miércoles, 30 de marzo de 2022

VICENTE VALERO, EXPERIENCIA Y POBREZA (WALTER BENJAMIN EN IBIZA): ÚLTIMOS DÍAS AL SOL DEL MEDITERRÁNEO

 


¿Cuándo empieza la decadencia de una persona? ¿Cuál es el motivo de la misma? ¿Son la soledad y la pobreza las consecuencias que nos llevan al abismo?, y sobre todo, ¿hay algo más significativo que ser vencido por el sol del Mediterráneo? En el fondo, quizá solo seamos una especie de dioses perdidos en un olimpo que no existe salvo en nuestra imaginación. Terca. Inaccesible. Y oscura. La vida y el destino que la engendra, son los elementos básicos que determinan nuestro final. La primera porque se apaga o la apagamos de un zarpazo. Y el segundo porque ejerce de juez, muchas veces, injusto y cruel, pero juez al fin y al cabo de las últimas consecuencias de aquello que nos hacen llegar al final. Vicente Valero, en este ensayo a medio camino entre un libro de viajes y una biografía titulado Experiencia y pobreza, Walter Benjamin en Ibiza, ejerce, con la solemnidad que se merece, de voz universal sobre los últimos días al sol del Mediterráneo del filósofo alemán. Alma perdida la suya que, durante sus dos estancias en la isla, ejerció de muchas cosas, pero sobre todo de caminante, como nos recuerda Valero: «En “Al sol”, Benjamin camina y se detiene una y otra vez para contemplar el paisaje, para coger y comer almendras, para elegir un nuevo sendero, para observar desde lejos los islotes. A un observador tan sagaz como era Benjamin no se le podían escapar algunos detalles muy concretos, detalles que al lector pueden resultarle bastante curiosos. Por ejemplo, el hecho de que la tierra le pareciera que sonaba a hueco». Esa metafórica oquedad fue la que le marcó los últimos años de su vida. Viajero errante o refugiado sin patria, Benjamin da plena vigencia al relato vital que en este ensayo biográfico representa la senda de la vida, en la que disfrutaremos de buenos y grandes momentos, como los que pasaremos tumbados al sol y al lado de las personas que acompañan, pero también de la parte más oscura que nos lleva al silencio. Este viaje no programático del filósofo alemán es un estadío de silencios provocados por ese aislamiento que muchas veces precede a la muerte. No hace falta dejar de estar vivo para no pertenecer al mundo que habitamos, y en este sentido, Benjamin parece retroceder sobre lo andado para no reflexionar sobre su futuro. Aquí es donde surge «el camino como espacio para la revelación y el caminante como especial receptor de la esencia de las cosas». Una esencia que Valero sabe descifrar muy bien, y además, mostrarnos con inteligencia mediante una prosa ordenada, limpia y siempre iluminadora de esos rasgos y detalles que no están al alcance de todos los escritores. Como gran observador que es, nos permite poner sus ojos sobre el último tramo de la vida de Benjamin de una forma abrumadora y esclarecedora a la vez, como si esa parte oscura y silenciosa del ser humano fuese una de las partes de su faceta como escritor, porque, sin duda, este libro es el inicio de lo que vendrá a posteriori en la literatura y la escritura de Valero: la recuperación de las vidas perdidas en un pasado oscuro y anónimo, que en sus palabras se transforma en un elemento más que revelador de esa parte de la historia de la humanidad del siglo XX que ha abordado en sus últimos libros publicados en la editorial Periférica. Y todo ello, desde la isla de Ibiza, que aquí se comporta como un faro universal capaz de iluminar la oscuridad que gobierna el mundo. 

Experiencia y pobreza, Walter Benjamin en Ibiza es un extraordinario estudio del escritor alemán a través de la profusa documentación que nos aporta Valero acerca de las personas que conoció y con las que se trató. Este semblante del filósofo está basado en las cartas que envía y recibe, los artículos y relatos que escribe y publica, los recuerdos de su vida e infancia, de su país, de la situación política que le ha tocado vivir, pero sobre todo, de la experiencia vital que le proporciona Ibiza. Todo ello nos lo traslada Valero hasta que conseguimos construir en nuestra mente la figura de un Walter Benjamin perdido dentro de sí mismo y alejado de un mundo que cada vez más no es el suyo, aunque todavía tardara un tiempo en darse cuenta de ello. Justo hasta la noche del 26 de septiembre de 1940 en la que se quitó la vida. En todo este minucioso y pormenorizado estudio de las dos estancias de Benjamin en Ibiza a lo largo de los años 1932 y 1933, donde la isla todavía era un paradigma del primitivismo cultural y etnológico hay, si cabe, una última jugada maestra de Valero, que no es otra que la magnífica cláusula de cierre de esta historia donde da carpetazo a la vida de todos aquellos que acompañaron a Walter Bernjamin en Ibiza, porque de algún modo nos ayuda también a cerrar la del propio protagonista de este ensayo biográfico, dado que representan la luz que el paso del tiempo derrama sobre nuestras vidas como si fuera un relámpago justiciero y a la vez iluminador de un futuro que ya no es, porque con el paso de los días solo se convirtió en pasado. Un pasado que ya no mueve montañas pero sí conciencias, las de todos aquellos que se acerquen a este magnífico trabajo de Vicente Valero; una extraordinaria oda a los últimos días al sol del Mediterráneo del filósofo alemán Walter Benjamin. 

