Los días pasan y los recuerdos se acumulan. Al principio lo hacen de una forma clara y concisa. Y, más tarde, se difuminan en el legajo de nuestra memoria. Imágenes. Sensaciones. Experiencias. Todo se ensalza con la soledad y la falta del eco de las palabras. Del otro. De los otros. De todos aquellos que han formado parte de nuestras vidas. Entonces es cuando nos acoge el silencio. El silencio que precede a la muerte. Y es, en ese fluir de la memoria, en el que transcurre esta potente y poética visión del tramo final de la vida que es La lluvia amarilla, magnífica metáfora del paso del tiempo y las consecuencias del olvido. Andrés, el protagonista de este profundo y lírico monólogo lucha contra la soledad impuesta por el destino o, acaso, por sí mismo, cuando se negó a abandonar las tierras que le vieron nacer. Él representa, como nadie, las raíces de la vida que se resisten a ser arrancadas de donde fueron plantadas y a esa íntima necesidad de todo hombre de pertenecer a un lugar al que poder regresar. De ahí que, a lo largo de este exilio onírico y vital, Julio Llamazares explore la dignidad del ser humano y la lucha que libramos contra nosotros mismos a la hora de afrontar la negación a la que nos lleva el olvido: el propio. Perdido entre paredes caídas, tejados derruidos, lluvias amarillas, nieves níveas y perpetuas asistimos a la destrucción de un pueblo del Pirineo aragonés abandonado poco a poco por sus habitantes, Ainielle, y que en esta novela representa la destrucción del mundo y la vida que éste ha engendrado. Como dice Eric Fromm en El arte de amar: «Quien salva una sola vida, es como si hubiese salvado a todo el mundo, quien destruye una sola vida, es como si hubiese destruido a todo el mundo.» Y esa es la gran aventura que nos propone el escritor leonés en esta novela de ausencias. Del olvido de unos pueblos y sus gentes que gracias a él nunca morirán del todo. Ahí es donde el poder de la evocación, de la memoria, los recuerdos, la vida…, se ensalza como un ave fénix que, desde sus cenizas, nos conquista el corazón y, a su vez, nos produce la desazón y la incomodidad que viene asociada a los finales. Novela dura, a veces sórdida, por los límites que explora, tanto físicos como psíquicos, es ante todo un ejemplo de la experiencia cíclica que hay en la vida y el desarraigo que esta conlleva cuando no nos queda nada a lo que asirnos, ni tan siquiera a un rayo de esperanza.
La lluvia amarilla es una historia intensa y poética. Lírica, hasta el extremo, de la nula posibilidad de reconciliación con el ser humano. De esa luz que ya no alumbra. De ese molino que ya no se mueve. O de esa memoria de la nieve que nos ha abandonado. Llamares se vuelve a reivindicar en ella no como un narrador de historias o fábulas, sino como un filibustero del arte de la evocación de ecos, costumbres e imágenes que sólo existen en la mente de los poetas. Inigualables y exquisitas imágenes y comparaciones son las que construye en esta, La lluvia amarilla, para el deleite y disfrute de aquellos lectores que buscan algo más que un mero entretenimiento. Original, locuaz y único, nos retrata la destrucción de un mundo y sus vidas con la mano firme del que transita por el camino de la verdad que busca el auxilio del fluir de la memoria.
Ángel Silvelo Gabriel.

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