jueves, 5 de febrero de 2026

JESÚS MARCHAMALO, TRES AMIGAS: LA IMPORTANCIA DE LOS DETALLES


 

¿Cómo podríamos abordar toda una vida en unas pocas líneas? Aquellas que no describen un obituario al uso, sino una biografía. Quizá, de ahí, es de donde surge la importancia de los detalles. Detalles como esencia y capacidad para elegir lo que se nos quedará grabado en el corazón. Jesús Marchamalo es muy consciente de ello y, en esta ocasión, acepta el reto como lo haría un trapecista al abordar un triple salto mortal. Si ya estábamos acostumbrados a su audacia e inteligencia cuando nos ha ido presentando los anteriores Marchamalines, como denomina Luis Landero a estos libritos repletos de buena literatura —Tres amigas hace el número diez—, ahora su pericia se multiplica por tres cuando nos muestra los rasgos más humanos y llamativos de tres vidas, las de Carmen Laforet, Ana María Matute y Carmen Martín Gaite, en una sucesión de datos y anécdotas que te atrapan desde el inicio, porque una vez más, Marchamalo hace presente, de una manera más que sobresaliente, su dominio de los tiempos, los adjetivos y el ritmo narrativo cuando nos deja sin apenas aliento al final de cada perfil biográfico que aborda. Hay un gran existencialista en el periodista y escritor Jesús Marchamalo, un Camus de corta longitud narrativa, pero de gran intensidad y mesura. En este sentido, Luis Landero en la presentación del martes 3 de febrero en Madrid, ya hizo referencia a la importancia de los detalles que son, en definitiva, los que desnudan y adornan al biografiado. Una referencia a lo íntimo e intransferible que, en cada una de las publicaciones de la colección que tan bien edita Nórdica, nos lleva a desear que el escritor madrileño resuma nuestras vidas en unas pocas líneas, a poder ser, antes de nuestro obituario. 

Mención aparte merecen los grabados de Antonio Santos, esta vez creados tras leer el texto de Marchamalo, cuando lo normal es que no lo haga así. Sus retratos de la madrasta de Laforet o los de Matute o Gaite son de una fuerza expresiva notable, así como, en los que ha abordado ese mundo de los detalles que nos apunta Jesús, y que Antonio ha dibujado con su marcada singularidad y destreza: los zapatos de la hija de Gaite, el ataúd de la madre de Laforet o la niña Matute jugando en la cama con muñecas y trenes de madera, son sólo tres ejemplos de ello. 

Tres amigas, de alguna forma, es el retrato de una huida, o mejor dicho de tres, pues ese sería el nexo de unión de las dos Cármenes y Ana María. Huida de unas madres controladoras, y de todo aquello que las llevó a la literatura como tabla de salvación. Tres mujeres que reivindicaron la sencillez, la pulcritud y el deseo de abandonar el espejo público como mejor forma de asentar su espacio creativo. Las tres deambularon entre premios, ausencias, pérdidas y olvidos. Un nomadismo intelectual y existencial recubierto de la pátina de las hojas en blanco que rellenaron con palabras escritas a mano, dibujos y deseos en cuadernos que hoy son los testigos de esa singladura que nos marca la necesidad de reencontrarnos. Sin prisas. A solas. En silencio. Testamentos literarios a los que podríamos anexar una palabra clave. Y, así, en Carmen Laforet sería, Nada. En Ana María Matute, Invención. Y en Carmen Martín Gaite, No. Palabras que surgen de este magnífico librito y que su autor cierra desde el impulso de la emotividad en cada una de las semblanzas de Tres amigas. Una concisión que, una vez más, hace alarde de la importancia de los detalles. 

Ángel Silvelo Gabriel.

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