Ángel Silvelo Gabriel.

lunes, 28 de marzo de 2022

PASAJERO, X ANIVERSARIO DE SU PRIMER DISCO RADIOGRAFÍAS: CELEBRACIONES QUE TIENEN UN SENTIDO MÁS QUE JUSTIFICADO

 


«Pasajero nos invitan a subir a un tren cuyo único plan de viaje es detener el tiempo para plasmarlo en placas con forma de radiografías. Esas fotos fijas (a modo de claroscuros), de las que están hechas nuestras vidas, son también los contrastes que nos muestran esa otra materia que nos pertenece y que aquí aparece representada como fugaces suspiros. ¿Hay una entelequia mayor que la de parar el tiempo? Pasajero son capaces de eso y mucho más, porque nos colapsan el corazón con las canciones que han compuesto para este Radiografías; temas que nos narran la armonía de los sueños en una sucesión de historias que van desde la fuerza más arrolladora del rock experimental al pop más electrizante, pasando por sonidos netamente indies. Fuerza, garra y destellos de genialidad son solo algunos de los adjetivos que caben emplear para definir uno de los mejores trabajos del año en el panorama musical español». 

Este párrafo, con el que hace diez años iniciaba la reseña de Radiografias, está plenamente en vigor a día de hoy, porque el tamiz del paso del tiempo no ha hecho sino engrandecer unas canciones que en sí mismas ya estaban tocadas por la barita mágica de la genialidad —canciones con alma—. Una esencia que se dispersa no solo por las melodías de sus pentagramas, sino que también lo hacen a lo largo de unas letras que nos hablan del amor, del tiempo y de esa agonía existencial que nos acompaña a lo largo de la vida, pero a la que sin duda Pasajero dota de momentos brillantes, tan brillantes como este Radiografías y sus doce canciones. Envolventes. Poderosas. Electrizantes. Y únicas, que se funden con la magnitud que representa una celebración que tiene un sentido más que justificado. El tiempo y sus trampas en esta ocasión se posicionaron como el tiempo y el valor de la justicia. Como nos decía Daniel Arias casi al inicio del concierto, después de una pandemia, una guerra en curso, una erupción volcánica, y una lluvia roja que cae sobre la ciudad como una maldición divina, ¡qué más nos queda sino reivindicar que aún seguimos vivos! Sí, vivitos y coleando, podemos añadir, pues a pesar de todos esos contratiempos Pasajero nos anunciaron que están de vuelta con canciones preparadas de lo que será su nuevo larga duración, pero que no nos mostraron en los dos conciertos que ofrecieron el pasado fin de semana en la Sala Siroco de Madrid por no estar terminadas al cien por cien. Un concierto que tuvo que ser ampliado a dos —por la amplia demanda de entradas— para celebrar el X aniversario de su primer y más que prometedor primer disco, Radiografías. Y, con ese contraluz que nos muestra aquello que somos, el grupo nos recordó por qué estábamos allí: un regreso —ya desligados de Ernie Producciones— con celebración incluida, y con un sentido —en cuanto a sonido— muy bien ajustado a las dimensiones del local; un sonido que siempre se mostró progresivo en intensidad y calidad, y con el que la banda fue desgranando las canciones de su primer trabajo desde la veteranía y la perspectiva que da el paso del tiempo, y la visión sobre aquello que en su día fue el principio de todo. El aplomo del grupo sobre el escenario, unido a las ganas de volver a enfrentarse al público en sus directos, nos regalaron hora y media de un espectáculo sonoro que nos devolvió a esas canciones que narran la armonía de los sueños, como ya titulé en la reseña que hice hace diez años de este Radiografías. Pasajero se mostraron atribulados por la serenidad que te da la firmeza que te proporciona la seguridad depositada en tu trabajo; una serenidad cargada de energía que tuvo momentos más que brillantes como cuando atacaron Volverme a preguntar o Autoconversación, a los que había que añadir en el bis: En la mitad, Hombres tristes, o Borro mi nombre —todo un himno del grupo con el que terminaron su actuación—, y solo por poner algunos ejemplos de un concierto brillante y vital lleno de momentos para recordar. 

Para estos dos directos Pasajero han contado con la inclusión de Juanjo Rey a la guitarra, y la colaboración especial de Javier Couceiro (Havalina) en la interpretación del tema Autoconversación, como ya hiciera en el disco. Un bolo que comenzó con El pozo y el péndulo, una canción con la que comenzamos a vibrar y que nos devolvió a esa otra actuación en la Sala Joy Eslava, donde rodeados de amigos —Pucho, entre otros—, nos brindaron otro magnífico directo para celebrar el alumbramiento de su segundo trabajo, Parque de atraccciones, —que en este concierto de 2022 fue la parte principal del bis con el que acabó el concierto—, y que ese día nos sirvió para confirmarnos que estábamos delante de uno de esos grupos que venían para quedarse. El pasado viernes, Daniel Arias (voz, bajo, guitarra), Josechu Gómez (batería, percusión), Eduardo Martín (guitarra, coros) y Javier García (sintetizadores, pianos, coros) volvieron a vibrar sobre el escenario y nos demostraron lo cierto que hay en el axioma del que hacen gala: «hacemos música para (sobre)vivir», y con el que celebraron un más que justificado regreso, porque quizá, diez años no son nada, y menos aún si nos sirven para darnos cuenta de la materia de la que estamos hechos. 

