Tiempo de comunicaciones rotas

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miércoles, 23 de mayo de 2012

F. SCOTT FITZGERALD, HISTORIAS DE PAT HOBBY: UNA VISIÓN IRÓNICA DE LA DERROTA

Cuando los últimos rayos de sol desaparecen por el horizonte dorado de Hollywood, Pat Hobby por fin encuentra una cama vacía en los solitarios decorados del estudio cinematográfico para el que trabaja por 250 ó 350 $ a la semana. Esta metáfora tan irónica de la derrota, es sólo una muestra más de la tragedia salpicada con grandes gotas de sarcasmo que se esconde tras las líneas de estos diecisiete relatos breves, que F. Scott Fitzgerald escribió casi al final de su vida, si exceptuamos su gran novela inconclusa El último magnate. Aquí, el álter ego del escritor, aparece desprovisto del glamour que le acompañaba en los años veinte, y que como una maleta olvidada en el trastero, permanece varado delante de sí mismo y del paso del tiempo, con la única misión de seguir acumulando polvo. En el fondo, este conjunto de historias no son sino la triste mueca del resultado final de una época de diversión prolongada, que como pasa siempre, acabó como un mal sueño. La realidad una vez más, se muestra obstinada a la hora de administrar justicia con todos aquellos que malgastaron su talento hasta no dejar ni rastro de él. Con todo, estas Historias de Pat Hobby tienen el aliciente de encontrar una estructura bien formada; la construcción de unos personajes en unas pocas líneas o pinceladas, y sobre todo, porque nos muestran la cara oculta de la gran fábrica de sueños, que en esta ocasión, va mucho más allá de la industria cinematográfica para situar su punto de mira sobre aquellos que de verdad componen las historias que algún día nos harán llorar o reír. Ahí es donde Fitzgerald da un estoconazo en todo lo alto, porque esa fina ironía convenientemente administrada con un poco de buen humor, nos entra hasta lo más profundo de las entrañas sin apenas darnos cuenta. Esa labor de cirujano que se asesina a sí mismo, Fitzgerald la ejecuta sin compasión, y no le importa retratarse en un decorado desprovisto de candilejas para llevarnos de la mano por el día a día de un fracasado, porque en el fondo, Fitzgerald parece decirnos bien a las claras en estos relatos, que no hay mayor fracaso para un escritor que convertirse en un guionista de cine a sueldo, cuya misión ya no es crear historias sino revisarlas y acotarlas con diálogos que enganchen.

En ese escenario por el que sólo pasean los olvidados, es por donde Pat Hobby recorre los estudios cinematográficos buscándose la vida, ora pidiendo trabajo al productor Jack Berners, ora dándole un sablazo al corredor de apuestas Louie, sin olvidar el pasarse por la peluquería o detenerse ante el limpiabotas por si cae algo. Rasgos que de una u otra forma, retratan el carácter y el rechazo en el que se ve inmerso el protagonista, que aunque ha perdido agudeza a la hora de crear historias, todavía tiene un pronunciado sentido de buscavidas, del que el destino en el último minuto, siempre acaba apiadándose. La idea de Fitzgerald de que a los cuarenta y nueve años ya se le ha escapado la vida, hoy en día nos puede resultar cuando menos grotesca, pero quizá no lo sea tanto si recordamos que él fue un joven alto y guapo, que alcanzó el éxito desde el principio. Ese reflejo mal digerido de quien consigue aquello que anhela tan pronto y de una forma tan arrolladora, le pesó al escritor durante toda su vida, pero visto el resultado final, parece que no hizo lo suficiente para impedirlo.

Aunque la verdadera visión irónica de la derrota a la que asistimos, es la pérdida del talento de este gran escritor; pues lo dejó huir en pequeñas batallas en forma de relatos con los que se ganaba la vida. Si su empeño hubiese sido mayor a la hora de enfrentarse con la escritura de verdad, de su mente hubiesen salido muchas y grandes novelas como El último magnate, donde recrea su fascinación por el mundo del cine y en la que se encontraba trabajando cuando le sorprendió la muerte.

Reseña de Ángel Silvelo Gabriel.

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