Tiempo de comunicaciones rotas

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sábado, 23 de agosto de 2014

LA REVISTA DIGITAL DE EDUCACIÓN Y CULTURA EL PortalVoz PUBLICA MI ARTÍCULO SOBRE PESSOA.- PESSOA Y LISBOA, LISBOA Y PESSOA: LA INTRAHISTORIA DE UN DESASOSIEGO MUY LITERARIO

 
Hace unos días, Vivian Murcia González, periodista de la Asociación de Televisiones Educativas y Culturales Iberoamericanas (ATEI) con sede en Madrid (España), y que forma parte de un proyecto de la Agencia de Cooperación Española y el Ministerio de Educación y Cultura del Gobierno de España, me escribió interesándose en la publicación del artículo que sobre Pessoa y Lisboa preparé para la ponencia que, con ese mismo título, expuse en la I Jornada Literaria de Carboneras 2014. Un artículo que junto, al de John Keats y Roma y la introducción de ambos que titulé como La necesidad del héroe en la literatura, también ha suscitado el interés de mi editora Noemí Trujillo, y más adelante verá la luz en la editorial Playa de Ákaba en formato digital.
 
Muchas veces piensas que el esfuerzo nunca tiene recompensa y que la literatura ya paneas interesa a nadie, pero en esta ocasión, esa sensación se ha vuelto contra mí para darme una bofetada en la cara y decirme que siempre no es así. Como me dijo una vez la directora de Canal-literatura, Luisa Núñez, los artículos literarios si están bien planteados y documentados claro que interesan. Por mi parte, solo puedo decir, que ojalá siga siendo así.
 
 

Pessoa y Lisboa, Lisboa y Pessoa:

la intrahistoria de un desasosiego muy literario 

Por:  Ángel Silvelo Gabriel / 
* Artículos compartido a El PortalVoz por parte de su autor. Su reproducción está sujeta a su autorización. Fuente original: canal-literatura.com
Mientras escribo sobre la luz azul que acuna mis deseos, y que como una inabarcable nube difuminada que en forma de infinita bruma se extiende por el océano Atlántico a su paso por Lisboa, las notas de Madredeus y su Haja o que Houver tiñen de colores el perfil de mis anhelos: “Pase lo que pase/ yo estoy aquí./ Pase lo que pase,/ espero por ti./ Vuelve en el viento./ ¡Oh, mi amor!/ Vuelve deprisa,/ por favor./ Hace cuánto tiempo …/ ya olvidé/ porqué quedé/ lejos de ti./ Cada momento/ es peor./ Vuelve en el viento,/ por favor./ Yo sé/ quién eres para mí./ Pase lo que pase,/ espero por ti”.
Anhelos que quieren pasear por las calles de La Baixa recogidos con el tacto de los sueños; sueños que un día fueron reales, pero que el paso del tiempo han convertido en unha saudade.
 
Lisboa siempre nos espera como ese tímido viento de última hora de la tarde, ese que nos acompaña cuando todo deja de ser brillante para convertirse en un interminable velo de nuestros recuerdos.
 
Saudade y tristeza, melancolía y añoranza, junto a los azules teñidos de azul y las volteretas agitadas de nuestros recuerdos se unen en un único sueño, el sueño de la eterna espera.
 
Lisboa también le esperó a Pessoa hasta su regreso de Durban, y ya no le abandonó jamás, porque Pessoa y Lisboa, Lisboa y Pessoa es la intrahistoria de un desasosiego muy literario, sin duda, el más importante de la literatura portuguesa del siglo XX, a pesar de no ser galardonado con el Nobel de Literatura: «¡Oh, mi Lisboa, mi hogar!», como nos recuerda en uno de los más bellos pasajes de su Libro del desasosiego que, cual tranvía pintado de amarillo, se desplaza por los raíles de nuestros sueños decorados de ese color azul del océano Atlántico hasta depositarnos en la loma del cementerio Dos Prazeres en Campo de Ourique, guardián de los más ilustres escritores portugueses.
 
Lisboa y Pessoa, Pessoa y Lisboa, también es la relación de un eco mudo que deviene en aullido de genialidad con el devenir de los tiempos. Una vez más, sí, una vez más, asistimos atónitos a la victoria del artista y su obra sobre el paso del tiempo, porque, quizá como muy pocos, el artista, más allá del tiempo, tiene la ventaja de dejar huellas que más tarde se podrán visitar y revisitar.
 
Pessoa, al que un día definí como el hombre que no se mojaba los pies en los charcos, se difuminó por las calles de Lisboa de la misma forma que la bruma que empaña las aguas del Tajo a su paso por la capital portuguesa lo hace sobre nuestros recuerdos.
 
Pessoa habitó un gran número de inmuebles de Lisboa, pero la mayoría de las ocasiones lo hizo en cuartos alquilados que nos hablan de esa provisionalidad suya para con las cuestiones más materiales de su existencia; una existencia consagrada a la literatura, donde ni siquiera el amor tuvo la oportunidad de compartir. Baste recordar lo que le dijo a Ofélia Queiroz cuando se despidió de ella: “toda mi vida gira en torno a la literatura, buena o mala, lo que sea, lo que pueda ser…” Ese poder ser Pessoa lo revertió a través de sus heterónimos que, como distintas voces de capacidad creativa y diferentes voces con las que revisitar su conciencia, fueron testigos, a la vez que las pruebas más reales, de esa diversidad a la hora de concebir la literatura y el universo propio y ajeno del genial poeta y escritor portugués.
 
Esa riqueza de voces le llevaron a vivir en un constante mundo interior que solo abandonaba dos veces por semana para traducir cartas en las agencias comerciales de La Baixa, dedicando el resto de su tiempo a la literatura. Sin embargo, sus múltiples inquietudes, puestas de manifiesto desde su más temprana juventud, le dispersaron el ánimo creativo en una infinitud de facetas y cambios constantes.
 
La provisionalidad podría ser una de las señas de identidad del Pessoa creador, a la que habría que unir la constante transformación de sus ideas y estados de ánimos, una inestabilidad que le perjudicó y le benefició a la vez. Uno entre muchos, o muchos en sí mismo, serían dos acepciones que encajarían muy bien en la definición de su persona, de su obra y de su forma de estar, de ser y de permanecer en la vida y en este mundo, que a él se le hizo pequeño.
 
Poco se habla de su afición por el esoterismo, los horóscopos o esa innata necesidad de conocer el futuro y el más allá (sólo haría falta visitar la recreación de su habitación en la Casa Fernando Pessoa de Lisboa la última que habitó para darnos cuenta de su importancia en la vida del poeta). Todas ellas eran el tipo de batallas que libraba contra sí mismo. Un absentismo vital con el mundo exterior que comenzaba cuando anteponía todo su carácter a la hora de consumir el tiempo hablando con aquellos a los que no consideraba como iguales intelectualmente. Esa altanería escondía, sin duda, su timidez, pero también la necesidad del saber por el saber, una afición que compartía con delectación con su gran amigo Sá-Carneiro, que tras su suicidio le dejó aún más solo ante el mundo.
 
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