viernes, 18 de octubre de 2019

JESÚS MARCHAMALO, ME ACUERDO: LOS RECUERDOS COMO ESENCIA DE LA VIDA


 
Me acuerdo y sus emociones. Me acuerdo y la luz que proyecta sobre nuestras vidas. Me acuerdo como la raíz desde la que parte todo: el hombre, sus sentimientos, sus luchas y obsesiones. Me acuerdo como un suspiro lastimero: el de no me acuerdo de lo quisiera acordarme. Con la meticulosidad del orfebre, con la paciencia del artesano y con el poder de observación del escritor, Jesús Marchamalo se cuela en el caleidoscopio incierto de los recuerdos —pues no siempre recordamos con certeza aquello que sucedió sino lo que nuestra antojadiza memoria ha seleccionado por nosotros—, para fabricar con ellos la esencia de la vida. Decía Patrick Modiano que: «los recuerdos son solo la realidad fragmentada y desordenada de nuestras vidas». Y algo de razón tiene, sobre todo, cuando uno lee estos me acuerdos tan genuinos y bien fragmentados que te llevan directamente a las entrañas del corazón y a ese lugar donde uno se detiene cuando se encuentra a sí mismo. Me acuerdos que, por cierto, evitan en todo momento la excelencia literaria o la metaliteratura pomposa —a pesar de que también contengan referencias a novelistas, poetas y sus obras—, pues el verdadero propósito de este libro es reencontrarse con los impactos de la realidad —oculta o no— que nos define como personas. Me acuerdo está más cerca de la generosidad del corazón que de la frialdad de la razón.

Jesús Marchamalo, profundo conocedor de la palabra y de su valía y poder, en esta ocasión nos invita a transitar a través del tiempo y de la vida. Y lo hace con sus comas, entonaciones y ritmos marca de la casa. Comas, entonaciones y ritmos que perfilan muy bien el carácter como escritor de Marchamalo, que siempre será un fallido poeta para Javier Lostalé, tal y como nos lo recuerda cada vez que puede al amplio auditorio que se concita entorno a las presentaciones del autor madrileño. Quizá no le haga falta a Marchamalo adentrarse en las siempre cenagosas tierras de la poesía, porque su forma de escribir es en esencia muy poética. Y desde ese lirismo es desde el que observa la vida, despojando de ella lo superfluo para quedarse con lo esencial. Ejerciendo de mago de las palabras, imágenes y ensoñaciones, porque Me acuerdo es una gran colección de recuerdos con los que mantener siempre encendida la llama de la vida. Marchamalo, alquimista de la palabra, lo cubre todo: la infancia, la adolescencia, la pubertad, la juventud, la madurez. Las pequeñas cosas que se hacen grandes al recordarlas. La literatura, la televisión, las películas, el cine, el colegio, el boxeo los teléfonos y los tebeos. Los libros, el recreo, los relojes, las anécdotas, los veraneos, el campo, el mar, las frases hechas, y aquello que permanece oculto en un rincón del desván de nuestra memoria y que él convierte en fragmentos y frases plenas de sentido.

Me acuerdo representa las huellas de la memoria que se entrelazan con el caprichoso destino de los recuerdos. Recuerdos que unas veces nos vienen a la cabeza y otras huyen de ella, inmutables a su poder y su significado. Recuerdos que son cautelosos con el menesteroso que todo lo recuerda y prepotentes con el olvidadizo. Quizá, porque jugar a me acuerdo es hacerlo junto a la inmediatez del asombro, la majestuosidad del paso del tiempo o con los granos de arena del tiempo: resbaladizos, innumerables, infinitos. Me acuerdo es el mejor ejemplo de que los recuerdos forman parte de la esencia de la vida… 507 Me acuerdo del día que Jesús Marchamalo me entrevistó para el programa El ojo crítico de RNE y me preguntó por el cielo de Roma.

 
Ángel Silvelo Gabriel. 

jueves, 17 de octubre de 2019

ALICE MUNRO, ¿QUIÉN TE CREES QUE ERES?: EL AMOR QUE TE DESPOJA DEL MUNDO



Escapar para amar aquello que has dejado atrás. Revolverte sobre tu sombra para comprender por qué has llegado a ese punto de no retorno en el que la vida te ha situado sin tú pedírselo. Vidas y sensaciones que siempre soñaste que serían diferentes. Tan diferentes como la vida que en tu infancia quisiste para ti. Ese es el camino vital que se traza en ¿Quién te crees que eres? Una senda inhóspita, solitaria o desagradable si se quiere, pero esa es la senda que recorre Rose a lo largo de este falso libro de relatos. Alice Munro, de nuevo, proporciona a su escritura la magia de lo aparentemente sencillo y libre, y de la transparencia de los sentimientos humanos que desembocan en corrientes salvajes para documentarnos y mostrarnos un relato vital plagado de buenas y malas intenciones, aciertos y errores en la soledad, primero, de Hanraty Oeste, Ontario; y más tarde, de Toronto y un sinfín de pueblos inhóspitos y áridos como la vida de la protagonista, álter ego de la autora; y siempre, con la intención de sumergirnos en los ríos subterráneos que acompañan a Rose como afluentes cálidos y fríos o rebeldes y apacibles que la acompañan hasta desembocar de nuevo en una corriente principal que al final del libro y de sus recuerdos la vuelven a situar en su pueblo natal, como si al final se hubiese comportado como un salmón que necesita llegar corriente arriba a donde nació. En ese recorrido de distancias largas, cortas, nevadas o solitarias, la prosa de Munro es un continuo conjunto de aciertos que unas veces buscan incomodar al lector y otras dejarle perplejo, para de ese modo reafirmar esa convicción de la autora de no dejar indiferente a todo aquel que se acerque a su obra. En ningún modo este conjunto de relatos, esbozados en forma de novela a plazos, dejan indiferente a todo aquel que se acerque a leerlos, pues la necesidad existencial de Rose nos llevará de la sorpresa al desagrado, del acierto al error, o de la valentía a la miseria; y todo ello con unos tintes propios de un feminismo que bucea en la austera realidad de la vida y no en la impostura de los gestos huecos y sin sentido.