Ángel Silvelo Gabriel.

jueves, 24 de marzo de 2022

JESÚS MARCHAMALO, HIERRO FUMANDO, ILUSTRADO POR ANTONIO SANTOS: «DESPUÉS DE TANTO, TODO PARA NADA»

 


Tras leer el texto de Jesús Marchamalo resulta muy fácil imaginarnos al poeta rodeado del ruido del que se hacía acompañar mientras extraía palabras de su cabeza. Palabras que más tarde se convertirían en poemas. Dicho así, José Hierro practicaba un oficio más cercano a la forja y el yunque que a la lírica, como diría Aleixandre. Sin embargo, con sus palabras atravesaba la densa niebla del cigarrillo que siempre llevaba pegado a su boca. Palabras incandescentes que se citaban en papeles llenos de tachaduras y borrones. Multitud de palabras escritas antes de que llegara a decir: «Después de tanto, todo para nada». Una nada que lo es todo o un todo que no es nada, parafraseando al poeta, y que nos ilumina el recuerdo de Keats y el eco de sus versos: «Nada fui, nada soy y nada seré más allá de mis versos…» Axiomas establecidos en forma de sentencias iluminadoras de un final colectivo que, sin embargo, nunca sabemos cuándo nos llegará. Incertidumbres existenciales aparte, una vez más el escritor y periodista Jesús Marchamalo acompañado del pintor e ilustrador Antonio Santos, dan a luz un nuevo marchamalín —como ha bautizado Luis Landero a estos pequeños libros—, un libro cuya esencia es capaz de perdurar a lo largo del tiempo. Una esencia lírica y brumosa. Apasionante y locuaz. Distendida y profunda. Una esencia en la que, Marchamalo, a medida que avanza esta colección de Nórdica Libros, nos sorprende con su innata capacidad a la hora de buscar aquellos detalles que hacen única su narración. Como única es su literatura grácil y severa, rítmica y luminosa, y magistralmente adjetivada y puntuada, consiguiendo de este modo que su ritmo y su prosa hagan de cada librito algo distinto y único. Una virtud que de una forma personal y contundente remata Antonio Santos con unas ilustraciones que nos hablan por sí solas de los personajes que retrata, en este caso, de un José Hierro joven con flequillo, y mayor con su calva prominente y su bigote en ristre. Retratos de momentos dulces y complicados, como los que cualquier biografía que se precie debe contener. Y de ahí sale este Hierro fumando, trufado de imágenes que se nos instalan en la imaginación de una manera indeleble. Hierro fumando. Hierro tocando el acordeón. Hierro contemplando el mar. Hierro escribiendo en la barra de un bar. Hierro… y solamente Hierro. 

Y, tras su figura y su obra, el mar. El mar y sus olas siempre en movimiento, acunando y empujando ideas. En busca de esa condenada palabra que, en ocasiones, tardará años en llegar, o que será la culpable de que el verso se quede sin publicar. Palabras que huyen del mundo, pero no del universo del poeta. ¿De qué está hecha la destreza del poeta sino de la búsqueda de lo imposible? De ese vocablo que todavía no existe y espera a que el trovador le dé luz. Luz que, por arte de magia, se transforma en poesía. Luz trabajada en compañía de las tinieblas que se proyectan sobre nuestros miedos. Luz poderosa que se abre paso a lo largo de los años en la oscuridad de nuestra existencia. Luz divina que nos anuncia al fin: «Después de tanto, todo para nada». Una nada donde el poema es la señal y la mano es la que recuerda...  

 

«La mano es la que recuerda...

 

La mano es la que recuerda

Viaja a través de los años,

desemboca en el presente

siempre recordando.

 

Apunta, nerviosamente,

lo que vivía olvidado.

la mano de la memoria,

siempre rescatándolo.

 

Las fantasmales imágenes

se irán solidificando,

irán diciendo quién eran,

por qué regresaron.

 

Por qué eran carne de sueño,

puro material nostálgico.

La mano va rescatándolas

de su limbo mágico.» 

De "Cuaderno de Nueva York" 1998. 

Ángel Silvelo Gabriel.

miércoles, 23 de marzo de 2022

NINA LYKKE, NO Y MIL VECES NO: LA EXPIACIÓN DEL DEBER, LA CULPA Y SU INSOPORTABLE NARCISISMO

 


El eco de la culpa que nos consume. El eco de la culpa que obviamos nada más girar nuestra cabeza hacia el deseo. Hacia esa incontrolable necesidad de satisfacer nuestras más primarias necesidades. Una culpa que se expía desde el deber y desde el insoportable narcisismo al que el estado del bienestar nos ha llevado como una bola de nieve que va engordando a medida que cae por la ladera de la montaña. Un bienestar tan gordo como las grasas saturadas que se encuentran pegadas a nuestro abdomen y a nuestro egoísmo sin límites a la hora de explorar aquello que deseamos. Si cumplimos con nuestros deberes de ciudadanos, también podremos saltarnos de vez en cuando nuestras obligaciones como tales. Una propuesta con la que Nina Lykke en, No y mil veces no, nos transporta a esa cápsula esterilizada en la que se desenvuelven una buena parte de las vidas de los hombres y mujeres de una sociedad occidental que poco a poco se fagocita a sí misma. Sin una capacidad medianamente solvente para afrontar los nuevos retos a los que deberemos enfrentarnos en un próximo futuro, la única idea con la que los abordamos es la de mirarnos el ombligo, un objetivo donde lo nuestro y solo lo nuestro es lo más importante sin necesidad de replantearnos que le sucede al prójimo. En este sentido, resulta estremecedor cuando la autora hace referencia a los hijos de la pareja protagonista de la novela, Ingrid y Jan: «Los hijos viven en casa sin aportar nada, y sin embargo invierten en acciones», lo que sin duda nos traslada a ese fracaso colectivo en el que distintas generaciones de europeos y occidentales se sumergen en las aguas de un hedonismo sin medida. Un hedonismo propiciado por el derecho a pedir sin dar nada a cambio. Un axioma tan rotundo que nos lleva a una única salida: la anestesia generalizada. De ello, podemos inferir que, la dificultad que demostramos para poder gritar o protestar y hacernos visibles en la diferencia, nos convierte en meros estorbos de una mayoría agonizante, silenciosa y anodina que se conforma con el anonimato y el orden de sus aburridas vidas. Nada es tangible, o tan siquiera real, hasta que la propia realidad se nos planta delante de nuestras narices. En ese arribismo de lo evidente es donde por unas u otras razones nadan los protagonistas de esta historia, en principio incómoda, pero que sin embargo deriva hacia una propuesta en la que todo parece acabar en una multitudinaria balsa de aceite en la que cada cual es feliz, o no, con su nueva situación.

