Tiempo de comunicaciones rotas

Tiempo de comunicaciones rotas

jueves, 27 de julio de 2017

PREFERIRÍA NO LEER.- Un artículo de Manu de Ordoñana, Ana Merino y Ane Mayoz

 
Instructivo, atrevido, sincero, irónico y divertido, pero sobre todo afilado con las verdades absolutas. Así se muestra, en este ensayo, Víctor Moreno: navarro de Alesués-Villafranca, Doctor en Filología Hispánica, escritor, crítico y profesor de instituto que, además, es colaborador asiduo en radio, prensa y revistas de literatura.
 
Para muestra el título, Preferiría no leer (Pamiela, 2105), y un extracto del índice:
Primera parte: Saber leer no basta para hacerse lector
Una cita de Unamuno.
¿Por qué no quieren leer los adolescentes?
Las preguntas de nunca acabar.
¿Es necesario evaluar todo lo que se lee?
El contagio de la lectura.

Segunda parte: Valores “desagradables” de la lectura
El valor “desagradable” de la soledad.
El valor “desagradable” del silencio.
El valor “desagradable” de la autonomía.

El título de este ensayo es desafiante y su autor, un provocador o, en palabras de la revista Clij, un francotirador instalado en la escuela. Y añade: Incruento, desde luego. De oficio maestro, sus únicas armas son las palabras y con ellas lucha por dignificar y hacer mejor esa escuela, la nuestra, aburrida y productivista, a la que se va a trabajar y a no perder el tiempo.
 
Desde la primera página, el lector comprueba que se encuentra ante un texto cuyo autor intimida por su atrevimiento y su sinceridad: Ciertos fundamentalistas lectores presentan a quienes no leen como seres con medio cerebro desquiciado y el otro en proceso de descomposición. Su forma elocuente de escribir, su tono incisivo y el despliegue de información que nos muestra a través de citas y referencias a diferentes autores, escuelas filosóficas y teorías lingüísticas, nos da una idea de que estamos ante alguien que sabe de lo que habla, no en vano ha publicado estos otros libros, algunos de ellos con sugerentes títulos: Dale que dale a la lengua, La manía de leer, Va de poesía, Leer con los cinco sentidos, Diccionario de escritura, Cómo sé que valgo como escritor etc.
 
¿De qué trata este libro?
Es una reflexión acerca de por qué muchos jóvenes, y no tan jóvenes, han optado por no leer por placer o, en otras palabras, por qué la lectura no es una opción de ocio con éxito. Este es un tema que trae de cabeza a la comunidad educativa, como ya hemos mostrado en varios artículos de este blog y Víctor Moreno, como parte de ella, aporta su granito de arena con este ensayo. A través de una perspectiva muy personal ―fruto de su trabajo como profesor de secundaria y de sus lecturas y también de sus prejuicios y de sus saberes―, va desmenuzando la situación de la realidad lectora de hoy en día. Y lo hace en dos partes.
 
En la primera, indaga en la búsqueda de lo necesario para hacerse lector. Afirma que no es suficiente con saber leer de forma competente puesto que existen muchas personas con nivel de competencia lectora más que óptimo, sobresaliente y, sin embargo, no leen de forma habitual porque no tienen, por diversas causas particulares, la lectura como hobby o afición principal para llenar su ocio. Y a renglón seguido pone como ejemplo a sus compañeros de profesión: Entre profesores de lengua y literatura he conocido a muchos que no se caracterizaban por ser lectores, ni compulsivos, ni de ninguna otra marca registrada. Estaban en su derecho esclavo de hacer lo que quisieran con su tiempo libre.
 
También, y relacionado con la metodología de la enseñanza en cuanto a lectura se refiere, critica el empeño del profesorado por evaluar todo lo que los adolescentes leen. Afirma que hay que dejarles leer sin cortapisas puesto que la lectura se hace, no se dice. El acto de leer es personal e intransferible. Y como es un acto particular quien extrajera de él dogmas universales, válidos para el mundo, sería un iluso o, por lo menos, un aprendiz de prestidigitador. Recalca que el profesor más que evaluar debe guiar al alumno.
 
Constantemente se vale de jugosas citas como estas: Cuanto menos se lee, más daño hace lo que se lee (Unamuno), No saber leer es peor que fumar (Mercedes Cabrera) para poner en tela de juicio toda la retahíla de daños colaterales que tiene la no-lectura, y son tan variados que podrían dar pie para una tesina.
 