¿Quién te crees que eres? Es una magnífica versión de la mejor prosa de Alice Munro. Sencilla e hiriente sin dejar de ser intensa. Astuta sin menospreciar la sorpresa. Y genial sin desdeñar de los brillos oscuros que subyacen en muchas de las experiencias de Rose; mujer hecha a sí misma y que siempre trata de no engañarse a sí misma, pues aunque lo haga en ocasiones, al final encuentra el valor suficiente para salir adelante en sus luchas internas; luchas en las que finalmente vence la necesidad de libertad y la expresión cristalina de su nomadismo vital. En esta ocasión, ese nomadismo vital vendrá impregnado del amor y sus múltiples versiones que la autora fija más en las posibilidades, que por una u otra circunstancia nunca se llevan a cabo, que en su culminación. Una interrupción vital que sin embargo la llevará hasta los recuerdos más profundos de su adolescencia, aquellos que la han marcado para siempre sin que ella se de cuenta de ello hasta el final. Este reto de Rose a su destino y sus aristas, es un constante juego de sinergias en el que la fuga y el naufragio se trasponen en ímpetu y grandeza. Igual que el amor que te despoja del mundo.

 

Ángel Silvelo Gabriel.

miércoles, 16 de octubre de 2019

JOKER, UNA PELÍCULA DE TODD PHILLIPS: LA VOLUPTUOSIDAD DEL RECHAZO



Joker es una sátira desnuda y nada moralizante de la sociedad moderna y su eterna búsqueda de la felicidad. La sonrisa y su dibujo, en este largometraje, tienen destellos de locura, genialidad y rechazo. Hoy no se nos permite estar tristes, y mucho menos ser diferentes. Esta película retrata con gran maestría la dictadura del entretenimiento en la que nos desenvolvemos y sus fatídicas consecuencias. En ella se nos muestra a una sociedad hipócrita que naufraga en un ramplón buenismo que solo nos aporta destrucción y rechazo. Justo lo contrario a lo que se pretende. Esa contradicción es la culpable del histrionismo que nos embriaga con el aroma de una falsa realidad que nos permite mantenernos en el engaño permanente. El propio y el ajeno. Así, el protagonista del film (un genial Joaquin Phoenix), marcha apegado a su sonrisa de una forma enfermiza; una sonrisa que es la mejor expresión de su necesidad de salvación y, a la vez, de su disgusto con el mundo. Él quiere hacer feliz a la gente, pero no le dejan. Aquí, más que nunca, parece hacerse cierta la expresión: «cuando eres bueno resultas invisible». En este caso, su director Todd Phillips, y guionista junto a Scott Silver, nos hace hincapié en que la felicidad está sobre valorada y, quizá por ello, su mayor contradicción y más categórica expresión de la misma sea la voluptuosidad del rechazo. Un rechazo pintado de blanco y teñido de sangre y venganza. Narcisismo y crueldad. Pero también de miedo y compasión. No son gratuitas las referencias cinematográficas dentro de la película a Tiempos modernos de Charles Chaplin, o a los bailes de claqué de Fred Astaire, pues una y otra son palmarias referencias de la infelicidad y la sonrisa; de la alegría y la alevosía del poder, en una nueva manifestación del juego de la contradicción a la que nos invita su director, y que nos sumerge en la más oscura de las simas. Una y otra son una punzante metáfora de lo que somos y en lo que con el paso del tiempo llegaremos a convertirnos. Aquí director y guionista nos alertan de que no es necesario ser felices todo el tiempo, porque el ser humano también necesita explorar sentimientos como el dolor o el llanto. Entonces, ¿existe la felicidad más allá del dibujo de una sonrisa? ¿Es obligado tener esa perenne actitud ante la vida? Para responder a estas preguntas pasen y vean.



Más allá de la voluptuosidad del rechazo, Joker es también una dura crítica y una mordaz mirada hacia la falta de empatía hacia el otro. El diferente. El excluido. El enfermo. Sátira cruel que desemboca en un thriller colectivo de luces, música y sangre escondidos bajo las bombillas de un escenario que huye de la distopía actual, porque todo lo que le ocurre a Joker es tan cierto como las calles olvidadas de New York o Newark por las que corre, huye, canta y baila de la mano de un magistral Joaquin Phoenix: histriónico, cómico, sensible, asesino y entrañable a la vez, en la que es una de sus mejores interpretaciones; una actuación merecedora del Oscar, sin duda. Esa voluptuosidad del rechazo también se refleja en la potencia de su colorido y en su contraposición de grises y blancos con los que está filmada. Perfectos compañeros de viaje de la decrepitud de los servicios sociales a la que se vieron abocados a principios de los ochenta con la política neoliberal de Ronald Reagan. Como también lo son de la locura y la desconexión de una madre que busca su mejor reflejo en su hijo. En este sentido, Joker es el símbolo de la autodestrucción que produce la falta de empatía y cariño. La necesidad de encontrar su encaje en el mundo. Y la dramática cara de la infelicidad y el rechazo.



Lejos de los cómics y sus héroes, esta película es un perfecto juego de imágenes de soledad y sufrimiento. Una epopeya de gestos, bailes y ritmos asaltados por la genialidad de un Phoenix en estado de gracia (la película es él y sus gestos), y cuya representación de la locura y el desencanto producen manantiales de lágrimas con sabor a épica. La del hombre contra el otro. La del ser humano contra el mundo. La del alma contra la avaricia envuelta en papel de regalo. Joker es también la reivindicación de algo de justicia en el mundo y, quizá, por ello, le sobra el epílogo; un desenlace encadenado de imágenes y sucesos encaminados a resarcirnos de tanta derrota y sufrimiento, porque en el fondo, en el mundo de las contradicciones a modo de espejos y su reflejos, los que sufren también tienen que conseguir una victoria, aunque esta venga dibujada con una sonrisa nerviosa que naufraga en la locura.



 

Ángel Silvelo Gabriel.

lunes, 30 de septiembre de 2019

EXPOSICIÓN DE DAVID WOJNAROWICZ, LA HISTORIA ME QUITA EL SUEÑO, EN EL MUSEO REINA SOFÍA DE MADRID: AGUA DE FUEGO VERTIDA SOBRE EL TORMENTO



Arder sin la más mínima intención de ser purificado. Arder para acabar con todo. Arder sin otro propósito que el de la protesta. Arder para fijar la mirada en el otro. El oprimido. El olvidado. El enfermo. El enfermo de sida que necesita de ese agua de fuego vertida sobre el tormento para arder sin más en la ceremonia de la búsqueda del cuerpo del otro. Del cuerpo desnudo del otro y sus caricias. David Wojnarowicz se retrató a sí mismo y a su universo envuelto en llamas. Llamas de guerra y de pasión. Llamas como la mejor forma de manifestar su desacuerdo con el tiempo que le tocó vivir como alternativa a la New wave imperante a finales de los setenta y mediados de los ochenta en el mundo del arte. Se refugió en el Lower East Village neoyorquino. Allí recorrió sus calles y sus muelles abandonados para nutrirlos de alma. Espacios vacíos a los que él dotó de la firmeza del arte como medio de expresión que aúna fuerza y tensión y, de paso, ocupa huecos olvidados por los otros. Huecos del alma que permanecen en continuo estado de tortura. De miedo. De pasión. De muerte. La multiplicidad artística de Wojnarowicz fue tan incesante como camaleónica en todas y cada una de sus manifestaciones: escritura, poesía, música, pintura, escultura, collage, montajes, películas. De ahí que el acierto de esta exposición esté en mostranos una buena parte de todos ellos, pues todos ellos son medios con los que el artista norteamericano expresó su profundo desacuerdo con las corrientes artísticas e ideológicas imperantes a finales del siglo XX. Su activismo a favor de los enfermos de sida no hizo sino expresar ese multitudinario aislamiento de los otros que él hizo propio. Esa historia que, como tantas otras, le quitaba el sueño. Historias plagadas de guerras perdidas o enfermedades silenciadas por el establishment. Historias de vidas condenadas a una muerte joven.



