Tiempo de comunicaciones rotas

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miércoles, 20 de marzo de 2013

CARLOS CASTÁN, POLVO EN EL NEÓN: LAS HUELLAS VISIBLES DE UNA HUIDA

Huir sin dejar rastro para perderse en las encrucijadas del pasado; salir de casa para no volver a entrar y renunciar a una vida tan apacible como monótona; o conducir sobre el asfalto hasta que el cuerpo aguante con la sola intención de abandonar el ring de tu vida, son sólo tres de las opciones al alcance de la mano de Quinn, el protagonista de esta historia donde las huellas invisibles de una huida son sólo eso, invisibles en la mente de quien las ejecuta, porque su rastro es más fácil de encontrar de lo que él piensa, pues es el rastro de cada uno de nosotros. La huida como elemento purificador es un concepto bastante tratado en la historia de la literatura. Charlotte Brönte ya lo hizo en su novela Jane Eyre a través de Bertha, el personaje que representa la figura de “la loca del ático”, o Kate Chopin en su obra “Al despertar”, cuya protagonista Edna se refugia en las aguas del mar como símbolo de pureza; y más recientemente, nos encontramos con otros grandes ejemplos, como son: John Updike y su saga “Corre conejo”, o Paul Auster en su obra “La música del camaleón”, todas ellas, manifestaciones del socorrido elemento de la huida como escape de un mundo que no nos gusta, pero que en el fondo sólo es una huida de nosotros mismos. Encajar nuestra pieza en el gigantesco puzzle que es el mundo no es tarea fácil, y el gran dilema no se nos plantea cuando no sabemos a dónde ir, sino cuando no sabemos lo que queremos. Al contrario de lo que muchos piensan, la capacidad de elección no es siempre la mejor opción, pues en no pocas ocasiones, no somos capaces de encontrar la puerta adecuada para salir a vivir nuestra propia vida, ya sea ésta la imaginada, o tan siquiera la menos mala, y es en ese momento, donde lo dejamos todo en manos del azar o de ese destino que nunca llega a colmar del todo nuestras aspiraciones o anhelos. Entonces, ¿qué hay de nuevo en esta novela? El acierto de Carlos Castán, en este juego de señales equivocadas, está en su prosa ágil, limpia y perversamente poética, que emplea para narrar esta aventura de apenas setenta páginas, pero que son más que suficientes para retratarnos este terreno fronterizo, muy deudor en lo estético del París Texas de Wim Wenders, donde se dan la mano la búsqueda de la felicidad y la desesperación.

Polvo en el Neón es una perfecta manifestación narrativa y estética de un universo cuyo corolario es la búsqueda de la felicidad; esa maldita compañera de viaje que raras veces se deja seducir y que nos atraviesa el corazón con la daga del desamor o simplemente el desarraigo; una herida que nos sitúa en la soledad del perdedor y del inadaptado. En este caso, Quinn es el herido que rezuma soledad por los cuatro costados de su ser, y que en su huida, repasa uno a uno los capítulos capitales de su existencia; anodina y sin sentido muchas veces, pero a la que él intenta sacar el brillo de sus mejores momentos. Esta sensación de pérdida también está muy presente en la obra de Raymond Carver, pero a diferencia de aquel, Carlos Castán no la deja en pura indeterminación, sino que da a sus protagonistas la posibilidad de respuesta y de equivocación al mismo tiempo. Porque los personajes de Polvo en el neón se encuentran atrapados en esa indefinición del individuo que, como neones que se encienden y apagan sin cesar emitiendo mensajes artificiales, precisan que alguien los desconecte de la red eléctrica, para a partir de ahí, comenzar de nuevo. Esa posibilidad de reiniciarse es la que buscan denodadamente los personajes de esta nouvelle teñida de resonancias míticas del medio oeste, un territorio que se comporta como la frontera natural entre lo imaginario y lo real, y que a modo de tela asfáltica infinita, recorre todos los kilómetros y estados posibles de los sentimientos del ser humano. No cabe duda de la deuda que una parte de la cultura occidental tiene con la iconografía norteamericana y sus símbolos de atracción y repulsión que, condenan a nuestras vidas, y que en Polvo en el neón no sólo están presentes en el estilo narrativo de Carlos Castán, sino también en el excelente trabajo fotográfico de Dominique Leyva, que a modo de banda sonora visual se comporta como una cortinilla de la historia escrita que le sirve de compañía a nuestra imaginación que no de descripción de la obra que estamos leyendo. Un acierto al que de nuevo se suma Tropo editores de la mano de Óscar Sipán, dándole un valor intrínseco al concepto del libro tradicional en papel, y a esa necesidad de seguir publicando novelas en un soporte distinto al digital, pues del mismo modo que no entenderíamos una comida sin aroma, a la hora de leer somos muchos los que no entendemos un libro sin esa necesidad de pasar las páginas y ese perfume de hojas tintadas que desprenden estás al leerlas.

Reseña de Ángel Silvelo Gabriel.

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