ser ella misma y alejarse de esa parte de la sociedad que ya no encaja dentro de sus esquemas. La escritura, el amor, o los sentimientos deben ser la expresión de una forma de entender la vida libre y sin otra cortapisa que la de la propia decisión personal, esté ésta equivocada o no. Y hay que reconocer que Wash Westmoreland logra plasmar todo eso en su película. De hecho, para retratar a Colette se ha elegido el período anterior a su gran eclosión como escritora de éxito. Lo que pone de manifiesto el afán de filmar a una Colette en plena formación y transformación. Como si el propósito fuera relatarnos el cambio de gusano de seda a mariposa y darnos una visión más joven y vitalista de la escritora. Una visión que, sin duda, está respaldad por una Keira Knightley consciente de su poder a la hora de interpretar personajes de época. Su forma de mirar, sonreír o tocar, son todo un tratado sobre las formas que adopta el deseo en plena juventud. Algo a lo que contribuyen esos primeros planos en los que el director busca una luz a la que la sociedad francesa de principios del siglo XX no estaba preparada si ésta venía de manos de una mujer. Colette representa la liberación de un espíritu libre que no quiere pasar el resto de su vida ni encorsetada por un corsé que la estrangule su figura, ni por un marido que la utilice como mera herramienta de su éxito y su saneada posición financiera. En este sentido, Dominic West encarna el final de una época que nos llevará hasta los locos años veinte, donde la eclosión de libertad tras una guerra de nivel mundial, va a traer una mayor reafirmación de la figura de la mujer en el mundo. 




Colette es también la mirada transparente de una Keira Knightley a la que Wash Westmoreland filma muy de cerca mientras observa, habla, ama, lee o escribe. A través de su mirada nos retrata a una persona inquieta, curiosa y llena de vida; una persona que lo vive todo con el ímpetu que posee un amante; un ímpetu que traslada a su propia vida a través del personaje Claudine.  Un personaje que dibuja sin miramientos con una pluma de tinta sobre la rugosa superficie del papel de aquellos cuadernos de principios del siglo XX que servían de soporte para inventar y narrar historias. La fuerza de la narradora que puso en pie y en tela de juicio a la sociedad burguesa francesa con sus atuendos de hombre, su abierta bisexualidad y su necesidad de sacar a la luz todo su talento, está perfectamente retratada en el período que abarca la película: desde su llegada a París hasta el alejamiento de su marido, Henry Gautier-Villars, interpretado por Dominic West. Un período en el que asistimos a la transformación de una escritora fantasma en una mujer libre y liberada de la larga y perniciosa sombra de su marido. Un marido que la relega a un segundo plano que tanto su espíritu vital como creativo no son capaces de reprimir por más tiempo. Dando como resultado final un film vivo y luminoso.



Ángel Silvelo Gabriel.

domingo, 11 de noviembre de 2018

EXPOSICIÓN TAMARA DE LEMPICKA EN EL PALACIO DE GAVIRIA DE MADRID: LA EXPRESIÓN DE UNA FEMINEIDAD EXENTA DE MIEDOS


El período de entreguerras se distingue por la luminosidad en la que desembocó tras la Primera Gran Guerra. Los locos años veinte trajeron consigo una frenética actividad que, en el mundo del arte, desembocó en el denominado como art déco, caracterizado por sus figuras voluminosas y sus colores llamativos. En el ámbito social, habría que resaltar el protagonismo que la mujer alcanza durante estos años. Una expresión que, si bien, en muchas ocasiones se limita a imitar el comportamiento de los hombres —véase: fumar en público o aprender a conducir—, en otras, se transforma en la expresión de una femineidad exenta de miedos. Una definición que bien podría servir para enmarcar el universo artístico y personal de una artista como Tamara de Lempicka. Una artista y una mujer excesiva, tanto en su condición de pintora como en su faceta personal. Un exceso con el que persigue cambiar todo lo viejo por una nueva definición del mundo y de la vida. Una vida en la que intenta imitar a las grandes estrellas del cine de la época. Lempicka no parará hasta conseguir el status social y artístico que la llevará a codearse con lo más selecto de la sociedad de su tiempo. Respecto a su faceta como pintora, el Palacio de Gaviria de Madrid nos ofrece una amplia retrospectiva de su dilatada carrera y de su vida. Una exposición que no escatima medios a la hora de introducirnos en el universo Lempicka. Un universo en el que también tiene cabida la moda, a través de vestidos de la época y los zapatos de Salvatore Ferragano, por ejemplo. A los que habría que unir el buen número de objetos decorativos y de mobiliario que acompañan o anteceden a las distintas estancias de la exposición, y que sirven de división de las diferentes etapas artísticas en las que está compartimentada la retrospectiva. Todos ellos, con un marcado estilo art déco u oriental.