Su senda narrativa y artística nos acerca a los oprimidos en forma de cabezas de escayola adornadas con vivos colores y mapamundis tintados o repletos de collages, y también nos resalta el silencio que en sí mismo protagoniza el anonimato en su larga y magnífica exposición fotográfica Arthur Rimbaud in New York, integrada por instantáneas de sus amigos posando en distintos lugares de Manhattan con una careta del poeta francés cubriéndoles la cara. Una senda narrativa que a su paso por la música nos recuerda a los retazos sonoros de unos Talking Heads adornados por la genialidad que los hizo únicos y, que en su vertiente final —en el caso de Wojnarowicz— se manifiesta con  cuadros de gran formato donde un permanente color gris oscuro, con el que pinta maquinarias industriales, trenes o insectos, hacen de contrapunto a las huecos —a modo de ventanas— a través de los que asistimos a guerras o espacios ajenos a la propuesta principal del cuadro, que sin embargo complementan el lenguaje ético siempre presente en su obra. Un color gris oscuro que moldea y se contrapone a esos verdes y rojos oscuros, y a su vez tan brillantes, que parecen un magma recién salido del centro de la Tierra. En esa necesidad expresiva, también resaltan los cuadros donde se nos muestran los estragos del sida en aquellos a los que Wojnarowicz estuvo más cercano, llegando a su punto más álgido cuando retrata los últimos instantes de vida de su amigo Peter Hujar en veintitrés instantáneas en blanco y negro que nos muestran un profundo respeto por la vida: "Todo lo que hago, lo hago pensando en Peter: mi hermano, mi padre, mi vínculo emocional con el mundo". Un mentor que fue quien le animó que se dedicara de lleno al arte y se olvidara de la escritura.



David Wojnarowicz fue un rebelde con causa. Un rebelde marcado por la violencia familiar que vivió y que tanto le marcó a lo largo de su vida, lo que le convirtió en un outsider en busca de su lugar en el mundo. Una lucha que al final (falleció con 37 años), le llevó hasta su activismo político; una activismo que se enfatizó tras la muerte de Hujar: su mentor, amigo y amante. Todo ello queda muy bien representado en el último cuadro de la exposición y en su famoso texto: "Un día este niño se hará grande. Un día este niño hará algo que provoque que los hombres que visten los uniformes de sacerdotes y rabinos, hombres que habitan en ciertos edificios de piedra, pidan su muerte. Un día los políticos promulgarán leyes contra este niño.



Un día las familias darán información falsa a sus hijos y cada niño traspasará esa información de manera generacional a sus familias y esa información se diseñará para que la existencia de este niño sea intolerable. Todo esto empezará en uno o dos años, cuando descubra que desea situar su cuerpo desnudo sobre el cuerpo desnudo de otro chico",porque en esa historia que le quitaba el sueño, todo era como el agua de fuego vertida sobre el tormento.

 

Ángel Silvelo Gabriel.

miércoles, 25 de septiembre de 2019

AUGUST STRINDBERG ACREEDOR@S EN EL TEATRO LARA DE MADRID: UN FELIZ REENCUENTRO CON EL TEATRO DE LA PALABRA O EL ACOSO DEL AMOR



La palabra como argamasa y paleta con la que modelar las pasiones humanas. Palabras que unen y destierran a unos personajes entregados a sus miedos. Palabras que configuran el caos de la existencia al que se ve avocado el acoso del amor. El amor y sus intrigas elevados a la enésima potencia. Garra y desgarro. Pasión y furia. Esperanza y ocaso. Más allá de la inicial postura feminista del dramaturgo sueco y su posterior y afamada misoginia, en Acreedor@s, traducida y adaptada por Elda García (que también interpreta el papel de Tekla) asistimos a una versión actualizada de esta pieza de cámara. Un obra que con el paso del tiempo se ha convertido en un clásico del primer teatro de Strindberg, aquel que derrumbó las barreras del teatro romántico y se posicionó con el naturalismo y la crueldad, movimientos más acordes con los tiempos y las experiencias vitales que le tocaron vivir. Esa ruptura temporal en el texto, interpretativa en la concepción de los personajes y dramática en la textura de su teatro, nos van a llevar por una senda plagada de miedos. Miedos que a sus protagonistas les hacen llegar al abismo donde ya nada importa, salvo derrotar al otro. Amor por confrontación. Amor por venganza. Amor por odio. Y, tras todo ello, la contemplación del alma desnuda, indefensa, aterrorizada y enferma que se posa frente al otro sin respuesta posible. Escrita el mismo año que sus célebres obras de teatro El padre y La señorita Julia (1888), en Acreedores también somos testigos de primera mano de lo que la crítica de su tiempo denominó como de: «lucha de cerebros que conducen al crimen psicológico»; una temática que, por otra parte, está presente en muchas de las obras del dramaturgo sueco. Si a eso le unimos su esquizofrenia y su manía persecutoria que se le acrecentó desde que se separó de su primera mujer (Siri von Essen), tras su regreso a Suecia en 1891, tenemos un espacio repleto de fantasmas a los que Strindberg trata de espantar y someter desde la ambivalencia de la lucha de sexos y la confrontación de lo viejo y lo nuevo.