La parte más interesante de esta novela, es sin duda, la voz de Ingrid y su nivel de disciplina y auto-exigencia que nace de un estado del bienestar entendido como fórmula mágica de reparto de la riqueza y la responsabilidad, lo que sin embargo más tarde le llevará a comprender que ese planteamiento es una pura falacia. Ingrid es especialmente agresiva contra los hijos, los bebés, y todo aquello que nace o procede de la naturaleza humana y de su capacidad de supervivencia. En este sentido, su ira contra el mundo no tiene límites, más si cabe, cuando aborda ese reflejo que acaba en el ecologismo y la supervivencia del planeta Tierra que, en el fondo, para ella y otros muchos se convierte (y ha convertido) en una nueva religión, tan nociva como cualquier otro credo monoteísta, pues su anhelado objetivo solo los ha convertido en meros agentes de un utilitarismo sin alma, vacíos de sentimientos y llenos de un bienestar que solo produce seres humanos profundamente egoístas.

Lykke parece decirnos que tan nocivo es hundirse en las reglas (Ingrid) como saltárselas buscando la aprobación de los demás (Jan). Siendo esa ausencia de arrepentimiento otro signo del buenismo que nos atenaza cada día más. Nadie quiere ser responsable de sus actos, y mucho menos de las consecuencias que éstos producen. La consecuencia de todo ello, parece ser la búsqueda de una catástrofe existencial que redima a nuestras anodinas vidas, pues éstas se han ido desarrollándose extramuros de la desgracia, y quizá, esa sea una de las consecuencias del estado del bienestar surgido tras la IIGM, que nos ha dejado sin las guerras y sus consecuencias a varias generaciones de europeos, que necesitan, eso sí, crearse sus propios conflictos. Unos conflictos que necesitan por encima de cualquier otra cosa la aceptación por parte del otro, por más grave que sea el error o la injusticia que éste haya causado.

No hay lirismo en esta novela, pero sí una gran fuerza de auto introspección donde la expiación del deber y de la culpa nos hace infelices cuando nos queremos comportar como meros dioses mundanos que todo lo pueden sin ser conscientes de los límites que nuestros cuerpos y conciencias tienen a la hora de soportar el narcisismo ajeno. De tal modo, que nada está a salvo de esta agonizante historia que proyecta sobre nuestras vidas una sombra de dudas y desesperación que por momentos aún nos hace gritar: ¡No y mil veces no! Una forma de protestar que, sin duda, nos alejará de la insoportable autofilia que el estado del bienestar ha traído a nuestras vidas. Una circunstancia que, a algunos, todavía nos lleva a preguntarnos: ¿Quién se ha llevado mi queso?

Ángel Silvelo Gabriel.

lunes, 21 de marzo de 2022

FERNANDO PESSOA Y SU ATRACCIÓN POR LISBOA: «LISBOA Y SUS CASAS DE VARIOS COLORES…/ A FUERZA DE MONOTONÍA ES DIFERENTE»

 


«Lisboa con sus casas de varios colores…». Lisboa como decía Álvaro de Campos: «A fuerza de monotonía es diferente». Lisboa, en su aislamiento, expresa muy bien la multiplicidad del mundo y de la vida del poeta. Lisboa es también la marca de las huellas de sus zapatos. Huellas dispersas por sus aceras. Reunidas en el encontronazo que surge entre la realidad y el silencio. Calladas en sus noches de escritura y pesadillas. Aisladas por el miedo del que sabe que la verdad se encuentra más allá de su conocimiento. Allí donde el poeta es un fingidor sin más… 

Hay un poema de Álvaro de Campos (uno de sus heterónimos), Lisbon rivisited, que define muy bien su atracción hacia Lisboa, pues representa aquello que en verdad amó, aquello que si le hubiese faltado le habría causado su muerte. Lisboa, para Pessoa, es como la necesidad del aire para el ahogado, o de la palabra para el poeta. 

«Otra vez vuelvo a verte,
pavorosamente perdida ciudad de mi infancia…
Ciudad triste y alegre, otra vez sueño aquí…
¿Yo? ¿Pero soy el mismo que aquí viví y volví,
sí, y que aquí volví a volver y volver,
y que volví a volver aquí aún, todavía?
¿Somos quizá esos Yo que estuve aquí o estuvieron,
serie de cuentas -entes enlazadas por un hilo- memoria,
serie de sueños míos de alguien que me es externo?

Otra vez vuelvo a verte,
El corazón un poco más remoto y el alma menos mía.