La estructura pictórica de Lempicka va avanzando conforme lo hace el desarrollo de los tiempos que le tocaron vivir. Y, así, en el inicio de su carrera, sus composiciones se nos aparecen con un marcado sentido mecanicista de la pintura, con pronunciadas formas cilíndricas que ensamblan el cuerpo con la cabeza y los brazos de una forma ruda y sin apenas transición. Composiciones que tienen un marcado sentido geométrico acentuado con vivos colores con los que intenta resaltar del cuerpo de la mujer y su nuevo papel dentro de la sociedad. Con el transcurso del tiempo, esos pronunciados encuentros se difuminan hasta llegar a ser estilizados de una forma natural, consiguiendo sus mejores creaciones cuando nos plantea los cuerpos desnudos de mujer iluminados con focos que parece que se vierten sobre las formas femeninas como telones de diferentes capas que cayeran sobre un escenario, creando con ello una amplitud de espacios, formas y, sobre todo, sensaciones, que nos llevan casi sin querer hasta esos grandes cuerpos femeninos de Las tres Gracias de Rubens. Una expresividad que alcanza sus mayores cotas de sensualidad en cuadros como el de Santa Teresa de Jesús, o el denominado Los refugiados. En los que consigue aumentar la sensación de pérdida de la consciencia o la acentuación de la rotundidad del dolor con ese manejo tan típico de su pintura como es la de la mirada perdida de sus retratos, ya estén éstos de frente —casi ninguno—, o de perfil o con la cabeza girada —casi todos—. Una mirada que se asemeja mucho a la que la propia artista expresa en sus poses a la hora de ser fotografiada, y que podemos ver en bastantes fotografías a lo largo de la muestra. Una muestra que acentúa su expresividad gracias al entorno decadente y de otro tiempo del Palacio de Gaviria que, como un mudo espectador del tiempo, nos predispone al acercamiento a unas obras que, con el tiempo, se van desarrollando hacia un estilo más pulcro y si se quiere minimalista, como el inacabado retrato del rey Alfonso XIII, al que conoció en su exilio en la ciudad de Roma.



La exposición de Tamara de Lempicka en el Palacio de Gaviria también nos muestra un documental y varios vídeos de la época en los que sale la artista, como contrapunto y profundidad al resto de la retrospectiva: ambiciosa en el planteamiento y quizá, un poco pobre en los cuadros que exhibe, a pesar de contar con alguno de los más importantes de la artista. No obstante, la muestra es una magnífica oportunidad de conocer a la pintora polaca que, junto a otros, como el escritor norteamericano Francis Scott Fitzgerald, representan esos alocados años veinte en los que la mujer y su cuerpo fueron definidos y pintados por ellas mismas, en una expresión de femineidad exenta de miedos.   

 

Ángel Silvelo Gabriel. 

sábado, 10 de noviembre de 2018

ÁNGEL SILVELO GANA EL PRIMER PREMIO DEL IX CERTAMEN LITERARIO TAURINO INTERNACIONAL "PEÑA TAURINA MANUEL VIDRIÉ"



NOTA DE PRENSA   

Torrelaguna (Madrid), 10 de noviembre de 2018

El jurado del IX Certamen Literario Taurino Internacional “Peña Taurina Manuel Vidrié”, reunido en sesión extraordinaria el viernes 9 de noviembre de 2018 a las 19:00 horas, ha fallado que la obra ganadora del citado certamen es “El mayor de los milagros” firmada con el seudónimo “Nicolasa Escamilla” y cuyo autor es D. Ángel Silvelo Gabriel, de Madrid.   El premio está dotado de 500 € más trofeo.

El jurado deja desierta la categoría “Juvenil” para menores de dieciocho años.

 La entrega del galardón tendrá lugar el próximo sábado 24 de noviembre a las 19:00 horas dentro del acto que pondrá fin al XVII Ciclo de Conferencias “Aperitivos Taurinos” organizado por esta peña.

 Asimismo, la Peña Taurina “Manuel Vidrié” quiere agradecer su participación en el certamen a todos y cada uno de los concursantes y les invita a participar en los sucesivos certámenes que esta entidad irá convocando año a año.
 