Dirigida por Andrés Rus, Acreedor@s en versión de Elda García-Posada, se nos muestra como un feliz reencuentro con el teatro de la palabra, donde el verdadero protagonismo lo tienen los actores. En este sentido, la fuerza interpretativa de Chema Coloma a lo largo de toda la obra es más que encomiable en su papel de embaucador y prestidigitador de los sentimientos de Gustaf, interpretado por un José Emilio Vera que se somete a un proceso de auto tortura donde la gestualidad de sus manos y los movimientos espamódicos sobre el suelo son disgnos de destacar. Frente a ellos, y entre ellos, una seductora Elda García-Posada en el papel de Tekla, contrapunto y fusión de los espíritus atormentados de su ex marido y su actual pareja. Amantes, en definitiva, que buscan la posesión de su cuerpo y de su alma sin poner ninguna cortapisa a la hora de llegar a sus entrañas. Sin embargo, la Tekla que Elda García-Posada nos muestra e interpreta es una mujer con ideas propias, independiente y dueña de sus emociones. Una mujer segura de sí misma que solo duda ante la pasión y la incertidumbre que el amor le proporcionan.



Acreedor@s es una magnífica propuesta y un punto de encuentro con el mejor teatro del dramaturgo, escritor y periodista sueco, August Strindberg; una propuesta escénica que nos devuelve sin miedo al teatro de la palabra. Y que por si fuera poco, tanto en el escenario de la obra como en la antesala de la Sala Lola Membrives del Teatro Lara, podemos disfrutar de una serie de autorretratos del propio artista sueco procedentes del Museo Strindberg de Estocolmo. Una muestra que han titulado como “Strindberg, pionero del selfie”. Un título que se pega y mimetiza en la piel de la obra y la vida del artista nórdico, porque sin duda, todo bascula alrededor de un universo dominado por el acoso del amor y las múltiples formas de vivirlo y reinterpretarlo.



Ángel Silvelo Gabriel.

jueves, 19 de septiembre de 2019

GLADYS HUNTINGTON, MADAME SOLARIO: EL HIERATISMO DE LA SINRAZÓN



¿Qué es mejor la abundancia de los gestos en forma de clicks, o la observación que se ajusta a la ausencia de palabras? En una época donde todos somos cómplices de una hiper comunicación que en la mayoría de los casos contamina más que alumbra, o donde el feminismo se expresa de una forma exacerbada a la hora de comunicar sus objetivos, podríamos decir que la mejor opción es la de la abundancia. Sin embargo, si leemos Madame Solario asistimos al contrapunto de todo lo expuesto, pues su máximo empeño se pone en observar y reinterpretar la falta de gestos y palabras, por no hablar de la libertad personal y sexual inherentes a su protagonista. Madame Solario es una novela escrita por la escritora norteamericana Gladys Huntington poco después de 1916, pero que no vio la luz hasta 1956 de una forma anónima. En ella, la protagonista de esta larga novela nos obliga a prestar toda nuestra atención en la ausencia de palabras, en la quietud del gesto apenas turbado por la aparente serenidad que esconde la mayor y la peor de las pasiones tras el velo que cubre su rostro, y en el análisis indirecto de las intenciones. Verso libre en un mundo abocado a su desaparición —la Belle Époque—, Natalia Solario rinde homenaje a todas aquellas sinergias que rigen nuestras vidas, pero sin llegar a culminar ninguna de ellas, al menos en apariencia. Ella se erige en la máxima expresión de la elegancia, la dulzura y la exquisita educación, pero también del desamor, el infortunio y la desesperación que le producen las vertiginosas fauces del incesto. Con un lenguaje exquisito en las descripciones del lago Como y sus villas, o de los trajes y vestidos de una inmovilista y arcaica sociedad aristocrática que disfruta del final del verano en el hotel Cadennabia, ese mismo lenguaje, sin embargo es parco en las alusiones directas a las necesidades vitales que traspasan el poder de las palabras para inundarse de gestos y desmesura. Este enredo pasional y de suspense ya fue muy bien dramatizado de una forma mucho más intensa y poética por Gabrielle D’Annunzio en su famosa novela El Placer (1889), en la que también precisa de un suculento número de páginas para resolver las pasiones más incontrolables de su protagonista. No obstante, con el paso de los años, la literatura dejó a un lado el impostado lenguaje de los gestos para pasar al menos pragmático idioma de la acción. Aún tardaría unos años en hacerlo, pero tanto el escritor norteamericano Scott Fitzgerald en su magnífico retrato de los años veinte y su derrumbe presente en sus novelas, como más tarde hiciera Henry Miller en su tórrido destierro parisino, llevan a la novela y su forma de retratar el mundo a un espacio distinto que nos obliga a reinterpretar la sociedad y sus pasiones de una forma distinta —por directa y abrupta— que se aleja del hieratismo de la sinrazón de Gladys Huntington en Madame Solario. Dijo bien su marido cuando calificó a este texto como de “único, un Frankenstein”, aunque el monstruo tenga esta vez el pelo rubio y la piel fina.



Madame Solario es una suerte de novela que cabalga entre dos mundos: el real y el deseado. Un reflejo que se transmite en todos los personajes principales de esta novela: el joven inglés, Bernard; el hermano de Natalia, Eugène; o el conde ruso Kovanski. Ese reflejo distópico del amor y la desesperación inherente a todos ellos se encuentra mejor retratado tanto en la primera como en la tercera parte de la novela, aquellas donde la voz narrativa se deposita en Bernard; una voz que, en algunas ocasiones, nos recuerda a la nebulosa que años más tarde se encontrará en Retorno a Brideshead de Evelyn Waugh, aunque en nuestro caso se sitúe en tierras italianas. Un destierro que en la novela de Huntington se traduce en el descubrimiento del amor de una forma inocente por parte del joven inglés, Bernard, que sin embargo y en apariencia no tiene prisa en verlo culminado, haciendo suyo el lema de que se disfruta más del viaje que de la meta. Una meta, Madame Solario, que no renuncia a abandonar un estatus y un mundo que para ella no es el de una buscada decadencia, sino más bien el de un mundo perturbado por las más bajas pasiones que conducen a una segura decadencia y decrepitud. Vampira de almas y amores, Madame Solario es una perenne superviviente de una sociedad plagada de convencionalismos a los que ella reta sin importarle traspasar las barreras de la moralidad que la llevan hasta las ciénagas más inciertas de una amoralidad que a día de hoy resulta cuando menos naif. Le falta algo a esta novela que se pierde sin mucho sentido en una larga y copiosa segunda parte, en la que su autora nos muestra la otra cara de su protagonista. Quizá sea la intensidad poética que sí tiene la novela de D´annunzio antes citada, o el ardor de un Lawrence Durrell en estado de gracia en El Cuarteto de Alejandría —sobre todo en el primer volumen titulado Justine—. O quizá sea también el tardío descubrimiento de la autoría de esta novela (1980), lo que nos lleva a someterla a un análisis crítico comparativo con otras obras también consideradas como de maestras, que, aunque escritas con posterioridad, sin embargo fueron publicadas muchos años antes. Una definición —la de maestras— que también se podría atribuir a muchas de las novelas de Irène Nemirovsky y que, sin duda, han soportado mucho mejor el paso del tiempo a pesar de que las hallamos descubierto recientemente. Sea como fuere Gladys Huntington, que también veraneó en el lago Como con su familia, prefirió permanecer en un segundo plano —como su protagonista— y no editar esta novela con su nombre. Un anonimato que se desdibujó en los años ochenta y la convirtió en una autora de éxito. Un éxito que por otra parte no vio, porque se suicidó en 1959 tras sufrir varias tragedias familiares y ser consciente del derrumbamiento del mundo que la vio nacer.