En cuanto a la segunda parte, la dedica a hablar de los valores “desagradables” que conlleva el acto lector, y son así porque la propia sociedad los desprecia o no los tiene en consideración. Aquí se refiere a la soledad, el silencio, la autonomía, la lentitud y la inutilidad.
 
Víctor Moreno asegura que la lectura no es rentable socialmente. Y ya se sabe lo que pasa en esta sociedad si algo no cotiza en bolsa. Además, es un acto solitario para el que hay que guardar silencio; soledad y mutismo, un tándem poco productivo en un mundo ruidoso y cada vez menos reflexivo. La lectura es también un acto consciente y derivado de la propia voluntad, por lo que, si se exige como obligación, tiene las de perder. Otros valores que requiere son tranquilidad y paciencia, de lo que podemos deducir que para ser un buen lector hay que dedicarle tiempo. Pero hoy en día parece que la meta es conseguir todo de forma inmediata y antes que nadie; la impaciencia nos carcome y no nos deja tomarnos el tiempo necesario para hacer bien las cosas.
 
Quizás un modo de vencer a todos esos valores desagradables está en el epílogo que nos plantea este autor navarro. Nos habla de la lectura dialógica; al dialogar sobre lo que leemos, al compartir nuestras lecturas, vemos la soledad, el silencio, la paciencia…. de otra forma, con un sentido diferente. Somos conscientes de lo “desagradable” de esos valores mientras ejecutamos la acción, pero después nos damos cuenta de que nos ayudan a sacar el mejor partido al libro que tenemos entre manos. En palabras del autor, son un medio de colarse al mundo de los demás y dejar que los otros entren en el propio.
 
¿A quién interesa este libro?
Es imprescindible para todos aquellos que conforman el sistema educativo y sobre todo para esas personas que se dedican a incentivar la lectura. No ofrece la receta definitiva pero sí un buen comienzo para hablar de cómo hacer mejor las cosas y sobre todo para concienciarnos de las que estamos haciendo mal.
 
Artículo de Manu de Ordoñana, Ana Merino y Ane Mayoz

martes, 25 de julio de 2017

RAY LORIGA, RENDICIÓN: LA TRANSPARENTE FALACIA DEL ESTADO DEL BIENESTAR EN CLAVE DE FÁBULA Y LEXATIN


 
¿Quiénes somos de verdad?, esa es la pregunta que Ray Loriga se hace en su nueva novela, Rendición, como si fuera un Gulliver distópico que necesita de la mirada de los demás para saber cuál es el propio tamaño de su valor, y de paso, de su existencia y el mundo. Aquí, el autor arriesga, y podríamos decir que sale victorioso, pues ha trazado la línea de lo admisible y lo previsible para saltársela desde la primera línea y atreverse a romper con el resto de su producción literaria hasta el momento. Hay libros necesarios, libros arriesgados y libros valientes, de ésos que nadie pide ya a los libreros, y éste es uno de ésos, pues está concebido y escrito para romper fronteras e instalarse en el terreno de las incertidumbres, los miedos y la introspección que, de una forma aparentemente sencilla, nos llevan hacia la reflexión acerca del mundo que hemos creado, del mundo en el que vivimos y del mundo del que parece nada esperamos salvo la eterna felicidad. El protagonista de esta novela no tiene nombre, pero desde ese anonimato tan universal es capaz de enfundarse el disfraz de la duda que le lleva a buscar en la oscuridad y en la necesidad de sentirse un antihéroe. El olor a tierra mojada o la percepción del cambio de la luz a lo largo del día son percepciones con las que se alimentan nuestros sentidos, y que a su vez, nos producen sentimientos como el amor o el odio, y no sólo eso, pues son cambios que van más allá de la transparente falacia del estado del bienestar en clave de fábula y lexatin en el que se está convirtiendo este mundo plagado de autocomplacientes. Hay que reivindicar la duda, la oscuridad y la infelicidad a prueba de orfidales y valliums antes de caer en el abismo de la nada más absoluta. Y eso, a al menos, es lo que parece mostrarnos Loriga a la hora de plantearse un largo y profundo diálogo interior de más de doscientas páginas que, en sus inicios, nos recuerda a La carretera de Cormac McCarthy, y esa destrucción de un mundo de la mano de un hombre que sólo precisa de su ego para salir adelante. ¿Por qué tenemos tanto miedo a ser distintos al resto o a definirnos tal y como nos sentimos y no tal y como nos ven los demás? Las redes sociales se abastecen en su una buena parte de nuestra propia estupidez y no parece que haya nadie capaz de romper ese refugio de confort en el que nos sentimos tan a gusto. En este sentido, Ray Loriga nos sumerge en un mundo donde el caos deja de ser universal o ni tan siquiera colectivo, para acabar aislado a la mínima expresión del antihéroe que va en busca de una libertad que acaba en rendición, ¿o no?, pues esa es una de las claves que deberá desentrañar cada lector al término de la novela. La narración admite más de un final y Loriga, en este caso, sólo ha optado por uno de ellos. 

