jueves, 12 de febrero de 2026

VÍCTOR COLDEN, LA CINTA VERDE: LA NECESIDAD DE AMAR Y SER AMADO

 


Hay rastros que nunca se pierden. Son caminos, en principio, anchos y paseables, que sin embargo más tarde se convierten en sendas o incluso tortuosos senderos que nos llevan hasta ese abismo que son los recuerdos. Si a ese rastro lo interpela, una y otra vez el amor, obtendremos como resultado un incierto itinerario plagado de pulsiones, deseos, aciertos y errores que a medida que pasa el tiempo buscan cobijo en nuestro interior esperando que en alguna ocasión los saquemos de nuevo a la luz. De esas sinergias se nutre Víctor Colden a la hora de retratar a los personajes de los relatos que conforman La cinta verde, cuyo espacio común es el amor, pero su condena es la necesidad de amar y ser amado. Un juego coral que nos persigue allá donde nos hallemos por mucho que queramos huir de nuestro pasado, porque las historias que se nos relatan en este libro versan sobre amores que nunca llegaron a ser lo que soñamos que fuesen. Frustraciones que devinieron en soledades gobernadas por la traición de los sentimientos, la desfachatez que representa la cotidianeidad, o la maldición del destino. Sin embargo y, a pesar de todas las contrariedades que en sí mismo atesora el amor, qué es el amor sino el motor que mueve el mundo. Esa, quizá, haya sido la fuerza última que ha impulsado al autor a revelarnos siete historias distintas entre sí, pero con el denominador común del amor y, sobre todo, el estilo narrativo, porque el escritor madrileño ha cuidado y mucho lo que tanto se descuida en la actualidad: el estilo a la hora de escribir. Según Rodrigo Fresán: «El único recurso que le queda a la literatura en una época completamente digital es el estilo. Creo que abundan los escritores que simplemente cuentan, pero no escriben». Y es en esa andadura, determinando y explorando la singularidad del estilo, donde Colden acierta de pleno. Una característica que se pone de manifiesto en el relato, Queda el río, que abre esta colección y aborda con gran acierto el ritmo narrativo a base de repeticiones, metáforas y comparaciones que dotan a esta historia de una sonoridad única, por lo bien implementadas que están en un texto que explora el amor a través del paso del tiempo y su comparación con lo efímera que es nuestra existencia: «El agua pasa, el río queda». Una riqueza léxica que de nuevo se pone de manifiesto en Camanances o Húsavík donde asistimos a la importancia que tiene crear un buen personaje y dotarle, en un corto espacio narrativo, de un amplio espectro vital que va desde el amor al desamor, o desde las dudas al cambio. 

La cinta verde también es un buen ejemplo de ese desencadenante de toda opresión que es la liberación, como le ocurre al protagonista de Año nuevo, un ejercicio literario de contención que acaba con un magnífico final con pompa literaria, por lo que tiene de sorprendente y efectivo a la hora de generar unas gotitas de esperanza, un bien muy escaso en el mundo que mal vivimos. Un relato que es una magnífica cuerda de transmisión hasta llegar a Año nuevo, una historia que nos recuerda a Carson MacCullers y su magnífico debut literario con El corazón es un cazador solitario. Aquí, la narración se construye a modo de puzle con pequeñas imágenes y secuencias que nos van mostrando su resultado final: poderoso y envolvente, pues consigue sumergirnos en ese mundo rico de percepciones y sensaciones plenos de una luz que genera una atmósfera que te atrapa poco a poco. En este sentido, Víctor Colden es un gran creador de atmósferas que recubren los micro mundos de unos personajes que te hacen sentir y pensar, tal y como se refleja en la historia final que lleva por título La cinta verde que, aparte de darle nombre a la publicación, resume a la perfección la necesidad de amar y ser amado.

Ángel Silvelo Gabriel.

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