  

Ángel Silvelo Gabriel.

viernes, 13 de septiembre de 2019

GIOVANNI VERGA, LA VIDA EN EL CAMPO: LAS FUERZAS OCULTAS QUE GOBIERNAN A LA POBREZA



La distancia entre el corazón y la muerte se acorta de forma trágica  a través de una serie de fuerzas ocultas que nos obligan a maldecir nuestra aparente mala suerte o a ese destino que nunca querríamos para nosotros. Entre pasiones y malentendidos marchan los protagonistas de La vida en el campo de Giovanni Verga. Entre pasiones y enredos entrelazados bajo las turbulencias del Sirocco procedente de África. Un viento que sin ser mencionada está presente los personajes de esta serie de cuentos en los que el escritor italiano da luz a los pobres. Algo que más tarde hará el cine del neorrealismo italiano o el propio Luchino Visconti. Realidad y fanatismo unidos de la mágica mano del destino, porque quizá una de las mayores tragedias de la vida sea desafiar a aquellos elementos que rigen nuestros sentidos, ya sean estos plácidos o funestos. En ese contrapunto en el que siempre tiene cabida una pequeña dosis fantasía Sicilia y sus gentes confluyen en unas ocasiones entre lo realmente bello y majestuoso, y entre los ritos y los chismes en otras. Costumbres que a día de hoy todavía se muestran muchas veces en nuestras vidas y que aún nos sirven de amuleto a la hora de hacer frente a las pasiones más ocultas, los contratiempos o las desgracias. En todo ello siempre hay un tercero, alguien que mueve los hilos por nosotros hasta conseguir que seamos víctimas de la desesperación sin llegar nunca a ser conscientes del arraigo que en nosotros tienen nuestras taras y defectos. En un entorno donde la naturaleza embriagadora de la Sicilia de finales del diecinueve, Giovanni Verga, como máximo representante de un naturalismo arraigado en las más profundas raíces populares y en los desengaños del corazón, nos muestra con suma eficacia los diferentes cauces por los que el ser humano se conduce a lo largo de su vida. Este repaso, a algunos de los pecados capitales que nos acechan en el día a día, nos sirve para profundidad en la esencia de los sres humanos. Atormentados por sus pasiones en unas ocasiones, y esperanzados con sus fantasía en otras. El difícil equilibrio entre ambas, será el elemento básico de unas narraciones que nos aproximan a esos olvidados por el mundo que también necesitan vivir y experimentar. Vivir y experimentar como el resto, pues su cualidad principal es la de ser seres racionales que necesitan de la posibilidad de cambio. Un cambio hacia la felicidad que, sin embargo, el escritor italiano no les concede, pues éstos son aplastados por las fuerzas vivas de los pueblos en los que viven y por la estática estructura social en la que se desenvuelven. Hay mucha luz y montañas y campo abierto en estos relatos. Referencias geográficas que nos muestran una Sicilia idílica en cuanto a su fisonomía, pero que se retuerce en cuanto a sus costumbres. No en vano, La vida en el campo está protagonizada en estos relatos por la fuerzas ocultas que gobiernan a la pobreza.

 

Ángel Silvelo Gabriel.

martes, 10 de septiembre de 2019

COPENHAGUE, DIRIGIDA POR CLAUDIO TOLCACHIR: LA TRASCENDENCIA DE LA ZONA DE INCERTIDUMBRE


Las encrucijadas del destino se empeñan en buscar y rebuscar. Lo hacen con la complicidad de la incertidumbre hasta encontrar esa grieta por donde se cuela toda una vida. O varias. Ese enigma en clave de tormenta en la que se ahogan el sentido de la pureza y el compromiso. Ese enigma donde unos y otros se hallan volcados en la superficie de la amistad. Todo eso representa Copenhague y la trascendencia de la zona de incertidumbre que se alía con la casualidad y el destino de aquellos que están llamados a marcar los designios de la humanidad. Unos elegidos que sufren y se convierten en seres vulnerables cuando abandonan ese púlpito de la certeza donde realizan sus investigaciones. No hay nada más relevante en Copenhague que el fracaso de la amistad, las simas que producen las muertes accidentales y la necesidad de buscar aquello que de verdad calme al alma atormentada, pues almas atormentadas son los científicos (Niels Born, padre de la física cuántica y Premio Nobel en 1922, y Werner Heisenberg, padre del principio de incertidumbre), cuando se enfrentan a sus propios miedos. Miedos escondidos en esas grietas tan difíciles de afrontar y visitar, pues en ellas es donde se encuentra la verdad. Ambos, Niels y Werner se enfrentan a las huellas de un pasado que les llevaron por un mismo camino y, que sin embargo, el transcurso de la historia y la segunda guerra mundial, les servirá solo como un elemento más de reproche y desarraigo. Uno y otro luchan contra sí mismos y sus contradicciones. Y también buscan tanto reencontrase con la amistad del pasado como con las innumerables horas de trabajo que compartieron. Ellos son incisivos y tiernos, trágicos y cómicos a la vez, pues como el resto de los mortales no son capaces de detener el tiempo y volver a un pasado que se rompe tras la tormenta de un día de playa. El único asidero que parecen encontrar en sus respectivos procesos de ahogamiento se lo dispensa la mujer de Niels, Margrethe Bohr, que trata de ser el filo de una balanza que jamás llegará a mantenerse en equilibrio.