Por otra parte, la valentía de esta obra no es solo de concepción, sino que también se encuentra sumergida en su estilo, en la voz del protagonista y en el músculo estilístico que desarrolla el autor a lo largo del texto, pues acorde o no con su trayectoria anterior, sí que hay que resaltar que esta es una novela escrita por un escritor que se dedica a escribir, y que además, es español. Lo que no es baladí si nos atenemos al cada vez más numeroso intrusismo existente en el panorama editorial español, por lo que cabría decir que el Premio Alfaguara del año 2017 es más una victoria que una rendición. Es verdad que Rendición es una historia sobre la pérdida de identidad del hombre y el desarraigo, pero también es, sin duda, un texto sobre la necesidad de ser otro para de ese modo llegar a ser uno mismo sin más mentiras que las propias y sin otras drogas ni medias verdades que las suministradas por un estado totalitario disfrazado como de bienestar. Aquí es donde la reveladora oscuridad del antihéroe se alza como una daga sobre la verdad impuesta por los otros, ya sean éstos los más cercanos e inocentes, o los poderes establecidos más poderosos. El autor nos habla de la literatura de Coetzee, Cela, Rulfo o de la producción fílmica de Tarkovski a la hora de la deuda inspiradora de esta fábula sobre la necesidad del cambio, el propio y el ajeno, a través de una retro-ficción en forma de futuro que aún no ha sucedido, o habría que preguntarse que quizá sí. 

Rendición es una novela valiente, necesaria y con un acopio de literatura de la de toda la vida que arrolla tanto en su forma como en su contenido y, que un lector necesitado de literatura de la verdad, agradecerá, pues son muchas las preguntas que quedan en aire sin responder, a las que cada cual deberá darle, al menos, una vuelta de tuerca para no caer en la transparente falacia del estado del bienestar en clave de fábula y lexatin. 

Ángel Silvelo Gabriel. 

domingo, 23 de julio de 2017

ÁVILA 2069.- MICRORRELATO DE ÁNGEL SILVELO


 
Soñó con vetustas catedrales rodeadas de almenas y murallas. Soñó con santos, conventos y calzadas adoquinadas. Soñó con el frío y la nieve, con el agua, el ruido de los ríos y el olor a tierra mojada…, hasta que a lo lejos adivinó la silueta de una tarde de verano en la que se leía: Ávila 2069. Se puso las gafas de realidad virtual y todo cobró vida de repente: olió el queroseno de los vehículos que sobrevolaban la ciudad, escuchó el murmullo que acechaba a la noche y, hasta incluso, intuyó el sol sobre la gran cúpula dorada que recubría la otrora ciudad de las murallas. Al no verlas, recordó  que a nadie le interesó lo que ocurrió con ellas. Nada importaba ya, salvo esa feliz vida virtual en la que todos vivían. Quizá, por eso, los nombres habían sido sustituidos por números y bajo la piel de las personas había huesos de metal y órganos que no necesitaban del latido de un corazón. En su sueño le surgió una duda, y desechó la idea de inmortalidad, porque sintió miedo cuando supo que la ciencia nunca recuperaría aquello que en verdad amaba.
Microrrelato de Ángel Silvelo Gabriel