Otra vez vuelvo a verte -Lisboa y Tajo y todo-,
inútil transeúnte que soy de ti y de mí,
aquí extranjero como en todas partes,
casual en la vida al igual que en el alma,
fantasma errando por salas de recuerdos,
al rumor de ratones y de tablas que crujen
en el maldito castillo de tener que vivir…

Otra vez vuelvo a verte,
a ti, sombra que pasa entre sombras, y brilla
un momento, a una luz desconocida y fúnebre,
y penetra en la noche cual la estela de un barco se pierde
en el agua y se deja de pronto de oír…

¡Otra vez vuelvo a verte,
pero, ay, ya no me veo!
Quebró el mágico espejo en que me volvía a ver idéntico,
y en cada fatídico fragmento veo ya, solamente, solo un poco de mí,
¡tan solo un poco, sí, de ti y de mí!....»

Ángel Silvelo Gabriel. 

viernes, 18 de marzo de 2022

UN JARDÍN JUNTO AL MAR. MICRORRELATO DE ÁNGEL SILVELO

 


UN JARDÍN JUNTO AL MAR

Insisto en explorar odas y sonetos. Allí donde pueda hallar la rima perfecta. El verso imborrable. El poema que todo lo abarca y posee. Iluso de mí hasta ahora lo busqué en infinidad de libros que no me dijeron nada. También lo hice en los escaparates de algunas librerías. Y en las estanterías de las bibliotecas. Mi búsqueda, sin embargo, fue en balde. Ya no sé dónde anidan los poemas sublimes ni las metáforas imposibles, eso es todo. No obstante, insisto. Insisto, porque soy víctima de mis deseos imposibles. De mis noches sin luna. De mis días sin sosiego… Hasta que, casi sin querer, me tropiezo con mi anhelo al otro lado de un escaparate. Es un libro de Machado. Un libro que contiene un poema que casi había olvidado. Un libro que me hace andar por un jardín de cristales rotos, igual que si caminara sobre un mar que se rompe con el deshielo. «Érase de un marinero/ que hizo un jardín junto al mar…», leo al fin. Y no entiendo nada, porque al tocarlo, tengo mis manos llenas de sangre.

miércoles, 23 de febrero de 2022

JOHN KEATS EN EL 201 ANIVERSARIO DE SU MUERTE EN ROMA: LA MIRADA INTERIOR DONDE NO EXISTE EL TIEMPO NI EL SILENCIO

 


«Roma, 27 de febrero de 1821 

Ya no existe; murió con la más perfecta tranquilidad… parecía entrar en el sueño. El día 23, hacia las cuatro, la cercanía de su muerte se manifestó. “Severn… yo… levántame… me estoy muriendo… moriré fácilmente… no te asustes… sé firme… y da gracias a Dios porque esto ha llegado…” Lo levanté en mis brazos. La flema parecía hervir en su garganta, y fue en aumento hasta las once, en que él fue deslizándose gradualmente hacia la muerte, tan silencioso que todavía creí que estaba durmiendo. Me es imposible decir nada más ahora. Estoy deshecho por cuatro noches en vela, sin dormir desde entonces, y mi pobre Keats muerto. Hace tres días que abrieron su cuerpo; los pulmones faltaban por completo. Los médicos no alcanzaban a imaginarse cómo pudo vivir estos dos meses. El lunes acompañé su querido cuerpo a la tumba, junto con muchos ingleses. Todos se preocupan mucho por mí; debo haber tenido un fuerte acceso de fiebre. Ahora estoy mejor, pero aun totalmente impedido.

            La policía ha estado aquí. Los muebles, las paredes, el piso, todo debe ser destruido y cambiado, pero el doctor Clark atiende a todo.

            Con mis propias manos puse las cartas en su ataúd.

            Esta sale con el primer correo. De lo contrario algunos de mis amables amigos hubiesen escrito antes.»

            Keats no murió solo en Roma porque, además de la lealtad y compañía de Severn y el auxilio espiritual de su poesía, también contó con la ayuda y los cuidados del doctor James Clark, que lo trató con mimo y devoción, pues además de conocer su historia era un devoto de la poesía, y él fue quien cumplió con una de las últimas voluntades del poeta e hizo que su sepultura fuera cubierta de margaritas, como una muestra más de su amor por la naturaleza y el esteticismo que siempre tiene un valor moral. Ese yo lírico, presente en la Oda a un ruiseñor, y que se eleva entre los árboles y compara la eternidad de la naturaleza y la trascendencia de los ideales con la fugacidad del mundo físico, le acompañó hasta el final. Esa fugacidad de la que Keats intenta alejarse, contraponiéndole su ansia de eternidad, es un deseo que sin duda a día de hoy podemos expresar que consiguió a través de sus poesías y sus cartas (de gran valor literario), cumpliendo de esta forma parte de ese anhelo, y alejando de sí la maldición que le persiguió a lo largo de su corta existencia. En este sentido, las circunstancias personales que rodearon a su vida, y en concreto los tres últimos meses de sufrimiento que abarcan este libro, hacen de su relato un hecho heroico en sí mismo. Dicen los entendidos que nunca es en vano el dolor del artista ante el proceso creador, pero en Keats, además, nos enfrentamos al dolor físico que poco a poco apaga la vida del artista que, sin fuerzas, lo deja todo en manos del destino. Aciago devenir, triste y miserable, pues hasta las condiciones económicas que albergaron sus últimos días entre los vivos fueron lamentables, pero que gracias a ese otro gran héroe llamado Joseph Severn el corazón derrotado de Keats no conoció, pues su sola sospecha hubiese sido suficiente para acelerar su amargo final.

            Quizá, después de todo, el alma del poeta haya encontrado en algún momento el reconocimiento que tan esquivo se le mostró en vida, pues tal y como recoge Julio Cortázar al final de su libro Imagen de John Keats: «Él había murmurado un día: “Pienso que después de mi muerte estaré entre los poetas ingleses”. Cincuenta años más tarde será Matthew Arnold quien confirme el alba: “Está. Está con Shakespeare”», tal y como fue su deseo.