Michael Frayn, autor de Copenhague, nos introduce en el teatro denominado de palabra y reflexión, dando pie a que los espectadores sean testigos del problema ético que produjo el uso de la física teórica para el desarrollo del armamento nuclear. En este encuentro entre ambos científicos, que tuvo lugar en la capital danesa en septiembre de 1941 (hace ahora 78 años), somos víctimas de ese viaje hacia la nada. Y lo hacemos desde el principio. En una especie de nube perdida en el cielo a modo de limbo que representa un escenario a media luz, donde su sencillez nos produce un letargo de cercanía respecto de los actores, a cada cual más genuino y magistral. En Copenhague también asistimos al teatro dentro del teatro y a la importancia de la palabra y los recuerdos. Palabras y recuerdos que se vislumbran a través de la repetición de algunas frases a lo largo de las tres escenas distintas de las que se compone la obra y que, sin embargo, no por ello están disociadas, sino que representan una unidad gracias a los recuerdos de los personajes. De ahí la importancia de aquellas frases que se repiten a lo largo de la misma. Frases que nos arrojan luz porque forman parte de escenas de nuestras propias vidas. Escenas que no se borran en el interior de nuestras conciencias. Copenhague es una magnífico ejercicio de vaivén entre el pasado y el presente. Un pasado y un presente que se muestran impasibles con los protagonistas. En este sentido, cabe decir que cada uno de ellos está inconmensurable y en estado de gracia. Ellos son los verdaderos responsables de que el texto sea tan devastador como mágico, pues a través de sus interpretaciones vemos algo de luz sobre la espesa niebla que les acoge. Es muy difícil imaginar esta obra sin Emilio Gutiérrez Caba, Carlos Hipólito y Malena Gutiérrez sobre el escenario, porque ellos son el complemento perfecto del texto de Michael Frayn.



Copenhague es un viaje al pasado y a las consecuencias que ese viaje tendrá en todos nosotros en el futuro. Un futuro cercano para la humanidad. Un futuro que caminó de la mano de un hecho que lo cambió todo, igual que una bicicleta perdida en mitad de la noche y la importancia de un Lucky Strike, quizá, porque ambos representen como nadie la trascendencia de la zona de incertidumbre que nos acompaña a lo largo de nuestras vidas.

 

Ángel Silvelo Gabriel.

viernes, 26 de julio de 2019

AMOR Y MUERTE EN SEIS LECTURAS PARA EL VERANO


1.- ALBERT CAMUS, EL REVÉS Y EL DERECHO. DISCURSO DE SUECIA: LA LUZ QUE  ILUMINA LOS RECUERDOS Y SUS EMOCIONES

La mirada del hombre sobre el niño. De la fama no buscada sobre la soledad y el silencio de la infancia que le acompañaron junto a su madre. Del paso del tiempo sobre los recuerdos. Y hacerlo con la pureza del que se siente afortunado y ya no puede pedir nada, salvo mostrar la dignidad de la pobreza de sus inicios y su firmeza ante la envidia, y valentía y decisión ante la injusticia. Así se nos muestra el Camus del año 1958 en el prefacio de El revés y el derecho. Un librito que contiene sentencias como esta: «No hay amor por la vida sin desesperación por la vida». Esa fue la auténtica desesperación que le llevó a luchar con todas sus fuerzas contra el Hombre que se convirtió en un devorador de hombres. La luz y la pureza que acompañan a estos relatos que componen el primer libro que, el escritor francés publicó cuando tenía veintidós años, nos llevan hasta la esencia que buscó a lo largo de sus algo más de veinte años de carrera literaria antes de encontrar la muerte de una forma absurda junto a un árbol contra el que chocó el vehículo conducido por su editor: «Si, pese a tantos esfuerzos para construir un lenguaje y dar vida a unos mitos, no consigo un día volver a escribir El revés y el derecho será que nunca he conseguido nada. He ahí algo de lo que estoy oscuramente convencido. En cualquier caso, nada me impide soñar que voy a conseguirlo, a imaginarme que volveré a colocar en el centro de esta obra el silencio admirable de una madre y el esfuerzo de un hombre para recuperar una justicia o un amor que equilibren ese silencio».

2.- IRÈNE NÉMIROVSKY, DOMINGO: QUINCE RELATOS SOBRE LA NECESIDAD DE VIVIR Y SER AMADO

Allí donde las vidas comienzan y acaban. Allí donde las historias que nos narran descubren todo aquello que se esconde debajo de nuestra piel. Allí donde los sentimientos no entienden de convencionalismos porque están atrapados por la pasión del amor, la oscuridad de la codicia, o el trágico destino de las guerras. Espacios interiores y exteriores que se entremezclan a medio camino entre el reconocimiento y el sufrimiento de aquel que entiende su existencia como la necesidad de vivir y ser amado. Dos pliegues de una misma tela que, sin embargo, al menor descuido se rasgan y son imposibles de volver a componer. Estos quince relatos de Némirovsky reunidos bajo el título de Domingo son un canto a la incertidumbre del fracaso y al miedo a la pérdida. Y son castillos de naipes que penden de un frágil hálito de aliento que los derribe sin apenas dejar rastro. En estas quince historias, cuya extensión muchas veces van más allá del clásico relato corto para acercarse sin miedo a una novela corta, la escritora ucraniana nos desglosa de una forma inteligente y didáctica todos los valores existenciales que forman parte de su narrativa. Un estilo narrativo ampliamente contrastado en las numerosas novelas publicadas en España por Salamandra. Una de esas características presente en su narrativa es la necesidad de amar independientemente de la edad que se tenga. El amor está por encima del engaño y es una necesidad, nos expresa Némirovsky en el relato homónimo que abre esta recopilación. Una advertencia que también está presente en Las orillas dichosas, cuando nos acerca al amor visto por los ojos de una mujer vieja, abandonada y que se dedica a la prostitución. Una forma de ver el amor que la autora confronta con una joven bella, rica y ambiciosa. El contrapunto, en este caso, está entre lo ya hecho (pasado), y lo que se va a hacer (futuro). Como si, en el amor, estuviésemos condenados al fracaso. Un fracaso que nos nubla el corazón y la ideas. Estos dos ejemplos del amor visto por los ojos y el prisma de la mujeres abren este magnífico libro.

3.- JAY McINERNEY, LA BUENA VIDA: LA RENUNCIA QUE YACE BAJO LOS ESCOMBROS Y SUS CENIZAS

El día que la cúpula que nos protege de todo aquello a lo que nunca imaginamos que deberíamos enfrentarnos, cae encima de nuestras vidas, emprendemos un nuevo camino. Incierto, por lo inesperado. Trágico por la dimensión de lo inaccesible que tiene. Increíble, por su capacidad para trastornarnos. El día que las Torres Gemelas sucumbieron al terrorismo en el Bajo Manhattan, no sólo cambió el skyline de la ciudad de Nueva York, ni la concepción de intocables de los norteamericanos resguardados en sus celdas doradas repletas de dinero, codicia y poder, sino que también lo hicieron las vidas de los seres humanos que allí vivían; vidas que fueron obligadas a reinventarse de una forma tan abrupta como desesperada. Aquel día, los muertos dejaron sus vidas en el recuerdo imborrable de millones de personas para siempre; y los vivos tuvieron que aprender a experimentar la vida con otra escala de valores que, sin embargo, al poco tiempo volvieron a su norte cual brújula que sólo pierde su orientación por un pequeño espacio de tiempo. En este sentido, Jay McInerney, en La buena vida, trata de convencernos de que por encima de toda tragedia, el ser humano es capaz todavía de crear el milagro del amor. Una esperanza, la del amor, que corre el riesgo de mitigarse tras la renuncia que yace bajo los escombros y sus cenizas. Allí, donde la pasión busca desprenderse del fuego y el humo de dos rascacielos calcinados. Allí, donde la muerte y la sinrazón de los muertos se dan la mano. Allí, donde el pánico sólo engendra miedo. Lejos de un lugar, en el que la esperanza, ya no es la que atesoró la juventud. 