jueves, 20 de julio de 2017

ELVIRA NAVARRO, LOS ÚLTIMOS DÍAS DE ADELAIDA GARCÍA MORALES: LAS ESTÉRILES INVOCACIONES DE UNAS FALSAS SOMBRAS



Habitar entre las sombras, en un segundo plano, fuera de lo que vemos a nuestro alrededor. Allí donde la realidad es otra, y donde las personas que son capaces de llegar a ese territorio invisible es porque poseen una íntima necesidad de no tropezar con la cruel realidad. Ahí es donde residió en demasiadas ocasiones Adelaida García Morales, y donde consiguió hacerle una mueca a los fantasmas, a los propios y a los ajenos. Esa idea de voluptuosidad del vacío y de la nada fue una de las más fuerte impresiones que a uno le quedaron después de leer la novela El silencio de las sirenas de la propia Adelaida García Morales. Ese estado de fuga permanente, que se materializa con mayor fuerza en la insatisfacción de un amor platónico, es sólo la excusa para hacer más entendible, si cabe, el resto de aristas y puntos de fuga de la protagonista de esta historia que funciona como una intrahistoria de las Alpujarras de los setenta y ochenta. De ahí, que nos sea tan difícil atravesar la barrera de ese territorio invisible para la mayoría, pues sólo le resulta posible acceder a él a unos pocos. Ese es el principal error de esta novela fallida de Elvira Navarro, o más bien, habría que decir nouvelle, por la extensión de la misma y su armazón; pero no es el único, pues en esa necesidad de la autora —retratada en el papel de la realizadora que filma a tres personas que conocieron a Adelaida— de rendirle un homenaje propio a la escritora de culto ya olvidada, comete el error de explicarnos una y otra vez que su historia es una narración de ficción, aunque para ello, haga un uso indebido y poco respetuoso —por el nivel de conclusiones que extrae de la última parte de la vida del personaje al que intenta alabar— de la figura de una Adelaida García Morales perdida, en sus últimos días, en su propio mar de sombras del que ya nunca salió. Quizá, si como la autora de este libro dice, hubiese querido ficcionar entrelazando dos historias que nos acercan más a un falso documental sobre este corto período de la vida de la protagonista que sólo abarca sus últimos días, por ejemplo, no emplearía la imagen de Adelaida como reclamo en la portada de la novela, pues en vez de estar escondida en un último plano, como lo hace la fotografía de la propia Elvira Navarro, acapara el primer plano de la misma, por no hablar de lo explícito del título. Además, un autor que tiene que andar haciendo aclaraciones al principio o al final del texto es porque hay algo teme o no deja claro en el propio texto de la obra. Y esa falta de claridad de la autora de esta nouvelle, es de lo que más adolece esta obra. Baste traer aquí el siguiente extracto que aparece en la página 67 donde la autora por boca de la realizadora se plantea todo un mar de dudas acerca de las intenciones de la novela: «Y lo más importante: ¿acaso persigue ella la justicia? ¿No se planteó siempre su documental como una suerte de recreación libre o de continuación atmosférica de García Morales y del personaje, y no de la persona, que la escritora era? ¿No resultará entonces conveniente virar cuanto antes hacia la ficción? 

Los últimos días de Adelaida García Morales es un ejercicio descompasado entre la intención y la realidad, la forma y el sustento de la idea, de tal manera, que, quizá, sin quererlo, imita con demasiada precisión el lenguaje de sombras que la propia Adelaida García Morales utilizaba en sus novelas y relatos, pero sin la autenticidad de ella. Esta obra parece escrita con prisas, salida de una idea fuerza que no es tal, y desarrollada por el camino de las conjeturas equivocadas que se sustentan en las estériles invocaciones de unas falsas sombras. En este sentido, un mayor ahondamiento en las circunstancias vitales de la protagonista del libro, y un tratamiento con mayor profundidad de la vida, la obra y las últimas consecuencias vitales que la llevaron a su muerte, a buen seguro nos hubiesen dejado un mejor sabor de boca, pues lo único que se salva de esta obra vacía es el estilo narrativo de una Elvira Navarro segura de su potencial como escritora y estilista que, en este caso, sin embargo ha dejado de lado el esqueleto de su figura en manos de las vanas casualidades, muy al estilo de los tiempos que corren, donde ya nada importa, salvo las falsas imágenes que cada uno de nosotros nos hacemos de los demás a través de las redes sociales. 

