Tiempo de comunicaciones rotas

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lunes, 14 de mayo de 2012

ADIÓS A LA REINA: LOS OJOS Y EL CORAZÓN DE SU LECTORA

Quizá no haya otro personaje histórico que suscite una mayor animadversión que María Antonieta (si exceptuamos a la última Zarina rusa), de ahí, que si ya no eran suficientes los atributos negativos del personaje, en este caso Benoit Jacquot (basándose en la novela de Chantal Thomas) añade uno más a larga lista previa que acechan al personaje, y echa más leña al fuego al mostrarnos el egoísmo amoroso de la Reina por la bella Gabrielle (la Duquesa de Polignac), lo que la aleja aún más de la realidad de un pueblo que se estaba muriendo de hambre. El contrapunto a esta nueva historia que gira en torno al último capricho regio, lo encontramos en la inocente Sidonie Laborde, lectora de la Reina, que tanto sus ojos como su corazón, le sirven a Benoit para mostrarnos la trastienda de un Versalles fútil, enrocado en sí mismo y al margen de lo que ocurría en el resto del país. En esos elementos ajenos a la Revolución se centra este relato que va desde la mañana del catorce de julio de mil setecientos ochenta y nueve al diecinueve del mismo mes y año, y en ese transcurso temporal asistimos a la caída del Antiguo Régimen, despreocupado por el futuro desenlace de los acontecimientos y fijando su máximo delirio en un sálvese quien pueda generalizado. La falta de valor e ideas contrasta con la intensidad amorosa y personal de una Reina que no sólo asiste al derrumbamiento de un imperio sino también de su último gran capricho amoroso (Gabrielle de Polignac). La sensualidad desbordante en las miradas de Diane Kruger, en sus manos y en la forma de posar sus palabras sobre su amada o al inicio de la película sobre su lectora, son lo mejor de un film que adolece de intensidad y de convicción a la hora de transmitirnos los graves acontecimientos que dan origen al inicio de la Historia Moderna. Y así, los magníficos decorados de Versalles y los excelsos vestuarios de los actores, contrastan con la falta de trascendencia de una historia que se queda sin la necesaria y justa excusa argumental de aquello que se nos relata, si obviamos el giro inesperado del final, en el que quizá cobre sentido toda la historia.

Lèa Seydoux es sin duda ese otro brazo de la balanza donde se sustenta el interés de la película, que retrata magníficamente lo que era y lo que significaba el status regio existente hasta entonces, y como ejemplo de lo expuesto, baste observar la forma de acercarse y alejarse de Seydoux de la Reina, que aún profundiza más en una especie de pozo de los sentimientos cuando confiesa que ella no es nadie. Su mirada, sus labios, su piel a la vez blanca y virginal, que contrasta con sus ojos, inquietos y nerviosos que buscan el porqué de lo que ven, son quizá el mejor ejemplo de la distancia que separa lo viejo y lo nuevo, lo perdido y lo que está por surgir, en el transcurso de unos días que cambiaron el desarrollo de la Historia de la Humanidad, y que Benoit deja en manos de los ojos y el corazón puro de la lectora de la Reina.

Reseña de Ángel Silvelo Gabriel.

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