Tiempo de comunicaciones rotas

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lunes, 4 de agosto de 2014

LORENZO SILVA, HISTORIA DE UNA PILTRAFA Y OTROS CUENTOS CRUELES: TRES RELATOS BREVES QUE NOS INVITAN A SEGUIR LOS PASOS DEL ESCRITOR


Hay libros que por sí solos buscan un lugar en nuestras vidas sin nosotros saberlo. Las casualidades, el día a día, o simplemente ese destino caprichoso que en ciertas ocasiones parece perseguirnos enviándonos señales que nosotros no vemos (hasta que por fin somos capaces de captarlas), se revelan como una luz divina que es capaz de hacernos entrar en razón y caer en la cuenta que un simple objeto inanimado, como es un libro no leído, busca un lugar en nuestro currículum de lectores anónimos. Más allá de esa sinergia caprichosa, a mí se me cruzó este libro en mi vida cada vez que, como un escritor novato, iba a cerciorarme que mi última novela estaba presente en la librería o gran almacén de turno, es decir, en su sitio, y vez por vez que hacía este viaje, allí me encontraba con esta Historia de una piltrafa y otros cuentos crueles, como si de una invitación a leerlo se tratara. El tamaño, el color y una posterior lectura de la contraportada del mismo (donde se nos anunciaba, se me anunciaba), que entre sus pastas de colores llamativos se encontraban los tres relatos inéditos que constituyen la ópera prima del joven autor de los mismos, hicieron el resto, pues mi imaginación de narrador de historias comenzó a entablar puntos de conexión entre esta ópera prima y la mía. El resto ya quedará dentro de mi acervo más íntimo y poca o nula importancia tiene en el resto de esta reseña que uno ha titulado como tres relatos breves que nos invitan a seguir los pasos del escritor, pero que muy bien podría subtitularse Tras los pasos de Lorenzo Silva, que queda como más literario y con un matiz muy de suspense, como este conjunto de relatos.
 

Todo en este conjunto de relatos rezuma verdad, una verdad que ya está muy presente en el prólogo titulado Retrato del artista en 1986 (muerte de un poeta), donde uno siente, en más de una ocasión, el reflejo de ciertos pasajes de su propia vida: el extrarradio de Madrid o la mili son solo dos ejemplos. De ahí, que desde esas páginas iniciales, cuyo título a uno también le recuerdan y le retrotraen a James Joyce y su Retrato de un artista adolescente, no es sino el mejor planteamiento inicial para acertar en la apuesta. Una apuesta de la que el propio autor, Lorenzo Silva, debía y debe estar algo más que seguro para hacerla llegar a su gran masa de lectores, de ahí que no sorprenda el nivel y el alcance de cada uno de los relatos aquí recopilados. También es verdad, que la crueldad puede ser la característica que aúna a cada uno de ellos con el resto, pero no es menos cierto que los gustos literarios del autor ya quedan plasmados y muy bien definidos en estos relatos, a lo que sin duda habría que añadir un puro y certero ejercicio de estilo, sobre todo en el primer cuento y en el tercero. Historia de una piltrafa es algo más que la demostración de lo equivocado que puede estar la frase de Tao Te King que lo abre, pues este relato, sin ninguna duda, admite muchas y variadas lecturas. En un primer momento, uno puede pensar en la influencia de Kafka y su relato Metamorfosis, pero a medida que avanza la acción del mismo, uno cae en la cuenta de su errónea e inicial apreciación, pues por encima de esos juegos donde el absurdo y el existencialismo se dan la mano, el relato en sí mismo es una gran muestra de un depurado estilo narrativo, en el que la inacción del protagonista no es óbice para que este llegue a buen término y mantenga intacta la atención de lector a lo largo de sus setenta páginas. Esa introspección que parece llevarnos hacia la nada, también es un magnífico ejemplo de la barbarie impune de los otros sobre las decisiones libremente adoptadas por el protagonista. Ese ejercicio de máxima libertad, nihilista es verdad, es sin duda, uno de los estímulos trascendentes que marchan sumergidos y van de la mano de la narración. Nadie deberíamos apartarnos de nuestros propios errores si estos están tomados libremente, aunque la inacción por la inacción irremediablemente nos lleve a la muerte. Sin duda, un espléndido relato teñido de poderosas gotas de crueldad.

 
Noche de verbena es quizá ese punto de inflexión entre la realidad y el deseo, los sueños de uno y los desasosiegos del otro. Aquí la manifiesta crueldad es la necesidad que todos tenemos, sobre todo en nuestra juventud, de ser y parecer diferentes a los demás, aunque esta diferencia sea la mayor muestra de negación de uno mismo. Hay una cierta ingenuidad en los personajes, reconvertida en una esperanza que nunca se llega a culminar, como si nuestros miedos por fin salieran victoriosos en esa oscuridad bajo la que siempre necesitan cobijarse. El paseo desde Atocha al Retiro, para todos aquellos que lo hayan hecho alguna vez en una noche cerrada, es un símbolo en sí mismo de ese nihilismo incandescente de la juventud. Sí, el de la necesidad de explorar, que empleando el título de la novela de Céline es como un Viaje al final de la noche, donde uno mismo, a poco que se deje llevar, puede perderse para no volver a reencontrarse.

 
Y Calor de amigo, el relato que cierra esta recopilación, es otra muestra de los diferentes planteamientos que un autor puede explora a la hora de escudriñar en su universo literario. Es quizá el más gamberro de los tres, y con cierto tintes surrealistas, que por su terminología, a veces nos hace llegar ecos de autores latinoamericanos, pero que deviene en crueldad extrema bajo los parabienes de la poesía. Lo que no hace sino mostrarnos a un narrador que ya está listo para todo lo que ha llegado después, ya que estos tres relatos no hacen sino invitarnos a seguir los pasos del escritor que más tarde todos conoceremos, y que se llama Lorenzo Silva.

 
Ángel Silvelo Gabriel. 

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