Tiempo de comunicaciones rotas

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jueves, 16 de agosto de 2018

FLEUR JAEGGY, PROLETERKA: EL SUICIDIO DE LOS RECUERDOS



La desnudez de los sentimientos expresados de forma parca, árida y, sobre todo, poética y sobrecogedora. Proleterka, en este caso, es el nombre de un navío que surca los mares oscuros de los recuerdos y la vida; una vida donde la única frontera a salvar es la distancia que reina en el silencio de las emociones; emociones de personajes sin nombre, emociones extremas que surgen como un iceberg en un océano frío y desolador donde el único refugio es la palabra convertida en poesía. Escritura de paredes vacías exentas de libros, paredes blancas como símbolos de un alivio necesario para continuar en mitad de la tempestad…, en el suicidio de los recuerdos. Fleur Jaeggy de nuevo se aísla en su propia partitura y nos ofrece un nuevo tour de forcé de la vida hecha literatura con mayúsculas. Nada falta y nada sobra en la bella pulcritud de su escritura. Leer a Jaeggy es dedicarle nuestro tiempo al virtuosismo que se esconde detrás de cada palabra, una especie de contraseña que nos lleva a los territorios en los que no podemos pedir auxilio. Ella nos propone la zozobra y a nosotros no nos queda más que seguir escuchando las teclas de ese piano que no dejan de tocar y, con ellas, desembarcar en esas otras Venecias sumergidas bajo las aguas, donde lo único que tenemos que haces es dejarnos llevar por la belleza.



Proleterka nos narra la historia de un padre y una hija a través de los recuerdos; recuerdos de la vida sin palabras que les acoge, y la distancia que enmarca a esos silencios; unos silencios que son como el largo preludio de los recuerdos y más tarde la muerte. Hay muchos presagios en esta novela iniciática que navega sin pudo sobre la vida, los sentimientos, la familia o el sexo; y también muchos silencios que se coronan como la única verdad al alcance de unos personajes que sólo buscan pasar de perfil por todo aquello que no les gusta y, sobre todo, sin dar explicaciones. Los mundos interiores que recogen las vidas de Johannnes y su hija son la expresión de una desnudez existencial que se ancla una y otra vez en la imposibilidad de las palabras; palabras proscritas, porque son meras explicaciones de aquello que no se quiere vivir, de ahí que el silencio sea como un suicidio libremente elegido, donde lo único importante es uno mismo, por más que nuestra vida sea la intrahistoria de un naufragio. Proleterka = Proletaria, no es más que la antítesis de ese naufragio en manos de la narradora. Silencios, atardeceres, soledades, odios no expresados y sexo sin la más elemental ternura, se cruzan con la avidez del paso del tiempo en forma de recuerdos; recuerdos tardíos pero intensos donde proliferan el anonimato de unos personajes sin nombre salvo el de Johannes —el padre la de la protagonista—, Orsola —su abuela—. O la señorita Gerda. Reconstruir ese anonimato a través de las palabras es la misión de una protagonista que intenta entender aquello y, a aquellos, que para ella se quedaron sin nombre y que fueron arrasados por la desidia de los recuerdos familiares. Familia de suicidas como nos recuerda la protagonista si nombre de esta historia: «La nuestra es una familia de suicidas. De aspirantes al suicidio. Las raras veces en que hemos tenido ocasión de pasar algún tiempo, breve, entre parientes, el tema fundamental, el único tema por el que cada uno de nosotros mostraba un cierto interés, era el suicidio. Las tentativas fallidas. Ante lo demás, una indiferencia educada. A los familiares no les interesa hablar de otra cosa. El tema 'quitarse la vida' siempre ha sido más fuerte que los temas del dinero, las herencias, las enfermedades. Ni los funerales eran tenidos en cuenta. Incluso si ofrecían un pretexto para encontrarnos. Pocas veces nos perdíamos un funeral de familia. Generalmente se celebraban en lugares turísticos. En lugares amenos. Con un lago. En el banquete fúnebre no era infrecuente que alguien contara una de sus fallidas tentativas de suicidio. Algunos vivieron muchos años».



Proleterka es el crematorio de los recuerdos en el que sólo nos queda la posibilidad de introducir un clavo de acero que no sea destruido por el fuego, para así, poder rescatar una parte de la esencia del pasado, por mucho que sea un pasado donde la desnudez de los sentimientos nos aboque al suicidio de los recuerdos.



Ángel Silvelo Gabriel. 

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