EL MAYOR DE LOS MILAGROS
Algo bello es un goce eterno». Algo bello es un goce eterno, algo bello es un goce eterno…, se repetía una y otra vez en la complicidad de sus noches sin luna desde que dejara los ruedos. Este verso del poeta romántico inglés John Keats que abre su poema épico Endymion —escrito en el año de 1817 y concebido mientras caminaba por los bosques y acantilados de la isla de Wigth—, era el culpable del final de su viaje. Ella, que inició su búsqueda de la belleza en las plazas de toros tras la estela de los minotauros pintados por Picasso; una belleza que Goya —promotor en España del Romanticismo en la pintura y coetáneo de Keats— fue pionero en retratar, pues inmortalizó por primera vez a una mujer torera en un dibujo dentro de su serie La Tauromaquia. Ese aguafuerte fue el responsable de que, desde pequeña, ella quisiera ser torera. La culpa la tuvo su madre cuando le puso en sus manos una copia de aquella escena de una mujer torera a caballo. «Lanza, torera, toro y caballo dando fe del mayor de los milagros», pensó, dejando caer de sus manos una copia de aquella lámina.
            Aún oye la voz de su madre en sus sueños. Ella sabe por qué lo hace. Su madre le habla en sueños para que no se pierda. «Si tu deseo es ser torera no pares hasta conseguirlo», le dice. «Sueña con colores, porque te ayudará a conseguirlo», le añade. Y al principio le hizo caso. Y primero soñó con cosas de color blanco, pero no consiguió nada, salvo creer que estaba perdida dentro de una nube infinita. Luego lo intentó con el color negro y, entonces, creyó que el mundo era un agujero de esos oscuros que dicen que existen en el espacio. Después de aquello pasaron los días y su madre no volvió a aparecérsele en sus sueños. Hasta que un día regresó con una lámina en la mano. Era un dibujo en blanco y negro de una mujer a caballo picando con una vara larga a un toro. Su madre sabía que su sueño desde pequeña era el de ser torera y, quizá de ahí, lo de la lámina. Sin embargo, cuando empezaba a vislumbrar algo de luz en su camino se perdió de nuevo, justo cuando cayó en la cuenta de que la lámina no era de colores y, por lo tanto, no sabía qué significa para su madre eso de soñar con colores, pues ella no supo hacerlo ni con el blanco ni con el negro. Sería una cuestión de matices, recuerda que pensó entonces. Matices aparte, después de ese sueño donde su madre le mostraba aquella lámina se dedicó a buscarla por internet con denuedo hasta que dio con ella. Cuando la encontró no supo hallar la relación entre su madre y ese aguafuerte que pintó Goya en 1816 y, que hasta hacía poco, era el dibujo conocido más antiguo de una mujer torera. Era el más antiguo hasta que Gonzalo Santonja descubrió en el Museo Arqueológico Nacional un plato de cerámica de Talavera decorado con otra instantánea de una mujer toreando, también a caballo, datada entre 1675 y 1700. Cuando supo de su existencia esperó en vano a que su madre se lo mostrara en uno de sus sueños, pero pasó el tiempo y nunca ocurrió tal alumbramiento onírico hasta el día de hoy. En esa insoportable espera, una mañana, al despertarse, recordó que si había soñado con aquella lámina de Goya fue porque su madre se la regaló cuando era pequeña. A su madre le gustaba pintar y a ella le gustaban los toros, por eso le pintó aquella lámina y se la dio sin enmarcar ni nada, pues según le dijo, no podía esperar a que ella viera el resultado de sus avances como pintora. «Ella fue la primera mujer torera inmortalizada en un dibujo, y tú debes serlo también algún día», le dijo. De ahí que, ese plato de cerámica que mostraba a una mujer anónima alanceando a un toro, se comportara ante ella como la cara de la realidad que nunca hubiese querido conocer.
            Aquella lámina que le regaló su madre era una mala copia del aguafuerte en el que Goya inmortalizó a Nicolasa Escamilla, La Pajeruela, en la plaza de toros de Zaragoza en el año 1816, pero a ella no le importó, al menos hasta ahora, cuando cayó en la cuenta de lo duro que era ceder el cetro de la gloria que te proporciona ser el primero en algo. Pero si lo pensaba mejor, era mucho más duro perder a una madre cuando tú todavía eres pequeña y tu padre no entiende nada acerca del alcance de tus sueños. Sí, ella quería ser torera, pero enseguida comprendió que esa decisión era igual que invocar el mayor de los milagros. Tardó mucho tiempo en adivinar cuál sería su verdadera hazaña dentro del mundo de los toros más allá del deseo de su madre, pero esa duda se disipó cuando descubrió el primer verso del poema épico Endymion del poeta romántico inglés John Keats: «Algo bello es un goce eterno». Un verso que por sí solo le llevó a una interminable búsqueda de la belleza que, al final, la encontró lejos de los ruedos, pero muy dentro de ellos. 
Extracto del relato "El mayor de los milagros" de Ángel Silvelo Gabriel.