Adelaida García Morales se merecía más, sin duda, de ahí el enfado de su último marido, Víctor Erice, al leer la nouvelle, cuando descubrió la desnudez de una mujer que en nada se parecía a aquella con la tuvo un hijo y compartió el rodaje de El sur, entre otras muchas peripecias vitales. Si bien, los problemas psicológicos de la protagonista eran ciertos, estaba en su derecho de reivindicar el aislamiento, la soledad…, y el silencio de sus últimos días a su manera. Un silencio, bien es verdad,  tatuado con las iniciales de la imposibilidad que reside en el falso encanto o la magia de la desconexión más terrible del mundo real: la de la propia muerte. 

Ángel Silvelo Gabriel. 

domingo, 16 de julio de 2017

CONCIERTO DE U2 EN EL SANTIAGO BERNABÉU, 1987: CUANDO BONO ACARICIÓ EL CIELO DE MADRID


 
El 17 de julio de 1987, Bono, el cantante del grupo irlandés U2, acarició el cielo de Madrid ante la atenta mirada de su compañero, The Edge, que no daba crédito a la escalada que Bono estaba haciendo por la estructura del escenario que se había montado sobre el césped del Santiago Bernabéu para tan esperada cita. Seguro que los limpios aires de la sierra madrileña que recorrió horas antes del concierto en bicicleta, le dieron las fuerzas suficientes y el arrojo necesario para iniciar una escalada tan mítica, como mítico fue el concierto del Santiago Bernabéu de ese día ante 80.000 personas que, literalmente, desde el minuto uno se comieron al grupo irlandés canción tras canción. Un lugar tan acostumbrado a grandes gestas deportivas, esa larga tarde noche del lejano, ahora, verano de 1987, también sirvió para encumbrar al grupo irlandés en lo más alto del imaginario colectivo de los asistentes que llenaron el estadio madrileño desde mucho tiempo antes del inicio del concierto. Pues no se nos debería olvidar esta frase de Bono que ejemplariza lo dicho: «éste es un lugar grande, pero U2 y vosotros somos mucho más grandes". 

Un espectáculo que estuvo sustentado en la poderosa voz de Bono y en las magistrales cuerdas de la guitarra de The Edge, un mago de la iconografía sonora para una generación de admiradores de la banda. El resto lo puso el público, con un empuje inigualable que llevó a U2 a tocar el cielo de Madrid (para ellos fue uno de los conciertos míticos de su carrera en ese momento), porque el tiempo, sí, de una forma caprichosa se había detenido en aquella tarde de julio, y que de una forma ya lejana también, como ahora recordé en un artículo en el año 2009 que fue publicado en el diario digital Qué.es y que de nuevo añado a esta efeméride en su treinta aniversario:

«Hasta las siete de la tarde no salía del trabajo y, distraía mi nerviosismo, acordándome de mi hermana Maite que hacía varias horas que estaba dentro del estadio. Yo había quedado con mi chica a las siete y media en el Bernabéu. A esa hora, el estadio estaba prácticamente abarrotado. El césped era un manto humano de piernas y cabezas. Las gradas sólo admitían invitados en el segundo y tercer anfiteatro. Mi chica y yo salimos a uno de los vomitorios del segundo anfiteatro y nos encontramos con UB 40 calentando motores con su reggae pegadizo y facilón, mientras los fans de las primeras filas eran bañados con generosos manguerazos de agua. Big Audio Dinamite ya eran historia, pero nosotros no les echamos en falta. Todavía era de día cuando The Pretenders con Chrissie Hynde a la cabeza salieron al escenario. Ella me recordó que el rock no era sólo cosa de hombres, y su voz ronca fue calentando motores con clásicos como Brass in pocket, 2000 miles o My baby. 

Pero todo era una excusa, porque las ciento diez mil personas allí congregadas, estábamos esperando el gran momento. Un momento que llegó entrada la noche entre gritos de: you too, you too. De repente, se paró la música y las escasas luces del escenario se apagaron. Las notas de Where the streets have no name, se impusieron al griterío histérico de los fans. El sueño por fin se había hecho realidad, y la infinidad de imágenes que recreaba en mi cabeza cada vez que escuchaba The Joshua Tree, se hicieron tangibles ante mis ojos. Aquella noche fue una noche de deseos consumados, donde todos intuimos que algo estaba pasando. Bono también fue consciente de ello, cuando preso de la emoción se preguntó: «¿por qué demonios no hemos tocado antes aquí? … realmente no lo sé». Pero eso no fue todo, porque rendido a la fuerza que todos desprendíamos al otro lado del escenario, se encaramó como un guerrero a lo más alto de una de las torretas del escenario mientras el resto de los componentes del grupo le miraban con cara de incredulidad y espanto, y The Edge le invitaba una y otra vez a bajar de ese ficticio cielo que aquella noche se convirtió en su olimpo. Fui testigo de un mágico encuentro entre almas deseosas de encontrarse. Para todos fue una noche mítica. También para U2, ya que Bono siempre recuerda este concierto como uno de los mejores de la historia del grupo.