            El cuerpo de John Keats descansa en el cementerio protestante de Roma, detrás de la pirámide de Cayo Cestio. Un lugar que Lord Houghton define así en su libro Vida y cartas de John Keats: «...uno de los más hermosos lugares donde pueda reposarse la mirada y el corazón de los hombres. Es un declive lleno de césped, entre las ruinas de las murallas de Honorio correspondientes a la ciudad reducida, y dominada por la tumba piramidal que Petrarca atribuyó a Remo, pero que la verdad arqueológica ha adscrito al nombre más humilde de Cayo Cestio, tribuno del pueblo, solo recordado por su sepulcro».

            Pero no queda ahí la nómina de ilustres que le dedicaron un póstumo reconocimiento, ya que Shelley también lo hizo en el poemario Adonais: «Ve a Roma… a la vez el Paraíso, / la tumba, la ciudad y el desierto; / donde sus ruinas como destruidas montañas se alzan,…» e incluso describió la sensación que le transmitió el camposanto: «el cementerio es un espacio abierto entre las ruinas, y en invierno lo cubren violetas y margaritas que se mezclan con las frescas hierbas. Es un lugar tan hermoso que lo hacen a uno enamorarse de la muerte, al pensar que podría estar enterrado en sitio tan hermoso». Un deseo que el poeta vio cumplido apenas un año más tarde cuando falleció víctima de un naufragio, y que, según cuenta la leyenda, llevaba un libro de poemas de Keats en el bolsillo. Ahora descansa al lado de Keats y de Severn, que tampoco pudo evitar describir las sensaciones que le producía ese lugar, y así lo hace en una carta que escribió a Mr. Haslam diez semanas después del óbito de Keats: «anduve por allí hace pocos días, y vi que las margaritas la han cubierto ya enteramente. Es uno de los lugares retirados más hermosos de Roma. No se encontraría un sitio semejante en Inglaterra. Lo visito con una deliciosa melancolía que alivia mi tristeza. Cuando me acuerdo del largo tiempo en que ni un solo día estuvo Keats libre de agitación y tormento tanto del alma como del cuerpo, y que ahora yace en reposo con las flores que tanto deseaba sobre él, sin otro sonido en el aire que el de las esquilas de unas pocas ovejas y cabras, me siento realmente agradecido de que esté aquí, y me acuerdo de cuán ardientemente rogaba porque sus sufrimientos llegaran a su fin y pudiera alejarse de un mundo donde ya ni un solo ápice de alivio quedaba para él».

            Sin embargo, su deseo de pasar desapercibido incluso después de su muerte solo fue cumplido a medias por sus amigos, ya que tanto Joseph Severn como Charles Brown, en contra de su voluntad, pero con la firmeza que les daba la lealtad hacia un amigo, hicieron esculpir una lira griega con cuatro de sus ocho cuerdas, como símbolo del genio poético que la muerte truncó antes de haber llegado a su madurez. Debajo de ella, puede leerse la inscripción: «Esta tumba / contiene todo cuanto era mortal / de un / JOVEN POETA INGLÉS, / quien, / en su lecho de muerte, / en la amargura de su corazón, / a merced de sus enemigos, / quiso / que se grabaran en su lápida estas palabras: / Aquí yace Uno / cuyo Nombre estaba escrito en el Agua / 24 de febrero de 1821». A unos metros a la izquierda, en la tapia del cementerio, hay un medallón con su efigie y unos versos en los que se lee en acróstico su apellido. Tras estos singulares signos de su paso entre los vivos, tenemos la dicha de que aún nos quedan sus poemas, donde su voz se alza majestuosa entre los muertos, en un espacio de mirada interior donde no existe el tiempo ni el silencio.

Ángel Silvelo Gabriel.

martes, 22 de febrero de 2022

PASOS HACIA LA TUMBA, LA RESEÑA DE ANTONIO RIVERO TARAVILLO SOBRE LA NOVELA LOS ÚLTIMOS PASOS DE JOHN KEATS



 

Antonio Rivero Taravillo

Lejos del Big Ben y de las principales atracciones turísticas de Londres, el barrio de Hampstead tiene al norte de la ciudad praderas y calles sosegantes que merecen recorrerse. Una de ellas alberga la casa con jardín donde John Keats vivió sus últimos años en Inglaterra y donde compuso –entre otros poemas prodigiosos y que arrancan lágrimas solo al recordarlos no por la sensiblería que no tienen sino por la belleza que derrochan– la “Oda a un ruiseñor”. Un ave que también oiría la muchacha amor del poeta: Fanny Brawne, su vecina.

Igualmente apartado del centro de Roma, del Coliseo y otros monumentos, al sur de la urbe hay un jardín a pie de una muralla, un jardín en el que se siembran restos mortales, muchos de ellos extranjeros. Se trata del Cemeterio Acatolico, que guarda los restos de Percy Bysshe ShelleyGregory Corso o un nieto de William Wordsworth; también, los del pintor John Severn y, enterrados unos años antes, aquellos que en vida cuidó aquel, los tejidos menguantes de Keats, vencido por la tisis. Antes del marasmo, este dedicó un soneto lleno de gracia al gato de la señora Reynolds, y otros felinos se pasean entre las tumbas y escoltan, quizá recordando reencarnaciones egipcias, la pirámide espigada de Cayo CestioThomas Hardy compuso un conmovedor poema a este lugar y en recuerdo de sus ilustres moradores, de alma presente. Sobre la vegetación, sobre las margaritas adivinadas sobre él, cuando ya fuera un cadáver, escribió el propio Keats.