martes, 6 de noviembre de 2018

CINCO HORAS CON MARIO DE MIGUEL DELIBES EN EL TEATRO BELLAS ARTES DE MADRID: EL ESQUELETO DEL FRACASO Y LA VERDAD



La proyección de toda una vida sobre un silencio que se levanta y se rebela contra las palabras llega a ser tan ensordecedor que estremece. Esos silencios que derrumban vidas enteras y, que a partir de ese momento, engendran otras, diluyen la realidad hasta convertirla en una sustancia acuosa a la que no podemos dar una forma. ¿Qué forma tienen el amor, el odio, el resentimiento, las creencias religiosas o el sexo más allá de las materias con las que están hechas? El universo interior de cada uno es el que, por un lado, nos protege de esa forma indefinida que es la realidad y, por otro, el que nos proporciona los instrumentos suficientes para que no se apodere de todo: presente y pasado, verdad y recuerdos, realidad y sueños. En este sentido, Miguel Delibes siempre ancla a sus personajes en un lugar determinado, a partir del cual, les invita a viajar y a cambiar; un método que conlleva una transformación interior que nunca se sabe cómo va a acabar más allá de saber que es una ruta de expiación. De expiación de la culpa, del desamor y de los miedos que nos atenazan en el día a día. Esa poderosa proyección de sus personajes marcaron una época en su momento y, sin duda, lo siguen haciendo, por lo universales que nos resultan, lo impactantes que nos parecen y lo débiles que se nos confiesan. Cinco horas con Mario es todo eso y mucho más, porque el retrato sociológico de una época (los años sesenta en una ciudad de provincias española) traspasa los límites del tiempo para hacerse firme en el transcurso de los días, los meses y los años, hasta convertirse en un alegato de los sentimientos más profundos del ser humano que, en este caso, se modulan a lo largo y a través de la muerte, la ausencia y el silencio que deviene en un monólogo de dichas y desdichas, faltas y ausencias, hastío y rebeldía. Un monólogo al que la gran, Lola Herrera, dota de un tempo perfecto; un tempo rodeado de pausas, gestos, silencios, reproches, y confesiones que nos dejan perplejos en la tragedia y sonrientes en la comicidad de buena parte de la obra, pues esa es otra de la virtudes de este montaje inmortal: su comicidad. Una comicidad que Lola Herrera perfila de una forma armoniosa y natural, como las múltiples sutilezas que le lanza a un marido muerto que representa el esqueleto del fracaso y la verdad.



Cinco horas con Mario es la desmembración de una vida y del cuerpo que la ha representado. En ese ejercicio de despiece verbal y casi místico, fracaso y verdad se dan la mano en pos de llegar a encontrar un camino en el que situar de nuevo a una vida que ya no será tal salvo a través de otros. Y Carmen Sotillo a lo largo de noventa minutos nos prepara dicho camino. Un camino que no es otro que el suyo propio. Un camino que la ayude a salir de su propio atolladero. Un camino que la libere para siempre del mundo y su pasado…, de sí misma. Una Carmen Sotillo que deviene sobre las tablas del escenario en un huracán interpretativo que nos arrasa todos los sentidos de la mano de una Lola Herrera en estado de gracia, apaciguada por la senectud del tiempo y vigorosa en los esplendores de un corazón muy vivo. Su personaje quedará ahí para siempre y, siempre, formará parte de la historia viva de nuestro teatro, porque ella lo inmortalizó. Por encima del texto y, también a su lado, siempre estará Lola Herrera, sempiterna voz narrativa de toda una época, singular actriz atribulada en la excelencia interpretativa, mujer de los pies a la cabeza. No cabe duda que su papel de Carmen Sotillo la sitúa en lo más alto del teatro español, porque lo libera de todos los claroscuros que lo acechan y lo sitúa en un altar cercano al Olimpo. Un Olimpo desde el que visionar el esqueleto del fracaso y la verdad que esta obra representan. 

 

Ángel Silvelo Gabriel.