Aquel verano de 1987, cuando todavía éramos jóvenes, para mí significó el inicio de una cierta independencia económica, el saltar de los conciertos gratuitos patrocinados por los ayuntamientos a los conciertos de los grupos extranjeros del momento en las pequeñas salas salpicadas por el centro de la ciudad. Pero ese concierto significaba algo más. No sólo eran los grupos, sino también el espacio y la convulsión en los medios y en la multitud de jóvenes que imitábamos a aquellos otros jóvenes europeos que disfrutaban de largos y alocados festivales veraniegos. (Crónica publicada en Qué.es con motivo de la gira 360º y su concierto en Barcelona el 30 de junio de 2009). 

Ángel Silvelo Gabriel

PICAPLEITOS SIN FUTURO.- MICRORRELATO DE ÁNGEL SILVELO


 
Los reflejos del verano todavía se abren paso en la calidez de tu cuello. Sin embargo, mi imaginación acude hasta el bar de este hotel, en el que un día me conformé con mirarte sin conocer todavía tu verdadera identidad. En ese momento, yo era un abogado que había colgado su título en la percha del despacho días atrás. Mi defensa, por tanto, era nula, porque no se basaba en los alegatos que tenía aprendidos de mis muchos años de profesión, sino en la cédula que, en forma de deuda amorosa, te  extendí aquel día entre efluvios color cereza. Ahora, sin embargo, vuelvo a mirarte, y pienso que ya no existe la posibilidad de establecer una nueva cláusula de arbitraje entre nosotros, por mucho que te esté mirando tumbada, y desnuda, en la misma cama, del mismo hotel, donde hicimos el amor por primera vez. Te miro una vez más, y lo hago aliado con la luz que se filtra por las cortinas de un color níveo que me recuerda demasiado a nuestro primer deseo, ese que nos visitó sin apenas darnos cuenta, y que nos llevó de viaje a lo largo del tiempo bajo la penumbra de la dicha del amor. ¡Ah, el amor!, ese motor que mueve el mundo y, al que ahora,, a pesar de todo, no soy capaz de dedicar una de esas odas que tanto me gustaba recitarte entonces y, que igual que el láudano, te embriagaban la mirada y ese último sentido con el que disfrutábamos el uno del otro. Recuerdos que, como hoteles perdidos, ya nunca seremos capaces de volver a encontrar. Sueños imposibles que me hacen pensar que un día fuimos felices, es cierto, pero que ahora sólo somos reos de nuestras propias desdichas. Tú, empeñada en ejercer de juez y parte en los alegatos de mis deseos, y yo, convertido en un picapleitos sin futuro.
Microrrelato de Ángel Silvelo Gabriel

jueves, 6 de julio de 2017

DIARIO DE UN SANFERMINERO.- MICRORRELATO DE ÁNGEL SILVELO


Uno de enero: pido un deseo. Dos de febrero: imploro a San Fermín. Tres de marzo: releo Fiesta, de Hemingway. Cuatro de abril: revivo la fiesta con los amigos de la peña. Cinco de mayo: renuevo el pañuelo rojo y la camisa blanca. Seis de junio: sueño con el txupinazo y me veo con el pañuelo rojo al cuello. Siete de julio: rezo al santo en el tramo de Santo Domingo y corro el encierro lleno de júbilo. Ocho de julio: todo se empieza a volver de color rojo. Nueve de julio: hacemos el concurso de Miss camiseta mojada en la plaza. Diez de julio: mis labios recogen un beso furtivo. Once de julio: no me acuerdo de lo que hice ayer. Doce de julio: misteriosamente seco. Trece de julio: agotado. Catorce de julio: triste y nervioso entono el pobre de mí. Quince de julio: corro el encierro de la villavesa. Uno de enero: pido un deseo…
Microrrelato de Ángel Silvelo

domingo, 2 de julio de 2017

ÁNGEL SILVELO ES DISTINGUIDO CON LA NOMINACIÓN ESPECIAL INSPIRADA EN SANSE DE LA XVI EDICIÓN DE LOS PREMIOS DE MICRORRELATOS DEL ENCIERRO DE SANSE 2017


