Tiempo de comunicaciones rotas

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miércoles, 15 de abril de 2020

EL VERBO ODIADO, NADA QUE CELEBRAR: EL ÍMPETU DE LAS PRIMERAS VECES


Subidos a la grupa de la noche. Firmes en la oscuridad. Caballeros de una realidad sonora que buscan una y otra vez los destellos de una luz mágica. La que alumbra sentimientos como el amor, el desamor o el miedo. Y guitarras que suben y bajan tras los pasos de la verdad. Aquella que se esconde en cada uno de nuestros corazones. El Verbo Odiado en su segundo álbum, Nada que celebrar, despliegan una sinfonía de guitarras inmaculadas. Indescriptibles. Portentosas. Mágicas. Guitarras que llenan espacios inimaginables con sus resonancias. Ecos que se pierden en la memoria y perduran en ella y te obligan a escucharlas una y otra vez. En un bucle que nos sugiere infinidad de matices que tienen el valor de la firmeza que va de la mano de su forma de entender la música. Donde la fuerza y el ímpetu de las primeras veces son un photoshop de la esperanza como generadora de nuevas vidas, sensaciones y sentimientos. Sumergidos en una Atlántida desgarradora y perfectamente identificable, y con la compañía de una poderosa estética donde se reúnen unas letras arrebatadoras y profundamente poéticas.

Nada que celebrar contiene diez canciones que se agrupan muchas de ellas en unos magníficos medios tiempos en los que el grupo acierta a la hora de buscar su identidad sonora que, en ocasiones nos recuerda a la de grupos como Pasajero. Canciones como La Mancha, que crece hasta romper en una segunda parte más que alentadora: «Que no quiero verte asustada/ Que no va a pasarnos nunca más». O en una enigmática No tienes nada, en la que las guitarras sumergidas en la oscuridad resurgen sobre sus propios destellos. De luz. Energía. Fantasía: «Igual que tú me enciendes en mi oscuridad» Y una fusión de imágenes entre convulsa y perfecta. O en, Tu casa, con un potente discurso entre claroscuros. Notas álgidas impregnadas de sinergias tan esclarecedoras como una luna llena.

Territorios épicos por los que recorrer espacios únicos de la mano del grupo oscense. Espacios que tiene su momento álgido en la breve y potente canción, Nada que celebrar que, aparte de dar título al disco, reafirma todo lo dicho. Ésta es una canción con alma propia, brillante, y que conjuga ritmo y letra de una forma portentosa: «Fue verdad mejor hubiera un paraíso/ Fue verdad, sentiste tirar del hilo/ Y si algo te va a pasar/ Me pasará a mí contigo/ Y si no hay nada que celebrar/ Escóndete aquí conmigo». La música no tiene piedad con la mediocridad, y las guitarras de El Verbo Odiado en este tema y en el resto del álbum, suenan con una fuerza mágica y atronadora, pues son capaces de definir sentimientos, como el amor o el miedo, de una forma impactante y luminosa. Ecos con unas resonancias que agitan nuestros sueños.

El contrapunto de todas sus composiciones es esa nana musical titulada, Trucos de Memento, que afrontan de la mano del gran Ricardo Lezón, y que es una muestra más de la influencia que el de Getxo despliega sobre las capacidades sonoras del mundo indie patrio. Acordes y palabras que describen esa soledad con tintes de una nada que los de Huesca son capaces de convertir en una luciérnaga que luce por sí sola en mitad de la oscuridad: «Otro invierno sin dinero/ Con el que comprarme un abrigo nuevo/ Otro invierno más que pierdo la oportunidad de calentar el miedo». Miedos que nos alejan de la premisa que da título al último trabajo de El Verbo Odiado, pues aunque a veces todo esté en nuestra contra, siempre nos queda el ímpetu de las primeras veces. Un ímpetu lleno de esperanza.

Ángel Silvelo Gabriel. 

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