La huida como espacio en el que perderse para experimentar en uno mismo lo insondable que resulta el destino y la necesidad de búsqueda y encuentro que posee éste. «No soy nada. / Nunca seré nada. / No puedo querer ser nada. / Aparte de esto, tengo en mí todos los sueños del mundo.» nos decía el poeta portugués Fernando Pessoa en el arranque de su afamado poema Tabaquería. Y, de esa nada, Víctor Colden parte en busca de una nada capaz de volver a llenarlo todo. El desasosiego, el desaliento, la desesperanza o la soledad tan presentes en Pessoa como accidentes geográficos de su alma y que tan bien le han definido, en este caso, Colden los atrapa al vuelo de una forma tan personal como poética en Mañana me voy, un libro de viajes íntimo por los páramos de una Soria que te atrapa en lo pequeño, en lo minúsculo, en aquello que pasamos por alto en nuestro día a día, para convertirlo en esencial y único: «Amo la sensación de estar perdido en medio de la nada, en estos montes. Silencio, soledad, serenidad, libertad. Y la medida de lo que soy: eso, nada.» Un viaje que deviene en una experiencia personal donde el escritor se enfrenta a la indecisión y la parálisis que le provoca el miedo y que él combate caminando. «Soy un caminante que escribe […] o Soy un escritor que camina». Y, mientras que el autor se decide, si eso es posible, asistimos a un recorrido de múltiples variantes con extraordinarias paradas en las inigualables observaciones del cielo que le protege o la naturaleza que le rodea a lo largo y ancho de su periplo. Paradas adornadas con frases acerca de lo imbatible que le resulta el alba —misterio— como anticipo del amanecer —certeza— que, en su aparente sencillez, atesoran la esencia de lo experimentado: «Imbatible es el alba, de una condición superior. Ojalá nunca terminara de amanecer y el sol no dejar de ser una promesa a punto de cumplirse.»
Mañana me voy es también un viaje hacia el pasado: «Caminamos todo el rato en dirección a casa». Al recuerdo del padre. A la nostalgia de la niñez y la felicidad que tantas veces engendra. A esas mañanas plenas de luz y placidez. Y, al amor, en sus múltiples variantes y a la posibilidad de arrebatarle aquello de imposible que nos muestra. En este sentido, una magnífica banda sonora de este libro serían algunas de las canciones del grupo McEnroe, en las que Ricardo Lezón despliega toda una batería de experiencias acerca de la melancolía y la nostalgia de que lo que pudo ser y no fue (alguna de ellas, creadas en el retiro soriano de Noviales). Melodías lluviosas como las que le acompañan al escritor madrileño mientras camina y silba hacia dentro si necesita el aire para subir el cerro al que se dirige; o hacia fuera, como síntoma de bienestar y espantapájaros del silencio y el pensamiento cíclico: «Lo más difícil es el silencio. Lo más costoso, lo más raro.» Y, quizá, lo más efectivo a la hora de combatir el vacío de la memoria.
Ángel Silvelo Gabriel.
