Tiempo de comunicaciones rotas

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domingo, 8 de abril de 2012

ONE DAY (SIEMPRE EL MISMO DÍA): EL MIEDO A AMAR.

Acercarse al verbo amar parece estar proscrito tanto para críticos como espectadores. Amar, dejarse llevar y por fin ser felices, parece ser un itinerario por todos deseado en nuestro mudo interior, pero al que por miedo o por vergüenza rodeamos de un malditismo oscuro, casi gótico. Por tanto, nadie es merecedor de esa entelequia, pero cuando alguien consigue atravesar ese peligroso y destructivo campo de minas, en vez de reconocimiento, sólo es pasto de la desconfianza de quienes les rodean, porque en el fondo, todos se preguntan por qué ellos sí y nosotros no. En el interior de cada historia sea ésta de amor o no, debe existir una fuerza innata que nos haga levantarnos con ilusión cada día para afrontar nuestras vidas con algo de esperanza. Quizá, esa falta de esperanza y sobre todo de alma en nuestro quehacer diario es la culpable que nuestra vidas se rutinicen y pasen a ser pasto del ese bien común llamado desesperanza; un sentimiento que cada día que pasa se vuelve más hostil y tiñe toda nuestra existencia de ese tono amargo de desemboca en la desesperación.

Ese miedo a conjugar el engranaje del mundo desde el inicio de los tiempos, es lo que nos plantea esta película adaptada al cine por David Nicholls, autor de la novela homónima (quizá ese sea uno de los errores del film) y que la directora danesa Lone Scherfieg ha llevado al cine. Vista la película y leídas algunas críticas que sólo inciden en la fallida versión cinematográfica, tras ellas no es difícil advertir ese miedo a amar que podíamos tildar como universal. Hay algo en el ser humano que le impide vencer el acantilado de su desesperación y perderse en los tortuosos vericuetos del amor, tal y como les sucede a Emma (Anne Hathaway) y Dexter (Jim Sturgess). Ellos, como nosotros, están condenados a amarse, pero se resisten a admitirlo y Lone Scherfieg nos muestra su continuo tira y afloja de una forma pausada y con un ritmo que sólo las mujeres atesoran. Esta historia de drama y amor se nos presenta a través de los quince de julio de veinte años (de 1988 a 2008); y ese seguramente sea uno de los mayores aciertos de esta película, porque la rueda del tiempo se muestra implacable con sus protagonistas, que víctimas de sí mismos, avanzan y retroceden en el péndulo de sus vidas que como diapasones que emiten ondas contrapuestas no llegan a encontrarse nunca.

Si a alguien no le había quedado claro que el paso del tiempo siempre es autoritario y demoledor, sólo hace falta que vea cómo se escapa la vida de los protagonistas de esta película año tras año, quince de julio tras quince de julio, para comprobar que las segundas, terceras y cuartas oportunidades también tienen su fin. Porque sin duda, lo mejor de la película es su final, donde de nuevo la historia regresa a su inicio y nos muestra aquello que todavía no habíamos visto (aunque quizá hayamos intuido). Un final al que le acompaña una magnífica canción de Rachel Portman que junto a la declaración de Emma: “no quiero tu teléfono, ni cartas, ni postales. No quiero casarme contigo. Definitivamente no quiero tener tus hijos. Pase lo que pase, tuvimos hoy. Y si en el futuro llegamos a cruzarnos, eso también está bien. Seremos amigos”, nos ayuda a encontrar las claves para vencer el miedo a amar.

Reseña de Ángel Silvelo Gabriel.

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