Tiempo de comunicaciones rotas

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martes, 29 de marzo de 2011

HOMENAJE A ELIZABETH TAYLOR, GIGANTE: UNA DIVA CON OJOS DE GATA COLOR VIOLETA


Detrás del color violeta de sus ojos, se escondía una mujer cargada de una feminidad exhuberante y un temperamento explosivo, que le sirvieron para erigirse en una estrella del cine en la época dorada de los cincuenta, donde Hollywood era una fantástica fábrica de sueños. Pero su impronta de diva también le llevó a acaparar portadas en las revistas y diarios de la época por sus hazañas más allá de los platos de cine, sobre todo, cuando su vida se cruzó con la de Richard Burton, una encuentro que entre otras muchas consideraciones dejó para la posteridad esa gran obra maestra que fue y es ¿Quién teme a Virginia Woolf? interpretación por la que recibió un Oscar, y en la que ella como nadie, supo dar vida a la mujer que concibió el dramaturgo Edward Albee en su obra de teatro homónina.


Más allá de su pasión por las joyas o sus escándalos amorosos, siempre nos quedará el poder de su mirada, entre enigmática y ardiente, como su magistral interpretación el La Gata Sobre el Tejado de Zinz Caliente, de Tennessee Williams, como ejemplo de plena eclosión sexual en el caluroso sur norteamericano muy proclive a tórridas pasiones, que más tarde convirtió en grandes dosis de divismo actoral en la superproducción Cleopatra, un papel que sin duda le venía como anillo al dedo, por encontrarse ella misma en el olimpo de su carrera y de su electrizante magnetismo a la hora de convocar a los espectadores a las salas de cine.


Liz Taylor comenzó a forjar su leyenda, entre otras películas con Gigante (1956), quizá su primer gran film si exceptuamos Un lugar en el sol (1951) con Montgomery Clift o Ivanhoe (1952) con Robert Taylor y Joan Fontaine, pero es con Gigante junto a James Dean y Rock Hudson donde la luz de la estrella de Liz Taylor comienza a brillar con más fuerza y la instala en la cumbre de Hollywood.


Gigante es una película del tipo historia-saga, donde se repasa la vida de la tercera generación de Los Benedict, con la intención de mostrarnos lo duro que es el paso del tiempo y cómo nos va cambiando la vida en su transcurso. El film bascula entorno a Liz Taylor y Rock Hudson, desde que se conocen hasta casi el final de sus días, y su particular historia de amor, se convierte en la epopeya del pueblo norteamericano que va desde la tradición más anclada en el pasado en forma de ganadería en el semidesierto de Texas, hasta el progreso más devastador y falto de escrúpulos en forma de pozos de petróleo, un oro negro que no dejará indiferente a nadie y que cambiará la vida de todos los protagonistas.


De un modo caprichoso, Gigante nos sirve de ejemplo paralelo a algunos de los acontecimientos vitales en la biografía de Liz Taylor, porque ella en su papel de Leslie Benedict, jovencita originaria del Norte, intentará introducir nuevas costumbres y puntos de vista diferentes en las formas de pensar tan oscuramente tradicionales del pueblo sureño. Y es en esta interpretación, donde la gata de los ojos color violeta se convierte en la fiel defensora de los más desfavorecidos, que en la película son los mejicanos (sumidos en una profunda discriminación en la época), y que son el fiel reflejo de las posiciones que años más tarde convertirán a la actriz en una gran defensora de las causas humanitarias, sobre todo del sida.


Su director George Stevens recibio el Oscar al mejor director por esta película, y una vez vista la cinta, no cabe duda del acierto en sus dotes de dirección, como por ejemplo, en las escenas finales de la fiesta de la coronación de Jett Rink (James Dean) donde se retrata de una forma brillante el ocaso del éxito, y donde queda claro que el dinero en forma de negro petróleo no lo es todo en la vida, sobre todo, cuando no eres capaz de ser feliz o fabricarte una vida en la que exista esa posibilidad. El personaje que interpreta James Dean se encuentra atrapado por el amor imposible de Liz Taylor, y el reflejo que busca en una de sus hijas, no es suficiente para sacarle de la sima de la desdicha.


Si en el eje de actores principales de Gigante, James Dean es la parte oscura, Rock Hudson representa la parte tradicional con buen corazón, no exenta de una tozudez que con el paso del tiempo se funde para dar paso a una nueva forma de ver las cosas. Ese cambio es el que el personaje de Liz Taylor (Leslie) es capaz de introducir en la vida de su marido, que al final del film se comporta como el mayor adalid en la defensa de los derechos de los mexicanos. Pero entre tanto hombre cargado de razones inmutables se erige Leslie, como la heroína de los sentimientos humanos más universales.


En defintiva, más allá de Gigante o de sus papeles en el cine, recordaremos a la gran Elizabeth Taylor como esa belleza morena que Warhol pintó sobre fondos rojos o verdes en contraposición a otra diva (Marilyn Monroe) y por sus ojos de gata color violeta.


Reseña de Ángel Silvelo Gabriel

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