viernes, 22 de marzo de 2024

LA TUMBA DE KEATS DE JUAN CARLOS MESTRE EN EL CORRAL DE COMEDIAS DE ALCALÁ DE HENARES: DE CERVANTES A KEATS


 

Una de las ventajas que nos ofrece la literatura es la de viajar en el tiempo, e interiorizar historias que sucedieron hace cientos de años, y revivirlas bajo un punto de vista personal. Una mirada que, además de romper barreras, nos convierte en testigos de esos otros mundos que poetas y escritores desarrollaron en la frontera de los sueños. Anhelos contra sí mismos, y contra el mundo. Su mensaje se hace nuestro en el instante que leemos, oímos y sentimos sus textos. Obras que perduran por los siglos de los siglos… Esa percepción atemporal de la literatura, sin duda, se hace presente cuando caminas por las silenciosas calles de una ciudad, Alcalá de Henares dotada con la magia de los duendes. Una ciudad que ayer se encontraba ensimismada por la penumbra de la última luz de la tarde, en la que la literatura y el arte se asociaban a cada paso. Museos, residencias, facultades se ceñían a cada paso que dábamos sin más premisa que la del gozo que en ese momento experimentaban nuestra vista y nuestra memoria. Alcalá de Henares, ciudad cervantina que descansa en la epifanía de los tiempos. Y, Cervantes, omnipresente en ella desde su casa natal hasta la plaza que lleva su nombre. Espíritu universal que nos acompañó hasta el Corral de Comedias; un magnífico entorno en el que hacer presente a Keats y sus poemas a través de otro. De ahí, que nada más entrar en él, lo primero que pensé fue: de Cervantes a Keats. Como si fuera un amuleto, ayer tenía entre mis manos el poemario de Juan Carlos Mestre, La tumba de Keats, que daba nombre al recital al que asistimos. Tras esa imagen, se escondía mi humilde homenaje al poeta británico cuando le describían como aquel que siempre llevaba un libro en sus bolsillos. Pero más allá de mis pensamientos, Cervantes y Keats ayer iban unidos de la mano, enarbolando esa mítica bandera de las causas imposibles. Transparente. Inmaterial. Única, como los sueños. Bandera reconvertida en agua universal que el alcalaíno inmortalizó en Lepanto, y el inglés dejó esculpida en su lápida: «Aquí yace alguien cuyo nombre fue escrito en el agua». 

En un escenario de tonos oscuros y en penumbra, pues sólo era alumbrado por el tenue destello que desprendían unas luces que simulaban a unas velas, y con un telón de fondo de un cementerio lleno de tumbas, Juan Carlos Mestre se disfraza de un bardo capaz de atravesar las barreras del tiempo, para hacer de sus versos el delirio de sí mismo y de un poeta que murió joven, olvidado y desesperado. De ese grito mudo de dolor nace el canto utópico de la búsqueda de la verdad inherente a este poemario, donde Roma es el escenario, y la voz poética la pluma que la delata. Mestre, a doble voz, recorre el infinito del tiempo. La soledad de aquel que observa con asombro y quietud el desastre. Y, también, la dicha que se halla presente en la gran bóveda de la ensoñación de las causas perdidas. Ahí, Keats no es la causa, sino el símbolo a través del cual Juan Carlos Mestre explora la posibilidad de enunciar la voz del otro u otros, pero no de un otro u otros cualesquiera, sino de aquellos que no tienen voz en el mundo de los vivos, y, quizá, por eso, la voz poética instale a su imaginario en un metafórico silencio de los cementerios que no es tal, pues la lírica que impregna a cada poema se remueve con fuerza contra lo imposible, y lo hace en una suerte de utopía en la que los muertos recuperan la voz mediante las palabras del poeta. Poemas extensos, poemas preñados de figuras literarias —anáforas, sinestesias, etc.—, repeticiones rítmicas y sin ritmo, hallazgos que nunca imaginaste e imágenes que nunca soñaste, buscan la vanguardia como una propuesta que en sí misma no ha acabado. Mestre huye de la experiencia y sale a encontrar otro universo de la mano de la utopía. En este sentido, no es de extrañar que, el famoso epitafio de la tumba de John Keats se le quede corto, pues a él no le hace falta esa definición de la nada para subirse a la quilla de los oprimidos y guiarles por una Roma milenaria que sólo no existe para aquel que no quiere ver. El tiempo y el mundo contra el hombre adquieren aquí la majestuosidad de las grandezas y las miserias presentes en los seres humanos de una forma inteligente, pero también muy dañina. De esa confrontación, su autor nos invita a explorar —a través de su discurso— a aquellos que acompañan al poeta romántico en el cementerio de Campo Cestio en Roma: Shelley, Severn, Gramsci…, para unir sus voces y alegatos con la historia de una ciudad —eterna—, que ha asistido a múltiples y muy diferentes formas de gobierno y opresión, de las que Mestre, entre otros, elige al nazismo y al exterminio que éstos hicieron de los judíos. Holocausto que permanece presente en la ciudad en las placas soldadas al suelo con los nombres y fechas de nacimiento y muerte de aquellos que fueron deportados y nunca regresaron. 

La tumba de Keats, a la que Mestre proporciona una magnífica lectura dramatizada durante algo más de una hora —sin otra ayuda que la del músico Cuco Pérez— es un canto heroico de aliento intenso y de expresiones que surgen de la penumbra asociada a la memoria del hombre y sus fracasos. De la condena que nos persigue y que, en este caso, busca algo de luz a través de la poesía. 

«Esto sucede ante la hora izquierda en que mi vida,

violenta juventud contra el poder de un príncipe,

llama jauría a la verdad y belleza a los puentes

derrumbados.

Llama flor del frío a la tumba de los náufragos,

astrolabio muerto a la nieve de los locos.

Hornea un talco negro el hambre de la muerte,

la edad de los sentidos, el obstinado aliento

de la cansada luz de octubre en el baúl de abejas.

Brota sobre esta duna blanca la vehemente hierba de las

islas,

la implacable hormiga en el blando bulbo de la boca

helada.

Con guantes de forense sale la noche verde de su

estuche

y la tempestad retumba por el otoño roto de las ánforas.

Tiene aquí mi corazón la edad del mundo,

el pez de piedra bajo el que los recién nacidos duermen.

Sufre el impaciente un reloj de sol bajo los párpados,

la aguja inmóvil como retina fría de los caballos muertos.

Mi vida es el temblor del consternado y el indigente

ciego,

la constelación del triste en un festín de víctimas.»

Fragmento del poema La tumba de Keats. 

Ángel Silvelo Gabriel.

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