4.- JESÚS MARCHAMALO.- STEFAN ZWEIG, LA TINTA VIOLETA (ILUSTRADO POR ANTONIO SANTOS): “EL PELUQUERO DE LOS HÉROES”

Zweig, buen lector, mal deportista y estudiante —como nos apunta Jesús Marchamalo en La tinta violeta, la última entrega de la colección sobre autores universales que comparte con el ilustrador Antonio Santos y publica Nórdica libros. Zweig— fue, por encima de todo, un hombre que siempre persiguió la libertad. Un mal estudiante que, sin embargo, llegó a ser un autor admirado y de éxito en vida. Un autor, que es cierto que vio recompensado su esfuerzo a nivel internacional, pero también, que sacrificó buena parte de su existencia a la escritura. Una escritura que él cultivó como ejercicio de generosidad, pues no en vano, él lo sacrificó todo en pos de su pensamiento. En su obra, como en su vida, la lucha del individuo frente al Estado y los totalitarismos fue una rebelión interior a la que él aportó inteligencia y análisis; inteligencia y análisis con los que buscó dar al resto de la humanidad la oportunidad de salvarse de ese yugo acosador que fueron los totalitarismos. Para él, Europa era el último baluarte donde el individualismo en general y su individualismo en particular, eran la máxima expresión de la libertad, el respeto hacia los demás y la manifestación más pura de la cultura y del pensamiento libres. Una forma de pensar y vivir que él expresó tanto a través de la escritura como del coleccionismo, lo que le llevó a adquirir infinidad de objetos, partituras, manuscritos y originales de aquellos autores que él consideraba únicos y cercanos a la esencia de la que surge la creación. Una creación que, como una luz, Marchamalo vierte sobre su texto en Stefan Zweig, La tinta violeta. Una vez más, el periodista y escritor madrileño vuelca su buen hacer literario sobre una de las grandes figuras de la literatura, y lo hace con esa genialidad de la frase concisa, el verbo voraz, los adjetivos únicos e inclasificables, adjetivos solo separados por sabias comas; comas reveladoras de un ritmo frenético y apaciguado a la vez, comas que, como partituras de una melodía, nos introducen en un profundo éxtasis de palabras del que es muy difícil salir. Este arte en movimiento, en el que tan bien se maneja Jesús Marchamalo, tiene su complemento y su visualización en las magníficas ilustraciones de un Antonio Santos en estado de gracia —vean si no, su magnífico retrato de Zweig, digno del mejor de los coleccionistas—. La profundidad del mensaje y su contraste en blanco y negro en imágenes, son una muestra más de la simbiosis de esta extraña pareja. Una extraña pareja que, con el tiempo —ya van seis volúmenes con éste de la colección iniciada con Pío Baroja—, se han convertido en inseparables, y no solo eso, sino también, en una magnífica muestra de lo que se puede conseguir con un texto dinámico y lírico, y unas ilustraciones impactantes y demoledoras como pocas.



5.- JULIO LLAMAZARES, MEMORIA DE LA NIEVE: EL SILENCIO, LA MEMORIA, LA NIEVE…, EL PASO DEL TIEMPO



Buscar aquello que fuimos entre la niebla que se extiende por la geografía del silencio. Entre paredes que ya no son, y árboles que se sumergen debajo del agua. El atlas de la vida reconvertido en un fugaz espasmo del pasado. Pasado reconvertido en nieve. Nieve que se derrite y solidifica con el paso del tiempo. Nieve como estaciones que se suceden sin más propósito que dejar las huellas del tiempo pasado. Un tiempo en el que se pueden recuperar los dioses perdidos, los guerreros muertos y las batallas sangrientas de las que ya nadie se acuerda. Grosellas de color rojo que tintan la memoria de pasión, muerte y olvido. Árboles de hoja caduca quemados por el paso del tiempo y hojas secas dibujadas sobre un papel de fondo blanco. Terrenos oníricos en los que siempre cabe la posibilidad de dar vida a la muerte, al recuerdo, a la memoria, a la infancia…, y a los padres. Miradas sobre uno mismo que devienen en falsos espejismos como si todo fueran sombras en un bosque de noche. Bosque helado y solo iluminado por un mar de estrellas. Estrellas como nada más que se pueden ver en el campo. Lejos de la ciudad. Del ruido. Y la luz. Estrellas que iluminan aquellos caminos que recorrimos una vez. Lucecitas que nos recuerdan que un día fuimos felices sin nada, con tal solo mirar al cielo y ponernos a soñar. Lucecitas que sostiene los hilos invisibles de una Luna portentosa, perenne y que solo pueden llegar a ver aquellos que saben de lo que está fabricada la noche: de silencios, ausencias, ruidos y ecos olvidados y, sin embargo, tan presentes. Todo eso y más es Memoria de la nieve de Julio Llamazares... Memoria de la nieve también es pasear por la vida sin pisarla, sobre sendas que ya forman parte del pasado si no fuera por los recuerdos, tan presentes, como la nieve en invierno o efímeros como la noche en verano. Memoria de la nieve es una sucesión de estaciones. Estaciones de los sentidos que no se dejan atrapar por todo aquello que no merece la pena ser recordado. Memoria de la nieve levanta la iconografía de esa España olvidada a través de un rico léxico rural que apenas ya nadie conoce y que, sin embargo es muy evocador: urces, muérdago, marzales, pedernales... Fuerza sublime las de las palabras que nos llevan, una vez más, allí donde no creíamos que pudiésemos llegar. Memoria de la nieve es perderse entre la espesura del bosque y la sinuosidad de un niebla que no es de caramelo, pero sí evocadora de todo aquello que ya no somos: «No existe otra espiral que el bramido del tiempo».