Mientras “A un lado y otro de la talanquera” se alzó con el primer premio, “Susurra una tradición”, de Raquel González Hernández, de Sanse se llevó el segundo premio de 2017
S.S. Reyes. 2.7.2017.- Ya se conocen los trabajos premiados de la XIV edición de los premios del certamen de Microrrelatos del encierro 2017. El jurado estuvo presidido por Tatiana Jiménez , concejala de Economía y Hacienda, Desarrollo Local y Empleo y formaron parte de él como vocales: Manuel López Azorín, escritor y poeta y los siguientes representantes de la A.C. El Encierro: Manuel Durán, documentalista gráfico y presidente de la misma; Fernando Corella, humorista gráfico; Ainhoa Izquierdo, diplomada en Turismo Internacional y Pedromaría Rivera, músico y cohetero del encierro de Sanse, que hizo las funciones de Secretario. Después de deliberar sobre los relatos presentados acordaron, por unanimidad, conceder los siguientes premios previstos en las bases:
Primer Premio: 400 € y Trofeo, para el microrrelato titulado A un lado y otro de la talanquera de la vida, de Angel Novillo Sánchez de Pedro, de Villacañas (Toledo).
Segundo Premio: 100 € y Trofeo, para Susurra una tradición, de Raquel González Hernández, de San Sebastián de los Reyes (Madrid).
Nominación Especial inspirada en Sanse: 100 € y Trofeo, para Una mañana de agosto, de Ángel Silvelo Gabriel, de Madrid
Menciones Especiales: Aparte de los premios anteriores y a la vista del nivel de los trabajos presentados, el jurado concedió dos Menciones -sólo Trofeo-, a los microrrelatos titulados: Sueño número uno, de Josetxo Campión Ilundain, de Burlada (Navarra) y Un encierro limpio, de Gonzalo Terán Mazzanti, de El Casar (Guadalajara).
-Nominación Especial inspirada en Sanse:
Una mañana de agosto, de Ángel Silvelo Gabriel, de Madrid
Intento atravesar el espejo que todavía me separa de ti, como hice aquel verano en el que nos quedamos sin vacaciones por culpa de las asignaturas pendientes que nos habíamos dejado en nuestro primer curso de la universidad. Esta vez, sin embargo, todo es distinto, porque mientras ando por las calles de Leopoldo Gimeno, Real Vieja, Real o la Estafeta no tengo miedo a perderte. Te busco con decisión, entre los velos de nuestro pasado, e igual que una cometa que se desplaza a través del tiempo y va a tu encuentro. Suspendida del aire creo que todo lo que me rodea es la antítesis del mundo terrenal del que me he escapado. A pesar de todo, algo falla, porque antes de llegar a “La Tercera” oigo tu voz, pero la percibo igual de lejana que ahora nos queda aquel día de agosto de 1978, cuando me cogiste de la mano y me dijiste que me querías. Y como a ti te gustaba tanto el riesgo, lo hiciste en plena carrera del encierro, entre pañuelos rojos y camisas blancas que no entendían lo que allí estaba sucediendo. Y cuando terminó de pasar la manada te lanzaste sobre mí y me besaste como sólo lo hacen aquellos a los que les ha sido concedida la dicha del hallazgo de las grandes emociones dentro de las pequeñas cosas, pues nos quedamos parados igual que dos luciérnagas que sólo quieren depositarse en una pequeña parcela de la senda de los sueños. Y así, año tras año, en las fiestas del Cristo de los Remedios repetimos nuestro beso durante el encierro; una muestra de cariño que, con el transcurso del tiempo, se convirtió en uno de los clásicos de nuestra peña. Y, entre recuerdo y recuerdo, y mugido y mugido, todavía me cuesta despedirme de este lugar en el que tantas veces fui feliz a tu lado. Pero ahora, mi alma de mujer necesita reencontrarse contigo al otro lado del espejo, para de ese modo, rememorar el verdadero significado de la vida, ese que nos pilló por sorpresa una mañana de agosto de 1978, cuando el encierro era el mayor de los milagros a nuestro alcance.