La vida de John Keats, tan breve, ha dado no pocas biografías. La primera, en cuya agua clara han bebido las siguientes, es Vida y cartas de John Keats, de Lord Houghton. El Poeta Laureado Andrew Motion le dedicó otra. Y en nuestra lengua Julio Cortázar armó una Imagen de John Keats en la que no faltaban numerosas traducciones de los poemas del máximo exponente, sobre Lord Byron incluso, de la segunda generación del Romanticismo inglés. Ahora, Ángel Silvelo Gabriel ha publicado una novela que viene a ser una suerte de ‘biopic’ de Keats, contada desde la primera persona; es decir, del mismísimo poeta. Y lo ha hecho manejando bien sus fuentes, empleando y adaptando párrafos de su protagonista. La forma del diario ha sido, por otra parte, una adecuada elección.

Hay que decir que Silvelo sale airoso de una prueba difícil. Yo solo le reprocharía la dependencia declarada y un punto excesiva de la película de Jane Campion Bright Star, que narra los pormenores de las postrimerías keatsianas. La prosa es elegante y cuidada al máximo y la empatía del autor con el poeta es perfecta. Por sus líneas creemos leer no al abulense de 1964 sino directamente el alma del londinense que dejó el mundo –y a este, una poesía delicadísima– en 1821.

Luis Cernuda escribió de Keats, además de otras páginas, el poema “A propósito de flores” de Desolación de la Quimera. Bien podrían sus versos ser en un futuro un paratexto en la contracubierta de esta novela publicada por la editorial de Lorenzo Silva“Era un joven poeta, apenas conocido. / En su salida primera al mundo / Buscaba alivio a su dolencia / Cuando muere en Roma, entre sus manos una carta, / La última carta, que ni abrir ni siquiera quiso, / de su amor jamás gozado.” De esa angustia, de ese final trágico trata este hermoso libro de Ángel Silvelo.

lunes, 14 de febrero de 2022

MAGÜI MIRA, MOLLY BLOOM EN EL TEATRO QUIQUE SAN FRANCISCO DE MADRID: REVELACIONES DE UNA NOCHE DE INSOMNIO

 


Ítaca, territorio de conquistas imposibles perdidas en el devenir de los tiempos. Ítaca, objetivo y fin de una guerra que nunca reclamó Penélope para sí. Ella, que se alzó sobre las cenizas del deseo consumido en el tiempo y fue auxiliada por la palabra esperanza. Fidelidad de diosa. Tenacidad de mujer, madre y esposa. Conjeturas de una vida que reivindican una respuesta a su interminable espera. A su particular Caballo de Troya que, en una noche de insomnio, se abre paso entre las tinieblas que cubren el deseo y el quebranto que se derraman sobre su vida. Odiseo, Penélope. Joyce, Nora. Leopoldo… y al final del camino, ella: Molly Bloom, reveladora, omnipresente, sarcástica, tentadora, provocadora, insultante y siempre inquietante. A ese espíritu de heroína intemporal le da vida Magüi Mira, una Molly Bloom que se salta las páginas del Ulises de Joyce de las que procede, para poner en pie sobre el escenario todo en un compendio de riqueza expresiva y narrativa que desborda cualquier previsión anterior. Ella lo es todo, y lo ilumina y oscurece todo, también. Igual que una vela que se enfrenta a un viento huracanado, bandea, ajusta y orienta el devenir de una noche de insomnio. Una noche de revelaciones, confesiones y reproches que ponen en valor sus deseos carnales y artísticos, su vida conyugal y a sus amantes, y el deseo de ser ella misma por encima de todo. Texto rompedor, para la época que fue escrito (1922), y sobre todo provocador, por su capacidad de exponer una intimidad tan universal como es el deseo de una mujer que se siente libre y que no acepta las imposiciones sociales que le han tocado vivir. El tiempo pasa y todavía seguimos ahí —como nos dice la propia Magüi—, en esa posición inicial que se encuentra paralizada y que es paralizante, aunque la versión de Marta Torres y Magüi Mira sobre el texto de Joyce, que se ha representado en el Teatro Quique San Francisco de Madrid, sea más sexual y reveladora de los sueños íntimos que se dirimen en una cama que de otro tipo de rebelión de género, aunque también. 

Molly Bloom se ajusta cuentas junto a una cama, que se alza sobre el escenario como símbolo de todo lo horizontal y lo vertical que tiene cada una de nuestras vidas y, que la propia Molly acaricia, se tumba sobre ella, la rodea o la empina como si fuera su amante. La cama y ese símbolo de la carnalidad que se enciende y apaga entre sus barrotes que, a modo de cárcel, también representan el yugo de la realidad y de una fidelidad en desuso. Infidelidades que marcan el ritmo de un monólogo hecho a la medida de Magüi Mira, de su saber estar sobre el escenario, su dicción, sus giros, sus gestos, sus pequeñas pausas y sus bailes frente al espectador que, en ningún momento, deja de prestar atención hacia aquello que ocurre en una noche apenas iluminada. En una noche de insomnio atribulada por el sarcasmo y el humor de una vida que en ningún momento deja de ser vivida. La serenidad y el aplomo de su interpretación nos permiten avanzar con paso firme por esa parte que muchas veces olvidamos que existe en nuestro día a día: la verdad. Cualidad enfundada hoy en día por la hipocresía; una losa que nos conduce hacia el más profundo de los desconocimientos, porque como dice Molly: «Yo siempre quise estudiar para saber cómo somos nosotras las mujeres. A mí me hubiera gustado tanto estudiar...». Un estudio que la llevase a empezar de nuevo. A esa conquista del mundo basada en el saber, y sin duda, aunque no lo diga, en la experiencia. Una experiencia que a ella le lleva a sus noches de insomnio, y a las revelaciones que ésta le provocan. 