6.- STEFAN ZWEIG, MENDEL EL DE LOS LIBROS: LA DEFENSA DE LA MEMORIA INDIVIDUAL QUE, A SU VEZ, DEVIENE EN PROTECCIÓN DE LA MEMORIA COLECTIVA



La curiosidad, la tenacidad, el trabajo y el silencio que acogen a toda misión importante que el hombre realiza a lo largo de su vida, son algunos de los elementos esenciales que la convierten en épica, como épica es la actitud vital de Jakob Mendel. Mendel es una mente privilegiada que vive, por y para los libros, en un mundo donde no existe nada más que el paraíso de las palabras, pues de paraíso idílico puede tildarse su actitud ante la vida y las personas que concitan su mismo interés por los libros. Zweig, en este magnífico relato, nos advierte de que el intelecto — el verdadero intelecto—, no conoce más fronteras que las del propio conocimiento; unas fronteras, eso sí, muy alejadas tanto de los políticos como de sus trágicas pretensiones geopolíticas, pues a éstas, solo les asiste la mezquindad de las nacionalidades. Con un estilo narrativo rico en matices, vivo en su ejecución e impecable en su praxis, el escritor austriaco pone en tela de juicio, una vez más, la división de las fronteras de una Europa que él nunca pudo ver unida. Unas fronteras, en su caso malditas, y que en su tiempo, solo produjeron guerras y también aislamiento, tanto cultural como intelectual, tal y como se demuestra en este librito publicado por Acantilado, Mendel el de los libros, donde él se vale de la figura de un judío ruso para verter sobre el texto todo su potencial como escritor comprometido con su tiempo e impulsor de una forma distinta —por inclusiva— de ver y de plantear y ejecutar las relaciones entre Estados. A través de Mendel, Zweig nos presenta la defensa de la memoria individual que, a su vez, deviene en protección de la memoria colectiva, como la Historia muy bien nos recordó en la primera mitad del siglo XX, donde las guerras, aparte de arrasar el territorio europeo, dejaron una herida que tardó mucho tiempo en cerrarse.



Ángel Silvelo Gabriel.

lunes, 22 de julio de 2019

RAMÓN ZARRAGOITIA, TOPÓNIMOS: LOS ESPACIOS GEOGRÁFICOS QUE CUBREN NUESTRAS VIDAS.



Es difícil sustraerse al lugar donde uno vive. El clima, las horas de sol, la lluvia o una sempiterna niebla son accidentes climatológicos que por sí solos nos modelan la vida y el carácter, y lo hacen de un modo que para nosotros muchas veces es imperceptible, pues siempre pensamos que nuestro poder de decisión, o sencillamente nuestros deseos, son más fuertes que cualquier agente externo que no sea una persona. Entonces, ¿qué es lo que nos cambia la vida? En Topónimos, Ramón Zarragoitia, reúne a lo largo de catorce relatos una parte de los porqués y de las razones que muchas veces nos llevan a residir en un determinado lugar, y de cómo ese lugar se comporta como una gran cúpula que nos aísla del resto del mundo, para de ese modo perfilar en silencio los acontecimientos más importantes de nuestra existencia. Los pueblos y ciudades de estos relatos son espacios geográficos que cubren nuestras vidas, pero también, a lo largo de su lectura, somos conscientes que, quizá, ese perfil del horizonte de nuestro día a día lo vamos construyendo cada uno de nosotros a nuestra manera sin necesidad de acudir a agentes externos. No obstante, la toponimia de este conjunto de relatos se extiende como un todo a lo largo y ancho de las palabras y expresiones de cada historia, pues todas ellas están perfectamente documentadas, tanto en lo geográfico como en lo lingüístico, ya que su autor sobresale en el manejo del lenguaje y las distintas lenguas y modismos en los que sus protagonistas se expresan. Esta exhaustividad también está muy presente en las meticulosas descripciones de los paisajes exteriores en lo físico e interiores en lo íntimo, dándose la mano unos y otros sin que apenas seamos conscientes de ello. Esta simbiosis entre lo externo e interno también se produce en el planteamiento de las diferentes tramas, pues en ellas, Ramón Zarragoitia, como buen cuentista que es, juega con la imaginación del lector y le intenta llevar a su terreno; un espacio donde, aparte del factor sorpresa presente en alguno de sus relatos, él nos quiere hacer entrever las razones de sus protagonistas forzándonos a leer entrelíneas, pues entrelíneas nos suceden muchas de las cosas más importantes de nuestras vidas. Ese guante blanco que recorre las historias de Topónimos hace que estas sean una suerte de tour de force vital al que Ramón somete a sus personajes, para de esa forma, poner en valor una parte de sus habilidades como narrador de historias.



A lo dicho hasta ahora, habría que añadir que, el mundo en Topónimos, es un lugar de conflictos, donde una de sus características principales es la presencia en cada relato de dos personajes antagonistas. Así, el suicidio o la muerte se contraponen a la vida o al héroe que por sí mismo es capaz de cambiar el destino que de antemano tenía dibujado en su mente el protagonista de la narración, o donde el riesgo que es recordado a modo de ensoñación del personaje masculino es aplacado por la presencia y visión más realista de su mujer. Sea como fuere, siempre hay una espacio para la sorpresa en estos catorce relatos, pero también para una tensión muy bien perfilada y ejecutada por Zarragoitia, pues sabe perderse muy bien, y de paso, perdernos a nosotros, en esos afluentes que, adyacentes, recorren las líneas de estas historias hasta hacernos llegar al momento álgido en cada una de ellas que, a modo de sentencia, se precipita, como una avalancha de nieve, sobre nuestra imaginación de lectores. Si algo nos queda claro después de leer esta colección de relatos, es que Ramón Zarragoitia no va a dejar indiferentes a todos aquellos que se acerquen a leerlos, pues su técnica narrativa se alza victoriosa por encima de hombres y mujeres, pueblos y ciudades, y sobre todo, por encima de unas vidas que buscan salvarse de alguna manera de la angustia que su propia vida les produce. No obstante, el bueno de Ramón deja espacio para la esperanza, y lo hace en aquellos cuentos que parece que le tocan más de cerca, pues se muestra muy generoso con las personas a las que el destino no parece favorecerles. Esa bondad es un signo más de la majestuosidad de sus planteamientos como escritor, pues como él sabe muy bien, a la hora de plantearse una situación y su resolución, los finales felices también existen. Y un ejemplo de ello es la materialización de este libro, porque a través de su lectura asistimos a esa consagración con la que todo escritor sueña cuando comienza a escribir. Y en donde, además, somos testigos vivos, muy vivos, de que la vida y sus días son los verdaderos héroes de una cotidianeidad que a veces se nos muestra contraria a nuestros deseos.


Ángel Silvelo Gabriel.