Ángel Silvelo Gabriel.

martes, 8 de febrero de 2022

MUERTE DE UN VIAJANTE DE ARTHUR MILLER EN EL TEATRO INFANTA ISABEL DE MADRID: UN MUNDO IMAGINARIO Y SU FALSA VERDAD

 


Buscar el éxito sin encontrar recompensa alguna es como encaminarse al abismo con los ojos vendados. Una apuesta difícil de entender para el que la pierde, y a la que no le sirve de nada que te des cuenta de tu falsa verdad cuando ya estás muerto o acabado. Ambos, estados inútiles para su propósito. El éxito y su tiranía precisa de esclavos, tan ciegos como autoritarios, pues siempre necesitarán de esa inconfesable e inquebrantable cerrazón que le hace ver —a quien la sufre— su propio jardín siempre verde y lleno de flores por más que el resto le digan que es un secarral que, por no tener, no tiene ni semillas sembradas con las que poder invocar el milagro de la esperanza. No hay vida sin esperanza, ni falso éxito sin su mentira, porque como se nos recuerda en un momento de la obra: «Hay que romperse el cuello para ver las estrellas». Inútil esfuerzo el de aquel que no sabe dónde se encuentra el cielo ni la posibilidad de iluminar un camino que no tiene salida, y sobre el que solo da vueltas y vueltas hasta desgastar del todo las suelas de sus zapatos. 

Ese NO FUTURE inmerso en la obra de Miller, reclama más que nunca su vigencia en una sociedad como la que vivimos, en la que más veces de las deseable andamos inmersos en el mundo de la postverdad —un mundo paralelo, y por tanto, sin posibilidad de encuentro con el real—, quizá por eso, no nos resulte tan difícil entender o incluso llegar a comprender a Willy Loman, el protagonista de este clásico del teatro del siglo XX. En este sentido, Muerte de un viajante se comporta como el vaivén del tiempo que se desplaza en un tren que representa el sueño de toda una vida, y que termina con un aciago final. Un final no exento de ironía, si se quiere, pero aciago y trágico final al fin y al cabo. De ahí, la valentía de seguir reponiendo este clásico que aborda las mentiras del éxito en las que los americanos —y el resto de la humanidad— siguen inmersos, y a los que Arthur Miller dio luz de una forma magistral a lo largo de toda su obra dramática —pero no así de su vida privada, teñida de trágicas hazañas—. En este caso, bajo la dirección de Rubén Szuchmacher, y la adaptación que de la obra ha hecho Natalio Grueso —con un lenguaje actual, escueto en ocasiones y algo falto de simbolismo—, asistimos a una puesta en escena sobria, en la que sobresalen las imágenes de una ciudad de Nueva York antigua y en la sombra, a modo de telón de fondo y de arcaico recuerdo perdido en los confines de los tiempos. Esa ubicación, en forma de falsa neblina del espacio-tiempo en el que transcurre la acción dramática, se abate sobre un escenario sencillo y acordonado por muros de ladrillos que dan una sensación de prisión y oscuridad que encierran aún más el ambiente. Un ambiente que transmite una intencionada pincelada gris en todo el escenario, y que también se traslada al vestuario de todos los actores, convirtiendo la atmósfera de la obra en una especie de hollín caído del cielo, y que pone el énfasis en las falsas esperanzas que rodean a la familia Logan. 

Todo resulta como un largo sueño en las casi dos horas que dura la función. Un largo sueño que recorre toda una vida y su pasado. Un largo sueño en el que se sumerge de una forma más que notable Imanol Arias en el papel de Willy Logan, y donde en esos flashback del pasado —que sin duda acortan la duración del texto original— sale a relucir la buena dirección de Szuchmacher; una dirección ágil y actual en el modo de abordar el tiempo y sus elipsis. Un reto del que Imanol Arias sale airoso, ya sea a través de un simple gesto, o de esa mirada perdida en su propio sueño. Aquí es donde el actor de Riaño demuestra su compenetración con el personaje que representa, y lo hace con ese deje de voz, con esa curvatura de su cuerpo, con su pelo blanco, y con la sensación de pérdida y olvido que maneja a lo largo de toda la obra. Un letargo al que da réplica su hijo, Jon Arias, en el papel de Biff Loman. Un reencuentro entre padre e hijo que, a medida que avanza la trama, va adquiriendo un mayor protagonismo y fuerza. Y a su alrededor, un elenco de actrices y actores muy solventes en sus interpretaciones. 

Muerte de un viajante es la visualización del lado oscuro del éxito y la repercusión que éste tiene a lo largo de la vida. Una temática presente en buena parte de la obra dramática de Arthur Miller, lo que nos lleva a recordar a un inmenso Agustín González en la representación que, en el Teatro Bellas Artes de Madrid, allá por el año 1988 se hizo de la obra Todos eran mis hijos. O también, a las míticas interpretaciones de Dustin Hoffman y John Malkovich en la versión cinematográfica de la obra de teatro que ahora nos ocupa, y que fue guionizada por el propio Miller. De ahí, que nos de pie a pensar, que esta falsa búsqueda del éxito, es una necesidad que el ser humano ha tenido a lo largo del tiempo para llegar a encontrar su felicidad en el lugar equivocado. Quizá, porque lo haya hecho en un mundo imaginario y su falsa verdad. 

Ángel Silvelo Gabriel.